Reseña: Evil Seeds «Theory Of Fear» (Thundersteel Records 2020)

Como si de una emulación del paisaje futbolístico de la tierra se tratase, la escena vasca no ceja en su empeño de fabricar bandas de heavy metal de calidad una detrás de otra. La última en llegar a estas lides es Evil Seeds, radicados en la capital vasca y que nos traen el que es su segundo álbum tras el ya lejano “At The Edge Of Ruin” de 2010. Ellos son Unai Elorza (batería), Tello Oraá (bajo), Josu Llona y Rodri Soto (guitarras) y Roma (voz). “Theory Of Fear” se grabó, mezcló y masterizó en los Chromaticity Studios de Asua con el cada vez más imprescindible Pedro J. Monge a los controles. Con arte de Daniel Bérard, está en la calle desde primeros de diciembre vía Thundersteel Records.

King Of The Ring” que aunque lo pudiera parecer no guarda relación alguna con la banda de Joey DeMaio, es la encargada de romper las hostilidades. Tras un fugaz prólogo, rápido engarza con los Judas Priest gritones (pleonasmo) de principios de los 90 y los propios Vhäldemar de Monge. Metal directo, sonido demoledor y un mayor peso exhibicionista en detrimento de la escritura. Irrumpe desnuda en el puente para después deslizarse con la cara más ostentosa de los bilbaínos. Huelga decir que el sonido se mueve a gran altura. Seco, directo y potente. “Stronger”, donde colabora el propio Monge a las seis cuerdas, se adscribe a un metal más arrastrado y rocoso, con Roma erigiéndose en una versión castiza del mejor Tim “Ripper” Owens a la par que la banda entrega un corte que crece con fuerza en estribillos y desliza una escritura notablemente más florida y diversa. Un final de fuerte aroma Iced Earth redondea un estupendo segundo corte. “Inside The Vipers’ Nest”, adelanto del álbum allá por mediados de octubre, le sirve a Roma para desplegar su amplísimo abanico de tonos altos (y casi) imposibles y a la base rítmica de Oraá y Elorza para engarzarse como un guante en un corte, de todos modos, algo previsible. Como buen single que es.

Toda vez supera su refractario prólogo, “Theory Of Fear” vuelve a las andadas en otro corte que abraza la diversidad que desplegaba “Stronger” en un ir y venir de riffs desde luego no antológicos pero sí más que pragmáticos y notables. La línea vocal serpentea por tonos más oscuros y entre unas cosas y otras se va conformando el que es uno de los cortes más distintivos de todo el trabajo, que aún habrá de crecer tras la oscuridad del puente central y el redondo, casi perfecto, tercio final. Da nombre al disco y no me extraña. “Against All Gods” no resulta tan avanzada ni redonda, recuerda a unos Priest de la segunda venida (de Halford) y, eso sí, no se olvida de una escritura con la debida cantidad de riqueza. Más groovera y algo más cercana al thrash. El buen tercio final ayuda a que no me aburra del todo. Cala rápido la oscura sensualidad que desprende, a borbotones, el riff que cimenta el primer tercio de “No Plan B”. Roma declama conciso una estupenda línea vocal en la primera irrupción del estribillo y desde ahí fluye la cara más pesada y monolítica de la banda. No diré que roza el doom metal, pero se atisban ciertos patrones y detalles que no cuesta atribuir a aquél género que alumbraran entre Ozzy, Iommi y el LSD a finales de los 60 y comienzos de los 70. Por cierto, mucho cuidado si escucháis su explosivo final con auriculares.

Layers With Blood” es la encargada de reconducir a un canon más reconocible gracias a un metal sencillo pero que brilla por lo conciso de sus estrofas y lo directo de su propuesta. Más hímnica en estribillos, trae lo mejor de Llona y Soto a las guitarras pasado el puente. Del bien al notable. En esa misma onda parece ir “To Hell With It All”, si bien pierde parte de su duración al tiempo que se descubre con unos estribillos más profundos y pesados. Al igual que me ocurre con “Against All Gods”, el buen tercio final contribuye a eliminar cualquier atisbo de sopor. La final “Lover Of Death” es un distendido collage que se permite el lujo de bailar entre el groove más marcado, el metal más clásico y las atmósferas metálicas más contemporáneas. Apoyada en un andamiaje poliédrico, parece dispuesta para la mera floritura técnica en ciertas fases, en otras para que Roma hunda su registro en las profundidades, cuando no en las alturas, y siempre y en todo caso para que la base rítmica de Elorza y Oraá despliegue todo su buen hacer. Un final que epata por su riqueza gramatical y que deja en muy buen lugar al segundo de los vascos.

Más allá de varios y pequeños detalles, no hay nada aquí dentro que te vaya a coger de sorpresa. Y aún así, su escucha resulta más que placentera si lo que andas buscando es un artefacto sonoro que aluda a la escena clásica sin resultar prescindible y anodino tras pocas escuchas. Metal conciso y clásico, de producción y sonido modernos, gritón (en altos y en bajos) y con varios temas a gran altura en lo gramático. Una muesca más para la nutrida escena vasca y un buen acompañamiento a otros buenos discos del género, dentro y fuera, en el por lo demás terrorífico 2020.

Texto: David Naves

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