Reseña: Saturna «Light & Shadow» (Coedición 2026)

Light And Shadow” es el sexto álbum de Saturna y, si todo transcurre según lo previsto, habrá de ver la luz el próximo 17 de septiembre. La banda aglutina a los músicos Rod Tirado (bajo), Max Eriksson (guitarras), Enric Verdaguer (batería) y James Vieco (guitarras, percusión, voz y teclados) para conformar trece temas, nada menos, producidos y grabados por la propia formación barcelonesa. Con masterización de Magnus Lindberg, arte de Jondix y diseño de Marta Ramón, todo está listo para que el empacado final vea la luz bajo licencia de Spinda Records y Ripple Music en colaboración con Discos Macarras.

Ocurre de manera inmediata. “Unheard” arranca a sonar y a mi cabeza siempre acuden The Who. Saturna se han procurado un arranque de disco elegante, tendido pero a la vez con nervio, donde la buena escritura y el mimo por los detalles van cogidos de la mano. Vieco ya deja aquí, a ratos, ese registro que tanto puede recordar a Chris Cornell, mientras este tema apertura traslada todo el buen hacer habitual de la banda, siempre con ese gusto marcado por la escuela más setentera. Si bien pienso que al solo se le habría podido sacar algo más de jugo, me agrada sobre manera toda esa construcción del tramo central, la fina línea de batería en que la apoyan, así como el no menos cuidado epílogo. Rompiendo el hielo por todo lo alto.

Falling Apart”, con Lucas Herrera echando una mano (o las dos) con el Hammond, procura ahora una mayor calma. Por ahí emergerán buenos dibujos de Rod Tirado con el bajo. También una tranquila pero vistosa labor solista. Un corte que mostrará algo más de colmillo conforme alcance las primeras estrofas. Buenos riffs y una escritura clásica, bien trazada, que me engancha en buena medida. Es en estribillos donde se deja sentir la elegante labor de Herrera, solidaria a un buen solo de guitarra. Les funciona, lo pienso así, el doble juego entre guitarra y voz de esa segunda estrofa. Una composición de esas que parecen tener el directo como fin último, con dejes que me recuerdan a la buena gente de The Soulbreaker Company. Estaría del todo menos mal una juntada entre unos y otros.

Light And Shadow”, con ese avanzar pesado, alucinado incluso, y el registro tan agudo ahora de James Vieco, bien podría recordar a los Black Sabbath más iniciáticos. Más breve y quizá no tan rica en detalles, dibuja en cualquier caso un buen riff durante el prólogo, amplifica el rango sonoro del álbum, dejando en cualquier caso la sensación de que la banda se encuentra igualmente cómoda en este registro. Hay buenas guitarras dobladas a modo de enganche entre coros y estrofas y, de nuevo, una base rítmica de lo más precisa.

Absence” arranca con cuerpo de balada para, más adelante, y muy apegada a las grandes señas de identidad de Saturna, construir una de mis entregas favoritas de este nuevo trabajo. Poseedora de un feeling muy especial. Recipiente de solos llenos de clase, acompañados de una estupenda línea de voz. James Vieco ha echado el resto aquí con una interpretación sobrada de carisma y sentimiento, a la que rematan esos buenos coros en estribillos. No faltan los detalles solistas, como ese que aparece en el corazón mismo de la composición. O ese otro del epílogo y que irrumpe, cual puñal, para que el corte vuelva a aquella misma calma con la que se inició, abrochando principio y final con un gesto tan clásico como eficaz. Francamente, de lo mejor de este “Light And Shadow”.

About You” supone luego un pequeño islote de tranquilidad. Fugaz escorzo a voz y acústica para recibir a una «So Long” donde la banda regresa a una posición deliberadamente rockera. Anda que no tiene gancho ese riff en que se apoya esta sexta entrega. Un riff que, quizá sea solo cosa mía, a ratos recuerda a los Kiss de los setenta. Pero esto sigue siendo un disco de Saturna, algo que se deja sentir en el buen tratamiento que la producción otorga a las voces de James Vieco, a lo bien engarzada que resulta su base rítmica, en el trazo tan clásico pero tan funcional. Un corte que, además, deja buenos detalles en lo técnico y donde la banda está brillando pero que muy alto. Otros buenos amigos de esta casa como son los gallegos Zålomon Grass bien podrían ser otra de las rimas aquí. Lo cuento entre los cortes ganadores de este nuevo álbum.

Self Told Lies” puede ser esa misma receta, pero tamizada por un deje algo más melancólico. Es un corte con un groove brutal, de avanzar más desgastado, con James Vieco volviendo a esas voces que bien podrían recordar al tristemente desaparecido Ozzy Osbourne. Un corte que, aunque me resulte menos ambicioso que otros tantos de este nuevo álbum, sigue dejando aquí y allá buenos guitarrazos, tanto en lo rítmico como en lo solista, y un estribillo marca de la casa.

No Questions” manda al cuerno esa parsimonia presto a ofrecer un corte más eléctrico y vibrante. James Vieco, a puro desgarro, ofrece aquí su interpretación más visceral. Otra de esas composiciones que parecen destinadas, inevitablemente, al directo, con la banda arrimándose a las puertas del proto heavy metal, de modo salvaje y sin ningún tipo de complejos. Un pildorazo de puro rock and roll. De los que hacen pupa. Frenético y trepidante.

Así las cosas, la pequeña “Opus One” vuelve a poner la calma. Mariano Rupil pone su guitarra clásica al servicio de la banda barcelonesa y todo fluye para que “Up For The Ride” se revele como otro corte juguetón, colorista, hábil por ejecución y donde Saturna, a su manera, vuelven a llevar el pie al fondo. Es cierto que, por trazo, puede resultar algo evidente. Pero la labor de unos y otros le confiere el sabor de las cosas bien hechas. Después de todo, puede ser ésta una de las mejores secciones solistas de todo este sexto trabajo. Los chicos, desde luego, saben lo que se hacen.

Drifting”, con Lucas Herrera ahora en el Rhodes, es otro baladón con todas las de la ley. Desde un prólogo tendido y muy elegante, cuidado hasta el extremo, la banda va trazando un corte distendido, melancólico que no lacrimógeno (o lastimero), hábil en ese crescendo tan matizado de su tramo final, contrapunto perfecto al mayor nervio que mostraban cortes como “No Questions”. Clásica, casi te la sabes con solo escuchar sus primeros acordes. Pero funciona. Vaya si funciona.

Es “Words Of Doom” la que sorprende con esos tonos más oscuros, no tan diáfanos, y en los que la banda parece igualmente cómoda. En especial cuando aparecen esos riffs más rotundos y todo adquiere un poso más (sí) doom. Es, de hecho, el corte más extenso de los trece. Unos Saturna ya digo más arrastrados, cerca de (la rima es del todo obvia, casi evidente) Black Sabbath, máxime cuando se produce ese cambio de ritmo y encaran ese epílogo más descosido y vibrante. Todo ello con James Vieco en esas tesituras más agudas que, de nuevo, recuerdan al bueno de Ozzy. Muy divertida.

No sabe uno hasta qué punto, aquello que cuenta “A Strange Mix Of Humans” de que “… las bandas realmente grandes solo surgen por casualidad” es cierto o no, pero qué curioso cierre al disco representa este pequeño corte final, apenas esa narración de John Mann sobre la acústica de Mariano Rupil. Mentiría si dijera que no me ha hecho pensar al respecto.

He disfrutado enormemente con el nuevo trabajo de estos barceloneses. Un disco, aún cuando eminentemente clásico, resulta dueño de un discurso musical muy amplio, donde el rock clásico tiende la mano hacia el heavy metal más iniciático y/o a los maestros Black Sabbath sin que ello permee más allá de su propia identidad como banda. Hay nervio y hay calma. Y en ambos registros siento que se manejan igual de bien, con la dupla que conforman “Absence” y “About You” a la cabeza. Algunos llevan todo el presente siglo y parte del anterior tratando de matar y enterrar al viejo rock and roll pero con discos como este “Light And Shadow” tal empresa va a resultar más que titánica.

Texto: David Naves

Crónica: Jack Moore Band (A.M.C. Bocanegra 1/8/2026)

El pasado 1 de agosto, la pequeña aldea de Valles dejó de ser un rincón tranquilo entre las montañas para convertirse, por una noche, en un pequeño santuario del blues y el rock. Jack Moore, guitarrista y compositor irlandés, hijo del inolvidable Gary Moore, llegaba acompañado de su banda, y aquello bastó para que el pueblo, normalmente apacible, se llenara hasta los topes. Aparcar fue casi una odisea, pero esa dificultad solo anunciaba lo que estaba por venir: una velada especial, de esas que se recuerdan con una sonrisa. Valles fue uno de los lugares escogidos por la banda en su gira Jack Plays Gary: Celebrating His Music Legacy, también conocida como Moore Plays Moore, en la que homenajean al legendario Gary Moore, pero también incluyen temas propios del álbum «Electric Neverland» de Jack Moore y Quentin Kovalsky junto con otros temas clásicos de blues rock.

La Asociación Bocanegra, auténtico motor cultural de la zona, fue la responsable de que este encuentro tuviera lugar. Pasados unos minutos de las once y cuarto, una de sus integrantes subió al escenario para presentar el concierto con una frase que ya marcaba el tono de la noche: “Esta banda trae mucho blues, mucho rock y una energía arrolladora. Al frente está Jack Moore, que continúa el legado de su padre aportando su estilo y personalidad.” El público respondió entusiasmado con un cálido aplauso.

La entrada de los músicos al escenario fue casi reverencial. Primero apareció Pancho Campos, que abrió fuego con un solo de batería contundente. Después llegó Rafal Welenc, bajista, grabando con su móvil la sala y al público, capturando ese instante previo en el que todo está a punto de empezar. Acto seguido, el teclista y vocalista Quentin Kovalsky tomó posiciones, saludó a la audiencia y, a pesar de confesar que tenía la garganta tocada, desafió al respetable preguntando si estabamos preparados. El clímax de la introducción llegó cuando Kovalsky presentó al protagonista de la velada. Jack Moore irrumpió en el escenario armado únicamente con su guitarra sin pedales, apostando por la pureza del sonido directo a las venas. Sin mediar palabra, el irlandés desató un solo electrizante que conectó de inmediato con la memoria de su padre, enlazando los acordes para arrancar oficialmente el concierto con «Heavenly Light«, pieza extraída de «Electric Neverland«, último trabajo de Jack Moore & Quentin Kovalsky. Valles, entregada, comenzaba una noche histórica de puro blues rock.

Kovalsky empezó la velada con menos afonía de la que tendría después, aunque ya al final de la primera canción alguna nota se le escapó. Su humor, sin embargo, permaneció intacto. “Muchas gracias”, dijo en español e inglés, antes de anunciar que iba a “matar su garganta” y que necesitaba una cerveza. Al tomarla, brindó con un Saluto, rápidamente corregido por PanchoSalud. Risas en el escenario, risas en el público.

Presentó al batería: Pancho Campos, que viene desde México a tocar con nosotros”. Y añadió, antes del tema próximo que la siguiente canción no trataba sobre él. Pancho replicó en ingles: “Pero soy bello”Kovalsky remató: “desde luego, y la siguiente canción es sobre las mujeres bellas”. Así llegó «Oh Pretty Woman» del magnífico álbum «Still Got The Blues» de Gary Moore, con un estribillo que el público coreó a manos alzadas, gritando al final con entusiasmo desbordado.

La complicidad entre banda y público ya era total cuando Kovalsky preguntó si estabamos listos para la siguiente canción. Pancho se detuvo un momento para ajustar algo en la batería y Kovalsky bromeó con que se había destrozado un dedo. Acto seguido atacaron «All Your Love«también de Gary Moore, donde Jack Moore brilló con una pericia guitarrística que arrancó expresiones de asombro.

Para cuando llegó el momento de abordar la mítica «Empty Rooms«, la voz del cantante flaqueaba seriamente e intentó poner remedio con un chupito, que le dijeron era “medicinal”. El cantante se sincera: «Es una canción muy famosa y no estoy preparado para cantarla, ¿lo están ustedes?». Ante el rotundo «« recibido como respuesta del respetable, el frontman ironizó: «Ok, porque yo no lo estoy y esta es nuestra última canción… supongo que fue divertido». Kovalsky le preguntó al batería mexicano como se traduce lo que acaba de decir y Pancho tradujo con humor: “Lo que mi amigo quiere decir es que va a tomar un poquito más”. El tema se convirtió en uno de los momentos más emotivos de la noche: Kovalsky tuvo que silenciar su voz en varias secciones y el público asumió el micrófono de forma unánime, rescatando la pieza antes de que Jack Moore la coronara con un impresionante y prolongado solo de guitarra. La respuesta en la sala fue una ovación final atronadora.

Lejos de rendirse, la banda continuó con «In My Shoes» y Kovalsky comenta que es una canción original de ellos y añade que cree que ésta la puede cantar. Está inspirada en la relación entre padres e hijos y en cómo sus consejos pueden influir en su trayectoria vital. Pertenece al álbum «Electric Neverland» lanzado en 2025. En este tema Moore volvió a demostrar una impresionante habilidad técnica a la guitarra.

Tras un amago de mejoría del cantante, que bromea con el público, pregunta si tenemos energía para otra más y si estamos preparados para la siguiente canción, así presenta «Walking By Myself«, el clásico de Jimmy Rogers incluido por Gary Moore en «Still Got The Blues«, muy bien acogido por el respetable y sin pausa llegó «City Of Gold«, de BBM, banda que estaba integrada por los músicos Jack Bruce, Ginger Baker y Gary Moore. Es un tema lleno de partes instrumentales con un protagonismo absoluto del bajo de Welenc y las seis cuerdas de Moore.

Sin embargo, el esfuerzo vocal llegó a su límite con la obligada «Still Got The Blues«. Exhausto, Kovalsky imploró la ayuda de los asistentes para cantarla, desatando una ovación de vítores, silbidos y cánticos de «oé, oé» al finalizar. Sorprendido por la respuesta, el vocalista se rindió ante la magia de Valles al expresar que no podía creerse lo que estaba pasando aquí y anunciar “que iban a interpretar una canción más, ¿estáis preparados?” La respuesta del público fue un “sí” unánime.

El tramo final estuvo marcado por la distensión y la camaradería: Jack Moore amagó con los primeros acordes de «Cocaine» de Eric Clapton y Kovalsky lo frenó entre risas: «No, no vamos a hacer una canción de Eric Clapton, Jack. Lo siento». Acto seguido el frontman recibe un chupito a modo de «medicina», lo toma y bromea: “No voy a conducir… o quizá un burro” y le pregunta al mexicano Campos como se traduce al español lo que acaba de decir, dando lugar a una serie de bromas al respecto entre el frontman y el batería, con las que consiguen conectar y hacer reír a toda la audiencia.

Presentó entonces «Don’t Believe A Word«de Thin Lizzy, un blues lento que dio un respiro a la voz del cantante y permitió a Pancho Campos lucirse con un monumental solo de batería. El público coreó el nombre del mexicano, quien respondió con un sentido «Gracias, ¡Viva México! y ¡Viva España mientras el bajista inmortalizaba el momento con su teléfono.

Siguieron con un tema instrumental de libre improvisación y con gran protagonismo de la guitarra de Moore y de los teclados de Kovalsky. En medio del tema, el frontman presentó a la banda: Jack Moore, the one and only; Pancho Campos a la batería; Rafal Welenc al bajo; y yo, Quentin Kovalsky, casi desaparecido y muerto en frente de ustedes”.

En la recta final del concierto, nos regalaron una versión extendida y casi completamente instrumental de «Sweet Home Chicago«, clásico de The Blues Brothers que no figuraba en el setlist original, que tuvieron que modificar para proteger la maltrecha garganta del frontman. En este tema, la batería de Pancho Campos marcó el pulso con autoridad. Al término Kovalsky se despide con un: “Thank you very much. Good night!”, un brindis con un nuevo chupito de «medicina» y las reverencias de rigor inmortalizadas por el móvil del bajista, la banda se retiró. Sin embargo, el público asturiano no quería que se fueran tan pronto y comenzó a atronar el recinto al grito unánime de «¡Otres tres!».

Quentin Kovalsky reapareció en solitario para aplaudir la insistencia de la sala. Con una sonrisa, exclamó un «Ok, ok» que hizo regresar a toda la banda al escenario mientras el público estallaba en el clásico «oe, oe, oe». Pancho Campos tomó el micrófono y ofreció uno de los momentos más emotivos de la noche: “Bueno, queremos decirle a todos muchas gracias. Es nuestra primera vez, al menos es mi primera vez en España y me encantó. Gracias”.

Kovalsky añadió que él había estado en el sur del país, pero Pancho continuó: “Ayer estuvimos en Zaragoza, nos la pasamos increíble, pero hoy… Piloña tiene algo…» confesó el baterista con la mano en el corazón. «Me van a hacer llorar. ¡Salud, viva México, viva Piloña y viva Asturias.

El grito de «¡Puxa Asturies retumbó en las paredes de la sala de la Asociación Bocanegra. Campos continuó ensalzando el esfuerzo de su compañero: «Quentin está un poquito enfermo, aún así trató de dar todo», lo que desató una ovación hacia el cantante. Desde la pista, alguien señaló al guitarrista al grito de «¡Puxa Irlanda, a lo que el baterista respondió: «Irlanda también, ¡arriba Irlanda. Antes de encarar el final, Pancho bromeó sobre la supervivencia del tour: «Faltan más conciertos, no sé cómo lo va a hacer él para seguir cantando. Si hay algún doctor que pueda inyectarle algo de caballo o de burro, no importa… Este lugar me hizo recordar a mi pueblo y me encantó».

Kovalsky retomó el micrófono para sentenciar el final de fiesta con ironía: «Vamos a hacer la última, antes de que me muera». El broche de oro lo puso «Why Does Love (Have To Go Wrong)«, una joya de la banda BBMEl cantante la defendió con una voz rota y desgarradora, pero la verdadera magia radicó en una extensísima sección instrumental final, donde Jack Moore desató una tormenta de riffs rápidos y veloces, rindiendo el tributo definitivo a la técnica de su padre.

Con las últimas notas flotando en el aire, Kovalsky despidió formalmente a la formación por última vez: «Good Night! Jack Moore! Pancho Campos! Rafal Welenc! And me, Quentin Kovalsky! Be good!…»

El concierto, que duró casi dos horas, terminó a la 1:10 de la madrugada. Valles, una vez más, había sido testigo de algo irrepetible: un encuentro donde la música, el humor, la improvisación y la humanidad se mezclaron para crear una noche que quedará grabada en la memoria de todos los presentes.

Por mi parte, solo queda agradecer como siempre a los compañeros de Heavy Metal Brigade, a la Asociación Bocanegra por su apoyo a la cultura, a mis amigos que disfrutaron este concierto tanto como yo, a los simpáticos músicos que componen Jack Moore Band, con los que tuve oportunidad de charlar al término del concierto en la zona de merchandising, en especial al batería Pancho Campos por su ayuda para confeccionar esta crónica y por supuesto a todos los que nos seguís y apoyáis la música en directo. Nos vemos próximamente…hasta entonces que el rock & roll no deje de sonar!!! 

Texto: Aurora Menéndez
Fotos: Miguel Rubio

Crónica: SonicBlast Fest 2026 (2ª Parte)

SonicBlast 2026: Pintar el verano a golpe de amplificador – Parte 2

Hay cuadros que uno termina de pintar de una sola vez y hay otros que necesitan días. El nuestro empezó en la carretera, entre Pontevedra y el Atlántico portugués, con una primera pincelada de Wizard Master, Spin the Skull y Capela Mortuária en la warm-up del miércoles. Después llegó el jueves y el lienzo empezó a desbordarse: Elephant Tree, Trash Talk, Midnight, Frankie and the Witch Fingers, Deafheaven, Chat Pile, Snapped Ankles y, finalmente, Bongzilla, dibujaron una jornada en la que SonicBlast dejó claro que sus fronteras musicales son mucho más amplias de lo que cualquier etiqueta podría sugerir. Si aquella primera parte fue el momento en que descubrimos que estábamos ante algo diferente, lo que vino después fue la confirmación. Porque todavía quedaban dos días y cuando creíamos que el lienzo ya estaba suficientemente cargado de colores, el festival volvió a ofrecernos el pincel.

Viernes: Pinceladas que vienen de muy lejos

Después de dos días de festival, el cuerpo empieza a conocer la rutina. La tienda. La playa. El camino hacia el recinto. Las primeras conversaciones con el café o una cerveza los más valientes. La inevitable pregunta de cada mañana, ¿qué toca hoy? Los primeros trazos del viernes llegaron con Jesus The Snake. Había que volver a poner en marcha la maquinaria después de otra noche larga y su propuesta fue una manera perfecta de empezar a cargar de nuevo el ambiente. El festival todavía tenía esa luz de las primeras horas, cuando el público va llegando poco a poco y los escenarios comienzan a recuperar el pulso. A estas alturas, SonicBlast ya se había convertido en nuestro pequeño mundo. Cada nueva banda era una pincelada más sobre un lienzo que empezaba a resultar familiar.

Después llegó Voivod. Con ellos entró en el cuadro una dimensión completamente diferente. La historia de una formación con 44 años de carrera. Hay bandas que forman parte de un cartel y hay bandas que son leyenda. Los canadiendes pretenecen claramente al segundo grupo. Su mezcla de thrash, progresivo e incluso punk, siempre con una sólida base de ciencia ficción, lleva décadas demostrando que nunca necesitaron caminar por el sendero más sencillo. Su música parece escrita desde un planeta propio, un lugar en el que las estructuras se deforman, las guitarras parecen máquinas extraterrestres y cada canción puede abrir una puerta hacia otro lugar. Verlos encima del escenario era también contemplar cómo varias generaciones pueden convivir. Una nueva pincelada, sí. Pero una trazada con tinta antigua. De esas que recuerdan que el underground también tiene memoria.

El cuadro comenzó a oscurecerse con la salida de Conan al escenario principal. Si hay bandas capaces de convertir el concepto de pesadez en algo casi tangible, ellos son una de ellas. Su sonido no entra simplemente por los oídos. Se instala en el cuerpo. Se acumula tema tras tema. Pesa cuando nuestros ojos contemplan los visuales. Los riffs avanzan lentamente, como si cada uno necesitara arrastrar toneladas de tierra detrás de sí. El doom se convierte en una experiencia física y el escenario en una especie de maquinaria destinada a triturar todo lo que encuentra a su paso. Hay algo hipnótico en esa lentitud buscada de manera deliberada. Se siente tal como mirar una tormenta aproximándose. Sabes perfectamente que viene y simplemente esperas a que llegue.

Con Kylesa, el lienzo volvió a moverse. La banda de Savannah regresaba con su particular mezcla de sludge, psicodelia, metal y experimentación. Su presencia aportaba otra textura completamente diferente a la jornada. Después de la densidad vivida anteriormente, Kylesa demostraron que el peso no tiene por qué significar inmovilidad. Su música puede ser pesada y, al mismo tiempo, dinámica. Puede arrastrarte y hacerte avanzar. Puede tener barro en las botas y electricidad en las manos. Otra pincelada con otro cambio de dirección. Asistimos de nuevo a una demostración de que este festival parece disfrutar especialmente cuando consigue que el público pase de un extremo al contrario sin apenas tiempo para reaccionar.

Entonces llegó el momento que muchos llevábamos esperando. Con Turbonegro la pintura se sale del marco. Hay conciertos que funcionan y los hay que sorprenden. Después están aquellos que, por alguna razón, terminan convirtiéndose en uno de los recuerdos más grandes del festival. Hablar de Turbonegro no es hablar únicamente de una banda. Es hacerlo de una actitud, una estética y una manera de entender el rock and roll que lleva décadas negándose a pedir permiso. Cuando aparecieron sobre el escenario, SonicBlast pareció cambiar de escala, siempre rodeados de diferentes Turbojugend llegadas de distintas partes de la geografía europera. La banda noruega no necesitó demasiado tiempo para demostrar por qué su nombre sigue teniendo ese peso. El punk, el glam, el hard rock y ese sentido del espectáculo tan descaradamente suyo se mezclaron en un concierto que tenía algo de celebración colectiva. Entonces apareció el público, porque un concierto de Turbonegro no puede entenderse únicamente mirando hacia el escenario. Hay que mirar alrededor. A las camisetas, a los sombreros de marinero, a las caras de la gente y a esos personajes que habían venido expresamente por ellos y a quienes quizá no esperaban que fueran a convertirse en uno de los grandes momentos de la jornada. Irreverencia, diversión y exceso con canciones que funcionan, canciones que se cantan y que hacen que un recinto entero deje de ser un conjunto de individuos para convertirse en una sola voz.

La magia de Turbonegro es que pueden parecer una caricatura de sí mismos. Jugar con la provocación, con el humor y con una estética imposible de confundir. Pero cuando las guitarras empiezan a sonar, todo eso deja de ser una pose. Asistimos a un concierto que no pretende cambiarte la vida. Pretende que durante un rato la vivas más intensamente. Porque este festival también tiene ese punto de libertad. No todo tiene que ser trascendental, a veces basta con subir el volumen, sonreír y cantar hasta quedarse sin voz. Fueron el brochazo de color más descarado del viernes, de esos que hacen que el cuadro gane personalidad. Cuando terminaron quedó esa sensación extraña que dejan los grandes conciertos, la de haber asistido a algo que, incluso si intentaras explicarlo después, probablemente sonaría exagerado.

Todavía quedaba una banda para cerrar nuestra jornada. Para terminar el viernes apareció Deathchant. Tocaba volver a sumergirse en una atmósfera más oscura y pesada. Nunca existe una única manera de terminar una noche. Puedes acabarla saltando, hipnotizado o exhausto. También puedes acabarla delante de un escenario, dejando que los últimos riffs se mezclen con el cansancio acumulado de tres días. Deathchant fueron esa última capa. El color que se aplica cuando el artista ya sabe que la jornada está llegando a su final, pero todavía no quiere soltar el pincel. Terminó nuestro viernes, con el cuerpo pidiendo descanso, los oídos todavía llenos de música y la cabeza intentando ordenar todo lo que acababa de ocurrir. Qué difícil iba a ser marcharse de aquí, menos mal que todavía quedaba el sábado. La última jornada y oportunidad de cargar el pincel. Antes de recogerlo definitivamente, todavía quedaban algunos de los colores más intensos por descubrir.

Sábado: La última pincelada

Llegó ese día extraño de cualquier festival en el que uno intenta engañarse pensando que todavía queda muchísimo tiempo. Es el día en el que empiezas a despedirte incluso cuando todavía estás dentro. Después de todo lo vivido desde aquel miércoles en el que salimos de Pontevedra, el festival ya no era un lugar al que habíamos llegado. Era un lugar que, de alguna manera, habíamos habitado. Hasta la manera de regresar a la tienda después de una noche interminable era ya conocida. Por eso el sábado tenía algo diferente. No queríamos descubrir SonicBlast. Queríamos exprimirlo. El lienzo estaba casi terminado, pero todavía quedaban colores. La primera pincelada del sábado llegó con Margarita Witch Cult. Incluso después de cuatro días de festival, SonicBlast encontraba la manera de hacer que pareciera que todo volvía a empezar. La banda británica trajo consigo esa mezcla de fuzz, psicodelia, doom y stoner que encajaba perfectamente con el paisaje que ya nos rodeaba. Guitarras gruesas, atmósferas densas y esa sensación de que el sonido podía ser otra forma de calor. El festival no parecía tener intención alguna de bajar el ritmo y nosotros tampoco.

El contraste fue inmediato cuando apareció en escena Necrot. Si antes habíamos comenzado a cargar el lienzo de tonos cálidos, de repente los americanos llegaron con el pincel empapado en negro a golpe de death metal. Crudo, directo y sin concesiones. La banda californiana no necesitaba adornos. Su música tenía esa capacidad de hacer que el escenario pareciese más pequeño y el sonido mucho más grande. A esas alturas ya sabíamos que el evento podía llevarnos de la psicodelia al hardcore, del doom al post-metal, del punk a la electrónica. Necrot recordaron que también había espacio para la violencia más pura del metal extremo. Añadida otra textura, otra capa directa a nuestro particular cuadro.

Entonces llegaron 1000 Mods. Hay bandas que, independientemente del lugar donde las veas, tienen la capacidad de generar una sensación de familiaridad. Con 1000 Mods ocurre algo así. Sus riffs parecen conocer el camino. El stoner se convierte en carretera, en polvo, en amplificadores calientes y en esa sensación de dejarse llevar sin necesidad de preguntar hacia dónde y por eso funcionaron tan bien en aquel sábado. Después de tantos estilos, tantos cambios y tantos extremos, había algo reconfortante en volver a uno de los territorios que habían ayudado a construir buena parte del ADN del festival. El público respondió, sobre todo con la famosa despedida al ritmo de «Vidage«.

Con Teen Mortgage descubrimos que dos personas pueden hacer mucho ruido. Una batería, una guitarra y la suficiente energía como para hacer olvidar que llevábamos varios días acumulando conciertos. Su propuesta, entre el garage, el punk y el puro ruido, tenía esa virtud que solo poseen algunas bandas, la de hacer que parezca que no necesitas nada más. Fuera una gran maquinaria o visuales, adiós a la producción gigantesca. Solo dos músicos conectados y un público dispuesto a dejarse llevar. Esta vez fue una pincelada rápida, nerviosa, casi dibujada a mano alzada.

Quizá había llegado el momento de detenerse un instante. Tras varios conciertos basados en la fuerza inmediata, Elder ofrecieron otra manera de ocupar el espacio. Su música necesita tiempo, dejar que las canciones respiren, que los riffs crezcan y que las melodías encuentren su sitio. De alguna manera, escucharles en aquel momento concreto del festival producía una sensación casi cinematográfica. Era como si alguien hubiera decidido apartar el pincel del lienzo durante unos minutos y observar todo lo que había sido pintado hasta entonces. Personalmente me ha parecido la banda con más calidad del festival. Están un nivel por encima del resto en cuanto a profesionalidad y tener todo medido al milímetro. Mientras Elder construían sus paisajes sonoros, uno podía entender que SonicBlast no se había convertido en una sucesión de conciertos. Había terminado siendo una experiencia completa y con más sentido de lo que parecía ofrecer el running order.

El último nombre. La última actuación. La última oportunidad de quedarse un poco más, al menos para servidor. Adult. Su propuesta electrónica y post-punk suponía además una forma perfecta de terminar una aventura que había recorrido tantos caminos musicales. Después de guitarras, amplificadores, riffs, blast beats, pogos y muros de sonido, el festival cerraba con pulsaciones, sintetizadores y una oscuridad diferente. No era el final que uno esperaría de un festival construido alrededor de la música pesada, pero precisamente por eso era el final perfecto para mí. SonicBlast nunca había querido ser previsible. Cuando terminaron, el pincel quedó suspendido en el aire. Ya no quedaba nada más que pintar.

Entonces ocurre algo curioso. Durante los días anteriores estás demasiado ocupado viviendo para darte cuenta de lo que está pasando. Solo cuando llega el final puedes mirar hacia atrás. Entonces aparecen todas las pinceladas a la vez que las palabras brotan de un teclado, intentando darle orden a los recuerdos en tu cabeza, y sobre todo sentido. La lista de bandas es solo una parte del cuadro, porque hay colores que es imposible plasmar en una obra de arte. Por eso os invitamos a descubrir el azul del Atlántico al despertarse. El naranja del sol cayendo sobre el recinto. El marrón del polvo pegado a las zapatillas. El negro que acompaña la oscuridad de la madrugada. El cálido blanco que reflejan las luces de las tiendas. La sensación de compartir colores con miles de personas que, aunque hayan llegado desde lugares diferentes y escuchen música diferente, están allí por la misma razón: SonicBlast. No es únicamente un festival de música pesada, es lo que sucede cuando la organización entiende que un evento puede ser mucho más que unos escenarios y una serie de horarios. Cada uno de los elementos parece colocado en su sitio para construir algo que resulta sorprendentemente difícil de encontrar en otros festivales. Cuando finalmente toca recoger la tienda, guardar las cosas y volver a la carretera, aparece una sensación inevitable. La de haber dejado algo atrás, pero también la de habernos llevado mucho más de lo que trajimos. Al descubrir un lugar capaz de hacerte sentir así, lo que quieres es volver a coger el pincel. ¿Nos vemos en 2027?

Texto: Alexis Montans
Fotos: Jaime García

Agenda: Acid Mammoth + Cadáver De Cabra en Oviedo

Acid Mammoth, banda griega de doom metal y stoner rock, se pasará por nuestros escenarios a principios del próximo mes de septiembre. Tres fechas que contarán con parada en la ovetense Lata De Zinc previo paso por Madrid en camino a su participación en el festival alicantino Labrador Psych Fest.

Los atenienses presentarán su último álbum de estudio «Supersonic Megafauna Collision» (2024), repasarán sus temas clásicos, ofrecerán material inédito, temas que formarán parte de su quinto disco y presentarán a su nuevo batería Panagiotis Panagiotopoulos.

Compartirán escenario con los madrileños Cadáver De Cabra. Con el sludge metal y stoner doom por bandera mostrarán sus credenciales en la capital del Principado a través de un sonido visceral, riffs aplastantes, tempos lentos, pesados y un uso de la distorsión y las afinaciones muy graves que rozan lo excesivo.

Entrada anticipada 18€ + gastos a través del siguiente enlace:
https://entradium.com/es/events/

Rock The Sun 2026: Horarios Oficiales

La segunda edición del festival Rock The Sun que tendrá lugar los próximos 18 y 19 de septiembre en  La Carpa del Poble Espanyol de Barcelona desvela el reparto de tiempos para cada banda.

Viernes 18 de septiembre

Apertura de Puertas 15:00 horas
Redshark 16:00 – 16:40 horas
Kilmara 17:15 – 18:05 horas
The Cruel Intentions 18:45 – 19:45 horas
Crazy Lixx 20:25 – 21:45 horas
Eclipse 22:30 – 00:00

Sábado 19 de septiembre

Apertura de Puertas 15:00 horas
Lonely Fire 16:00 – 16:30 horas
Jolly Joker 17:00 – 17:30 horas
Chez Kane 18:00 – 18:45 horas
Faster Pussycat 19:20 – 20:10 horas
Treat 20:45 – 21:45 horas
Michael Monroe  22:30 – 00:00 horas

Entrada anticipada disponible a través del siguiente enlace:
https://www.madnesslive.es/es/78-rock-the-sun-2026


 

Crónica: SonicBlast Fest 2026 (1ª Parte)

SonicBlast 2026: Pintar el verano a golpe de amplificador (Parte 1)

Como decíamos en nuestro avance hay festivales a los que uno va a escuchar música. Hay otros a los que va a vivir una experiencia. Y después está SonicBlast Fest. Intentar explicar qué hace diferente a este festival es, en cierto modo, como intentar explicar un cuadro a alguien que no lo ha visto. Puedes hablar de sus colores, de sus formas, de la luz que lo atraviesa, pero siempre faltará algo. Porque SonicBlast no se entiende únicamente desde sus escenarios ni desde sus bandas. Se entiende caminando descalzo hacia la playa, desayunando en la acampada rodeado de amigos después de una noche de conciertos, cruzándose con desconocidos que al cabo de unas horas ya parecen amigos, bajando al pueblo a comer, regresando al recinto cuando el sol empieza a dar un pequeño respiro y dejando que los amplificadores vuelvan a hacer temblar el aire. Regresando a la analogía del cuadro, y para intentar crear una descripción lo más exacta posible de lo vivido y disfrutado, el particular lienzo de este 2026 comenzó a tomar forma el miércoles.

Salimos desde Pontevedra con esa mezcla de cansancio acumulado típico del verano, expectación y ganas de carretera que precede a cualquier gran aventura. Todavía no sabíamos exactamente qué colores iba a tener nuestro lienzo de los próximos días, pero sí que llevábamos los pinceles preparados. Y mucha cerveza. A medida que los kilómetros quedaban atrás, el viaje se convertía en la primera pincelada ante tanto blanco que queríamos llenar de color. Porque SonicBlast empieza mucho antes de entrar en el recinto. Empieza en el camino, en las conversaciones del coche, en la música que acompaña el trayecto y en esa sensación de estar dejando atrás la rutina para entrar durante unos días en otro universo. Y entonces aparece ante nuestros ojos. El primer golpe de vista ya rompe con muchas de las imágenes preconcebidas que uno puede tener de un festival de este género. Aquí el paisaje no es un simple decorado. Forma parte de la experiencia. El Atlántico está ahí, prácticamente al alcance de la mano, recordándote que entre una descarga de fuzz y otra existe una playa donde refrescarse, descansar o simplemente contemplar el horizonte. Uno de los grandes reclamos para los miembros de las bandas que tocarán en el festival. La acampada gratuita es otra de esas pinceladas que parecen pequeñas hasta que uno se da cuenta de lo que significan. Tener un lugar donde instalarse, con facilidades y con el festival convertido prácticamente en una prolongación natural del propio campamento, hace que todo resulte más sencillo. No existe esa sensación de estar entrando y saliendo constantemente de un recinto aislado del mundo. SonicBlast respira alrededor de todo. Esa es quizá una de sus grandes virtudes: no parece construido contra su entorno, sino integrado en él.

Miércoles: la primera capa de pintura

La warm-up del miércoles sirve para mojar el pincel por primera vez. Todavía quedan días por delante, pero la maquinaria ya está en marcha. Las primeras bandas empiezan a llenar de sonido el ambiente y el público comienza a reconocerse. Algunos llegan con la experiencia de años anteriores; otros pisan el evento por primera vez. Todos terminan formando parte de la misma escena. Este día tiene algo de boceto. Ya empiezan a aparecer las formas y la primera llegó con Wizard Master. El volumen aumenta, las conversaciones se mezclan con las guitarras y la noche empieza a adquirir esa tonalidad propia de los festivales que saben crear una identidad. Con Spin The Skull, la cosa empezaba a ganar volumen. Ya no éramos simples recién llegados. El ambiente comenzaba a transformarse y la música conseguía que el cansancio de la carretera pasara a un segundo plano. Hay algo maravilloso en esa primera noche de festival, para alguien como yo todavía tienes por delante todos los descubrimientos. Cada banda puede ser una sorpresa. Cada riff puede convertirse en un recuerdo. Cada concierto añade una capa más a una experiencia que todavía no sabes cómo va a terminar. La última pincelada de la warm-up, para servidor, correspondió a Capela Mortuária y estaba llena de tonos oscuros y frescos. Una banda que entiende el thrash como algo físico, directo y sin necesidad de pedir permiso. Sus canciones, cantadas en portugués, tienen esa cualidad de sonar todavía más cercanas cuando salen disparadas desde un escenario. El público respondió de la única manera posible; moviéndose, empujando, saltando y dejando claro que aquella noche todavía quedaba mucha energía por gastar. No para los miembros del campamento, yo incluído, donde permanecería cuatro noches. Todavía quedaba Bongzilla pero nosotros necesitábamos dormir y sabíamos que nos esperaba de nuevo al día siguiente.

Jueves: El lienzo empieza a cobrar vida

Con el primer día completo llega la sensación de que aquello ya no es una escapada, sino una pequeña vida paralela. La mañana tiene su propio ritmo. El calor, la playa, las conversaciones, el paseo hasta el pueblo, la comida, las primeras cervezas y esa eterna discusión sobre qué banda no se puede perder hacen que el festival se extienda mucho más allá de sus horarios oficiales. Comer en el pueblo es también parte del cuadro. Hay algo especialmente bonito en poder salir del recinto, sentarse a comer y encontrarse con la vida cotidiana de la localidad, donde miramos a los locales con curiosidad, al igual que ellos observan a los desconocidos; para después regresar al universo del festival. Comienza la música en directo con Elephant Tree, que tuvieron que adelantar su actuación por los cambios provocados en el horario. La banda británica se presentó finalmente como trío, después de que su guitarrista/cantante Jack no pudiera viajar, circunstancia que obligó a replantear su concierto. Precisamente por eso hubo algo especialmente humano en aquella actuación mezcla de stoner/sludge melódico, que no necesitaba grandes artificios. Era una música para dejar que el cuerpo se acomodase, para empezar a entrar de nuevo en el festival después del descanso y para recordar que los organizadores saben colocar bandas con personalidad incluso en los primeros compases del día, incluso con cambios de última hora. Una primera capa de pintura, todavía suave, con mucho espacio alrededor por rellenar.

Entonces aparecen en escena Trash Talk y tiran el bote de pintura. Se acabaron los trazos sutiles. El hardcore californiano entró en el cuadro como un puñetazo. La banda, que hacía su debut portugués, convirtió el espacio frente al escenario en una auténtica zona de caos, controlado eso siempre. Circle pits, cuerpos volando y un Lee Spielman dispuesto a meterse literalmente dentro del público. Esto ya no era contemplar una obra, era meterse dentro de ella. Demostraron que el festival podía pasar del viaje psicodélico al incendio en cuestión de minutos. El público dejó de ser espectador y pasó a formar parte del espectáculo.

Después llegó Midnight, en sus maletas trajeron el espíritu del heavy metal más macarra, directo y desvergonzado. De paso nos demostró que el demonio sabe divertirse. Lo hicieron además a plena luz del día, una contradicción perfecta para una banda cuyo propio nombre parece pedir oscuridad. No la necesitaban. Necesitaban público y lo tenían. Su concierto estuvo lleno de interacción, bromas y una energía desbordada. El cantante y bajista llegó incluso a repartir cervezas entre las primeras filas y a invitar a la gente a ocupar la zona del foso. Empezaron fuerte y pronto llegó el inevitable momento de comunión colectiva con «Satanic Royalty», antes de que «You Can’t Stop Steel» disparase todavía más la adrenalina. No todo tiene que ser solemne. Era imposible no sonreír. A veces una gran banda consiste simplemente en salir ahí fuera, tocar como si el mundo se fuese a acabar y conseguir que cientos de personas canten juntas.

Cuando parecía que ya habíamos gastado toda la energía del día, Frankie And The Witch Fingers cambiaron completamente la paleta. Psicodelia, garage, funk, rock y una electricidad casi hipnótica. Era su tercera visita a SonicBlast y se notaba que ya existía una relación especial con el festival. No necesitaban demasiado tiempo para hacerse con el escenario. Los riffs empezaron a multiplicarse, el ritmo se volvió más sinuoso y aquella masa de público que hacía unos minutos parecía estar preparada para una batalla comenzó a moverse de otra manera. El festival volvía a demostrar su capacidad para cambiar de piel, es una de las cosas que más fascinan de este evento. Una banda no tiene por qué parecerse a la siguiente, lo que importa es que ambas tengan algo que decir.

Entonces cayó la noche y el lienzo cambió. Parecía complicado pintar con luz la oscuridad, pero con Deafheaven nada es imposible. Aparecieron en el escenario principal y durante aproximadamente una hora y cuarto hicieron algo que no resulta sencillo, convertir una multitud en una sola masa hipnótica. Su música vive precisamente en ese territorio donde la belleza y la violencia se encuentran. Pasajes expansivos que parecen abrir el cielo para, segundos después, volver a cerrarlo a base de guitarras, batería y gritos llenos de agonía. Pero hubo algo más, la actitud y la entrega. La sensación de que no habían venido simplemente a cumplir con un horario y hacer ver a los más escépticos que abrirse a otros estilos funciona dentro del SonicBlast. Entendieron por qué su inclusión en el cartel tenía tanto sentido. George Clarke se convirtió en una especie de director de orquesta desquiciado, manejando las emociones del público mientras los músicos construían detrás de él una pared de sonido. Había una tormenta de colores. «Sunbather» y «Dream House» sus temas más celebrados por el público.

Después de la intensidad de los americanos llegó Chat Pile y con el la pintura adquirió una textura completamente diferente. El noise rock de los tambien estadounidenses no busca precisamente la comodidad. Es áspero, incómodo, pesado, extraño. Una música que parece diseñada para hacer que el suelo tiemble ligeramente bajo los pies sin saber muy bien donde puedes caer. Al frente, Raygun Busch. Una presencia imposible de ignorar. Su interacción con el público aportó una dimensión casi teatral al concierto, mezclando la brutalidad sonora con comentarios y curiosidades cinematográficas que terminaron convirtiendo el espectáculo en algo difícil de clasificar. Pero debajo de todo aquello seguía existiendo una masa sonora aplastante. Chat Pile parecían utilizar cemento para llenar nuestra particular obra.

En cuanto nos movimos para ver la propuesta de Snapped Ankles a nuestra mente acudió la pregunta, ¿y ahora qué demonios está pasando? A estas alturas, cualquier intento de mantener una lógica convencional en la jornada ya era inútil. Desde Londres llegó una propuesta cuyos miembros parecían haber escapado de un bosque después de ingerir grandes cantidades de droga de diseño, demasiada música electrónica, post-punk y ritmos tribales. Vestidos como criaturas de un extraño universo postapocalíptico, con sus característicos atuendos iluminados, convirtieron el segundo escenario en una pista de baile completamente desquiciada. Probablemente haya festivales donde Snapped Ankles parecerían una anomalía, pese a la sorpresa inicial aquí no. Todo en SonicBlast tiene sentido. El cuadro ya es tan grande que admite incluso aquello que, en principio, no debería encajar, y sin embargo, encaja.

Cuando parecía que ya no quedaba espacio para añadir otra pincelada, apareció Bongzilla. Tocaba comprobar qué sucedía cuando la banda regresaba al festival para una actuación completa. Son ese tipo de grupo que no necesita demasiadas explicaciones. Sus riffs avanzan como una apisonadora lenta, densa y obstinada. El sludge se convierte en una masa física y el escenario parece hacerse pequeño. Era el final perfecto para un día que había recorrido prácticamente todos los extremos posibles. Un viaje que no debería tener sentido sobre el papel, pero que dentro del recinto portugués, lo tenía absolutamente todo. El festival no estaba intentando decirnos qué clase de música debíamos escuchar. Nos estaba diciendo: «¡escucha! Después decide».

El jueves había empezado con un lienzo todavía relativamente limpio y terminó convertido en una explosión de colores, texturas y formas imposibles de contener. Mientras caminábamos de vuelta hacia la acampada, con los oídos todavía vibrando y el cuerpo empezando a reclamar su parte del descanso, había una certeza. Todavía quedaban dos días.

Texto: Alexis Montans
Fotos: Jaime García

Festival Unirock 2026: Horarios Oficiales

Tras nuestro repaso a las actividades complementarias en el próximo Festival Unirock llega el turno de los horarios oficiales.

12 horas: Sesión Vermut con Blister

15 horas: Tributo al Rock por las calles de Puerto de Vega.
Más de 160 músicos rendirán homenaje a Jaime López Gayol y Mario Herrero.

20 horas: Mala Reputación

21:45 horas: Iron Savior

23:30 horas: Uli Jon Roth


01:30 horas: Skontra

Bryan Adams: Spain Tour 2026

La gira «Roll With The Punches Tour» de Bryan Adams constará de 7 conciertos en España. El canadiense presentará su 17º álbum de estudio «Roll With The Punches» publicado oficialmente el 29 de agosto de 2025 a través de su propio sello discográfico Bad Records.

Viernes 6 de Noviembre – Palacio de Deportes (Murcia)
ENTRADAS
Sábado 7 de Noviembre – Pabellón Príncipe Felipe (Zaragoza)
ENTRADAS
Domingo 8 de Noviembre – Roig Arena (Valencia)
ENTRADAS
Martes 10 de Noviembre – Movistar Arena (Madrid)
ENTRADAS
Viernes 13 de Noviembre – Bizkaia Arena – BEC! (Bilbao)
ENTRADAS
Sábado 14 de Noviembre – Palau Sant Jordi (Barcelona)
ENTRADAS
Lunes 16 de Noviembre – Coliseum (A Coruña)
ENTRADAS

A través de un repertorio que combina la sus creaciones más recientes con los himnos obligatorios de su carrera, despachará un directo enérgico con una puesta en escena plena de actitud rockera y alta complicidad con un público fiel al canadiense.

Agenda: Parga Rock 2026 (Lugo)

Apenas 15 días para el arranque de la novena edición del festival lucense Parga Rock. Los días 4 y 5 de septiembre en A Carballeira de Parga (Guitiriz, Lugo) la cita de caracter gratuito contará con las bandas internacionales Girlschool y Alcatrazz como grandes reclamos junto a bandas de la escena local y estatal como Scarecrow, The TwinPims, The Eskarallas, Satxa y Mr. Kamándula.

Contarán además con la actuación especial de Pensando En Ti (banda tributo oficial a Los Suaves) y las sesiones de DJ Coutinho y Jordi Pánico para amenizar los descansos durante el fin de semana.

Además de las actuaciones en directo, la organización ha programado actividades complemetarias como una sección infantil compuesta por juegos orientados al público familiar y los más pequeños y el clásico torneo de Billarda. Deporte tradicional gallego que consiste en golpear un palo pequeño con otro más largo para hacerlo saltar por el aire y lanzarlo lo más lejos posible.