
Nacidos como Groggy Elks en el año 1988, no sería hasta 2003 que los chicos de Aeonblack cambiarían a su actual denominación para debutar con un Ep homónimo y autoeditado en 2007. Ya en 2015 vería la luz finalmente el que sería primer trabajo largo de la banda, “Metal Bound”, lanzado de nuevo por su cuenta y riesgo. La banda, compuesta a día de hoy por Peter Steinbach (batería), Ferdinand Panknin (bajo y guitarras), Michael Maunze (bajo, teclado y guitarras) y Holger Berger (voz), edita ahora bajo el paraguas de Black Sunset/MDD Records este “The Time Will Come”, grabado en el Cube Studio de Lörrach y posteriormente mezclado y masterizado en el Humble Studio de Karlsruhe por Dennis Ward (Angra, Allen – Lande, Vanden Plas, Sinner, Primal Fear…). En la calle desde el 26 de febrero.
“Specter In Black” pronto nos introduce en el tono general del álbum. Y lo hace sin adornos ni ornamentos de ningún tipo. Un prólogo guitarrero, sencillo y transición clásica hacia un corte de power metal no menos clasicista. Algún agudo por aquí, buenas líneas de guitarra por allá y una escritura que supura autoconsciencia por los cuatro costados. Funciona por la estimable labor técnica y por un sonido pulcro y a la vez potente, que no escatima en brillo ni tampoco en pegada. Pura escuela Dennis Ward, vaya. “I Won’t Think About Tomorrow” avanza un par de pasos en lo compositivo. Medio tiempo apoyado en el (casi) omnipresente doble bombo de Steinbach y donde Berger entrega una línea vocal más rica en matices que en el tema previo. A destacar la buena labor técnica que exhibe la pareja Panknin & Maunze durante el up-tempo que conducirá hasta el epílogo.
La pequeña “1999 Annihilation Overture” precede al tema que da nombre al disco. “The Time Will Come” porta riffs en su prólogo que la emparentan directamente con sus paisanos Running Wild. Desprende, como no podía ser de otra forma, un aire más épico que sus compañeras de tracklist, mientras aprovecha para aumentar la carga ornamental y también la compositiva. Encuentro su mayor lastre en unas estrofas que no terminan de cuajar todo lo bien que me gustaría. Y no será porque Berger no ponga todo de su parte, al contrario, pero hay algo que no me termina de cuadrar. Sea como fuere, la gran labor solista de su tercio final disipa cualquier duda.
“Warriors Call”, que antecedió al disco allá en los primeros días de febrero, se adhiere a los cánones habituales de ese tipo de adelantos descocados, veloces y rabiosos, entregando una andanada de power metal que bordea el speed y que resulta tan entretenida como predecible.
“No Man’s Land” viene para calmar los ánimos, exaltados tras la algarabía precedente, y llevarlos hacia una balada clásica y funcional, bien escrita para lo que suele ser este tipo de entregas, y donde Berger, ahora sí, construye una línea vocal difícilmente reprochable. Habitual crescendo para el epílogo y todo el saber hacer de la escuela alemana en lo compositivo. El buen sabor de boca que me deja la balada del disco me lo quita en parte una “The Phantom Of Pain” que regresa al tono dominante del disco con una composición clásica pero un tanto plana. Máxime para un corte que bordea los cinco minutos. Su mayor interés vendrá en lo técnico, con Berger tonteando con agudos Halfordianos y la pareja de guitarras jugando al clásico juego del gato y el ratón con acertada solvencia.
“Nightwalker” sí evidencia un mayor trabajo en lo compositivo. Transita lenta y oscura, donde aprovecha para introducir un riff sencillo pero bien plantado, de cierto aire marcial. No muy lejos de los Judas Priest más pesados de “Firepower” cuando irrumpen los estribillos y poseedora de otra gran labor solista durante el puente central. De mis favoritas del álbum. Curiosamente apoyada sobre riffs que parecen extraídos de los Iron Maiden de finales de los 80, “Fire Wheels” porta una línea vocal que para nada la emparenta con la banda londinense. De hecho, toda vez irrumpe la segunda estrofa la banda vira de forma dramática hacia el power y poco o ningún rastro queda de Harris y cia. Tanta diatriba para añadir que se trata de uno de los cortes más ricos del disco en términos gramáticos, así como más relucientes en lo ejecutivo.
“Raw, Loud And Furious” trae uno de los riffs más curiosos de todo el trabajo. Seco, casi marcial, sobre el cual la banda desarrolla otro buen corte en lo gramático pero que se queda un poco en tierra de nadie en lo interpretativo. Que me pellizquen si el registro de Berger aquí no recuerda al de un ilustre de de la escena alemana como Thomas Rettke (Heavens Gate, Redkey, Avantasia, Edguy). Que el hecho de cerrar el disco te induzca a pensar que “When The Darkness Falls” es un final de fiesta melancólico y apagado. Al contrario. Aeonblack se han reservado para esta entrega postrera otra buena dosis de metal tan clásico como entretenido. Puro Helloween pre-Kiske tan poco sorprendente en lo compositivo como disfrutable en líneas generales. Buen cierre. Un disco de género más a la buchaca. Más detalles técnicos que compositivos, influencias bien dosificadas e implementadas, la justa diversidad tonal y varios temas con la debida altura de miras. El resto es material para fans, de la banda y del género, y por ahí el mayor interés no habrá de ir mucho más allá. Para bien o para mal. Las escenas necesitan también de discos como este, fieles a un ideario determinado, anclados en una serie de ideas previamente determinadas y dirigidos sin el menor complejo a un público temo que cada vez más reducido, que reclama más y más discos como este y huye como alma que lleva el diablo de cualquier insinuación contemporánea. En definitiva, por Aeonblack para ellos y ellas.
Texto: David Naves