
Nacidos en la ciudad de Atenas como The Ivory Tower allá por el lejano año 1992, los griegos alcanzarían a editar un debut homónimo en 2006 para ya en 2012 proceder a operar bajo su actual denominación, con la cual han editado ya tres discos de estudio. La formación, inamovible desde el cambio de nombre, opera gracias a Dee Theodorou (voz), Costas Koulis (batería), Niki Danos (bajo) y la dupla George Papantonis y Greg Bakos (guitarras), a quienes se sumó en 2019 Makis Vandoros (teclado).
El álbum cuenta con las colaboraciones de Ophelia Baudelaire, Nancy Mos, Gregory Koilakos y Anastasia Papadopoulou (coros), Mary Tirou (voz), Dimitris Fakos (guitarra acústica), Alexandros Roumeliotis (piano), Grigoris Valtinos, Paul Logue, Stiver Graunne y George Papantonis (narraciones) y Giorgos Konstantakelos (teclado). Yiannis Petroyiannis se encargó de producirlo, grabarlo, mezclarlo y masterizarlo en iCave Studio y The Matrix Studios con la ayuda de Dee Theodorou como ingeniero. El arte de Panagiotis “Hammer” Sfiris adorna la portada de un disco que el sello italiano del Piamonte Rockshots Records puso en circulación el pasado 21 de mayo.
“Besetting Sins”, que anticipó al disco allá por el mes de febrero, es un primer paso que flirtea entre el power más épico y el progresivo más leve, en especial durante estrofas, para después entregar un bien medido estribillo. Vira de forma casi dramática en su puente central para abrazar cadencias propias de unos Savatage del “Hall Of The Mountain King” y empeñarse en ofrecernos la cara más técnica del ahora sexteto heleno. Buen arranque, un tanto lastrado eso sí por una producción que otorga demasiado protagonismo a la voz de Theodorou, empañando aunque solo en parte el resultado final.
Tenemos la narración de Paul Logue (Eden’s Curse, James Labrie) y la acústica de Dimitris Fakos para una brevísima “Acedia” que en la calma más reposada nos conducirá hasta la canción que ha dado nombre al disco, esta “Crimson Wreath” que arranca igualmente tranquila para después introducirse en un crescendo tan clásico como bien resulto. Buenas melodías del antiguo miembro de The Ivory Tower Giorgos Konstantakelos al piano para un largo primer tercio muy cuidado y elegante. En su buen tronco central y especialmente en su término adquirirá mayor fuerza, aprovechando para revelar unas melodías y solos de guitarra que me llevan a pensar en unos Iron Maiden de este siglo. Estupendo tema título.
Menos luminosa, “Immortal No” porta un riff que bien podría aparecer en un disco de los Accept más recientes. Resulta terriblemente sencilla en términos gramáticos, acomodada en un power metal clásico, casi académico, donde la voz de Theodorou engarza casi tan bien como las gemas del infinito en el guantelete de marras.
Alexandros Roumeliotis colabora al piano en una “All Shall Fade” que sirve de reposado aperitivo a otro de los adelantos del álbum, este “All Blood Red” donde emerge de nuevo un riff pétreo, bien calculado, bajo el elemento diferenciador del registro filtrado de Theodorou. Métricas sencillas en su poco determinante primer tercio y mayor interés, al menos en mi caso, toda vez alcanza su tronco central y regresa la cara más técnica de los atenienses.
“The Voice Inside Me”, con narración de Stiver Graunne, nos conducirá hacia una “S.T. Forsaken“ que porta en su arranque uno de mis riffs favoritos del álbum, que se entregará más adelante a otro de corte más cabalgante y predecible. Y no pasa nada porque Theodorou brilla sobremanera al micro aquí. Hay algo de los Edguy más pretéritos en estas melodías y un mayor despliegue técnico toda vez alcanzamos su exhibicionista tronco central. “Ashes To Dust” recordará por tono a aquella “Besetting Sins” que abría el disco, en especial por la labor de Vandoros, al tiempo que se acompañará de una estupenda labor de su dúo guitarrero en lo melódico. La narración de Grigoris Valtinos vendrá en un tronco central dominado por la calma y el sosiego, guitarras acústicas mediante, que desembocará en un final esquemático y algo previsible.
“A Poem I Couldn’t Rhyme” es quizá uno de los cortes más planos este tercer trabajo de los griegos, salvado en gran medida por las estupendas melodías que incorpora. Corte sencillísimo que si tiene alguna utilidad es la de introducirnos en las tres entregas de “An Opus Of Loss And Sorrow”.
- “Pedestal I: Past Forever Last” es el arranque, que flirtea entre la balada y el medio tiempo dejando de nuevo por el camino alguna que otra melodía de aires maidenescos para no obstante, ofrecer buenos recursos en lo gramático. Mejor trabajada y diseñada de lo que aparenta en una primera escucha distraída. Atención al final.
- “The Isle Of Shadows”, que se irá hasta los nueve minutos, parte desde un metal sencillo, casi diría amable, que bordea peligrosamente a bandas como Freedom Call o Axxis sin complejo alguno. Aún ofrecerá un estupendo solo de guitarra previo a introducirse en un tronco central donde irrumpirán los coros de Baudelaire, Mos, Koilakos y Papadopoulou. El remate con la acústica de Fakos termina por confeccionar uno de los cortes más exógenos, por tono, de todo “Crimson Wreath”.
- “Agony’s Last” cerrará esta opus recuperando parte del vigor previo, enfrentando el tono más amable de “The Isle Of Shadows” con un mayor peso tanto en la afinación guitarras como en el registro de Theodorou. Es, además, un corte bien armado, de gramáticas clásicas pero dinámico, bien rematado en unos estribillos coloristas de los que habitan tu cabeza durante días. El estupendo y calmo puente central y la buena gramática exhibida a continuación, el broche ideal.
“Fortress Of Sadness” cierra el disco yéndose más allá de los diez minutos de otra buena construcción de metal a medio camino entre la escuela alemana y el progresismo de los Queensrÿche más elegantes. Estupendamente resuelto, casi resulta en un compendio de buena parte de las ideas que pueblan el disco. Siempre agradable y sin excesos en lo técnico, sin gramáticas en exceso difusas y de una elegancia, por momentos, de gran brillantez. Magnífico final.
Más de hora y cuarto de música la que han tenido a bien entregar los chicos de Illusory en este 2021 donde, por fin, parece que empieza a vislumbrarse algún destello de luz al final del maldito túnel del Covid-19. Sin excesos en sus alternancias tonales ni tampoco exhibiciones técnicas pasadas de rosca, en estos setenta y siete minutos de metal algo acomodado y a veces incluso amable, encontramos una buena gama de influencias. Iron Maiden quizá sea la más clara, evidente incluso en cuanto al tratamiento de ciertas melodías, pero también algo de Iced Earth en ciertas ambientaciones o de Queensrÿche en alguna gramática. Disco dignísimo en definitiva, quizá no tanto como para acaparar best ofs a final de año pero sí lo suficiente como para ocupar la estantería de los fans del metal más cuidado y elegante.
Texto: David Naves