
Ya tenemos ante nosotros el regreso de los progresivos suecos de Seventh Dimension tras su maratoniano “The Corrupted Lullaby” de 2018. Ellos son Luca Delle Fave (guitarra), Rikard Wallström (bajo), Marcus Thorén (batería), Erik Bauer (teclado) y Nico Lauritsen (voz). “Black Sky”, cuarto trabajo de una carrera que se abriría en 2013 con el largo “Circle Of Life” para proseguir dos años más tarde con “Recognition”, fue producido por el propio Delle Fave junto con Anthony Berlin. Trabajo trotamundos donde los haya, sus coros y guitarras se grabaron en Tokyo, mientras que otros instrumentos adicionales fueron llevados a término en Estocolmo y las voces, así como ciertas percusiones, se registrarían en los Milk Studios de Norrköping. Todas las pistas resultantes serían mezcladas y masterizadas por el productor Anthony Berlin en los estudios que llevan su nombre. Con artwork de Pierre-Alain D. de 3mmi Design, se encuentra en la calle desde el 18 de junio vía Corrupted Records.
Habrá que atravesar la pequeña introducción “Premonition” antes de alcanzar el primer corte con verdadero peso dentro del álbum, este “Bad Blood”, de inicio acompasado y dreamtheateriano, entregado a la faceta más virguera de los holmienses. Habrá cabida para riffs directamente emparentados con Meshuggah, algo cada vez más habitual dentro del género, previa a la irrupción de las líneas vocales. Destacarán estas en variedad de tonos, efectos mediante inclusive, así como el buen trazo que se le adivina. Es un primer corte muy bien armado, a medio camino entre el progresivo más contemporáneo en cuanto a ejecución pero de todos modos clásico en su construcción.
“Kill The Fire”, en especial durante su primer tercio, me recuerda mucho a los mejores Fates Warning de Jim Matheos. Menos avanzada en términos gramáticos que su predecesora e incluso un tanto dispersa a medida que se encamina al puente central por la forma en que intenta teñir de contemporaneidad una línea vocal clásica, sin alcanzar a acertar del todo. Habrá hueco al final, claro, para que Delle Fave y Bauer jueguen a perseguirse con sus respectivos instrumentos, salvando en parte una fiesta que apuntaba decidida al fracaso.
“Resurgence” se envolverá en un tono deliberadamente más oscuro en estrofas para después emerger en luz durante unos estribillos con ecos de Symphony X. Estos contrapuntos, junto a las buenas interpretaciones que lo adornan en el puente y al pequeño acelerón final, terminarán por exudar un clasicismo tan elegante como certero y funcional. “Falling”, con narración de Peter Walters y que fuera uno de los adelantos del trabajo, desnudará sus estrofas para que Lauritsen deje algunos de los mejores destellos vocales de todo el álbum. Fluctuando siempre entre la balada y el medio tiempo, resultará tan agradable como predecible:
A partir de aquí el disco entregará las dos partes de esa “Black Sky” que le da nombre:
- “Assembly”, instrumental a mayor gloria de las capacidades técnicas del quinteto y para regocijo de muchos fans del género, pronto resultará tan elemental en sus planteamientos como felizmente diversa en su ejecución y en líneas generales notable en cuanto a los resultados conseguidos.
- “Into The Void”, a su vez otro de los adelantos del álbum, se irá hasta los ocho minutos, partiendo desde el precioso piano que adorna su prólogo para conducirse hasta unos patrones donde la influencia de los Dream Theater más postreros permea no pocas influencias. Hay cierto deje a los británicos Haken en algunas melodías y migajas de los Opeth más tranquilos incrustadas en mitad del puente. Todo conjuntado con unos buenos contrapuntos melódicos y un tono que, si bien es cierto que tampoco en exceso, juega a desligarse del canon principal del álbum. A nadie se le escapa la declaración de intenciones que supone anticipar el trabajo con un corte de estas características.
“As The Voices Fade”, balada en formato clásico, arreglos inclusive, rebajará tanta alharaca técnica para desarrollarse, sabiamente, sobre tesituras de lo más reconocibles. De todo punto academicista, arreglos inclusive, su corto desarrollo nos conduce hasta el corte más extenso de este “Black Sky”, una “Incubus” donde, en primer término, vuelve a hacerse patente la enorme huella que Mikael Åkerfeldt y sus Opeth han dejado en el metal sueco en particular y en el progresivo en general. Pero más allá del parecido, o la influencia, lo cierto es que no deja de haber detalles de interés en este comienzo. El primero, su escritura. El buen crescendo que conduce hacia su tronco central, bien comandado por un Thorén embutido en el traje del mejor Martín López, constituye uno de mis momentos favoritos de todo el álbum. Quizá por ello, el puente y especialmente su epílogo, me terminen sabiendo a poco, en parte por lo impersonal que resultarán su trazo y tono. Lástima.
Sin tratarse ni mucho menos del disco progresivo más original que nos haya llegado, a poco que uno escarbe en estas composiciones y sepa ver más allá de sus evidentísimas influencias, terminará por toparse con el alto nivel técnico/ejecutivo que despliegan, y la forma en que queda plasmado en unas canciones, en líneas generales, cumplidoras. Es un trabajo, claro, menos disperso que su ambiciosa y mastodóntica obra precedente, y con la salvedad de la pequeña y meditabunda “As The Voices Fade”, en resumidas cuentas no dudo que albergue todas las credenciales necesarias para ser del agrado de los fans más sibaritas del género.
Texto: David Naves