Reseña: Shurakay «Overseas Tales» (RockCD Records)

Largamente esperado debut el de los rockeros progresivos de Shurakay desde su formación en 2008. Ellos son Oriol Nebleza (teclados), Dani Payá (guitarra y teclados), Santi Bertrán (batería y percusión) y Antonio León (bajo), si bien dichas líneas de bajo fueron compuestas por Xavi Sánchez e interpretadas por Dani Payá. El propio Payá es además productor de este “Overseas Tales” en Colgaete Recording Studio, a excepción de unas baterías que fueron grabadas en el Estudio GDM (Grabaciones De Mentira), sito en Vilanova i la Geltrú (Barcelona). Robert Martínez “Rub Rob” como técnico de captación, Pol Renau como fotógrafo y diseñador y Toni Buenavida como diseñador gráfico completan los créditos de un álbum que veía la luz el primero de octubre.

Dados los largos desarrollos que dominan el álbum, uno se toma la inicial “Akhenaton” como un mero entremés introductorio de lo que está por llegar. Un entremés en todo caso de aires medio orientales, atractivo por tono y, claro, menos arriesgado en cuanto a trazo que sus compañeros de tracklist. Sea como fuere, sus contrapuntos funcionan como un reloj y el nivel técnico, si bien esconde algunas de las cartas que el disco exhibirá más tarde, está a nivel más que aceptable.

New Age”, claro, tiene más enjundia. No solo porque se eleve más allá de los ocho minutos, que también, si no porque en su tono, ahora más setentero, casi pertrechado en los Yes más clásicos y a la vez guiñando a propuestas más contemporáneas, emerge la mejor cara de Shurakay. Destaca aquí el buen equilibrio de un desempeño técnico siempre lejos de la mera exhibición técnica. Ya sabéis, la eterna diatriba entre poner tu habilidad como músico al servicio de una canción o viceversa. Y aunque al sonido le falte algo de punch en ocasiones, desde luego no tanto como para deslucir el resultado final. El puente, y en especial el epílogo, aprovechan para calmarse primero y arrimarse (tímidamente) al jazz rock después. Ampliando las miras del disco y funcionando de manera más que correcta como contrapunto. Llamativas líneas de batería de Bertran aquí y estupendo segundo corte.

El diverso prólogo de “The Book Of Nises” parece escrito a medida para el lucimiento de unas teclas que lo mismo repiten patrones sencillos que se pierden por desarrollos de lo más intricado en un arranque quizá algo disperso, que superados los tres minutos largos reconduce hacia un trazo más reconocible a la par que sencillo. De ahí en adelante destacará, sobremanera, el buen solo de guitarra que introduce el tronco central de la composición, así como la elegante calma de éste. Otro solo de Payá, ahora sí un tanto virguero, por no decir exhibicionista, coronará la espina dorsal de esta tercera entrega, quedando para el epílogo un tono algo más oscuro y tenue en pos de conferirle un aire entre extraño y cautivador al tono dominante del disco y al que pienso que se le podría haber dado algo más de presencia.

Para el final quedará una “Prince Dagnarus” más la suite dividida en 4 partes («Interlude«, «4Th Quartet Moon«, «Waning Moon» y «Eclipse» que se irá más allá de los diecisiete minutos desde un tono que se atreve a divergir del leitmotiv imperante. Una vez supera su ágil introducción, se apoya brevemente en la cara más espacial y sintetizada de Shurakay, para desde ahí montar una línea de teclado que me trae a la memoria al Jordan Rudess más atmosférico, lo cual nunca es mala cosa. El piano que irrumpe a continuación, y la forma en que juega con las líneas de guitarra, protagonizan uno de mis momentos favoritos del álbum. La banda bordará el acercamiento a trazos y atmósferas más clásicas en un tronco central con poco de original pero interpretado con gusto y mimo. Y si bien es verdad que su tercio final se me hace un tanto redundante, tampoco puedo decir que la banda desbarre del todo. Simplemente no me hace click como otros momentos y lugares del disco.

Pimaninicuit” remansa tranquila en su clásico arranque, de tono casi reverencial, abrazado a postulados clásicos, del que aprecio la forma en que va construyendo, paso a paso, un viraje hacia territorios más energizados. De camino a su parte central resultará más técnica y retorcida, pero curiosamente, también algo más redundante. Y no pasa nada porque en dicha parte central acostumbra a brillar a buen nivel, con algún que otro solo de mérito y contrapuntos si bien no disonantes, sí lo suficientemente llamativos.

La calma casi atmosférica del remansado prólogo de “Cignus Neck”no deja de ser, en cierta manera, una calma tensa, casi a modo de anticipo de un desmedido despliegue técnico que llegará, dirán algunos que por fin, pasado el minuto cuatro. Adoptará aquí un patrón mucho más marcado, donde a falta de una base rítmica mejor definida, bien están esos pétreos riffs de guitarra. Su tronco central consistirá, pienso yo que sabiamente, en un atractivo juego en que Nebleza y Payá se persiguen cual gato y ratón entregando respectivas líneas nunca periféricas ni revolucionarias pero siempre atractivas, quedando para el final un trazo más conservador, lindante con unos Dream Theater post “Train Of Thought” con el que no llego a conectar del todo.

El prólogo de “Andromeda” porta un tono revestido de cierta épica, siempre visto desde el particular prisma de una banda de estas características, lo que en principio sorprende y después decepciona, en parte, por el modo en que da paso a trazos más reconocibles y, por qué no decirlo, acomodados. Llegado a estas alturas el disco acusa cierta redundancia en las interpretaciones y es normal en una obra tan descomunal en cuanto a duración como esta. Así todo, disfruto de las buenas líneas de teclado que dibujan aquí, así como de la elegancia que destilan los solos de Payá durante las partes más tranquilas o ese build-up hacia el tronco central. La forma en que Bertrán se convierte en el eje sobre el que pivote el largo final, dejando de paso una línea de batería tan curiosa como lúcida, me resulta ampliamente satisfactoria.

Esta “Shurakay” que da nombre a la banda porta un arranque de corte espacial, que habrá de dar paso a unas líneas de teclado, de nuevo, más asimilables, pero no por ello fallidas o indignas. Una vez superado este prólogo, destacará una base rítmica enfrascada en un patrón tan sugerente como repetitivo, sobre el que descansarán ejercicios técnicos repletos de clase y buen hacer, si bien un tanto recurrentes. El tono más vivo y luminoso que conducirá hacia su tronco central agradará a los más clásicos, así como servidor disfruta con el descamisado trance final. ¿Improvisado tal vez?

Universe’s Eye” culmina, ahora sí, esta hora y media de rock instrumental sin sorpresas, apostando por la cara más elegante y un tanto melancólica de los barceloneses. A la vez poco sorprendente pero muy funcional como guinda del disco.

Es un tópico, y es verdad, aquello de que en una primera escucha pasarás infinidad de detalles por algo. La falta de líneas vocales amplifica unas gramáticas ágiles, por lo general en constante alternancia, donde emergen las más de las veces un inteligente uso de los contrapuntos y unos desempeños técnicos de gran nivel, para terminar facturando unas canciones que, claro, dan todos los síntomas de llevar cocinándose a fuego lento mucho tiempo. Así que por ahí, pocas pegas. Por contra, habrá quien eche en falta algo más de riesgo, si bien el disco alcanza a sonar bastante personal en cuanto a tono, hay momentos que uno no puede evitar tener algún que otro deja-vu. Un disco para verdaderos fans del rock instrumental a la antigua usanza, a la contra de los rescoldos provinientes de la oleada de bandas post-rockeras de hace unos años.

Texto: David Naves

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