
Segundo disco para estos durangueses de Blackhearth tras su formación allá por 2010 por Alex Hernández (guitarras) y Asier Larrea (batería). Rodeando al núcleo duro de la banda encontramos a Jorge Sánchez (bajo), Julio Veiga (teclados) y Alain Concepción (voces). Como es sabido, la banda debutaría en 2019 con un trabajo autoeditado y homónimo que formó parte de no pocos “top ten” a finales de aquél prepandémico año. Ahora vuelven con un “The Wrath Of God” grabado en los Chromaticity Studios de Pedro J. Monge (Vhäldemar) y para el que han contado con la colaboración de todo un Tim “Ripper” Owens para el tema que da nombre al álbum. Vio la luz el pasado 1 de diciembre con la distribución de SteelOnSteel para España, resto de Europa, USA, México y Japón.
Desde que suenan los primeros acordes de la inicial “Betrayal”, uno ya es consciente del acierto que supone para una banda como esta el haber confiado en J. Monge. “A Match Made In Heaven” que dirían los angloparlantes. Gramáticas sencillas para este arranque, no exentas de pequeñas derivaciones hacia el despliegue técnico, limitadas en cualquier caso y que no operan nunca en favor de egos hipertrofiados. Impecables las ambientaciones que entregan las teclas de Veiga, así como ese solo que aparece previo al epílogo. Muy funcional arranque.
“Into The Unknown” lleva implícita en su ADN una deriva más cadenciosa y hard rockera. Sin descabalgar del tono imperante dentro de este segundo trabajo, lo cierto es que lo hace todo por aportarle una mayor profundidad a “The Wrath Of God”. Y, por ahí, lamento en parte lo escaso de su desarrollo. Todo lo contrario que “My Bornless Child”. Si su predecesora tendía al hard, esta abraza patrones y ambientes que bien podrían recordar a los Savatage más épicos durante el prólogo. Enganchan y atrapan estrofas desnudas por el agradable y ágil registro de Concepción, pero también por una escritura rica y detallada. Y brillan los duelos entre guitarra y teclados, pero también la ligereza de un puente central que no hará sino preceder a un epílogo algo virguero pero de ninguna forma erróneo o fallido. Auténtico puntal del álbum para quien escribe.
Así las cosas, “Rotten To The Core” parece de primeras el clásico corte directo y trotón con el que despertar a la audiencia tras un corte más extenso. Nada más lejos. De hecho anticipa en el prólogo una visceralidad que aparecerá con cuentagotas durante todo su trazo. Y da igual porque la serie de riffs que entrega aquí Hernández tiene poco de conservadora, resultando finalmente y en suma más que acertada. “Nothing But Dust” vendrá de nuevo a calmar tanta algarabía. Producción mediante incluso, serpentea hábilmente entre la balada tibia y el medio tiempo bien arreglado, para terminar entregando otro de los cortes más personales de todo “The Wrath Of God”, con un Alain Concepción realmente inspirado a la hora de crear y desarrollar una fantástica línea vocal. Alex Hernández sí tendrá tiempo ahora para explayarse a gusto durante un más que resultón epílogo.
Mayor sencillez gramática a la par que una mayor pesadez la que ofrece una “This World” donde Concepción ennegrecerá su registro en solidaridad con un corte de heavy metal fangoso y arrastrado. Por ahí aparecerá una estupenda línea de batería de Larrea, a la vez sólida y diversa, verdadero sustento de esta sexta entrega. Y como la cabra tira al monte, creo que el solo que Hernández incrusta previo al epílogo bien merecía más espacio.
“The Wrath Of God”, con el inequívoco registro de Tim “Ripper” Owens a bordo, da nombre al disco desde un trazo interesante, que porta buenas estrofas, coronadas por unos estribillos donde el de Akron exhibirá su habitual gama de gorgoritos imposibles, pero que pienso no pasan por ser los más inspirados de todo el álbum ni mucho menos. Sea como fuere, el estadounidense parece en mejor forma aquí que en el debut con KK’s Priest, el tronco central desprende tanta calma como clase y su resolución resulta más que notable por trazo, arreglando en buena medida la faena.
En “True Belief” regresan esos Blackhearth pétreos que ya hicieran acto de presencia en “This World”, con el gran contrapunto que suponen aquí unos estribillos revestidos de una bicefalia tonal que primero sorprende y después engancha. Escritura de lo más afinada, planteada para exhibir la cara más diversa de los durangueses y que sitúa a este corte, primero pedregoso y después brioso y ambivalente, entre lo mejor que ha entregado el metal de corte clásico en lo que va de año en nuestro país. Fue uno de los anticipos y no me extraña:
Contrasta la crudeza que exhibe Concepción al micro en el prólogo de una “Reaching The Shore”, por otro lado, tranquilo, casi complaciente. Evolucionará hasta colisionar, de nuevo, con los Blackhearth más pesados, para desde ahí construir otro de esos cortes a la medida de Harvey Dent. Cierta gracia de su primera parte se irá diluyendo de cara al final, configurando una entrega a la que quizá le sobre algo del desarrollo que le faltó a “Into The Unknown”.
“Banished Forever” vendrá a emparentar con la anterior “Nothing But Dust” en lo tonal, si bien ésta si dispondrá de la producción más pesada de la que adolecía su compañera de tracklist. Un cierre a medio gas, revestido de cierta épica, estribillos mediante, que funciona todo lo bien que ha de funcionar un cierre de este calado. Mención especial al buen solo de Hernández que anticipa al epílogo y el buen colchón de teclas en que se apoya. Gran final.
Su debut de 2019 ya me dejó buen sabor de boca por aquél entonces y este “The Wrath Of God” ha venido a refrendar aquellas buenas sensaciones. Quizá en su nueva encarnación, producción de Monge mediante, la banda suene más pesada por momentos. Quizá sigan sin inventar la rueda, que para eso es un disco de género. Quizá hay cortes que bien merecían algo más de espacio… pero con eso y con todo estamos ante un trabajo de aciertos innegables, de gancho ineludible y que, en gran medida, opera desde el aspecto técnico en favor de las canciones. Y no al revés. Un paso más para los de Durango, que desde Heavy Metal Brigade esperamos no sea el último.
Texto: David Naves