
“Eclectia” es la segunda iteración en la trayectoria de la banda progresiva madrileña Lethargus. Una banda compuesta a día de escribirse estas líneas por el ex-Nocturnia César Ortiz a la voz, el ex-Ciclón Eduardo Cervera en baterías, el Still Rock y ex-Third Dim3nsion Miguel Bueno a la guitarra, la Do Re Mi Fa Rock, Artaban’s Redemption y ex-Third Dim3nsion Elena Alonso en teclados, el ex-Phoenix Rising Sergio Martínez al bajo y finalmente el Döxa y Patricia Tapia KHY Juanjo Alcaraz a la otra guitarra. Este nuevo trabajo, que viene a suceder a aquél timorato debut “Origen” de 2019, fue grabado en los Fireworks Estudios con producción de Fer Aslanz y Enrique Mompó (Opera Magna, Retribution) más la participación añadida de Ángel Belinchón (Dry River). Autoeditado y en la calle desde finales de septiembre de 2021.
“Destino Cruel” amenaza con teledirigirse hacia un power metal clásico, trotón y orgánico, no obstante transita hacia terrenos más ligeros de lo que su espacial prólogo hacía prever. Por ahí emergerá un interesante doble juego vocal, buenas melodías, cierto aire a los riojanos Infamia y un redondo estribillo. Un corte bien construido, a veces tan deudor del power de aquí como otras atrevido a la hora de teñir su escritura de interesantes detalles técnicos que los diferencien del resto de propuestas de nuestras fronteras para dentro. De su faceta más virguera emerge cierto aire a los inevitables Symphony X, finiquitando un arranque colorista y llamativo. Fue uno de los adelantos del trabajo, pienso que de manera más que acertada y merecida:
“A Vida o Muerte” enfangará en cierta medida el tono, al tiempo que aprovecha para entregar una escritura menos enrevesada que, no obstante, no obvia los buenos detalles técnicos del corte apertura. Marcadísimo aire a los primeros Stravaganzza en estrofas que contrasta con esos estribillos con ADN de himno y absolutamente clásicos. Y si bien encuentro algún cambio de ritmo un tanto naíf, más dado el buen nivel técnico que despliega el álbum en su conjunto, es en resumen un corte servicial a la hora de ampliar el registro influencial de “Eclectia”, como ese marcado aroma a los mejores Sonata Arctica que se dejará sentir en la serie de solos que conducen al epílogo. Un corte con todas las costuras necesarias para funcionar como un tiro sobre las tablas.
El riff que alimenta el prólogo de “Quiero Odiarte” se lo llevas oyendo a Michael Weikath desde hace décadas. Para bien o para mal, dependerá de cada uno, lo que irrumpe a continuación rimará con la banda de las calabazas solo de forma tímida. Trazada con un mimo al detalle digno de mención, muestra la amplia gana de registros que es capaz de manejar César Ortiz a estas alturas de su carrera. El aspecto puramente lírico puede enganchar más o menos, sin embargo la forma en que construye esta buena línea de voz tiene poco de conformista. Los buenos contrapuntos guitarra/teclado de su puente central amenazan con derivar hacia terrenos masturbatorios nada favorables. Por ahí que me resulte tan agradable la forma en que está resuelto el paso al epílogo. Otro de los grandes puntales de este segundo trabajo.
“Estrella Fugaz”, que no es sino el tema más extenso del disco, vibra cerca del progresivo más puro. Especialmente en el tratamiento de unas teclas emparentadas, a veces de forma descarada, con las que ese marciano de perilla imposible y que responde al nombre Jordan Rudess adorna y alimenta las composiciones de Dream Theater desde finales de la década de los noventa. Aquí vuelve no obstante el Ortiz más gritón, quien junto a ese riff machacón, casi maquinal, construye una de las canciones de más fuerte personalidad del álbum. El influjo de la mencionada banda de Long Island retroalimenta una faceta solista que no por fácilmente identificable resulta menos atractiva. En su tronco central emergen una negrura primero y unos tonos casi pop después de lo más llamativos. Al final, habrá quien achaque a esta cuarta entrega una cierta falta de consistencia pero nunca de valentía o atrevimiento.
Por ahí que “La Noche Más Oscura”, que fue además otra de las encargadas de presentar al disco en sociedad, resulte mucho menos avanzada y mucho más homogénea. Power metal directo, trotón, clásico y funcional con la obligada ración de baterías rápidas, unos riffs a la alemana de los que emana un marcado deje a Edguy aquí y allá. Es un corte igualmente bien construido, que no obvia los habituales despliegues técnicos que dominan su particular visión y que, finalmente, da un necesario balón de oxígeno al tracklist.
“Marioneta de un Dios” reconduce, pienso que sabiamente, hacia su habitual power de marcado acento progresivo, en clara rima con el tema que abría el álbum. Ortiz brama y se retuerce en estas estrofas casi tanto como grita y se desgañita en estribillos pero si alguien emerge reclama atención aquí es Eduardo Cervera con una línea de batería, que si bien aparece algo difuminada en la mezcla final, es estupenda. Cierto es que esta vez la faceta puramente solista es un tanto timorata, no obstante creo que estamos ante otra de las grandes entregas de este segundo de los madrileños.
“Hacia ningún lugar” me recordará casi inmediatamente a los cortes más enérgicos de Ramón Lage en Avalanch, especialmente a un trabajo como “El Ladrón de Sueños”. La letra es algo más tontorrona que en otras entregas del disco, cierto es, no obstante tampoco puedo decir que le falte gancho. Regresa en todo su candor el lado más virguero de los madrileños para mayor gloria de uno de un puente un tanto más exhibicionista de lo que nos tienen acostumbrados. Al final un corte alimentado por la faceta más visceral de Lethargus y que funciona finalmente por el contraste que produce con el resto de ofertas.
“Más de Mil Años” es el single más potencial del disco. Tanto que por ahí uno perdona esa construcción más clásica y sencilla. Un trazo que desde luego no representa al disco que lo contiene pero sí sirve como llamada de atención a oyentes distraídos. El desempeño de Ortiz aquí tiene algo del Leo Jiménez más elegante al tiempo que Elena Alonso alimenta el toque más ¿comercial? de esta penúltima entrega con una labor más que encomiable a las teclas.
Si hablamos del aspecto puramente lírico, quizá mi favorito sea el que deja la final “Vivir un Sueño”. Y mira que, por regla general, letras como esta se me atragantan de muy mala manera. Un corte que más allá de mis divagaciones puramente subjetivas recupera aquél doble juego vocal de comienzos del álbum y muestra una base rítmica donde adquiere peso y presencia el bajo de Sergio Martínez, acompañando a una faceta melódica que brilla con luz propia. Los buenos estribillos, el buen nivel técnico y ese aire triunfal no consiguen otro propósito que el de terminar el disco con una sonrisa plantada en el rostro. Que supongo era de lo que se trataba.
Un más que meritorio trabajo a caballo entre el power de corte progresivo con guiños a nuestro metal tradicional de siempre e incluso al hard rock más poderoso. En lo tonal más homogéneo de lo que pueda parecer, lo cierto es que sin llegar nunca a salirse de su parcela genérica sabe picotear con sumo cuidado influencias de aquí y allá en una búsqueda, pienso que fructífera, de una personalidad a la que poder denominar propia. El nivel técnico, por momentos más que notable, opera siempre y salvo contadas excepciones en favor de las canciones. Y no al revés. Igualmente, la producción no es brillante pero tampoco oscurece ni resta brillo a las, en general, buenas composiciones de este “Eclectia”. Al final lo único que uno lamenta es no haber llegado antes a este segundo disco de Lethargus pero ya sabéis aquello que dicen de que más vale llegar tarde a un sitio que no llegar.
Texto: David Naves