
Pues ya tenemos de vuelta a los chicos de Reylobo. Los murcianos, que ya pasaran por estas páginas con su debut de 2021 “El Octavo Pecado”, regresan ahora con “Infinito”. Leo Jiménez o Miguel Ángel Franco acompañan a Miguel Torralba (teclados), Guillermo Barranco “Momo” (batería), Wenceslao “Wen” Miralles (bajo), Pedro Gallego (guitarra, coros) y Nacho Fernández (voz). El álbum, compuesto por once cortes de su habitual heavy de tintes melódicos, fue producido por Alberto Rionda y grabado por el líder de Avalanch junto a Pedro Gallego de Judas Records. Con mezcla y master del mencionado músico asturiano, diseño de Ricky Torre y fotos de Eva Ambroa, esta segunda obra de la banda vio la luz el pasado 1 de marzo. Voy con algo de retraso, soy consciente. La actualidad nos atropella y los días siguen teniendo solo 24 horas. Sepan disculparme.
En cualquier caso y ciñéndonos a lo verdaderamente importante, el trabajo arranca con una “Lux Aeterna” (no, nada que ver) a la que introduce la elegante guitarra de Pedro Gallego. Buenas melodías y un sonido que pronto revela una voz, la de Nacho Fernández, altísima en la mezcla. Y es que en general echo en falta un mayor equilibrio entre todas las partes, amén de unos coros más solidarios al corte al que acompañan. Es un trazo de marcada raíz clásica, bien ejecutado, al que finalmente merman pequeños detalles.
Obligadamente espacial la intro a puro sinte que da pie a “Hijo De Las Estrellas”, que destapa a unos Reylobo más heavies y rotundos. Y aunque sigo sin conectar del todo con la producción que portan los temas, no es menos cierto que la banda emerge más compacta aquí. Y pese a la rácana duración del corte, cierto también que algo más virguera. En especial la dupla Torralba y Gallego, revistiendo de buenos acentos técnicos casi cada rincón de este segundo corte.
“Hidalgo”, con colaboración del Saurom Miguel Ángel Franco, vive de converger entre los Reylobo más enérgicos y los más melódicos. A lomos de una producción que ha ganado en equilibrio, y si bien con un solo algo predecible de Gallego, los murcianos trazan aquí un corte sobrado de gancho, ortodoxo, con pinta de darles buenos réditos sobre las tablas.
En “El Hambre”, que descabalga de ese pulso más heavy para derivar hacia un medio tiempo más acomodaticio, encuentro una interpretación un tanto desapasionada por parte de Leo Jiménez. También ciertos borrones en la mezcla impropios a estas alturas del cuento. Y es que dicho sea con todo el cariño, por momentos llega a bordear lo desagradable la forma en que las distintas voces van y vienen, a veces muy en primer plano, otras perdidas bajo la maraña de líneas. Entre unas cosas y otras deslucen un corte por lo demás bien armado y que, sobre el papel, saca lo mejor de Reylobo.
“Duelo”, introducida de manera elegante por el certero violín de Valentín Miralles, nos devuelve a los Reylobo más musculosos. Una vena más metálica que se aprovecha de un mayor equilibrado en lo que a mezcla se refiere. Redondea la buena labora de Nacho Fernández al micro, construyendo una línea de voz que, por extraño que parezca, me recuerda a los castellonenses Dry River. Bandas que no podrían ser más diferentes en forma y fondo. Destacan en cualquier caso los omnipresentes teclados de Torralba y lo a gusto que el quinteto parece estar en este quinto corte.
“En Las Fauces Del Lobo” ahonda en esa senda más fibrosa, pasando de un prólogo a lo Symphony X para después trazar un corte que recuerda a los Avalanch más nervudos de la era Ramón Lage. Buenos riffs adornan las estrofas. Todo confluye, cierto es, en uno de los estribillos un tanto desangelados. Y da igual porque la buena labor de Gallego previo al puente, y la construcción de este, vendrán a acaparar en gran medida todo el protagonismo.
Así las cosas, “Valeria” nos devuelve a aquellos Reylobo de comienzos de álbum. Más ligeros y melódicos, de teclados realzados y voces amables. Demasiado incluso. Y es que por alguna razón no termino de encontrar cómodo a Fernández aquí. Especialmente a la hora de encarar sus tesituras más leves. En cualquier caso más protagónico el bajo de “Wen” Miralles, dando un mayor empaque a una composición sencilla y sin sorpresas ni alardes.
“Un Reflejo De Mí”, balada de trazo sencillo, dejará primero un solo que por alguna razón me recuerda al propio Rionda; para después ofrecer a un Nacho Fernández que borra de un plumazo sinsabores precedentes. Y lo hace gracias a una interpretación más cuidada. Sentida incluso. Y aunque la eclosión final vuelva a destapar pasados desequilibrios en cuanto a sonido, bien está lo que bien acaba.
“Universo” nos devolverá el anterior nervio, no obstante confrontado a una escritura más diversa que la media del álbum, donde se hará dueño de las operaciones el firme y constante doble bombo de Momo. Todo el corte resulta atravesado por buenos acentos melódicos por parte de Gallego. Empaña, sin embargo, la forma en que la línea de voz reproduce los déficits que ya comenté a principios de álbum.
“La Escalera De La Creación” se empeña en reproducir la cara más metálica del combo, acentuada aquí por unas guitarras más graves y una base rítmica de mayor presencia y empaque. Por alguna razón Reylobo parecen más cómodos en esta encarnación más fibrosa. Rafael Lázaro de Red Balance entrega aquí un solo enérgico y algo virguero, muy a tono con ese poso más recargado de esta penúltima y eficaz entrega.
“El Adversario”, medio tiempo de construcción agradable, bien arreglado y con un impetuoso Momo tras baterías, es fácilmente el corte que más hace por destapar las propias carencias de Fernández al micro. Pero también las de una producción que, por momentos, llega incluso a saturarse. Uno no da crédito.
He escuchado el álbum por todos los medios posibles. No solo el CD que amablemente nos han hecho llegar desde Duque Producciones sino también las distintas copias digitales presentes en diferentes servicios de streaming, por si de un problema con mi reproductor se tratase, y no he hecho más que encontrar los mismas saturaciones y desequilibrios una vez tras otra.
Y es una pena porque esos detalles lastran no pocos momentos interesantes de un álbum, por otro lado, en el que la banda ha ido ganando enteros tanto en composición como en ejecución. Y aunque la labor de Nacho Fernández siga sin parecerme la más brillante de nuestra “escena”, siento que ha crecido con respecto al debut, que era lo que se le pedía. Así las cosas, solo queda esperar por un hipotético tercer trabajo que termine de confirmar las buenas sensaciones que dejaban tanto este “Infinito” como el debut y destierren de una vez por todas todos sus errores.
Texto: David Naves














