Quinta semifinal del ya ineludible Festiamas, celebrada en la localidad castrillonense de Piedras Blancas, y en la que competían las bandas Noland, Mesenktet, Chamako Wey! e Infección. Aunque lo de competir es un decir. A lo largo de la jornada y por boca de los propios protagonistas se respira un aire de hermandad que poco o nada tiene que ver con rivalidades de ningún tipo. Nosotros acudimos a la llamada, ya apenas sabe uno cómo es un viernes en casa, al tiempo que cruzábamos los dedos para que respetase la meteorología.
Que al final así fue. Aún es de día cuando el quinteto Noland inaugura el certamen. Su propuesta, a priori, puede parecer algo ajena a un medio como este. Lo cierto es que conforme fueron entrando en harina, y aunque no sea mucho el tiempo del que disponen, apenas veinte minutos por banda, no puedo negar que fueron adquiriendo un mayor grado de interés.
Se beneficiaron de un buen sonido. Y temas como “Expectations” dieron la debida medida de sus posibilidades. En sus momentos más tranquilos me recordaron a otra banda asturiana como pueda ser The Electric Buffalo. También a Mad Rovers cuando subían las revoluciones. Mucho feeling en “No Me Duermo” mientras ruego que los chicos sepan disculparme si apunté mal los nombres de los temas.
La banda, que ya fue finalista en la edición del año pasado, y que de hecho ganó el XXI Concurso de Bandas Abierto Hasta El Amanecer, intercala temas con letras en nuestro idioma como “A Cubierto” y realmente muestra cintura y versatilidad. Saludos y agradecimientos mediante se irían con “Unbroken” dejando un gran sabor de boca.
A fe mía que los metaleros de nuevo cuño Mesenktet no lo iban a tener tan fácil. Los duendes del directo, siempre tan traicioneros, quisieron cebarse con la banda de Alberto Guerra. Algo que pareció no arredrar a la formación, que cuenta ahora con Poyo (ex Beast Inside) a la batería.
Me gustó el arranque que propusieron. Mucho groove pero también cierta atmósfera en sus riffs. Guerra nos confesaría más tarde que tuvieron dificultades para oírse sobre el escenario. Sea como fuere, me agradó la dualidad del frontman en “Sueños Rotos”, así como ese mayor nervio que les acerca a las fronteras del melodeath moderno de gente como The Black Dahlia Murder, Heaven Shall Burn, As I Lay Dying…
Turno para presentaciones. También para saludar y aplaudir al resto de bandas del certamen. Ya digo que el festiAMAS puede ser una competición pero el ambiente que se respira, al menos de puertas para fuera, es de auténtica camaradería. Problemas de sonido vendrían a aguar sus evoluciones e incluso tendrían que repetir uno de los temas por un problema técnico. Con mucho la banda que hubo de lidiar con más inconvenientes a lo largo de su descarga.
No engañamos a nadie si decimos que Chamako Wey! son, a día de hoy, una banda totalmente asentada. Veníamos de verles cerrar una gran jornada en el Vidiago Rock (crónica) y realmente posaron todas sus credenciales sobre el escenario de Piedras Blancas. Beneficiados además de la llegada de la noche y el mayor juego que dan las luces a una banda como esta, supieron sacar lo mejor de sí para poner patas arriba el concurso.
La inicial “Sublevación” despliega quizá el mejor sonido de la tarde-noche. La banda suena realmente contundente abajo, si bien la caja de la batería de Mike Jiménez a ratos va y viene. Y da igual porque, al final, las tablas se notan. Gente con mucho bagaje y no poco rodaje sobre ellas.
El inevitable “es un placer para nosotros estar aquí” que deja Larriet antes de la intensa “Indomable” unido al estupendo solo que dibuja Adrián “Mostro” dan la verdadera medida del quinteto. Agradecimientos al resto de participantes y una “Zombie Caníbal” donde despiezan su conocido metal moderno con trazas de Brujeria y mucho mal café.
“Como decían The Doors, esto se va acabando”, precede a “Fariseos”. Las ganas de pasarlo bien son tales que Adrián Amieva corre por el escenario y el cable de su Explorer se desconecta. Percance solucionado en un auténtico abrir y cerrar de ojos. Puede parecer un detalle menor pero sirve para ejemplificar lo enchufados, perdonen el chiste fácil, que llegaron a Piedras. La final “Pendejos Fronterizos”, abrupta y descosida, les puso cara de favoritos. Al menos a juicio del abajo firmante.
El cierre de la quinta semifinal vino a corresponder a los punks del occidente asturiano Infección. Una gente que viene dando guerra en nuestros escenarios desde 2011 y a la que, al igual que sucediera con la gente de Chamako Wey!, se le notan las tablas.
Se mostraron de lo más enérgicos, solo faltaba en una banda de punk, al igual que combativos y ruidosos. Me agradó el triple juego de voces con el que afrontan los temas. Dotan a sus composiciones, siempre regidas por las reglas del género, de una versatilidad que opera en beneficio del mensaje que transmiten. Enlazando temas y arremetiendo contra todo bicho viviente. Por poner un ejemplo, contra “quienes disfrutan del sufrimiento ajeno” en una arremetida contra la llamada “fiesta nacional”, que desde luego será nacional pero desde este medio no conseguimos entender cómo demonios una muerte sádica y violente puede ser algo a celebrar. “¡No más toros en Begoña!”, apostillarían.
Deiviz agradeció a los responsables del evento el haberles elegido entre tantas bandas a concurso, mandó un saludo al resto de participantes de la jornada y presentó un canto a “acabar con la cultura de la competitividad” que el capitalismo nos inocula desde bien pequeños. Lo dicho, tienen tablas y se notó. Su punk puede estar en los márgenes del tipo de música que acostumbramos a tratar por aquí, alcanzar a todo es imposible, pero mentiríamos si dijéramos que no nos agradaron.
La cosa es que, como decía aquella mal-envejecida película de los ochenta, “solo puede quedar uno”, así que allí que se subió Julia María Martínez-Lombó, coordinadora del Anuario de la Música en Asturias, para destapar al ganador de esta quinta semifinal. Redoble de tambores, emoción, intriga, ya saben cómo son estas cosas, para una victoria que vino a recaer finalmente en la gente de Chamako Wey!. Darles por tanto la enhorabuena, esta vez por escrito, y desearles la mayor de las suertes de cara a la gran final.
Por nuestra parte nada más. Mandar un afectuoso saludo a Noland, Mesenktet, Chamako Wey! e Infección, también a los habituales que nunca fallan y ya saben: nos vemos en el siguiente.
Inmersos como estamos ya en la temporada de festivales, raro es sin embargo el fin de semana en que no hay sarao pertinente dentro de lo que podríamos llamar nuestro radio de acción. La cita en esta ocasión tenía lugar en Infiesto, concretamente en la Cervecería La Traviesa, y tenía a State of Crime & Science (S.O.C.S.) y MalaTesta como protagonistas.
Huelga decir que le debíamos una visita a los segundos. Atropellados por la actualidad como por otro lado viene siendo habitual, su debut de 2022 “El Instante Perfecto” se nos escapó en su día. También sus distintas evoluciones en directo que, por mil razones, nos habían llevado a no coincidir aún con ellos.
Pero pongamos algo de orden en esta crónica. Los encargados de abrir la noche fueron los chicos de S.O.C.S., que estaban aún con las pruebas de sonido cuando el equipo de Heavy Metal Brigade, tan tempranero como siempre, atraviesa las puertas de La Traviesa. Y lo que ven nuestros ojos es un local bien cuidado, con un escenario amplio para lo que acostumbran recintos de este tipo y un equipo lo suficientemente decente como para desarrollar un directo con todas las garantías.
Faltan poco más de veinte para las diez cuando el quinteto, formación inalterada, procede a dar inicio a la velada con el tema que les da nombre, un “S.O.C.S.” donde, ya digo, el sonido era tirando a bastante bueno. Era una fecha complicada, con uno de los mayores festivales de metal de la península en su máximo apogeo, pero mentiría si dijera que no hubo parroquianos pendientes de las evoluciones de la banda.
Una banda a la que prácticamente hemos visto nacer, crecer y evolucionar, que sigue buscando su camino mientras se deja caer por escenarios de todo pelaje a nada que tiene ocasión. Lo hablábamos ayer: son ya muchas las veces que les hemos visto y lo cierto es que siempre dan una buena cara. Osana K., en esta ocasión, tampoco defraudó. Su registro y la manera de afrontar los temas son ya indisociables del peculiar modo en que entienden el rock alternativo.
“Lost” se ve muy beneficiada del buen sonido que emana de La Traviesa. Las cosas, cuando se hacen con la suficiente dedicación, terminan por dar buenos réditos. Lo bien hecho bien parece que decía aquél. Al público pareció agradarle su reconocible propuesta. Y decimos reconocible porque muchas de sus composiciones abrazan un léxico común, una manera de componer, que las hace muy identificativas, aún cuando a día de hoy nos suenan más alternativos y menos progresivos que en nuestro primer encontronazo con ellos.
Precisamente mientras pensaba esto, arremeten con un tema nuevo, “Paranoia”, que quizá venga a quitarme algo de razón. Y es que de pronto la banda suena más pesada y angosta, transitando hacia registros hasta ahora un tanto desconocidos para ellos y en los que queda claro que siguen buscando su propio camino. Víctor dejaría aquí uno de los solos más hábiles de la noche, y a servidor con la necesidad, imperiosa ya, de escuchar nuevo material de la banda.
Con la bien conocida “Under The Rain” vuelven a sus fueros habituales, aprovechando para deslizar un tono más melódico, también melancólico, de lo más reconocible. Sorprendieron con una versión del “Come As You Are” de los ya ineludibles Nirvana, convenientemente traducida al lenguaje S.O.C.S., con todo lo que ello implica. Iván se multiplicó tras los parches aquí, dando su mejor versión y aportando seguridad y firmeza en cada golpe. Se habla poco de los baterías en las crónicas, no te digo ya de bajistas y asumo mi correspondiente cuota de culpa.
Tras una muy aplaudida “Through The Mirror” le llegaría el turno a otra de las novedades, cocinada en pandemia como comentaría el propio Víctor, y que retrotrae a lo mejor del rock alternativo de los noventa. La banda tiene cintura y parece sentirse cómoda en el salto entre registros. Da fe de ello el mayor nervio que emana de “The Hole”, que a su vez contrasta con la mayor calma de “Tanto Por Hacer” con esos crescendos tan ágiles. Vimos a la banda cómoda y al público disfrutar con la formación de origen gijonés.
Otra de las novedades, “Vortex”, deja uno de mis riffs favoritos de todo el set, amén de alcanzar unas cotas de intensidad hasta ahora desconocidas para ellos. Doble bombo inclusive. No sería la última sorpresa de la noche. Y es que es aquí donde descubren otra versión, o en este caso reinvención, del “Losing My Religion” de los alternativos de Athens (Georgia, Estados Unidos) R.E.M.. Al menos en lo que a mí respecta, se agradece que no se limiten a calcar las originales, deconstruyendo los temas para trasladarlos a su terreno.
“Release” y sobre todo la ya ineludible “Should I?” rubrican un final lo suficientemente bueno como para que la audiencia reclamara un bis final y La Traviesa aplaudiría de buena gana al quinteto. Toca encarar ya una nueva entrega discográfica. Como ya he dejado escrito por ahí atrás, por aquí somos todo orejas.
Son alrededor de las once cuando el trío conformado por Marcos Munguía (bajo y voz), Marco Álvarez (batería y coros) y Guillermo Mariño (guitarra y coros), es decir, MalaTesta hace suya La Traviesa. Y lo hacen a través de un prólogo tranquilo, de aires casi post-rock, que sucumbe toda vez irrumpe un nervio en forma de distorsión que viene a dar la debida medida de la banda.
Escuchado su debut esta semana, lo cierto es que deriva de él un fuerte aroma a los madrileños Sôber. Y en honor a la verdad hay que decir que la encarnación en vivo de MalaTesta difiere en buena medida de esos efluvios. Visto lo visto con S.O.C.S., no sorprende el buen sonido que desplegaron pero sí la forma en que Marco y Guillermo acompañan en tareas vocales a Marcos. Funcionó el trío en voces, alimentando unas canciones con un marcado acento alternativo y que, ya digo, ganan una barbaridad en su traslación al vivo.
El pequeño y tranquilo prólogo de “Elegimos Mal” me recordó incluso a U2. Luego la banda reconduce hacia un rock más reconocible. Y aunque siempre perdure una cierta querencia por la banda de Escobedo y Bernardini, agradecí cómo el directo desdibuja la impresión que me produjo su primer álbum. Hay lugar para cortes melancólicos, ese “Falling”, o para ese interesante “Una Luz” de su debut. Incluso para alguna que otra novedad, véase el caso de “Corazón”, corte que, si todo transcurre por los cauces esperados, integrará su segundo largo.
Un segundo largo que, aseguró Munguía, están cocinando a fuego lento, un poco a la contra de lo que manda la inmediatez de estos tiempos en los que si algo reina por encima de todas las cosas es la inmediatez. Qué me vais a contar. Me agradó lo flexibles que se mostraron a través de la instrumental “A 441”, que parte el set en dos y ofrece una cara más del trío. También “La Peor Versión”, en especial gracias a un epílogo tan árido como desgarrado. Fenomenal aquí Álvarez tras baterías.
Enfundada en una melancolía que, en cierto modo, entroncó con sus compañeros de cartel, “El Instante Perfecto” amplificó su rango sónico. Desde luego ya digo que en directo resultan una banda con un sonido mucho más personal, amén de disponer de una mayor pegada. Todo sin que la guitarra de Mariño pierda brillo en ningún momento. Ayudó el cuidado que La Traviesa ha puesto en su equipo técnico. Ya podían aprender otros.
Munguía nos retaría entonces a adivinar qué clásico del punk de los 90 habían trasladado a nuestro idioma, que resultó ser no otro que el “Infected” de Bad Religion. “Vulnerables”, otra de sus composiciones de nuevo cuño, entregó uno de los riffs más sucios del set, mientras que “El Desastre”, corte que anticipara su álbum debut, configuró un estribillo de innegable gancho. Es cierto que el final con “Monstruos” les vuelve a acercar a las lindes de los mejores Sôber, pero el público pareció agradecer el guiño a la vista de la ovación final. Ya digo que nos sorprendieron. Nos quitamos una espina que teníamos clavada desde hace demasiado tiempo y la banda respondió tanto o mejor de lo esperado. Qué más podemos pedir.
Pues cosas como que el trato con la buena gente de La Traviesa sea bueno, que lo fue. Que ambas bandas nos pusieran al tanto de sus planes a futuro, que lo hicieron. Que disfrutáramos de la compañía, que lo hicimos. Se podría decir que nos fuimos con ganas de volver siempre y cuando las circunstancias nos sean propicias. Ya saben, nos vemos en el siguiente.
Hacía apenas un mes que habíamos visto por última vez a la buena gente de Drunken Buddha, fue en la última edición del Vidiago Rock, pero como somos unos enfermos de esto, qué se le va a hacer, tocó echarse otra vez a la carretera. Esta vez rumbo a Lanio donde unos enamorados del rock como los hermanos Jorge y Fer retomaban la actividad en directo en su coqueto y recogido local. Con apenas un escueto plano como ubicación del concierto y nuestro recuerdo del paso de Beast Inside hace algo más de un año por allí arrancamos hacia la localidad salense para dar buena cuenta de un bolo más de Diego Riesgo, Michael Arthur Long, Kay Fernández, Mario Herrero y Fran Fidalgo.
Tirando de tópicos, “Sea Of Madness” desata pronto la locura en Lanio. Tanto, que una cuerda de la preciosa Les Paul de Diego no aguanta semejante envite. Y dio igual porque uno de los parroquianos se ofreció amablemente a cambiarla allí mismo. Anécdota inicial para un show en el que nos las prometíamos muy felices.
Y es que esta gente parece que siempre funciona. Da igual que estemos en un festival (el tristemente desaparecido Rock Nalón) que en un recinto reducido, cortes como “Devil’s Breath” siempre sacan lo mejor del hard / heavy y lo embuten en unas interpretaciones siempre a la altura. Drunken Buddha dan siempre la impresión de ser la típica banda que se lo pasa en grande haciendo lo que hacen. La química que se observa entre ellos es contagiosa, desde luego.
Para “Purple Skin”, ya con la Les Paul negra de vuelta, Arthur Long pone a prueba los bancos del local, improvisada pasarela, y solo sonrisas pueblan nuestros rostros. Que además el sonido, sin ser el de los grandes recintos, solo faltaba, alcanzó para disfrutar de los asturianos sin mayores contrariedades. “Can’t Hold Your Gaze” sonó tan fulgurante como acostumbra. Aquí aprovecharían para deslizar algún tema nuevo, “Sweet Huntress”, y comentar que “está todo en manos de Juan Martínez” según palabras del propio frontman del Buddha.
Las bromas, el buen rollo, la camaradería fueron la norma una vez más. Sirva como ejemplo, los pequeños destellos de “Carolina” (M-Clan) o “Soldadito Marinero” (Fito y Fitipaldis) con que nos distrajo Diego desde su Gibson. Todo como anticipo de uno de los cortes más intensos de la noche, no otro que “Hang ‘Em High”, con Arthur Long ya descamisado y paseando el micro sobre nuestras cabezas.
Su habitual “Mr Big”, original de unos tales Free, calmó un poco los ánimos, exaltados y enfebrecidos ya, justo antes de que “Monster” pusiera de relieve, una noche más, el lado más musculoso y grave del quinteto. Y si en la primera fue Diego quien se destapó con un gran solo, en esta sería Mario quien dejaría destellos de su gran clase tras las teclas. Y es que, más allá de los gustos de cada cual, y con la actual base rítmica de Kay y Fran ejerciendo de perfecto parapeto, son una banda de muchos quilates.
Y tienen cintura. Porque tras la crudeza monstruosa, llega el turno de uno de sus cortes más pegadizos e incluso radio friendly. Al menos de un tiempo en que la radio no era coto cerrado y casi exclusivo del atúnconpan. Estoy hablando, claro, del “Dance Of The Serpent Queen” que ya apunta a fijo en su setlist durante largo tiempo. Llegó no sin que antes Arthur Long quisiera tener un pequeño recuerdo para con “la prensa”. Lo decía al principio: somos unos enfermos. Es lo que hay.
Encarando ya la parte final del set, no falló “Walking In The Shadow Of The Blues” a la hora de extraer la cara más sensual de la banda. Y no solo por el pecho descubierto de su vocalista. “Hay que hacer aquí un festival de tonada”. Aunque si hubo un corte que realmente me enganchó a estas alturas fue “Lady Stardust”, en especial con ese crescendo final que traman entre Fran y Kay, al alimón con otro solazo de Diego.
Puede que fuera una plaza pequeña y ni así quiso el vocalista olvidarse del habitual baño en champán de “Medicine Man”. Tampoco de guardar lo mejor de su garganta para la más atemperada “Strangers & Fools”, o dedicarnos un par de versiones que no estaban en mi guión particular. A saber: “Smoke On The Water” de Deep Purple y “Paranoid” de Black Sabbath. El final, una noche más, vino a corresponder a su habitual revisión del “Highway Star”, es cierto que ya con el sonido algo enmarañado pero sin perder un ápice de fuerza ni ganas. Muy grandes. Esperando ese tercer álbum como agua de mayo.
Atraviesan un momento dulce y se nota. Sea en festivales, sea en salas, parece que siempre cumplen. Nos preguntaba el propio Michael Arthur Long por las veces que les hemos visto y yo, francamente, creo haber perdido la cuenta ya. Solo sé que la del pasado viernes, a buen seguro, no fue la última. Así me parta un rayo. Vaya un abrazo para ellos, también para la buena compañía y ya saben: nos vemos en el siguiente.
Ante la más que probable posibilidad de que el «Power Up Tour» sea la gira de despedida de los australianos AC/DC tocaba arrancar hacia latitudes cálidas en una maratoniana jornada de miércoles que dejó más satisfacciones de las esperadas.
Y es que desde el inicio a cargo de unos The Pretty Reckless encabezados por la vocalista Taylor Momsen, las vibraciones no podían ser mejores. Puntualidad, buen sonido, y un sol de justicia para una temperatura que rondaba los 35 grados al inicio de su actuación. Si bien el estadio de La Cartuja aún ofrecía un pobre aspecto respecto a los 60.000 espectadores que lograrían convocar los «aussies«, los neoyorquinos no se guardaron nada en el zurrón. Arranque ganador con «Death By Rock n’ Roll» para presentar sus credenciales y saludar al respetable con un correcto castellano. Con un repertorio que obvió medios tiempos que adornan sus últimas obras de estudio apostaron por un set «eléctrico» que calentó aún más el ambiente.
Al tercer tema tocaba aligerar vestuario y rendir homenaje a una de sus influencias, Soundgarden, a través de «Loud Love«, original del combo liderado por el malogrado Chris Cornell. El momento bizarro del día llegaría instantes después cuando un murciélago se aferraría a la pierna de Taylor, sin mayores consecuencias pero dando pie a una irónica auto presentación como bruja que vino como anillo al dedo para «Witches Burn» mientras preguntaba al estadio de nuevo en español: ¿Dónde están mis mujeres?
Aunque han dado la impresión de haber crecido a la sombra de Halestorm, la banda tiró de galones para vencer y convencer en Sevilla. El incesante goteo de gente cubría los vacíos en grada y pista, mejorando sensiblemente el aspecto del recinto para el tramo final de su set. Sesenta minutos coronados por una extensa «Heaven Knows» en la que tomaron protagonismo Ben Phillips a la guitarra y Mark Damon al bajo y cerrar con «Take Me Down» cumplida con creces la labor encomendada pues no fueron pocos los puños al aire que logró su descarga.
Pasaban unos minutos de la nueve y media cuando desde las pantallas laterales del escenario arrancaba la intro del «Power Up Tour«. Camino de 4 años desde la publicación de su última obra de estudio, jua AC/DC regresaba a España y «If You Want Blood (You’ve Got It)» sería el punto de partida de la cuarta cita de su recién iniciada gira europea. Si bien las incorporaciones del batería Matt Laug y el bajista Chris Chaney despertaban curiosidad en su desempeño en la formación, el estado físico de los Young, Angus y Stevie, y sobre manera el vocal de Brian Johnson eran objeto de análisis en los primeros compases del show.
«Back In Black» mete en faena a La Cartuja, ya no hay vuelta atrás, el variopinto público cae rendido al combo australiano desde el inicio y corea las míticas estrofas mientras Brian solventa un problema con su micrófono. Hubo tiempo para repasar «Power Up» a través de 2 temas «Demon Fire» y «Shot In The Dark» estratégicamente intercalados entre himnos atemporales como «Shot Down In Flames«, «Thunderstruck» que ponía el recinto patas arriba o «Hells Bells» y la aparición de una gran campana en el escenario. Detalle siempre ganador pese a perder el factor sorpresa con el transcurrir de las giras.
La alineación se muestra compacta y en un gran estado de revista mientras un risueño e infatigable Brian Johnson siembra alguna duda en su estado vocal. No vamos a negar que le costaba llegar en tono en muchos momentos pero tampoco que son 76 años los que le contemplan para despachar un set muy digno en esta primera cita sevillana. «Shoot To Thrill» recibe una de las grandes ovaciones de la velada destapando el gran trabajo a los coros de Stevie Young y Chris Chaney. Mejoró con el transcurso del show aún más el aspecto de la grada, las escasas zonas vacías se cubrieron y en la pista no cabía un alfiler. Detalle curioso a comentar es la escasa o casi nula interacción con el público hasta los agradecimientos al final del concierto, lo que creaba unos incomodos segundos de silencio entre canciones que personalmente considero el punto negativo de la noche.
El tramo final del show no se desprendía de los clásicos, «Highway To Hell» , «Whole Lotta Rosie» y una «Let There Be Rock» extendida hasta el infinito con el habitual solo de un excelso Angus Young, situado en la plataforma elevadora que coronaba el apéndice que se adentraba entre el público alojado en la parte más cercana al escenario. Pequeña pausa antes de los bises mientras una lluvia de confeti vuela sobre nuestras cabezas. El sentimiento que cubre La Cartuja es de satisfacción garantizada, eso sí, sin sorpresas para los habituales seguidores de la banda.
La dupla final arranca con «T.N.T.» y se cierra con la traca de salvas de cañón en «For Those About To Rock (We Salute You) tras más de 2 horas de actuación. Si bien la banda había reducido su setlist en 3 temas respecto al inicio de la gira huelga decir que en defensa del estado vocal de Brian para el resto del tour, el sentir del público mayormente fue de aprobación con lo ofertado a orillas del Guadalquivir. Cincuenta años en la brecha no se cumplen todos los días. Si fue una despedida rayó a gran altura, y si la salud los respeta para defender con dignidad su legado solo deseamos volver a compartir el momento. Larga vida al rock n’ roll y larga vida a AC/DC.
Tal y como venimos comentando en crónicas recientes, la temporada de salas apura sus últimos coletazos antes de la inevitable venida de los grandes eventos. Y ante una noche en recuerdo de los inmortales Queen, qué mejor plan que dejarnos caer por nuestra querida Sala Gong. Con todo un Richard de la Uz a cargo de emular al inolvidable Freddie Mercury, la noche vino a darse tal y como sigue.
Se hablaba de una venta anticipada de entradas rondando las ciento cincuenta. La reina y su particular cancionero siguen teniendo tirón. También porque de la Uz está rodeado de una formación de lujo. Entre ellos un Sam Rodríguez en teclas, al que viéramos con The Electric Buffalo fechas atrás, y que se destapa con unos notables coros durante la inicial “One Vision”.
Su puesta en escena quedaba reducida a lo elemental. Sí, Richard viste hábitos muy Mercury. Ángel Miguel carga con una guitarra «The Red Special» como la de Brian May, pero en líneas generales su representación no podría resultar más orgánica. Ayudó el buen sonido que experimentó la sala, una noche más, y que ofrece ya su mejor cara cuando la banda encara una breve “Tie Your Mother Down”.
“Bienvenidos a una noche de 1986” proclama de la Uz. Es tiempo de “In The Lap Of The Gods”. Toda esta primera parte del set tiene algo de fulgurante, versiones reducidas de los temas, que enlazan unos con otros para regocijo de los presentes. Y que viene un poco a dar muestras de lo mucho y bien que se habían preparado esta noche tan especial. “Seven Seas Of Rhye”, “Tear It Up” pasan prácticamente en un suspiro. Pero es una de las favoritas de prácticamente todo el mundo, la juguetona “A Kind Of Magic”, del fenomenal álbum homónimo, la que finalmente pone a la nutrida audiencia a sus pies.
Richard de la Uz, huelga decirlo, se mimetizó con el frontman nacido en Stone Town (Zanzíbar, actual Tanzania). No solo sus ropajes, también buena parte de sus gestos y evoluciones sobre el escenario recordaban en buena medida al británico. En especial cuando arremete con los clásicos “Eo…”, buscando la interacción con un público. “Joder, gracias” no pudo por más que exclamar el vocalista asturiano ante la respuesta de la gente. “Under Pressure”, con Antón Ceballos clavando tan icónica línea de bajo, recibe una de las mejores acogidas de la noche. Richard de la Uz, por los suelos en un momento dado, parecía responder a todo el calor recibido.
Pero hablando de líneas de bajo memorables, qué decir de “Another One Bites The Dust”. Y es que pasan los años y no puede uno más que preguntarse como aquellos cuatro personajes eran capaces de dominar tal cantidad de registros sin perder un ápice de autenticidad ni tampoco de gancho. El caso es que llegó entonces uno de los mayores retos vocales de la velada, “Who Wants To Live Forever”, con un de la Uz vibrante y pasional.
Cambio de registro y también de vestuario, era el turno de “I Want to Break Free”, donde vino a brillar el solo de Ángel Miguel con el pie soldado al cry baby. Llegaría entonces el tiempo para el descanso, con el guitarrista, bañado en luz roja, quedándose a solas sobre el escenario de la Gong. Estupendo solo el que nos brindó aquí el también líder de The Travellers. Ya con la banda de nuevo al completo, era el momento de “Now I’m Here”, finiquitada con un pequeño escorzo de Alejandro Blanco tras su preciosa batería arlequinada. Se produjo aquí un pequeño speech de Ángel Miguel. Los orígenes de la idea, comparándose no sin cierta sorna, con el Coronel Tom Parker, a la sazón mánager de un tal Elvis Presley.
La interpretación de Richard en “Love Of My Life” es de las que ponen la piel de gallina. Envidiará uno siempre a quienes pudieron sentir de primera mano al verdadero Mercury, pero desde luego que el ex Edén, Exkalibur y Jívaro parece atravesar un momento verdaderamente dulce en lo que a voz se refiere. Y habla de su propia humanidad el gesto que quiso tener para con el pueblo palestino y el genocidio que sufre ante la pasividad de eso que han dado en llamar “Comunidad internacional”. Gran gesto el suyo y que anticipa “Is This the World We Created…?”. “Un tema muy especial en un día como hoy” explicaría el propio vocalista luarqués.
Después de la reivindicación, la fiesta. Y es que la recepción de “Bohemian Rhapsody” fue de las más pronunciadas de toda la jornada. Unos y otros cantamos, o más bien lo intentamos, tan inmortales estrofas. Dispararon, nos ha jodido, la parte operística central. No pasa nada, los de verdad también lo hacen, y al final quedó como uno de los puntos álgidos del set.
De aquí al cierre cabrían pocas sorpresas, con la banda enlazando clásico tras clásico, sonando realmente redondos y dejando la impresión de que se lo estaban pasando en grande. Al fin y al cabo era de lo que se trataba. Una de mis favoritas desde niño llega de hecho en este preciso momento, “Hammer To Fall”, seguida de “una cosa muy loca, llamada amor”, claro, “Crazy Little Thing Called Love”, con Ángel Miguel colgándose ahora una preciosa Schecter (si mis ojos no me engañan).
“We Will Rock You” hermana a público y banda. En especial cuando de la Uz acomete las debidas presentaciones. Aeternal Queen encara entonces “I Want It All”, exudando su vena más próxima al hard rock. Richard bajó del escenario y se perdió entre la gente durante el buen solo de Ángel Miguel. Difícilmente el ambiente podía ser más festivo. Más aún si cabe con esa “The Show Must Go On”, con Richard a pecho descubierto, y las innumerables resonancias que el tema adquirió tras la muerte de Freddie Mercury aquél fatal 24 de noviembre de 1991. “Friends Will Be Friends” y, claro, “We Are The Champions”, con Richard emergiendo del backstage con las obligadas corona y capa de cara a la ovación final. Misión cumplida.
Sí. Ya sé. Las bandas tributo. Peor son los viernes sin salir de casa. Al final nadie puede negar lo mucho que tuvo de celebración la jornada. Es este un cancionero sólido como quilla de transatlántico y, a la vez, de una heterogeneidad que, aún hoy, sorprende y engancha. Parafraseando a Homer Simpson, “era su primerito día”, y por ahí puede que no todas las interpretaciones fuesen perfectas y cristalinas. Por contra, la banda supo suplir con dedicación, también con pasión y en especial con cariño cualquier posible percance. No me escondo, Queen fue uno de mis primerísimos contactos con el mundo del rock y a buen seguro se nota a lo largo de esta crónica. Y aunque como he dicho por ahí atrás, muchos no tuviéramos la suerte de ver a Freddie en vivo, bien están noches como las del viernes para rememorar a una figura indispensable (e indiscutible) en la historia del rock. Por mucho que uno esté hasta las mismas gónadas de la dichosa “We Are The Champions”. Lo uno no quita lo otro. Sea como fuere agradecer a la banda por la invitación, saludar a Susana Alberich, Jorge López Novales, Miguel Rubio, la buena gente de Argion y ya saben: nos vemos en el siguiente.
Noche de contrastes la propuesta para la noche del 25 de mayo en Avilés con las descargas de Sküld, Bestia Negra, Soundcrush y Grave Noise. Una de las últimas citas en salas que nos quedan, la temporada de festivales aguarda a la vuelta de la esquina, y la oportunidad de reencontrarnos con algunos de esos buenos amigos que hemos ido haciendo en el camino.
Pero una cita en la que no nos íbamos a librar de los retrasos. Y es que el turno de Sküld estaba anunciado para las ocho y media pero no fue hasta pasadas las nueve que irrumpieron sobre las tablas del Malecón. Y lo hicieron, intro mediante, con “Odin” y ese deje a los viejos Iron Maiden culminando en el primer buen duelo solista de la jornada. El sonido no era el mejor. Cabe decirlo, uno de tantos aspectos a mejorar por el recinto avilesino.
Un Malecón que no presentaba la mejor de las entradas, cabe decirlo. Pero quienes sí acudimos a este particular asalto nos topamos con una Lorena que, a pesar de problemas en su garganta, supo lidiar con los tonos a menudo exigentes que reclama la banda. Alternando idiomas, también temas propios y versiones, deslizaron un más que decente “Flight Of Icarus”. No terminan de ser fáciles las versiones de una banda con la personalidad tan acentuada y sobre todo el bagaje y la importancia de Iron Maiden, por mucho que hayamos escuchado decenas, cientos de ellas.
“Esta es una canción que habla sobre la mierda de mundo que les vamos a dejar a nuestros hijos” comentan como antesala de “Dear Son”, que a buen seguro extrajo a los Sküld más oscuros de la cita. La banda le ponía empeño y ganas. Tuvieron a bien incluso adelantarnos que participarán en la próxima edición del “Perversiones” ¿Con qué canción? ¿Qué tal si os pasáis el ocho de junio por Puerto Vega y lo comprobáis in situ? Nosotros, salvo causa de fuerza mayor, ya sabéis donde estaremos.
Tras algunos pequeños inconvenientes dando al traste con el buen desarrollo del set, desembocaríamos en “Long Distance Reader”, ofreciendo la cara más power del quinteto. A la chita callando, concierto a concierto, la banda parece ir ganando enteros. Y no le teme a nada. Lorena aprovecha las virtudes del inalámbrico para bajar al foso en “The Rumor” y el público, en especial el más joven, parece agradecer de muy buena gana el gesto. Ya de vuelta sobre las tablas anunciaría “las dos últimas”, no otras que “Blood Eagle” y su particular revisión del “Toxicity” de System Of A Down, especialmente dedicada a Txeffy (Kraken A Feira, Actvs Mortis), quien se encontraba a los mandos de la nave en la jornada del sábado. Lo que hacen podrá gustar más, podrá gustar menos, pero siempre dan la sensación que disfrutan con lo que hacen y se nota.
Otro tanto se podría decir de la buena gente de Bestia Negra. Defensores del metal más clásico, arribaban al Malecón Asssault con un ramillete de canciones que, a estas alturas, conocemos más que de sobra. Por ahí que el objetivo de la velada fuese tratar de captar a quienes aún no hubieran tenido el gusto de encontrárselos.
Son alrededor de las diez y veinticinco cuando suena la introducción previa a la descarga de Bestia Negra y se masca cierta expectación en el Malecón. Banda incansable en los últimos tiempos y a la que ya hemos visto en escenarios de todo pelaje. Por ahí que, al menos en nuestro caso, no disfrutemos de aquello tan agradable que es el factor sorpresa. Pero “Winds Of War” ya pone las cosas claras. Sus riffs marca de la casa, el hosco registro de Gil al frente y un muy seguro Carlos Reboredo en baterías, Bestia Negra resultaron tan divertidos como acostumbran.
Al fin y al cabo, pocos riffs más eficaces que el de “Angel Of Death”, así como el peculiar modo en que Gil encara los distintos versos. Y es que pasa el tiempo y su voz parece no haber perdido ni un ápice de gravedad. Una banda que gusta siempre de recuperar “Faster Than A Bullet”, como ya bien sabréis alguno, el primer tema que parieron en comandita. Algún que otro acople quiso su particular cuota de protagonismo. No al punto de aguar del todo la descarga pero sin duda tan molesto como incómodo.
En cualquier caso, muy fino Román en los solos. Prácticamente escondido en uno de los laterales del escenario, resguardado tras ese rictus casi siempre tan serio, parece ir a más en cada descarga. Gil, siempre maestro de ceremonias que diría un clásico, anuncia “una canción a la que le tengo especial cariño, aunque mi favorita es otra que viene luego”. Era el turno, claro, de la extensa (y de nuevo muy Maiden) “The Harbinger”. Jose antes del puente y Román después dibujaron buenos solos aquí. Bestia Negra en su mejor versión.
“Gift From Gods” sirvió para recordar la figura del legendario Randy Rhoads, también para que Gil cumpliera con las debidas presentaciones y finalmente para que el micro dejara de funcionar, teniendo el frontman que echar mano del ídem del bajista Nacho para los dos temas finales: “Fear”, con el equipo de la sala petardeando cosa mala, y la final “Hate” con Bestia Negra encabronados en consecuencia. Ni hubo versión de Motörhead como tantas otras noches ni fue la cita más fácil, ni tampoco más concurrida para ellos, pero supieron pelear frente a los inconvenientes y salir airosos una noche más con su particular modo de entender el heavy metal. Por muchos años.
La de Soundcrush era, claro, una propuesta casi contrapuesta a la de Bestia Negra. Su thrash bebe de las fuentes del groove, del metal más técnico incluso, hasta de Gojira. Enfermedad de Luis Sánchez mediante, acudían a la cita en formato trío. No iba a ser, por tanto, una noche fácil para ellos. Pero desde luego tienen tablas y buenos temas, como demuestra ese “Primal Flame” con el que dieron inicio al set.
La calidad técnica que atesoran pronto sale a relucir. Es cierto que al sonido le falta algo de punch en los primeros compases. La falta del bajo pero también una batería que atropellaba las guitarras de Ales Sánchez y David Vega. Fino aquí a los mandos Txeffy, reconduciendo la situación y permitiendo al eventual trío ofrecer su mejor cara. “Unleashed” da una versión casi marcial de su habitual thrash metal. Iván García se desvivía tras su kit de batería y desde luego no dejaron a nadie indiferente. Precisión y pegada a partes iguales, su desarrollo propulsó más que nunca a la banda.
“Una más tranquila, que os vemos muy apagaos, para que os apaguéis más todavía” comenta con cierta sorna Ales a modo de introducción a “Manifest”. Y es verdad que estábamos algo parados. Cuesta lanzarse a veces cuando el público escasea. Soundcrush suenan aquí ya realmente potentes y equilibrados, más teniendo en cuenta las circunstancias, con unos David y Ales derrochando clase y rabia por igual. “No vemos a nadie movese, vamos a ver si lo conseguimos” con otro de los recuerdos a aquél “Screams Of The Voiceless” de 2018, del que extrajeron “Sudden Evil” para que, por fin, viéramos algo de agitación en las primeras filas.
“Alpha”, del Ep homónimo del año pasado destapó estupendos solos de Ales y David. Provocó también un acople de lo más molesto. Un zumbido rozando lo incognoscible inundó nuestros oídos, poniendo a prueba los nervios y también la paciencia de más de uno. Solucionado el percance, tercer recuerdo a su largo de seis años atrás gracias a “Among Humans And Their Balance”, con un tímido moshpit del que aún hoy conservo un vívido recuerdo (es lo que tienen los pisotones).
Con “Vacuity” recordarían una noche más a los cada vez más fundamentales Gojira, tremendo Sánchez a los parches aquí, y con “Beyond Olympus Pt. I” terminarían de vaciarse para otro set corto, algo más de cuarenta minutos, pero tan intenso como nos tienen acostumbrados.
Grave Noise son, qué duda cabe, un animal muy diferente. Tal y como sucede con Soundcrush, su punto de partida es el thrash metal. Pero los burgaleses lo entienden de un modo mucho más clásico. A mis oídos, muy en la onda estadounidense de bandas como Exodus o Testament. Una banda a la que, no vamos a negar, tenemos especial cariño y a la que no veíamos desde la pasada edición del Atalaya Rock.
Tal y como entonces, venían presentando aquél meritorio “Roots Of Damnation” de 2022 y sobre las tablas de la Malecón vinieron a demostrar por qué son una de las más firmes promesas del género dentro de nuestro territorio. Fueron, de hecho, los que mejor sonido disfrutaron de todo el Malecón Assault. Algo que se hace patente ya desde la inicial “Rotten System”, cuando apenas faltan diez para la una.
A puras Jackson blancas, Iker y Edu la emprendieron a riffazos «old school» para regocijo de los fans más clásicos que ocupaban el recinto. Vimos y sobre todo oímos muy bien a Iker Sanz, guitarra y sobre todo voz del cuarteto, afianzándose como un líder de garantías para una banda como esta. “Mutant Goat”, perteneciente a aquél “From The Cradle To The Grave” de 2018, extrajo coros verdaderamente graves y rotos del bajista Toño. Y es que ya digo que el sonido, sin ser el de los grandes escenarios, desde luego daba espacio a cada elemento sin por ello escatimar un ápice en pegada. Estaba claro ya para entonces pero vino a reafirmarse con la estupenda turné solista que montaron entre los dos Sanz aquí.
Tras los agradecimientos a Soundcrush por haberles invitado y puesto que, en palabras de Iker “hablar no se nos da muy bien, pues vamos a tocar”. Era el turno de “Disorder”, que en su encarnación en vivo y por el propio registro vocal, me recordó sobremanera a unos Testament de álbumes relativamente recientes como el fenomenal “Dark Roots Of Earth”. Aquí la tuerca de uno de los platos de la batería de Fer Mediavilla se iría de excursión. Era mucha la fuerza que desarrollaba el ex-Sarkástika, sirva la pequeña anécdota como el mejor resumen.
No faltó “The Ghost Plague”, single de ese último largo. Un largo que, por lo que pudimos conocer de primera mano, pronto tendrá sucesor. Aquí, como de costumbre, somos todo orejas. Pero volviendo al set de la banda nacida a caballo entre Soria y Burgos, quienes mejores que ellos para confeccionar y descargar una “No One Higher” sobre eso que han venido en llamar la “España vaciada”. Nos sumamos a las palabras Iker: “nadie es más que nadie”.
El antifascismo de la tan directa como nada metafórica “Fuckcism” destapa a los Grave Noise más agrios. Todo con, ya digo, el mejor sonido de la noche, y la banda sin ahorrar un solo esfuerzo. Qué les depara el futuro, no lo sabemos, pero desde luego así es cómo se cimentan las buenas trayectorias. Ejemplos a pares. Toda vez hechas las debidas presentaciones, llegó el tuno de otro de los grandes hallazgos del álbum de hace un par de años: “Broken Land”. Anunció entonces Iker que quedaban solo tres temas, “habrá que gastar algo de zapatilla”. Y eso hicimos con la pegadiza “In God We Trash”.
Sólidos como cimiento de rascacielos, a buen seguro vimos la mejor versión de Grave Noise. Finos técnicamente hablando, potentes e incluso pasionales. Fue una pena el escaso público que el evento logró convocar pero, desde luego, quienes sí acudimos a la llamada lo disfrutamos en buena medida. Máxime cuando “Terror” entrega de pronto su thrash más vitriólico y nervioso. Penúltima andanada de un set que cerrarían con esos detalles tan Gojira de la estupenda “Perpetual Anxiety”. Un placer tenerles de nuevo por estas latitudes. Si la próxima ya es con nuevo álbum bajo el brazo, mejor que mejor.
Denodada lucha de cuatro bandas contra los elementos. También contra una entrada menor de lo que nos habría gustado. Parecerá que me cebo con una sala que está acogiendo no pocos eventos relacionados con el rock y el metal pero lo cierto es que mientras otros recintos parece han ido aprendiendo de sus errores, el Malecón se está quedando atrás de una manera muy notable. ¿Explica este hecho por sí solo la pobre entrada del pasado sábado? No lo sabemos con total certeza pero a nadie se le escapa que puede ser una de las múltiples aristas del problema.
Sea como fuere, ya dije por ahí atrás que lo disfrutamos. Cuatro bandas con idiosincrasias muy marcadas pero un nexo común con las raíces mismas del mejor heavy metal. Fue un placer disfrutar de ellas, también de la mejor de las compañías así como de las facilidades dispuestas de cara a la realización de esta crónica. Vaya desde aquí nuestro más sincero agradecimiento y, como siempre, nos vemos en el siguiente.
Frío siberiano como antídoto a los rigores primaverales. Volvían a la región los rusos Grima, acompañados esta vez de su banda hermana (literalmente hablando) Ultar y, por aquello de las coincidencias con otro evento de no poca importancia, la vuelta de Koma a nuestros escenarios, quien más quien menos no las tenía todas consigo en lo que a venta de tickets se refiere. Para nuestra satisfacción, nada más lejos. Los exteriores del Gong presentan un gran aspecto poco antes de la apertura de puertas y no cabe sino congratularse por ello.
Y es que había ganas de ver a los chicos de Ultar. Su “At The Gates Of Dusk” de finales de 2022 era un estupendo trabajo de black metal en su versión más contemporánea y fuimos muchos quienes no quisimos perdernos las evoluciones de los hermanos Susarev y cía.
No tan teatrales, ya habría tiempo después para eso, Ultar aparecen por el Gong apenas con un telón de fondo, paneles verticales en cada extremo del escenario, ropajes uniformes y corpse paint blanquecino. Llama la atención su quietud en escena, en contraste con ese headbang al unísono que en ocasiones realizan.
“Antiques”, con ese inicio tranquilo y calmo, no muy lejano de según qué momentos de los franceses Alcest, fue fácilmente uno de mis momentos favoritos del set. Gleb Sysoev rasgó su garganta sin demasiados excesos. No debe ser fácil acometer no uno sino dos shows por noche y, a buen seguro, vimos una versión templada y más comedida del ruso, aunque igualmente disfrutable.
Apoyados por un gran sonido, cada vez más fina esta sala en este aspecto capital de la música en directo, deslizaron temas de aquél álbum de hace un par de años ante un público más expectante que animado, contagiado tal vez de la propia frialdad de la banda con base en Krasnoyarsk. Fue un set muy corto, poco más de media hora, que dadas las circunstancias, diversos problemas de salud que arrastraban varios de los chicos (y que de hecho llevaron al aplazamiento de la fecha vallisoletana) ofreció sin embargo una versión más que aceptable del quinteto siberiano.
Casi cuarenta minutos tardan los chicos en volver a escena. Insisto, las circunstancias eran las que eran, ni mucho menos me quiero cebar. Aunque diferente, la escenografía de Grima no deja de tener puntos en común con la de su banda gemela. El telón de fondo, los paneles verticales. Añade, eso sí, un par de calaveras frente al bombo de la batería y los dos espectros que acompañan a Vlad Yungman tras los parches.
Así pues, cuando pasan pocos minutos de las diez y veinte, “Winter Morning Tower” marca el inicio del set para una banda que aparece ahora en escena sin bajista. El sonido, como sucediera con Ultar, no podía ser más diáfano. Llama la atención la quietud de Gleb “Vilhelm” Sysoev sobre las tablas. Sus ropas, también las ramas que rematan sus brazos. Sin pestañear, fue declamando con pasión y desgarro, sin olvidar esa teatralidad inherente al combo siberiano.
Precisamente en “Siberian Sorrow” Grima rompen su habitual frialdad y pasean los mástiles de sus LTD sobre el público de las primeras filas. No obstante, durante buena parte del set, su quietud es tan indisoluble de su propuesta como las máscaras o las túnicas. Para “Devotion To Lord” algún que otro acople quiso aguar la fiesta precisamente en el momento más tranquilo y reposado, sin que tampoco la cosa fuera a mayores. De hecho aquí Vilhelm sedujo con su registro más bronco y oscuro, ofreciendo así uno de los contrapuntos más llamativos del set.
Se iría al backstage la voz de Grima para regresar Flying V-300 en mano y ofrecer así la versión más recargada y poderosa de los rusos, esa que “Moonspell And Grief” mediante, ofrece la cara más heterogénea del combo de origen ruso. No apreciamos el mismo movimiento por parte del público que con otras bandas extremas que han pasado por nuestros escenarios. Por contra, sus interpretaciones resultan sólidas, rocosas, a ratos intachables. “Cedar And Owls” y su paso por momentos casi marcial puede ser una gran muestra de ello. Fríos pero extrañamente ampulosos, apoyados en un Vilhelm que para entonces mostraba un registro ya algo quebradizo. Y es que el esfuerzo, aún con su bien conocida parsimonia, desde luego era mayúsculo. Como debía de serlo el calor que estaban pasando bajo los ropajes y las máscaras.
Aquí no puede uno hacer otra cosa que pensar en el batería Vlad Yungman. Auténtico héroe en la sombra de ambas formaciones y que cargó con sendos sets sin negociar un solo esfuerzo. Enorme mérito el suyo, especialmente cuando el setlist alcanza una de las favoritas de quien escribe, no otra que la estupenda “Giant’s Eternal Sleep” y, aun a pesar de los muchos inconvenientes, tanto externos como los derivados de su propia idiosincrasia, Grima ofrecen su mejor versión. El cierre, “Rotten Garden”, vino en cierto modo a confirmar su condición de banda en franca progresión ascendente. Recompensa justa a un trabajo bien hecho por parte de los chicos. Y es que algo me dice que salas de mayor aforo serán requeridas en futuras visitas de los hermanos a nuestros escenarios. Mientras tanto no queda más que alegrarse de haber podido disfrutar en nuestros escenarios y por dos veces de una banda como esta.
El black metal sigue ganando adeptos en la capital asturiana. He insistido mucho en esto en distintas crónicas pero es cierto. La racha, de hecho iniciada por los propios Grima en su anterior visita a la Gong, confirma a través de propuestas como Defacing God, Azaghal o más recientemente Downfall Of Gaia la buena salud del género negro en sus muchas encarnaciones. Nos hace muy felices.
Por nuestra parte nada más. Agradecer a la promotora del evento por todas las facilidades dispuestas de cara a la realización de esta crónica, saludar a los muchos y buenos amigos con quienes departí antes, durante y después del show y el firme deseo de vernos en el siguiente.
Y el Vidiago Rock Festival renació de sus cenizas. Dos jornadas, siendo la del viernes más orientada al punk y la del sábado más afín al tipo de música que solemos tratar por aquí, nuestra presencia allí tras cubrir un día antes el Factoría Rock Fest VI era poco menos que ineludible. Un cartel que en su cita sabatina que vino a congregar a las bandas Soulbane, Alto Volto, Drunken Buddha, Black Rainbows, Disaster Jacks y Chamako Wey!. Bandas de aquí y de allá para un plantel lo suficientemente diverso y atractivo como para echarnos una vez más a la carretera.
Con nuestra calma habitual, ya está Fernando Alonso para correr, llegamos a Vidiago con tiempo suficiente de hacer un mínimo de turismo. De tomar algo y socializar. También de hacer grupo y piña. Al final te pegas una hora de carretera y terminas viendo a mucha cara conocida. Rediós, que carajo será del rock and roll el día que faltéis.
Soulbane serían los encargados de dar la salida. Tarea ingrata donde las haya. Lidias a la vez con un público aún escaso, que en gran parte no te conoce y tienes todas las papeletas para comerte todos los errores a subsanar en cuanto a sonido durante la jornada. Ante semejante panorama, los de Torrelavega supieron lidiar con los previsibles inconvenientes a través de unas interpretaciones llenas de carisma y clase, así como un set atractivo por su propia diversidad.
Y es que arrancaron y en primera instancia nos sonaron casi setenteros. En gran parte por el registro del que echó mano en un principio el frontman IvánValle. Siempre es difícil encarar una crónica de una banda a la que desconoces, pero en honor a la verdad diremos que conforme avanzó el setlist se fueron confirmando como una propuesta de lo más ágil y atrevida a la hora de amalgamar géneros.
Porque ya digo que empezaron con esa raíz fuertemente setentera, para después rozar incluso el soul y, conforme avanzó el set, dibujaron cortes que circulaban ya dentro de las lindes del progresivo. “Firewalker” puede ser un buen ejemplo de ello. Largos desarrollos, hábiles cambios de ritmo. Intentaremos, en la medida de lo posible estar atentos a sus evoluciones.
Pero toca seguir relatando el set de los cántabros. Y es que aún aguardaban sorpresas. Porque para “White Raven” cuentan con un trompetista en escena y, de pronto, su propuesta vuelve a mutar. El registro de Valle vira hacia tesituras a medio camino entre Elvis y Danzig y el corte adhiere fórmulas no demasiado distantes de un tardío Ennio Morricone. Hábiles, en cierto modo impredecibles y, sin embargo, extrañamente homogéneos.
Para otro de los cortes incluso contaron con toda una sección de metales (de la charanga El Compango) en escena. Todo con un muy buen sonido gracias al habitual buen hacer de la gente de la Casa Furia. Ya de nuevo en formato cuarteto atacaron un final de set donde no faltaron los habituales agradecimientos. “Hace diez años de nuestra anterior visita” comentaría Valle. Amenazamos con seguir la pista de los torrelaveguenses.
A quienes seguimos la pista desde hace ya tiempo es a la buena gente de Alto Volto. Y es que la cara de Borja cuando nos vio al pie del escenario en los instantes previos al comienzo de su descarga lo dice todo. Un tío con clase, como demuestra la camiseta verde con el logo de los MC5 que lucía. O ese solo con pie al wah con el que dio la bienvenida en Vidiago. Son una banda que ahora alterna letras en nuestro idioma con otras en la lengua de Shakespeare y en el fondo son la típica banda que, podrá gustar más o menos, pero muy buenos en lo suyo.
“Noches sin dormir… esto es insomnio” comunica el propio Borja. Y el trío, que completan Juan Villamil (batería), Diego Motta (bajo), profundizó en su peculiar mezcolanza de hard, blues y rock and roll del de toda la vida. Pero es “Veneno” la que capta mi atención en esta parte inicial del set. Quizá por ese mayor acercamiento al viejo hard rock. La cabra tira al monte (prometo dejar obsoleto este latiguillo de una vez). “Es un placer para nosotros estar aquí”, asegura el propio Borja, y a juzgar por lo redondos que estaban sonando, no nos cabe la menor duda.
El recuerdo al primer álbum que trae consigo “Before You Came” extrae de hecho la cara más aguardentosa del frontman asturiano. Y por si quedaba alguien aún con legañas a modo de resaca de la jornada anterior, qué mejor que algo como “Wake Up”. Ni grandes excesos ni tampoco mayores complicaciones. De ahí que siempre cumplan en la forma en que lo hacen.
Cambio de Fender a Les Paul mediante, aprovechó entonces Borja para dedicar “Habitaciones Frías” a “Marisol, que nos ha dejado hace pocas horas”, levantando una sentida ovación por parte del público del Vidiago. “Baila”, que estará en su próximo álbum de estudio, desata a los Alto Volto más blueseros. También al mejor Motta en las cuatro cuerdas. Y mientras que “Atontado” centra sus miras en el mal uso de las redes sociales, “Now You Know” entrega, piensa uno, la mejor cara del cuarteto.
Quiso también Borja tener un momento para recordar a Wayne Kramer, guitarrista de MC5 que nos dejara el pasado dos de febrero a la edad de 75 años. También advertirnos de que Drunken Buddha nos iban a poner a “bailar el pericote”. Esta gente tiene más clase que una universidad.
A nadie se le escapa que Drunken Buddha son un animal bien diferente. Y de hecho sería un ejercicio de cinismo por nuestra parte negar el afecto que sentimos por el quinteto radicado en Gijón. Son ya muchas las ocasiones que nuestros caminos se han cruzado y las más de las veces hemos sido testigos de shows muchas veces impepinables. Y es que, tirando una vez más de tópicos, esta es una de esas bandas que rara vez empata, pero que desde luego nunca pierde.
Y no pierde porque ese arranque con la intro “March Of Dementia” encauzando con “Sea Of Madness” pronto pone Vidiago a sus pies. Es así, máxime si logran sonar como lo hicieron en la jornada del sábado. Es cierto que, al menos desde mi posición, a veces costaba oír los solos de Diego Riesgo. Pero no es menos verdad, y perdón por la insistencia, sé que lo hemos dicho ya muchas veces, que la nueva base rítmica de la banda, Kay en baterías y Fran Fidalgo al bajo, les propulsa a otro nivel, sumando por igual precisión y clase.
“¿Empezar a charrar ya?” amenaza el frontman Michael Arthur Long. No hombre, no. Mejor el rock disfrutón de “Devil’s Breath” para dejar sin aliento a quienes todavía no tuvieran el gusto de conocerles. Finísimo como siempre Mario Herrero en teclas. Parte indisoluble de la añeja propuesta de los asturianos. “Can’t Hold Your Gaze” sería a la sazón una de mis favoritas del sábado. Por los coros de Diego y Mario primero y por la forma en que, uno a cada extremo del escenario, jugaron a encontrarse durante sus respectivos solos.
Algún tema nuevo, que integrará un tercer trabajo que nos morimos de ganas por escuchar, y la fiesta a la que ya nos tienen acostumbrados. No se le escapa a nadie que con nosotros tienen perdido ya el factor sorpresa. En cualquier caso puedo dar fe desde aquí de que la gente, conocidos y extraños, se lo estaba pasando en grande. “Concierto corto pero concentrado, como Ron Jeremy”. Me sonaba el chascarrillo, sí. Idiosincrasia Buddha, después de todo.
La frenética “Hang ‘Em High” daría con los huesos de Arthur Long en la valla, aupado por algún que otro sorprendido espectador, y sería anticipo de “un tema más stoner”, no otro que la siempre rocosa y desgarrada “Monster” de su debut de 2018. Solazo de Diego y el vocalista llevado en volandas por la audiencia. La fiesta se desataba en Vidiago. Uno de los cortes que siempre ayuda en el empeño es “Dance Of The Serpent Queen” y su pegadizo (no quisiera decir pegajoso) coro que la gente cantó de muy buena gana ante las exigencias del frontman: “pero cantad, cabrones”.
Ya descamisado, como de hecho viene siendo habitual en él, anunció tener dos noticias. La mala y la buena. Siendo la primera que el set iba tocando a su fin y la buena que tras ellos le llegaba el turno de los italianos Black Rainbows. Pero faltaba, claro, “Medicine Man”, y el despliegue físico/alcohólico que acostumbra a desatar, con el vocalista bajando al césped y bañándose una noche más en champán. “Ye de lo barato del Mercadona”, diría luego mientras se frotaba los ojos de vuelta en las tablas. Todo sea por la fiesta y el rock and roll.
“Strangers & Fools” apacigua entonces los ánimos. Apenas un inciso antes de que el propio Arthur Long amenace con vestirse de traje y tornar en crooner en un futuro cercano. Mientras llega ese momento, quedarán en la retina los buenos ratos vividos en Vidiago el pasado sábado. Se despidieron, claro, revisitando una noche más “Highway Star”, con un gran Mario a las teclas y el propio Diego bajando al foso y entregando tan icónico solo al público de las primeras filas. Gran ovación para un tremendo fin de fiesta. Otra plaza conquistada, que diría aquél, por mucho que no estén las cosas ni mucho menos como para andar empleando terminología bélica. Acabaré por comerme las uñas hasta el codo como no llegue pronto ese tercer disco. Triunfales.
Lo bonito de ir a ciertos festivales a dejarte sorprender es que, en ciertas ocasiones, ocurre la magia. Porque no lo tenían nada fácil los italianos Black Rainbows tras el despliegue de los Buddha, pero fue salir con “Evil Snake”, de aquél “Stellar Prophecy” de 2016, y desatar (o continuar) con la mayor de las fiestas.
A puro stoner de riff tan grueso como pegadizo, y aún a pesar de algunos problemas de Gabriele Fiori con el ampli de su guitarra, supieron poner Vidiago a sus pies. Llevaba el italiano una camiseta con el emblema de Heavy Psych Sounds, sello de la banda y auténtica marca de referencia para todo buen fan del género más fumeta. Es cierto que muchos de sus temas pueden pecar de un abuso de la misma estructura. Pero al fin y al cabo esa cierta simpleza en las composiciones revierte en unos temas sólidos cual roca madre.
Mucho bailoteo en las primeras filas y es que su propuesta, con el impulso de esos riffs tan marcados, desde luego da pie a ello. Con la base rítmica de Filippo Ragazzoni (batería) y Edoardo “Mancio” Mancini (bajo) funcionando como un reloj de precisión, todo salía a pedir de Milhouse que decía aquél.
Entrado ya el set, y toda vez su música se inunda en mayor grado de distorsiones y efectos diversos, su propuesta alcanza tintes más espaciales, lindando sin tocar las fronteras de la psicodelia y propulsando a los romanos a cotas hasta ese momento desconocidas en su descarga. En cierto modo no quisieron ser menos que Alto Volto, aprovechando para insertar aquí su particular revisión del “Black To Comm” de los MC5.
Los disfrutamos. Después de todo por algo somos un medio con un tal Ozzy Osbourne como emblema, aunque fuera el de Monster Magnet el nombre que acudiría con más fuerza a mi subconsciente durante determinados momentos del show. “The Hunter” rubricaría un gran final y daría pie a un pequeño bis. “Universal Phase” si mis datos son correctos. Vinieron, descargaron un gran set y, así tal cual, se fueron con la satisfacción del deber cumplido. Banda a tener muy en cuenta. Eh, Factoría, yo no digo nada.
Al grito de “bona nit, Asturies” desencadenaron su descarga los catalanes Disaster Jacks, propuesta más lindante con el punk de toda la jornada del sábado. El trío que forman la guitarra y voz Angi, la batería Marle y el bajista Iggy, vendrían a darle un impulso más a una noche que encaraba ya su recta final y ponía a prueba las ganas de fiesta de los aún presentes. Porque fue sensible la desbandada tras Black Rainbows, lo que de todas formas no arredró al trío radicado en Sabadell.
Punk, claro, tan vivaracho como reivindicativo. Con Angi destapándose como una estupenda frontwoman en cortes como las iniciales “The Mirror” y “Upside Down”. “Faltan mujeres en los escenarios” y es verdad. Después de todo y como bien apuntó la catalana, tanto ella como Marle eran las únicas presencias femeninas de entre todas las bandas del sábado. Agradable la forma en que su punk muta desde entornos casi cercanos al pop a feroces andanadas que rozan el hardcore. Propuesta elástica y disfrutona, es verdad que no hacen el tipo de música que solemos tratar en este medio pero, al menos en lo que a mí respecta, puedo decir que en absoluto me desagradaron.
En “Everlast” quiso la propia Angi tener un detalle con “todas las mujeres, también las trans”, que por algo el verdadero punk será siempre vanguardia en oposición a los más reaccionarios. “¿A quien le gustan las baladas?”, claro, anticipó uno de los cortes más furibundos del set. Y al igual que hicieran antes Drunken Buddha, Angi no quiso perder su oportunidad de perderse entre la gente. Todo lo que el cable de su Les Paul dio de sí y con Macini de Black Rainbows en primera fila y sin perder ripio de sus evoluciones arriba (y abajo) del escenario.
Ya de vuelta a las tablas aún tendría tiempo de intercambiarse los instrumentos con Iggy, y este incluso de dibujar un tímido solo de guitarra. Firmaron un final juguetón y ya digo que para no ser enteramente “mi rollo”, disfruté de su particular punk rock. Fiesta y espíritu reivindicativo. Qué más queréis.
El quinteto con base en Langreo sería el encargado de cerrar esta nueva, y creemos exitosa, edición del Vidiago Rock Festival. Y lo harían con su habitual colisión de thrash y groove para alegría de los pocos supervivientes que aún quedábamos frente a las tablas. Lo cierto es que no era tan tarde. Para lo que nos tienen acostumbrado citas de este estilo, cinco minutos después de las dos es una hora todavía razonable.
En cualquier caso ÁngelCueli, impulsor del evento (y que se había encargado de presentar a todas y cada una de las bandas del cartel) no quiso perder la oportunidad de cantarle el cumpleaños feliz a Dani Larriet, vocalista de la banda, por más que dados los caprichos del reloj, el calendario hubiese corrido ya una fecha más. Sea como fuere suena el celebérrimo tema de Halloween de John Carpenter y Vidiago acoge la propuesta más extrema y bruta de la jornada.
Larriet, experto ya en estas lides, le recordamos cerrando con Unexpectance la multitudinaria vuelta del Unirock en 2022, desató sus registros más oscuros para dar con una “The Butcher” donde ya Adrián “Mostro” entregaría un estupendo solo de guitarra. Y sí. La gente estaba (estábamos) muy parada. Un poco por las horas, otro tanto porque quien más, quien menos, no conocía la agria propuesta de los astures. O no era de su gusto. Quilosá.
Poco han cambiado desde nuestro anterior y encuentro con ellos allá por febrero de este mismo año, por lo que en lo que a nosotros respecta cupieron pocas sorpresas. Pero la banda, técnicos de Casa Furia mediante, sonó todo lo gruesa que debía. Con un Mike Jiménez a los parches ya plenamente integrado en la disciplina del quinteto, alternaron temas propios (“Fariseos”, “Zombie Caníbal”) con otros ajenos como ese “Edgecrusher” de Fear Factory, donde quizá eché en falta los scratches que DJ Zodiac aportara en el original, pero ni mucho menos toda su pegada y rotundidad. Reconocería Larriet que esta era una cita especial para él, no por nada se trataba ya de su cuarta aparición por el festival. Se dice pronto.
Pero sí. La gente estaba ya algo dispersa. Tal es así que el propio Cueli quiso tener el detalle de irrumpir en escena para pedirle a los despistados que se acercaran a las primeras filas y arroparan a la banda. Y la banda respondió en sintonía. “Indomable”, “Pendejos Fronterizos” y su particular revisión del “Take My Scars” de Machine Head vinieron a dar la verdadera medida de la actual encarnación del combo. con “La Migra” de Brujeria, a buen seguro una de sus grandes referencias estilísticas, dirían adiós a su descarga y al propio festival.
Félix, claro, aprovechó para emplazar a la edición del año que viene. En la medida en que las circunstancias (agenda, salud, etcétera) nos lo permitan, desde luego que pueden contar con nosotros. Por lo mucho que disfrutamos allí pero muy especialmente por el cariño con que nos trataron. Da gusto llegar a una cita como esta y sentirse como en casa. Transmiten el amor por el rock and roll con el que la organización saca adelante el evento y la gente acude a disfrutar en total sintonía con ese ambiente casi fraternal. Un espíritu que bien se podría resumir la presencia en las primeras filas de Edoardo Mancini durante la descarga de Disaster Jacks.
Por nuestra parte nada más. Mandar un fuerte abrazo a los habituales de siempre, a la agradable compañía y mandar el deseo sincero de que esta temporada de festivales que ahora comienza se dé lo mejor posible. A nosotros seguro nos encontraréis por ahí. Larga vida al Vidiago Rock.