Aunque las predicciones climatológicas avanzaban que este año la lluvia estaría presente y el lema “Rain Or Shine” volvería a cobrar vigencia, nadie podía imaginarse que la nueva edición del Wacken Open Air sería la más convulsa y caótica de su historia. Aunque el grueso del festival arrancara oficialmente el miércoles 2 de agosto había trámites ineludibles que realizar pero las tormentas dinamitaron cualquier plan establecido.
Nuestra bienvenida en la jornada del martes serían kilómetros de retenciones, rutas alternativas que no llegaban a ningún sitio, accesos a camping y aparcamientos impracticables, tractores arrastrando vehículos atrapados en el lodo, controles policiales que amablemente te invitaban a dar media vuelta y el panorama cada vez más oscuro por momentos. Hubo que tirar de la típica picaresca española para conseguir la ansiada acreditación y respirar, si había alguna posibilidad que el festival siguiese adelante, estaríamos presentes.
El miércoles sería otro día pasado por agua, con el aforo reducido un 25%, acotado por la imposibilidad de acceder a las zonas de acampada y la prohibición de estacionamiento en el pueblo adyacente y que da nombre al festival. Aún así 50.000 metalheads llegados de todas partes del globo terráqueo serían los primeros privilegiados en arrastrarse por el barro de la “holy land”, muchos de estos damnificados ahora alojados en los propios jardines de los vecinos de Wacken, granjas y parcelas cercanas al festival. Que gran lección de civismo e implicación nos ofrecieron sus gentes y cuanto nos queda por aprender en estos lares. A nivel organizativo están a años luz, sin duda, en España un festival con todas las dificultades acaecidas aquí no habría salido adelante.
Aunque muchos recordaran ediciones duras como las del 2015 y 2016, pasadas por agua de principio a fin, la del 2023 ha sido bastante peor. Recintos anegados, reordenación de espacios, aparcamientos convertidos en improvisados campings y cambios de horarios que convirtieron las primeras horas del festival en un caos. Los primeros afectados los participantes de la Metal Battle, algunas bandas ni llegaron a tiempo al festival. Abrirían la competición los asturianos Aneuma, que por desgracia nuestra inexperiencia nos privó de disfrutar mientras bailaban de horarios y escenarios bandas como Skindred, Holy Moses o nuestros compatriotas Ankor, de los que fuimos testigos de su buen poder de convocatoria en el escenario “Louder” y la gran acogida que tuvo el anuncio de su próxima gira europea. No terminarían ahí las buenas noticias para ellos en Wacken, confirmados en la última jornada como parte del plantel de la próxima edición del festival.
Con una pequeña mejora en lo climático anteriormente a su actuación Thomas Jensen, fundador del festival, acompañado por Udo Dirkschneider y Joey Belladonna rendían homenaje a Lemmy, del que parte de sus cenizas reposarán para siempre en Wacken.
Plato fuerte de esta jornada, Doro celebró sus 40º años de trayectoria recibiendo a través de las pantallas que adornan el escenario principal las felicitaciones de Rob Halford, Dee Snider o Gene Simmons entre otros. Contó con la colaboración de amigos en el escenario como Michael Robert Rhein de In Extremo y nos puso la piel de gallina al rendir homenaje a su gran amigo Lemmy acompañada de Mikkey Dee y Phil Campbell en una emotiva versión del icónico “Ace Of Space” mientras 400 drones dibujaban en la noche alemana la figura del icónico bajista.
En la otra punta del recinto también era tiempo de celebración, Pentagram leyenda y pioneros del doom metal celebraban su medio siglo de vida. Y es que la banda liderada por el siempre controvertido Bobby Liebling despachó un concierto sobrio bajo una atmósfera oscura y apenas comunicación con la audiencia. Fiel a su propuesta por la provocación, un Bobby al que los excesos pasados no parecieron afectar esa noche ofrecería una performance marca de la casa, enfundado en un luto riguroso desnudaba con su amenazante mirada a la buena legión de seguidores que seguían absortos su homilía.
Sorprendentemente el día se cerró sin más sobresaltos y los augurios para el jueves no podían tener mejor aspecto. La climatología parecía dar tregua, el plantel de bandas se antojaba imbatible así que la tensión sufrida durante el día ya invitaba a descansar.
Casi sin tiempo para recuperarnos de la jornada anterior, en La Mar de Ruido, tocaba hacer de nuevo el petate y encaminar hacia un nuevo destino, Pravia, un nuevo evento, el siempre cercano y familiar Rock Nalón, y dar buena cuenta de las descargas de In-Sanity, Drunken Buddha, Synlakross, Burning Witches y The Lizards. Respetó la meteorología y fíjate que lluvias poco menos que torrenciales fueron anunciadas durante el trascurso de la semana. Finalmente pudimos disfrutar de una jornada en seco, algo que siempre se agradece y en especial a la hora de realizar crónicas como la que estáis leyendo.
Así pues y justo cuando el reloj marcaba las veinte horas, lo que vienen siendo las ocho de la tarde de toda la vida, los renacidos In-Sanity hacían suyo el amplio escenario del evento. Siempre será ardua la tarea de abrir un festival. Y lo es más si una de tus guitarras tiene el día tonto y sus cuerdas emiten un aullido más cercano al de un mapache degollado que al de una banda de clásico heavy/thrash.
Así pues y cambio de instrumento mediante, todo reconduce hacia cauces normales gracias a una “End Of Way” que demostró la buena técnica y la mejor compenetración con la que el cuarteto acudió al festival. Chus, bajista de la formación, volvió como siempre a dejar destellos del gran músico que es. Conjunta con la siempre firme pegada de Salvador “Pollo” una base rítmica siempre fiable. Y en los ni siquiera cuarenta minutos escasos que dispusieron, trataron de hacernos entrar en calor sin trucos ni florituras. Metal sincero, honesto y real. No abunda.
Son muchas las veces que hemos visto a las huestes del teclas Mario Herrero desde que la banda editara el formidable “II”. La última no hace siquiera un mes. Y sin embargo, qué agradable resulta siempre encontrarse con ellos. “March Of Dementia” suena en Pravia y uno tiene siempre ese cosquilleo sobre qué podrá ofrecer el Buddha en esta ocasión. Algo que no es otra cosa que “Sea Of Madness” con la base rítmica de Kay Fernández y Fran Fidalgo tan bien empastada como siempre.
A quien vimos más mermado que en ocasiones anteriores fue al siempre inquieto y carismático frontman Michael Arthur Long. Algo que se haría patente en la por otro lado vibrante “Hang ‘Em High”. Puede que el vocalista no tuviese su día más holgado. Lo que nunca fallan son sus bromas recurrentes. “Que me tiro, como el Yosi”.
Cierto que para cuando suena la más descarnada “Monster”, el punto focal de los Buddha parece recuperar una mejor versión. Y junto a él y con su Les Paul negra, Diego derrochando una vez más grandes cantidades de la mucha clase que atesora.
No fue un set extenso como en otras ocasiones que hemos tenido la suerte de verles. En sus propias palabras: “pequeño y concentrado, como Ron Jeremy”. Entonces le llegaría el turno la habitualmente catártica “Medicine Man”. Y esta vez, a falta del habitual baño en champán, esta vez inalámbrico en mano, «Aerolíneas» Michael Arthur Long saltó a la hierba de Pravia para perderse entre el público, convertir a los fotógrafos presentes en Usain Bolt e incluso subirse a los contenedores de reciclaje. Todo para después coger algo de aire en “Strangers & Fools” y desembocar, ya sin frenos, en la habitual revisión del “Highway Star” de los Purple. Un show de menos a más que agradó a propios y a buen seguro sorprendió a extraños.
Synlakross, banda valenciana de death melódico y metalcore acudió a tierras pravianas con la certeza de ser la propuesta más perpendicular de todo el cartel. En formato cuarteto tras la ausencia de Iván Muñoz a la guitarra rítmica y con la magnética Patricia Pons al frente, vinieron a pelear por lo que era suyo. Mentiríamos si dijéramos que la respuesta del público fue calurosa. Por momentos, de hecho, resultó casi gélida.
Y dio igual porque temas como “Pitch Black” convencen al más pintado. Bien es cierto que los valencianos no son ajenos al uso, a ratos ingente, de incontables bases pregrabadas. Pero no es menos verdad que arriba del escenario se dejaron la piel como pocas bandas que hayamos podido ver a lo largo de este año. Algo a lo que ayudó en gran medida el buen sonido del que disfrutaron. Me atrevería a decir que el mejor de la jornada junto al trío catalán The Lizards.
Los esfuerzos de Pons por sacar del letargo al público fueron constantes a lo largo del set. También las múltiples bombas de sonido que acentuaron muchos de los breakdowns. Finalmente y gracias a cortes como “Fatal Frame” o “Last [Tour] Requiem”, supieron como ganarse su hueco en el subconsciente del tantas veces impasible y frío público astur.
Comparado con la anterior edición del evento, el aspecto del recinto era algo desolador cuando las cabezas de cartel, las suizas Burning Witches, se subieron al escenario pasadas las once y media de la noche. Acudían a la cita con dos presentaciones bajo el brazo: una la de su nuevo trabajo “The Dark Tower”, del que ya dimos cumplida cuenta hace escasas fechas, y otra su flamante nueva guitarrista, la filadelfiana Courtney Cox (The Iron Maidens).
Así pues y tras casi cuarenta minutos de espera, con la puesta en escena más pintona de la jornada con ese gran telón con la portada del nuevo álbum e intenciones claras de salir victoriosas, intro y “Unleash The Beast” para dar buena cuenta del momento que atraviesan. Laura Guldemond defendió sus líneas de voz con corrección y sin alardes, tratando (a veces en vano) de meterse a la audiencia en el bolsillo. No siempre lo consiguió.
Lo cierto es que la banda al completo se mostró tan conjuntada y firme como se les exigía. Lo que está en cuestión sin embargo es un cancionero que, a ratos, acusó de una marcada linealidad. Por ahí “World On Fire” se elevaría sobremanera con respecto a su versión de estudio, mientras que otras ofertas como “Evil Witch” y pese a su hipotético gancho, pasarían sin pena ni gloria por el festival praviano. Al final del set nos sobrevoló una sensación de fría, mecánica y desangelada corrección. Las comparaciones con otras bandas foráneas de heavy metal que han visitado la región en los últimos meses son ahora odiosas.
En cualquier caso y tras la habitual espantá posterior al show del cabeza de cartel, el trío catalán The Lizards (Edgar Beltri a la batería, Judith Jordan en bajo y coros, Carla Santacreu en voz y guitarras) saldrían a demostrar que nada como una buena ración de rock and roll adrenalítico y punzante para mantener despierto y alerta a todo personal presente.
Y no lo tendrían para nada fácil. Primero porque como comentó la propia Santacreu, venían de tocar ese mismo día en Aranda de Duero. Solo para que conste, más de cuatrocientos kilómetros separan ambas localidades. A veces parece que el rock todo lo puede.
Pero para mayor desgracia, una de las seis cuerdas de la preciosa SG blanca de Carla apenas aguantó el envite unos pocos segundos, aguando en parte el inicio de un show que, entre unas cosas y otras, apuntaba al desastre. Es aquí donde cabe destacar la manera en que ninguno de los inconvenientes arredró al trío. Contra viento, marea e incluso algún que otro improperio, qué sería de un festival sin alguien jodiendo la marrana a altas horas, la banda radicada en Barcelona sacó adelante el show no sin antes dedicar “Dead City”, de su “Fake Reality” de 2022, a esos pequeños locales “que hacen escena” tan necesarios resultan para toda banda que se precie. Hoy más que nunca.
The Lizards serían finalmente, hagan el favor de perdonarme el anglicismo, el verdadero underdog del Rock Nalón en su edición de 2023.
Fiasco es una palabra muy fea. No nos gusta emplearla y menos cuando pudimos ver shows entre buenos y muy buenos. Pero el bajón de público con respecto a la anterior edición del evento fue más que evidente. Una pena porque nos consta lo mucho y bien que la organización trabaja a lo largo del año para sacar adelante el festival. Un trabajo que, por titánico, no podemos alcanzar siquiera a imaginar los quebraderos de cabeza que acarrea. Centrándonos en lo positivo, el buen sonido que desplegaron las cinco bandas participantes. El deje clásico de In-sanity, la pujanza de Drunken Buddha, la potencia de Synlakross, la elegancia de Burning Witches y la adrenalina de The Lizards bien daban para una mayor venta de tickets. Nada más queda desear que éste sea solo un paso atrás para coger impulso y a la edición de 2024 estemos comentando lo mucho que ha crecido el Rock Nalón en doce meses. Sea como sea, tened por seguro que aquí estaremos para contároslo.
Finalmente no queríamos cerrar esta crónica sin mandar un caluroso saludo a todos los fotógrafos, músicos, redactores y buenos amigos con los que nos fuimos cruzando a lo largo de la jornada. Como suele decirse: ya sabéis quienes sois. Nos vemos en el siguiente.
La tercera y última etapa del festival arrancaba con el anuncio de la caída del cartel de Nestor, que serían sustituidos por los murcianos 91 Suite, estandarte del rock melódico nacional. Cartagena se encontraba engalanada para recibir a la banda más grande del rock y en el ambiente se palpaba que la ciudad viviría una noche para el recuerdo. Tras dos jornadas de completo éxito rondando los 20.000 asistentes por día, el domingo se presentaba con expectativas de superación arrancando con la formación italiana Siska, prácticamente desconocida por estos lares a tenor del poder de convocatoria que demostraron, como encargada de dar inicio a la velada con una apuesta por el hard & heavy de género que no levantó pasiones pero cumplió sobradamente con la función encomendada. Turno a continuación para sus compatriotas Frozen Crown, habituales en los últimos tiempos en nuestros escenarios, despacharon un enérgico power metal ante una audiencia más numerosa. Con la vocalista Jade Etro como punto focal, los cambios en la formación no han mermado su intensidad en escena siendo recompensados con la aprobación y aplauso de los cada vez más asistentes al Parque El Batel.
91 Suite tuvieron que lidiar con un sol abrasador y la difícil papeleta de suplir a Nestor. Los suecos eran uno de los principales alicientes para los amantes de los sonidos ochenteros y la inoportuna sinusitis de su vocalista había colocado a los murcianos en el punto de mira. Sobrados de clase y tablas, al igual que el pasado año ejecutaron un show sobrio, deslucido en algunos momentos por caídas de sonido en el micrófono de Jesús Espín sin llegar a la tragedia. Sorprendieron con una fiel revisión de “Animal” de Def Leppard que sorprendió y agradó a partes iguales. Cuatro años después de su última visita regresaba el prolífico Ronnie Romero a España con su última muesca en el revolver, Elegant Weapons junto a Richie Faulkner. Se notó al chileno encantado del regreso, comunicativo y en un estado vocal superlativo, no así el resto de la banda, más estáticos, parcos en gestos y centrados en realizar una ejecución mecánica y exacta. Desgranaron su ópera prima incluida el “Lights Out” de UFO que contiene para despedirse con “War Pigs” de Black Sabbath metiéndose al público en el bolsillo y con ganas de más.
Los eurovisivos Lordi tomaron posesión de un escenario a su imagen y semejanza. Customizado con su liturgia y parafernalia ofrecieron una buena puesta en escena mermada en varias fases del show por la excesiva cantidad de humo disparada, que llegó a ocultar a parte de la banda. Si Elegant Weapons se nos fue en un suspiro, los fineses dieron la sensación de ofrecer un concierto repetitivo y demasiado extenso que tendría como punto álgido “Hard Rock Hallelujah” coreada por la mayoría de los presentes. De la teatralidad se pasó en apenas unos minutos al virtuosismo más distinguido, el trio Winery Dogs destila tanta técnica y elegancia como estoicismo Richie Kotzen. Sin apenas comunicación con los presentes, para eso ya está Portnoy, avanzaba su tiempo hasta un parón forzoso por problemas técnicos en “Hot Streak” que retomarían justo donde la habían pausado, hasta en eso tienen clase. Se despidieron tras una brillante masterclass de un público que esperaba ansioso a los reyes del festival.
Cuarenta minutos de impaciencia hasta que la megafonía presentó a la banda de rock más grande del planeta dispuesta a ejecutar su último concierto en España, aunque quien sabe si hasta que presenten su próximo tour, que todos sabemos como se las gasta Gene Simmons. La entrada en escena espectacular, con la banda al completo bajando en plataformas aéreas desde la parte superior a la base del escenario mientras pirotecnia y fuego artificiales iluminan la noche cartagenera. Un espectáculo único, ejecutado con la precisión del mejor reloj suizo. Plataformas que elevan a los componentes, guitarras que disparan a dianas colocadas en las alturas, el viaje de ida y vuelta en tirolina de Paul Stanley a la torre de sonido mientras cae un himno tras otro no tiene rival, como confirman las reacciones de una alucinada audiencia que no da crédito a lo que su ojos presencian. “Rock N’ Roll All Night” pone punto final a su concierto y a la guitarra de Paul Stanley, hecha añicos antes del regreso de la banda al olimpo de los dioses bajo una nueva descarga de fuegos de artificio. Llegaron, vieron y vencieron.
Los encargados de cerrar la segunda entrega del Rock Imperium serían los renovados Skid Row ahora con Erik Gronwall a la voz. El ex H.E.A.T. ha tomado la tarea de acabar con las inevitables comparaciones con Sebastian Bach por los cuernos y demostró que es un debate cerrado. Nadie diría que ha superado una forma aguda de leucemia tras la demostración vocal y entrega física que realizó como colofón al festival. Basaron su repertorio en lo que deseaba la nutrida representación de metalheads que mantuvieron tras la huida tras Kiss, sus dos primeros álbumes. Con “Slave To The Gind” ,“Monkey Business” o “18 & Life” como banda sonora, no hubo mejor manera de arrancar el lunes y poner el broche de oro a un Rock Imperium que superó las cifras del pasado año, mejoró muchas de sus carencias y nos emplaza a regresar a Cartago Nova para otra edición que sin duda colmará las expectativas de los amantes del hard rock y heavy metal clásico.
Aterrizaba en Asturias el “Cada Vez Cadáver Tour 2022” de Adolfo Cabrales y sus huestes para la primera de sus dos citas en Gijón con aforo completo. Tras siete años de parón y un gran inicio de gira en La Coruña,el pasado 18 de marzo tocaba refrendar esas buenas sensaciones en tierras asturianas. Acompañado por sus inseparables Carlos Raya a la guitarra, Javier Alzola al saxo, Alejandro “Boli” Climent al bajo, dábamos la bienvenida a la cara nueva de los Fitipaldis, “Coki” Jiménez a la batería.
Siempre como maestro de ceremonias e interlocutor con la audiencia, Fito se tomaba un conciso receso para agradecer al público la espera, lo repitió varias veces durante la noche, saludar a la ciudad y afirmar lo increíble que resulta volver a los escenarios. Un soberbio toda la velada Carlos Raya mostraba en apenas media hora su espectacular colección de guitarras. Por sus manos pasaron varias Strato, Les Paul, Gretsch y algo más tarde un Slap Steel, sin perder un ápice de ese feeling que destila el otrora Sangre Azul.
El tramo central del show tomaba un cariz más “hard rockero” con temas como “Todo A Cien”, “Entre La Espada y La Pared” o “En El Barro” donde además de mostrar Fito su buen hacer a la guitarra, quedaba patente el brillo que aporta el saxo de Alzola a los temas. Con la emotiva “QuieroGritar” subían al escenario Morgan, apuesta personal de Fito como banda invitada a la gira. Doblaban una interpretación realmente emotiva, en ese momento hicieron aparición muchas linternas de móvil entre la parroquia. Finalmente el público despedía con aplausos la retirada de las tablas de cada componente de la banda madrileña encabezada por Carolina San Juan “Nina”.
“Cada Vez Cadáver” traía consigo el cambio de la guitarra de Fito por problemas técnicos. Pragmático, restaba importancia al percance con la lapidaria afirmación “con todo lo que ha pasado no vamos a quejarnos por una guitarra que no funciona”. Gran lección de vida la ofrecida por el de Bilbao. El combo daba así paso a una de las canciones mas coreadas de la noche, “La Casa Por El Tejado”.
Afrontábamos el tramo final de concierto con la obligada presentación de la banda tras “Antes De Que Cuente 10”, con especial énfasis en la figura de CarlosRaya, corazón de Fito y LosFitipaldis en palabras del propio Adolfo Cabrales. Durante la canción Raya se llevaba un buen susto tras un inesperado tropezón que le hacía besar aparatosamente el suelo. Tirando de tablas y seguramente más preocupado del estado de su vieja Strato que del suyo propio, se dirigía a un extremo del escenario para continuar su interpretación dejando el incidente como mera anécdota.
Llegaba el turno de los bises, por 2 veces se despidieron de la más que entregada audiencia. Volvería al escenario en ese momento Nina para aportar su voz y teclados a “Abrazado A La Tristeza”, alegato anti belicista que muchos asociamos instintivamente a la terrible situación actual en Ucrania. La bajada de revoluciones traía consigo el uso del curioso Slap Steel por parte de Carlos Raya. No podía faltar una extensa “Soldadito Marinero” donde brilló la enérgica pegada y solvencia de “Coki” tras la batería y el recuerdo a su última etapa en Platero y Tu con “Ente Dos Mares”.
El colofón tras 20 canciones estaba reservado para “Acabo De Llegar” con Raya al galope de extremo a extremo del escenario, olvidado por completo su accidentado percance minutos antes. Qué lección de profesionalidad y entrega para alguien sin nada que demostrar a estas alturas como es el madrileño. Acompañados de nuevo por Morgan, se despedían entre aplausos y reverencias tanto desde la platea como encima del escenario. Un gran concierto que desterraba definitivamente el estigma de mal sonido que arrastra desde hace años el Palacio de Deportes de la capital de la costa verde. Aunque marcado por la extensa representación de canciones del nuevo álbum, podemos afirmar que la noche satisfizo tanto a los incondicionalesde Fito Cabrales como a los que anhelamos el retorno de Platero y Tu.