Reseña: Litost «Pathos» (Blood Fire Death 2023)

Litost vienen de Valencia y en la info que nos adjuntan desde el sello catalán Blood Fire Death dicen practicar una mezcla de black, death y crust. Credenciales que uno tal vez no adivinaría viendo según qué fotos promocionales del cuarteto formado por Daniel (batería), Pedro (bajo y voz), Joaquín (guitarra y voz) y Manri (guitarra y voz). Este “Pathos”, que viene a suceder al debut “Ethos” de 2019, contó con Luis Varó para la grabación de baterías en BlackStage Studio mientras que el resto de voces e instrumentos vinieron al mundo de la mano de Manri, a la sazón fundador de la formación mediterránea. Las pistas resultantes serían convenientemente mezcladas y masterizadas por el Balmog Javi Félez (Altarage, Spectrum Mortis, Blazemth,Ouija, Foscor…) en los Moontower Studios. Con artwork de Pablo Ruiz Valls, el álbum se encuentra en la calle desde el 17 de marzo.

Literalmente tormentoso el prólogo de una “Tromba” que pronto transige hacia un metal extremo de fortísimo poso melódico. A través de un cuidado trabajo de guitarras y mientras Daniel descerraja la caja de su batería como si ésta le debiese dinero, la banda construye un arranque de álbum destinado a enganchar lo antes posible al oyente. Pero es toda vez alcanzamos las primeras estrofas que la composición muestra el verdadero músculo que se esconde tras este nuevo álbum. El equilibrio que logran entre ese fuerte influjo melódico y lo agónico de sus líneas de voz puede no resultar novedoso a estas alturas pero tampoco puedo decir que le falte pericia. Al contrario.

Espectro” recrudece las esencias de Litost mientras prosiguen los blast beats incesantes y las voces agónicas. Todo rodeado de cuidados engarces entre estrofas, la banda saca músculo y de qué forma, para después perderse por toda una serie de cambios de ritmo que van desde lo más espacial y atmosférico hasta incluso la introspección semiacústica. Litost amalgama toda su maraña gramática con la solvencia que da una mezcla que distingue, sin mezclar, cada una de las líneas. Cada uno de los instrumentos. Irreprochable “Pathos” en este sentido. Agónico y tremebundo epílogo. Estupenda.

Sorprende la instrumental “Vigilante Del abismo”. Orquestal cinemática, de una épica desgastada, quizá no del todo acorde al leitmotiv del álbum, y que en cualquier caso nos transporta hasta una “Emboscada” que rezuma urgencia desde el primer acorde. Black, crust y viceversa fusionados para dar origen al corte más desquiciado de los ocho. Guitarras que dibujan melodías casi psicóticas, voces que más que gritar, aúllan, y una más que enrevesada línea de batería para dar forma a un corte que a falta de una duración mayor, condensa en ni tan siquiera cuatro minutos lo más demente de Manri y los suyos.

Simún”, “temporal fuerte, cálido y seco de viento y arena, que sopla en el Sahara, Palestina, Jordania, Siria y los desiertos de Arabia. Su temperatura puede sobrepasar los 54 °C, con una humedad por debajo del 10%” en palabras de doña wikipedia, bien podría asemejarse a la tricefalia de una hidra. El paso más acompasado de su primer tercio, el más descosido que domina su tronco central y, finalmente, el más atmosférico que emergerá cerca del epílogo. Trazo poderoso, lleno de recovecos, que la banda resuelve sin sacrificar un ápice de intensidad. Otra de las grandes ofertas de este segundo trabajo.

Barján De Céfiro”, también instrumental, se conduce esta vez hacia tonos más orientales, dejando entre medias un fuerte regusto que, tal vez por mi estrechez de miras en estos casos, me recuerda a los trabajos en solitario del Nile Karl Sanders. A término irrumpe “Vendaval”, de nuevo instrumental y en la que Litost dan rienda suelta a su faceta más melódica mientras allana el camino para la ensalada de solos que se desatará más adelante. Todo bajo una firme y por momentos casi marcial batería de Daniel, que apenas pierde ripio a lo largo de estos cuatro minutos de técnica fulgurante. Curiosa cuanto menos.

Para el cierre queda el corte más extenso de este nuevo álbum, los cinco minutos largos de una “Galerna” que, para sorpresa de casi nadie, aglutina muchos de los grandes rasgos que identifican la particular forma de componer de los valencianos. Que de todos modos no resultará nada reiterativa o redundante pues está dispuesta a través de tonos, hasta cierto punto divergentes conforme a los dispuestos con anterioridad dentro de “Pathos”. Un gran cierre.

Litost “término acuñado por el filósofo checo Milan Kundera y relacionado con la introspección y la miseria humana” les viene que ni pintado. El disco puede tener como lastre lo exiguo de su duración. Ocho cortes, varios de ellos instrumentales, para treinta minutos de música, puede pensarse son poca munición en unos tiempos donde los álbumes de cincuenta, sesenta o incluso setenta minutos están a la orden del día. La otra cara de la moneda es que, por ahí, “Pathos” apenas ofrece fisuras. Bien pensado desde el papel y mejor ejecutado, la banda da la sensación en todo momento de estar muy segura de lo que ha hecho. Y se nota.

Texto: David Naves