Reseña: Plastic Woods «Mirrors» (Discos Macarras & Spinda Records 2026)

“Mirrors” supone el tercer largo para estos rockeros clásicos de Plastic Woods y habrá de ver la luz, vía Discos Macarras & Spinda Records el próximo 22 de octubre. A bordo de la banda encontramos a Javier Rubio Arrabal en baterías y percusión, Rafaél Marín Becerra en teclas y lap steel, Antonio Pérez Muriel al bajo y Jesús de la Torre Sánchez en guitarra y voces. Producido entre la propia banda y Jesús Gómez Moreno, las grabaciones ocurrieron en el Green Cross Studio de su Málaga natal. Las pistas resultantes de aquellas sesiones serían posteriormente masterizadas por Mike Odone y el empacado final adornado por el arte de Vaderetro Studio.

“Living The Lights” propone un inicio directo, al pie, sin artificios y profundamente orgánico. Apoyado en una mezcla que acierta a la hora de dar protagonismo a cada línea, es un primer corte lleno de cadencia y groove. Brilla Antonio Pérez al bajo en las partes más rotundas. En las más tranquilas todo adopta un aire más coral, que no discrepa en ningún caso de ese rock de acento clásico y buenas hechuras. Hay un derroche técnico que nunca cruza la línea de la auto complacencia y, en líneas generales, una sensación de que la banda se ha tomado este primer corte con toda la calma del mundo. Tiene gancho sin sacrificar el nervio. Y también pegada aún cuando diverge hacia territorios más remansados. Así las cosas, todo confluye en ese epílogo rotundo, grave, poderoso. Un arranque con el que disfruto en gran medida.

Luego “Inner Battles” sorprende con esa pulsión más proggie. Esta segunda entrega, que según la banda retrata “la alienación cotidiana de una generación que se esconde detrás de la tecnología mientras siente que pierde el control de su propia vida”, camina con un pie en esos desarrollos más intrincados y otros más atmosféricos. Oníricos si se quiere. De resultas de esa fusión, de esa confrontación, surge un corte ágil, que gana una barbaridad con las escuchas, y que sabe llegar a término ejemplificando el buen momento que atraviesa la banda. Escucha esa fina y desprejuiciada sección solista y dime que no.

“The Fool And The Tower” no tenía derecho a ser tan rematadamente funky. Al menos lo es en un prólogo pegajoso como casi nada dentro de “Mirrors”. Esos contornos tan juguetones alimentan una tercera entrega “inspirada en diferentes arcanos del Tarot” y en la que se representa “el momento en que todo aquello que sostenía nuestra identidad empieza a derrumbarse”. Quizá de ahí el modo en que esas partes más ligeras enfrentan a unos Plastic Woods más graves y rocosos, echando mano de un grosor igualmente llamativo. Otra composición llena de contrastes, donde la banda parece tomarse tantas libertades como sea posible. Siempre sobre una mezcla exquisita en términos de equilibrio, sea cual sea el discurso o el tono que proponga el cuarteto.

Y buena prueba de ello es esta “All I Know”, con los chicos en una deriva cercana al proto metal, dando pie a guitarras rotundas y voces más ásperas y graves. Y entre esa gravedad, pequeños escorzos de un gusto exquisito, con pinta a que funcionarán como un tiro en directo. Un corte, dicen que el más directo de los ocho, y que versa sobre “fake news, propaganda, fascismos contemporáneos, guerras retransmitidas como espectáculo y genocidios convertidos en cifras”. Ha sido el encargado de adelantar el disco y, en efecto, emerge como el aporte más rabioso de este tercer disco. Temática obliga, claro, pero me gusta que, aún en ese mayor desbarre de decibelios, el cuarteto no obvie los buenos solos y esa mezcla tan fina y cuidada.

“Mirrors” narra «el momento en que el protagonista atraviesa definitivamente ese reflejo y entra en un paisaje construido a partir de ansiedad, depresión, culpa, trauma y miedo”. Da nombre a este tercer largo, aún cuando se trata de su corte más rácano, pero constituye un decantado de muchas de las ideas que anidan en este último álbum. Es a la vez rotunda y alucinada. A ratos potente y a otros onírica, a veces rayano en la psicodélia y, a ratos, incluso algo extraña. Jesús de la Torre Sánchez alterna voces que son puro arrullo con otras a las que atraviesan filtros y distorsiones. Todo es contraste, casi en discurso (o discusión) sobre sí mismo, como no podía ser de otra forma vista la temática sobre la que versa. Si además rematan con ese estupendo solo final, para qué pedir más.

“Srorrim”, esto es, “Mirrors” al revés, sitúa al protagonista una vez éste ha cruzado el espejo, “mirando no hacia delante sino hacia atrás”. Un corte que “visita la infancia, la adolescencia y las primeras heridas emocionales, aunque sin buscar culpables”. En su prólogo, de una cadencia casi purpleiana y posterior construcción eminentemente clásica, propone a los Plastic Woods más tranquilos y apaciguados. Intimistas incluso. Hay un solo que conduce a la segunda estrofa de una desnudez casi arrebatada. Todo parece dispuesto en favor del sosiego, de nuevo del arrullo, sin que, por otro lado, nada resulte ñoño, engolado, naíf. Y menos cuando la composición se acerca a su tramo último y surge, casi a modo de salvavidas, otro gran solo de guitarra.

“Sandflower”, después de todo “el desierto simboliza el vacío existencial, pero también el lugar donde todo puede volver a nacer”, cuenta con las colaboraciones de Elisa de la Torre García en la flauta travesera y Estefi Otero Martínez con el bendir y los crótalos. Entre guiños a Friedrich Nietzsche, la banda compone un penúltimo corte que, en mi cabeza, no cesa de recordarme a la buena gente de The Soulbreaker Company, si acaso tamizados por el particular filtro de los malagueños. Me agradan esos sintes que irrumpen antes de la segunda estrofa. El nombre de Triana podría ser recurrente aquí. Pero en cualquier caso, esta penúltima canción del disco, y pese a las diversas influencias en las que se apoya, no podría sonar más intrínsecamente Plastic Woods. Cuidada desde el papel, interpretada sin ahorrar en buen gusto, tampoco en habilidad, y rematada por un cuidado uso de los arreglos. De mis favoritas de este nuevo álbum.

“Jabberwocky”, toma su nombre de un poema de Lewis Carroll, El Jabberwocky “es un monstruo imposible de describir porque está construido con palabras inventadas. Su verdadera naturaleza nunca llega a explicarse. Eso lo convierte en una metáfora perfecta de nuestros propios miedos: nunca sabemos exactamente qué son, solo sabemos que están ahí”. Aquí la banda vuelve a contar con Elisa de la Torre García, a quien se sumará Miguel Rey Burgos tras baterías. “Aquí el protagonista libra una batalla contra esa criatura. Poco a poco descubre que no puede derrotarla porque el monstruo no es un enemigo externo”.

En lo musical un cierre que se irá por encima de la barrera de los once minutos, arrancando desde la tranquilidad del prólogo hacia unas primeras estrofas igualmente mansas. El corte adquiere luego un mayor nervio, en consonancia con aquél que se dejaba notar a comienzos del disco, apoyado en buenos riffs y una batería derrochando en pegada. Sintes dando paso a voces agudas (y filtradas), la flauta de Elisa de la Torre aportando un deje muy clásico y, a groso modo, la banda empecinada en fluctuar entre ese cariz más ruidoso y el más tranquilo. Hay buen gusto en lo técnico, líneas de bajo irresistibles, a ratos una mayor oscuridad y, superado su ecuador, una fenomenal sección solista, de esas que ya no se estilan, pero que bandas como esta llevan muy a gala. ¿El rock de corte más clásico como promesa y refugio de quienes aún disfrutamos de un solo en condiciones? Pues casi sí. Sobre todo porque la banda se entrega a esa sucesión de solos sin abandonar la personalidad que alimenta tanto al disco como a ellos mismos. Un cierre, lo pienso así, por todo lo alto.

Porque los chicos han tirado la casa por la ventana. Cinco años han pasado desde el anterior “Dragonfruit” (reseña) y mi sensación, mientras escribo estas líneas, es la de que la banda ha dado el paso (de gigante) que se exige a toda banda en su tercer trabajo. Fieles a ese rock de marcado acento clásico, componiendo cortes ágiles, diversos, llenos de grandes desarrollos técnicos sin olvidar la importancia de unas líricas con poso y mensaje. Picoteando entre influencias aquí y allá pero sin dejar que estas difuminen su propia personalidad. Logrando que, pese a sus bailes rítmicos y tonales, pues este no deja de ser un disco tremendamente heterogéneo, todo confluya en un único nexo común. Uno de los grandes discos de este 2026.

Texto: David Naves