Segunda galería fotográfica del pasado SWR Barroselas Metalfest celebrado en Portugal del 29 de abril al 2 de mayo.






























Fotos: Jaime García
Segunda galería fotográfica del pasado SWR Barroselas Metalfest celebrado en Portugal del 29 de abril al 2 de mayo.






























Fotos: Jaime García
RESUMEN GRÁFICO DE LA PASADA EDICIÓN DEL FESTIVAL PORTUGUÉS SWR BARROSELAS METALFEST CELEBRADA DEL PASADO 29 DE ABRIL AL 2 DE MAYO.








































Fotos: Jaime García
Hay festivales que programan bandas y eso llama al público. Hay festivales a los que se acude año tras año sin anunciar ninguna banda, a modo de peregrino. Luego está el SonicBlast, donde sus organizadores construyen una comunidad, una «secta» del buen rollo y la buena música en directo. El anuncio del cartel casi al completo, únicamente faltan por anunciar tres bandas, vuelve a confirmar que el evento portugués se ha convertido, por derecho propio, en uno de los grandes santuarios europeos para los amantes del stoner, el doom, el sludge y todas las variantes de la música pesada nacida de los riffs lentos, las afinaciones graves y la psicodelia más abrasiva. Todo ello regado con unas frescas y ricas canenas a unos precios «de risa», en el buen sentido, y agradecido por los bolsillos. Pero reducir SonicBlast a una simple sucesión de conciertos sería quedarse muy corto.

A lo largo de más de una década de historia, han conseguido algo que muchos festivales de mayor tamaño persiguen sin éxito: crear una identidad propia. Nacido en la localidad costera de Moledo y evolucionado posteriormente hacia la espectacular Praia da Duna dos Caldeirões, en la zona deCaminha y Âncora, el festival ha mantenido intacta una filosofía basada en la cercanía, la pasión por la música underground y una experiencia que trasciende los escenarios. El cartel de 2026 vuelve a reunir a artistas que representan diferentes vertientes del universo citado anteriormente, desde los inconfundibles Turbonegro, hasta el stoner rock con toques progresivos de Elder, pasando por el doom/sludge más tradicional de Conan, la psicodelia de Kylesa y las propuestas más difíciles de etiquetar. Una mezcla que refleja perfectamente la evolución de una escena que, lejos de encasillarse, sigue expandiendo sus fronteras sin perder ese aquel que tanto nos gusta. El festival sigue sumando música con tintes más extremos como Deafheaven o Midnight, o incluso The Casualities. Si a cualquier amante del festival se le dice hace años que este tipo de propuestas estarían sobre los escenarios del SonicBlast, jamás nos creerían.
Quien haya asistido alguna vez al SonicBlast sabe que existe algo especial en el ambiente que se genera durante esos días de agosto. En una época en la que muchos festivales parecen haber abrazado una lógica de masificarse olvidando al que compra los abonos, nosotros al final somos quienes consiguen que sigan existiendo; aquí sigue predominando una sensación de comunidad difícil de encontrar en otros eventos. No es casualidad que numerosos asistentes habituales, yo entre ellos, destaquemos precisamente el ambiente humano como uno de los grandes atractivos del festival. Un lugar donde resulta fácil conocer gente, compartir experiencias y sentirse parte de una escena que entiende la música como un punto de encuentro, sin sentir que las personas tras el telón, nos vean como billetes andantes, o en su mirada se vea reflejado el símbolo del dólar, en ambos ojos. La amabilidad del público, la cercanía entre artistas y aficionados y una atmósfera relajada convierte cada concierto en una celebración colectiva. Como reflexión, quizá tenga mucho que ver con la propia naturaleza del sludge y de los géneros que orbitan a su alrededor. Aunque desde fuera puedan parecer estilos «oscuros o agresivos» a oyentes de emisoras comerciales, que pueden pensar que somos potencialmente solitarios, la realidad es que históricamente han estado ligados a escenas profundamente colaborativas. Desde los pantanos de Luisiana hasta los desiertos californianos que dieron forma al stoner rock, estas músicas siempre crecieron alrededor de comunidades pequeñas, apasionadas y alejadas de los circuitos comerciales. El tan añorado por tantos underground musical.

El resultado es una imagen difícil de olvidar con entusiastas llegados de toda Europa pasando la mañana junto al Atlántico, compartiendo conversaciones en el camping o disfrutando del paisaje costero antes de sumergirse durante horas en una avalancha de fuzz, distorsión y ritmos hipnóticos. Ese contraste entre la fuerza de la naturaleza y la intensidad de la música es, probablemente, uno de los elementos que mejor explican la personalidad única del festival. No se trata de asistir a bolos, se trata de vivir durante esos días dentro de un ecosistema donde todo parece girar alrededor de la misma pasión. Porque, al final, SonicBlast nunca ha sido únicamente un cartel. Es el viaje, la acampada, las charlas improvisadas entre desconocidos que terminan convirtiéndose en amigos, los baños en el mar antes del primer show y los riffs que siguen resonando mucho después de que se apaguen las luces de los escenarios. La cuenta atrás ya ha comenzado y estamos deseando contaros como ha sido la edición del 2026. En Portugal se preparan para convertirse en el lugar donde el sludge, el doom y el stoner encuentran algo más importante que un escenario: un hogar, una de nuestras tantas casas repartidas por la Península Ibérica.
Texto: Alexis Montans
Tres días de comunión, extremos sonoros y espíritu underground. Hay festivales que se miden por el tamaño de sus escenarios, por la cantidad de público o por el impacto mediático de sus carteles. Barroselas juega en otra liga. El veterano festival portugués volvió a demostrar en su edición de 2026 que sigue siendo uno de los últimos refugios auténticos para quienes viven la música extrema como una pasión y no como una moda.

Durante tres jornadas, miles de aficionados llegados de toda Europa transformaron la pequeña localidad portuguesa en un punto de encuentro para amantes del metal en todas sus vertientes. Como cada año, la calidad musical fue sobresaliente, pero el verdadero protagonista volvió a ser ese ambiente difícil de explicar a quien nunca ha estado allí: cercano, respetuoso y profundamente humano.
Miércoles 29 de abril: el reencuentro
Aunque el grueso del cartel arrancaba al día siguiente, los más fieles saben que Barroselas empieza realmente el miércoles. La jornada de bienvenida volvió a reunir a los primeros asistentes en un ambiente relajado y cercano, con la sensación de estar regresando a un lugar familiar después de un año de espera.

Desde primera hora de la tarde comenzaron a llegar los fieles al festival como cada año. Algunos repetían por décima o decimoquinta vez; otros descubrían por primera vez uno de los festivales más queridos de la escena underground europea. Lo que todos compartían era la misma ilusión por volver a vivir unos días donde la música y la convivencia son igual de importantes.

La apertura del festival estuvo reservada para bandas portuguesas. Caos Ritual fueron los encargados de inaugurar oficialmente el escenario, seguidos por Morto, que fueron calentando el ambiente ante un público que iba creciendo poco a poco. Más tarde llegó el turno de Vectis, que aportaron una dosis de oscuridad y contundencia muy bien recibida por los asistentes. El cierre de la noche quedó en manos de Vürmo, que pusieron el broche perfecto a una jornada marcada por los reencuentros, las primeras cervezas compartidas y la sensación de que Barroselas volvía a estar en marcha.

No fue una noche de grandes multitudes ni pretendía serlo. Fue una noche para volver a verse, para recorrer el recinto con calma y para recordar por qué este festival mantiene una personalidad tan especial dentro del circuito europeo.

Jueves 30 de abril: el festival despega
Con el recinto ya a pleno rendimiento y una asistencia notablemente superior a la del día anterior, el jueves marcó el verdadero comienzo del maratón musical.
Desde primera hora se respiraba un ambiente extraordinario. Los puestos de merchandising, las zonas de descanso y los alrededores del recinto se llenaban de aficionados intercambiando recomendaciones, hablando de conciertos pasados y planificando una jornada que prometía emociones fuertes.
Los asturianos Burnt To Death fueron uno de los primeros nombres destacados del día. Su descarga de death metal fue recibida con entusiasmo por un público que respondió desde el primer momento. La cercanía geográfica hizo que muchos seguidores españoles se acercaran al escenario para apoyar a una de las bandas más representativas de la escena extrema asturiana.

Los portugueses Anzv ofrecieron uno de los conciertos más atmosféricos de la jornada. Su combinación de oscuridad, misticismo y agresividad consiguió envolver al público en una atmósfera casi ceremonial que encajó perfectamente con el espíritu del festival.

Desde Estados Unidos llegaban Vastum, una de las bandas más esperadas por los aficionados al death metal contemporáneo. Su actuación fue tan densa como devastadora, demostrando por qué se han convertido en una referencia dentro del género durante los últimos años.

Otro de los momentos más especiales del día llegó con Balmog. Los gallegos son ya unos auténticos veteranos de Barroselas y su conexión con el público del festival volvió a hacerse evidente. La banda ofreció una actuación sólida, intensa y cargada de personalidad, confirmando una vez más el gran estado de forma que atraviesa.

La contundencia sonora continuó con Primitive Man. Los estadounidenses desplegaron una auténtica apisonadora de sludge y doom extremo que convirtió el recinto en un muro de sonido prácticamente físico. Fue una de esas actuaciones que no dejan indiferente a nadie.

La recta final de la noche estuvo reservada para dos pesos pesados del cartel. Primero aparecieron los canadienses Revenge, auténticas leyendas del black/death metal más extremo. Su actuación fue una descarga de violencia controlada, caótica y devastadora, provocando una de las reacciones más intensas de toda la jornada.

El cierre llegó con Gruesome. Los estadounidenses demostraron por qué son una de las bandas más respetadas del death metal actual, ofreciendo un concierto repleto de riffs memorables y ejecutado con una precisión impecable. El público respondió con entusiasmo, poniendo fin a una jornada sobresaliente.

Viernes 1 de mayo: intensidad sin descanso
Si el jueves había sido potente, el viernes elevó todavía más el nivel de exigencia. Desde primeras horas de la tarde el recinto presentaba una gran afluencia de público y el ambiente seguía siendo una de las señas de identidad del festival.
Una de las grandes virtudes de Barroselas es la facilidad con la que conviven bandas históricas, nombres emergentes y aficionados de diferentes generaciones. Todo ocurre de manera natural, sin barreras y sin artificios.

La representación portuguesa tuvo un papel destacado gracias a Ventr y Pestifer. Ambas bandas demostraron el excelente estado de salud de la escena extrema lusa, ofreciendo actuaciones llenas de intensidad y personalidad.

Desde Estados Unidos llegaban Caustic Wound, protagonistas de una de las actuaciones más salvajes de toda la edición. Su mezcla de death metal y grindcore provocó una reacción inmediata entre los asistentes, con los primeros metros frente al escenario convertidos en un auténtico torbellino de actividad.

Los holandeses Pentacle aportaron la dosis de death metal clásico que muchos esperaban. Su concierto fue una auténtica lección de cómo mantener viva la esencia más tradicional del género sin perder contundencia.

Uno de los momentos más particulares del día llegó con los franceses Aluk Todolo. Su propuesta hipnótica, experimental y cargada de atmósferas ofreció un contraste muy interesante respecto al resto del cartel, atrapando a buena parte del público en un viaje sonoro tan extraño como fascinante.
Los italianos Darvaza protagonizaron otro de los conciertos más comentados de la jornada. Su mezcla de black metal atmosférico y oscuridad ritualista creó uno de los ambientes más especiales de todo el festival.

La noche entró en su tramo decisivo con Exhumed. Los estadounidenses demostraron una vez más por qué siguen siendo una referencia absoluta dentro del death metal extremo. Técnica, potencia y una enorme capacidad para conectar con el público se combinaron en una actuación memorable.

El cierre corrió a cargo de 16. Los veteranos norteamericanos descargaron una enorme dosis de sludge y hardcore, poniendo el punto final a una jornada marcada por la intensidad y dejando al público con la sensación de haber vivido uno de los días más sólidos de toda la edición.

Sábado 2 de mayo: el último ritual
La última jornada siempre tiene algo especial en Barroselas. Por un lado, el cansancio acumulado después de varios días de conciertos; por otro, la necesidad de aprovechar cada instante antes de que llegue la despedida.
Los portugueses Vizir fueron los encargados de abrir una jornada que desde el principio se presentaba especialmente intensa. Más tarde, The Ominous Circle confirmaron su condición de una de las propuestas más interesantes del underground portugués actual, ofreciendo una actuación oscura y absorbente.

Desde Holanda llegaban Obstruktion, cuya descarga de death metal primitivo fue recibida con entusiasmo por un público que a esas alturas del festival seguía respondiendo con una energía admirable.

La representación portuguesa continuó con Genocide, que ofrecieron una actuación contundente y muy celebrada por los asistentes locales.

Uno de los grandes nombres nacionales de la jornada fueron los españoles Aversio Humanitatis. Su propuesta extrema y atmosférica encontró el escenario perfecto en Barroselas, firmando uno de los conciertos más intensos de todo el sábado.
Los estadounidenses Mortiferum volvieron a demostrar por qué son uno de los nombres más respetados dentro del death/doom contemporáneo. Su actuación fue pesada, oscura y absolutamente absorbente.

La emoción llegó con Thy Light. Los brasileños protagonizaron uno de los momentos más especiales de toda la edición. Su propuesta cargada de melancolía y sensibilidad emocional consiguió crear una conexión muy particular con el público, dejando imágenes difíciles de olvidar.

El cierre del festival quedó reservado para una auténtica leyenda. Los finlandeses Beherit, uno de los nombres fundamentales en la historia del black metal, fueron los encargados de poner el punto final a Barroselas 2026. Su actuación, cargada de misticismo, oscuridad y simbolismo, sirvió como despedida perfecta para una edición que volvió a demostrar por qué este festival ocupa un lugar tan especial dentro de la escena extrema europea.

Cuando las luces se apagaron definitivamente y comenzaron los últimos abrazos en la zona de acampada, quedó una sensación compartida entre todos los presentes. Más allá de los grandes conciertos y de un cartel sobresaliente, Barroselas volvió a triunfar gracias a algo que no aparece en los horarios ni en los carteles: su ambiente.
Un festival donde bandas, organización y público conviven sin barreras, donde la pasión por la música sigue estando por encima de todo y donde cada año miles de personas vuelven a sentirse parte de una misma familia. Y eso, en los tiempos que corren, sigue siendo algo extraordinario.
Texto y Fotos: Jaime García
El SWR Barroselas Metalfest (Steel Warriors’ Rebellion) es un clásico festival de música extrema que se celebra cada primavera desde 1998 en la pequeña localidad de Barroselas, en la región norte de Portugal, cerca de la costa atlántica y a unos ~80 km al norte de Oporto.

El ambiente aquí es algo especial: no es un festival gigantesco tipo Wacken o Hellfest, sino una reunión apasionada de fanáticos del metal extremo, donde la gente va a vivir la música, descubrir bandas nuevas y compartir esa energía brutal con otros “hermanos de acero”.
Aunque no hay cifras oficiales públicas de asistencia, dada su historia y crecimiento, se estima que asisten varios miles de personas cada año, con ambiente muy comunitario y fans de toda Europa y más allá.
El festival se celebrará en esta edición del 29 de abril al 2 de mayo en el recinto habitual de Barroselas con dos escenarios interiores (acceso con entrada) y espacios exteriores, además de área de comidas, cafés, merch, camping y zonas para charlar con amigos metaleros.
Cartel y análisis de bandas confirmadas para 2026
El cartel del SWR 2026 es una mezcla brutal de leyendas, bandas muy respetadas del underground y proyectos contemporáneos, todos ellos dentro del abanico más extremo del metal: black, death, grind, sludge, doom y fusiones malsanas.
Leyendas y bandas con historia:
Black y atmósferas densas:
Death metal con personalidad:
Actitud underground y nuevas olas:
Entradas y abonos disponibles a través del siguiente enlace:
https://www.swr-fest.com/tickets
Con el corazón lleno de polvo, niebla y dolor, aún recuerdo despertarme cada uno de los días que duró esta edición pensando si todo se sucedería de forma tan especial. Y es que este SonicBlast 2025, nos golpeó fuerte pero bonito dejándonos jornadas que llevaremos siempre en la memoria.

Si el cartel ya prometía y el contexto, entorno y emplazamiento nos enamoran cada año, os puedo garantizar que cerramos esta edición superando por mucho las expectativas. La semana en Vila Praia de Âncora nunca se hizo tan corta como esta. Playa de arena blanca, noches frescas y una vecindad del todo acogedora, hacen que este festival deje uno de los mayores bajones postvacacionales que he sentido en mi vida. Estaréis de acuerdo en esto conmigo, pues el domingo cuesta mucho decir adiós.
Desde que se anunció la traca final del cartel, deseábamos que llegase ese miércoles 6 de agosto para reencontrarnos con la arena y la oscuridad propias de tamaño evento. Aunque fuimos previsores y madrugamos para tener los deberes hechos, acudimos al recinto como si necesitásemos hacer cola, víctimas de lo ansioso. Lo primero que nos encontramos fue un mural en honor a Black Sabbath que nos encogió un poco el pecho, a pocos días del fallecimiento de su eterno líder Ozzy Osbourne. Allí se terminaba el peregrinaje, comenzaban las fotos y la recta final hasta pisar de nuevo el suelo desértico y la duna de piedra donde patinarían, surfearían y descansarían (a ojo) casi cinco mil personas, aunque nos parecieron muchas más.
Miércoles 6 de agosto
En la pre-party, como el pasado año, ya notamos demasiada gente y nos temíamos lo peor para los días que venían. Colas interminables para pulserar, las barras abiertas a la mitad, tapones entre la entrada/salida y los baños… ¡Y solo era la previa al festival!
Se nos hizo prácticamente imposible pasar de la zona de foodtrucks para acercarnos al Stage 3. Aún así, vamos a tratar de comentar lo que podamos de este día. Inauguraban la noche los locales Overcrooks con un punk rock muy divertido. Sonaba a principios de los 2000 y eso siempre nos gusta. Si me dicen que alguna canción salía en el Tony Hawk me lo hubiese creído. Un rollito salido de fusionar a Suicidal Tendencies con Millencolin. La banda encargada de recoger el testigo de las once de la noche era Daily Thompson, aunque más bien Yearly Thompson puesto que repetían en día y escenario del pasado año. Un sonido muy Fu Manchu con esos cencerros y esa voz tan característica de banda que articula cada canción en torno a un par de riffs. Funcionar les funciona. Hicieron que toda persona allí agrupada moviese la cabeza y repitiese cada estribillo. La banda alemana cumplió con lo que se le pedía. Con la noche ya cerrada llegó el turno de Nerve Agent, banda de Birmingham que en disco me recordaba a Biohazard o Terror y en directo se me hicieron mucho más thrashers. Me divirtieron mucho aunque quizás la voz estaba algo alta. No sé si les hubiese beneficiado un poco estar en un escenario más grande para sonar con un poquito más de definición. Por último, al menos para este señor mayor que escribe, pude disfrutar de la propuesta de Castle Rat. No estaba familiarizado con la fantasía medieval más allá de los libros, por lo que me llevé una grata sorpresa con la performance de la banda neoyorquina. Un doom a caballo (y esta vez es de verdad) entre un castillo y un aquelarre. No sé si fue la banda que más me gustó de la noche, pero al menos fue la que más cosas divertidas llevaba en la cabeza.

Jueves 7 de agosto
El jueves y primer día oficial del festival, se presentaba como uno de los principales pilares de esta edición. Contar con Amenra y Fu Manchu en dos slots seguidos era algo complicado de gestionar emocionalmente. Por si fuera poco, la niebla quiso sumarse y cubrió Âncora, generando un clima perfecto, tapando el sol y llenando todo de misterio.
Comenzamos el día con Bøw, banda local que dio el salto del Stage 3 el pasado año a un Main en este. Era muy pronto para que descargásemos la energía que íbamos a necesitar hasta el final de la noche, así que optamos por ver a la banda desde una posición discreta pero con buena línea de visión. Un punk por momentos grunge y por momentos hardcore que consiguió despertar a la gente aletargada y hacer sudar a quien ya venía con unos cuantos cafés en el cuerpo. No mentiré y diré que alguno me tomé dentro del recinto. Mientras Hoover III, comenzaban la sobremesa ofreciéndonos una mezcla de psych y prog. Lo poco que sabía de esta banda es que entró como sustituta de Jjuujjuu y después me enteré de que están como support de The Black Angels. Me gustaron lo justo para ver todo el concierto pero no fue lo que más me llenó de la tarde. Tras la banda angelina, pudimos disfrutar de una de las bandas que mejor cartel traen, y no es que lo haya visto en ningún lado, pero por algún motivo, todas las personas con las que hablé, venían con muchísimas ganas de Slomosa. Una propuesta sin salirse del marco jurídico del stoner, con pocas cosas nuevas pero con un sonido bastante notable. Venían de sacar disco a finales del pasado año y de estar en Âncora en 2022, así que entiendo el hype. Un directo bastante sólido donde se nota la experiencia y las influencias de la fría Noruega. Se hicieron con el trofeo de antes del anochecer para el público más conservador.

Pero para mí, si alguien tiene ese trofeo es Ditz. La banda de Brighton y su estilo irreverente y macarra me dieron lo que necesitaba cuando lo necesitaba. Con una actitud de llevar décadas llenando salas, la joven banda que nos sorprendió en 2022 con The Great Regression, se hizo con la parte más ecléctica del recinto y supo agitar conciencias y vasos, derramó fluidos y no fue cuidadosa con nada. Un post-punk de calle, con la puntualidad británica de no llegar tarde nunca pero tampoco temprano, una mezcla de los primeros Shame y los últimos Idles, un cocktail en The Joker y un vestido veraniego fue lo que pudimos presenciar a las puertas del ocaso. Comenzó a caer el sol, y llegó el turno para Earthless, que si ya nos hemos visto por ahí sabréis que me aburren un poco. No es culpa suya, es mía. Pero os voy a contar un secreto: me fui a casa a merendar y a por una chaqueta para la noche, y cuando volví, seguían tocando la misma canción. Y esa es la magia o el problema de la banda de San Diego. Si te gustan en disco te encantarán en directo, porque van a maximizar la experiencia como buenos artistas y virtuosos que son. Ahora bien, como solo hayas escuchado un par de temas, perdiste, porque las probabilidades de que suenen son muy bajas.

Con la chaqueta ya puesta, no quería perderme a King Woman, que es el proyecto que consolidó Kristina Esfandiari tras abandonar Whirr, una de las grandes potencias del shoegaze. King Woman tiene otro tipo de ingredientes pero conserva mucho de la esencia de la vocalista de Sacramento. Se mueve por un camino de stoner oscuro y por momentos melancólico. La voz oscila de la mesura del shoegaze al scream, pero con muchas paradas entre medias. Las armonías son fúnebres como si pusieses un single de los Misfits a 33 rpm y el maquillaje es parecido. Nos quedaba ahora la parte fuerte de la noche y para eso debíamos estar muy en silencio. Como si de una brisa de verano por la noche en la playa se tratara, desde Bélgica llegó el lamento prolongado de una de las bandas más grandes del post-metal.

Amenra volvió a robarnos el corazón y también el alma en una actuación de proporciones dinosáuricas. Pese a no confiar en el entorno y en las condiciones, pues se nos hace siempre mucho más obligatorio un ambiente íntimo con esta banda, lograron hacerse con todo el público desde los primeros delays de guitarra limpia. Por primera vez en el día supimos lo que era que nos vibrase el pecho de verdad. Me quedo con la interesantísima incorporación de Amy Tung al bajo. Lo importante de manejar las dinámicas en estos géneros, de saber explotar y volver a tocar con mesura, unos coros espectaculares que recordaban a un teclado lanzando ambient. Una de las mejores puestas en escena que le he visto a la banda de Cortrique. Ya con las olas tapándonos los pies, el olor a salitre nos invadió como si un big muff estuviese calentándose poco a poco. Era el turno de Fu Manchu. Los del condado de Orange entraron con una prisa sobre rodamiento quemando dos de sus mejores cartuchos en los primeros veinte minutos. Evil Eye y California Crossing nos dejaron sin aire. Los californianos llegaron presentando The Return Of Tomorrow, un disco que sabe a noventas y que deja claro que los grandes siguen siendo grandes manteniendo su esencia. Temas como Loch Ness Wrecking Machine nos teletransportan de forma instantánea a King Of The Road o The Action Is Go. La ola pasó pero pudimos surfearla. Un placer, Fu Manchu.

Y aquí no acababa la cosa, aún nos faltaba la fiesta de la noche, y que teníamos claro quiénes iban a oficiarla. Los MДQUIИД, se subieron al escenario casi de un salto, pues estuvieron disfrutando del festival como público todo el jueves. Comenzó a sonar la pista de efectos y la línea de bajo infinita sobre la que se articularían los 45 minutos siguientes. Lo que consigue esta banda con guitarra, bajo y batería, y casi sin máquinas, es una absoluta barbaridad. Sonar a electrónica a base de paciencia y perseverancia es una tarea sobradamente difícil. Si tocasen una vez al día todos los años, compraría mi abono vitalicio.
Viernes 8 de agosto
El viernes prometía ser mucho más tranquilo por el cartel, pero con ciertos alicientes que nos dejaban una rendija de la puerta abierta. Empezamos la tarde con Gnome, tratando de tomarnos en serio los cincuenta y siete gorros rojos de gnomo que vimos en el bosque de camino al festival. Os juro que es de las cosas más graciosas que he visto en mi vida en un concierto. Debería ser obligatorio a partir de ahora el gorrito y aspirar helio para acceder a cualquier sitio. No los había escuchado demasiado, y bueno, divertidos. Para empezar el día con un café en la mano, me parecieron bastante adecuados. Lo mejor: las setas.
Ahora sí, me atavié, me cogí los pañuelos y traté de poner mi mejor cara para intentar que Emma Ruth Rundle, a punto de salir al escenario, me viese y se enamorase perdidamente de mí. Fallé estrepitosamente porque a los cuarenta segundos yo ya estaba llorando con la cara hinchada y roja, las lentillas queriendo escapar y la voz como la de un fan de One Direction cuando Harry y Louis se miran a los ojos. Emma salió, sola, con su guitarra acústica y se sentó. Un silencio sepulcral solamente roto por la sexta cuerda de su guitarra dando comienzo a Living With The Black Dog. Nunca he visto una sola cuerda de guitarra llenar tanto un recinto. Ojos cerrados, corazones latiendo al ritmo de sus susurros rasgados y su armonioso llanto. Una tarde mágica que terminó de gestarse cuando Emma, se despidió mientras yo trataba de que no se me cayeran más lágrimas en la cerveza. Aún entre aplausos, volvió a salir porque tenía un poco más de tiempo para seguir rompiéndonos el corazón. No creo que pueda recuperarme jamás. No entendí a la gente que pudo quejarse de que esta reina estuviese en el cartel. Seguro que fue el cuñado de algún fan de Orange Goblin.

Y como me gustan los duendes, pero los de Irlanda, no los malos, estaba muy expectante con la siguiente banda en subirse a la tarima. Ellos eran Chalk, y desde Belfast, prometían hacernos bailar y humedecer conciencias con un post-punk que bebía más de la electrónica que de la Guinness. Vamos a partir de la base de que esta banda jovencísima estaba teloneando a Fontaines DC junto a Kneecap en su tierra natal. Creo que esto ya es indicativo de que pueden interesarle a cualquiera. Una vez más, SonicBlast y el post-punk. What A Time To Be Alive. Con la noche encima, parecía que la electrónica iba a entrar increíble, y así fue. Empezó a sonar el beat de Afraid, empezando el show mucho más arriba de lo que me esperaba. Sin tiempo para pensar en qué vendría después, todo el SonicBlast estaba saltando sin darse cuenta. Miradas de perplejidad, quizás por no saber lo que iba a aparecer tras la cortina en muchos casos, y en otros, porque era lo que prometían los de Belfast pero estaba sonando como si fueran las cinco de la mañana. Lo mejor de la tarde para mí fue encontrarme con esta joya en directo. Lo peor, que compartiesen día con Emma y yo ya no tuviese corazón para repartir.

Después de los irlandeses, llegaba el turno de unos viejos conocidos del festival y de la gente amante del post-rock, psych, space y derivados. My Sleeping Karma volvían al festival portugués intentando superar la pérdida de su anterior bajista. Fue un golpe duro para ellos y no había muchas esperanzas de que volviesen pronto a los escenarios. La música cura y la de esta banda alemana, mucho más. Empezaron con uno de sus temas y de sus riffs más icónicos. Brahama fue la encargada de despertar un coro multitudinario que es lo único que puede despertar a nivel vocal un grupo sin vocalista. Cantando la melodía de su entrada al caos durante dos largos minutos, supe que una vez más estaba delante de una de las mejores bandas del género. El concierto se sintió formando parte de un único discurso. La banda conceptual, ya experta en esto, sonó con una cohesión extrema y generando un clima de seguridad y emotividad que pocas veces notas frente a un escenario. Son paz, son cercanía, son familia. Justo todo lo contrario me pasa con Witchcraft, banda que recogía el testigo de los alemanes para regalarnos más de una hora de la nada más absoluta. De verdad, lo digo sin acritud, pero es que no me dijeron nada. Aburrieron y no hicieron sentir a nadie dentro del concierto. Pareció el grupo de la ruleta de la suerte tocando por obligación entre sketches. Los suecos venían con un cartelón de cabezas de cartel que a priori convenció a mucha gente pero que también generaba dudas. No les hizo ningún favor tocar después de My Sleeping Karma, y la gente no terminó de entrar en el mood ni se enganchó a las canciones. Coros tímidos en Chylde Of Fire, y creo que más bien por su parecido con Black Sabbath que por otra cosa.

Menos mal que quedaba algo muy muy potente después y que sí supo conectar con la gente. Repitiendo en el festival, pero esta vez cambiando de escenario, el dúo afincado en Barcelona Dame Area fue el encargado de prender fuego al SonicBlast. Con la chapita de Humo Internacional ya les llega para llamar la atención de toda aquella persona que no supiese de su existencia. La pasión, la locura, la rabia y la diversión se metieron en los cuerpos de quienes allí nos agolpábamos para bailar a ritmo del industrial más salvaje e irreverente. Es de estos grupos que me prohíbo escuchar en casa porque me resultan tan adictivos en directo. Tras la carrera de fondo más larga y divertida del verano, huimos para estar presentables en lo que sería el último día del festival.
Sábado 9 de agosto
El sábado era uno de los días que más nos apetecía, ya no solo por Molchat Doma como cabezas de cartel, sino porque había mucho mix de estilos y todo apuntaba a variado y entretenido. Tuvimos que madrugar bastante para poder ver a una de las bandas que más hype nos había despertado en los últimos años, y más aún después de su último disco. Messa, era la banda encargada de abrir el portón del último día de festival. La formación italiana se mueve por una cordillera donde el doom es la cima, pero tontea con muchos estilos hasta alcanzarla. He de decir que me dejó un poco tibio el directo, quizás por mi poca predisposición con tanto calor a la hora de la sobremessa. El sonido no me convenció mucho. Demasiado solo de guitarra por encima de lo esperado. Quizás el último disco me había dejado un poso más oscurito y en directo no percibí lo mismo. Aún así, es una banda con mucho futuro y a la que no le quitaré el ojo de encima. De Messa a Monolord, se me hacía un poco cuesta arriba, quizás porque eran bandas que ya había visto sin muchas ganas anteriormente y porque ya solo los nombres me invitan a irme a merendar algo.

Turno para The Atomic Bitchwax, que atesoran seguramente las portadas más feas del stoner. Power trío americano con gente de Monster Magnet que es capaz de hacer una canción sobre un solo de guitarra con mucho wah y humo de tubo de escape. Todo el repertorio moviéndose en pentatónicas y mucho dadbending. No fallaron ni una, eso sí. Súper sólidos en el escenario, todo en su sitio y una performance como se espera. Me faltó fuego y dos Ford Ranger haciendo trompos en el pit. Con un sospechoso olor a gasolina en el ambiente, aún teníamos que enfrentarnos a King Buffalo, que dependiendo de la elección de setlist, pueden tocar 4 temas o catorce. En este caso, los de Rochester comenzaron el concierto con un par de temas de su último álbum, que tiran más al space y a mí personalmente se me hacen más divertidos. En Mercury la batería te conduce durante todo el tema a base de arreglos de platos muy trabajados y termina en una especie de evocación a Elder verdaderamente interesante. El resto del concierto ya fue más cercano al stoner más típico pero con unos timbres diferenciales. Me gusta mucho cómo juegan con los efectos tanto en voz como en instrumento y se les nota totalmente en sintonía.

Después de los neoyorquinos, subieron al escenario Dead Ghosts, que por poco necesitan tocar en los dos main para caber, porque parecían los de la tuna por Salamanca. Qué propuesta más chula de los de Canadá. Los había visto hace más de diez años pero la película era distinta. Ahora, siguen bebiendo del garage pero enarbolan una serie de partes que provienen del surf, el western, el lo-fi, o el folk haciendo que cada canción suene a peli de Tarantino. Su secreto está en saber cuándo apretar el botón. Van muy prudentes y no pecan de introducir todos sus elementos a la vez, sino que saben añadir los ingredientes a la receta para gustar sin empalagar.

Después de esta actuación tan satisfactoriamente inesperada, venía una de mis no-puedo-faltar-a-esta-cita. Monolord volvían a cruzarse otra vez en mi camino desde 2021. Uno de los mejores directos que recuerdo ver en sala post-pandemia. Hacía mucho que no les seguía la pista en foto/vídeo y me enteré de que el line-up contaba con un miembro más como guitarra de apoyo. Supongo que será más un tema de directos que algo definitivo. El caso es que me sonó todo igual de bien que siempre. Comenzaron con mi favorita y eso ya me dejó tranquilo. I’ll Be Damned abriendo para toda Âncora, uno de los atardeceres más lentos y bonitos que recuerdo. Una Empress Rising coreada al unísono sirvió como cierre el perfecto de un concierto perfecto, no sin antes regalarnos un bis a la carta, que gritado desde el público, fue The Last Leaf. Monolord se llevaron el aplauso de la tarde y se fueron igual de cercanos que siempre, transmitiendo el 100% de lo que tienen dentro. Estoy convencido de que pronto podremos volver a disfrutar de esta banda en próximas ediciones.

Sin casi poder darnos cuenta, venía otro de los platos fuertes del sábado en el Main Stage 2. La electrónica volvía a apoderarse de nuevo del recinto, esta vez gracias a Patriarchy, la banda que nace de la artista multidisciplinar Actually Huizenga. No es casualidad que este proyecto venga de la mano de alguien que escribe, produce y dirige para cine. Su discurso y performance son puramente cinematográficos, sabiendo caminar por cada canción construyendo inicio, nudo y desenlace, llegando a este de forma muy climática. Lo que propone la banda de Los Angeles, se acerca mucho al dark wave más claro y tranquilito en la onda Boy Harsher o Poliça. Sus canciones podrían ser banda sonora de cualquier película de Winding Refn tranquilamente. Después de dejarnos en un profundo trance, tuvimos que preparar rápidamente el cuerpo para el slot más legendario que íbamos a ver en esta edición. Circle Jerks, la mítica superbanda procedente de Hermosa Beach, California, con Keith Morris de Black Flag, Greg Hetson de Redd Kross y Joey Castillo, el batería que grabó Era Vulgaris y Lullabies To Paralyze para QOTSA venía para entregarnos una hora y media de pura adrenalina que solo pudieron soportar ellos mismos, porque mi cuerpo ya no daba para mucho más. La gente vivió con mucho entusiasmo el circle pit que se desencadenó y se vació hasta más no poder, pues para muchas personas ya era el último grande del día.

Personalmente, yo tuve que aprovisionarme un poco, porque lo bueno bueno, venía justo después. Una de mis bandas favoritas, y desde muy lejos, había llegado para presentar uno de los mejores discos del pasado año. Molchat Doma y su Belaya Polosa, irrumpieron en el escenario para regalarnos un largo repertorio donde no faltó nada. Tocaron sus grandes nuevos y viejos éxitos con una actitud memorable. En la gélida Minsk no se entiende de frío, y todo lo que hicieron fue transmitir calidez y cercanía a través de sus pasos endiabladamente prohibidos. El power trío, ataviado con sus dos puestos de teclados donde lanzan toda la fantasía ochentera, se colgó la guitarra y el bajo para deslizarse por las tablas y convertir el SonicBlast en una pista de baile brutalistamente soviética. Con las caras llenas de purpurina y el rubor típico de no dejar de bailar, sin silencio entre canciones, sabíamos que estábamos cerrando una edición para la historia. Los pies hechos polvo y la espalda pidiendo un relevo, fueron clara consecuencia de lo bien que disfrutamos durante este broche épico.

Tras la banda bielorrusa, aún pudimos disfrutar de otros dos slots golfos ya metidos en puro domingo. Primero fueron Castle Rat, banda que ya habíamos escuchado el miércoles en la pre-party y que les benefició mucho subirse al escenario grande. Aunque solo fuera para que la gente pudiese ver su puesta en escena y lo divertido de su propuesta. Y por último nos acercamos a Dopethrone, por llenar expediente y ver a otra banda mítica de nicho que tanto hemos escuchado en disco. Pude mover el cuello lo justo para que no se desprendiese de mi cuerpo y espero que nadie tenga vídeos míos a esas alturas de la noche. La banda de Montreal hizo lo que se esperaba que hiciera. Sonar muy alto y con mucha distorsión. Un 10. Experimentados en tocar tarde y reventarlo. Estoy seguro de que merecían más atención de la que pude darles de forma consciente pero en mi cabeza ya se había echado el pestillo.

Terminábamos así, como antes decía, una edición para la historia, para el recuerdo. Una edición que demuestra que la diversidad sigue siendo el camino, y que cerrarse en banda, funciona solo un rato. A medida que vamos creciendo nos damos cuenta de todo eso, tanto en privado, como en público. Se gana mucho más de lo que se pierde.
Ahora bien, llega el momento de meter palos, no todo puede ser bueno y siempre hay ejes de mejora. Algo que no me gustó ni este año ni el anterior es que el recinto se queda muy corto. No es normal que haya tanta gente en tan poco espacio. Es casi imposible cenar algo y poder sentarte. No hablo ya de ver algo en el Stage 3, que mejor se podía eliminar y montar ahí otra zona de baños. Casi imposible no entrar al festival sin hacer una hora de cola para recoger la pulsera. Este año había menos baños, más mesas (pocas), pero que hacían el paso a los escenarios más estrecho y se hacía bola en la entrada. Y ya por último, montar una caseta de tokens con una cola en perpendicular con el paso a los escenarios y frente al merchandising, no me pareció la mejor idea, pues todavía se congestionaba todo mucho más.
Es el momento de darse cuenta que un festival de esta envergadura necesita soluciones de envergadura. Quizás el recinto no está preparado para tanta gente, pero comienza a ser incómodo y esto me da mucho miedo por todo el cariño que le tengo a un festival tan perfecto.
Por todo lo demás, las bandas, el ambiente, el trato recibido, el entorno, el pueblo, la niebla, el bosque, la playa… SonicBlast, eres un must. No te vayas nunca.
Texto: Hugo Calleja
Fotos: Jaime Photo Live
Galería fotográfica obra de Jaime Photolive centrada en el público asistente al festival portugués SonicBlast.












Abrazando el último día de festival como quien llega a la cama después de un largo día, el sábado ya se me hizo un poco cuesta arriba, quizás porque a nivel de bandas era la jornada que menos interés me despertaba. Aún así, sorpresa grata la que me llevé con Gaye Su Akyol, cantante turca algo difícil de describir si aunamos su música, su puesta en escena y que eran las 16:30 horas con un sol de castigo. Partiendo de una base psicodélica y ataviando a su banda como acostumbra (en esta ocasión unas gafas al más puro estilo Daft Punk pero sin casco), Gaye Su Akyol se hizo con el escenario tiñéndolo de vanguardia y música tradicional turca. Entre Björk y Nick Cave se mueve esta polifacética artista que logró despertarnos de la siesta para no perdernos ni un momento de su show.

Acto seguido, The Obsessed tomó posesión de las tablas para dar una lección de cómo llevar más de 40 años de carrera y no sonar como Metallica. Venían de sacar “Gilded Sorrow” en febrero después de siete años de espera. El disco dejó muy buenas sensaciones y todo lo que esperábamos era que lo llevasen a cabo en escena. Es indudable que solamente la presencia de Wino ya llena un escenario. El histórico líder de St. Vitus y Spirit Caravan camina por el fango del stoner como si hubiera nacido para ello. Riffs a una cuerda como en “Stoned Back To The Bomb Age” que ponen la pesadez por encima de cualquier cosa. Un concierto muy pero que muy digno de los de Maryland demostrando que el doom vino para quedarse…

Viajamos a Palm Desert para encontrarnos con otro de los míticos de la escena stoner. Brant Bjork volvió al SonicBlast bajo otro nombre este año. Brant Bjork Trio como eufemismo de haber sido una estrella, ya con una edad y no querer dejar de girar. Acompañado de Ryan Gut (también integrante de Stöner) y Mario Lalli al bajo, dio un concierto alejándose de la solera que suele acompañarle y proponiendo cosas algo más novedosas. Llevo varios días escuchando el adelanto de lo que será su nuevo disco y la verdad que me convence mucho. El concierto tuvo destellos de riffs más técnicos en la onda QOTSA que me llamaron bastante la atención. Un acierto haberse juntado con Ryan a la batería, que siempre me sorprende y otro acierto venir con Mario Lalli, que parece tener un historial muchísimo más limpio que Oliveri.

En la previa del anochecer tocaba ver a Night Beats, banda de Seattle con un gusto finísimo por el garage, el psych rock y el soul. Y es complejo imaginarse todo esto junto, pero entre baile y baile, el crunch de la guitarra dejaba aparecer una voz al más puro estilo Leon Bridges que se convirtió en la delicia de mi tarde. Sorpresón el que me llevé con el directo de esta banda que empezó bien y terminó mucho mejor.

Llegamos a uno de los mejores momentos del festival. Era lo esperado, sabíamos que nos enfrentábamos a una pelea con nuestra mente para pedirle que no abandonase nuestro cuerpo durante la hora y poco que iba a tocar SLIFT. Fue la primera vez que escuchamos hablar francés entre el público. Recuerdos de Vietnam que pensamos que no íbamos a vivir en la tranquila villa de Âncora. Detrás de los numerosos gritos y faltas de decoro mientras va a tocar la banda a la que has ido a ver a tercera fila, por lo menos, empezaron a sonar las primeras notas de un huracán. Los hermanos Fossat volvieron a dejarse la piel en el escenario del SonicBlast soportados por las excelsas baterías de Canek Flores y las maravillosas proyecciones que les acompañan siempre, detalle alto importante para disfrutar de la full experience que nos propone el trío francés. Tras lanzar “ILION”, tenía muchísimas ganas de volver a verlos desplegar todo su desbordante talento y sentir en el pecho las cabalgadas entre síncopas y redobles. Un trabajo apabullante tanto en estudio como en directo que se coronó como la mejor actuación del sábado de lejos. Una psicodelia difícil de esquivar, embriagadora y adictiva que deja cosquilleos y temblores por todo el cuerpo una vez se instaura el silencio y se apagan los estrobos.

Tras SLIFT, y sin abandonar el Main 1, tenía que montar HIGH ON FIRE, que ya nos despertó por la mañana con una prueba de sonido que se tuvo que escuchar en Vigo por lo menos. Esta señal de que iba a ser el concierto con mayor carga de decibelios de la edición no fue ni de cerca comparable a lo que finalmente nos encontramos. Por todo el mundo es sabido lo que le gusta a Matt Pike el volumen y fuimos testigos de tal abrasión a nuestros tímpanos incluso alejándonos de las primeras líneas de escenario. Esto fue uno de los problemas por los que la actuación no fue disfrutable. Y habrá mucho fandom que hable del “concierto de su vida”, de “experiencia para valientes”, “apisonadora sónica” y muchas otras épicas descripciones de lo que para mí fue el mayor despropósito de la edición. Partimos de la base de que contábamos con Jeff Matz, uno de los mejores bajistas del panorama, capaz de llegar a la excelencia en directo con Mutoid Man, también un trío, pero mucho más equilibrado. Contamos además con Coady Willis, un batería excelente que le dio a HOF un punto más de nivel y de garra, placement y de imagen renovadora que tanto necesitaba la banda. No puede ser que la mesa de sonido se acuerde del bajo en “Cometh The Storm” que fue la quinta o la sexta canción. Hasta el momento solo había sonado la guitarra de Pike, altísima y muchísimo más fallona que de costumbre. La batería se quedaba escondida detrás de la bola de ruido que llenaba el recinto. Un concierto que pudo ser mucho mejor de lo que fue, se quedó eclipsado por un terrible control del sonido. Sabemos que la guitarra de Pike va a estar llena de rasgadas y armónicos que se van a colar, pero esperamos escuchar algo más que eso. Aún así, nos quedamos sin aire después de terminar ”Rumors Of War” y empezar con “Fury Whip” sin descanso. Un set bien escogido con una ejecución cuestionable por parte de Pike y un sonido de suspenso.

Menos mal que el mal sabor de boca nos duró poco gracias a Fugitive, banda que cuenta con el guitarra Blake Ibanez de Power Trip, y Lincoln Mullins de Creeping Death a la batería. Teníamos esos datos antes del concierto y habíamos escuchado el EP que sacaron allá por 2022. Lo vinimos quemando durante el viaje desde Galicia, de hecho, y era una de las bandas que más me apetecía ver en este SonicBlast. Siempre que vas a ver un concierto de thrash y el cantante sale con una camiseta de Motörhead sin mangas, sabes que es posible que salgas con secuelas. Un concierto sin concesiones, bien entrada la noche y con versión de Celtic Frost incluida. Pensábamos que el concierto no iba a dar para mucho teniendo en cuenta la discografía de la banda, pero sacaron canciones de no sé dónde para completar un slot bastante decente y pugnar por ser una de las mejores performance del sábado.

Terminamos nuestra noche con Wine Lips, casi sin energía para aguantar el concierto completo. Pero por suerte, la banda de Toronto supo animar a quienes aún permanecíamos casi a modo de holograma entre el público más nocturno. Un surf-punk rock muy desenfadado y rápido con regusto a California, fue la cura para nuestros males. La copa de vino que necesitábamos después de cuatro días a sidra y cerveza.

No sé si podemos pedirle mucho más a un festival de las características de SonicBlast. Gente maravillosa, respeto, buena onda y gran variedad de estilos que cada año parece ir en aumento. Quizás el recinto ya se esté quedando pequeño, los tres días deberían ser cuatro y el escenario tres carece de sentido visto lo visto año tras año. Quizás podría haber más opciones veganas o sin gluten en los food-trucks o mayor número de puestos para no perderte más de medio concierto si te entra el hambre, o alguna zona más de baños no tan alejada de los escenarios… Pero por el resto de cosas, sigue siendo uno de nuestros festivales favoritos, donde cada año apetece ir toque quien toque y sea cuando sea. Emplazado en un pueblo maravilloso, con un clima perfecto, zonas de relax, para hacer deporte y parajes para desconectar al máximo. Un festival que te acoge con los brazos abiertos, con el viento en la cara y el mar mojándote los pies. Gracias por todo, nos vemos el año que viene.
Texto: Hugo Calleja
Fotos: Jaime PhotoLive
El viernes no parecía que fuese a darnos tregua y llegamos para volver a ver por tercera o cuarta vez a Deathchant, una banda que se ha instalado en el festival y en el meme. Deberían de poner el típico contador en la entrada del recinto o cederles una parcela del pueblo. Bromas a parte, banda muy divertida que cada vez huele más a gasolina y whiskey. Riffs afilados a lo Valient Thorr o The Sword con una característica voz ensoñada detrás de kilos de reverb. Si nunca los has visto te diría que fueses el año que viene porque seguro que van a estar.

Tras nuestra segunda banda favorita, llegó el turno de Sacri Monti. Veníamos con aviso después de su paso por Madrid y no podíamos perdérnoslos. Bajo, batería, dos guitarras y un teclista con mucha sed. Me sorprendieron especialmente porque las canciones eran catálogos de riffs sin descanso. No se repetían partes y todo era derroche de composición. Puede ser que me recordasen un poco a Corrosion Of Conformity en algún pasaje. Los californianos dieron un concierto muy correcto y capaz de atraer a bastante gente para ser las seis y media de la tarde.

Una tarde que empezaba a pedir a gritos que anocheciera, y qué mejor manera que a lomos de una banda de stoner instrumental… Causa Sui, desde Dinamarca, serían los encargados de bajar el telón y apagar el sol poco a poco. Estuvieron bien pero se me hicieron algo largos, un sonido cuidado pero a veces repetitivo, y ojo, que no critico la fórmula, igual no estaba yo muy para esto ni para lo que venía más tarde.

Con una puntualidad clavada como un clavo a un ataúd, C.O.F.F.I.N salieron a reventar el escenario con una sola mano, pues en la otra no soltaron la pandereta. Música de road trip entre Zeke y Hellacopters que dio de sobra para echarse unos bailes y calmar la sed. Se abrió la veda del crowdsurfing y las pulsaciones subieron lo justo para pedir un poco de calma, aunque no sé si tanta como la que vino.

Seguramente se me tire medio festival encima, pero no soporté a Colour Haze. Se me hicieron tediosos al nivel de pensar que repitieron canciones. Totalmente descoloridos. Iba con ganas de verlos y solo tenía ganas de que terminasen. Es innegable su técnica, su calidad, su discografía… pero no supe disfrutarlos en directo. Los noté monótonos, sin aristas y sin muchas ganas.

Todo lo contrario a lo que me pasó con Truckfighters, creo que merecedores de llevarse la medalla del viernes, aunque solo sea por vaciar el tanque sobre el escenario. Tras pasarse probando casi todo el concierto de Colour Haze, subieron con un impulso desorbitado y empezaron con “Mind Control” desatando la locura hasta que Dango pronunció las palabras “Do you like long songs?” Y supimos que se venía “Mastodont”. Casi trece minutos de hit que pensé que nunca escucharía en directo. El público más entregado del viernes se amontonó para el final que venían cocinando desde que sonó el riff de “Desert Cruiser” en la prueba de sonido. Terminaron con su canción estrella, empapados, sonrientes, y como acostumbran, agradecidos.

El slot que venía no era fácil. Gente agotada por la hora y por el show de los suecos, pero desde Grecia, volvían 1000Mods dos años después para hacer las cosas como se debe. Nunca les pongo ni un punto ni una coma. Es la típica banda que siempre cumple pase lo que pase y su sonido es estable. A su favor, de hecho, he de decir que demostraron muchas más ganas y energía que en el Hellfest, donde les vi un poco más apagados. Aquí se les vio totalmente entregados, ruidosos y con un toque de rabia que me gustó especialmente. Quizás, como a quienes ya rozamos edades complicadas, les gustan más los festivales pequeños.

Cerramos la noche con las dos últimas bandas del día y con más cansancio del que me gustaría, pues no pude disfrutar como se merecía a Skemer. Una banda que llevaba meses quemando en disco, concretamente su último “Toasts & Sentiments” de 2023, con una propuesta que no me puede gustar más. Dark synth post punk para cerrar los ojos y sujetar la copa con fuerza. Kim Peers y Mathieu Vandekerckhove, guitarrista de Amenra, conforman este dúo entre humo, cuero y smokey eyes. Toques de Molchat Doma y Boy Harsher con una pátina más discotequera y urbana. No tuvo pinta de que gustase mucho la propuesta entre fieles y devotos, pero creo que este tipo de estilos le dan un ingrediente más al cartel para no ser continuista ni repetitivo.

Por último, Idle Hand fue la banda local elegida para cerrar el penúltimo día de festival en el Stage 3. La banda de doom/sludge supo hacerse fuerte a pesar de ser casi las tres de la mañana. Un sonido muy rocoso y con una voz capaz de tapar a los instrumentos casi en su totalidad. A estas alturas no sabíamos si las piernas y los oídos iban a aguantar mucho más.
Texto: Hugo Calleja
Fotos: Jaime PhotoLive