El pasado sábado 29 de noviembre fui al acogedor pub Black Bourbon de León a ver el concierto de los virtuosos guitarristas Diego Sanjorge yJosé Rubio. Siendo sincera, esta crónica la escribo yo, que no soy precisamente una experta en técnicas, tácticas y tecnicismos de guitarras eléctricas, más allá de valorar si lo que escucho me gusta más o menos… Y me gustó, mucho, más de lo que podía imaginar. Claro, que los dos únicos participantes en el evento me lo pusieron muy fácil. Cada uno llevaba su portátil con sus bases pregrabadas, y tocaba en directo su guitarra en variados temas instrumentales. Pero lo hicieron con mucha intensidad, mucha pasión y toda su entrega.
Empezó el joven DIEGO SANJORGE, desconocido para mi hasta ese momento. Después, charlando con él amistosamente en el puesto de merchandising, e investigando un poco, supe que había sido alumno precoz del mismo José Rubio (y visto lo visto, alumno aplicado), y miembro de la banda de PACHO BREA, y después de IRON HUNTER y AD LIBITUM. En esta noche lluviosa, este gallego, treintañero pero ya veterano, venía con su proyecto en solitario, y por eso tocó temas de sus discos “Myth” (2017) y “Oneiromancy” (2022). Después de escuchar sus arpegios rapidísimos y sus variaciones melódicas, me cuesta creer que, como dijo, llevaba tres años sin tocar esos temas. Se notó enseguida su virtuosismo, su amplia formación musical, y su extensa experiencia en los escenarios.
En éste de León, él solo con su guitarra Schecter Hellraiser C7 de 7 cuerdas (no soy experta en guitarras, pero investigo) no dudó en saludarnos, presentar sus temas explicando interesantes detalles de cada uno, y se mostró empático y simpático, muy de agradecer. Supo alternar ritmos muy diferentes en cada canción, mezclando escalas más melódicas y alegres con solos más tenebrosos y oscuros, y, para rematar, nos deleitó con alguna balada de aires celtas, con violines y pianos sonando en la base pregrabada que le acompañaba.
Solo estuvo en las tablas una media hora, pero fue suficiente para convencernos de ir al puesto de merchan a comprar sus discos, y de seguirle a partir de ahora mucho más. Nos gustó y nos convenció.
Y sin mucha pausa le tocó al maestro del primero. Ya conocíamos a JOSÉ RUBIO, que a estas alturas ya no necesita presentación (WARCRY, JOSÉ ANDRËA, URÓBOROS, RONNIE ROMERO, NOVA ERA, etc.), y al que ya hemos visto por León en varias ocasiones, incluso en este mismo formato íntimo y en este mismo Black Bourbon. Esta noche nos daba el último concierto en su gira, en la que presenta su último disco instrumental, “Black Rose” (2023). Y de hecho, era su último concierto del año. Y, como es de esos músicos imparables, ya está pensando en entrar a grabar otra vez, lo cual nos alegra.
De nuevo un solo músico en el escenario, en este caso con dos guitarras: su habitual ESP blanca, con la que hizo casi todo el concierto, y una flamante guitarra naranja, según dijo, recién comprada ese mismo día (aquí me falla la investigación, lo siento). Comenzó con aires celtas, con temas de su disco «Celtic Lands» de 2019 (del que, por cierto, una servidora se llevó la última copia disponible en el merchan), llevándonos a Irlanda con «Shamain» y a Escocia con «The Rampages Of Robin Redcap«. Fue muy de agradecer que el cordobés residente en Galicia nos presentara cada tema detalladamente, diciendo de qué disco salía y qué contaba o representaba cada corte. Eso hizo al ofrecernos más adelante sus «Kelpie’s Song» y «Craigh Na Dum«, del ya mencionado disco, los cortes «Lionheart» o la trepidantemente rítmica «Land Of Terror» (la única en la que usó su guitarra recién comprada), ambas del LP «Forbidden Dreams» (2019), y «Releasing The Beast» (de su disco «Sensations» de 2016), a menudo con arranques suaves que remataban en sonidos más rápidos e intensos.
Además de tocar temas propios, nos deleitó con algunas versiones, perfectamente ejecutadas, de grandes guitarristas de fama mundial, como Michael Schenker («Into The Arena«), Joe Satriani («Satch Boogie«) y el que, sin duda, es uno de sus guitarristas favoritos (y mío también), Gary Moore, de quien no solo tocó «The Loner«, sino que introdujo su tema propio «The Jacket Over The Grave» (precisamente de su último disco, «Black Rose«, el que motivaba esta interesante gira), contándonos la popular leyenda del hombre que conoce a una joven, la lleva a su casa, después la busca y solo encuentra su vieja tumba, y afirmando que el maestro norirlandés había sido su gran inspiración en este tema. Y sin duda, fue su gran maestro, porque Rubio literalmente la interpretó sin fallar una nota ni perder una pizca de pasión, una maravilla.
Hablando de maestría, nos dejó impresionados con el tremendo solo, ¿a modo de improvisación?, cargado de rapidísimas escalas, vibratos, tappings y demás técnicas de guitarra, casi imposibles de escuchar en directo, salvo que te encuentres con un artista de este calibre. Nos contó otra de sus debilidades, la novela oscura, especialmente la de Edgar Allan Poe, para introducir su tema «The Crow» (también del «Black Rose«). Supuestamente el concierto acababa ahí, pero no íbamos a dejar que se fuera tan rápido. Tras responder a la petición de un fan tarareando el estribillo de «Siempre Estás Allí» de Barón Rojo (el único momento vocal de la noche, sin micrófono), nos deleitó con todo un popurrí de solos de canciones mundialmente conocidas, repasando lo más importante de la historia del rock internacional (perdonadme que no recuerde todos, pero sonaron desde AC/DC hasta el ya inevitable final con el «Parisienne Walkways» de Gary Moore y el «Coast To Coast» de Scorpions, pasando por Iron Maiden, Judas Priest, Deep Purple y varios más). Parecía no tener fin, y nosotros estábamos disfrutando al máximo.
Pero llegó a su fin, y saludar después a ambos maestros virtuosos y compartir unos minutos de camaradería con ellos fue la guinda de este pastel que tanto nos gustó. Por eso, agradezco a ambos artistas que vinieran a León y se entregaran de esa manera, y les pido que vuelvan pronto. Y por supuesto, agradezco al pub Black Bourbon, especialmente a nuestra querida Patry, su acogedor recibimiento y todas las facilidades. Así da gusto.
“ClovenTonguesOfFire” es el segundo largo de los death black metaleros de origen portugués TheOminousCircle, continuación del debut de 2017 “Appalling Ascension”. Ellos son Z.P. en bajo, M.A. en baterías, A.C. y M.S. en guitarras más S.L. en voces. Siete cortes producidos por João Ribeiro, masterizados por el CruciamentumDan Lowndes (Caustic Wound, Blood Incantation, Imprecation, Pallbearer…) en el True Resonance Studio y finalmente adornados por el arte de Ars Alchymiae. El álbum vio la luz vía Osmose Productions a finales del pasado mes de noviembre.
No se me ocurre mejor título que “Thus Beckons The Abyss” (“así llama el abismo”) para esta intro de apenas un minuto. No sienta las bases pero sí el tono, oscuro y verdaderamente ominoso, que domina al álbum en su totalidad. Produce una opresión que culmina en el cierto caos controlado de “Lowest Immanations”, con la banda entregando unos primeros instantes de una tensión casi inusitada. Se dibujan algunos pequeños solos. Caóticos y asfixiantes. Y cuando irrumpe la voz de S.L., en alguno de los tonos más cavernosos que le recuerdo al también frontman de Legacy Of Brutality, el quinteto apuesta por un acercamiento a ratos hiriente en su propia pesadez. Monolíticos, ciertamente disonantes, me agrada la forma en que ese registro tan hosco se enfrenta al negruzco caos de las guitarras. Pero cuando las baterías de M.A. adquieren un mayor peso y velocidad y la escritura se vuelve más intrincada y retorcida, surge un cierto acomodo. Un puente que transmite, dadas las circunstancias, una cierta calma. Un pequeño respiro al oyente antes del despiadado epílogo. Al alimón con la introducción del álbum, una dupla inicial profunda, angustiosa y vibrante.
“Through Tunnels Ablaze”, que M.A. introduce desde baterías, parece continuar ahí donde lo dejara su predecesora. Pero aún en su brutal interpretación del black death, deja algún detalle melódico digno de mención. Después, y en una onda que bien me podría recordar a los pujantes Teitanblood, serán la velocidad y la intensidad quienes tomen la iniciativa. Hay riffs matadores aquí, a caballo siempre de la firme base rítmica de Z.P. y M.A.. Desnudos algunos de ellos, nota curiosa dentro de lo agrio, lo oscuro, lo negruzco de la composición. Los solos, que no llegan al rango de concesiones, sí pienso que revisten a este segundo corte de un aura muy especial. En su desmesura, parecen sin embargo muy pensados con respecto al tema que los aloja. En el puente surgen un paso más lento y desesperado, coronado con voces verdaderamente agónicas, donde no parece haber lugar alguno a la esperanza. A la luz. Introdujo al álbum en formato vídeo y puedo entender los motivos que determinaron tal decisión.
“In Ira Flammae Devoratur Qui Salvatur”, algo así como “el que se salva se consume en la ira de la llama”, es poco más de minuto y medio de pasajes desolados y malsanas emanaciones procedentes de unas guitarras por las que supura toda la iniquidad de nuestra decadente civilización. Enlaza con una “Black Flesh, Sulfur, And All In Between” que abrirá de forma abrupta para luego dirigirse hacia unas primeras estrofas de poso lento y casi monolítico, de nuevo con S.L. en su registro más deliberadamente sombrío y oscuro. Un corte que parece consagrar la cara más disonante de estos The Ominous Circle, sentando las bases sobre otra más que interesante línea de batería del ex BloodhunterM.A.. De nuevo, me agrada la manera en que esas voces cavernosas se contraponen a un cierto brillo, tenue, controlado, que fluye desde de las guitarras. El grosor de las mismas conforme el corte alcanza su ecuador. O ese metal descosido, vibrante y para nada misericorde con el que se conjuga. Un juego de intensidades muy bien resuelto desde el papel, que alcanza su cenit en uno de los solos más vitriólicos y enfermizos de todo el disco.
“Writhing, Upturning, Succumbing” arranca tras el prólogo más llamativo, por diferente, de todo “Cloven Tongues Of Fire”. Y aunque quizá no sorprenda por la forma en que luego deriva en la cara más despiadada, por veloz, de la banda, sí creo que lo hace por la firmeza con la que parecen encarar ese black death metal implacable y furibundo. Aquí llama la atención además la alternancia que se produce en cuanto a voces. Dos registros, uno más profundo, otro más rasgado, confrontándose sin ningún tipo de concesión. Eficaz y muy servicial gama riffera, en especial esa con la que la composición transita hacia su tronco central, y que concita la cara más retorcida, enrevesada y casi me atrevería a decir que atrevida del quinteto. La producción, deliberadamente fría y sucia, cumple con creces su papel. Si bien pienso que el solo que anticipa al epílogo merecía un desarrollo algo mayor, bien está ese metal pesado y cabrón con el que cierran esta penúltima y nada benévola entrega.
No estamos precisamente ante un disco amable, pero la final “Utterance Of The Formless” aún se atreve a llevar un paso más allá el crudo imaginario del quinteto. Y lo hace desde un largo tercio inicial, agrio y pesado, al que rematan voces agónicas, nada sutiles, en compañía de riffs pétreos, baterías pesadas, retorcidas y una producción al servicio de ese viraje hacia territorios más doom. Lo que me agrada es la naturalidad con la que implementan los cambios de ritmo. El marcado groove de baterías primero, lo frontal que resulta el riff después. Ahí vuelven a emerger esos The Ominous Circle más disonantes. Es en gran tramo central donde descubren su cara más violenta y despiadada. Un black metal veloz, cortado de raíz con inusitada violencia. Es en ese puente que surge un metal alucinado y oscuro primero, un largo y casi demente solo de guitarra después, para de nuevo recuperar esa velocidad y finiquitar el álbum, de nuevo, entre lo pesado y lo alucinatorio. Perfecto broche.
Si queda alguna esperanza a esta decrépita humanidad nuestra, desde luego ésta no se encuentra en el segundo largo de The Ominous Circle. Densos, furibundos y sí, ominosos, concitan las fuerzas del más feroz black / death para grosar cuarenta y pocos minutos de puro metal insondable, desesperado y agónico. Una luz negra que invade y contamina todo aquello que baña, dejando tras de sí un rastro de inequívoca destrucción.
Décimo “Aquelarre” para los chicos de Azrael, o lo que es lo mismo: Tino Torres en baterías, Marc Riera a la voz, Oscar Espín y Enrique Rosales en guitarras y Juan Manuel Salas al bajo. Con colaboraciones de Mario G.M. (que fuera miembro de la propia banda, llegando a grabar tres álbumes con ellos) y Zoraida Vidal (Saedín) ofrecen un total de diez temas producidos y grabados en los granaínos Z Studios el propio Rosales junto a Pedro Sillero. El mismo Mario G.M. se hizo cargo posteriormente de las habituales tareas de mezcla y master, Unai Endemaño disparó las fotos y, finalmente, Fernando Nanderas (Ankhara, Centinela, Opera Magna, Ñu…) se encargó del artwork. En la calle vía Demons Records desde finales de octubre.
“Mientras Mi Cuerpo Aguante”, que no podría sonar más a pura declaración de intenciones, coloca el estribillo en el mismo prólogo y construye un interesante juego entre ese riff cabalgado de ese inicio y los más rocosos de las primeras estrofas. Éstas vienen bien adornadas, desarrolladas con pericia incluso por Marc Riera al micro. Regresa el trote inicial para estribillos y acomoda buenos detalles desde las seis cuerdas. El corte, uno de los más extensos del trabajo, va conformando esa naturaleza híbrida y a la vez pegadiza. Alza la nota final el gran solo que anticipa el epílogo. Certero primer corte.
“Humanidad” lleva una onda que, en ciertos momentos, me recuerda a mis paisanos de WarCry. Azrael vuelven a apoyar su heavy metal sobre un marcado colchón de teclados. Pero la propuesta, en comparación con el tema inicial, se ennegrece aquí. Hay un gran trabajo en lo que a voces se refiere. Clásico y muy funcional. Bien medido con respecto a las estrofas que ocupa. Buenos enganches entre las mencionadas estrofas. Y si bien hecho en falta un bajo con algo más de peso en la mezcla final, uno de esos cortes que va ganando no poco peso con el paso de las escuchas. Ayuda ahí el buen duelo solista de su tramo central. También un epílogo bien trabajado y de lo más resultón. Otra buena oferta.
“Pobre Diablo”, con Mario G. M. aportando en guitarras, es un heavy metal trotón y optimista. Deudor de los Helloween más alegres, también de los primeros Edguy, apoyado con firmeza sobre el doble bombo de Tino Torres. Dünedain, líneas de voz mediante, podría ser otra de las rimas de este tercer corte, el segundo más rácano de todo “Aquelarre” en lo que a duración se refiere, acierta a la hora de recuperar a los Azrael más directos y vibrantes. Un buen contraste al par de cortes iniciales, con otro buen solo en su parte central y coronado sin apenas perder esos ritmos alegres y vivarachos. Me agrada.
“Noche De Brujas”, si bien en cuanto a la viveza de su heavy metal, parece seguir allí donde lo dejara su predecesora, cierto es que entrega a unos Azrael sensiblemente más oscuros. Algo que se transfiere incluso a las voces que dibujan a través de las primeras estrofas. Aquí y allá encuentro pequeños desequilibrios en cuanto a mezcla. No obstante esa desigualdad no esconde su metal vibrante, potente, de nuevo apoyado por unas teclas casi omnipresentes. Aquí se produce uno de los solos más interesantes de todo el largo, al que darán inicio las hábiles manos de Zoraida Vidal sobre el teclado. Un corte, que anticipó al disco, quizá algo deslucido en lo que a producción se refiere pero que, en cualquier caso, me atrae tanto desde el punto de vista gramático como el técnico.
“Tierra Prisionera” se construye sobre uno de mis riffs favoritos de todo el disco. Me agrada la mayor presencia de Juan Manuel Salas en la mezcla de esta quinta apuesta. Un heavy metal clásico, con ciertas trazas de power metal y muy funcional, que de manera acertada (pienso) reserva un mayor nervio para sus estribillos. Hay cuidados engarces entre estrofas, un solo muy de la escuela Weikath / Hansen y un epílogo que, me da la sensación, les funcionará sobre manera en directo. Es cierto que, en lo que a construcción y escritura no llama tanto la atención como otros cortes de este nuevo trabajo. Pero recupera la producción tan equilibrada de comienzos del álbum para un heavy metal pegadizo, enérgico y funcional.
“Dolor y Agonía”, entrega más rácana en cuanto a duración de este “Aquelarre”, es un heavy metal de trazo y gusto muy clásicos. Hay un cierto olor a Judas Priest en las estrofas, que contrasta con el poso más tendido de sus estribillos. En estos hay voces realmente agudas. Bien construida sobre otro riff hábil y con gancho, a ratos siento que las ideas aquí dispuestas daban como para un corte algo más ambicioso. En todo caso, bien están ese solo tan virguero de su tronco central o las poderosas voces del epílogo. Me deja con ganas de más.
“Duele” resulta en una balada de corte entre épico y elegante, con un gran despliegue vocal y unas teclas, de Zoraida Vidal, realmente hábiles. Se eleva, guitarras y base rítmica mediante, en un crescendo igualmente clásico y muy funcional, hacia territorios más ampulosos y grandilocuentes. Clásica power ballad en la más pura tradición del género. A favor el gran despliegue vocal y la gran producción de la que hace gala. En contra, que pueda resultar algo previsible.
“Un Paso Más” recupera a esos Azrael más vibrantes, próximos (cuando no lindantes) con un power metal directo y sin contemplaciones, que de nuevo me recuerda a los chicos de Dünedain, y en donde Riera se maneja en tonos realmente altos. Con un Torres incansable tras baterías, uno no puede hacer otra cosa que disculpar esa construcción algo plana. Porque la producción y mezcla aciertan a la hora de magnificar la pegada, convirtiendo a este penúltimo corte en uno de los más poderosos de este nuevo trabajo. Nervio y garra intactos, que para más de treinta años transcurridos desde aquella iniciática demo de 1993 no está pero que nada mal.
El interesante prólogo de “Ángel Desterrado” tiene algo que me recuerda a unos Avalanch de álbumes como “Muerte y Vida” de 2007. Elegante, bien construida, con Riera volviendo a esos tonos altísimos, pero donde echo en falta un estribillo con algo más de gancho. Sea como fuere, hay en ciertas estrofas un deje que, a ratos, me recuerda a los mejores momentos de Queensrÿche. Una guerra de contrastes para un corte que me atrae solo a ratos, aún cuando le reconozco los buenos detalles de Zoraida Vidal tras las teclas o el hábil solo del epílogo. Desigual, me agrada sin engancharme…
… que podría ser un poco la sensación que me dejan los propios Azrael en sí. Una banda que jamás fue capaz de romper el particular techo de cristal y alcanzar al nivel de reconocimiento que sí lograron según qué contemporáneos suyos. Algunos, de hecho, citados en la propia reseña. Por ahí que encuentre de especial mérito que, a pesar de todo, sigan contra viento y marea, ofreciendo buenos pildorazos de heavy metal a su fiel legión de seguidores. Con cortes que brillan con luz propia, véase la dupla inicial, la cierta oscuridad de “Noche De Brujas”, la grandilocuencia de “Duele” o la pegada de “Un Paso Más”. Siguen en la pelea.
“Solus Ipse” es el tercer largo en la trayectoria de los asturianos Unexpectance y trae consigo algún cambio que otro. El más notorio, el que ahora lleva a Vaan a encargarse de las tareas vocales. Junto a él están Nacho Peña y Miki Méndez en guitarras, Aitor G. Stamper al bajo y Luis Barrientos a la batería. Los asturianos debutaron en 2016 con “La Metástasis De La Desesperanza”, ofrecieron un más que notable “Vortex” en 2022 y vuelven ahora con energías renovadas y un álbum que cierra su particular mirada a la trilogía sobre la obra de Dante. El trabajo fue grabado por ellos mismos, contando eso sí con las muchas habilidades de Daniel Sevillano para la mezcla. El proceso de masterizado corrió a cargo del propio Nacho Peña. “Solus Ipse”, al que adorna el arte del artista japonés Biljee Shimpei, tiene prevista su salida al mercado el próximo quince de enero.
El concepto griego “Sophrosyne” puede que aluda a la templanza, moderación o sensatez, pero en manos de Unexpectance supone un aldabonazo de ardiente metal moderno. Vaan arremete, a puro desgarro, las primeras estrofas. Y el corte, Luis Barrientos mediante, transita por momentos realmente agrios, confrontando violentos blast beats con un metal pesado y conciso. En la más pura tradición del combo asturiano, surgen pequeñas islas de tranquilidad. Y, desde ahí, transitan hasta su cara más atmosférica. Pero lo que me agrada es la forma en que la composición respira. Compuesta en lo musical por Stamper, da comienzo al álbum conteniendo muchas de las ideas que habrán de alimentarlo desde aquí hasta el final. Pero sin que nada resulte atropellado ni tampoco artificial. Rematada con un imaginativo solo previo al epílogo, supone una más que notable toma de contacto con este “Solus Ipse”.
“Momiji” representa “el acto de contemplación del cambio de color de las hojas del arce japonés”. Composición de Peña tanto en lo musical como en lo lírico, sorprende primero con la fuerza sinfónica del prólogo, después con el gran trabajo llevado a cabo en lo que a melodías se refiere y finalmente con ese juego de Vaan entre registros. Esa dualidad otorga una mayor dimensión a esta segunda entrega. La nueva voz de Unexpectance acierta a sonar más agónico aquí. Y Barrientos vuelve a alternar esas partes más vibrantes con un metal realmente pesado y contundente. Fue una de las cartas de presentación del álbum, aún cuando se trata de la entrega más extensa de este tercer disco. En toda la composición anida una cierta elegancia, la que propician esos arreglos de tono casi grandilocuente. Y que contrastan, como ya digo, con el metal más nervioso y vibrante con el que lo rodean. Un juego de intensidades marca de la casa y en el que los asturianos parecen más que cómodos.
“Ataraxia”, o lo que es lo mismo, “estado de imperturbabilidad, serenidad y tranquilidad del ánimo, libre de pasiones, temores y deseos desmedidos”, entrega ahora a unos Unexpectance mucho más orgánicos. De nuevo composición total de Peña, siento que el trabajo en cuanto a riffs es encomiable. Sus primeras estrofas son tan agrias como reconocibles. Y es que no cuesta seguir el rastro de sus líneas maestras hasta cortes del anterior “Vortex” como “Hipersomnia” o “Neurapraxia”. La banda a pleno rendimiento, siendo muy consciente de todas sus fortalezas, y con un Vaan desbocado frente al micro. Las melodías que van inundado las estrofas, el groove tan adecuado que surge más adelante o esa vibración tan cercana al melodeath que surge a destellos. Si bien hay (a ratos) una cierta sobre producción que puede enfurruñar a los más clasicistas, ellos vuelven a cerrar con otro solo digno de atención. Fue la otra carta de presentación de “Solus Ipse” y no seré yo quien ponga peros a la decisión.
“Gnosis”, o el “conocimiento absoluto e intuitivo, especialmente de la divinidad, que pretendían alcanzar los gnósticos”, trae consigo un llamativo prólogo primero, y un riff con un gancho de mil demonios después. También unas ambientaciones llenas de presencia y clase. Medio tiempo pesado, arrastrado, con ya digo un gran trabajo en lo que a riffs se refiere y con un Vaan del que emana una cierta desesperanza a ratos. Composición de Peña en lo musical, representa en gran medida a los Unexpectance mas crudos y arrastrados. Apenas un pequeño cambio de ritmo conducirá hasta el breakdown del epílogo. Y si bien siento que a éste se le podría haber sacado un poco más de jugo, algo me dice que la propia crudeza que desprende bien podría convertirla en próxima favorita de sus seguidores.
Regresa Stamper a las labores compositivas en “Noesis”. En filosofía, noesis es un concepto del pensamiento griego que se refiere a “la acción de pensar o actividad del pensamiento”. Nacho Peña pone en esta ocasión la letra a la que puede ser una de las composiciones más heavies de todo el álbum. Aún cuando su arranque, ese curioso prólogo, no podría ser más exógeno. Pero la forma en que adornan las primeras estrofas, cómo crepita en ellas el bajo del propio Stamper, unidas a esa vibración mayor durante estribillos ciertamente otorga otro cariz a la banda primero, al disco después. Contiene otra gran labor en lo melódico, fundiendo ese pulso más clásico con ambientaciones cercanas al metalcore más al uso. De resultas de todo ello surge finalmente un corte en constante mutación, de esas que ganan una barbaridad con las sucesivas escuchas, y que no cogerán de nuevas a quienes recuerden trabajos en solitario del bajista Aitor G. Stamper.
A “Nematomorpha”, nombre de unos parásitos inductores del suicidio, le corresponde entregar a los Unexpectance más violentos y despiadados de todo “Solus Ipse”. Nombres como Lorna Shora o Mental Cruelty acuden siempre a mi subconsciente aquí, lo que da un poco la medida del mal café que el quinteto ha vertido en esta sexta entrega. Sin que la producción se resienta lo más mínimo, todo me funciona aquí. La violencia que despliega Vaan tras el micrófono. La pesadez y también la crudeza que emana de ciertos riffs. Lo diversa que resulta esa línea de batería de Barrientos. Ese groove tan descosido. Otro corte coctelera, en el que caben un sinfín de ideas, pero que aún así resulta extrañamente cohesivo. Coherente incluso. Nacho Peña mostrando su mejor cara como compositor, tramando un corte diverso y, de todos modos, redondo.
“Ethos”, o lo que es lo mismo, el “conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad”, pone a Barrientos a volar tras el kit de batería, mientras traza un prólogo incendiario, nervioso, casi fulgurante. Luego la producción recrea colchones sonoros durante las estrofas, mientras que solos rebosantes de técnica y clase ejercen de debido engarce entre estas. Cabe también un buen trabajo en la parcela melódica. Y si bien a estas alturas del álbum su estructura puede no resultar ya tan llamativa, lo cierto es que ellos aciertan a entregar otra composición ganadora. Diversa, como lo son casi todas las aquí presentes, bien arreglada y con un Vaan que, de nuevo, recupera esos tonos algo más desesperados. Tremenda.
“Samsara”, el “ciclo de nacimiento, vida, muerte y renacimiento en las religiones de la India como el hinduismo, budismo, jainismo y sijismo”, también un magnífico documental de Ron Fricke, son unos Unexpectance un tanto refractarios al resto del álbum. Es algo que se palpa en la tranquilidad del prólogo y en ese quiebre tan violento que propician las primeras estrofas. De estas surge una banda que se arrima, ahora sin medida, a las fronteras del death melódico, con Barrientos llevando firme el pulso y los riffs de Peña y Méndez quedando como alguno de los más llamativos de todo el álbum. Agria, directa y cruda, dueña de breakdowns salvajes y grooves incendiarios, esta octava entrega viene a dar cumplida muestra de las pocas barreras que los chicos han puesto frente a la hora de sentarse a componer. Su último verso no podría resultar más definitorio: “Romperé las cadenas de esta pesadilla. Forjaré un nuevo paraíso, Y allí gobernaré”.
“Hybris”, concepto griego que “puede traducirse como arrogancia, altanería, insolencia, soberbia, ultraje, desenfreno o desmesura”, nos devuelve a unos Unexpectance en cierto modo más clásicos. Muy presente, algo virguero incluso, el bajo de Stamper ahora, durante unas primeras estrofas en búsqueda de una cierta grandilocuencia. La banda entrega un penúltimo corte lleno de pulsos altos y voces agónicas. Hay buenos acentos melódicos, una batería muy poco lineal y de nuevo ideas que me retrotraen al anterior “Vortex”. Quizá porque hay voces de Vaan aquí que me recuerdan, y no poco, al que fuera anterior vocalista del combo, el actual Chamako Wey!Daniel Larriet. Mucha atención al solo final.
“Empíreo”, que corresponde a “la iluminación a través del conocimiento, el final del viaje”, es fácilmente una de sus entregas más diversas y atrevidas. Un cierre en donde anidan muchas de las ideas que manejan a la hora de sentarse a escribir. Sus primeras estrofas son violentísimas, con Barrientos a puro blast beat en compañía de un Vaan ciertamente vibrante. Hay guiños más melódicos, fugaces pasajes tranquilos, plenitud de cambios de ritmo… puede que, a ratos, no resulte tan cohesiva como otros muchos cortes de este “Solus Ipse”. Por contra, esa cualidad tan impredecible, a buen seguro la convierte en uno de sus cortes más atrevidos. Esto, como siempre, irá en los gustos, los usos y las costumbres de cada uno.
Escuchado varias veces, aún siento que resta jugo por exprimir del tercer álbum de los asturianos. No sorprende la calidad de la producción. “Vortex”, maltratado como tantos otros trabajos por la dichosa pandemia, ya dejaba el listón alto en este sentido. Pero la entrada de Vaan al micro parece haber otorgado una mayor dimensión al conocido metal contemporáneo de los asturianos. Muy firmes ya desde la propia composición, el álbum es un compendio de capas, intenciones, ritmos e intensidades, desplegadas las más de las veces con altas dosis de equilibrio y mesura. Hay pequeños guiños al death melódico, casi inherentes a este tipo de álbumes, grooves matadores, algún que otro breakdown verdaderamente afilado y una gran, grandísima labor en lo que respecta a las guitarras de Peña y Méndez. En melodías, en solos pero de manera muy esencial en cuanto a riffs. Lo siento así. De resultas de ello emana un álbum donde uno atisba ya una palpable madurez en el seno de Unexpectante. Empresa harto difícil si uno tiene en cuenta lo dramáticos que suelen suponer los cambios de voz en formaciones como esta. Todo un logro.
El pasado sábado 15 de noviembre nos desplazamos hasta Gijón para presenciar el concierto de Edén, grupo asturiano al que venimos siguiendo desde sus inicios. Nos presentaban su última obra de estudio “Alma De Libertad”, editada en 2024, acompañados para la ocasión de la banda de Irún, Mandrágora Negra, que a su vez nos mostraron temas de su último disco “Símbolo De Libertad”, publicado en 2022, junto con otros de álbumes anteriores.
No quisimos desaprovechar la oportunidad de acercarnos a la Sala Buddha, que recordábamos más como local de ocio nocturno en el que se pinchaba música de otros géneros que nada tienen que ver con el heavy y el rock y con su original decoración al estilo “templo budista”. Al llegar nos sorprendió mucho ver que no han pasado los años por ella, sigue con sus características figuras de Buddha y Shiva de antaño, pero en pocos minutos se iba a convertir en todo un “templo del metal”, cuando Mandrágora Negra y posteriormente Edén, comenzaron con su descarga de power metal y heavy ochentero. Resaltar también que aplaudimos su iniciativa de organizar de vez en cuando eventos de rock y géneros musicales ajenos a los de sus inicios.
Los primeros en aparecer sobre el escenario a las 20:10 horas fueron Mandrágora Negra, banda que actualmente, y tras varios cambios de formación, se presentaron como un sexteto compuesto por Moisés Montero “Moi” (voz), Maxi Fructuoso (bajo), Antonio J. García Ibáñez (guitarra), Mikel Pascual “Pasku” (guitarra), Garci (batería) y un teclista de reciente incorporación que confiere a la banda un sonido más próximo al metal melódico.
Abrieron fuego con “Sueños De Realidad”, perteneciente a su primer y homónimo álbum de 2012, y con el que comprobamos desde el inicio que esta banda en vivo suena cien por cien a heavy metal clásico y power metal. Siguen con un par de cortes de su último trabajo “Símbolo De Libertad”, como son: “Vencerás” y “Jamás Me Rendí”, tema éste último con un pegadizo estribillo que fue coreado por los asistentes. Continúan con “Gritaré”, tema de su primer disco. A continuación nos presentan “Sigue Adelante” y Moi nos comenta que es el nombre del cuarto disco que están grabando. Después le tocaría el turno a “Símbolo De Libertad”, perteneciente al álbum del mismo nombre lanzado en 2022.
Con “Un Largo Camino”, Moi muestra su agradecimiento a todos sus seguidores y al público presente en la sala dedicándonos este tema, que como su letra indica es todo un homenaje a la lealtad de sus fans. A continuación nos presentan “Nuestra Lucha”, tema nuevo que están grabando. Siguen con un corte de su último disco “Mi Soledad”, tema melódico que empieza lento para ir ganando fuerza y ritmo con un marcado estribillo y con “Mi Última Función”, primer corte perteneciente al mismo álbum.
Antes de la recta final, tuvieron tiempo para emocionarnos con una magnífica versión en castellano con título “El Traidor” de la banda suiza Gotthard, el conocido “Anytime Anywhere”. Seguidamente Moi presenta el tema “Fue Tu Pasión”, que según sus propias palabras dedica “a los que les gustan las motos y a los que no”. Como broche final sonaría “Imparable” de su álbum homónimo lanzado en 2015. Para terminar a las 21:15 horas con “Tocando El Cielo”, canción perteneciente a su primer disco “Sueños De Realidad” y con un público entregado completamente a su música.
A las 21:35 horas saltan al pequeño escenario de la Sala Buddha, Edén. El grupo asturiano, tras haber pasado por numerosas formaciones y con el guitarrista Javier Díaz (Notredame, Warcry) como único miembro de la formación original, actualmente está integrado por el también guitarrista Álvaro Cocina (Intermezzo, Nuevecondiez), el batería Fernando Argüelles (Vendaval, Northwind, Nuevecondiez), el bajista Juanjo Díaz y su último vocalista, el leonés Fernando González “Dini” (Decibel Race, Darkkam).
Comienzan con Dini arrodillado sobre el escenario y empieza a sonar como introducción la narración de “Cenizas”, continúan con “Ave Fénix”, momento en el que el guitarrista Álvaro Cocina salta a tocar entre el entregado público de las primeras filas y “Nunca Más”, corte de ritmos acelerados y un estribillo pegadizo con el que el respetable empieza a bailar y cantar. Todos los temas del inicio son pertenecientes a su último trabajo de estudio “Alma De Libertad”, que nos venían a presentar.
Siguen con “Desde El Aire”, de su fantástico disco “El Despertar De Los Sueños” de 2019. De este álbum y del último fueron la mayoría de los temas que interpretaron esa noche. Posteriormente le llega el turno a “Alma De Libertad”, canción titulada igual que su último disco y a “Puede Ser”, también perteneciente a este trabajo y que Dini dedica a la gente que nació con “mala suerte” y ha tenido contratiempos, este tema es todo un himno que invita a superar las dificultades de la vida.
Continúan con “Corazón”, canción melódica perteneciente al álbum “El Despertar De Los Sueños”. A continuación siguen con otros dos cortes de “Alma De Libertad”, como son “Muerte Carmesí” y “Como Un León”, tema este último compuesto por Javi Díaz y al que su compañero Dini presenta como un “ilustre del rock”. Al término de esta canción los componentes de la banda brindan por el metal con un chupito de whisky, que les traen desde la organización, junto con numerosos botellines de agua.
Rescatarían “Junto A Tí”, tema perteneciente a su tercer disco “Caminante Del Tiempo” de 2011 y que en su presentación califican como “happy metal”. Seguirían con “Sangre De Metal”, canción con mucha fuerza dedicada a los metaleros. En la recta final del show, Dini muestra su agradecimiento a Mandrágora Negra y al personal de la Sala Buddha, para seguidamente deleitarnos con la versión de “Rebel Yell” de Billy Idol y con su guitarrista, Álvaro Cocina, tocando mezclado entre el desatado público.
Terminan en torno a las 22:55 horas con “Ella”, canción de marcadas influencias del metal ochentero, que fue uno de los singles del último álbum, con un llamativo videoclip y uno de los temas más coreados en la sala. Personalmente el show se me hizo corto. Por motivos de horarios de la Buddha no pudieron tocar el setlist al completo y aunque no era la primera vez que veía a Edén en vivo, me gustó mucho cómo sonaron y lo bien que se ha integrado Dini en la banda, con una voz de registros muy apropiados para el estilo musical heavy y power metal. Nos dejaron a todos con muy buenas vibraciones y ganas de volver a verlos en el escenario.
Por último, sólo me queda agradecer a Heavy Metal Brigade su apoyo para la elaboración de esta crónica, a las bandas por su buena energía y cercanía, a la Sala Buddha en la que encontramos viejos conocidos, a los amigos y compañeros que recorren las salas y a todos los que apoyáis a la música. Nos vemos próximamente… hasta entonces, que el rock & roll no deje de sonar!!!
Decimoquinto trabajo, si mis cuentas son correctas, para las huestes germanas Primal Fear. El primero tras las salidas de los guitarras Tom Naumann y Alex Beyrodt junto a la del batería Michael Ehré, y la consiguiente llegada de Thalìa Bellazecca a las seis cuerdas y André Hilgers a las baquetas. Junto a las caras nuevas, siguen los de siempre: Mat Sinner (bajo y voz), Ralf Scheepers (voz) y Magnus Karlsson (guitarra), ejerciendo también como coproductores del disco. Con el ex Pink Cream 69Dennis Ward a cargo de las grabaciones y Jacob Hansen en mezcla y master, Reigning Phoenix Music, 2M Producciones, Chaos Reigns y Soyuz Music pusieron los distintos formatos de “Domination” en circulación el pasado cinco de septiembre.
Terrible decisión, por cierto, no sólo la de emplear inteligencia artificial para el artwork del disco, sino también la de rastrear de manera intensiva sus redes sociales en busca de todo comentario que aluda al respecto. Detalle feo por partida doble en una banda de semejante trayectoria, pero vayamos a lo que de verdad nos interesa.
“The Hunter” es un arranque sin muchos miramientos. Directo pero bien estructurado, con el clásico alarido marca registrada de Ralf Scheepers. Un estribillo correcto, que me recuerda a unos Helloween de la era Deris y una mezcla equilibrada y con pegada. El solo, dividido en tres partes, podría recordar a aquellos duelos Downing vs Tipton que convirtieron a Judas Priest en mi banda de heavy metal favorita sobre la faz de la tierra. Un primer corte, en definitiva, amarrado con total orgullo al libro de estilo del género.
Y ahora que menciono a Judas Priest, el prólogo de “Destroyer” bien podría haber formado parte de álbumes recientes del sacerdote. Llegadas las estrofas, estos son unos Primal Fear algo más marciales. Más rocosos, en cierto modo. Que aunque dejen un estribillo que no me acabe de funcionar del todo, aciertan a ofrecer una contundencia que, pienso, le sienta de lujo a su vetusto heavy metal. El solo, que vuelve a optar por ese formato duelista, bien merecía algo más de desarrollo. A término un corte que me resulta algo desigual, de esos que me enganchan solo a ratos.
“Far Away” opta por entregar una mayor épica ya desde el prólogo. Primal Fear contraponen la pesadez del corte previo con un power metal a la Gamma Ray que hará saltar los empastes al mismísimo Kai Hansen. La pronta, prontísima llegada del estribillo evidencia lo mucho que un corte como este ha sido pensado y meditado con el directo como fin último. Luce sobremanera Ralf aquí, pero también un André Hilgers inspiradísimo y esforzado tras el kit de batería. La sección solista, de arranque tranquilo y desarrollo (casi) desbocado puede ser fácilmente una de las más atractivas de todo el álbum. Auto consciente pero muy disfrutona.
“I Am The Primal Fear”, donde no descarto que Wolf Hoffmann (Accept) pida derechos de autor por el riff de las estrofas, retorna a los Primal Fear más rocosos y pesados. Y aunque puede ser en cortes como este donde más brille la estupenda producción de la que goza este “Domination”, lo cierto es que es el adelanto que más desapercibido me pasó de los cuatro. Sea como fuere, Scheepers defiende, como gato panza arriba, esta línea de voz y el solo no desmerece a otros presentes en este largo tracklist. Pero ya digo que ni me apasiona ni me engancha.
“Tears Of Fire” es un medio tiempo elegante, muy de la escuela de Magnus Karlsson, bien construido, que a ratos deja una cierta sensación de déjà vu, de que ya has escuchado un corte así no solo en álbumes previos de Primal Fear sino en varios de los muchos proyectos en que anda enrolado el de Höör. Sea como fuere, aprecio la buena construcción de las estrofas o la pasión con que Scheepers dispone los distintos versos. El estribillo, correcto y aseado, puede no ser tampoco el más lúcido de los muchos aquí presentes. Y no pasa nada porque, ahora sí, la sección solista me parece que captura con precisión el espíritu de la canción que lo alberga. No me habría importado una duración algo mayor para ese solo, después de todo es un corte que alcanza los cinco minutos, pero en definitiva puedo entender los motivos por los que acabó siendo otro de los adelantos de este “Domination”.
Honestamente, siento que si estos Primal Fear, ya veteranos, produjeran más cortes a lo “Heroes And Gods”, dado además el actual ecosistema del metal mundial, tan dado a encumbrar discos tanto y tan sobre producidos, podrían acceder a ese olimpo del que parecen vetados casi desde su propia concepción. Es un corte hábil a la hora de implementar una mayor épica, atractivo por esa pizca más de músculo y picante con que Scheepers afronta sus estrofas y finalmente memorable por lo ganchero del estribillo. Riesgo, algo más de mordiente, aunque sea con trucos de producción, que falta le hace a más de uno (y de tres) cortes a lo largo de todo “Domination”. Incluso el solo, de nuevo estructurado en dos partes, me funciona. Diferente y no por ello peor, más bien todo lo contrario.
“Hallucinations” es una pequeña instrumental que viene a partir el disco en dos. Y que sirve de tranquilo acomodo a la canción de mayor recorrido del trabajo, una “Eden” tan melancólica como grandilocuente, y que me agrada siempre y cuando logre abstraerme de lo recurrente (no quisiera decir ñoño) de su apartado lírico. Puede que algo sobre producida a ratos, pero con un gran Scheepers, un solo de lo más elegante, la Ad InfinitumMelissa Bonny dejando buenos detalles vocales en el epílogo y que, después de todo y junto a la pequeña intro que la precede, supone un gran soplo de viento fresco dentro de “Domination”.
“Scream” recupera entonces a los Primal Fear más orgánicos. Y quisiera decir que para bien, pero el corte se va diluyendo hasta convertirse en, quizá, el más indolente de todo el tracklist. Esa cualidad tan orgánica, que la producción rompe en estribillos, deriva en un trazo donde la banda deja en todo momento la sensación de ir con el piloto automático puesto. Puedo apreciar las buenas voces que está dejando Scheepers camino a estribillos y ese solo, cuanto menos, correcto, pero a la larga y de los trece, fácilmente con el que menos he conectado de todos.
“The Dead Don’t Die”, desconozco si por la desigual comedia de Jim Jarmusch, recupera el influjo Accept que ya portaba “I Am The Primal Fear” para otro corte de heavy metal orgulloso y proverbial, que me funciona en estrofas y no tanto en estribillos. En las primeras hay riffs de los que arraigan a la primera. Pero en los segundos siento los versos algo atropellados. La sección solista, producción mediante, parece aludir de nuevo a la banda de Hoffmann. Supone uno que, tras tanto tiempo, las influencias de Sinner y compañía, no dejan de ser las que son.
“Crossfire”, donde la mezcla otorga ahora un mayor protagonismo al bombo de Hilgers, supone un heavy metal sencillo, pulcro, que sin cargar las tintas en cuanto a garra y fuerza, deja buenos detalles por parte de Scheepers y una sección solista sorprendentemente lúcida. Con eso y con todo, otro de los cortes más flojos, por conformista, de todo “Domination”.
“March Boy March” de nuevo busca una cierta épica mediante el prólogo. Luego esos coros desaparecen en pos de unos primeros riffs tranquilos que, a su vez, darán paso a los Primal Fear más feroces e incendiarios. Interesante por cómo rompen, para bien, el tono del álbum, ampliando el discurso del mismo. Es cierto que el estribillo es algo tontorrón, esa frase repetida una y otra vez de modo algo lacónico. Pero luego el trazo es ágil, la producción aporta detalles interesantes sin opacar nunca la faceta puramente metálica del quinteto y todo desemboca en otra interesante sección solista. Atrevida, aunque creo que más relevante por cómo amplifica el rango de acción del disco que por sí misma.
El cierre es para la balada “A Tune I Won’t Forget”, que arranca desde la timidez de sus primeros compases hasta la grandilocuencia del Ralf Scheepers más agudo y distinguido. Trazada en crescendo de un modo que no debería sorprender a nadie, y cerrada no diré que en falso pero sí de un modo, tal vez, demasiado abrupto. Lo mejor, esa sensación tan elegíaca que despliega, si bien dudo profundamente que este vaya a suponer el último álbum de la banda de Mat Sinner y aquél que una vez se soñó vocalista de Judas Priest.
No. Nunca han sido una banda que llegara a engancharme del todo. Y ya en pleno 2025, “Domination” entrega una vez más todo un ramillete de cortes que, sin llegar en ningún caso al desagrado (“Crossfire” al margen), tampoco puedo decir que me entusiasmen. Con la entrada de Bellazecca en guitarras albergué quizá ciertas esperanzas que después las escuchas del disco no alcanzaron a materializar. No obstante intuyo que será otro álbum a atesorar por sus fans más irredentos. Los más casuales seguiremos echando en falta algo más de mojo.
Las huestes sinfónicas guipuzcoanas Itinerum están de vuelta. Tras debutar en 2022 con “Dream And Fly” y tras la edición de varios singles a modo de anticipos, “Resurgence” devuelve la actualidad al combo formado por Jorge Banobre al bajo, Anne en voces, Fede en guitarras y Ruben Conejo en baterías. A ellos hay que sumar las colaboraciones de Leire Tejada y Unai (ex 13 Left to Die, ex Minerva) en voces. Los nueve temas que hoy nos presentan vinieron al mundo en los Chromaticity Studios de las hábiles manos del VhäldemarPedro J. Monge (Incursed, Valkyria, Rise to Fall…) y fueron posteriormente adornados por las fotos de José Luis García y el arte de MG Media Productions. Autoeditado en formato digital y en CD bajo el paraguas de Demons Records allá por el mes de junio.
La mano maestra de Monge se asegura de que todo esté donde debe. “The Nobodies” le procura un elegante inicio al disco. De entre las profundidades surge la voz de Anne y todo transcurre dentro de las leyes del metal sinfónico contemporáneo. Itinerum, no obstante, muestran aquí una cierta alternancia en cuanto a ritmos. Viene esta a enriquecer una escritura hábil aún en su clasicismo. Buenos riffs engarzando estrofas y una mezcla bien medida otorgando equilibrio a esa segunda estrofa. Puedo echar en falta un estribillo con algo más de gancho, lo que no quita para que Anne parezca manejarse con soltura en esos tonos más exigentes. Entre el puente y el epílogo surge un buen contrapunto en modo de voces graves y la banda amplía ahí su conocido espectro sonoro. Un buen arranque rematado con una pizca más de músculo y contundencia.
“My Serenity” sí que parece disponer de ese gancho que eché en falta en “The Nobodies”. Corte de esos que requerirá de ciertas ayudas en vivo, pero que se mantiene gracias al buen ojo del cuarteto a la hora de jugar con los distintos ritmos e intensidades. De ahí, tal vez, que fuera una de las elegidas para presentar al disco en sociedad. Anne está realmente hábil en estribillos. Varios nombres acuden a mi subconsciente en cortes como este. Desde mis paisanos de Last Days Of Eden a nombres internacionales como Epica, Edenbridge o, en ciertos momentos, Within Temptation. Posee riffs más útiles que vistosos y a buen seguro echo en falta algún despliegue solista un tanto más ambicioso. Con eso y con todo, acertada elección como single, pienso yo.
“Mother Of Chaos”, a la larga composición más extensa de las nueve, ofrece a unos Itinerum más épicos y rotundos. No es que Anne se vaya ahora a tonos más graves, pero sí que las guitarras de Fede destilan ahora una mayor oscuridad. Siempre, como digo, dentro de las fronteras del género y sabiendo salir airosos cuando llega la hora de trazar otro buen estribillo. La banda aprovecha esa mayor duración para ofrecer más detalles en lo melódico, estrofas bien trabajadas y un sensible esmero en cuanto al tratamiento de los respectivos arreglos. Algo que se dejará notar en gran medida durante sus estrofas. De nuevo hay un pequeño contrapunto vocal antecediendo al epílogo. Algo escueto, pero que en cualquier caso desemboca en un buen juego entre el registro limpio de Anne y la guitarra de Fede. Una de mis favoritas del largo.
Con Leire Tejada a bordo, que ya colaborara en el debut de 2022, “Till Dawn Do Us Apart” nos devuelve a esos Itinerum más agrios y rotundos, lo que redunda en una Anne cantando en tonos realmente altos. Siempre segura y sin sobresaltos, todo sea dicho. Por contra, es uno de esos cortes que siento bien merecían algo más de espacio. Ellos engranan su cara más alternativa con la más épica y rotunda y el resultado son algo más de tres minutos de metal sinfónico potente y bien ejecutado, pero que, como digo, quizá merecía un desarrollo algo más ambicioso.
En “Inner War” sorprenden esos aires medio orientales que portan las primeras voces de Anne. Bajo ellas hay alguno de los riffs más llamativos de todo “Resurgence”. Fede parece haber echado el resto aquí en ese aspecto. Aupados por la firme base rítmica, Itinerum pisan el acelerador aquí. Y aún sin que la aguja llegue a zona roja, sí que se deja sentir ese mayor mordiente. Lo que me agrada es cómo todo va de los tonos más alternativos de las estrofas a los más clásicos en estribillos. Todo bajo la atenta mirada de un Pedro J. Monge que no parece haber dejado ningún detalle al azar. Notable.
No diré que “Under Rain” resulta algo más pop, pero sí que parece buscar el adherirse a esa nueva corriente de metal facilón que bien puede ir desde (ciertos momentos de) Nightwish hasta los infecciosos Battle Beast. Anne, claro, parece de lo más cómoda aquí. Plantea buenas estrofas y mejores estribillos. Estos últimos pasan por ser, fácilmente, los más pegadizos (y en cierto modo memorables) de todo “Resurgence”. Buena labor solista de Fede en su tramo final y un corte con visos darles buenos réditos en directo.
Me gusta cómo juegan con el piano y esas guitarras más rotundas en “Symphony Of Rage”. También la (cierta) desnudez que acompaña ciertos versos de la primera estrofa. El crescendo que trazan luego no podría ser más clásico ni tampoco estar mejor resuelto. El bajo de Banobre adquiere un mayor peso en esa desnudez de las estrofas. Y si bien echo en falta una batería con algo más de presencia, poca queja más cabe al respecto de la producción y mezcla de este séptimo corte. Y es que Fede deja un correcto solo como anticipo al epílogo y, al final, todo parece estar donde debería.
“Askja” entronca con aquél aire más medio oriental de “Inner War”, mostrando de paso a la Anne más ambiciosa y atrevida de todo el álbum. La facilidad con que se maneja entre los diferentes tonos, las buenas estrofas que ha trazado y cómo su línea de voz aquí parece diferir en cierto modo de otras tantas presentes dentro de este segundo álbum. Como contrapunto surgen voces graves, así como un groove más acentuado. Así todo, la banda no descarrila del sendero. Esto sigue siendo metal sinfónico con todas las de la ley. Pero con eso y con todo, uno agradece la mayor liberad que el cuarteto parece haberse tomado aquí. Sienta bien a estas alturas del álbum, proporcionando cierta frescura incluso.
Unai vendrá a sumar esfuerzos a una “Inequality” que presenta orgullosa al riff más marcial de todo “Resurgence”. Un corte alterno en voces pero de trazo clásico y casi diría habitual, con Anne moviéndose (muy segura) en esos tonos más altos de estribillos y Fede mostrando buena mano a la hora de ejecutar el solo. Itinerum cierran así su segundo trabajo con las que pueden ser las dos composiciones más diferentes (aquella en lo gramático, ésta en lo tonal) de entre esta nueva colección de temas. ¿Simple casualidad o un aviso de por donde pueden ir los tiros en un futuro? Habrá que esperar a un hipotético tercer trabajo para salir de dudas.
Mientras tanto, “Resurgence” es algo más de media hora de buen metal sinfónico en la onda de las bandas mencionadas durante el texto. De producción lustrosa y con ciertos destellos de una mayor extrañeza durante el tramo final. Anne ha realizado un gran trabajo con sus líneas de voz y si bien echo en falta despliegues solistas un tanto más ambiciosos, no es ésta una queja que concierna a Itinerum en particular sino más bien al género casi en su totalidad. En “Mother Of Chaos” creo que rayan a buen nivel y, como digo, tanto “Inner War” como “Inequality” se atreven, aunque sea de forma tímida, a jugar con las expectativas (y no fallan). Desgraciadamente se canceló su paso por Avilés para una nueva edición del Rock In Ria y no quedará otra que buscar otra ocasión para pasar revista a estas nuevas composiciones.
“Marcados” constituye el primer largo para el cuarteto de origen asturiano Caballo Moldavo, la banda que forman Reverendo G. Throat (voz), Lionel Hooves (guitarra), Jhonny Liver (batería) y HermanoLynott (bajo). Diez cortes, alguno ya presente en aquél Ep de 2021, que han venido a la vida bajo la producción del Sound of SilenceNefta Vázquez (Absalem, Beast Inside, Bestia Negra, Blast Open…) en los Breakdown Studios y que se presentarán el próximo viernes 14 en el ovetense Gong Galaxy Club junto a Sküld.
“Alimentándose En Secreto”, que ya ha sonado en algún que otro directo de los asturianos, confiere una cierta alucinación sobre su habitual propuesta arrastrada y cenagosa. Ritmos vivos, casi marciales, y la característica voz del Reverendo. El sonido, en comparación con otras producciones extraídas de los Breakdown Studios, resulta deliberadamente sucio. Cruje el bajo de Lynott camino de estribillos. Un trallazo directo, sin grandes alardes ni ataduras, con riffs pegadizos y un buen solo de Hooves camino del epílogo. Un arranque que, doy fe, les funciona y de qué forma en vivo.
“Al Otro Lado Del Viento”, si bien porta parte de ese brío del tema inicial, por la conjunción entre sus riffs y la propia voz de G. Throat resulta menos agresiva, algo más liviana. Caballo Moldavo amplificando sus registros. Fácilmente una de mis letras favoritas de todo el álbum, llama poderosamente la atención en lo que a estribillos se refiere. Hay detalles en esta línea vocal que me llevan a pensar en un tal Danzig. Un puente que abraza contornos más alucinados y un epílogo marca de la casa moldava. Hooves remata la función con otro buen solo primero, armonizando con la propia voz del Reverendo después. Una de las entregas más lúcidas de entre las diez.
“El Cuervo”, a estas alturas ya todo un clásico de los asturianos, viene para aportar la cara más oscura de estos Caballo Moldavo. Basada, claro, en el poema del mismo nombre de Edgar Allan Poe, trae en estrofas un riffs llamativo por lo seco y directo que resulta. Contrapunto a esos estribillos más turbios y oscuros, con algunas voces realmente graves. Éstas darán paso a un metal pesado, no agónico pero sí arrastrado y rocoso, con esos riffs tan crudos y voluminosos de Hooves. La producción y mezcla me agrada. Resulta tan orgánica como lo son las propias descargas de la banda y, por ahí, no podría encajar mejor con la propia idiosincrasia del cuarteto.
Presente ya en aquél Ep de 2021, “El blues Del Innombrable”, construida sobre otro riff con no poco gancho, adopta un rock poderoso y con pegada. Siempre dentro del particular universo sonoro de los asturianos, y donde Reverendo pone en solfa otra línea de voz no poco característica. Su timbre podrá gustar más o menos, pero desde luego que personalidad no le falta. Me agrada el solo de Hooves, también el (leve) crescendo sobre el que se apoya. El nombre de Danzig vuelve a sobrevolar aquí, sí, pero de todos modos, una de las que más se repiten en mi cabeza tras sus directos.
“Mi muerte Centinela”, tras su prólogo desnudo y poético, trae al frente a los Caballo Moldavo más ruidosos. Construye por ahí un corte de grandes contrastes. El más evidente, claro, la forma en que el riff de Hooves se contrapone al ahora calmo Reverendo. Muy llamativas estas primeras estrofas y la forma en que se van ennegreciendo camino de estribillos. Hay momentos de pesadez, bien apuntalados por la base rítmica de Liver y Lynott, y una construcción que entrega su debida cuota de protagonismo a cada elemento presente en la mezcla. Hooves y Reverendo de nuevo armonizando en el epílogo, firman un estupendo cierre. Otra de mis favoritas.
“Réprobos”, que daba nombre al mencionado Ep de 2021, es a estas alturas una de sus entregas más idiosincráticas. A este punto, clásico inevitable de sus directos, sigue siendo aquí ese corte malencarado, sucio y vibrante que ya era entonces. Se reviste ahora, eso sí, de la colaboración del propio Nefta Vázquez, acentuando con su reconocido registro rasgado, el corte más cabrón de todo “Marcados”. Siempre “de frente” y sin excusas ni complejos. Puro metal sucio, hosco y vibrante en la más pura tradición del cuarteto. Corte fundamental para ellos.
La pequeña “Ecos Del Pantano”, con Kalari poniendo sus hábiles manos al teclado, supone una pequeña introducción previa al tema título, una “Marcados” que viene a recuperar a esos Caballo Moldavo más pesados y cenagosos. Me gusta la línea de batería sobre la que se construye este octavo corte. También el riff que Hooves dispone aquí o esa construcción algo más abierta. Y es que encuentro riffs que me enganchan desde su pesadez. También solos siempre contenidos y en favor de la propia composición, sin afán masturbatorio de ningún tipo. Potente, poderosa y muy moldava.
“Misa Negra”, otra de las que ya aparecía en aquél “Réprobos” de hace cuatro años, sigue siendo ese metal sucio y crudo que ya era entonces. Corte más extenso del álbum, sigue conservando ese aire malsano y fangoso, tan característico en ellos. Me agradan los riffs sobre los que se sitúan sus estribillos, también la mayor gravedad que adquiere Reverendo camino de estribillos. También lo alucinado del puente que antecede al epílogo o lo malencarado, casi diría malsano, de su negruzco epílogo. Fácilmente otra de mis favoritas.
“Bienvenidos Al Valle Del Cielo” es stoner sucio y desgastado. Sublimado por unas voces especialmente áridas ahora, al tiempo que Hooves acompaña con otro riff de no poco gancho. Del mismo modo, me llama la atención la línea de batería que Liver trama aquí. Apuntala esa base rítmica un cierre de ritmos vivos, que no obstante no hace por abandonar esas guitarras siempre graves y rotundas. Es cierto que la sección solista está algo constreñida aquí, pero una buena colección de riffs para un cierre eficaz y disfrutón.
La cosa tiene truco pues varias de estas nuevas composiciones, en realidad, no son tan nuevas, y llevan tiempo sonando en sus directos. Por ahí uno pierde parte del elemento sorpresa que depara todo nuevo álbum. Pero quienes acudan vírgenes a este primer largo del cuarteto, se congratularán del grosor de los riffs y la pesadez de sus ritmos. Siempre a medio camino entre el sludge, el stoner y cualquier otra cosa que se les pase por la cabeza, sus señas de identidad siguen aquí más presentes que nunca. Una maraña de riffs cabrones, ritmos entre lo pesado y lo vibrante y la característica voz del Reverendo apuntalando su universo particular. Solo queda esperar que la ya inmediata presentación en vivo de este “Marcados” se dé igual de bien.
En la más pura tradición del evento, el Lion Rock Fest se reserva un nombre potente para abrir la tarde. Chez Kane, desde las mismas tripas de Gales, ofrece su mejor versión para un gran inicio de jornada. El escenario Mahou recibe a la única presencia femenina del cartel con los brazos abiertos. Antes, y como viene siendo habitual, Jason Cenador había ejercido de maestro de ceremonias. Y “Too Late For Love” marcó así el inicio del que, pienso, fue un buen set para la banda.
Kane mostró un buen estado de voz. Y acertó a la hora de añadir una pizca más de vacile en “All Of It”, yendo de lado a lado del escenario, interactuando con sus compañeros de tablas y buscando la inevitable conexión con la gente. El Palacio de Exposiciones y Congresos de la capital leonesa presentaba ya un buen aspecto desde primera hora, dándole así la razón a la organización. Tras la acusada melancolía de “I Just Want You” llegarían los debidos agradecimientos para que después, “Nationwide” mediante, irrumpiera la cara más vibrante. Por ahí fueron agradando con un set ágil y bien construido, lleno de buenas interpretaciones y mucha conexión con la audiencia.
Era el primer show del nuevo teclista Oscar Charlton con ellos. Y es precisamente él quien ofrece buenos coros en “Ball n’ Chain”, que dejó un cierto aroma a Bon Jovi en el ambiente. En “Better Than Us” es la propia Kane quien brilla con la que pudo ser, fácilmente, su interpretación más torrencial. Hubo tiempo para un estreno, “Reckless”, en la que la galesa se vino a calzar la (desgastada) guitarra. El público fue entrando en calor, dando palmas en una muy disfrutona “Get It On”. El final correspondió a “Powerzone”, con la banda en su encarnación más heavy. Se me hizo corto, los festivales y sus reglas, pero me parecieron un gran primer plato.
Con un seguimiento a rajatabla de los horarios, le llegaba el turno a Care Of Night. En lo que a mí respecta, la gran incógnita del día. Los suecos acudían a León prestos a encajar en una cita que les venía como anillo al dedo. Y es que su sonido se vino a desarrollar conforme a las sólidas pautas que marca el libro del género. “Love Is War” me agrada. Es un opener eficaz, colmado de riffs agradables y la conocida sabiduría nórdica en lo que a melodías se refiere.
No encuentra uno grandes sorpresas en su desempeño, lo que no quita para que Calle Schönberg, voz de la banda, se desviviera en todo momento por animar a propios y extraños. Era su primera vez en España y, desde luego, se notaron esas ganas por agradar. Incluso su bajista Niklas Svensson dejó algunos pinitos en nuestro idioma. En “Street Runner” quien brilla es su compañero Viktor Öström con uno de los solos más llamativos del set. Y, entre todos, aciertan a añadir algo más de picante a la mezcla en “Hit”.
Sea como fuere, en la segunda parte del set no logré deshacerme de la sensación de que se hacían algo planos y lineales. El repertorio, o por ser más precisos, sus canciones, tal vez carecen de ese algo que los distinga de tantas otras propuestas del género. Con eso y con todo, de justos es reconocer que la gente se enganchó en el tramo final del set, ahí donde “Cassandra” emergió como una de sus grandes bazas. Correctos, sin más.
Alrededor de las 20:30 llegaba el turno de uno de los grandes nombres de la jornada. Treinta y cinco años han tardado Steelheart en pisar este país, pero no estoy del todo seguro, ahora mismo, de si la espera mereció la pena. Y fíjate que Michael Matijevic, sesenta años en el carnet de identidad, mostró un buen estado de forma en León…
… pero arranca “Blood Pollution”, de la banda sonora del film “Rockstar”, y la guitarra de Joe Pessia se niega a sonar. Y entre parar y solucionar el percance, o seguir contra viento y marea, la banda elige la segunda opción y, por ahí, el arranque no podría resultar más desangelado. Sin alcanzar tampoco un nivel óptimo, cierto es que la cosa mejora para cuando suena “Livin’ The Life”, también de Steel Dragon, aquella banda ficticia creada para el mencionado largometraje de Stephen Herek. Para “Stand Up”, tercer corte y aún no había sonado nada de Steelheart propiamente dicho, vemos ya a un gran Matijevic, explotando sus conocidos falsetes antes del emblemático cambio de ritmo. Sensacional Pessia en el solo.
Tuvo que ser con “My Dirty Girl” que, por fin, oyéramos algo de producción propia. Aunque, quien más quien menos, hubiera aceptado de mejor grado alguna composición más clásica. Sea como fuere, muy buenos coros de Joe Pessia y el bajista James Ward aquí. No fue hasta la quinta entrega que llegara material de sus primeros álbumes. Una “Gimme Gimme” que, tuve la impresión, ganaba en grosor y pesadez con respecto al original de 1990. Una pesadez que se magnifica en “Cabernet”, donde incluso caben pequeños solos de Ward y Pessia. Estaba algo frío el Lion Rock Fest y tuvo que ser curiosamente una balada quien lo re conectara al set de los americanos. “She’s Gone”, con un gran Matijevic, puso a coro.
El vocalista de origen zagrebí se calzó entonces la acústica para “Everybody Loves Eileen”, otra de las más celebradas del set. Me atrevería a decir que de todo el festival. Muy adherida al espíritu de un evento como este y en donde consiguen la mayor interacción banda – público de todo el set. Tanto es así que tras “I’ll Never Let You Go” no son pocos los vítores que reciben. Y si bien el final con “We All Die Young”, Matijevic con sombrero ahora, nos dejó satisfechos, la sensación en términos globales fue de una cierta frialdad.
Teníamos frescos aún a los chicos de Be For You, aquél show como teloneros de Europe en Oviedo, pero aún así, en la disyuntiva entre aprovechar para otros menesteres o dar cumplida cuenta de sus evoluciones, esta casa eligió la opción correcta. Porque al final, como reza el corte con el que abren el set, “Nothing Lasts Forever”. Y es que no hay como un gran estribillo para romper el hielo. Repetían los locales, ya formaron parte de aquella primera edición de 2023 (crónica) y volvían para hacerse fuertes ante los suyos.
El siempre elegante Ángel A. Díez optó esta vez por una camiseta de los siempre recomendables metaleros estadounidenses Nevermore, y mostró un buen estado de forma en cortes como “The Lesson” o “Those Sundays Are Gone”. Un riff con un gancho de mil demonios en la primera, un medio tiempo, idiosincrático de un certamen como este la segunda, fueron construyendo un buen set para ellos. Mucho juego con el que es, ante todo, su público, que se magnifica cuando Díez introduce “Heart Turns To Stone”, original de unos tales Foreigner. En “Light” tengo la impresión de estar viendo una muy buena versión de los leoneses, con David Aira y Alfredo Arold sacando no poco brillo a sus respectivas seis cuerdas. Hay que ver cómo sonaba aquella preciosa Ibanez blanca.
La banda iba a encadenar entonces tres cortes que habrán de integrar su próximo álbum de estudio. Tres cortes llenos de buenas melodías, construidos sobre buenos riffs y donde los chicos no parecen haber traicionado sus esencias. Una vez más “The Things I Never Told You” les funcionó como cierre y, en líneas generales, me atrevería a decir que cumplieron con su papel. Atentos desde ya a ese futuro álbum de estudio.
Si se me permite el apunte personal, más de veinte años llevaba sin cruzarme con Pretty Maids (Metalmania Session), que ya está bien. Cabeza de cartel del festival y una banda que vino a ratificar su condición de figura legendaria del hard heavy europeo. Los daneses, más de cuarenta años en la carretera, llegaron a León en perfecto estado de revista.
Y supieron hacer frente a los diversos problemas que les fueron surgiendo. Pero el gigante Ronnie Atkins, plenamente recuperado ya de sus problemas de salud, no parecía dispuesto a doblar la rodilla tan fácilmente. De hecho se le ve bastante bien ya desde la inicial “Mother Of All Lies”. Junto al frontman de Vejle, Ken Hammer, guitarra de toda la vida de la banda, está derrochando tanta clase como acostumbra. La gente se subió pronto al carro. Ya para el segundo corte, “Kingmaker”, parece haber una gran conexión entre público y banda. Y ellos, desde luego, se saben todos los trucos. O cómo salir airosos de diversos percances, como el de Chris Laney con la tarima del teclado.
Que da igual, porque “Hell On High Heels”, donde desborda su cara más melódica, ejerce de perfecto ancla con la particular idiosincrasia de un festival como este. Emanaba no poco feeling de la guitarra de Hammer, Uno de esos especímenes de guitarrista que parecen todo un seguro de vida. A ese hard más almibarado enfrentarían la clásica “Back To Back”, con Laney abandonando el teclado para aportar más mordiente desde la guitarra. Buen doble papel el que ejerce el de Helsingborg, verdadero pegamento del característico sonido de los daneses. Atkins, pese a la edad y los achaques, mostró una gran cara aquí. Al punto de que la banda enlaza un tema detrás de otro, nada menos que “Red, Hot And Heavy”, y León vibra como no lo ha hecho en todo el día.
Siete años llevaban sin tocar en España, como se encargó de recordarnos el propio Atkins. Demasiado tiempo para una banda como esta y, desde luego, todo un acierto de la organización el haberse decidido por ellos. Tras el doble recuerdo a su “Pandemonium” de 2010, encararon la segunda parte del set mientras el escenario Mahou ofrecía la mejor calidad de sonido de todo el día. En esas estaba cuando, de pronto, en “Serpentine” costaba oír al propio Atkins durante las estrofas. Percance que, por suerte, no iría a mayores. Durante “Please Don’t Leave Me”, el recuerdo de Pretty Maids al tristemente fallecido John Sykes, los técnicos se afanan en cambiar uno de los toms de la batería de Allan Tschicaja. Todo sin que su interpretación se resintiera. Tablas les sobran.
Encaraban así una recta final de órdago: “Rodeo”, con la gente siguiendo el juego que propuso Atkins, frontman carismático como pocos, y que a término provocó una ovación poco menos que ensordecedora, la más tierna “Little Drops Of Heaven” y, claro, “Future World”, con Tschicaja golpeando con saña su (restituido) kit de batería y Hammer afanado en repartir un buen puñado de púas desde el escenario. Cierre con “Love Games”, y una banda que mostró un gran estado de forma. Más de cuarenta años desde aquella primera demo de 1982. Y los que les quedan.
Vuelta al escenario León para contemplar la que, a la larga, sería una de las grandes revelaciones de esta edición: los fineses Shiraz Lane. Pasada ya la medianoche, los de Vantaa parecen tenerlo todo para constituirse como uno de los grandes nombres de hard melódico presente y futuro: imagen, actitud, carisma y un buen puñado de grandes melodías. Hannes Kett, vocalista de tonos agudísimos, sale a comerse con patatas el Lion Rock Fest en “Plastic Heart”. No fue poca la gente que se quedó a verles, algo que habla muy bien de la proyección que tienen estos chicos.
En “Stone Cold Lover”, pegadiza como pocas, me sobrevuela el nombre de otros que vinieron y triunfaron aquí, los suecos H.E.A.T, que ya saben lo que es poner este festival patas arriba (crónica). Y “Broken Into Pieces” demuestra al quinteto que, desde luego, la gente había hecho bien los deberes. Ellos, en un gesto que me resultó quizá un tanto sobreactuado, se vuelven hacia la batería de Ana Willman. Lo cierto es que resultó una banda de lo más disfrutona. Sin inventar nada, componen cortes de fácil digestión, con un Hannes Kett disfrutando mientras se metía al público en el bolsillo. Precisamente atendiendo a la reacción de la audiencia, uno intuye que “Come Alive” ha venido para quedarse durante largo tiempo en sus setlists. Tremendo solo final, por cierto.
Durante “Tidal Wave”, construida sobre un riff con un gancho de mil demonios, pensaba si no fueron ellos quienes mejor sonido tuvieron en el escenario “pequeño” a lo largo del sábado. Durante la más tendida “Live A Little More” y gracias a sus tonos medios, no podía evitar pensar en lo mucho que la voz de Kett me recuerda a la de Claudio Sánchez, vocalista de un animal tan diferente a Shiraz Lane como es Coheed And Cambria. Sería el propio vocalista, introduciendo “Do You” quien preguntara si queríamos bailar. Y vaya si lo hicimos. Uno adolece del hipnótico movimiento de caderas que mostró el bajista Joel Alex, pero se hizo lo que se pudo.
Kett, móvil en mano, grabó a la audiencia. Hubo vítores para ellos. Y es que al final, “This Is What Is All About”. Y tanto que sí. Ese hit auténtico e impepinable que es “Dangerous” recompensó a quienes se quedaron. Y los que ocuparon las primeras filas, incluso pudieron tener bien cerca a Kett cuando éste descendió a la valla en la final “To The Moon & Back”. Gran show. Muy por el libro del estilo, sin traicionar una sola de sus reglas, pero con la sensación de que, como había anunciado el bueno de Jason Cenador en la introducción, se van a comer el mundo. Si pueden, no se los pierdan.
Para el final quedaban los chicos de Remedy. Con el cansancio ya haciendo algo de mella pero con la curiosidad intacta. Con un par de buenos álbumes en el zurrón, “Something That Your Eyes Won’t See” de 2022, “Pleasure Beats The Pain” de 2024, llegaban a León para procurar el mejor de los cierres. Y en lo que el vocalista Robert Van Der Zwan tarda en colgarse la guitarra, el nombre de Eclipse acude de manera inmediata a mi subconsciente. No creo que nadie pueda discutir que “Living On The Edge” es un gran opener. La banda se muestra muy activa sobre las tablas. Ahí llama la atención el pie de micro del frontman. También su querencia por irse de rodillas al suelo durante no pocos momentos del show.
De pronto, en “Sin For Me”, la banda está sonando especialmente grave. Un grosor de guitarras solo comparable a ciertos momentos de Steelheart varias horas antes. Todo se atempera cuando le llega el turno a “Sundays At Nine”, con el espíritu de David Coverdale sobrevolando por el recinto. Palabras mayores, lo sé, pero Remedy desplegaron no poca clase aquí. “I Wanna Have It All” devolvió su cara más aguerrida, confirmando lo mucho que sus canciones ganan en su traslación al directo. Algo que habla bien a las claras de lo bien empastados que llegaron a tierras leonesas. “Scream In Silence” incluso porta un aire algo más oscuro, inédito a lo largo de la jornada. El suyo es un set construido a base de contrastes, como demuestra luego “Angelina”, donde reluce su lado más radio friendly. O no, a tenor de lo que suena en radiofórmulas a día de hoy. Buen solo de Roland “Rolli” Forsman aquí, quien termina llevándose la guitarra tras la cabeza.
En “Thunder In The Dark”, pura elegancia nórdica en lo sonoro, hay bailes muy a lo Judas Priest sobre las tablas. “Crying Heart” es, sin forzar, uno de los mejores estribillos del día. Es cierto que en “Moon As The Night”, con un cierto aire a otros viejos conocidos del festival como The Night Flight Orchestra, puede que viéramos ya un poco justo de voz al bueno de Van Der Zwan. En cualquier caso me agradaron. Un hard entre la elegancia y la contundencia, una buena puesta en escena y otra formación a seguir bien de cerca.
Otra gran edición del Lion Rock Fest, que convirtió un año más a León en la indiscutible meca del hard melódico (y algo más) dentro de nuestra geografía. Siete bandas, buenos directos (con sus más y sus menos como corresponde a toda cita de estas características) y un público que, no había dudas, supo responder a la llamada de la organización. Ahora llega el momento de hacer quinielas. Y es que sí, que nadie dude que el festival volverá en 2026. ¿Con presencia asturiana en el cartel? Quién sabe.
Un placer, un año más y van tres, gozar de las facilidades que la organización dispone a un medio modesto como el nuestro en favor de esta crónica. Vaya un sincero agradecimiento para ellos. También un abrazo fuerte a la numerosa compañía de la que disfrutamos a lo largo del día. Nuestro Lion Rock Fest no sería el mismo sin vosotros. Por nuestra parte nada más. Ya saben: nos vemos en el siguiente.