Nuevo esfuerzo discográfico para la buena gente de Reveal, en esta ocasión en formato Ep y bajo el título “The Age Of Knowledge”. Ellos son el fundador, principal compositor, productor y guitarrista Tino Hevia, el vocalista de origen sueco Rob Lundgren, David Figueiras también en guitarras, Helena Pinto a las teclas, Jorge Ruiz al bajo y finalmente Dani Cabal en baterías.
Directa al grano y sin complicaciones, la pequeña “Am I The Evil” confiere un heavy / power metal sencillo y de fácil digestión. Con un notable trabajo de Lundgren en voces y unas buenas guitarras dobladas engarzando las distintas estrofas. La mezcla acierta a equilibrar cada elemento, si bien no es menos cierto que la voz del estocolmés gana un protagonismo algo excesivo en ciertos momentos. Que el corte apenas alcance los tres minutos de duración revierte, finalmente, en unos solos un tanto contenidos. Por ahí quedan no obstante buenos acentos de Cabal antes del citado solo o buenos detalles de Pinto a los teclados. También una serie de riffs más serviciales que brillantes.
“Heaven And Hell” vuelve a descargar todo su brillo en las melodías, tanto de guitarra como de teclas, amén de en la siempre equilibrada y elegante voz de Lundgren. Siendo como es el corte más extenso de este Ep, uno realmente siente que la composición respira en todo momento. Que nada está puesto ni al azar ni restringido a los dictados del reloj. Me gusta el tratamiento de las estrofas, primero desnudas, luego recargadas, y el trabajo en cuanto a voces que encaminan hacia estribillos. Puede ser, y de hecho lo es, power metal del de siempre, pero no deja éste de ser uno de esos temas que van ganando peso con el paso de las escuchas y donde la banda se atreve, incluso, con un pequeño breakdown. El solo, ahora sí, respira como no lo hizo el de “Am I The Evil” y esta segunda entrega, en general, dibuja la sensación de que esta es la mejor cara del combo.
Amén de por las llamativas ambientaciones que la atraviesan, “It’s My Time” agrada por cómo la banda se atreve a un mayor juego con los ritmos y las texturas aquí. Una composición que funde la cara más power de Reveal con la más sinfónica, construyendo así un corte que funciona en buena medida gracias a esos contrapuntos, adquiriendo una personalidad muy marcada en el proceso. En una emtrega de esta duración, sorprende el alargado solo que entregan. Es vistoso por sí mismo, pero también por los distintos ritmos sobre los que se apoya. Y sí, puede que su final resulte un poco abrupto. Un corte que capta mi atención en cualquier caso.
“Living With The Pain” son unos Reveal más potentes ahora. Cabal marca el ritmo, Lundgren oscurece su registro y la banda suena, de pronto, más voluminosa y contundente. Un testimonio claro de las diversas encarnaciones que manejan, aún cuando lo suyo no deja de ser power metal del de toda la vida. Es una composición de mayor pegada, pero que dispone cierto gancho, con el vocalista nórdico dejando alguna de las voces más agudas que se le recuerdan, seguidas de una vibrante y atractiva sección solista. Tan poderosa como fugaz.
En esa misma onda de power vigoroso y directo, el tema título “The Age Of Knowledge” ofrece ahora los apoyos de teclado más llamativos de todo el Ep. Un corte que especialmente en estrofas y sin olvidarse del género al que pertenece, posee la personalidad suficiente como para disociarse del resto de composiciones. Es algo que resulta aún más evidente que si cabe toda vez uno oye los solos que porta esta última entrega. De nuevo muy firme Cabal tras baterías y un Lundgren más juguetón que nunca con sus líneas de voz. Siento que tiene gancho, que llega a buen término, y que finalmente remata con unos solos más que correctos. También que porta ideas que bien daban para una composición algo más ambiciosa.
Me agrada esta nueva oferta de Reveal, pero a ratos siento que unos desarrollos algo mayores bien podrían haber revertido en unas composiciones más redondas. ¿Me he malacostumbrado al trazo largo y el tema extenso? Puede ser. Pero más allá de consideraciones meramente subjetivas, existen buenos detalles a lo largo de los cinco cortes. Esforzadas líneas de voz, una batería que pasa por una buena serie de ritmos, dejando buenos detalles en el proceso, y unas guitarras que, aquí y allá, aciertan a solear con brío. Hay buenas ambientaciones, capaces por sí mismas de otorgarle una mayor personalidad a varios de los cortes. Y entre unas cosas y otras el resultado final, si bien no me entusiasma, capta mi atención lo suficiente como para seguir atento a futuras evoluciones por su parte.
El llamado universo de las Riot Grrrl se ha visto recientemente sacudido por el segundo largo de las vienesas Vulvarine. Ellas son Bea Heartbeat en baterías, Robin Redbreast al bajo, Sandy Dee en guitarras y Suzy Q en voces. Engel Mayr en el Studio Mäusepalast, Thomas Zwanzger en Stressstudio y Dietmar Baumgartner en Sonar Music Productions fueron los encargados de traer al mundo los once cortes de este “Fast Lane”. Las pistas resultantes serían mezcladas posteriormente por el propio Engel Mayr en el Studio Mäusepalast y finalmente masterizadas por Lukas Wiltschko de LW Sonics. Con la misma Sandy Dee aportando su arte para la portada del álbum, esta segunda entrega de las austríacas vio la luz vía Napalm Records a finales del pasado mes de marzo. Un trabajo que llevará a la Factoría avilesina el próximo 31 de octubre al ahora renovado cuarteto tras la incorporación de Lauree Blaze como nueva voz.
Un pildorazo de puro rock and roll inaugura el álbum. “The Drugs, The Love And The Pain” pronto da muestras del fino registro de Suzy Q. Hay una apañada colección de riffs, más eficaces que vistosos. También una producción en el punto justo entre pegada y discernimiento. Equilibrada y muy cuidada. Si bien siento que al estribillo no le habría venido mal una pizca más de mal café, pocas pegas caben al respecto del solo que sucede después, así como a la hábil construcción de ese tramo final. En resumidas cuentas un arranque agradable y funcional.
“Ancient Soul” añade algo más de empaque por parte de las vienesas. No solo por una construcción algo más estirada sino por unas buenas estrofas y unos aún mejores estribillos. Tienen estos un deje algo más melancólico, que por alguna razón me llevan a pensar en Thin Lizzy. Sobresalen igualmente los buenos engarces entre estrofas. Las baterías que deja ahí Bea Heartbeat merecen toda la atención. También las que dan apoyo al buen solo del tramo final. Uno de esos cortes con toda la pinta de funcionar como un tiro sobre las tablas.
“Heads Held High” magnifica aún más ese rock más melancólico y casi apesadumbrado. Sin que salten las alarmas, sin que esto deje de ser un disco de rock and roll con todas las letras, pero donde Sandy Dee está dando una auténtica lección de clase y feeling. Orgullosamente auto reivindicativa en lo lírico, pluscuamperfecta y clásica en cuanto a trazo y estructuras, quizá eche en falta un solo de guitarra más pronunciado durante ese buen tramo final. Con eso y con todo una de las que más ha arraigado en mi subconsciente tras el correr de las escuchas.
Uno de los cortes más extensos de este segundo trabajo es “Demons”, con Bea Heartbeat cabalgando a medio gas y la banda trazando ahora un cuidado medio tiempo. Suzy Q aúpa su registro en estrofas y se acompaña de cuidados coros en estribillos. Y aunque los distintos enganches entre estrofas no brillen como lo hacen en otros cortes dentro del disco, qué finas están las austríacas a lo largo de este rock menos brillante, más sucio, algo decadente incluso. Sandy Dee se reserva otro buen solo como anticipo del epílogo y, al cierre, todo me termina por funcionar. Un corte con una vibración muy especial dentro de este “Fast Lane” y quizá uno de los más redondos.
La base rítmica inaugura esta “Alright Tonight”, un corte que anuncia un rock más oscuro, deudor aunque sea de modo lejano, de unos The Cult de comienzos de los 80, con Suzy Q dibujando otro estribillo lleno de carisma y feeling. A ratos uno puede echar en falta el nervio que entregan otros cortes dentro del álbum. Pero la buena producción así como la muy cuidada construcción de las estrofas, precioso el tono que entrega la guitarra de Sandy Dee, sacan la cara por otra de esas composiciones distintas, marca de la casa. Diferente, que no peor.
“Equal, Not The Same” recupera en parte el nervio, mostrando ahora a unas Vulverine más próximas al punk. El nombre de las infatigables The Lizards ha estado yendo y viniendo tras las sucesivas escuchas. El caso es que Dee vuelve a brillar en lo que a melodías se refiere. También en cuanto a riffs. Fue elegida como anticipo en modo de videoclip y toda vez estalla el solo de la propia Dee, cuesta nada y menos entender los motivos. De los once puede no ser el corte que mejor las represente. Pero es una entrega redonda, con gancho y buenos detalles desde el plano técnico. Win win.
Fool” sorprende con ese avanzar algo más marcial de sus estrofas, que contrasta con el más casual y rockero de los estribillos para conformar un corte sencillo, directo y sin mayores florituras. Con las baterías desnudas de Bea Heartbeat uno bien podría pensar de un modo más o menos casual en White Stripes. Con eso y con todo nadie puede negar que esto sigue siendo rock and roll sin concesiones. Con una línea de voz, perfectamente armada, que cabalga amarrada a unos riffs llenos de gancho y brillo. Estupenda.
Vulvarine insertan entonces “Polly The Trucker”, entrega más extensa de “Fast Lane” y la que viene a entregar uno de los riffs más frontales y áridos del disco. Ello sin descabalgar de su habitual rock directo y formal, pero desde luego ofreciendo ahora una mayor enjundia. Ese nervio, quizá esa mala leche, que se puede echar en falta en otras entregas. El típico que te vuela la cabeza en su traslación al directo. Hay buenos coros en estribillos aquí. Sigue brillando la buena producción que tiene el álbum. Pero si algo me agrada es tanto el solo como ese rock más pesado y contundente en que se apoya de inicio. El cambio de ritmo, tan clásico como efectivo, que acometen después. Y su cuidada resolución. Hasta el fugaz guiño a nuestro idioma. Si esto no es rock de altura, no sé qué lo será.
Explota entonces “Dark Red” y el disco, lejos de perder impulso, ofrece aquí unas de sus entregas más redondas. También más potentes. Con una selección riffera que las aproxima (a destellos) hacia los terrenos del heavy metal más casual. Sandy Dee brilla sobremanera aquí. También una base rítmica empastada como en pocos momentos a lo largo del álbum. El corte entrega nervio en estrofas, equilibra con estribillos contundentes y desemboca en un solo disfrutón por desmelenado y atrevido. La cabra tira al monte, claro, pero siento muy cómodas a las austríacas en esta encarnación más nerviosa y potente. Prueba al fin y al cabo de la cintura con la que han enfrentado la escritura de este segundo largo.
“Cheri Cheri Lady”, con la colaboración de Filippa Nässil (Thundermother) en guitarras, fusila a placer el original de Modern Talking arrimándose a la cara más punk de Vulvarine. Ruge el bajo de Robin Redbreast en estrofas y vuela el doble bombo de Bea Heartbeat en estribillos para una versión libérrima y disfrutona. El cierre es para la pequeña “She’ll Come Around”, pequeño escorzo acústico, bailando entre las fronteras del grunge y el alternativo para un curiosísimo broche final.
Entre la versión de Modern Talking y el pequeño detalle acústico de “She’ll Come Around” puede que “Fast Lane” desfallezca en su tramo final. Da igual. Antes el disco ha dado razones más que suficientes para confiar. Sea con las buenas hechuras de “Polly The Trucker”, el nervio bien entendido de “Equal, Not The Same” o esa pulsión más metálica de “Dark Red”, amén de los muchos y buenos riffs que Sandy Dee dibuja a lo largo del álbum, Vulvarine han entregado un segundo disco destinado a hacer mucho, mucho ruido en años venideros. Si nada lo impide esperamos ser testigos.
Nueva parada en Asturias para el guitarrista estadounidense Adam Bomb. Apenas un año después volvía al avilesino Route 66 para poner punto final a una gira europea compuesta por 42 conciertos repartidos en 10 países, con fecha destacada su paso por el Nokia Arenaen Tampere (Finlandia) abriendo la velada para Scorpions en el mes de junio.
Bomb ponía fin a la gira «Fire Blood & Glitter Cabaret Tour, Part II» acompañado por el bajista italiano Paul Del Bello (Dobermann) y el joven baterista francés Léonard Cakolli (The Lady Boys). La cita para Heavy Metal Brigade era especial ya que el excéntrico músico había tenido a bien concedernos unos minutos para realizar una entrevista. Allí nos presentamos para dejar constancia de su peculiar personalidad en una interviú que muy pronto podréis disfrutar en nuestro canal de Youtube gracias a la siempre inestimable ayuda de nuestra colaboradora Tumay Irgas. Ya metidos en harina, también conseguimos intercambiar impresiones con el bueno de Paul Del Bello, así que tendremos ración doble de material audiovisual.
El coqueto escenario del Route 66 cumplió con su misión, si bien no daba pie a grandes desplazamientos de los protagonistas por el mismo, el formato trío ayudó a que Adam y Paul evitaran la rigidez marcada por la situación de sus pies de micro. Si la coreografía apenas hizo aparición en el show salvo contadas ocasiones, no podemos dejar de mentar la pirotecnia «casera» con la que el bueno de Bomb adornó varias veces la batería de Léonard Cakolli. Y es que el alcohol, con sus innatas propiedades inflamables, siempre alegra por dentro y en un show de Adam Bomb también por fuera.
Despachó un concierto crudo y visceral, pleno de actitud a pesar de que su voz por momentos perdía presencia en la mezcla final. Dejó buenos solos, una sorprendente versión en español de «Siete Vidas«, el clásico del malogrado Antonio Flores en un show de lo más orgánico. Sin necesidad de pedaleras ni efectos para su desgastada guitarra, llenaba el pequeño escenario de innumerables sonidos placenteros para gozo de los muchos amantes del rock ochentero que se dieron cita en un abarrotado Route66. Hubo tiempo para recordar a otro músico desaparecido trágicamente, el tejano Stevie Ray Vaughan a través de una «Crash Boom Bam» que vino a resumir el mantra que define la trayectoria de Adam Bomb, «sexo, droga y rock n’ roll».
Apoyado en coros por Del Bello y la impresionante pegada de Cakolli, dejó para la despedida final el recuerdo a Ace Frehley, fuente confesa de inspiración e influencia, con un trio de temas de Kiss que colocaron al Route a punto de ebullición. «Deuce» , «Detroit Rock City» y «Rock n’ Roll All Nite» con su guitarra escupiendo chispas y fuego pondrían el colofón a una gran noche de sudoroso rock n’ roll. Se despedía Bomb de Europa al día siguiente y aún quedaba partir hacia Alemania, su punto de retorno a los Estados Unidos. Aún así no dudó en posar para fotos, firmar y ejercer de rockstar. A sus 62 años este jornalero de la música sigue apostando por la vida en la carretera acompañado por su fiel perro «Doggy Dogg» y ofreciendo una experiencia musical de las que hay que vivir al menos una vez en la vida.
Como acostumbra a cerrar sus crónicas David Naves, ausente en esta ocasión por motivos de salud, despedimos esta también con los agradecimientos. Primero al Route 66 por todas las facilidades prestadas, al propio Adam Bomb y su crew por la cercanía y el show despachado y como no, a los muchos habituales con los que compartimos mesa, charla y concierto. Nos vemos en el siguiente.
Sexto trabajo ya para los góticos deLáudano, proyecto del multi-instrumentista Alberto Díez, y que gentilmente nos envían desde The Fish Factory. “Sintopía” reúne a Héctor Hernáez en bajo, Mónica Camarero a los teclados, y David Mesa y Jorge Sánchez tras baterías. El álbum cuenta a su vez con una sección de cuerdas y clarinete a cargo de “Cuarteto Clásico”: Diego Fernández al mencionado clarinete, Virginia Peciña con el violín, José María Cabezón con la viola y finalmente Cristina Marín al cello. Sería el propio Díez quien grabase estas canciones en el IraeStudio. Las pistas resultantes serían mezcladas posteriormente por Tim Lewis (Rockfield Studios) en Aeriel y masterizadas por Mario Alberni en Kadifornia. El trabajo viene adornado por el arte de Amaia Antoñanzas y las fotos de Óscar Solorzano.
Hay un pequeño e inusitado “Prólogo” que, en cierto modo, nos introduce con brevedad en los tonos por los cuales transitará el álbum. “Una Poesía Olvidada” tiende sobre el oyente un rock de aires góticos, bellamente arreglado y el que Díez dispone sus tonos limpios más profundos. Ahí me agrada el modo en que su línea de voz va alzando el tono conforme transita por los diferentes versos. Hay hábiles solos de guitarra a modo de engarce entre las estrofas, una producción limpia y equilibrada y cuidado trabajo en lo tocante a arreglos. Esto es algo que salta al oído durante el calmo y reposado puente. La electricidad que emana después, me trae efluvios de unos Anathema de álbumes como “Alternative 4” o “Judgement”. El cuidado prólogo, nada de engorrosos fade outs, habla y no precisamente mal del mimo con que se ha tratado a estas composiciones. Más que interesante dupla inicial.
La acústica mediante la cual se abre paso “Sintopía · Parte 1” tiene algo que me siempre me recuerda a los Opeth más tendidos. Díez, que ni es Åkerfeldt ni lo pretende tampoco, traza un corte liviano, casi onírico, y que por su propia labor al micro, bien podría recordar a ciertos momentos de Enrique Bunbury con Héroes Del Silencio. Luego la composición se introduce en un crescendo hacia posiciones más grandilocuentes, sin que la producción se resienta en exceso, y de un modo tan cuidado y elegante que no queda sino rendirse. Asimismo, el de Lacrimosa puede ser un nombre recurrente a lo largo del epílogo. En especial toda vez irrumpen esas voces femeninas y todo confluye hacia los Láudano más grandilocuentes. El legendario speech del ministro y activista bautista estadounidense Martin Luther King ocupa el cierre. Elegancia a borbotones.
“Interludio”, con sus cinco minutos largos, es más que un simple interludio. Parte desde la más absoluta calma para después fundir guitarra y piano en un sencillo escorzo de paz y tranquilidad. El Steven Wilson de un disco como “The Raven That Refused To Sing (And Other Stories)” podría ser una rima fácil cuando entran esos coros de fondo. Las cuerdas que Díez introduce más adelante, añaden un cariz muy especial a esta composición, de nuevo en crescendo, y que divaga entre lo cinemático y un cierto regusto a Anathema prendido en sus guitarras. Camino del prólogo va emergiendo una pulsión más electrónica. Lo que me agrada es el mimo y el cuidado con el que Díez va encadenando cada línea, cada instrumento, cada idea. Todo precisión y elegancia. Y es que tal y como reza la cita final del filósofo italiano Julius Evola: “Cada acto de belleza es una revuelta contra el mundo moderno”.
Así las cosas, la pequeña “Sintopía · Parte 2” puede resultar algo más convencional. Pequeña composición, de nuevo instrumental, con el piano como protagonista, de aires neoclásicos y un tono preciosista, casi naif. Conduce hasta una “Ícaro MMXXV” que trae de vuelta las guitarras eléctricas, las apoya sobre una curiosa base rítmica y, por la propia interpretación de Díez al micro, me vuelve a recordar a aquellos Héroes Del Silencio que tanto escuché de chaval. Delicada y nada estridente, sorprende si acaso por una línea de bajo curiosa por juguetona. Hay un buen solo de guitarra partiendo la composición por la mitad. A término, vuelven las cuerdas y esos Láudano más grandilocuentes y mayestáticos. El trazo en sí mismo puede no resultar revolucionario a estas alturas. Pero el cuidado en cada ejecución, el equilibrio entre sus partes, el modo en que la elegancia desborda casi a cada acorde, hablan muy bien de entregas como esta.
“El Vals Invisible” es, efectivamente, un vals. O lo es, al menos, durante su vienés prólogo. Acurrucado en un cello de Cristina Marín de una belleza arrebatada, Díez va pergeñando otra de esas composiciones mimadas hasta el exceso, quizá aquella en la que más y mejor brilla la producción del álbum. Muy liviana y reposada en sus primeras estrofas, con la voz ahora muy en un muy primer plano. La guitarra de Díez en su faceta eléctrica va engarzando las estrofas, al tiempo que la producción arroja una cierta grandilocuencia a la mezcla. Pero en el corazón mismo de este penúltimo corte anida la cara más potente de estos Láudano. Un vigor que se viste de un (leve) acento progresivo. Y que no duda en echar mano de guitarras acústicas e incluso algún pequeño guiño flamenco. Francamente estupenda.
“Epílogo” cierra este “Sintopía” echando mano del piano, para conducirse una última vez por aguas tranquilas, rimando con al corte inmediatamente anterior y ofreciendo un manso aunque distinguido broche al disco.
No, no es el cd más potente que haya pasado por estas líneas últimamente. Láudano acostumbran a moverse entre remansos de paz y los guitarrazos, que los hay, suelen sucumbir ante el empuje, también el embrujo, de pianos y cuerdas. Un álbum trazado con mimo, bellamente arreglado e interpretado con mucha clase, seguramente del gusto de los más sibaritas, pero que de igual modo podría satisfacer también a quienes busquen algo de reposo en estos tiempos tan oscuros. Que falta hace.
Con el corazón lleno de polvo, niebla y dolor, aún recuerdo despertarme cada uno de los días que duró esta edición pensando si todo se sucedería de forma tan especial. Y es que este SonicBlast 2025, nos golpeó fuerte pero bonito dejándonos jornadas que llevaremos siempre en la memoria.
Si el cartel ya prometía y el contexto, entorno y emplazamiento nos enamoran cada año, os puedo garantizar que cerramos esta edición superando por mucho las expectativas. La semana en Vila Praia de Âncora nunca se hizo tan corta como esta. Playa de arena blanca, noches frescas y una vecindad del todo acogedora, hacen que este festival deje uno de los mayores bajones postvacacionales que he sentido en mi vida. Estaréis de acuerdo en esto conmigo, pues el domingo cuesta mucho decir adiós.
Desde que se anunció la traca final del cartel, deseábamos que llegase ese miércoles 6 de agosto para reencontrarnos con la arena y la oscuridad propias de tamaño evento. Aunque fuimos previsores y madrugamos para tener los deberes hechos, acudimos al recinto como si necesitásemos hacer cola, víctimas de lo ansioso. Lo primero que nos encontramos fue un mural en honor a Black Sabbath que nos encogió un poco el pecho, a pocos días del fallecimiento de su eterno líder Ozzy Osbourne. Allí se terminaba el peregrinaje, comenzaban las fotos y la recta final hasta pisar de nuevo el suelo desértico y la duna de piedra donde patinarían, surfearían y descansarían (a ojo) casi cinco mil personas, aunque nos parecieron muchas más.
Miércoles 6 de agosto
En la pre-party, como el pasado año, ya notamos demasiada gente y nos temíamos lo peor para los días que venían. Colas interminables para pulserar, las barras abiertas a la mitad, tapones entre la entrada/salida y los baños… ¡Y solo era la previa al festival!
Se nos hizo prácticamente imposible pasar de la zona de foodtrucks para acercarnos al Stage 3. Aún así, vamos a tratar de comentar lo que podamos de este día. Inauguraban la noche los locales Overcrooks con un punk rock muy divertido. Sonaba a principios de los 2000 y eso siempre nos gusta. Si me dicen que alguna canción salía en el Tony Hawk me lo hubiese creído. Un rollito salido de fusionar a Suicidal Tendencies con Millencolin. La banda encargada de recoger el testigo de las once de la noche era Daily Thompson, aunque más bien Yearly Thompson puesto que repetían en día y escenario del pasado año. Un sonido muy Fu Manchu con esos cencerros y esa voz tan característica de banda que articula cada canción en torno a un par de riffs. Funcionar les funciona. Hicieron que toda persona allí agrupada moviese la cabeza y repitiese cada estribillo. La banda alemana cumplió con lo que se le pedía. Con la noche ya cerrada llegó el turno de Nerve Agent, banda de Birmingham que en disco me recordaba a Biohazard o Terror y en directo se me hicieron mucho más thrashers. Me divirtieron mucho aunque quizás la voz estaba algo alta. No sé si les hubiese beneficiado un poco estar en un escenario más grande para sonar con un poquito más de definición. Por último, al menos para este señor mayor que escribe, pude disfrutar de la propuesta de Castle Rat. No estaba familiarizado con la fantasía medieval más allá de los libros, por lo que me llevé una grata sorpresa con la performance de la banda neoyorquina. Un doom a caballo (y esta vez es de verdad) entre un castillo y un aquelarre. No sé si fue la banda que más me gustó de la noche, pero al menos fue la que más cosas divertidas llevaba en la cabeza.
Jueves 7 de agosto
El jueves y primer día oficial del festival, se presentaba como uno de los principales pilares de esta edición. Contar con Amenra y Fu Manchu en dos slots seguidos era algo complicado de gestionar emocionalmente. Por si fuera poco, la niebla quiso sumarse y cubrió Âncora, generando un clima perfecto, tapando el sol y llenando todo de misterio.
Comenzamos el día con Bøw, banda local que dio el salto del Stage 3 el pasado año a un Main en este. Era muy pronto para que descargásemos la energía que íbamos a necesitar hasta el final de la noche, así que optamos por ver a la banda desde una posición discreta pero con buena línea de visión. Un punk por momentos grunge y por momentos hardcore que consiguió despertar a la gente aletargada y hacer sudar a quien ya venía con unos cuantos cafés en el cuerpo. No mentiré y diré que alguno me tomé dentro del recinto. Mientras Hoover III, comenzaban la sobremesa ofreciéndonos una mezcla de psych y prog. Lo poco que sabía de esta banda es que entró como sustituta de Jjuujjuu y después me enteré de que están como support de The Black Angels. Me gustaron lo justo para ver todo el concierto pero no fue lo que más me llenó de la tarde. Tras la banda angelina, pudimos disfrutar de una de las bandas que mejor cartel traen, y no es que lo haya visto en ningún lado, pero por algún motivo, todas las personas con las que hablé, venían con muchísimas ganas de Slomosa. Una propuesta sin salirse del marco jurídico del stoner, con pocas cosas nuevas pero con un sonido bastante notable. Venían de sacar disco a finales del pasado año y de estar en Âncora en 2022, así que entiendo el hype. Un directo bastante sólido donde se nota la experiencia y las influencias de la fría Noruega. Se hicieron con el trofeo de antes del anochecer para el público más conservador.
Pero para mí, si alguien tiene ese trofeo es Ditz. La banda de Brighton y su estilo irreverente y macarra me dieron lo que necesitaba cuando lo necesitaba. Con una actitud de llevar décadas llenando salas, la joven banda que nos sorprendió en 2022 con The Great Regression, se hizo con la parte más ecléctica del recinto y supo agitar conciencias y vasos, derramó fluidos y no fue cuidadosa con nada. Un post-punk de calle, con la puntualidad británica de no llegar tarde nunca pero tampoco temprano, una mezcla de los primeros Shame y los últimos Idles, un cocktail en The Joker y un vestido veraniego fue lo que pudimos presenciar a las puertas del ocaso. Comenzó a caer el sol, y llegó el turno para Earthless, que si ya nos hemos visto por ahí sabréis que me aburren un poco. No es culpa suya, es mía. Pero os voy a contar un secreto: me fui a casa a merendar y a por una chaqueta para la noche, y cuando volví, seguían tocando la misma canción. Y esa es la magia o el problema de la banda de San Diego. Si te gustan en disco te encantarán en directo, porque van a maximizar la experiencia como buenos artistas y virtuosos que son. Ahora bien, como solo hayas escuchado un par de temas, perdiste, porque las probabilidades de que suenen son muy bajas.
Con la chaqueta ya puesta, no quería perderme a King Woman, que es el proyecto que consolidó Kristina Esfandiari tras abandonar Whirr, una de las grandes potencias del shoegaze. King Woman tiene otro tipo de ingredientes pero conserva mucho de la esencia de la vocalista de Sacramento. Se mueve por un camino de stoner oscuro y por momentos melancólico. La voz oscila de la mesura del shoegaze al scream, pero con muchas paradas entre medias. Las armonías son fúnebres como si pusieses un single de los Misfits a 33 rpm y el maquillaje es parecido. Nos quedaba ahora la parte fuerte de la noche y para eso debíamos estar muy en silencio. Como si de una brisa de verano por la noche en la playa se tratara, desde Bélgica llegó el lamento prolongado de una de las bandas más grandes del post-metal.
Amenra volvió a robarnos el corazón y también el alma en una actuación de proporciones dinosáuricas. Pese a no confiar en el entorno y en las condiciones, pues se nos hace siempre mucho más obligatorio un ambiente íntimo con esta banda, lograron hacerse con todo el público desde los primeros delays de guitarra limpia. Por primera vez en el día supimos lo que era que nos vibrase el pecho de verdad. Me quedo con la interesantísima incorporación de Amy Tung al bajo. Lo importante de manejar las dinámicas en estos géneros, de saber explotar y volver a tocar con mesura, unos coros espectaculares que recordaban a un teclado lanzando ambient. Una de las mejores puestas en escena que le he visto a la banda de Cortrique. Ya con las olas tapándonos los pies, el olor a salitre nos invadió como si un big muff estuviese calentándose poco a poco. Era el turno de Fu Manchu. Los del condado de Orange entraron con una prisa sobre rodamiento quemando dos de sus mejores cartuchos en los primeros veinte minutos. Evil Eye y California Crossing nos dejaron sin aire. Los californianos llegaron presentando The Return Of Tomorrow, un disco que sabe a noventas y que deja claro que los grandes siguen siendo grandes manteniendo su esencia. Temas como Loch Ness Wrecking Machine nos teletransportan de forma instantánea a King Of The Road o The Action Is Go. La ola pasó pero pudimos surfearla. Un placer, Fu Manchu.
Y aquí no acababa la cosa, aún nos faltaba la fiesta de la noche, y que teníamos claro quiénes iban a oficiarla. Los MДQUIИД, se subieron al escenario casi de un salto, pues estuvieron disfrutando del festival como público todo el jueves. Comenzó a sonar la pista de efectos y la línea de bajo infinita sobre la que se articularían los 45 minutos siguientes. Lo que consigue esta banda con guitarra, bajo y batería, y casi sin máquinas, es una absoluta barbaridad. Sonar a electrónica a base de paciencia y perseverancia es una tarea sobradamente difícil. Si tocasen una vez al día todos los años, compraría mi abono vitalicio.
Viernes 8 de agosto
El viernes prometía ser mucho más tranquilo por el cartel, pero con ciertos alicientes que nos dejaban una rendija de la puerta abierta. Empezamos la tarde con Gnome, tratando de tomarnos en serio los cincuenta y siete gorros rojos de gnomo que vimos en el bosque de camino al festival. Os juro que es de las cosas más graciosas que he visto en mi vida en un concierto. Debería ser obligatorio a partir de ahora el gorrito y aspirar helio para acceder a cualquier sitio. No los había escuchado demasiado, y bueno, divertidos. Para empezar el día con un café en la mano, me parecieron bastante adecuados. Lo mejor: las setas.
Ahora sí, me atavié, me cogí los pañuelos y traté de poner mi mejor cara para intentar que Emma Ruth Rundle, a punto de salir al escenario, me viese y se enamorase perdidamente de mí. Fallé estrepitosamente porque a los cuarenta segundos yo ya estaba llorando con la cara hinchada y roja, las lentillas queriendo escapar y la voz como la de un fan de One Direction cuando Harry y Louis se miran a los ojos. Emma salió, sola, con su guitarra acústica y se sentó. Un silencio sepulcral solamente roto por la sexta cuerda de su guitarra dando comienzo a Living With The Black Dog. Nunca he visto una sola cuerda de guitarra llenar tanto un recinto. Ojos cerrados, corazones latiendo al ritmo de sus susurros rasgados y su armonioso llanto. Una tarde mágica que terminó de gestarse cuando Emma, se despidió mientras yo trataba de que no se me cayeran más lágrimas en la cerveza. Aún entre aplausos, volvió a salir porque tenía un poco más de tiempo para seguir rompiéndonos el corazón. No creo que pueda recuperarme jamás. No entendí a la gente que pudo quejarse de que esta reina estuviese en el cartel. Seguro que fue el cuñado de algún fan de Orange Goblin.
Y como me gustan los duendes, pero los de Irlanda, no los malos, estaba muy expectante con la siguiente banda en subirse a la tarima. Ellos eran Chalk, y desde Belfast, prometían hacernos bailar y humedecer conciencias con un post-punk que bebía más de la electrónica que de la Guinness. Vamos a partir de la base de que esta banda jovencísima estaba teloneando a Fontaines DC junto a Kneecap en su tierra natal. Creo que esto ya es indicativo de que pueden interesarle a cualquiera. Una vez más, SonicBlast y el post-punk. What A Time To Be Alive. Con la noche encima, parecía que la electrónica iba a entrar increíble, y así fue. Empezó a sonar el beat de Afraid, empezando el show mucho más arriba de lo que me esperaba. Sin tiempo para pensar en qué vendría después, todo el SonicBlast estaba saltando sin darse cuenta. Miradas de perplejidad, quizás por no saber lo que iba a aparecer tras la cortina en muchos casos, y en otros, porque era lo que prometían los de Belfast pero estaba sonando como si fueran las cinco de la mañana. Lo mejor de la tarde para mí fue encontrarme con esta joya en directo. Lo peor, que compartiesen día con Emma y yo ya no tuviese corazón para repartir.
Después de los irlandeses, llegaba el turno de unos viejos conocidos del festival y de la gente amante del post-rock, psych, space y derivados. My Sleeping Karma volvían al festival portugués intentando superar la pérdida de su anterior bajista. Fue un golpe duro para ellos y no había muchas esperanzas de que volviesen pronto a los escenarios. La música cura y la de esta banda alemana, mucho más. Empezaron con uno de sus temas y de sus riffs más icónicos. Brahama fue la encargada de despertar un coro multitudinario que es lo único que puede despertar a nivel vocal un grupo sin vocalista. Cantando la melodía de su entrada al caos durante dos largos minutos, supe que una vez más estaba delante de una de las mejores bandas del género. El concierto se sintió formando parte de un único discurso. La banda conceptual, ya experta en esto, sonó con una cohesión extrema y generando un clima de seguridad y emotividad que pocas veces notas frente a un escenario. Son paz, son cercanía, son familia. Justo todo lo contrario me pasa con Witchcraft, banda que recogía el testigo de los alemanes para regalarnos más de una hora de la nada más absoluta. De verdad, lo digo sin acritud, pero es que no me dijeron nada. Aburrieron y no hicieron sentir a nadie dentro del concierto. Pareció el grupo de la ruleta de la suerte tocando por obligación entre sketches. Los suecos venían con un cartelón de cabezas de cartel que a priori convenció a mucha gente pero que también generaba dudas. No les hizo ningún favor tocar después de My Sleeping Karma, y la gente no terminó de entrar en el mood ni se enganchó a las canciones. Coros tímidos en Chylde Of Fire, y creo que más bien por su parecido con Black Sabbath que por otra cosa.
Menos mal que quedaba algo muy muy potente después y que sí supo conectar con la gente. Repitiendo en el festival, pero esta vez cambiando de escenario, el dúo afincado en BarcelonaDame Area fue el encargado de prender fuego al SonicBlast. Con la chapita de Humo Internacional ya les llega para llamar la atención de toda aquella persona que no supiese de su existencia. La pasión, la locura, la rabia y la diversión se metieron en los cuerpos de quienes allí nos agolpábamos para bailar a ritmo del industrial más salvaje e irreverente. Es de estos grupos que me prohíbo escuchar en casa porque me resultan tan adictivos en directo. Tras la carrera de fondo más larga y divertida del verano, huimos para estar presentables en lo que sería el último día del festival.
Sábado 9 de agosto
El sábado era uno de los días que más nos apetecía, ya no solo por Molchat Doma como cabezas de cartel, sino porque había mucho mix de estilos y todo apuntaba a variado y entretenido. Tuvimos que madrugar bastante para poder ver a una de las bandas que más hype nos había despertado en los últimos años, y más aún después de su último disco. Messa, era la banda encargada de abrir el portón del último día de festival. La formación italiana se mueve por una cordillera donde el doom es la cima, pero tontea con muchos estilos hasta alcanzarla. He de decir que me dejó un poco tibio el directo, quizás por mi poca predisposición con tanto calor a la hora de la sobremessa. El sonido no me convenció mucho. Demasiado solo de guitarra por encima de lo esperado. Quizás el último disco me había dejado un poso más oscurito y en directo no percibí lo mismo. Aún así, es una banda con mucho futuro y a la que no le quitaré el ojo de encima. De Messa a Monolord, se me hacía un poco cuesta arriba, quizás porque eran bandas que ya había visto sin muchas ganas anteriormente y porque ya solo los nombres me invitan a irme a merendar algo.
Turno para The Atomic Bitchwax, que atesoran seguramente las portadas más feas del stoner. Power trío americano con gente de Monster Magnet que es capaz de hacer una canción sobre un solo de guitarra con mucho wah y humo de tubo de escape. Todo el repertorio moviéndose en pentatónicas y mucho dadbending. No fallaron ni una, eso sí. Súper sólidos en el escenario, todo en su sitio y una performance como se espera. Me faltó fuego y dos Ford Ranger haciendo trompos en el pit. Con un sospechoso olor a gasolina en el ambiente, aún teníamos que enfrentarnos a King Buffalo, que dependiendo de la elección de setlist, pueden tocar 4 temas o catorce. En este caso, los de Rochester comenzaron el concierto con un par de temas de su último álbum, que tiran más al space y a mí personalmente se me hacen más divertidos. En Mercury la batería te conduce durante todo el tema a base de arreglos de platos muy trabajados y termina en una especie de evocación a Elder verdaderamente interesante. El resto del concierto ya fue más cercano al stoner más típico pero con unos timbres diferenciales. Me gusta mucho cómo juegan con los efectos tanto en voz como en instrumento y se les nota totalmente en sintonía.
Después de los neoyorquinos, subieron al escenario Dead Ghosts, que por poco necesitan tocar en los dos main para caber, porque parecían los de la tuna por Salamanca. Qué propuesta más chula de los de Canadá. Los había visto hace más de diez años pero la película era distinta. Ahora, siguen bebiendo del garage pero enarbolan una serie de partes que provienen del surf, el western, el lo-fi, o el folk haciendo que cada canción suene a peli de Tarantino. Su secreto está en saber cuándo apretar el botón. Van muy prudentes y no pecan de introducir todos sus elementos a la vez, sino que saben añadir los ingredientes a la receta para gustar sin empalagar.
Después de esta actuación tan satisfactoriamente inesperada, venía una de mis no-puedo-faltar-a-esta-cita. Monolord volvían a cruzarse otra vez en mi camino desde 2021. Uno de los mejores directos que recuerdo ver en sala post-pandemia. Hacía mucho que no les seguía la pista en foto/vídeo y me enteré de que el line-up contaba con un miembro más como guitarra de apoyo. Supongo que será más un tema de directos que algo definitivo. El caso es que me sonó todo igual de bien que siempre. Comenzaron con mi favorita y eso ya me dejó tranquilo. I’ll Be Damned abriendo para toda Âncora, uno de los atardeceres más lentos y bonitos que recuerdo. Una Empress Rising coreada al unísono sirvió como cierre el perfecto de un concierto perfecto, no sin antes regalarnos un bis a la carta, que gritado desde el público, fue The Last Leaf. Monolord se llevaron el aplauso de la tarde y se fueron igual de cercanos que siempre, transmitiendo el 100% de lo que tienen dentro. Estoy convencido de que pronto podremos volver a disfrutar de esta banda en próximas ediciones.
Sin casi poder darnos cuenta, venía otro de los platos fuertes del sábado en el Main Stage 2. La electrónica volvía a apoderarse de nuevo del recinto, esta vez gracias a Patriarchy, la banda que nace de la artista multidisciplinar Actually Huizenga. No es casualidad que este proyecto venga de la mano de alguien que escribe, produce y dirige para cine. Su discurso y performance son puramente cinematográficos, sabiendo caminar por cada canción construyendo inicio, nudo y desenlace, llegando a este de forma muy climática. Lo que propone la banda de Los Angeles, se acerca mucho al dark wave más claro y tranquilito en la onda Boy Harsher o Poliça. Sus canciones podrían ser banda sonora de cualquier película de Winding Refn tranquilamente. Después de dejarnos en un profundo trance, tuvimos que preparar rápidamente el cuerpo para el slot más legendario que íbamos a ver en esta edición. Circle Jerks, la mítica superbanda procedente de Hermosa Beach, California, con Keith Morris de Black Flag, Greg Hetson de Redd Kross y Joey Castillo, el batería que grabó Era Vulgaris y Lullabies To Paralyze para QOTSAvenía para entregarnos una hora y media de pura adrenalina que solo pudieron soportar ellos mismos, porque mi cuerpo ya no daba para mucho más. La gente vivió con mucho entusiasmo el circle pit que se desencadenó y se vació hasta más no poder, pues para muchas personas ya era el último grande del día.
Personalmente, yo tuve que aprovisionarme un poco, porque lo bueno bueno, venía justo después. Una de mis bandas favoritas, y desde muy lejos, había llegado para presentar uno de los mejores discos del pasado año. Molchat Doma y su Belaya Polosa, irrumpieron en el escenario para regalarnos un largo repertorio donde no faltó nada. Tocaron sus grandes nuevos y viejos éxitos con una actitud memorable. En la gélida Minsk no se entiende de frío, y todo lo que hicieron fue transmitir calidez y cercanía a través de sus pasos endiabladamente prohibidos. El power trío, ataviado con sus dos puestos de teclados donde lanzan toda la fantasía ochentera, se colgó la guitarra y el bajo para deslizarse por las tablas y convertir el SonicBlast en una pista de baile brutalistamente soviética. Con las caras llenas de purpurina y el rubor típico de no dejar de bailar, sin silencio entre canciones, sabíamos que estábamos cerrando una edición para la historia. Los pies hechos polvo y la espalda pidiendo un relevo, fueron clara consecuencia de lo bien que disfrutamos durante este broche épico.
Tras la banda bielorrusa, aún pudimos disfrutar de otros dos slots golfos ya metidos en puro domingo. Primero fueron Castle Rat, banda que ya habíamos escuchado el miércoles en la pre-party y que les benefició mucho subirse al escenario grande. Aunque solo fuera para que la gente pudiese ver su puesta en escena y lo divertido de su propuesta. Y por último nos acercamos a Dopethrone, por llenar expediente y ver a otra banda mítica de nicho que tanto hemos escuchado en disco. Pude mover el cuello lo justo para que no se desprendiese de mi cuerpo y espero que nadie tenga vídeos míos a esas alturas de la noche. La banda de Montreal hizo lo que se esperaba que hiciera. Sonar muy alto y con mucha distorsión. Un 10. Experimentados en tocar tarde y reventarlo. Estoy seguro de que merecían más atención de la que pude darles de forma consciente pero en mi cabeza ya se había echado el pestillo.
Terminábamos así, como antes decía, una edición para la historia, para el recuerdo. Una edición que demuestra que la diversidad sigue siendo el camino, y que cerrarse en banda, funciona solo un rato. A medida que vamos creciendo nos damos cuenta de todo eso, tanto en privado, como en público. Se gana mucho más de lo que se pierde.
Ahora bien, llega el momento de meter palos, no todo puede ser bueno y siempre hay ejes de mejora. Algo que no me gustó ni este año ni el anterior es que el recinto se queda muy corto. No es normal que haya tanta gente en tan poco espacio. Es casi imposible cenar algo y poder sentarte. No hablo ya de ver algo en el Stage 3, que mejor se podía eliminar y montar ahí otra zona de baños. Casi imposible no entrar al festival sin hacer una hora de cola para recoger la pulsera. Este año había menos baños, más mesas (pocas), pero que hacían el paso a los escenarios más estrecho y se hacía bola en la entrada. Y ya por último, montar una caseta de tokens con una cola en perpendicular con el paso a los escenarios y frente al merchandising, no me pareció la mejor idea, pues todavía se congestionaba todo mucho más.
Es el momento de darse cuenta que un festival de esta envergadura necesita soluciones de envergadura. Quizás el recinto no está preparado para tanta gente, pero comienza a ser incómodo y esto me da mucho miedo por todo el cariño que le tengo a un festival tan perfecto.
Por todo lo demás, las bandas, el ambiente, el trato recibido, el entorno, el pueblo, la niebla, el bosque, la playa… SonicBlast, eres un must. No te vayas nunca.
Nueva visita de los rockeros madrileños de culto Sex Museum a nuestros escenarios, en este caso a la sala de Kuivi Almacenes, en compañía de los locales Automatic Kafka. Una dupla que aseguraba varias horas trufadas de actitud y diversión en la capital asturiana. Con el equipo de Heavy Metal Brigade aún con la resaca y el cansancio de la jornada anterior, la cosa vino a darse más o menos como sigue.
Faltan alrededor de veinte para las diez cuando Automatic Kafka, una noche más en formato sexteto, toma el Kuivi. Y lo hace con esa “Audio Garden” de su más reciente obra de estudio “Immortal”. El sonido apuntaba a que iba a ser el de las grandes ocasiones, fino y conciso, casi tanto como ese primer despliegue solista que tramaron Broonko y Jota. Sería el propio BroonkoLee quien recordaría cómo él y Sex Museum cruzaron sus caminos hace unos dieciocho años. El tiempo vuela que ni te lo crees. Y el set también. “Burn”, siempre en recuerdo del gran Jimi Hendrix, parece concitar una mayor atención por parte de la audiencia. Eran unos Kafka mostrando algo más de músculo. Pero éramos “Aliens”, después de todo, y por ahí cupo un recordatorio al debut de 2020. Vimos bien a Dolfo en voces. Su habitual figura con el chaleco vaquero mostró una noche más haber encajado bien en la particular idiosincrasia de la banda asturiana.
Y mientras Broonko bromea con que no compremos CD’s en su puesto de merchan, Leo Duarte comanda con pulso firme desde baterías. Su labor viene a otorgar una mayor dimensión a la nutrida formación asturiana. Dolfo explicaría la conexión entre “Alguien Voló Sobre El Nido Del Cuco”, el clásico del ya desaparecido director checoestadounidense Milos Forman, y “Resistance”. Buenos coros de Rebor y Margo para unos Kafka a buen nivel. “Wanted Fame”, compuesta por Broonko en Las Vegas, no quedó claro si en Corvera o Nevada, confirma el buen estado de salud de la banda, amén de dejar por el camino uno de mis riffs favoritos de todo su catálogo. Aún hubo tiempo de recordar cómo “The Taster”, su particular homenaje a la figura de Bon Scott, les llevará por primera vez a tierras escocesas. Sería el último corte de Dolfo con su característico chaleco, que abandona para una “Doc” donde ellos disponen una de sus mejores secciones solistas.
Sin implicar que no disfrute de la descarga, es cierto que aún me cuesta disociar “Streets Of Universe” del característico registro de Fab Martorano. El reproche, si es que se le puede llamar así, es puramente subjetivo. Porque la banda está redonda en cualquier caso. Sigue siendo uno de sus cortes con más gancho. Y Dolfo sabe llevarla a su terreno de todas formas. El vocalista se pondría entonces la chaqueta amarilla para “Immortal (Kiddo)”, un corte que siempre amplifica el discurso sonoro de la formación astur. Broonko pediría entonces un aplauso para Sex Museum. Y comentaría que, en realidad, todo lo que tocan son “versiones… ¡de Automatic Kafka!”. Turno aquí para volver al tema que daba nombre al debut, “Metamorphosis”, con Dolfo sacando adelante una línea de voz no poco exigente. Jesús Rebor se animó a juntarse con él al frente del escenario y Broonko aprovechó las virtudes del inalámbrico para perderse entre la gente. Quedaba “Crazy Horse”, donde la banda de nuevo contó con las habilidades de Pablo Canalís y, en general, nos pareció ver otro buen set por su parte. A seguir dando pasos en la dirección correcta.
Le llegaba el turno a una de las grandes instituciones de nuestro rock and roll, los madrileños Sex Museum, que vendrían a dejar claro su estatus de banda de culto con otro set rayano en lo memorable. Puede que tengan los pelos más blancos, las frentes más arrugadas, pero la actitud que muestran y la pasión que desbordan siguen siendo las mismas de siempre.
Es algo que queda patente toda vez la introducción da paso a “Breaking The Robot”, con un muy activo Miguel Pardo tras el micrófono. Potentes, bailables, infecciosos y sin dejarse nada dentro. Enlazan con “Two Sisters”, en la que el hermano de Miguel, Fernando, entrega ya uno de sus mejores solos de la jornada. Que Marta tras teclas tiene una importancia capital en el sonido de la banda es algo que nos queda claro en “I’ve Lost My Faith (In You)”. Con Diego Reyes a los mandos sonidazo tremendo el que entregaban, sin trampa ni cartón, y un público que se divertía de lo lindo con los de la capital.
Una audiencia que se vendría aún más arriba con su ya habitual colisión entre el riff de “Smoke On The Water” de Deep Purple y la letra de “Fight For Your Right” de los Beastie Boys. Rock flamígero y festivo aquí. Pegadizo y disfrutón. Con ese inequívoco patrón bombo – caja – bombo de la batería de Loza invitando al movimiento de melenas, caderas y lo que se terciara. “Microdosis”, ahora en nuestro idioma, persiste en esa encarnación tan hedonista, que viene a contrastar con un puente que divaga entre lo elegante y lo alucinado. No faltaron los pequeños speeches de Fernando. Como ese que comenta, a grandes rasgos, los ya lejanos orígenes de la banda. Fue antes de entregar “Lucky Man”, de su más reciente obra de estudio, el de todas formas lejano “Musseexum” de 2018. Marta se magnificó aquí. Mucho el carisma que atesora y aún más la clase que despliega sobre las teclas. Sería la propia Marta quien introdujera la que, a la larga, sería una de las mejor recibidas por el público, no otra que esa “I Enjoy The Forbidden” donde, no creo que fuera el único que lo pensara, nos sobrevoló el espíritu del legendario Phil Lynott. Sea como fuere, el mejor Miguel de toda la noche.
Fernando tuvo tuvo tiempo de mandar un saludo a la buena gente de Automatic Kafka. Y de afirmar que les gustaba la comunidad. Que había que estar unidos. Le había llegado el turno, claro, a su habitual revisión del “Unidos” de una de nuestras grandes bandas de culto, Parálisis Permanente. Muy celebrada y bailada aún más si cabe por un Kuivi rendido a los madrileños. “Menos mal que tenemos una con cencerro”, bromearon. “Junto con el opio, lo mejor para sobrellevar la vida”. “Horizons” son unos Sex Museum tremendamente vacilones. De hecho en “Breakout”, y como ya sucediera en 2024 (crónica) mi cabeza no podía hacer otra cosa que no fuera que recordar el paso por la capital de otros ilustres, los japoneses Acid Mothers Temple, allá por 2016.
Pero volviendo a lo que nos ocupa, el final de set es flamígero. Loza impulsa a los suyos y el Kuivi, sediento de fiesta, responde con manos al viento y la mayor de las algarabías. Llama la atención la vitalidad que muestran en todo momento. Si es verdad aquello de que el rock le mantiene joven a uno, en pocos casos resultará más cierto el tópico que en el de estos Sex Museum. Pero aun entre toda la fiesta y el jolgorio, me gustó que tuvieran un detalle para con el bueno de Jorge Ilegal. Sobra decir que nuestros pensamientos están también con él. El cierre de tamaña fiesta, a modo de pequeño bis, correspondió a “Flying High”, que colmó las ansias de muchos y dejó satisfechos, quiero creer, a todos los presentes. A tenor de lo visto, y espero no gafar a nadie, queda museo del sexo para rato.
Buena dupla para un agradable sábado noche. Unos Automatic Kafka que siguen creciendo primero, unos Sex Museum que confirmaron su estatus de culto después. Todo para redondear otro buen fin de semana en Heavy Metal Brigade junto a la escapada del viernes para el show de Gus G y Ronnie Romero. Por eso quería mandar un sincero agradecimiento desde aquí a todos quienes siguen apostando por la música en directo, especialmente en estos tiempos cada vez más oscuros. Una de las pocas luces que brillan bajo una realidad cada vez más sombría. Mandar también un saludo a los habituales de siempre y ya saben: nos vemos en el siguiente.
Dos verdaderos ilustres. El griego Gus G. en torno a Ozzy Osbourne y sin menospreciar en ningún caso su trabajo con Firewind y el chileno Ronnie Romero en torno a Rainbow, sin olvidar tampoco sus álbumes junto a Elegant Weapons, The Ferrymen o Lords Of Black. Con ellos, el bajista de origen italiano Andrea Arcangeli (DGM, Sunstorm, Noveria) y el batería belga Jo Nunez (Firewind, Lords Of Black, ex Kamelot). Y el lugar, la sala con capacidad para unas mil personas Escenario Santander. La decisión de escaparnos hasta la comunidad vecina y desbloquear un nuevo escenario, valga la redundancia, era un no brainer que diría un guiri. Heavy Metal Brigade se echó una vez más a la carretera y estas son nuestras impresiones acerca de la jornada.
Sonaba el debut de November antes incluso de acceder a la sala. No por nada, Dani G. iba a ser el encargado de llevar la manija sonora de la velada. Ésta iba a estar adornada apenas por un electrónico de fondo con los respectivos logos de Gus y Romero. Y el set, que arranca cuando los relojes rondan las 21:30, se iba a iniciar, en formato trío, con un par de instrumentales: la primera, esa “Force Majeure” para la que el guitarrista griego contó, en su versión de estudio, con nada menos que Vinnie Moore. Con esta rendición en vivo fuimos siendo conscientes de la que se nos venía encima, con unos bombos de la batería de Nunez de los taladraban el pecho. Suena muy redonda y entera la banda ya desde el comienzo. Aún en las tantas veces problemáticas primeras filas. Quien más, quien menos, esperaba ya la salida del santiaguino, pero ellos aún iban a tener tiempo de entregar otro corte instrumental, ese “Quantum Leap” que daba nombre al álbum que Gus G. editara en 2021. Elegante, sabiendo solear sin florituras innecesarias, exprimiendo con virtuosismo pero sin excesos su preciosa Jackson con detalles dorados.
Sería el de Salónica el encargado de presentar a Romero. Y ya con la formación al completo, entregaron una “Castaway On The Moon” en la que el chileno se muestra pletórico, pareciera que dispuesto a no dejarse nada en el tintero, aún con el largo set que le quedaba por delante. Un set que, amén de un carro de versiones, acertó a repasar la trayectoria de ambos músicos. O por mejor decir, una parte importante de ella. Sabiendo ceder el protagonismo a su compañero durante el solo, el hard heavy parece haber encontrado un Dio para las nuevas generaciones. Palabras mayores, soy consciente, pero de voz, carisma y clase el suramericano va más que sobrado. El frontman, muy parlanchín en todo momento, recordó anteriores visitas a la ciudad. Incluso se atrevió a destripar parte del set, si bien a pequeños rasgos, al tiempo que bromeaba con el público y nos recordaba que este era el primer show del tour junto a Gus. Introdujo finalmente la más pesada y sin embargo tremendamente elegante “Chased By Shadows”, con la sombra del pequeño elfo persiguiendo al chileno, en algún que otro gesto incluso, casi mimético, con la leyenda de Portsmouth. Poderoso Romero aquí, que amén de a Dio, me recordaba también a otro grande de esto como es Johnny Gioeli. La reacción que se produce entre la gente, toda vez la composición alcanza ese eficaz cambio de ritmo, ya dio muestras de que había muchas ganas de disfrutar con el cuarteto.
Tiempo entonces para la que Ronnie reconocería como una de sus “favoritas de Black Sabbath… con Dio”, y que no era otra que “The Mob Rules”. El vocalista aparta aquí el pie de micro, inalámbricos para qué os quiero, y muestra gran sintonía con el guitarra griego. Viéndoles, parece como si llevasen toda la vida tocando juntos. Realmente una de esas conjunciones en las que la química arriba del escenario termina por desbordar hasta el foso. El propio Gus G. se atrevería con algún que otro pinito en nuestro idioma. Y la banda introduciría el primero de los guiños a Rainbow con una “Kill The King” que sonó a gloria. Aquí se vio a un Ronnie Romero algo más exigido, lo que en su caso aún significa cantar a unos niveles con los que algunos solo sueñan. El vocalista anunció después que se iban a salir del repertorio. Y lo hicieron para recuperar “Cold Sweat” de ni más ni menos que Thin Lizzy. Versión que, doy fe, pilló en fuera de juego a más de uno y de dos el pasado viernes en el Escenario Santander. Gus G. brilló con luz propia aquí, desatado y sin frenos, mostrando su lado solista más salvaje y efervescente.
De los propios Gus G. y Ronnie Romero es una “My Premonition” en la que el primero echa una mano en coros y el segundo ofrece toneladas de feeling en un fantástico epílogo. El guitarra recordaría entonces las muchas veces que ha pisado la península, pero cómo ninguna de ellas había sido para presentar su material en solitario. El set iba a entregar entonces “Redemption”, de su álbum de 2014, con el santiaguino en, quizá, sus tonos más altos de la noche. Aunque si hubo un momento que me sorprendió del set, ese fue sin duda “I Am The Fire”. Por la reacción de la gente, por los solos descosidos de Gus G., guitarra sobre la nuca inclusive, y Romero mostrándonos cómo cantar el estribillo con propiedad. Con un profesor así, como para hacerlo mal. Con casi medio Firewind sobre las tablas, recuperar aunque fuera un corte de la banda griega era casi inevitable. La elegida no fue otra que “Destiny is Calling”, con un Jo Nunez realmente desatado tras el sufrido kit de batería.
Gus G. se iba a meter en los zapatos de Ritchie Blackmore por partida doble. Primero con la inmortal “Highway Star” de Deep Purple, con Ronnie dejando un gran agudo inicial y el griego haciendo las veces también del inconmensurable Jon Lord. El público, claro, agradeció sobremanera esta rendición del clásico Purple. Pero en lo personal aún disfruté en mayor medida de una “Stargazer” (Rainbow) que puede ser, fácilmente, una de mis cinco, cuatro tres canciones favoritas de la historia de esto. Romero, muy en el papel de Dio ahora, salió más que airoso y mira que era una papeleta (auto impuesta) más que exigente y difícil. Él había reconocido que se trataba de su canción favorita de la banda. Y la de tantos. Nos ha jodido. Momento de forma envidiable el que atraviesa el chileno.
El set se había cerrado con hora y cuarto de reloj, que no estaba nada mal, pero ellos aún iban a tener tiempo para unos buenos bises. Tal y como había arrancado el set, la banda volvería de backstage en formato trío para que Gus G. le volviera a sacar las telarañas a su Jackson. Ronnie presentaría después a la banda y su compañero tendría tiempo de recordar su paso por la banda del recientemente desaparecido Ozzy Osbourne. Los vítores de la gente aquí, claro, fueron inevitables. Y “Bark At The Moon”, co escrita junto al príncipe de las tinieblas por el nunca del todo reivindicado guitarrista Jake E. Lee, puso a la gente a los pies de la banda. No obstante, que era el primer concierto de la gira es algo que se dejó notar en la pequeña pifia de Nunez durante “Shot In The Dark”. Peccata minuta, fue apenas un detalle y la banda lo resolvió con clase y tablas. Van sobrados. “Esta la cantamos juntos, Santander” dijo Ronnie, y procedieron a dejarnos la última perla de la noche, una “War Pigs” de Black Sabbath más necesaria que nunca. Y sí, cantamos y gritamos estrofas y estribillos, por segunda semana consecutiva (crónica), siendo como eramos conscientes de que el bolazo que estábamos presenciando tocaba a su fin. Y que el legado de Bill, Geezer, Tony, Ozzy, Dio y tantísimos otros no morirá mientras haya músicos de este nivel reivindicando su colosal legado. Gran show.
Lo creemos así. Cuando colisionan dos músicos de este nivel, en semejante estado de forma, y aciertan a transmitir lo mucho que disfrutan sobre un escenario, no queda otra que congratularse porque bien el negocio, bien el destino, bien quizás ambas cosas, haya juntado sus caminos. Sumando ida y vuelta fueron casi cuatro horas de carretera pero, a fe nuestra, merecieron la pena. Nada más queda que agradecer tanto a la banda como al Escenario Santander por las facilidades dispuestas en favor de esta crónica, al propio Ronnie por el detalle y la amabilidad y ya saben: nos vemos en el siguiente.
Once años hacía que Tim Owens no pisaba Asturias. Quiso la casualidad, de hecho, que lo volviera a hacer en la misma sala que antaño: nuestra querida Acapulco de Gijón. Acompañado para la ocasión de la buena gente de Baja California, la dupla nos prometía una noche más para el recuerdo. Lo suyo sería empezar por la buena entrada que registró la sala. A ojo de buen cubero uno nunca sabe la cifra con exactitud. Si el de Battle Beast fue la mayor venta de tickets de todas cuantas he presenciado allí, la del pasado sábado fue sin duda una de las que más se le acercó. Al menos en lo que a una banda de heavy metal se refiere.
Enésimo encuentro de esta casa con la buena gente de Baja California. Los asturianos, siempre en línea ascendente, y a quienes habíamos visto hace escasas fechas como teloneros de unos tales Europe, acudían a la cita con el SoldierDani Villamil ocupando el puesto del habitual Javi Monge. Suena esa intro, que tanto me recuerda a The Night Flight Orchestra, mientras la base rítmica de Javi Hernández “Cete” al bajo y Gus Velasco tras baterías acude a tomar posiciones sobre el escenario. Una vez ya con la banda al completo, arremeten con su habitual “Caída Libre”. Un arranque de incendiado hard rock que acostumbra a funcionar para los asturianos. Manu Roz no dejó de animar a la gente, tampoco de jugar con su adornado pie de micro. Y Villamil se mostró bastante hábil en sustitución de Monge. Unos Baja California de circunstancias se podría decir. Nada más lejos. Incluso me atrevería a decir que el sábado se pudo oír una versión algo más contundente del quinteto.
Puede ser algo que salte al oído en una “Tiempo Suicida” que pocas veces habrá sonado tan redonda. Porque la banda sigue creciendo y se nota. Roz se la había dedicado a “todas esas pasiones que no llegaron a ninguna parte”. El frontman de los California se mostró tan activo como de costumbre. Y aunque en algún momento hubo dificultades (al menos en primeras filas) para oírle como merece, por lo general pocas dudas caben sobre su desempeño. El propio vocalista sería quien agradecería a los medios por el apoyo desinteresado que reciben. Había llegado el momento, como dijo Roz de “brindar por el rock and roll”. Aunque si hay un tema que recibe grandes dosis de calor por parte de la gente ese es “Indomable”. La banda supo responder con clase pero sin perder un ápice de contundencia. El habitual Aarón Galindo introduciría en solitario “Reina De Hielo”, otra de esas que parece inamovible en sus setlists. Aún cuando Cete tuvo algún que otro percance con su (ya icónico) bajo, buena versión de la banda la que estábamos viendo.
No iba a ser un set exento de sorpresas. Y es que la banda no iba a perder la oportunidad de subir al escenario al bueno de Javi Monge y, toda vez mutada en sexteto, entregar “Polvos Mágicos” a una entregada Acapulco. En “El Mejor Error”, Roz bajaría a saludar a su progenitor a las primeras filas. Muy emocionado el espigado vocalista aquí y no era para menos. Para el cierre quedaban un par: “Dueños De La Noche”, con petición de aplauso para Monge antes del solo, y esa versión más potente de la banda que siempre ejemplifica “Electricidad”. Su techo no sabemos dónde está, pero siguen dando pasos en la dirección correcta.
Son alrededor de las once cuando arranca a sonar la intro de “Jugulator”, la canción que daba nombre al primer álbum de Tim “Ripper” Owens en la disciplina de Judas Priest. Una de las líneas de voz más exigentes de la carrera del norteamericano y que supone, de inicio, toda una declaración de intenciones por su parte. Cincuenta y ocho años le contemplan, era su noveno show en diez días, pero ello no quitó para que ya desde el inicio mostrase cuánta voz queda aún en su garganta.
Junto al de Akron (Ohio, Estados Unidos) están los andaluces Pulsa Denura, mostrando un nivel mucho más que digno junto al ex Iced Earth. El set siguió con la versión de la que ya fuera una versión (de Fleetwood Mac), no otra que “The Green Manalishi”, con un Owens cogiendo algo de aire tras el violento arranque y Acapulco coreando a gusto. El frontman, que había irrumpido con su inseparable gorra y oculto bajo las gafas de sol, abandonó estas para preguntarnos primero si nos gustaba el heavy metal, y después si sabíamos cuál era su nombre. Era el turno, claro, de “The Ripper”. Llama la atención cómo, dos décadas más tarde, sigue presentando los temas a la manera en que lo hacía a su paso por Judas Priest. Las mismas coletillas, las mismas preguntas, incluso las mismas poses. Como esa con los brazos extendidos con la que da la bienvenida a, claro, “Burn In Hell”, con otro gran desempeño vocal y unos Pulsa Denura en su encarnación más cruda y rotunda. Una sucesión de riffs capaces de detener la rotación de la tierra tanto en este corte en particular como en aquél disco en general. Tan odiado por unos, tan amado por otros entre los que me incluyo. Solazo de José Pineda aquí, quien hacía las veces del legendario Glenn Tipton sobre las tablas de Acapulco.
Owens tendría entonces un par de detalles. El primero para con los chicos de Baja California y el segundo, para la recientemente desaparecida leyenda Ozzy Osbourne. Había llegado el turno de rememorar a Black Sabbath con “Children Of The Grave”. Gracias a “Hellfire Thunderbolt” el set vira momentáneamente hacia KK’S Priest, el proyecto que vuelve a juntar al americano con el que fuera su compañero en Judas Priest, el no menos legendario K.K. Downing. Con la banda sonando realmente potente aquí y un duelo solista entre José Pineda y Miguel Salvatierra de lo mejorcito de la noche. Ripper introdujo entonces (calcando el modo en que lo hiciera en “‘98 Live Meltdown”) una de mis grandes favoritas del vastísimo repertorio Priest: “Beyond The Realms Of Death”, del magnífico “Stained Class” de 1978. Algunos ni habíamos nacido. Estupenda interpretación de Owens aquí, gran ejecución de la banda y solazo final de Salvatierra para uno de los momento álgidos de la jornada. Lo siento así.
El set volvería entonces al primero de los discos que Ripper grabó con la banda británica para extraer de él el thrash contundente y conciso de “Blood Stained”. Otra gran amalgama de riffs y un Owens como pez en el agua a través del que puede ser el corte más pesado de todo el show (y que gocé lo más grande, para qué mentir). Llegó entonces el momento de volver la vista atrás, concretamente a su paso por los ahora caídos en desgracia Iced Earth, y recuperar “When the Eagle Cries” de aquél “The Glorious Burden” de 2004, con el vocalista llevándose la mano a su hebilla del cinturón con la bandera de su país y la guitarra de Salvatierra muriendo justo en mitad del solo. Peor timing, imposible. Sea como fuere, no niego me sorprende la gran acogida de “One More Shot At Glory”, el guiño de KK’S Priest al “Painkiller”, y que es lo más cerca que está el set de tan icónico álbum. Tremendo Owens al final con una serie de agudos realmente portentosa.
El ex Beyond Fear no quiso olvidarse de otra voz desaparecida recientemente, no otra que la de Paul Di’Anno, aprovechando para recuperar “Wratchild” de Iron Maiden y abrochar así a las tres grandes del heavy metal británico (Sabbath, Priest, Maiden). “You guys are loud”, reconocería un sonriente Owens. Luego volvería entonces a su segundo y último álbum con Priest, “Demolition”, aprovechando para reconocer que se trata de su favorito junto a la banda. Tampoco es que hubiera mucho donde elegir. Pero lo que llama la atención es lo mucho que gana una canción como esta con una afinación en condiciones, y no con la que aquél disco y no digamos ya el subsiguiente álbum en directo “Live In London” salieron al mercado. Aquí se produjo un pequeño solo de batería, con un buen juego con la gente, y donde más de uno se relamió pensando en la legendaria “Painkiller”. No fue el caso, pero raro si la no menos legendaria “Electric Eye” enfurruñó a alguien. Owens, pese al cansancio acumulado del encadenado de fechas previas, aguantó el tipo más consciente que nunca de sus fortalezas pero también de sus debilidades.
“Living After Midnight” pondría la fiesta, con una Acapulco rendida a la banda, y “One On One” supuso un cierre que muchos, seguramente, no se esperaban. Con eso y con todo, la ovación final que la sala dispensa a la formación, los vítores incluso, hicieron pensar en que tal vez cupiera una bola extra. No fue el caso, pero creemos que Owens aprobó con nota en este su segundo paso por la región. Se ha rodeado de buenos músicos y construido un set que abarca no solo su tiempo en Judas Priest sino pequeñas píldoras de algunas de las bandas más grandes de esto. Así cualquiera.
Otra buena jornada en Acapulco. Una buena entrada, dos buenos sets, unas cuantas anécdotas más en el zurrón y el deseo de que no haya que esperar otros once años para tener al destripador en nuestros escenarios. Agradecer una vez más al personal de Acapulco por el trato y las facilidades, mandar un saludo a los muchos habituales con quienes nos cruzamos y ya saben: nos vemos en el siguiente.
El Perchera Fest tenía a bien contar con los heavy metaleros Edén como principal reclamo, lo que nos pareció un motivo tan bueno como cualquier otro para tomar el pulso a Javier Díaz y los suyos. Acompañados para la ocasión de los locales Apelo, banda que por cierto, comparte batería con el propio cabeza de cartel, lo cierto es que se quedó una noche de lo más «apañá».
Preparaban sus bártulos los gijoneses de Apelo cuando llegamos a la carpa del evento. Y para cuando arrancan, lo hacen con el “Feo, Fuerte y Formal” de un tal Loquillo, elección que vendría a dar un poco la medida de la selección de cortes que eligieron de cara al evento. “Todo Negro”, aquella revisitación que acometieran Los Salvajes sobre el “Paint It Black” de los Stones, “Princesa” de Sabina, “Dime Que Me Quieres” de Tequila… en resumidas cuentas, un repertorio un tanto ligero para un medio como este, pero una banda que pareció divertir a los presentes.
En lo personal, agradecí el “Buscando En La Basura” de La Fuga, una canción (y un disco) por la que guardo un especial cariño, aunque la gente pareció recibir de mucho mejor grado “Bailaré Sobre Tu Tumba” (“Y bailaré Sobre Two Yupa”, que dijera Nacho Vigalondo en Twitter, X como dicen los tontos) de Siniestro Total. Hubo deseos de pronta recuperación para Jorge Martínez, a los que nos sumamos, y tiempo de interpretar el “Tiempos Nuevos, Tiempos Salvajes” de Ilegales. Un “Soldadito Marinero” conoció a una “sirena” y, en general, la gente pareció divertirse con ellos.
Edén demostraron estar en buen estado de revista y, de hecho, están sonando bastante bien ya desde los primeros compases de “Ave Fénix”. Y aunque huelga decir no era mi primera vez con la banda, sí lo fue con su actual line up, con los fichajes Álvaro Cocina en guitarras y el Decibel RaceDini en voces. El leonés, mimetizado ya con la banda asturiana, mostró un buen estado de forma en todo momento. Así las cosas, en “Nunca Más” está dejando voces agudísimas. Antes había pedido un aplauso para Fernando Argüelles por aquello del doblete. Junto a ambos, Javier Díaz se descolgaría con el que pudo ser uno de sus mejores solos de la jornada. No faltaron agradecimientos a la organización del Perchera Fest por seguir apoyando la música en directo. En “Desde El Aire”, la banda suena más power que nunca. Elegantísimo puente aquí, por cierto.
Es en “Alma De Libertad” donde Dini pide puños en alto. Las pistas pregrabadas puede que resten algo en cuanto a lo orgánico de la descarga. Pero Argüelles está firme y conciso tras baterías aquí. Era una disposición escénica un tanto extraña, con el kit del ex Omenomejodas encajonado a un lado de las tablas. Humo y fuego, amén de una miríada de paneles electrónicos configuraban el escenario. Precisamente el panel del fondo iba a cobrar especial importancia en “Puedes Ser”, con la proyección del correspondiente videoclip. Un corte que Dini dedica a Susana, y que alberga uno de sus cambios de ritmo más hábiles. Buenos coros del bajista Juanjo Díaz aquí y otro buen solo de Javier Díaz para unos Edén en plena forma.
Sería el propio Juanjo quien dedicara “Como Un León” a “toda la gente que sufre” y “al pueblo de Gaza”. Edén muestran aquí su lado más heavy, amén de entregar un más que vistoso juego solista entre Álvaro y Javier. “Vamos ahora con un tema que algunos han bautizado como happy metal”, anuncia Dini, y que resulta no ser otro que “Junto A Ti”, hasta la fecha último single editado por la banda, y que ciertamente deja un heavy metal más, en efecto, feliz, y donde pensar en bandas como Freedom Call (y aledañas) resulta casi inevitable. Esa naturaleza más amable de la composición, en cualquier caso, no empaña otra buena turné solista entre Díaz y Cocina. “Sangre De Metal” nos retrotrajo entonces a su álbum de 2019 “El Despertar De Los Sueños” para que Edén regresaran así a su cara más dura. Aquí Álvaro tuvo un percance con su guitarra, que hubo de cambiar en plena faena, dejando a la banda en cuarteto por unos instantes. El ex Nuevecondiez resolvió el trance con prontitud y todo recondujo finalmente hacia una total normalidad.
Pero iba llegando el final. “Rebel Yell” de Billy Idol volvió a ser la elegida como única versión del set. Volverían al material propio con “Perdido Estoy”, donde se produce el juego de Dini con el público, y cerrarían con “Ella”. Aplauso muy especial para Argüelles por el mencionado doblete, foto finish… y cuando ya todo parecía terminado, ellos aún se animaron con una más. “El Fin”, de su último álbum “Alma De Libertad”, sería efectivamente la que echaría el cierre a un, creemos, buen set por su parte.
Dini se desenvuelve bien sobre las tablas. Por lo que uno ve sobre el escenario, parece haber caído de pie en el seno de la banda asturiana. Son muchas las voces que han pasado por Edén pero, sin menospreciar a nadie, da la sensación de que ha entendido al milímetro las particulares idiosincrasias de una formación como esta. Redondos y en forma, con un buen puñado de buenas canciones y un Argüelles que salió airoso del siempre esforzado doblete. Un gusto, que diría aquél. Por nuestra parte nada más. Mandar un saludo tanto a músicos como a los habituales de siempre y ya saben: nos vemos en el siguiente.