
Punto final a la trilogía cristiana de Enzo And the Glory Ensemble tras “In the Name of the Father” (2015) y la continuación “In the Name of the Son” (2017). “In the Name of the World Spirit”, que habrá de ver la luz el 27 de marzo vía Rockshots Records ha sido producido nuevamente por Gary Wehrkamp, mastermind de los pensilvanos Shadow Gallery y masterizado por Simone Mularoni, compositor, seis cuerdas en DGM y en cuyas espaldas reposan los sonidos de una ristra casi inabordable de discos. Del muy modesto arte del disco se encargó Nello Dell’Omo.
Al igual que sus dos primeras obras, “In the Name of the World Spirit” viene hasta arriba de músicos invitados. Entre los más relevantes y/o conocidos por el gran público destacar a Kobi Farhi (Orphaned Land), Philip Bynoe (Steve Vai), Ralf Scheepers (Primal Fear), Marty Friedman (ex-Megadeth), Mark Zonder (Fates Warning, Warlord) o el propio Gary Wehrkamp. Habría estado bien que el sello nos facilitase la relación de dónde colabora exactamente cada cual pero aquí uno hace lo que puede (y lo que debe) con el material del que dispone.
“Precariousness” es una escueta introducción de apenas un minuto y poco calado que termina de anticipar qué clase de disco está al caer. A menos que conozcas, claro está, el par que lo preceden. Porque estalla “Nothingness (It’s Everyone’s Fate)” y lo que se viene, como no podía ser de otro modo, es metal progresivo de coros abundantes desde el primer segundo. Mis oídos habrían agradecido unas guitarras menos comprimidas, pero en general no puede decirse que el sonido sea malo. Ni mucho menos. Hay duelo de guitarras en el tronco central del tema y omnipresente colchón sinfónico dando enjundia al bloque. Turra dirán algunos y a lo mejor no les falta razón. Finalmente aparece un coro eclesiástico al punto de que el sello llama “gospel metal” a esto. “The Bronze Age” arranca tan directa como grandilocuente, con un pie en el ‘etnicismo’ de los tunecinos Myrath y otro en la excelencia técnica de Symphony X. Maestría instrumental en el puente y nueva ración de coros catedralicios en el epílogo. “Try to Put in Pit the Fear” tiene un estribillo de aire extraño y festivo con el que no termino de empatizar del todo. Pasa por ser uno de los temas más cortos del disco… y sería el más prescindible de no resurgir inesperadamente cerca del final al tiempo para desembocar en un gozoso frenesí instrumental que no hace sino poner de relieve las capacidades técnicas de los músicos aquí involucrados.
Meloso dúo de voces masculina y femenina en la inicialmente tranquila “To Every Chest” para que el disco respire y dejemos de lado tanto ardor masturbatorio. Tras ese inicio reposado se torna grandilocuente pero sin llegar nunca a desviarse del patrón inicial. Extraño arranque vocal para la más animada “Just in My Heart the Blame” que devuelve el ardor técnico del inicio del álbum mientras intercala pasajes tranquilos. Es un tema poliédrico en cuanto a ritmos, que lo mismo flirtea con el power que se asoma al progresivo más DreamTheateriano (Petrucci me perdone) y termina por convertirse en uno de mis favoritos de todo el disco. Otro inicio tranquilo, casi onírico, el de “I’ll Add More”, de nuevo a dos voces, donde no obstante, si hay algo que destaca sobre el resto son las guitarras dobladas de su parte final. A fuerza de ser sincero quizá seis minutos quizá se me antojen demasiados para un tema como este.
Power suculento para sacar al disco del letargo en “My Pillory”, que engaña con ese inicio tan calmado y sorprende al inundarse de baterías veloces y riffs cabalgantes. Mientras nos encaminamos hacia el último tercio del disco y justo antes del corte más largo está “Last Weep”, otro tema tranquilo, trufado de arreglos de cuerda primero y de guitarras eléctricas después. Un medio tiempo a modo de preámbulo a los ocho minutos largos de “Psalm 13 (Tell Me)”. “Al señor quiero cantar: él es mi recompensa”. La nuestra como oyentes es un primer tercio muy manso, a voces masculina y femenina, un segundo más embravecido, voces rasgadas inclusive, y un tercero donde la algarabía sinfónica es más que notable. Un buen batiburrillo que condensa lo mejor de “In the Name of the World Spirit” y aún le añade varias ideas más.
Imbuido tal vez por las voces femninas que atesora, lo cierto es que “Echo” me trae a la mente el nombre de Nightwish. Hay algo en este tema a medio gas que, por alguna razón, me resulta muy familiar. Pasa en un suspiro y se olvida aún más rápido. “One Reason” en cambio me gusta más, con ese riff machachón y el bajo tan al frente. A dos voces masculinas es un tema jovial y despreocupado que se enreda en su parte central; por suerte sin terminar de complicarse del todo. La final “The Silence Speaks for Us” cierra este disco pero tranquilamente podría sonar en el epílogo de la última película de Disney. Balada a dos voces sin demasiada historia. Cumple su cometido sin resultar para nada memorable.
Y ya estaría. Sesenta y cinco minutos de goce instrumental, músculo sinfónico e “influencias étnicas” en los que Enzo Donnarumma ha puesto todo su empeño y amistades para culminar su peculiar trilogía religiosa por todo lo alto. Y más allá de un par de derrapes e ideas a destiempo, diría que el gragnanesi lo ha conseguido.
Texto: David Pérez Naves