Reseña: Green Desert Water «Eerie Meadows» (Small Stone Records 2026)

Tercera entrega para una de las bandas más en forma del hard rock estatal. Green Desert Water, tras entregar el fenomenal “Black Harvest” en 2021, regresan ahora con un “Eerie Meadows” destinado a llevar un paso más allá a Dani Bárcena (batería, percusión) Juan Arias (bajo) y Kike Sanchís (guitarra, voz). De nuevo bajo el abrigo de Small Stone Records, los ocho cortes que ocupan este nuevo trabajo se grabaron y mezclaron en los Tutu Estudios de Corvera (Asturias) con producción de Sergio Tutu y Diego Martínez. Masterizado posteriormente por Chris Goosman en los Baseline Audio Labs de Ann Arbor (Michigan, Estados Unidos), viene adornado por el arte de Ossobuko Studio y cuenta con coros de Álvaro Bárcena.

Inicio reposado el de esta “Northern Lights”. Una pausada introducción al álbum, de aires stoner y sonido cristalino. Huelga decir, toda vez que las guitarras más graves irrumpen aquí, que el trabajo en los Tutu Estudios ha dado buenos frutos. Muy melódico Sanchís en ese prólogo. Es el corte más extenso de los ocho y realmente da esa sensación de que la banda ha querido mimar cada detalle. Me agrada la forma en que, sin prisas, los chicos van dibujando ese largo crescendo inicial. Sin prisas ni apreturas. Pero también la pegada que la banda consigue toda vez Sanchís engrana los riffs más graves y sus tonos más altos tras el micro. Un primer corte, en definitiva, tan refrescante en ese aire tan alucinado de su primera parte como fiel a la más auténtica tradición G.D.W. en su enrabietada parte final. Gran arranque.

Luego en el álbum irrumpen cortes más sencillos. Uno es este “The Blacksmith”, apoyado en una estupenda línea de batería de Bárcena. El riff sobre el que desarrollan este hard rocos y pesado, tienen ese gancho (inconfundible) que Sanchís ha venido cultivando desde aquél “Solar Plexus” de 2018. Qué buenos esos coros que le acompañan en estribillos. Crepita en todo momento el bajo de Arias. Una presencia la suya que se hará especialmente significativa a través del solo de guitarra de ese tramo final. Corte marca de la casa.

Eerie Meadows” recoge su herencia más Black Sabbath. Aquella que se dejaba sentir a lo largo y ancho de su anterior largo “Black Harvest”. Sanchís muestra otro de esos riffs directos al cuello. Pesado y con gancho, acompaña al vocalista durante esas estrofas tendidas, dueñas de una cierta tensión, y con el asturiano trazando una de las mejores líneas de voz que le recuerdo. Desde el aspecto puramente guitarrero, puede ser uno de los cortes que más llaman mi atención. Tanto los que adornan estrofas primero como estribillos después, me agradan y me enganchan. Luego llega ese cambio de ritmo del epílogo. Sobre él acomoda Sanchís el solo, en otro rasgo de pura idiosincrasia G.D.W.. Ha dado nombre al disco y, desde luego, puedo entender los motivos.

El prólogo “Woodcutter” tiene algo que siempre me recuerda a aquella “Too Many Wizards” del anterior trabajo. Lo bueno es que esas similitudes desaparecen toda vez el corte transita hacia sus primeras estrofas e irrumpe ese aire más alucinado. Sin bordear la psicodelia pero con Sanchís ahora en tonos más conservadores. Contrastan con con esos solos a modo de engarce entre estrofas Son sucios y a la vez vistosos, Un corte que se irá volviendo más alucinatorio camino del tronco central, para una vez allí desembocar en un estribillo luminoso, casi un contrapunto de ese hard arrastrado y lisérgico. Estupenda labor de Arias y Bárcena durante ese tramo final. No desfallecen.

Holy Ground” procede con una calma muy bien trazada. Entre sonidos que me recuerdan al rock alternativo de los 90 y el inequívoco modo de componer del trío, todo el largo prólogo es un baño en guitarras cristalinas y pasajes tranquilos. Luego irrumpe una mayor gravedad. Otro riff marca de la casa Sanchís, y esta quinta entrega ofrece la mejor cara de los chicos. Y un poco más de brío en un cambio de ritmo de lo más natural. Me gusta el peso que se le otorga a los coros durante estas estrofas. También la estupenda labor de Arias y Bárcena con la base rítmica. Luego Sanchís se desquita con uno de los solos más cuidados y ambiciosos de todo el álbum. Otra de mis favoritas.

Wolfhound” recupera parte del brío perdido y lo confronta con esos dejes más tranquilos y alucinados. Estrofas sumamente cuidadas estas, que contrastan con ese estribillo de aires casi grungeros. Un corte que, a grandes rasgos, me suele recordar a los barceloneses Saturna, oxigena el álbum en cierto modo y que, si bien llega a buen término, puede ser el que más inadvertido ha pasado de los ocho.

Y también es que “Bos Primigenius” puede no ser la más ambiciosa de esta nueva colección de canciones. Pero tiene uno de esos riffs que entran a la primera y estás tarareando durante horas. Es la receta clásica de la banda: un corte rápido y efectivo, que parece tener el directo entre ceja y ceja, pero que no por ello deja de hacer gala del buen nivel técnico que manejan.

El cierre es para “Meteora”, con la banda hilvanando esa faceta más técnica sin olvidar sus dejes más oscuros y alucinados. De resultas de toda esa colisión sonora surge otro de los cortes mejor trazados de este tercer largo. Todo me funciona: desde la fina línea de batería de Bárcena hasta esas cuidadas voces de Sanchís. Acaricia en la misma medida en que ruge y se eleva. Perpetra otra de sus grandes interpretaciones aquí, sin olvidar los buenos riffs u otro estupendo solo final. Un broche de oro a este “Eeerie Meadows”.

Tal y como esperábamos es un disco de una pureza absoluta. En esto no iban a fallar y no lo han hecho. El que es, para unos pocos, el secreto mejor guardado de nuestra escena, confirma su status de culto con un tercer largo fantástico. Con sus recetas de siempre pero equilibrado como nunca. Dueño de buenos riffs, mejores solos y una base rítmica de igual brillo y presencia. Entre el hard pesado, guiños stoner, escarceos lisérgicos y un brío muy clásico, “Eerie Meadows” debería suponer el aldabonazo definitivo para el trío asturiano. Cierto que sería de necios omitir que se trata de una de nuestras bandas fetiche. Pero realmente siento que han trazado un muy buen disco. Esperemos que su esfuerzo no venga a caer en saco roto.

Texto: David Naves

Reseña: Killdozer «Merciless Violence» (The Fish Factory 2026)

Facu y David en guitarras, Leo en baterías, Gonzalo al bajo y Ángel en voces conforman Killdozer, quinteto sevillano de rugiente thrash metal, y que acaba de editar vía The Fish Factory su segundo largo “Merciless Violence”, producido por la propia formación sevillana y con Leo Peña (Jotunstudio) encargado de grabación, mezcla y master.

怒る (Okoru)”, con colaboración a las teclas de Valeria Gassol, ofrece una pequeña dosis de calma antes de que los chicos desaten la tormenta. Sin obviar un (pienso que indisimulado) deje a unos Slayer del “South Of Heaven”, todo desemboca en un tema título, “Merciless Violence”, que desde luego viene a hacer honor a su nombre. Violencia despiadada la que proponen aquí, con un registro, el de Ángel, lindante con el metal extremo. Directos y sin ataduras, bordeando el speed metal más cerril y acelerando camino de estribillos. Me funcionan esos engarces entre las distintas partes. Riffs concisos, sin complicaciones pero con gancho. Es después que la banda equilibra ese nervio con un avanzar más pesado, más thrash, para desembocar en un buen primer solo de guitarra. Receta clásica, qué duda cabe, pero de lo más funcional.

Apostada en ese thrash más pesado, destilando un groove más marcado, “For Your Nation” hace por extraer la cara más técnica del quinteto. Tanto en esa pesadez inicial como en esas andanadas más violentas de las primeras estrofas, con ese aire a los primeros Dark Angel. Brama Ángel al micro, pero si alguien brilla sobremanera aquí es Leo Losada. En la velocidad y también en los cambios de ritmo, me parece que está trazando una línea de batería no poco hábil. La producción de su tocayo es todo lo orgánica y sucia que cabe esperar de un álbum de thrash como este. Incluso caben pequeños dibujos de Gonzalo desde el bajo. Directa e intrincada a la vez, culminada en una sección solista de lo más pintona. Pesadez del prólogo al margen, son casi seis minutos de agresión sin descanso. Bien trazada y, pienso, mejor ejecutada si cabe.

Después llega “Concrete”, corte más extenso de los ocho, y que parte desde un prólogo, reposado y tranquilo, que no le anda muy lejos a los ídem de unos Metallica post “Death Magnetic”. La banda opta ahora por una mayor calma, con el bajo de Gonzalo altísimo en la mezcla. Tras ese metal más apaciguado, surgen por igual el Ángel más grave y los Killdozer más directos y rotundos. Incansable Leo tras baterías y una buena construcción de esas primeras estrofas. Por contra, pueden no ser estos los estribillos con más gancho de todo “Merciless Violence”. Lo que no les falta, en cualquier caso, es la obligada carga de agresividad y, sí, violencia. De ahí en adelante me agrada cómo conjugan una vena más próxima al speed metal con su habitual thrash zapatillero. La sección solista, nada comedida y que parece conducirse sobre un cierto caos, en cierto modo me recuerda al tristemente desaparecido Jeff Hanneman. No da nombre al disco pero, desde luego, pasa por ser la composición más ambiciosa del mismo.

No Salvation”, en cierto modo, resulta más terrenal, algo más ordenada. David y Facu están trazando riffs con gancho en esas tempranas estrofas, que vendrán a contrastar con otros más veloces en estribillos. Un clásico juego entre nervio y pesadez, bien equilibrado y con toda la pinta de funcionar como un tiro en directo. Otro solo, lejano de cualquier viso de cordura, acoge su tronco central. La sorpresa llegará en el epílogo: el cambio de idioma, el contraste entre voces y ese groove nada disimulado. Llamativo, cuanto menos.

Call Of The Void”, que “怒る (Okoru)” al margen pasa por el tema más rácano de los ocho, propone, claro, a los Killdozer más directos. Más intensos que rabiosos en estrofas, llevados siempre por la firme batería de Leo Losada. El trazo, con el (estupendo) solo colocado en el corazón mismo de la composición, de nuevo puede pecar recurrente, máxime tratándose de un álbum de thrash metal. No esconde, de todos modos, la eficacia de sus riffs ni ese registro en voces (a ratos) un tanto más limpio. Puro nervio sevillano.

No cambia mucho el cuento para esta postrera “The Black Cell”, pero ayuda el que venga apoyada en una gama riffera con tanto gancho y pegada. Hay voces muy encabronadas aquí, eficaces cambios de ritmo y partes a puro blast beat. Un corte apenas por encima de los cuatro minutos pero capaz rebelarse como una composición diversa aún en ese discurso tan directo y frontal. El buen solo que ocupa su tronco central, me resulta la guinda perfecta. Me gusta la forma que le dan a esas exhibiciones solistas, máxime en unos tiempos, lo he dicho muchas veces, en que parece premiarse el solo breve y contenido. Killdozer, en esto como en otras tantas cosas, parecen jugar a la contra.

La final “Hell On Wheels” cierra desde un prólogo tranquilo, calmado, que bien podría recordar a los Pantera más bajos de revoluciones. Luego y toda vez la distorsión lo inunda todo, esta octava entrega se descubre como otro de esos cortes atractivos desde el papel. Diverso en cuanto a ritmos, tejido entre riffs que fluctúan entre el groove y la pesadez para desembocar en un mayor nervio. Todo ayuda a construir otro corte llamativo, que lo mismo me recuerda a Anthrax en esas partes con el bajo altísmo en la mezcla que a unos Exodus (eras Rob Dukes). Una despedida en la que queda la impresión de que la banda ha disfrutado como nunca.

En uno de los discos de thrash estatal más cerriles que han alcanzado estas líneas, y a día de hoy ya son unos cuantos, Killdozer han hecho y no poco por plasmar toda su sapiencia técnica. Está presente en muchos de los riffs sobre los que construyen las canciones. También en unos cuantos solos. Por contra, cierto es que hay temas de trazo algo predecible. Pero cuando se atreven a buscarle las cosquillas al género, aciertan con cortes como “Concrete” o “For Your Nation”. Voces rabiosas, el pequeño guiño crossover de “No Salvation” o esa dupla inicial tan resultona. Un álbum tan sutil como calmar un incendio derramando barriles de keroseno.

Texto: David Naves

Reseña: Balsa De Piedra «Vanitas» (The Fish Factory 2026)

Gótico sureño el que hoy nos llega de la mano de The Fish Factory. El quinteto sevillano Balsa de Piedra concita hoy nuestra atención con un segundo largo al que otorgan el nombre de “Vanitas”. La banda se compone de la dupla Moisés Hidalgo & Ángel M. Ramírez en guitarras, la base rítmica del bajista Raúl Schilperoort y el batería Manuel Juscar (al mando también de los sintes) y la voz de Juan Ríos (quien también corre con la maquetación y el arte). Esta segunda obra vino al mundo de la mano de Leo Peña en el Jotun Studio y cuenta con las colaboraciones de Cristina Serrano (voces en “Ad Astra”) y Miguel Palou (violín en “Finis Gloriae Mundis”).

Me gusta todo cuanto tiene de orgánico la introducción “Omnia Vanitas”. Breve, concisa incluso, apoyada en unas guitarras que, de inmediato, nos sumergen en el tono general de la grabación. “Soma” arranca después, y lo hace con una cierta calma. Es el corte más largo de los diez, procurando una escritura que parte desde ese quejumbroso bajo del prólogo hacia una composición de lo más diversa. Aquí me engancha el riff, con ese inequívoco deje a lo Black Sabbath, amén de un aspecto vocal adherido a esas fuertes influencias góticas del quinteto. Una mayor grandilocuencia acoge a los estribillos. Asimismo, me agrada el solo que sigue por cuanto éste tiene de atmosférico dentro de la grabación. Un corte lleno de contrastes, tejido sin prisas, bien armado. El aspecto lírico puede despistar a más de uno. En mi caso, y no descarto vaya a ser el único, me recuerda al segundo largo de mis paisanos Narwhale, salvando cuantas diferencias hay en lo musical entre unos y otros. El buen solo que antecede al epílogo apuntala la que, pienso, es una más que llamativa dupla inicial.

In Vino Veritas” toma entonces un rumbo más vivaracho, recogiendo un sonido algo más Type O Negative y mostrando por el camino una construcción más tradicional. Un corte con corpus de single, donde la banda transita un camino más acomodado, de mayor enganche con el común de los mortales, apoyado en una producción diáfana, bien equilibrada y con un Juan Ríos ahora en tonos más altos. Quizá no alcance a desprender aquella sensualidad arrebatada (a veces humorística, a otras totalmente autoconsciente) del tristemente desaparecido Peter Steele pero un corte que me engancha en cualquier caso.

La caverna” me engancha ya desde el mismo prólogo. Es un arranque pleno de atmósfera, tenso, que destapará luego, como ya hiciera “Soma”, la cara más doom de los sevillanos. De nuevo creo que el riff en que apoyan este metal más pesado tiene enjundia suficiente. Quizá no encuentre el mismo peso en aquél que conforma los estribillos. En cualquier caso, me agrada mucho su aspecto lírico aquí…

Arde la piedra por la tiranía de la gravedad. Carne y cadenas es la geografía de la soledad

… así como unos arreglos que le otorgan una personalidad muy especial a esta cuarta entrega. Hay ideas aquí que bien podrían tener cabida en álbumes de gente como Paradise Lost o My Dying Bride, convenientemente tamizadas por la particular personalidad de la banda. En el tramo final, por contra, todo parece recoger un aire más cercano a unos Héroes del Silencio, con ese ritmo más vivaracho y, muy especialmente, esa interpretación de Juan Ríos, no muy lejana del ínclito Enrique Bunbury. El broche final, por contra, llevará a Balsa de Piedra hacia su vertiente más nerviosa y trotona. Ni que decir tiene que otra de mis favoritas.

El prólogo de “Estatua de Sal” busca ahora un tiento más melódico en guitarras. De nuevo un corte vivaracho, con un pie dentro del gótico y otro en el doom más casual. Me gustan mucho estas primeras estrofas. La desnudez inicial, los buenos riffs que enseñan después. Por ahí vuelve a sobrevolar esa influencia tan Héroes. El estribillo creo puede ser uno de los más efectivos de todos cuantos la banda introduce en “Vanitas”. Después de todo, ha sido otra de las cartas de presentación de este segundo largo. Engancha sin tampoco resultar manido. Con eso y con todo, echo en falta un solo que termine de apuntillar ese paso al epílogo. O tal vez no. Y es que al fin y al cabo: “… no hay nada tan bello como una ruina”.

Alter Ego” es otro de esos cortes que vienen a amplificar el rango sonoro del álbum. Tiene un arranque taimado, casi lindante con el post-punk más al uso, que más adelante dará paso a unos estribillos con Juan Ríos muy seguro en los tonos más altos. Brilla en todo momento el bajo de Raúl Schilperoort. Tanto en la pura demostración técnica como a la hora de acompañar las partes más calmadas. También mientras ofrece apoyo a la estupenda sección solista del tramo final. Entre medias una letra intimista (“vagabundo dentro de las fronteras de la piel”) y uno de los cortes que más llama mi atención en lo que a producción se refiere. Para nada un single al uso y, sin embargo y en un gesto que, creo, dice mucho de ellos, fue una de las cartas de presentación de este segundo largo.

Un segundo esfuerzo al que da nombre esta “Vanitas”, que amenaza con una mayor oscuridad durante el prólogo, procurando que supure la cara más doom del quinteto. Apenas un pequeño guiño antes de que aparezcan los Balsa de Piedra más vivarachos. En esas partes más vivas, el de Candlemass puede ser un nombre recurrente. Pero el corte aún acogerá después un mayor nervio, con un esforzado Manuel Juscar tras baterías. Una de las canciones más diversas en cuanto a escritura se refiere, que rima con el doom más casual sin que ello signifique perder colmillo. Aún cuando me agrada, sí siento que alguna que otra idea que irrumpe aquí bien merecía algo más de desarrollo.

“Ad Astra”, con colaboración de Cristina Serrano en voces, vuelve a fluctuar entre el gothic y un cierto aire post-punk para conformar un corte sobrado de gancho. Armado con buenos estribillos, Juan Ríos está de lo más elegante aquí, la banda no teme irse a una duración mayor, algo que permite a la composición desperezarse y respirar. Por contra, sigo pensando que los coros del puente, algo atenuados en la mezcla final, merecían algo más de punch. Por contra, me agrada en buena medida el solo que surge a continuación. No me desagrada en ningún caso pero bien es cierto que congenio en mayor medida con otros cortes dentro del disco.

Años de Dolor” es un interesante juego entre la balada y el medio tiempo, de construcción clásica, muy funcional, donde lo mismo uno encuentra ecos (lejanos) de Sôber que a Juan Ríos en una de sus interpretaciones más efervescentes. En contraste surgen guitarras leves, con Raúl Schilperoort brillando una vez más desde el bajo. Puede que queden “años de dolor hasta alcanzar el reino que se nos prometió”, pero qué duda cabe que ese vagar por el “desierto de la desolación” se hace más llevadero con cortes como este. Ojo al cambio de tono final.

El cierre es para “Finis Gloriae Mundis”. Un corte de inicio tenso, destacado por el violín de Miguel Palou, y donde la banda juega ahora sobre una batería electrónica (si mis oídos no me engañan) para construir, finalmente una última entrega profundamente llamativa. Oscura a su manera, de voces que a veces son poco más que un susurro, mientras Juan Ríos ofrece su interpretación más flamenca (de nuevo, salvando las distancias) de todo “Vanitas”. El solo de su tramo final, y que a ciertos rasgos me recuerda al inalcanzable Guthrie Govan, no podría funcionar mejor. Estupendo cierre, si me preguntan.

Un buen segundo disco el de los sevillanos. No son muchos los álbumes de gothic rock/metal que nos llegan pero, siempre que lo hacen, parecen albergar no poca calidad. Balsa de Piedra han ofrecido un segundo largo repleto de buenas composiciones, grabado (aparentemente) con no poco mimo y donde el leit motiv principal parece el de construir buenas canciones por encima de cualquier otra consideración. El solo hecho de que algo como “Alter Ego” fuese elegido como uno de los adelantos creo que habla y no precisamente mal acerca de esto. Cabe destacar además el libreto tan elegante que acompaña al CD, en esto no acostumbra a fallar la buena gente de The Fish Factory, remate perfecto al ramillete de buenas canciones que el quinteto ha sacado adelante.

Texto: David Naves

Reseña: Oshira «Vorágine»

Solo dos miembros, configuración esta cada vez más habitual en el ecosistema rockero, son los que integran la formación post-hardcore/metal mexicana Oshira: Manuel Espinoza en baterías y Ashel en guitarra y voces. Estrenado el 24 de abril, el Ep “Vorágine” supone la primera referencia para ellos. Consta de seis temas que ellos mismos se encargarían de grabar y mezclar para que, posteriormente Brad Boatright se encargara de la consecuente masterización. Todo ello viene adornado por el arte de Ethan Lee McCarthy.

El “Umbral” que uno cruza al comienzo del Ep redunda en una pequeña introducción de desarrollo tranquilo, cierto poso atmosférico y un pequeño build-up final que desemboca en la ruidosa “Saber Desaparecer”. Las propias guitarras de Ashel se llevan por delante sus propias voces aquí. Todo está construido entre alternancias rítmicas y tonales, conjugando el mayor de los desgarros con pausas que atenazan primero y riffs que enganchan después. Un grito desesperado, inmisericorde, que camina a pachas entre screamo lacerante y post-metal atmosférico para una interesante dupla inicial.

Luego “Punto Ciego”, tras apostar en su arranque por una calma muy bien traída, transciende hacia los Oshira más lindantes con el post-metal. Los que, quizá, mejor encaje tienen con el tipo de música que acostumbro a escuchar. Me agrada la gama riffera por la que Ashel ha optado aquí. También el nervio que ofrece Espinoza tras baterías y un sonido global ahora más redondo y compacto. Algo que no hace sino mejorar el empacado final de un corte menos hiriente, más introspectivo, trazado con sumo cuidado y que, pienso, da la mejor cara del dúo como intérpretes.

Sigilo” entonces nos retorna a los Oshira más ruidosos e hirientes. Pero lo hacen alternando con alguno de los riffs más redondos de todo el Ep. También con furibundas andanadas, doble bombo mediante, donde Espinoza proyecta al dúo hacia las lindes del metal extremo. Del hardcore más furibundo. Todo sin que los riffs de su compañero de fatigas pierdan nunca el foco. El puente le sirve al dúo para descender en busca del desgarro más hiriente, caminando pesado ya hasta el epílogo. Una cascada de sentimientos, con Ashel desgarrando su garganta hasta las últimas consecuencias. Al fin y al cabo “No hay más camino que un último brillo”.

Y no es que “Vorágine” sea un corte alegre. En ningún caso y menos aún si uno se atiene a su aspecto lírico. Pero sí es cierto que en su cuidado prólogo uno vislumbra una mayor luz. Luego la composición se arrima, de nuevo, a su cara más atmosférica. Sobre un paso casi marcial de Espinoza, la composición abrazará el caos controlado en una maraña de sentimientos y riffs nada indolentes. Es este otro de los cortes que más llama mi atención en lo que a guitarras se refiere. La cabra tira al monte, supongo. De igual modo me agrada esa estructura clásica, ese puente bien acomodado en su tramo central y la marcada melancolía que todo desprende camino del epílogo. Estupenda.

Finalmente “Fisura” viene para alternar riffs con nervio y violentas sacudidas de post-hardcore rabioso y desatado. Con un Ashel sonando más desesperado que nunca mientras procura riffs fronterizos y caóticos, el cierre del Ep no podría resonar más negativo por desesperanzado. El caos de su tronco central, la rabia con la que se siente cada golpe de Espinoza a la (sufrida) caja, se agiganta toda vez la composición se encamina hacia sonidos más oscuros, más caóticos. Un epílogo que bien parece el ocaso final de una vida toda vez las esperanzas y motivaciones han quedado extintas.

Mucha rabia y muy poca luz en el debut del dúo. Post-metal/hardcore rabioso, hiriente, a ratos descosido, cargado de sentimientos negativos, rabia, desasosiego… El sonido que desarrollan sorprende de primeras. Esa voz tan hundida en la mezcla en cortes como “Saber Desaparecer”. Pero cuando todo se iguala, “Punto Ciego” y “Sigilo” me parecen buenos cortes. Bien planteados y ejecutados sin ningún tipo de cortapisa, sin que el nervio o ese poso más atmosférico vaya en detrimento de los buenos riffs de Ashel, los firmes golpes de Espinoza. Un Ep echado en manos de la desesperanza. Acérquense a él con cuidado.

Texto: David Naves

Reseña: Fyres «Like Waves» (LDP Records 2026)

Nuevo Ep para el proyecto madrileño de metal alternativo Fyres, que lidera el multi instrumentista, compositor y productor Bob G. Castro, y que vio la luz el pasado 23 de enero. Cinco temas que vienen a suceder a aquél “Like Horses» de 2020. Una reflexión acerca de “la aceptación personal, el equilibrio interno y la capacidad de fluir con los ciclos de la vida”, y que prosigue allí donde lo dejara el debut. Las baterías fueron interpretadas por Tweety Capmany (Hermana Furia, Avenues & Silhouettes) y registradas por Juan Blas (Nothink, Caboverde), mientras que de producción, mezcla y masterización se encargó Alex Tena (Bonecarver). Finalmente, el artwork fue obra de Paranoidme.

To Float, To Flow, To Brush Your Teeth” es una carta de presentación concisa y eficaz. Es un metal que bebe, cada vez más, de las fuentes de la electrónica, pero de un modo que no tiene nada que ver con, por poner un ejemplo, Electric Callboy. Hay buenas melodías de Castro en estrofas. Y buenos riffs en las transiciones hacia estribillos. Es esta una producción que otorga el debido protagonismo a cada una de las líneas. Y una composición apaciguada y sin prisas. Atmosférica a ratos, habrá quien quizá eche en falta algo más de nervio. De mordiente. Éste llega, en pequeñas dosis, durante el tramo final. Ahí me agrada lo natural y poco artificioso que resulta ese epílogo. Un corte con una manera de fluir muy personal, que me descolocó de primeras y que he sabido apreciar tras el correr de las escuchas.

Accepting The Limits” lleva ese vértigo electrónico un paso más allá. Hay matices curiosos en la voz de Castro. También unas estrofas que podrían pasar por las mejor construidas de este pequeño Ep. El estribillo aporta gancho, también algo más de mordiente, mientras la producción va ganando terreno conforme las guitarras ganan en gravedad. Es un corte directo, con Capmany llevando a cabo una buena labor tras los parches, rematada con un prólogo donde las voces ganan, quizá, demasiado protagonismo. Con eso y con todo un corte que funciona.

Dancing In The Rain”, que coloca su estribillo en el mismo prólogo, juega con un metal muy al uso alternativo, con Castro jugando en tonos altos durante estrofas, apoyándose en pasajes a un tempo atmosféricos, al otro más electrónicos y casi desnudos de guitarras. Estas, cuando llegan, agradan con ese deje tan melódico que dibujan. Un corte cuyo puente, lejos de derivar hacia la calma, adopta un nervio apenas desconocido a lo largo de este “Like Waves”, con un veloz Capmany en baterías. Al final, y pese a lo algo rácano de su duración, una canción hábil a la hora de fundir atmósfera y músculo.

Por contra, “Kings” puede ser el corte con el que menos conecto de todo el Ep. Y es una pena porque Castro dispone buenos riffs aquí. Capmany, de hecho, está trazando una más que interesante línea de batería. Pero hay algo en la ejecución de estas líneas de voz, o en el modo en que la producción las dispone a lo largo de la grabación, con lo que me cuesta empatizar. ¿Lo mejor? Sin duda ese epílogo por el mayor mordiente que ofrece y lo orgánico (dentro de lo que cabe) que resulta.

Así las cosas, la final “The Window” sí que ha logrado captar mi atención. El sonido vuelve un poco a aquél fluir tan particular del primer corte. Castro está muy fino construyendo las primeras estrofas. Tanto en composición como en voces. Siento que todo fluye, de nuevo, de un modo muy natural. Y aunque pueda echar en falta una dosis mayor de picante, de ninguna manera es un corte que me haga sentir aquella cierta lejanía de “Kings”. Del mismo modo, me agrada la construcción del puente central. No busquéis aquí un metal rabioso y desafiante. Todo fluye dentro de las lindes más atmosféricas del género, con Castro ofreciendo un más que digno trabajo en voces durante el epílogo. Es un buen final.

Casi seis años después de su anterior obra puede que cupiera esperar algo más de parte del proyecto madrileño. Sea como fuere, y siendo mi primer contacto con la banda (o la one man band), cierto es que encuentro bastantes asideros a los que agarrarme. Muchos de ellos están en el corte que abre el Ep. En el modo en que está construido e interpretado. En el fluir tan característico en que se apoya. Creo además que precisamente ahí residen las mejores voces de Bob G. Castro. Es el corte que más ha crecido tras las distintas vueltas (aunque a día de hoy, ya no sé si esa sigue siendo la expresión correcta) a este “Like Waves”. En cualquier caso, un trabajo de metal alternativo paciente y bien estructurado. Más apoyado en una personal búsqueda de lo emocional a través de lo atmosférico y no tanto en el nervio o la rabia, aunque de todo hay. Un trabajo un poco a la contra de los álbumes de metal alternativo que nos suelen llegar y, por ahí, cinco temas que bien merecen una oportunidad.

Texto: David Naves

Reseña: El Altar Del Holocausto «Ecos» (Autoproducción 2026)

Desaparecer, renovarse, regresar, trascender. “Ecos” promete nuevos rumbos en la trayectoria de los salmantinos El Altar Del Holocausto, la formación que integran Reaper Model en batería y percusión, Sky Bite al bajo, sintetizadores y efectos más la dupla Weasel Joe y Reverb Myles en guitarras. Este nuevo trabajo lo integran seis cortes grabados y masterizados en los Metropol Estudios (Madrid). Todo el aspecto artístico del álbum ha sido trazado por el propio Reaper Model.

Volta” envuelve al oyente en uno de esos inicios clásicos en el cuarteto. Aquí se manifiesta, y lo hace pronto, esa faceta melódica en la que tan bien se han manejado siempre. Ruido y melodía, una marcada melancolía y un prólogo, en líneas generales, que parece continuar donde lo dejara aquél “T R I N I D A D” de 2021. ¿O no? La composición, pienso que de un modo muy natural y nada mecánico, va acogiendo una mayor gravedad. Conduciendo hacia terrenos más oscuros, profundos, a los que impregnarán de una cierta luz más adelante. La calma de su tronco central alude directamente al centro de nuestras emociones. Cálido, tendido, reposando en su encarnación más pura antes de eclosionar camino del epílogo. Puede no ser, en lo que a estructura se refiere, el corte más avanzado de los seis. En cualquier caso me agrada como apertura, máxime con esos solos tan cuidados del tramo último.

Luego “Ecos”, que fuera carta de presentación de esta nueva andadura, creo concita todo lo que les ha llevado a ser nombre de referencia del género en nuestro país: la elegancia desbordada del prólogo, con esa intersección entre líneas tan idiosincrática. Un corte donde los cambios de intensidad se suceden cual directos a la mandíbula. Ni son sutiles ni lo pretenden. Profundizan en la cara más atmosférica del cuarteto, teñidos siempre de esa cierta melancolía sin resultar (pienso ahora) nada melosos o engolados. Me agrada la levedad que impregna todo el puente central, pero sobre todo, el modo en que este contrasta con el solo que nos llevará hasta el cierre, y que en esa cierta contención con la que se conduce, puede pasar por uno de mis favoritos de todo el largo.

Shídài” provoca entonces el gran punto de ruptura. Un Altar del Holocausto de una gravedad casi desconocida, intenso y vibrante, con Reaper Model marcando ritmo con firmeza desde baterías. Pese a todo, un corte que no elude el habitual compromiso de la banda con esas tonalidades más nostálgicas, más leves, pero que aquí no obstante se conducen enmarañadas en un pequeño caos controlado. Un corte que supura una mayor oscuridad, que se verá luego contrapuesta a uno de esos engarces tranquilos en los que tan bien se manejan. Y es que donde todo arrancó con ruido, ahora surgen parajes tranquilos, guitarras prístinas. Rock casi traslúcido. Un cierto descanso antes de que otro buen solo vuelva a quebrar ese descanso. Furia controlada, conducida hasta el epílogo en un hábil ejercicio de equilibrio entre luz y oscuridad. Estupenda.

El Reaper Model más enérgico insufla un mayor colmillo a esta “Sterna”. Aquí los chicos regresan a esa cara más vibrante y aguerrida, concitando un acercamiento al metal más ruidoso, que deriva aquí sin remisión hacia terrenos más alternativos (si cabe), convirtiendo a esta cuarta entrega en la más llamativa de las seis. Y tampoco es que oculten sus habituales señas de identidad. Esos parajes remansados, apaciguados incluso. Pero cuando la furia regresa, esta lo hace desatada y sin cadenas, llevando el al oyente hacia su versión más encorajinada del cuarteto. Me agradan los riffs de esas partes más iracundas, siento que podrían funcionar como un tiro en directo. Las partes más calmas, así como esas guitarras del epílogo, sirven para apreciar el buen sonido que los Metropol Estudios han extraído de los chicos. Me parece un temazo, francamente.

Con “Vórtice” estamos ante el corte más extenso del nuevo álbum. Otro que, de nuevo, vuelve a acoger durante el prólogo sonoridades algo desconocidas en la carrera del cuarteto. Diría que tienen incluso un cierto aire grunge de no estar, como están, contrapuestas a sus guitarras limpias de siempre. Luego desatan un groove llevado por riffs graves, rocosos, donde irrumpirá un cierto caos en melodías, lo que les propulsa hacia nuevos horizontes sin, por ello, perder su característico sonido. Una vez más, y son unas cuantas a lo largo de “Ecos”, un fino ejercicio de equilibrio entre intensidad, ruido y melancolía. El tronco central se entrega a un post-rock liviano, de nuevo casi cristalino, que se conducirá entre parajes tranquilos, casi oníricos, de una belleza incontestable. De nuevo surge la buena producción de la que gozan estos temas. En esa calma de ensueño pero también en el músculo con el que despiden esta penúltima entrega. Huelga decirlo pero una de esas composiciones que, particularmente con unos buenos auriculares y la atención puesta en cada detalle, en cada guiño, ganan una barbaridad con el paso de las escuchas. Palabra.

Recuerdo”, la calma después de la tormenta, explora entonces su cara más nostálgica. Una última entrega en la que todo resulta, en cierto modo, acomodado, tranquilo, luminoso incluso, donde hasta la batería de Reaper Model no deja de desprender una cierta levedad. Una despedida desde la calma y el sosiego, no exenta de introspección, y aunque no venga al caso (de aquí a unos meses), ideal para sobrellevar estos rigores veraniegos que nos asolan.

Han cambiado las túnicas por el traje pero la propuesta sigue igual de firme que siempre. Huérfanos de todo su anterior imaginario religioso, el post-rock (o post-metal, tanto da) del cuarteto sigue gozando de buena salud. En lo compositivo y también en lo emocional, con momentos en los que, ya digo que a pesar de las altas temperaturas de los últimos días, son capaces de erizarme la piel. El sonido que han extraído de ellos los Metropol Estudios tiene gran parte de culpa, pero también la forma en que conjugan intensidad y nostalgia, luz y oscuridad, en unas señas de identidad muy propias tanto del género como de la banda que nos ocupa. Una música que, un disco más, vuelve a transmitir toda una riada de sensaciones sin hacer uso de una sola palabra. Finalmente, tan extrañamente magnéticos como nos tenían acostumbrados. Qué bueno que volvisteis.

Texto: David Naves

Reseña: The Soulbreaker Company «Sin» (Discos Macarras Records 2026)

Ocho años sin nuevo material de los rockeros clásicos vitorianos The Soulbreaker Company. Se dice pronto. Es esta, huelga decirlo, una vuelta de lo más esperada. Once los temas que componen este “Sins” y que vinieron al mundo en los célebres estudios Electrical Audio de la ciudad de Chicago (Estados Unidos), fundados por el tristemente desaparecido ingeniero Steve Albini. Recordemos que la banda está integrada por Illán Arribas (bajo), Ortiz Domingo (batería), Javier Arteaga (teclas, sintetizadores, pianos…), Daniel Triñanes y Asier Fernández (guitarras) y Jony Moreno (guitarra y voces). El álbum habría de ver la luz el próximo 28 de mayo en CD, vinilo y digital vía Discos Macarras Records.

Ant Row” y la batería de Ortiz Domingo procuran un inicio de álbum entre tenso y elegante. De guitarras que juegan a conjugar ruido y melodía, crudeza teñida de una cierta melancolía. Sentimiento este que se ve acrecentado toda vez Jony Moreno coloca su peculiar registro sobre las primeras estrofas. Es un arranque tendido, breve (no alcanza los tres y medio sobre el reloj) y que más que mostrar las cartas sobre las que se mueve su sonido, hace por guardarse alguno que otro de los vértices sobre los que pivota la propuesta de los vitorianos. Más una toma de contacto que una llamada de atención, puedo echar en falta un mayor despliegue técnico pero toda su elegancia está presente aquí. Y de qué forma.

In Rome”, desde luego, viene a aportar un poco más de colmillo. De vértigo incluso. Un rock directamente enraizado en los años setenta y que ofrece, ahora sí, algo más de músculo en lo que a técnica se refiere. Siempre de forma ordenada, sin gestos de cara a la galería, equilibrado y en favor más de la composición que no de egos individuales. Estira su registro Jony Moreno al tiempo que alterna con las cuidadas líneas que traza Javier Arteaga desde las teclas. Todo fluye hasta colisionar en un epílogo en el que no hubiera desdeñado un desarrollo un tanto más ambicioso. Con eso y con todo un corte que disfruto en gran medida.

Después llega “Abd Al-Rahman”, que fuera carta de presentación de este “Sins”, y surgen unos The Soulbreaker Company más ligeros, pero igualmente elegantes, distinguidos incluso. Me gusta esa línea de batería que va trazando Ortiz Domingo sobre las (delicadas) estrofas. El modo en que todo va fluyendo de modo tan natural. De nuevo sin prisas, sin estridencias, con un Jony Moreno fantástico al micro. Es el corte más extenso de los once, lo que no obra en favor de requiebros artificiales ni exageradas demostraciones ególatras. Al contrario. Esa construcción más extensa propicia un crecimiento ordenado, tendido, teñido de una cierta melancolía, y que las guitarras rompen (es un decir) en un solo rebosante de feeling. No sabría decir si es mi tema favorito del álbum pero ciertamente agradece uno esa sensación de que la banda ha echado el resto.

Jump The Fault Line” sorprende con ese inicio alucinado, tendente a la psicodelia, que después nos devuelve a unos The Soulbreaker Company un tanto más vibrantes. Más juguetones. El nombre de unos viejos conocidos de esta casa como son Zålomon Grass es alguno de los que acuden a mi subconsciente aquí. Ciertamente no iguales pero desde luego pareciera como que unos y otros beben de fuentes similares. Es un corte construido sobre riffs eficaces, que busca una mayor grandilocuencia en su tramo final, habiendo dejado entre medias voces más delicadas que gritonas, transiciones muy cuidadas y de nuevo ese aroma retro tan reconocible y disfrutón.

Beginning Of The End”, oferta menos extensa de todo “Sins”, busca un rock más ruidoso y hace valer una escucha, a poder ser atenta, con unos buenos auriculares pegados a las orejas. Interesante ese juego entre canales que propicia la producción aquí. Un corte de esos que parece dialogar consigo mismo, construido a base contrapuntos en su primer tercio, de una mayor intensidad en su tramo central y que desembocará en un epílogo más ordenado. Todo sobre las curiosas líneas que traza Javier Arteaga sobre las teclas. Me agrada aún con ese desarrollo tan exiguo.

En “Reaching The Dragon” también saben cómo alternar entre tonalidades. Cómo amalgamar esa calma del prólogo con (leves) desgarros que contribuyen a otra de esas construcciones a dos tiempos, casi colisionando su cara más leve con la más ruidosa, dejando para el puente un cierto aire a los King Crimson más leves y conduciéndose hasta el cierre sobre una nube de rock liviano, nada apresurado, de ese que ataca más el corazón que la cabeza. Fácilmente otra de mis favoritas.

Esa cierta calma viene a contrastar con la más ruidosa “On Jupiter”. A medio camino entre Cream o Led Zeppelin, la banda suena más rocosa aquí. Más nerviosa incluso, con Ortiz Domingo marcando el paso sobre otra estupenda línea de batería. Un corte lleno, trufado de contrastes, donde no falta (ni sobra) nada. Desde los tonos más altos de Jony Moreno, el gancho de esas guitarras de Daniel Triñanes y Asier Fernández, la bien engranada base rítmica de Illán Arribas y Ortiz Domingo o todas y cada una de las diabluras de Javier Arteaga sobre las teclas. Que levante la mano el primero que piense en otros viejos conocidos de H.M.B. como Green Desert Water al transitar por este séptimo corte del álbum. Estupenda. Si el destino es propicio y vuelven por la vieja Asturias, ojalá quepa en su setlist.

The Right To Hush My Sins”, al tiempo que nos introduce en el tramo final del álbum, nos devuelve una cierta calma durante el prólogo. Apenas un suspiro. Un pequeño descanso. Y es que pronto la composición toma derroteros más ruidosos, cargados de una melancolía muy bien traída, (fenomenal Jony Moreno aquí) y en donde la banda vuelve a trazar un corte que me agrada tanto por composición como por las distintas ejecuciones que lo atraviesan. Las guitarras que juegan bajo las voces en el epílogo, por decir uno.

La sorpresa llega con “Ten Thousand Years”. Aquí la banda, y toda vez cruzamos el umbral de su curioso prólogo, está moviéndose en un terreno más cercano en el tiempo. Hay una cierta oscuridad rodeando a esta novena entrega, que en sus primeras estrofas parece bordear el post-punk más iniciático, para después colisionar con su faceta más ruidosa y, por ahí, construir un corte de lo más llamativo. En cualquier caso y pese a lo rupturista del tono, tampoco siento que la banda se traicione aquí. Al contrario. Máxime cuando estalla ese solo del puente. Diferente, que no peor.

Javier Arteaga está brindando un prólogo de lo más delicado en esta “Road And Bread”. The Soulbreaker Company se envuelven en esta balada / medio tiempo en donde cabe toda sensibilidad, todo buen gusto que son capaces de cosechar. Me agrada además por el modo en que el corte va creciendo en intensidad de cara al tronco central. Con Jony Moreno dejando buenos tonos altos y el mencionado teclista dejando píldoras de su buen hacer a las teclas. Habría sido una estupenda despedida a este “Sin”…

… honor que recae, no obstante, en una “Be On The Run”, donde de nuevo un inicio tranquilo vendrá a chocar con el mayor ruido que proponen después. En ese prólogo hay un tono algo desgastado que me agrada en la misma medida en que lo hace la mayor intensidad que sucede a continuación. Como ya lo hicieran otro cortes dentro del disco (“Beginning Of The End” sin ir más lejos) aquí vuelven sobre otra de esas construcciones alternas en las que tan bien se manejan. Sobre las que parecen tan cómodos. Las voces de Jony Moreno primero y la soltura de las guitarras después arman un epílogo estupendo. Un gran cierre, si me preguntan.

Todo tan orgánico como preveía antes de darle un primer repaso al disco. Todo, después, igual de satisfactorio. Si acaso, mi única pega podría ser que algunos cortes se me quedan algo rácanos en lo que a reloj se refiere. Pero todo su buen hacer, su elegancia, ese toque retro (vintage que se dice ahora) vuelve a manifestarse en poco más de cuarenta minutos de unos The Soulbreaker Company en plena forma. Yendo desde la delicadeza al ruido y todo cuanto habita entre medias. Tejiendo temas llenos de detalles, de los que van ganando peso con las escuchas, que anidan en tu subconsciente y nos recuerdan un tiempo quien sabe si mejor. Estupendo trabajo.

Texto: David Naves

Reseña: Mala Reputación «Queda Entre Nosotros» (El Garaje Producciones 2026)

A veces la vida es cuestión de pequeños pasos. Mala Reputación, seis años después de su anterior Ep “La Belleza”, regresan con otro “mini” buscando mantener viva la llama a la par que abrazan nuevos rumbos. Kiko Martínez en batería y coros, Michi Candás en bajo, coros, y la pareja Daviz Rodríguez & Juan Santamaría en guitarras y coros vuelven con un “Queda Entre Nosotros” compuesto de cinco temas cocinados entre Pablo Senator y Daniel Sevillano en el OVNI Estudio de Bonielles.

Mírame” propicia un arranque vitalista, vibrante incluso, con buenas melodías de guitarra y el OVNI dejando patente, un trabajo más, que pocos estudios de este nivel en nuestra región (¿en nuestro país?) en lo que a rock se refiere. Todo sazonado por las ya clásicas letras intimistas, nada panfletarias, que vienen siendo santo y seña de la banda desde hace ya tiempo. Y es que “hasta las sombras más oscuras tiemblan con rayos de luz”. Pausan con un bien traído puente y rematan después con un epílogo con visos de himno. Si ellos así lo quieren, me parece un opener fantástico.

El Hilo” fue la encargada de adelantar al Ep y, muy especialmente en lo sentimental me parece la más redonda de las cinco. Un prólogo tranquilo, que bien podría recordar al de “Fuego”, quizá uno de los cortes más definitorios de su trayectoria. Aquí me agrada esa construcción tan natural, sin prisas, sin apreturas. El buen trabajo tras esas primeras estrofas, apoyadas en esa fina línea de bajo. Luego llega ese estribillo. Redondo, con gancho, con pegada, estupendo. Un corte que me agrada tanto en lo gramático como en lo puramente sensorial. No por nada el verso “y aunque todo el mundo tiemble decidimos no caer” lleva soldado a mi subconsciente desde hace semanas. Realmente fantástica.

Luego “Accidente” pone en primera línea a los Mala Reputación más directos, más abiertamente rockeros, no por nada se trata del corte más rácano de todo el Ep. Con eso y con todo, alberga un juego entre voces de lo más hábil, ese tono entre vitalista y melancólico en el que tan bien se manejan y algún solo, engarzando estrofas, de lo más pintón. Lo que sorprende aquí es ese nervio más alternativo que surge camino del epílogo, soldado a la cara más ruidosa de los asturianos. Entra a la primera y la disfruto como el que más.

Mi Capitán” parece recoger el testigo de su predecesora. Siguen aquí el testigo de ese rock más ruidoso, especialmente en su prólogo, y un tanto más liviano en sus primeras estrofas. Es un corte, no obstante, de pura idiosincrasia Mala Reputación. El más extenso de los cinco y, desde luego, aquí da toda la sensación de que se han tomado su tiempo a la hora de componer y trazar cada línea de guitarra, cada giro, cada recodo. Aún sin abandonar esa cualidad tan rockera, tan ruidosa incluso, el puente aquí vuelve sobre señas de identidad habituales. Esa cierta ligereza, la inconfundible voz de Daviz Rodríguez y esas guitarras tan cuidadas. Me enganchó ya de primeras y aún ha ido creciendo con el correr de las escuchas.

Y es verdad que con “Lluvia y Barro” no conecto en la misma manera en que lo hago con el resto del Ep. Pero aún así me agrada de nuevo esa construcción tan orgánica, tan tranquila, sin prisas ni compromisos. Es rock amable, de un sonido cristalino, con cuya letra eso sí conecto en menor medida que con el resto de presentes en el Ep. Claro que lo mismo me ocurrió en su día con un corte como “Océano y Lluvia” y, sin embargo, a día de hoy podría decir que pasa por ser uno de mis favoritos de entre la producción más reciente de la banda.

Y es que el de Mala Reputación es un rock de maceración lenta. Fiado en gran parte a lo sentimental pero sin caer tampoco en la lágrima fácil. Un rock a veces tan tendido y delicado como ruidoso y vibrante. Apenas (no llega) veinte minutos que vuelven a demostrar, pienso yo, que hoy por hoy son una de las formaciones más elegantes, distinguidas incluso, dentro de nuestro infatigable rock and roll. Sin panfletos, sin maniqueísmos, pero teniendo muy claro qué y cómo quieren contar las cosas. Su visión crítica del mundo que nos rodea, su modo también para, desde lo interior, hablarnos de lo universal. Si las cosas siguen el cauce previsto, será un placer verles en el próximo Unirock.

Texto: David Naves

Reseña: Unreal Overflows «Slaves Of The Human Future World» (Great Dane Records)

Casi veinte años han pasado desde aquél “Architecture Of Incomprehension” con el que debutaran los gallegos de Cangas Unreal Overflows. Tiempo en el que la banda ha tres álbumes: “False Welfare” en 2012, “Latent” ya en 2018 y finalmente este “Slaves Of The Inhuman Future World” que hoy nos ocupa en 2025. Ya con Zoilo Santiago Loira (guitarras, voz, bajo, baterías) y Diego Bea Besada (guitarras) como únicos integrantes. El propio dúo se ha encargado de producir, grabar, mezclar y masterizar estos nueve temas a caballo entre Zoilo Unreal Studio y Beabesada Estudios. Great Dane Records puso el disco en circulación en formatos CD (digipack) y digital.

Ni epopeyas sinfónicas ni más artificio que el que emana de las guitarras de Zoilo. “Echoes From The Past” entrega un prólogo elegante para después descoser su propuesta y alternar la cara más flamígera del actual dúo con la más melódico. En el contraste entre ambas intensidades radica gran parte del encanto de este primer corte. Buenos cambios de ritmo, a veces quizá algo bruscos, pero siempre apoyados por las buenas melodías de ambos guitarras. Un puente que desliza hacia su cara más progresiva y un epílogo cuyas voces filtradas me llevan inevitablemente a pensar en los primeros Cynic. Un buen primer corte.

Baterías vibrantes comandan el arranque de “Digital Slavery”. Hay buenos riffs aquí y en general una versión algo más desenfadada de U.F.. Sea como fuere, ellos no olvidan ni los buenos detalles en lo técnico ni tampoco unas estrofas, tan retorcidas como arrastradas, en la más pura tradición de la banda. Más concisa conforme atraviesa su tronco central, emerge ahí su cara más atmosférica. También buenos detalles de Zoilo con el bajo. Se nota esa pulsión por tratar de llevar su música hasta los confines del género. Asirse con fuerza a ellos y exprimir todo cuanto llevan dentro como músicos. Siempre sin imposturas ni artificios y del modo más orgánico posible.

Las melodías que dan inicio a “Tearing The Layers Of Reality” pueden pasar por las que más gancho disponen de todas cuantas encuentro a lo largo del álbum. Aquí vuelve la cara más descosida del dúo para un death metal melódico iniciático y quintaesencial. Un corte de esos que parece aludir más al corazón que a la cabeza, que entra a la primera y que, pese a su naturaleza más rotunda, no se olvida de los buenos detalles, técnicos y melódicos, sin los que esta banda no sería la que es. Muy disfrutona.

Así las cosas, “Beyond The Code” retorna a contornos más técnicos y retorcidos. En un disco que alude al sonido más primigenio de la banda, esta cuarta entrega se echa en brazos de una escritura retorcida y diría que ambiciosa. Por ahí, Zoilo y Diego darán su mejor versión como compositores. Pero es que además, las estrofas vienen soportadas por una serie de melodías tan precisas como gancheras. Y aunque eche en falta un bajo algo más grave durante las partes más pesadas, o una batería con algo más de peso, sigo pensando que pasa por ser uno de los mejores aportes de este nuevo trabajo.

Visage Of Betrayal”, entrega más extensa de las nueve, se construye desde un prólogo arrastrado y rotundo. Zoilo está dejando voces realmente agrias aquí. Y el dúo compone en esta primera parte una estructura menos retorcida y más lineal que en el resto del álbum. Los cambios de ritmo se suceden con naturalidad. Las estrofas de nuevo se apoyan en interesantes melodías de guitarra y el juego entre canales, de manera muy marcada cuando oyes el disco con auriculares, no podría tener mejor equilibrio. Los atemperados cambios de ritmo que ocurren en esta primera parte contrastan con los más rotundos de su parte final. Por ahí un corte que viene a mostrar dos caras muy marcadas del dúo: la más acomodada primero. La más furibunda después. Por ponerle un pero, ese desangelado fade out final. En cualquier caso otra de mis favoritas.

Averse To Creation” es otro prólogo estimulante por retorcido. Hay tensión en ese tech death preciso y a la vez rocoso. Después se suceden estrofas con algo más de brío y una estupenda línea de batería. El puente central, siempre con Zoilo declamando con su gravedad habitual, contrasta con los habituales requiebros santo y seña de Unreal Overflows. Camino del epílogo surgen interesantes juegos vocales, seguidos de las siempre acendradas melodías de ambos guitarras. Se puede acusar al dúo de construir un metal muy de nicho, pero no de no saber llevar su metal técnico hasta las últimas consecuencias.

De prólogo trotón, desenfadado incluso, “Against Our Will” pronto diverge hacia posiciones más cercanas al resto del álbum. Y lo hacen adoptando ahora ritmos más apaciguados y serpenteantes. Si algo me gusta aquí es ese pequeño solo de guitarra, la desnudez que le rodea, así como la violencia con que la composición reacciona a continuación. Puede ser el corte que más escuchas exigió de todo el trabajo. También uno de los que más me engancha a día de hoy. Una clásica estructura en constante diálogo consigo misma, tan sólida como autorreferencial.

El bajo de Zoilo comanda el prólogo de “Consumed By Himself”, corte que puede acusar cierta repetición de patrones a estas alturas del álbum. No sin que quepan buenas melodías y riffs bastante apañados, pero sí que tal vez dejando cierta sensación de déjà vu. Unreal Overflows lucha contra ello alternando la mayor quietud del comienzo con su cara más directa y efervescente. Clásicos cambios de ritmo y unas baterías brillando a la hora de ensamblar los distintos ritmos que se suceden. Con eso y con todo ya digo que un corte que, a día de hoy, me pasa un tanto inadvertido.

El cierre es para “Longing For Silence”, que enfrenta el clasicismo de algunos de sus riffs con un metal trotón y eficaz. En sus partes más técnicas, todo parece entregarse a la buena labor de ambos guitarristas. Procurando mantener el interés a base de alternar buenos riffs con mejores melodías. Nada que no hayamos escuchado a lo largo y ancho del álbum, pero con una concisión y una seguridad, pienso, por encima de la media del disco. La banda culmina así este “Slaves Of The Inhuman Future World” inmersa en su metal retorcido pero orgánico de siempre. Sin más artificios que los que emanan de sus guitarras.

… y que en estos tiempos de inteligencias artificiales, discos sobreproducidos (dentro incluso de las fronteras del género) tiene algo de declaración de intenciones. Fijar la mirada en el pasado para asegurar el futuro. Muchos y muy buenos riffs, aún mejores melodías y su clásico juego con las estructuras. Pienso que el álbum se hace fuerte en su tronco central. “Visage Of Betrayal” o “Averse To Creation” pueden contarse entre las mejores composiciones que hayan hecho nunca. Y aunque aquí y allá haya ideas con las que no conecto en igual medida, difícilmente mi nota descendería de un notable. Mientras que el futuro que tenemos a las puertas nos aterra, el presente ha entregado un más que conciso y eficaz álbum de buen technical melodic death metal. Bienvenido sea.

Texto: David Naves