Reseña: The Outsider «From Ancient Gods and Forbidden Books» (Autoproducción 2020)

Puedo apostar los dedos de una mano, y no los pierdo, si digo que no es México el primer país que te viene a la cabeza a la hora de hablar de death metal sinfónico de tintes progresivos. De allí proviene la one man band de nombre The Outsider que hoy nos ocupa. Tras un disco homónimo editado en 2016 y “Orchestral Renditions From The Unknown” en 2017, nos llega su tercer largo “From Ancient Gods And Forbidden Books”, trabajos todos ellos que han visto la luz a través de la autoedición. Este tercer álbum del músico mexicano cuenta con colaboraciones de Kelly Shaefer (Atheist), Kristian Niemann (Sorcerer, Demonoid, ex Therion) y Jørgen Munkeby entre otros. Al igual que todas sus obras anteriores ha sido producida, grabada, mezclada y masterizada por Rick Loera. El Red Army Studio Digital Art a través de Killsound Productions se encargó del artwork.

Sintes para dar la bienvenida a “I Belong to the Stars”, incialmente bombástica sobre un colchón coral que bien podría recordar a los imprescindibles Nile. El tema no obstante circula por sendas lejanas al death metal ultra técnico y veloz de la banda de Greenville, posicionándose  más cerca de la senda de bandas como Septicflesh. La producción otorga gran protagonismo a los arreglos sinfónicos a tal punto de que hay veces que se come al resto de elementos. Y me da algo de rabia porque no hay malos riffs debajo de todo ese andamiaje ostentoso y grandilocuente. Puede que sin llegar al retorcimiento de unos Fleshgod Apocalypse de la primera etapa, ni a la precisión milimétrica de unos Origin, pero destacables en cualquier caso.

Bringers Of The Apocalypse”, en cuyo solo de guitarra ha colaborado Kristian Niemann, posee un aire más electrónico que su predecesora. Es a su vez más machacona, transita casi siempre a medio gas y rebaja en buena medida todo el aparataje sinfónico en la mezcla final. Cosa que agradezco. Como también agradezco esos cortos pasajes a voz limpia y el regusto a metal gótico que dejan por el camino. El solo de Niemann cede su final a unos arreglos de lo que mis oídos creen identificar como un bouzouki (y si vosotros oís otra cosa hacédmelo saber en comentarios) y el tema culmina volviendo al estribillo.

Primordial Abyssal Chaos” donde colabora Rick Loera poniendo voces, se destapa como otro medio tiempo pero de espíritu más épico que su predecesora. Esta vez es la voz la que emerge sobre el resto de argumentos sonoros del álbum. Al menos en su largo primer tercio. En su parte central juguetea, y de forma bien equilibrada, con arreglos del medio oeste a lo Orphaned Land, entregando uno de los momentos más distintivos de todo el disco.  En “The Wish That Became A Curse” regresan ciertos arreglos electrónicos de un par de temas atrás. Los parecidos terminan ahí, pues resulta un tema mucho más acompasado y lento que las propuestas que lo preceden. También más lineal y plano. El órgano Hammond del final casi me parece lo más reseñable de este cuarto tema del disco. Tras él surgen los nueve minutos de “Nine Worlds Down”, que arranca desde una tímida línea de bajo hacia uno de mis riffs favoritos de todo “From Ancient Gods and Forbidden Books”. Es un riff procedente del death metal más abigarrado y pesado, que desaparece en pos de un tono más gótico dejándome un poco con las ganas. Los últimos Celtic Frost (o el primer disco de Triptykon, tanto da) me vienen rápidamente a la memoria. Sus últimos tres minutos rompen la monotonía reinante acercándose a un death metal que, sin resultar espectacular, dota de cierto dinamismo a una canción que corría serio riesgo de hundirse en el tedio más profundo.

The Headless Horror”, con Kelly Shaefer colaborando en voces, entrega de primeras un death metal simple y lineal, con las voces ahora muy arriba en la mezcla, yendo de oreja a oreja, apoyadas en una línea de batería plana y monótona a más no poder. Superado el primer tercio, el tema desciende para acomodar el aquí extraño registro de Shaefer y sigue su desarrollo hasta el puente central sin más sorpresas. Dos estructuras colisionando entre sí durante dos tercios largos, más un tercero donde viramos hacia el metal más jazzero. Cabe recalcar el final del tema anterior pues esos aires jazz se acentúan en la primera de las instrumentales del álbum, la octava “918” donde aparece el saxo de Jørgen Munkeby en un corte sin más historia que insuflarle aire (ha sido sin querer) al disco.

Reaparece el saxo de Munkeby en la extraña “Suicide Is Progress”, situada en primer término más cerca del spoken-word que de los postulados más elementales del disco. Me funciona tanto como alegato antisectas como vehículo para el lucimiento del líder de los Shining noruegos y tiene un crescendo final al que merece la pena prestar atención. “Beautiful” me recuerda a los Opeth más tranquilos en su arranque semiacústico y preciosista. Tras ese bonito arranque, gira hacia terrenos más cercanos al black metal atmosférico primero y al más sinfónico, orquestal y pomposo después. El último tercio arranca con una bella línea de piano sobre arreglos clásicos melancólicos y refinado. Y un gran solo culmina el que es mi tema favorito del álbum por amplio margen. Prolijo en cambios de ritmo, bonito en cuanto a arreglos y muy diverso tanto en tono como en melodías. Genial.

Prelude to the Downfall”, que me recuerda a los pasajes más tristes y oscuros de la banda sonora de Hans Zimmer para el film de Christopher Nolan “Interstellar”, es un corto pasaje instrumental de apenas minuto y medio que nos conduce tímidamente hacia “Lost”, que resulta inequívocamente extraña. Regresa el spoken-word de “Suicide Is Progress”, surgen disonancias, ambientes terroríficos y, si antes me venía a la mente “Interestellar”, ahora rememoro ambientes de la película en que se inspira ésta, que no es otra que “2001, una odisea del espacio”. ¿Casualidad? Pues atendiendo a la lírica desplegada, probablemente no. El final del disco se empeña en distanciarse de los temas iniciales. Ha virado hacia terrenos más oscuros y, personalmente, empatizo bastante con estos cortes oscuros e impredecibles. Por contra, habrá quien los encuentre estos pasajes (que rayan el drone) profundamente tediosos, invariablemente aburridos. Nunca lloverá a gusto de todos. La corta instrumental final “The Divine Punishment” no hace sino aumentar esa idea.

No quiero cargar las tintas con el sonido. A menudo las bandas de un único integrante suelen palidecer en este aspecto. Máxime si se trata de autoediciones como es el caso. Dicho lo cual, me parece un disco mucho más diverso de lo que me temí en un primer momento. Con lo que podríamos llamar cara A más centrada en el death sinfónico y una cara B que se permite bailar entre el black, la palabra hablada, el drone y lo cinemático. Personalmente ya digo que he disfrutado más plenamente del final que del comienzo. Habrá quien no esté de acuerdo. No cabe otra. Si tienes hora y diez minutos para escuchar un disco de metal extremo diverso y atrevido, échale una oída a este.

Texto: David Pérez Naves

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