Reseña: Killdozer «Merciless Violence» (The Fish Factory 2026)

Facu y David en guitarras, Leo en baterías, Gonzalo al bajo y Ángel en voces conforman Killdozer, quinteto sevillano de rugiente thrash metal, y que acaba de editar vía The Fish Factory su segundo largo “Merciless Violence”, producido por la propia formación sevillana y con Leo Peña (Jotunstudio) encargado de grabación, mezcla y master.

怒る (Okoru)”, con colaboración a las teclas de Valeria Gassol, ofrece una pequeña dosis de calma antes de que los chicos desaten la tormenta. Sin obviar un (pienso que indisimulado) deje a unos Slayer del “South Of Heaven”, todo desemboca en un tema título, “Merciless Violence”, que desde luego viene a hacer honor a su nombre. Violencia despiadada la que proponen aquí, con un registro, el de Ángel, lindante con el metal extremo. Directos y sin ataduras, bordeando el speed metal más cerril y acelerando camino de estribillos. Me funcionan esos engarces entre las distintas partes. Riffs concisos, sin complicaciones pero con gancho. Es después que la banda equilibra ese nervio con un avanzar más pesado, más thrash, para desembocar en un buen primer solo de guitarra. Receta clásica, qué duda cabe, pero de lo más funcional.

Apostada en ese thrash más pesado, destilando un groove más marcado, “For Your Nation” hace por extraer la cara más técnica del quinteto. Tanto en esa pesadez inicial como en esas andanadas más violentas de las primeras estrofas, con ese aire a los primeros Dark Angel. Brama Ángel al micro, pero si alguien brilla sobremanera aquí es Leo Losada. En la velocidad y también en los cambios de ritmo, me parece que está trazando una línea de batería no poco hábil. La producción de su tocayo es todo lo orgánica y sucia que cabe esperar de un álbum de thrash como este. Incluso caben pequeños dibujos de Gonzalo desde el bajo. Directa e intrincada a la vez, culminada en una sección solista de lo más pintona. Pesadez del prólogo al margen, son casi seis minutos de agresión sin descanso. Bien trazada y, pienso, mejor ejecutada si cabe.

Después llega “Concrete”, corte más extenso de los ocho, y que parte desde un prólogo, reposado y tranquilo, que no le anda muy lejos a los ídem de unos Metallica post “Death Magnetic”. La banda opta ahora por una mayor calma, con el bajo de Gonzalo altísimo en la mezcla. Tras ese metal más apaciguado, surgen por igual el Ángel más grave y los Killdozer más directos y rotundos. Incansable Leo tras baterías y una buena construcción de esas primeras estrofas. Por contra, pueden no ser estos los estribillos con más gancho de todo “Merciless Violence”. Lo que no les falta, en cualquier caso, es la obligada carga de agresividad y, sí, violencia. De ahí en adelante me agrada cómo conjugan una vena más próxima al speed metal con su habitual thrash zapatillero. La sección solista, nada comedida y que parece conducirse sobre un cierto caos, en cierto modo me recuerda al tristemente desaparecido Jeff Hanneman. No da nombre al disco pero, desde luego, pasa por ser la composición más ambiciosa del mismo.

No Salvation”, en cierto modo, resulta más terrenal, algo más ordenada. David y Facu están trazando riffs con gancho en esas tempranas estrofas, que vendrán a contrastar con otros más veloces en estribillos. Un clásico juego entre nervio y pesadez, bien equilibrado y con toda la pinta de funcionar como un tiro en directo. Otro solo, lejano de cualquier viso de cordura, acoge su tronco central. La sorpresa llegará en el epílogo: el cambio de idioma, el contraste entre voces y ese groove nada disimulado. Llamativo, cuanto menos.

Call Of The Void”, que “怒る (Okoru)” al margen pasa por el tema más rácano de los ocho, propone, claro, a los Killdozer más directos. Más intensos que rabiosos en estrofas, llevados siempre por la firme batería de Leo Losada. El trazo, con el (estupendo) solo colocado en el corazón mismo de la composición, de nuevo puede pecar recurrente, máxime tratándose de un álbum de thrash metal. No esconde, de todos modos, la eficacia de sus riffs ni ese registro en voces (a ratos) un tanto más limpio. Puro nervio sevillano.

No cambia mucho el cuento para esta postrera “The Black Cell”, pero ayuda el que venga apoyada en una gama riffera con tanto gancho y pegada. Hay voces muy encabronadas aquí, eficaces cambios de ritmo y partes a puro blast beat. Un corte apenas por encima de los cuatro minutos pero capaz rebelarse como una composición diversa aún en ese discurso tan directo y frontal. El buen solo que ocupa su tronco central, me resulta la guinda perfecta. Me gusta la forma que le dan a esas exhibiciones solistas, máxime en unos tiempos, lo he dicho muchas veces, en que parece premiarse el solo breve y contenido. Killdozer, en esto como en otras tantas cosas, parecen jugar a la contra.

La final “Hell On Wheels” cierra desde un prólogo tranquilo, calmado, que bien podría recordar a los Pantera más bajos de revoluciones. Luego y toda vez la distorsión lo inunda todo, esta octava entrega se descubre como otro de esos cortes atractivos desde el papel. Diverso en cuanto a ritmos, tejido entre riffs que fluctúan entre el groove y la pesadez para desembocar en un mayor nervio. Todo ayuda a construir otro corte llamativo, que lo mismo me recuerda a Anthrax en esas partes con el bajo altísmo en la mezcla que a unos Exodus (eras Rob Dukes). Una despedida en la que queda la impresión de que la banda ha disfrutado como nunca.

En uno de los discos de thrash estatal más cerriles que han alcanzado estas líneas, y a día de hoy ya son unos cuantos, Killdozer han hecho y no poco por plasmar toda su sapiencia técnica. Está presente en muchos de los riffs sobre los que construyen las canciones. También en unos cuantos solos. Por contra, cierto es que hay temas de trazo algo predecible. Pero cuando se atreven a buscarle las cosquillas al género, aciertan con cortes como “Concrete” o “For Your Nation”. Voces rabiosas, el pequeño guiño crossover de “No Salvation” o esa dupla inicial tan resultona. Un álbum tan sutil como calmar un incendio derramando barriles de keroseno.

Texto: David Naves

Reseña: Balsa De Piedra «Vanitas» (The Fish Factory 2026)

Gótico sureño el que hoy nos llega de la mano de The Fish Factory. El quinteto sevillano Balsa de Piedra concita hoy nuestra atención con un segundo largo al que otorgan el nombre de “Vanitas”. La banda se compone de la dupla Moisés Hidalgo & Ángel M. Ramírez en guitarras, la base rítmica del bajista Raúl Schilperoort y el batería Manuel Juscar (al mando también de los sintes) y la voz de Juan Ríos (quien también corre con la maquetación y el arte). Esta segunda obra vino al mundo de la mano de Leo Peña en el Jotun Studio y cuenta con las colaboraciones de Cristina Serrano (voces en “Ad Astra”) y Miguel Palou (violín en “Finis Gloriae Mundis”).

Me gusta todo cuanto tiene de orgánico la introducción “Omnia Vanitas”. Breve, concisa incluso, apoyada en unas guitarras que, de inmediato, nos sumergen en el tono general de la grabación. “Soma” arranca después, y lo hace con una cierta calma. Es el corte más largo de los diez, procurando una escritura que parte desde ese quejumbroso bajo del prólogo hacia una composición de lo más diversa. Aquí me engancha el riff, con ese inequívoco deje a lo Black Sabbath, amén de un aspecto vocal adherido a esas fuertes influencias góticas del quinteto. Una mayor grandilocuencia acoge a los estribillos. Asimismo, me agrada el solo que sigue por cuanto éste tiene de atmosférico dentro de la grabación. Un corte lleno de contrastes, tejido sin prisas, bien armado. El aspecto lírico puede despistar a más de uno. En mi caso, y no descarto vaya a ser el único, me recuerda al segundo largo de mis paisanos Narwhale, salvando cuantas diferencias hay en lo musical entre unos y otros. El buen solo que antecede al epílogo apuntala la que, pienso, es una más que llamativa dupla inicial.

In Vino Veritas” toma entonces un rumbo más vivaracho, recogiendo un sonido algo más Type O Negative y mostrando por el camino una construcción más tradicional. Un corte con corpus de single, donde la banda transita un camino más acomodado, de mayor enganche con el común de los mortales, apoyado en una producción diáfana, bien equilibrada y con un Juan Ríos ahora en tonos más altos. Quizá no alcance a desprender aquella sensualidad arrebatada (a veces humorística, a otras totalmente autoconsciente) del tristemente desaparecido Peter Steele pero un corte que me engancha en cualquier caso.

La caverna” me engancha ya desde el mismo prólogo. Es un arranque pleno de atmósfera, tenso, que destapará luego, como ya hiciera “Soma”, la cara más doom de los sevillanos. De nuevo creo que el riff en que apoyan este metal más pesado tiene enjundia suficiente. Quizá no encuentre el mismo peso en aquél que conforma los estribillos. En cualquier caso, me agrada mucho su aspecto lírico aquí…

Arde la piedra por la tiranía de la gravedad. Carne y cadenas es la geografía de la soledad

… así como unos arreglos que le otorgan una personalidad muy especial a esta cuarta entrega. Hay ideas aquí que bien podrían tener cabida en álbumes de gente como Paradise Lost o My Dying Bride, convenientemente tamizadas por la particular personalidad de la banda. En el tramo final, por contra, todo parece recoger un aire más cercano a unos Héroes del Silencio, con ese ritmo más vivaracho y, muy especialmente, esa interpretación de Juan Ríos, no muy lejana del ínclito Enrique Bunbury. El broche final, por contra, llevará a Balsa de Piedra hacia su vertiente más nerviosa y trotona. Ni que decir tiene que otra de mis favoritas.

El prólogo de “Estatua de Sal” busca ahora un tiento más melódico en guitarras. De nuevo un corte vivaracho, con un pie dentro del gótico y otro en el doom más casual. Me gustan mucho estas primeras estrofas. La desnudez inicial, los buenos riffs que enseñan después. Por ahí vuelve a sobrevolar esa influencia tan Héroes. El estribillo creo puede ser uno de los más efectivos de todos cuantos la banda introduce en “Vanitas”. Después de todo, ha sido otra de las cartas de presentación de este segundo largo. Engancha sin tampoco resultar manido. Con eso y con todo, echo en falta un solo que termine de apuntillar ese paso al epílogo. O tal vez no. Y es que al fin y al cabo: “… no hay nada tan bello como una ruina”.

Alter Ego” es otro de esos cortes que vienen a amplificar el rango sonoro del álbum. Tiene un arranque taimado, casi lindante con el post-punk más al uso, que más adelante dará paso a unos estribillos con Juan Ríos muy seguro en los tonos más altos. Brilla en todo momento el bajo de Raúl Schilperoort. Tanto en la pura demostración técnica como a la hora de acompañar las partes más calmadas. También mientras ofrece apoyo a la estupenda sección solista del tramo final. Entre medias una letra intimista (“vagabundo dentro de las fronteras de la piel”) y uno de los cortes que más llama mi atención en lo que a producción se refiere. Para nada un single al uso y, sin embargo y en un gesto que, creo, dice mucho de ellos, fue una de las cartas de presentación de este segundo largo.

Un segundo esfuerzo al que da nombre esta “Vanitas”, que amenaza con una mayor oscuridad durante el prólogo, procurando que supure la cara más doom del quinteto. Apenas un pequeño guiño antes de que aparezcan los Balsa de Piedra más vivarachos. En esas partes más vivas, el de Candlemass puede ser un nombre recurrente. Pero el corte aún acogerá después un mayor nervio, con un esforzado Manuel Juscar tras baterías. Una de las canciones más diversas en cuanto a escritura se refiere, que rima con el doom más casual sin que ello signifique perder colmillo. Aún cuando me agrada, sí siento que alguna que otra idea que irrumpe aquí bien merecía algo más de desarrollo.

“Ad Astra”, con colaboración de Cristina Serrano en voces, vuelve a fluctuar entre el gothic y un cierto aire post-punk para conformar un corte sobrado de gancho. Armado con buenos estribillos, Juan Ríos está de lo más elegante aquí, la banda no teme irse a una duración mayor, algo que permite a la composición desperezarse y respirar. Por contra, sigo pensando que los coros del puente, algo atenuados en la mezcla final, merecían algo más de punch. Por contra, me agrada en buena medida el solo que surge a continuación. No me desagrada en ningún caso pero bien es cierto que congenio en mayor medida con otros cortes dentro del disco.

Años de Dolor” es un interesante juego entre la balada y el medio tiempo, de construcción clásica, muy funcional, donde lo mismo uno encuentra ecos (lejanos) de Sôber que a Juan Ríos en una de sus interpretaciones más efervescentes. En contraste surgen guitarras leves, con Raúl Schilperoort brillando una vez más desde el bajo. Puede que queden “años de dolor hasta alcanzar el reino que se nos prometió”, pero qué duda cabe que ese vagar por el “desierto de la desolación” se hace más llevadero con cortes como este. Ojo al cambio de tono final.

El cierre es para “Finis Gloriae Mundis”. Un corte de inicio tenso, destacado por el violín de Miguel Palou, y donde la banda juega ahora sobre una batería electrónica (si mis oídos no me engañan) para construir, finalmente una última entrega profundamente llamativa. Oscura a su manera, de voces que a veces son poco más que un susurro, mientras Juan Ríos ofrece su interpretación más flamenca (de nuevo, salvando las distancias) de todo “Vanitas”. El solo de su tramo final, y que a ciertos rasgos me recuerda al inalcanzable Guthrie Govan, no podría funcionar mejor. Estupendo cierre, si me preguntan.

Un buen segundo disco el de los sevillanos. No son muchos los álbumes de gothic rock/metal que nos llegan pero, siempre que lo hacen, parecen albergar no poca calidad. Balsa de Piedra han ofrecido un segundo largo repleto de buenas composiciones, grabado (aparentemente) con no poco mimo y donde el leit motiv principal parece el de construir buenas canciones por encima de cualquier otra consideración. El solo hecho de que algo como “Alter Ego” fuese elegido como uno de los adelantos creo que habla y no precisamente mal acerca de esto. Cabe destacar además el libreto tan elegante que acompaña al CD, en esto no acostumbra a fallar la buena gente de The Fish Factory, remate perfecto al ramillete de buenas canciones que el quinteto ha sacado adelante.

Texto: David Naves

Reseña: The Soulbreaker Company «Sin» (Discos Macarras Records 2026)

Ocho años sin nuevo material de los rockeros clásicos vitorianos The Soulbreaker Company. Se dice pronto. Es esta, huelga decirlo, una vuelta de lo más esperada. Once los temas que componen este “Sins” y que vinieron al mundo en los célebres estudios Electrical Audio de la ciudad de Chicago (Estados Unidos), fundados por el tristemente desaparecido ingeniero Steve Albini. Recordemos que la banda está integrada por Illán Arribas (bajo), Ortiz Domingo (batería), Javier Arteaga (teclas, sintetizadores, pianos…), Daniel Triñanes y Asier Fernández (guitarras) y Jony Moreno (guitarra y voces). El álbum habría de ver la luz el próximo 28 de mayo en CD, vinilo y digital vía Discos Macarras Records.

Ant Row” y la batería de Ortiz Domingo procuran un inicio de álbum entre tenso y elegante. De guitarras que juegan a conjugar ruido y melodía, crudeza teñida de una cierta melancolía. Sentimiento este que se ve acrecentado toda vez Jony Moreno coloca su peculiar registro sobre las primeras estrofas. Es un arranque tendido, breve (no alcanza los tres y medio sobre el reloj) y que más que mostrar las cartas sobre las que se mueve su sonido, hace por guardarse alguno que otro de los vértices sobre los que pivota la propuesta de los vitorianos. Más una toma de contacto que una llamada de atención, puedo echar en falta un mayor despliegue técnico pero toda su elegancia está presente aquí. Y de qué forma.

In Rome”, desde luego, viene a aportar un poco más de colmillo. De vértigo incluso. Un rock directamente enraizado en los años setenta y que ofrece, ahora sí, algo más de músculo en lo que a técnica se refiere. Siempre de forma ordenada, sin gestos de cara a la galería, equilibrado y en favor más de la composición que no de egos individuales. Estira su registro Jony Moreno al tiempo que alterna con las cuidadas líneas que traza Javier Arteaga desde las teclas. Todo fluye hasta colisionar en un epílogo en el que no hubiera desdeñado un desarrollo un tanto más ambicioso. Con eso y con todo un corte que disfruto en gran medida.

Después llega “Abd Al-Rahman”, que fuera carta de presentación de este “Sins”, y surgen unos The Soulbreaker Company más ligeros, pero igualmente elegantes, distinguidos incluso. Me gusta esa línea de batería que va trazando Ortiz Domingo sobre las (delicadas) estrofas. El modo en que todo va fluyendo de modo tan natural. De nuevo sin prisas, sin estridencias, con un Jony Moreno fantástico al micro. Es el corte más extenso de los once, lo que no obra en favor de requiebros artificiales ni exageradas demostraciones ególatras. Al contrario. Esa construcción más extensa propicia un crecimiento ordenado, tendido, teñido de una cierta melancolía, y que las guitarras rompen (es un decir) en un solo rebosante de feeling. No sabría decir si es mi tema favorito del álbum pero ciertamente agradece uno esa sensación de que la banda ha echado el resto.

Jump The Fault Line” sorprende con ese inicio alucinado, tendente a la psicodelia, que después nos devuelve a unos The Soulbreaker Company un tanto más vibrantes. Más juguetones. El nombre de unos viejos conocidos de esta casa como son Zålomon Grass es alguno de los que acuden a mi subconsciente aquí. Ciertamente no iguales pero desde luego pareciera como que unos y otros beben de fuentes similares. Es un corte construido sobre riffs eficaces, que busca una mayor grandilocuencia en su tramo final, habiendo dejado entre medias voces más delicadas que gritonas, transiciones muy cuidadas y de nuevo ese aroma retro tan reconocible y disfrutón.

Beginning Of The End”, oferta menos extensa de todo “Sins”, busca un rock más ruidoso y hace valer una escucha, a poder ser atenta, con unos buenos auriculares pegados a las orejas. Interesante ese juego entre canales que propicia la producción aquí. Un corte de esos que parece dialogar consigo mismo, construido a base contrapuntos en su primer tercio, de una mayor intensidad en su tramo central y que desembocará en un epílogo más ordenado. Todo sobre las curiosas líneas que traza Javier Arteaga sobre las teclas. Me agrada aún con ese desarrollo tan exiguo.

En “Reaching The Dragon” también saben cómo alternar entre tonalidades. Cómo amalgamar esa calma del prólogo con (leves) desgarros que contribuyen a otra de esas construcciones a dos tiempos, casi colisionando su cara más leve con la más ruidosa, dejando para el puente un cierto aire a los King Crimson más leves y conduciéndose hasta el cierre sobre una nube de rock liviano, nada apresurado, de ese que ataca más el corazón que la cabeza. Fácilmente otra de mis favoritas.

Esa cierta calma viene a contrastar con la más ruidosa “On Jupiter”. A medio camino entre Cream o Led Zeppelin, la banda suena más rocosa aquí. Más nerviosa incluso, con Ortiz Domingo marcando el paso sobre otra estupenda línea de batería. Un corte lleno, trufado de contrastes, donde no falta (ni sobra) nada. Desde los tonos más altos de Jony Moreno, el gancho de esas guitarras de Daniel Triñanes y Asier Fernández, la bien engranada base rítmica de Illán Arribas y Ortiz Domingo o todas y cada una de las diabluras de Javier Arteaga sobre las teclas. Que levante la mano el primero que piense en otros viejos conocidos de H.M.B. como Green Desert Water al transitar por este séptimo corte del álbum. Estupenda. Si el destino es propicio y vuelven por la vieja Asturias, ojalá quepa en su setlist.

The Right To Hush My Sins”, al tiempo que nos introduce en el tramo final del álbum, nos devuelve una cierta calma durante el prólogo. Apenas un suspiro. Un pequeño descanso. Y es que pronto la composición toma derroteros más ruidosos, cargados de una melancolía muy bien traída, (fenomenal Jony Moreno aquí) y en donde la banda vuelve a trazar un corte que me agrada tanto por composición como por las distintas ejecuciones que lo atraviesan. Las guitarras que juegan bajo las voces en el epílogo, por decir uno.

La sorpresa llega con “Ten Thousand Years”. Aquí la banda, y toda vez cruzamos el umbral de su curioso prólogo, está moviéndose en un terreno más cercano en el tiempo. Hay una cierta oscuridad rodeando a esta novena entrega, que en sus primeras estrofas parece bordear el post-punk más iniciático, para después colisionar con su faceta más ruidosa y, por ahí, construir un corte de lo más llamativo. En cualquier caso y pese a lo rupturista del tono, tampoco siento que la banda se traicione aquí. Al contrario. Máxime cuando estalla ese solo del puente. Diferente, que no peor.

Javier Arteaga está brindando un prólogo de lo más delicado en esta “Road And Bread”. The Soulbreaker Company se envuelven en esta balada / medio tiempo en donde cabe toda sensibilidad, todo buen gusto que son capaces de cosechar. Me agrada además por el modo en que el corte va creciendo en intensidad de cara al tronco central. Con Jony Moreno dejando buenos tonos altos y el mencionado teclista dejando píldoras de su buen hacer a las teclas. Habría sido una estupenda despedida a este “Sin”…

… honor que recae, no obstante, en una “Be On The Run”, donde de nuevo un inicio tranquilo vendrá a chocar con el mayor ruido que proponen después. En ese prólogo hay un tono algo desgastado que me agrada en la misma medida en que lo hace la mayor intensidad que sucede a continuación. Como ya lo hicieran otro cortes dentro del disco (“Beginning Of The End” sin ir más lejos) aquí vuelven sobre otra de esas construcciones alternas en las que tan bien se manejan. Sobre las que parecen tan cómodos. Las voces de Jony Moreno primero y la soltura de las guitarras después arman un epílogo estupendo. Un gran cierre, si me preguntan.

Todo tan orgánico como preveía antes de darle un primer repaso al disco. Todo, después, igual de satisfactorio. Si acaso, mi única pega podría ser que algunos cortes se me quedan algo rácanos en lo que a reloj se refiere. Pero todo su buen hacer, su elegancia, ese toque retro (vintage que se dice ahora) vuelve a manifestarse en poco más de cuarenta minutos de unos The Soulbreaker Company en plena forma. Yendo desde la delicadeza al ruido y todo cuanto habita entre medias. Tejiendo temas llenos de detalles, de los que van ganando peso con las escuchas, que anidan en tu subconsciente y nos recuerdan un tiempo quien sabe si mejor. Estupendo trabajo.

Texto: David Naves

Reseña: Jean Paul’s Dream Vision «Reminiscences» (Demons Records 2025)

Segundo largo vía Demons Records del músico y compositor alicantino Juan Pablo “Jean Paul”, acompañado por una verdadera constelación de músicos para los quince cortes, nada menos, que alcanza este “Reminiscences”. Y es que son más de cincuenta los nombres que se han dado cita en esta nueva obra. Gente como Johnny Gioeli, Isra Ramos, Steve Overland, Paco Ventura, Ángel Belinchón, Danny Vaughn… El trabajo ha sido producido y mezclado por el Hitten Johnny Lorca en los Mole Mother Studios de Murcia. Es el propio Juan Pablo quien carga con las guitarras rítmicas, así como (evidentemente) con toda la composición a excepción hecha de “Vega”, coescrita ésta al alimón con Michael Flexig. Lorca ocupa el bajo y entre Samu Baeza y Willy Medina alternan con las baterías. Hechas las presentaciones, y procurando dejar por el camino el menor número de nombres posible, entremos de una vez en materia.

Las hábiles manos de Henrik Larson (Jaded Heart, Masterplan) sobre el teclado introducen la inicial “Flying Away”. Y lo hacen procurando un inicio bien acomodado, optimista incluso, que conduce hacia un buen riff de guitarra. A él se agarra todo un Steve Overland (FM), trazando no solo una buena línea de voz sino adornándose también con elegantes armonías. Tras estas guitarras se encuentran David Palau y Christian Vidal (Therion). Un primer corte bien producido, trazado muy por la senda del libro de estilo del género. Disciplinado pero también eficaz.

Quien viene a casa en “Come Back Home” es nada menos que Johnny Gioeli (Hardline, Axel Rudi Pell), en comandita con Samu Baeza (Santiago Campillo) en baterías, las teclas de Carlos Álvarez (Dry River), el bajo de Fernando Mainer (Jeff Scott Soto, Jorge Salán) y el solo del Medina Azahara Paco Ventura. Todo se apoya sobre otro hábil riff de Jean Paul. También, claro, en la buena línea de voz de Gioeli, en particular en estribillos, encajando en un registro que le viene ni que pintado. La mezcla equilibra y da color sin olvidarse de la base rítmica. Ahí destaca la labor de Mainer, añadiendo una capa más de distinción y buen gusto. Luego Paco Ventura dispone un solo más que interesante. Extenso, en los tiempos que corren, y en el que da la sensación de habérselo pasado en grande mientras lo grababa. Puede ser uno de los cortes más redondos de este segundo largo.

Vuelve el veterano Steve Overland para una “Walking In The Rain” que, a modo de curiosidad, clava la duración del corte precedente. Y al igual que aquella, dibuja paisajes tranquilos, agradables y, claro, muy melódicos. Johnny Lorca carga ahora con el bajo, también con el solo de guitarra, en un corte amable, que fluctúa entre la balada y el medio tiempo, bellamente revestido por esos teclados de Elena Alonso (Lethargus) y atravesado por una (nada impostada) melancolía. Estupendo epílogo, por cierto.

En “In the Storm” sigue a bordo la voz de FM. Un inicio reposado, muy amable, al que luego acuden guitarras igualmente ligeras, formando contornos calmos, casi prístinos. El actual Ñu Manolo Arias se encarga de la eléctrica, Lorca de los pasajes acústicos, Nilver Pérez (Revlin Project) pone el teclado y Diego Teruel (Amaro, Gürú) el bajo para otra entrega amable, cuidada con sumo detalle y donde Overland, cómo no, brilla con luz propia. Me agradan ambos solos. El acústico de Lorca, el eléctrico de Arias. Dobla este el suyo, que se alzará finalmente como uno de los más efusivos del álbum, contrastando, sin desentonar, con el tono del corte que lo acoge.

Vuelve Gioeli para “This Must Be Heaven”, que viene a recuperar parte del nervio perdido. Ahí, la voz de Hardline se defiende cual gato panza arriba. Es un corte que parece trazado a mayor gloria del vocalista neoyorquino. El estribillo es de esos que entran cual cuchillo en mantequilla. El Tritón Javier Mira pone el primer solo sobre la batería de Samu Baeza y el bajo de Santi Hernández (Lujuria). Y Lorca pone el último de los solos en un epílogo que me agrada tanto por trazo como por ejecución.

Pero el disco vuelve a poner la calma de por medio “Dream Vision”, con teclas de Nilver Pérez y violín de Gianne Mowatt, es una balada tendida y clásica pero tal vez algo previsible. Cuenta no obstante con un Lee Small (Lionheart) que va componiendo una línea vocal llena de feeling y carisma. Él, junto al buen solo de Johnny Lorca, constituyen los mayores asideros del corte que, a fin de cuentas, da nombre al proyecto. Es quizá por ello que tal vez cabía esperar algo más de este sexto corte.

Es Dani Rodríguez quien reviste violines a “My Last Breath”. Aquí está todo un Göran Edman (Brazen Abbot, Talisman, Crossfade…), en un grandísimo estado de forma, trazando una de las mejores líneas de voz de todo el álbum. Lo cual, dada la constelación de cuerdas vocales que se ha dado cita aquí, es todo un logro en sí mismo. Sobre el papel, además, estamos ante uno de los cortes más hábiles de este “Reminiscences”. Arranca en balada para después sufrir un giro dramático y conducir esta visión hacia terrenos mucho más intensos y vibrantes. Hay un solo no poco vistoso de José de Castro “Jopi” como remate. Y si bien todo me funciona aquí, cierto es que habría agradecido una batería con algo más de punch. Con eso y con todo, otra de mis favoritas.

Fire” es hard melódico de muchos quilates. Pero es también un corte con brío, directo y disfrutón. Le pone voz un Danny Vaughn (Tyketto) por el que parece que no pasan los años. Esta casa, y cualquiera que le viera a su paso por el Lion Rock Fest de 2024 (crónica), puede dar fe. El solo es para el sueco Tommy Denander. Lastrada, si acaso, por tratarse de una de las entregas más rácanas en cuanto a duración de todo el disco, bien está ese extra de picante que le otorga al tracklist.

El vocalista de origen sudafricano Mick Devine (Seven) pone su registro al servicio de esta “Because Of You”. El disco regresa al terreno de las baladas y lo hace en su encarnación más clásica. Un corte finamente arreglado, rematado por el buen solo del Acid Rain o Torquemada Guillermo Guerrero, al que hay que sumar el coro de voces blancas del CEIP Río Segura, el violín de Gizane Meowtal, el bajo de José Luis Gallego y los teclados de Pablo Sancha (After Lapse, Against Myself). Estupenda en su crescendo final, otra de las entregas más firmes y redondas de todo el trabajo.

El veterano vocalista de origen alemán Michael Flexig presta sus habilidades tanto vocales como compositivas en esta “Vega”, donde Jean Paul cuenta con Fran Rodríguez (Nexx) en teclas, Willy Medina (Hitten) en baterías, Antonio Muñoz (91 Suite, Sunsët) al bajo y el solo de Fran Alonso (Hackers). Un hard rock sencillo, sin grandes complicaciones, que sabe llegar a término dejando por el camino buenos riffs y una producción de lo más cuidada. Sin tampoco tratarse de una entrega corta como la anterior “Fire”, sí pienso que merecía otro cierre que no ese desangelado fade out final.

Hay algo en la línea de piano que traza Elena Alonso en “Lonely Warrior” que siempre me lleva a penar en el ya desaparecido Meat Loaf. Regresa Johnny Gioeli tras el micro en otra balada de esas que rebosan buen gusto por cada poro. Contribuye a ello, y en gran medida, el violín de Sara Ember (Last Days Of Eden, Ñu). Samu Baeza (batería) y Peri (bajo) forman la base rítmica de un corte que trazará un cuidado crescendo camino del epílogo. Siento que, de todos los cortes lentos del álbum, puede ser éste el que tiene mejor factura de todos.

Y ya que estamos con parecidos, que me aspen si los teclados de “Lejos” no me recuerdan al “Maniac” de Michael Sembello. El disco vira hacia nuestro idioma para que Isra Ramos (Avalanch, Amadeüs) le ponga voz. Chema García en teclas, David Mascaró en bajo y, sobre todo, Tommy Denander en solo, contribuyen a revestir otro de los cortes más vibrantes del disco.

Me agrada el tono más oscuro que acompaña a “Bajo Un Disfraz”. Ángel Belinchón, de los muy reivindicables Dry River, lleva la voz cantante en un corte que viene a amplificar el rango sonoro del álbum. Fran Alonso pone las rítmicas y Pablo García (WarCry) el solo en la entrega más extensa de las quince que Jean Paul ha ideado para este “Reminiscences”. Acompañan las teclas de Chris McCop (Tokyo Motor Fist) y el bajo de Maca (Zelion, Tálesien, Eco…) para uno de esos cortes que, como reza el tópico, van ganando peso con el paso de las escuchas. El solo de Pablo García no sorprenderá a quienes sigan la trayectoria del asturiano. Quizá sí esas voces que vuelve a poner el coro del CEIP Río Segura. Eficaz por sí misma y, al mismo tiempo, interesante por el contraste que produce con el resto de cortes.

Sueño o Realidad” ya parte desde un prólogo bien elegante. Desde ahí transita hacia un hard más cercano a los grandes dogmas del hard melódico. En ese registro tan clásico, sobresale la labor de Chema Sales (Lost Wingman) al micro. En estrofas y también en estribillos. El bajo corre a cargo de Santi Hernández (Lujuria). Hay guitarras de Christian Vidal (Therion) y teclas de Fran Rodríguez (Nexx). Y el que brilla con el solo es, de nuevo, un inspirado Tommy Denander. Fácil, te la sabes a la primera, pero funciona.

“Tras El Cristal” es un broche final no poco llamativo. Y lo es por el contraste que se produce entre las distintas voces participantes: Fernando Pleite (Siddharta), Narciso Tenorio (Júpiter), Carlos Pina (Panzer) y Elizabeth Amoedo (Against Myself). Buena labor de Elena Alonso con las teclas, también de Maca al bajo y por supuesto de Johnny Lorca con el solo. Mucha clase para cerrar el álbum con clase. Con cierto optimismo incluso. Al final, tal y como reza la letra: “tras la niebla siempre hay claridad”.

Habiendo reunido semejante pléyade de colaboradores, conseguir que el álbum suene cohesivo a lo largo de más de una hora de música resulta todo un logro- Puede que el paso de las escuchas destapen ciertos desequilibrios en lo que a sonido se refiere, si bien estos son del todo puntuales. El álbum transita siempre dentro de los grandes cánones del género melódico. Dispone buenas ideas y mejores canciones a los Edman, Gioeli, Overland y compañía, se acompaña de grandes ejecutores como Pablo García, Tommy Denander, Christian Vidal o el propio Lorca… y se las arregla para buscarle las cosquillas al género, ahí están “Bajo Un Disfraz” o “Because Of You”, sin que ello signifique traicionar sus mismas esencias. Un trabajo de orfebrería técnica que no esconde la gran labor realizada desde el plano puramente compositivo. Un disco que, desde antes de ayer, debería ocupar lugar de privilegio en la vitrina de cualquier fan del género.

Texto: David Naves

Reseña: Easy Rider «Maniphesto» (Autoedición 2025)

Maniphesto” es el séptimo trabajo para los heavies de la capital Easy Rider, que viene a significar el primer largo, propiamente dicho, para su vocalista Dess, quien debutara con ellos en el Ep de 2021 “Metamorphosis”. La banda se completa con José A. Villanueva al bajo, Javier Villanueva y Daniel Castellanos en guitarras y José María Roldán tras baterías. Sería el propio Castellanos el encargado de producir, mezclar y masterizar estos nueve cortes, adornados por el diseño de la propia Dess y estrenados finalmente el pasado mes de septiembre.

Paralysis” se abre desde los mismos pulsos de un corazón aún latente. Concita después un heavy metal de trazo ágil, con estrofas bien dibujadas y un rasgo en estribillos con el que conecto en buena medida. La propia alternancia rítmica que ofrecen aquí, los distintos tonos, alcanzan a la voz de la propia Dess, cuya diversidad en cuanto a registros se adapta como un guante a este primer corte. En lo personal habría otorgado algo más de peso a ese solo que ocupa el puente. En cualquier caso, un opener sencillo, directo y nada desdeñable.

Felurian (spanish version)”, sí, vira al idioma de Cervantes para que Easy Rider adopten ahora una mayor mordiente en riffs. Frente a ese metal algo más agreste surgen contornos más melódicos. Y, por ahí, la banda va construyendo unos contrapuntos ágiles y bien ejecutados. Destacable la buena base rítmica que traman entre Roldán y José A. Villanueva. Y aunque alguno de los versos que Dess dibuja tras el micro me resulten algo atropellados, un corte de esos que va ganando peso con las escuchas. Estupenda sección solista, ahora sí, anticipando un epílogo de mordiente más pronunciada. Me divierte, aún con sus más y sus menos.

Welcome To My Paradise” es heavy / power metal a la europea, bien arreglado y ejecutado, donde José A. Villanueva está dejando una más que interesante y notable línea de bajo. Dess añade ahora unos tintes algo más hard a su registro. Y, de nuevo, de ese contraste surge un corte ágil, quizá algo indolente en lo que a riffs se refiere, pero desde luego nada indigno en su conjunto. Hay buenas melodías soldadas a las estrofas, y de hecho un mayor pulso melódico conforme el corte transcurre hacia el despliegue solista y, ahí, una composición más diversa y atrevida. Un corte que esconde varias capas sobre una misma piel, elegante, puede que no del todo sofisticado pero sí que muy efectivo.

Echo en falta algo más de pegada en el prólogo de esta “Hear My Voice”, donde sin embargo, Javier Villanueva está dejando su mejor cara como solista. Me gusta el pulso más tendido y atmosférico con el que han trazado estas primeras estrofas. También lo amable, casi juguetón, de su cuidado estribillo. Es la Dess más amable, dibujando junto con la banda un corte de fortísima personalidad dentro del álbum, al que enriquece y afianza. Más adelante emerge un cierto pulso prog. Nada acusado ni impostado, equilibrado y sin que desbarre en solos o requiebros ególatras y/o fuera de lugar. Otra de mis favoritas tras el correr de las escuchas.

Prey”, a la larga entrega más extensa de este particular manifiesto, da inicio desde la calma más absoluta, con Dess en tonos amables sobre apenas un delicado colchón acústico. Más tarde se sumarán arreglos de cuerda. También una ¿batería electrónica? que puede haga torcer el rictus a más de uno. En cualquier caso, una power ballad de voces bien afinadas, crescendos síldamente armados y solos a rebosar de feeling. A buen seguro poco sorprendente en lo que a composición se refiere, pero resuelta con la pericia que desde luego da la experiencia.

A esas calma y elegancia contraponen “Breaking The Chains” y el que puede ser el riff más grave de todo “Maniphesto”. Un corte que trae al frente a los Easy Rider más pesados, más groovies, que me recuerda a aquellos Dreamaker que Elisa C. Martín montara tras su tumultuosa salida de Dark Moor. Dess tiene momentos realmente agudos aquí. En realidad está trazando una línea de voz llena de matices, tanto en esos tonos altos como en los más graves. Un corte que, al final, me agrada más por su propio contraste con el resto del álbum que por sí mismo.

El tema título “Maniphesto” recupera a unos Easy Rider más alegóricos. Heavy / power trotón directo, lleno de buenos riffs (estupendos en estrofas) y detalles técnicos llamativos, que no redundantes. Trota José María Roldán tras baterías en apoyo de esos ritmos más vivos. Y a falta de una producción de mayor pegada, bien están esos acerados solos del puente central o la Dess más gritona del epílogo. A la contra de otros cortes dentro del álbum, uno que entra a la primera y arraiga fuerte en el subconsciente entre buenas cabalgadas de la base rítmica y la acertadísima gana riffera de la que hace gala.

Al menos en lo que a intensidad se refiere, por ahí circula también “The Deal”, elevando su habitual heavy de tintes power metal hasta bordear el speed. Por ahí, claro, se suceden riffs hábiles sobre una base rítmica veloz y contundente. Me agrada la clase de riffs sobre los que construyen esta penúltima andanada, también la línea de voz que ha construido Dess, muy especialmente en estribillos, que termina por llevar a buen término la cara más flamígera de los madrileños. Heavy metal directo y sin concesiones.

El cierre, para el que considero un buen disco de metal, corresponde a la versión en el idioma de Dickens de “Felurian”. Easy Rider, un poco como Azrael (sobre cuyo “Aquelarre” escribía hace escasas fechas) nunca llegaron a romper en popularidad como lo hicieron muchos homólogos suyos. Con el agravante, además, de que ellos lo hacían cantando en inglés, con todo lo que ello implica. No obstante ese estatus de culto les ha permitido, baile de voces mediante, la libertad de labrarse un sonido al que poder llamar propio. “Maniphesto” vuelve a incidir en su receta: metal a la europea con tintes de power aquí, algún groove allá, incluso algún (pequeño) escarceo con el progresivo. Esa mezcolanza, gracias al buen equilibrio que muestran en cuanto a composición, se me hace de lo más amena y disfrutable. Un disco que puede no ser sobresaliente, puede que no les granjee una nueva legión de seguidores, pero sin embargo logra aquello que pretende: mostrar a una banda ya veterana y fiel tanto a su propio legado como a quienes lo han seguido desde finales del pasado siglo. Que no es poco.

Texto: David Naves

Reseña: Salduie «Dvatir» (Theocide Records 2025)

Dvatir” de los zaragozanos Salduie recopila en formato Ep varios singles que la banda ha venido editando desde su último largo “Ambaxtos”, editado allá por 2021 y que ya pasara por esta página. Ellos son David Serrano (gaitas, flauta, dulzaina…), Daniel Galbán (bajo), Diego Bernia y Nehemías Sebastián (voces), Sergio Serrano (batería) y Victor Felipe (guitarras, bouzouki irlandés, mandolina). Los temas fueron producidos, grabados, mezclados y masterizados en los Theocide Studios de su ciudad natal con Teocida a los mandos. En la calle vía Theocide Records desde el 3 de abril.

Desde un prólogo muy apegado a la tierra, al bosque, a la naturaleza, en “Una Plegaria A Trebaruna” construyen una intro que transita hacia lo cinemático entre cierto regusto épico y coros elegantes. “Dvatir” donde los chicos cuentan con la colaboración de Xana Lavey (Celtian), acrecienta ese nervio épico de la intro, se arma de guitarras potentes y construye estrofas marca de la casa: alternas en voces, pródigas en arreglos y de lo más efectivas. Aquí y allá hay alguna rima que quizá me chirríe más de la cuenta. Pero disquisiciones personales al margen, esto es Salduie mostrando (a ratos) su vertiente más heavy, alternada con el registro más leve de Nehemías Sebastián. Diversa, agradable, junto con la intro una más que interesante puerta de entrada al Ep en particular y al peculiar universo de la banda en general.

El Canto De Las Madres”, con la Against Myself Elizabeth Amoedo ayudando en voces, reincide en la gravedad de esas guitarras, construyendo de nuevo unas estrofas llenas de contrapuntos en lo lírico. Voces rasgadas, agudos y dejes más folkies colisionan aquí. Y lo hacen sin que la producción se resienta lo más mínimo. Teocida, varios trabajos ya registrando a los maños, sabe muy bien de las fortalezas de los chicos. Por ahí me agrada el modo en que power metal, folk e influencias más oscuras se conjugan en completo equilibrio. Ahí cobra especial importancia la labor de Sergio Serrano, tejiendo una línea de batería a la vez firme y diversa, perfecto cimiento del corte al que da sustento. Los juegos entre voces e instrumentos de viento, los arreglos orquestales, incluso esa mayor crudeza previa al puente… todo parece estar donde debe. Una de esas composiciones que bien merece más de una escucha (y de dos y tres) para vislumbrar cada pequeño detalle como se merece. De lo mejor de este pequeño Ep.

Lugnasad” donde encontramos a Estefanía Aledo (Mind Driller), plantea unas primeras estrofas donde las distintas voces limpias se van contraponiendo a la pesadez, la gravedad incluso, que emana de la guitarra de Víctor Felipe. Éstas se enfangarán más adelante mientras acogen un juego de voces aún más amplio si cabe. De nuevo un folk metal que atrae por la libertad que la banda se ha dado a la hora de componer los temas. Hay detalles más contemporáneos, ese breakdown tan marcado, que quizá repelan a los más puristas. Salduie se ponen pocos límites y, por ahí, emergen con una propuesta que acaba por resultar cada vez más personal. El puente previo al epílogo, consagrado a su vertiente más folkie, es estupendo.

El Agua Del Tejo” parte de un prólogo elegante, de una cierta melancolía incluso, para que luego Diego Bernia deje alguna de las voces más graves de todo el Ep. Aquí irrumpe un estribillo, a coro, de esos que amarran a la primera. Los Salduie más rotundos acompañando a los más épicos en un corte profuso tanto en doble bombo, como en voces y arreglos. Verdaderas señas de identidad de los zaragozanos, para una canción de esas que invitan al movimiento cervical, sin que falten pequeños puentes (de nuevo) con un cierto toque cinemático, otro afilado breakdown y un epílogo que vuelve sobre estribillos. Quizá la más memorable, literalmente hablando, de entre las seis.

La Profecía De Clunia”, con la mexicana Anna Fiori poniendo de su parte con un registro ciertamente torrencial, reincide en esos Salduie compactos y aguerridos, mostrando su cara más metálica y contundente. Pero aún así, ellos no olvidan otro de esos trazos atractivos por diversos. Sin alcanzar el caos de propuestas más oscuras, pero sin tampoco caer en escrituras predecibles y/o evidentes. A ello suman arreglos sinfónicos que vienen a aportar una mayor grandilocuencia, amén de gaitas, un amplisimo rango vocal y el que puede ser el breakdown más marcado de todo el trabajo. Estupendo cierre.

Dvatir” viene a dar razones a quienes argumentan que Salduie son, a día de hoy, una de las formaciones más sólidas dentro de nuestro folk metal. Tanto el equilibrio como la contundencia de la mezcla deja entrever la buena conexión que hay entre banda y productor. Y los temas respiran no solo gracias a ese equilibrio sino también a unos trazos atrevidos, muy poco lineales, que ponen en ristre su mejor cara como compositores. Sin olvidar estribillos con gancho, con especial atención a los de “El Agua Del Tejo”, conforman un pequeño trabajo en cuanto a duración pero que, sin embargo, tiene muchas cosas que decir. El próximo 27 de septiembre estarán descargando en la Sala Acapulco de Gijón. Avisados quedáis.

Texto: David Naves

Reseña: Vidres A La Sang «Virtut Del Desencís» (2024)

Virtut Del Desencís” constituye el sexto disco para los catalanes de Vidres A La Sang. La banda radicada en Tarrasa, que ya pasara por estas líneas con aquél “Fragments De L’Esdevenir” de 2022 y que forman Cristian V.B. (bajo), Jordi Farré (batería) más los integrantes originales Albert (guitarra) y Eloi Boucherie (guitarra y voz), vuelve ahora con un álbum grabado, mezclado y masterizado por el propio Boucherie en su Farm Of Sounds al que adorna el arte del Suspiral Álex Tedín (Balmog, Teitanblood, The Spirit, Imperium Dekadenz…) y que ha visto la luz a través de los sellos Abstract Emotions, Nafra Records, Negra Nit, Discos Macarras y Eternal Juggernaut Records.

Tímido y muy atmosférico el arranque que proponen a través de “Màrtirs”, un prólogo que fácilmente podrían haber firmado An Autumn For Crippled Children (actuales An Autumn). Vidres quiebran con brusquedad hacia su versión más intensa y feroz, con un Farré muy firme en ese blast beat inicial. Las primeras estrofas descubren, sin embargo, la versión más atemperada del proyecto. O, si acaso, la más lindante con el progresivo más casual. Siempre con su inequívoco registro roto, Boucherie declama estas primeras líneas de voz con su hosquedad habitual. El trazado de estas mismas estrofas es laberíntico, plagado de cambios de ritmo. De ciertas disonancias incluso. La producción enfrenta (más que equilibra) las distintas líneas y para cuando llega el estribillo a pura voz limpia, no me puedo sacar de la cabeza el nombre de Borknagar. Y mientras que el largo solo del puente central descubre la cara más técnica de los egarenses, el retorcido tramo final encapsula por sí solo cuan de grande ha sido la evolución desde aquél trabajo homónimo de 2004. Tremendo arranque.

Podría esperarse un mayor nervio de “Sempre És Incert” tras el avanzar tan retorcido de “Màrtirs”. Pero tanto el prólogo como las primeras y enigmáticas estrofas sirven para que Boucherie muestre su registro más susurrante, confrontado por la voz prístina de un fantástico Arnau Tordera i Prat. Vidres A La Sang en su registro más tranquilo durante un primer tercio que exasperará a quienes busquen aquí el puro nervio del magnífico “Endins” de 2006. Me agrada la forma en que Farré impulsa ese crescendo de la segunda mitad, también el modo en que la mezcla del propio Boucherie acomoda este mayor impulso con el mejor de los equilibrios. Es cierto que el cuerpo me pedía un solo algo más ambicioso aquí, pero con eso y con todo uno de los cortes con mayor personalidad de este sexto trabajo.

Subyace un cierto atrevimiento en el hecho de que “L’Elegia Dels Innocents” fuera elegida como una de las cartas de presentación del disco. Nada resulta obvio aquí. Ni el curioso y tranquilo prólogo ni tampoco la cierta tosquedad de las primeras estrofas. La estupenda línea de batería de Farré amalgama las distintas capas con precisión quirúrgica. En las líneas de guitarra surgen (inesperados) ecos de los Gojira más atmosféricos, mientras que en lo tocante a riffs este puede ser el corte más atrayente de los seis. El trazo, siempre intrincado y nunca previsible, alcanza a un tronco central que bordea, sin tocar, el black depresivo de bandas como Forgotten Tomb, Nyktalgia, Austere para una de las pocas salidas del tiesto del tracklist. Un tema ágil en lo gramático y a ratos brillante en lo técnico que amplía en buena medida el ya de por sí amplio rango de influencias que la banda maneja en esta sexta obra. Estupenda.

Capricis De L’Atzar” redirige ahora hacia una calma por momentos casi espacial, que la banda rompe de manera brusca para, desde ahí, construir otro de esos cortes laberínticos y nada previsibles en los que ahora tanto se prodigan y tan bien se manejan. Hay una cierta tensión en esas primeras estrofas, con Eloi en un registro realmente agrio y rotundo. Hábil el contraste que esas voces tan oscas procuran con lo tendido de la instrumentación. Un primer tercio cosido a base de contrapuntos, con Cristian dibujando ágiles líneas desde el bajo. Camino del cierre llega un brusco cambio de ritmo pero el corte nunca llega a lindar con la gravedad que sí tienen otros temas del álbum, circulando siempre cerca de esa vena ya digo casi espacial y disruptiva. Es el corte menos extenso del álbum y sí creo que ese epílogo bien merecía algo más de desarrollo.

De las seis puede ser “Records A L’Oblit” la que más recuerde a los Vidres A La Sang más iniciáticos. Con matices, cabe decir. Furibundos y extremos en el prólogo, con Farré volando como en pocos momentos del álbum, las guitarras no obstante juegan en una liga completamente distinta a la que inundara sus primeros trabajos, optando ahora por una serie de pequeñas disonancias de mejor rima con el disco que las contiene. Me agradan esos estribillos a voz limpia, que a su manera me recuerdan a aquella estupenda “Els Vents Bufen A Favor” que abría su “Set De Sang” de 2018. Brilla el solo de guitarra aquí y la forma en que abre paso a los Vidres más descosidos del epílogo, que salvando las inmensas distancias, me recuerda a los Enslaved más recientes. Menos laberíntica y más directa, equilibrada amalgama de la banda que en su día fueron y la que son dos décadas después.

Sin abandonar su propia personalidad como banda, hay tímidos ecos floydianos en la final “Llàgrimes De Sang”. Principalmente en ese arranque tenue, casi tímido que proponen. Aquí vuelve ese entonar más desesperado y angustioso de Boucherie y nuevamente nombres como Nyktalgia o Forgotten Tomb retornan a mi subconsciente con cada escucha. Para cuando han transcurrido más de cuatro minutos e irrumpen las guitarras más graves, la banda deriva hacia su vena más progresiva en detrimento de la más violenta. Surgen riffs interesantes ahí. También buenos dibujos de Cristian a las cuatro cuerdas. El estribillo, una vez más intercalado de voces limpias, destila una épica cargada de melancolía que supone, en opinión del abajo firmante, otro de los momentos álgidos de este sexto trabajo. El amplio solo de guitarra que surge a continuación me resulta el broche perfecto a esta última entrega de los catalanes, si acaso empañado por ese fade out final.

Una banda siempre en el filo, que no se conforma con seguir el camino marcado y que parece disfrutar con el reto que supone cada nuevo álbum. Del nervio descosido de sus primeros trabajos poco queda. Vidres A La Sang transcurren por estos años veinte con la seguridad que da el saberse dueños de su negro destino. “Virtut Del Desencís” supone una marcada deriva hacia su vena más progresiva, revestida aquí y allá de influencias que lo mismo guiñan al black que al death, componiendo un álbum de innegable personalidad. Al alimón con otras bandas estatales dadas a procurarse su propia senda, pienso en gente como Balmog, Moonloop o Foscor (la otra banda de Albert Martí), consolidan la que, pienso, es una de las propuestas más llamativas e interesantes del pasado 2024. Que no es poco.

Texto: David Naves

Reseña: Honara «Resemblance» (Autoproducción 2025)

Aún con los ecos de su concierto junto a Narwhale resonando en el subconsciente (crónica) toca volver sobre aquellas canciones y resumir aquí las sensaciones que nos deja este “Resemblance” con que debutan los asturianos Honara. La banda, formada por Antonio Alcaide, Guillermo Villán, Carmen García, Moisés Fernández, Robert Smith y Raúl Fernández entrega nueve temas grabados entre noviembre de 2022 y diciembre de 2023 con producción del propio Alcaide y Nacho Angulo de Treeline Audio como ingeniero de sonido, encargado igualmente de mezcla y master. Con fotos de Frankie Sánchez y diseño artístico de Raúl Fernández, el álbum vio finalmente la luz el pasado siete de enero.

Threshold” procura una tranquila entrada al álbum. El bajo, como ya me sucediera el pasado sábado, me recuerda al bueno de Justin Chancellor, a la sazón bajista de las luminarias progresivas estadounidenses Tool, y la composición avanza tranquila entre dejes oníricos y un elegante uso de los distintos arreglos. Para cuando las guitarras ganan terreno e irrumpe la voz de Carmen, el disco hace gala de una estupenda producción. Para nada habitual en no pocos debuts que llegan hasta nuestras manos.

El caso es que “Sonar”, con colaboración de José Mora (TotengottMad RoversHumo), adopta tesituras tranquilas, arrimadas a un progresivo que sigue teniendo cierta querencia por la banda de Maynard James Keenan. La mezcla, que no podría ser más equilibrada, coloca la voz de García muy en primer término, con los coros más rotos y agrios como brusco contrapunto durante estribillos. Brilla ahí la amplia formación astur, arrimándose hacia terrenos más propios del sludge más atmosférico. La comparación con Cult Of Luna es, a ratos, inevitable. Tras atravesar un puente intenso y desatado, con Honara dando su mejor versión, todo culmina en un epílogo retorcido, más próximo al prog, que ya da muestras de las pocas barreras que el sexteto ha puesto en lo que a composición se refiere.

Da buena cuenta de ello el primero de los temas largos del álbum, este “Earthworm”, y no solo porque su prólogo me recuerde a una banda que podríamos denominar como post-Tool, no otros que los suecos Soen. La composición sin embargo, y toda vez supera ese prólogo, vuelve a enfrentar ambos registros vocales, separando sus caminos de la banda de Joel Ekelöf mientras echa mano de riffs ruidosos pero eficaces. Brilla Villán tras baterías. Tanto en las partes más descosidas como en las más tranquilas y atmosféricas. De hecho este remanso de paz que implementan aquí y los dibujos que hace el propio Villán parecen emparentar de manera más o menos directa con los que Gavin Harrison propone para bandas como Porcupine Tree o The Pineapple Thief. Me agrada ese rápido crescendo que devuelve las guitarras más broncas. También el contraste que ejerce ahí la melodiosa voz de Carmen. Ágil epílogo finalmente, con la banda retorciendo riffs primero y enfrentando ambos registros después. Lo dicho: parecen haberse puesto muy pocas barreras a la hora de construir los temas y se nota.

The Cage”, entrega más extensa de las nueve, arranca de nuevo sobre la versión más intensa y desgarrada del sexteto. Confrontando una vez más ambos registros sobre un metal de fuerte poso atmosférico y otra llamativa línea de batería de Villán. En las partes más calmas hay voces de Carmen que me recuerdan a Gin Barberia (Absalem). Sea como fuere me agradan los distintos contrapuntos que el combo asturiano propone aquí. Sobre todo, por cómo consiguen alcanzar un sonido al que poder llamar propio, en contraste con dejes más marcados e identificables que encuentro en otras composiciones de este debut. Luego el trazo transita hacia territorios más tranquilos, revestido no obstante de una cierta tensión. Surge ahí una interesante sección solista, amén de un interesante juego entre canales, anticipo de una larga trama instrumental que opera siempre en favor de la composición en sí, con la banda más ocupada en tejer buenos riffs que solos masturbatorios y/o ególatras. Carmen sorprende aquí con alguna de las notas más altas de todo el álbum. Justo para que retorne después la calma y “The Cage” fluctúe hacia un prog rock que me recuerda ahora a los primeros álbumes de Steven Wilson en solitario. Finalmente, el cierre habrá de recuperar la versión más encolerizada del sexteto. Que no obstante se maneja siempre dentro de unos márgenes de calculada agresividad. Sin salidas del tiesto ni sobreesfuerzos de cara a la galería. Buque insignia de “Resemblance” y uno de los temas más diversos y atrevidos que haya entregado la escena asturiana desde el confinamiento para acá.

La banda se toma entonces un pequeño respiro a través de la breve “Samatha”. Pequeña instrumental de parajes tranquilos y guitarras amables, donde de nuevo la producción entrega un cuidado juego entre canales, imprescindible escucha con buenos auriculares, y unas cuidadas teclas ejercen de perfecto colchón.

De nuevo con José Mora a bordo, “Coil”, abraza una cierta extrañeza en su prólogo, derivando casi hacia la psicodelia, vuelve a tomar forma a través del cuidado bajo de Alcaide. Llamativos esos sintes que introducen aquí y que vienen a incidir en ese cariz más psicodélico del arranque. Pero si algo me gusta aquí es el riff que irrumpe de pronto, cargado de gancho, y esas voces tan Tool de las primeras estrofas. En cierto modo uno de los temas más enigmáticos del álbum, que lejos de esconder su amor por la banda estadounidense, parece abrazarse a su legado hasta las últimas consecuencias. No es un corte falto de garra. En especial toda vez alcanza su tramo central. Sí que es un tema que, escuchado (y reescuchado) del sábado para acá, deja una de las líneas de batería más cuidadas de todo el largo. Estupendo Villán a los parches. Hay una mayor rotundidad en su tramo final. Guitarras más graves y rotundas para un epílogo pesado, casi monolítico, que no obstante no olvida un cierto poso atmosférico. La de Gojira podría ser una rima fácil, si bien algo lejana. Sin que me desagrade en absoluto, sí pienso que a ratos ciertas influencias pesan algo de más.

Vipassana”, corte más rácano de los nueve, entrega a Honara en su versión más reposada y tranquila. Carmen se mueve sobre aguas tranquilas, dejando el lado más amable de su cuidado registro. Funciona y de qué modo esa calma a la hora de contrastar con las voces más agrias. Ambos registros enfrentados, que no fundidos, en violentos cambios tonales pero un corte que bien merecía algo más de desarrollo.

Me atrapa la melancolía que emana de “Wanderer”. Honara profundizan aquí en su registro más onírico, con Carmen García muy cómoda en estas primeras estrofas y la banda tomando la senda del progresivo más atmosférico. Bandas como Klone, los Riverside más recientes, incluso ciertos momentos de Anathema, para un corte que va tejiendo un cuidado crescendo hasta desembocar en esa narración del epílogo. Otro de los cortes más diferentes de este hábil debut.

Covenant”, que presentó “Resemblance” en sociedad hace escasas fechas, arranca sobre la cara más agria y nervuda de Honara, exhibiendo voces rotas a las que contraponen, pienso que de manera más que eficaz, el habitual registro prístino, calmado incluso, de Carmen García. Un cierre poderoso, rotundo incluso, pero que (como adelanto) puede llevar a engaño a quienes piensen que este es el único registro que la banda despliega a lo largo de “Resemblance”. En cualquier caso bien está el gancho que tienen esos riffs del epílogo y la juguetona voz limpia que se desarrolla durante ese tramo final.

Poderoso debut. Aún cuando uno puede detectar ciertos pecados de juventud algo habituales en bandas noveles como esta, sorprende hasta donde han sido capaces de llevar su propuesta, que brilla y de qué forma en lo que a composición se refiere. Sus influencias, o muchas de ellas, están plasmadas aquí sobre una producción impropia de una banda novel. La mezcla es estupenda. También lo es el uso de arreglos. Y aunque mi impresión con respecto a ciertos temas ha cambiado en el paso del directo al estudio, mi impresión general del álbum no podría ser mejor. Empezar una trayectoria con tales grados de seguridad y confianza de ningún modo puede ser mala señal. Qué depara el futuro para una banda como esta aún no lo sabemos. Pero la primera piedra está puesta y difícilmente podría resultar más satisfactoria.

Texto: David Naves

Reseña: Absalem «Mortem» (Breakdown Productions 2024)

Nuevo Ep de cuatro temas para la gente de Absalem y que viene a continuar donde lo dejara su anterior “Anima” de 2023. Aquí sigue la base rítmica de Carolina García (bajo) y Víctor Villar (batería) junto a Miguel Gómez (guitarras) y Gina Barbería (voces). “Mortem” se grabó, mezcló y masterizó en los Breakdown Studios con el Sound Of Silence Nefta Vázquez (Bestia Negra, Beast Inside, Nicotine Bubblegum, Aneuma…) al mando y de nuevo cuenta con arte de David Fdz. de Godlessdesign. Estrenado en su perfil de Spotify el pasado 20 de septiembre.

Charcoal Heart” abre con el que quizá sea mi riff favorito de todos cuantos se dan cita en esta nueva entrega del cuarteto. Gómez insufla de melodías cada estrofa, que me agradan por construcción y también por ese ya tan característico registro roto de Gin. Lo vistoso de la base rítmica, esa inquieta línea de batería que traza Víctor, viene a rematar una hábil primera entrega. Da la sensación de que la banda al completo ha puesto su granito de arena aquí y se nota. El cuarteto suena cohesivo, en forma, inspirado. Y si bien puede que el breakdwon final mereciese un desarrollo más amplio, un primer corte que me agrada sobremanera.

Sad Since 1995”, por duración entrega más ambiciosa de las cuatro, ofrece ahora a unos Absalem más atmosféricos. Quizá algo sobreproducidos. Deja por el camino un tranquilo prólogo, que en su tránsito hacia las partes más vibrantes arroja cierto poso al mejor metal alternativo de los noventa. El habitual juego entre registros de Gin se amolda ahora a unos riffs más rotundos. Sea como fuere me agrada la forma en que la banda ha tejido este segundo corte. Los distintos tonos que ofrece y la forma en que estos configuran una canción que viene a dar la verdadera medida de una banda como esta. Hablaba antes del poco desarrollo que ofrecía el breakdown final de “Charcoal Heart” y Absalem parecen desquitarse ahora con un puente de una pesadez y un desgarro casi inéditos en su trayectoria.

Heads Will Roll” puede sonar menos ambiciosa, mostrando a unos Absalem ahora más accesibles. Con eso y con todo, Gin vuelve a ofrecer su registro más roto aquí, ayudada en las primeras estrofas por el aporte no menos agrio de Carolina García. Otro trazo ambivalente, tan habitual en el cuarteto y, en cierto modo, uno de los cortes más pegadizos que les recuerdo. Y sin embargo aquí sitúa Gómez algunos riffs casi monocordes. Tan pétreos como arrastrados. De las cuatro la que más pinta arroja a ineludible en sus directos.

Amplio prólogo el de una “Loyal To The Bone” que entrega unas primeras estrofas de un poso casi pop. Gin está fantástica en estos tonos limpios y la banda construye otro cuidado crescendo camino de estribillos. Llegados estos, Absalem conjugan tonos más heavies con una cara más rotunda y atmosférica. Acompañan buenos arreglos a esas partes más recargadas. Y me agrada el solo de Gómez aquí. El poso tan atmosférico que lo acompaña. Y finalmente el trazo más retorcido que conduce al epílogo y que me recuerda a muchos momentos de aquél “Chaosvolution” con el que debutaran allá por 2017. Fácilmente la que más peso ha ido ganando con el correr de las escuchas y un final más que notable para este “Mortem”.

Obra conceptual en dos fases y que alcanza su verdadero significado con la llegada de esta segunda entrega. Absalem en forma, tan atrevidos como siempre a la hora de mezclar sus distintas influencias, con una Gin que vuelve a dar muestras de su gran versatilidad, una producción que arregla y acompaña casi cada acorde y la seguridad y confianza que da, imagino, concebir ambos trabajos “en casa”. Siguen con la flechita para arriba.

Texto: David Naves