Hay conciertos que se planifican durante meses y otros que simplemente suceden. El de Ronnie Wood en la Plaza Mayor de Valladolid fue de esos que nacen de una decisión de última hora, casi impulsiva, la oportunidad de ver en directo a uno de los miembros históricos de The Rolling Stones estaba ahí. Punto de salida, Asturias, parada en León para sumar a la aventura a una colega tan osada como un servidor y lanzarse a la carretera para disfrutar de una noche irrepetible. Y vaya si mereció la pena.

Con el horario apurando nuestros pasos camino a La Plaza Mayor de Valladolid, llegamos con unos minutos de margen para comprobar la gran imagen que presentaba la ubicación. Integrado en la programación de las Fiestas de la Virgen de San Lorenzo, el concierto era además el único gratuito de la gira española, circunstancia que atrajo a aficionados llegados desde numerosos puntos del país hasta un número que rondaba los 20.000 asistentes. Era evidente que el acontecimiento tenía algo especial. Veteranos seguidores de los Stones, amantes del rhythm & blues, curiosos y mucho público joven dispuesto a comprobar en primera persona por qué Ronnie Wood sigue siendo una figura esencial del rock más de medio siglo después de iniciar su carrera.
La principal singularidad de Valladolid fue su carácter gratuito y popular. Mientras que el concierto de Barcelona se celebró en una sala, con aforo limitado y entradas de elevado precio, la cita vallisoletana se convirtió en una auténtica celebración abierta del rock. El entorno urbano aportó una atmósfera muy distinta a la que habían ofrecido el resto de recintos de la gira «Fearless«. El escenario resultó más cercano, menos grandilocuente y mucho más humano. Esa proximidad permitió disfrutar de cada gesto del guitarrista británico y de su cómplice interacción con el resto de músicos.

Como apunte anecdótico señalar un componente emocional añadido, la visita de Wood servía para cerrar parcialmente la herida que dejó en la ciudad la cancelación del histórico concierto de los Rolling Stones en el año 2006. Muchos asistentes vivieron la velada como una especie de compensación tardía aunque muy satisfactoria. Esperemos que algún día Gijón pueda sentir lo mismo con Metallica como protagonistas.
Wood compareció acompañado por una formación de enorme nivel, donde destacó especialmente la presencia de la vocalista irlandesa Imelda May, colaboradora habitual del guitarrista durante los últimos años. Seis temas hubo que esperar para disfrutar de su presencia en el escenario. A lo largo de la actuación brillaron también otras aportaciones vocales de la banda, especialmente en los temas vinculados al soul y al rhythm & blues gracias a la fantástica corista Chanel Haynes. El grupo funcionó como una maquinaria perfectamente engrasada, capaz de navegar con una suficiencia escandalosa por el blues, el rock, el country y el soul.

Más que una banda de acompañamiento, parecía una auténtica comunidad musical construida alrededor de las canciones y del legado artístico de Ronnie Wood. Y es que la calidad estaba más que demostrada, en la trayectoria musical de la alineación apararecen nombres del calibre de Eric Clapton, David Bowie, Bonnie Raitt, Eric Burdon o Roxy Music.
El repertorio fue un viaje por una vida dedicada al rock, un recorrido por las distintas etapas de la carrera musical de Wood. Abrir con «It’s Only Rock ‘n’ Roll (But I Like It)» es toda una declaración de intenciones, perfecta para arrancar una noche dedicada al placer de tocar y compartir música. Entre los momentos más celebrados destacan «Flying«, «Hey Negrita«, «Mystifies Me«, «Country Honk«, «Can’t You Hear Me Knocking«, «Ooh La La» y la final «Stay With Me«. Llamó la atención el equilibrio entre composiciones propias, material de Faces, clásicos de los Stones y numerosas versiones de soul, blues y rhythm & blues que nos permiten entender las raíces musicales de Wood. Lejos de convertirse en un simple recital de éxitos de los Rolling Stones, el concierto mostró el amplio universo musical que ha alimentado toda su trayectoria.

A sus casi ochenta años, Ronnie Wood puede no transmitir la energía explosiva de otras épocas, pero sí algo más valioso, la experiencia, elegancia y una enorme autenticidad sobre las tablas. Su voz mostró las lógicas limitaciones del paso del tiempo y que también vemos en coetáneos como Meine, Halford o Gillan, pero siempre mantuvo personalidad y carácter. Donde realmente sigue marcando diferencias es con la guitarra, sus fraseos, el uso del slide y esa mezcla única de blues, rock y swing continúan siendo reconocibles a la primera impresión.
No es necesario ningún tipo exhibicionismo, todo resultó natural y orgánico. Cada nota parecía colocada exactamente donde debía estar, algo que sólo consiguen los músicos que llevan en su zurrón toda una vida sobre los escenarios. La conexión con el público fue inmediata. Desde los primeros compases se percibió un ambiente de respeto y admiración, pero también de auténtica celebración. La Plaza Mayor permaneció totalmente entregada durante las casi dos horas de su actuación. Los clásicos de Faces y de los Rolling Stones provocaron las mayores ovaciones, aunque es de recibo recalcar que también hubo una excelente respuesta a los temas menos conocidos. El público entendió perfectamente que estaba asistiendo a algo más que un concierto nostálgico, una lección de historia viva del rock.

Una escapada improvisada que terminó convirtiéndose en una de esas experiencias musicales que se recuerdan durante años. Ronnie Wood no necesitó artificios ni una producción gigantesca para demostrar por qué forma parte de la aristocracia del rock. Bastaron una buena banda, un repertorio construido con inteligencia y una Plaza Mayor repleta de aficionados dispuestos a disfrutar. No será el concierto más espectacular de 2026, tampoco pretendía serlo. Fue algo mucho mejor, una noche honesta, cercana y profundamente musical protagonizada por una leyenda que sigue disfrutando sobre el escenario y transmitiendo esa pasión a varias generaciones de seguidores.
Y mientras regresaba de madrugada hacia Asturias, con kilómetros por delante y aún resonando en la memoria los acordes de «Stay With Me» y «Can’t You Hear Me Knocking«, resultaba imposible no pensar que algunas de las mejores aventuras comienzan precisamente así, con un viaje inesperado, decidido a última hora, para perseguir una canción, quizás un mito. Muchísimas gracias Mar por ser parte de esta locura, que no sea la última.
Texto y Fotos: José Ángel Muñiz