Absalem renace bajo el nombre After Salem. Tras una década de trayectoria, crecimiento y una profunda evolución sonora, la formación de origen salmantino anuncia oficialmente su cambio de identidad.
La banda emprende un nuevo camino bajo el nombre de After Salem, reflejo de una transformación interna. After Salem representa lo que queda después de la tormenta, la madurez tras el aprendizaje y una apuesta decidida por un sonido más crudo, directo y fiel a la visión actual de sus integrantes. El combo ofrecerá en esta nueva etapa una nueva identidad visual, con una estética alineada con su evolución artística. Nuevos logos capturando la esencia de la banda obra de la talentosa Belén Lobeto. Evolución sonora, con un paso adelante en composición y producción. La banda se encuentra trabajando en nuevo material que verá la luz bajo esta nueva nomenclatura. La formación agradece el apoyo incondicional de sus seguidores durante todos estos años y los invita a unirse a esta nueva era. Las redes sociales y plataformas digitales de la banda se actualizarán progresivamente para reflejar este cambio.
Años siendo punta de lanza de nuestro metalcore, llega por fin el turno de hincar el diente al nuevo trabajo de los asturianos Teksuo. “The Glow Before I Go”, que así se llama esta quinta obra, fue producido, grabado, mezclado y finalmente masterizado por el vocalista Diego. Junto a él se encuentran Luis (batería), Constan (bajo), Rafa (guitarra rítmica) y David (guitarra solista). Todo se completa con el arte de Patricia López Amorós y Noelia Amieva, amén de las fotos de esta última. Desde el pasado trece de marzo en la calle.
El arranque propuesto por “Thirst For Tears” no podría resultar más elegante. Ni tampoco más fiel a la ya larga tradición de la banda. Diego dispone su registro más leve para los Teksuo más atmosféricos. Un primer corte en gran medida tranquilo, rodeado por pequeñas islas de rabia tan iracunda como fugaz. Me agrada ese puente central. También el solo igualmente tranquilo que lo ocupa. El buen sonido que atraviesa la composición, tanto en los momentos más cinemáticos como en los más crudos, termina por redondear la que, pienso, es una estupenda carta de presentación.
Casi continuando donde lo dejara la anterior, “All You Wanted” recoge el testigo de los Teksuo más vibrantes e intensos. Hay estrofas realmente crudas aquí y unos estribillos trazados con engañosa ambivalencia. Bajo ellos Rafa y David han colocado buenos riffs y melodías. La producción echa mano, sin abusar, de elementos externos. Apenas pequeños escorzos que apuntalan los cambios de ritmo que desarrollan. Un metalcore con un gancho de mil demonios en coros, de esos que anidan en tu cabeza durante días y animan a cantar voz en grito en sus directos.
“Sailing To The Unknown” sorprende con los tonos casi alternativos del prólogo. David entrega buenos solos superado ese arranque tan clásico. Luego la composición toma una de esas rutas ambivalentes, intrincadas, tan habituales del quinteto. Un corte en gran medida tranquilo, atravesado eso sí por alguno de los breakdowns más afilados, crudos y cortantes que les recuerdo. Todo sin llegar a lo casi sísmico de unos Lorna Shore, pero funcionando como perfecto contrapunto a la mayor calma que domina, en gran parte, la composición. Todo un cruce de caminos del que salen más que airosos.
“Sanctify My Ache” apostará en primer término por la contundencia, entendida al modo Teksuo, y contrapondrá después estribillos limpios, casi cristalinos, con Diego dejando voces realmente altas con su habitual buen tino para las melodías. Hay algo en sus partes más aseadas que me recuerda a Vessel de Sleep Token. Algunos de los riffs en que se apoyan esa voces incluso. Es un corte que va virando hacia la versión más cruda de la banda. Siempre sin abusar del recurso, comedidos aún en su brutalidad, alcanzando puede que el cliché pero nunca la caricatura. Servidor tal vez le habría metido tijera a todo cuanto acontece tras el (estupendo) solo de David, pero con eso y con todo un corte que disfruto de muy buena gana.
“Monochrome” es en gran medida un medio tiempo cuidado, delicado tanto desde el aspecto puramente instrumental como el lírico, con unas letras teñidas de melancolía y una cierta rabia nada impostadas. Diego baila a placer entre registros y la base rítmica de Constan y Luis soporta cada giro de guión con precisión y clase. “De Piedra” al margen, el corte más cuidado en lo emocional de los doce que componen este “The Glow Before I Go”.
Luego estalla “Where The Noise Can’t Reach” y de repente Diego nos regala unos primeros versos de los que entran a la primera y perduran en tu subconsciente durante días. Arrimándose (tímidamente) al rock alternativo de unos Coheed & Cambria, hay voces aquí que me recuerdan, y no poco, al bueno de Claudio Sánchez, estos son los Teksuo más amables y cercanos. Me agrada el marcado deje atmosférico y también esos tonos casi rayanos con el pop más casual que le siguen. Un cuidado paseo por la cara más blanda de los asturianos, rematado por un solo de David que, aunque sea por pura justicia, creo que bien merecía algo más de espacio.
“De Piedra”, primer corte en nuestro idioma del combo asturiano, es a su vez la entrega más extensa del álbum. Tiene gracia que Diego declame aquello de “Perdí mi voz…” mientras canta con ese buen gusto, esa clase y esa sensibilidad. Pero más allá de lo anecdótico, esta es una balada de las grandes. Trazada con sumo cuidad, que camina por la absoluta calma y termina sin embargo en tonos cercanos a bandas como Vola o Textures. Piel de gallina, alguna lagrimilla incluso cuando David remata con ese solo de la parte final. Realmente estupenda.
Y como rebelándose contra esa calma, “Shadows Die Twice” despliega un metalcore crudo, descosido, rotundo y de una pesadez nada condescendiente. Siempre dejando que su cara más melódica impregne estribillos pero disponiendo al mismo tiempo guitarras y voces realmente agrias. Hay mucho riff rompecuellos aquí. De esos que invitan a bajar hasta el mismo suelo, y donde Diego canta ahora con todo el mal café imaginable. Si no son los Teksuo más despiadados, poco faltará. De superar la criba y terminar en sus setlists, preveo hostias como panes.
Cómo engaña ese prólogo de “Erased By Mistake”, que puede ser lo más cerca que Teksuo han estado del tan denostado nü-metal. Luego Luis reconduce con brío tras baterías y la banda transita hacia otra de esas escrituras ambivalentes, entregando aquí alguno de los momentos más desquiciados de todo el álbum. Estribillos agudísimos y un muy cuidado solo de David. Otro de los cortes que ha ido ganando un gran peso específico con el paso de las escuchas.
Mi problema con “Dogma”, si es que lo hay, es tan solo que no conecto con él del mismo modo en que lo hago con el otro tema en español del disco. Otro corte tranquilo, apoyado en baterías y ambientes electrónicos, con David disponiendo buenas líneas de guitarra aquí y allá. Pero al final, sea por lo escaso de su desarrollo, por mi propio estado de ánimo o cualquier otro motivo, lo cierto es que transito por ella nunca con desidia pero sí que a veces con una pequeña indiferencia.
“Let (Me) Go” es otro medio tiempo cuidado, conciso, con la propia producción del álbum brillando igualmente en los entornos más cálidos como en los más quebradizos. Me agrada por esos matices atmosféricos, por lo sencillo pero funcional de su trazo, la clase de Diego tras el micro y el arrullo (también el tono) de las guitarras. Un corte que, de nuevo, sabe aludir a las fibras más sensibles y emocionales del oyente. Giro final al margen.
El cierre no podría resultar más satisfactorio. “Nothing Stays”, sin abandonar sus habituales colisiones tonales, deja cuidadas líneas vocales, de nuevo pequeños escarceos con el nü-metal más leve y algún que otro breakdown muy bien tirado. Me gusta cómo el solo de David rompe la tónica de ese agrio puente central. También la sensibilidad acústica con que afrontan la parte final de la composición. Un último corte que ni mucho menos es solo un corte más. Gran broche.
Si tuviera que definir este nuevo álbum de Teksuo con una sola palabra, esa sería “equilibrio”. Son muchas las influencias e ideas que manejan, pero todo resulta natural, orgánico incluso, de un modo en que los riffs que ayudan a construir esos trazos tan (a veces) discontinuos nunca opacan el protagonismo de las voces o la base rítmica. O viceversa. Metalcore, escarceos con el alternativo más mainstream o el (eternamente vilipendiado) nü-metal de los noventa, todo centrifuga en favor de unas canciones a veces con gancho, otras con pegada y alguna incluso con un profundo vértigo emocional. Entre todas construyen un trabajo, valga el tópico, donde la banda asturiana parece haber alcanzado la tan ansiada madurez musical. Gran disco.
Y de las cenizas, renacer. Beka Bioskes al micro y Álex Ménez en guitarras (anteriormente en Eternal Psycho), alumbraban a Kubika allá por 2024. Con ellos están Berni al bajo y Gonzalo en baterías. “Disorders”, que así se llama esta primera obra, fue grabado en Metropol Studios y MadRubik Studios con producción del propio Ménez. Las pistas resultantes de aquellas grabaciones fueron posteriormente mezcladas y masterizadas por Alex Cappa (Astray Valley, Vita Imana, Bloodhunter…), culminando en un álbum puesto en circulación por la gente de Art Gates Records.
“Blue Smile” carga con una introducción de corte industrial que bien podría rimar con aquellos Eternal Psycho precedentes. Lo bueno es como reconduce hacia un metal alternativo vibrante primero y pesado después. Mucho groove mientras Beka Bioskes juega entre el registro encolerizado de las estrofas y el más limpio de estribillos. Entre medias surgen riffs diversos, una base rítmica bien empastada y cierta sensación de urgencia. El puente me agrada, las voces limpias que se suceden y los buenos detalles que deja la producción de Ménez. Es precisamente él quien se destapa después con un buen solo de guitarra. Uno de esos que uno no acostumbra a oír en según que bandas de metal alternativo como esta. El cierre trae voces realmente rabiosas, abrochando lo que pienso es un muy buen arranque.
Del mismo modo me agrada “Fight Or Flight” por cómo amalgama ese prólogo tan rotundo y pesado con unos estribillos muy vivarachos, con Beka Bioskes en tonos bastante altos. Es otra construcción de una diversidad casi apabullante, signo inequívoco de lo mucho que la banda ha pensado y repensado estas canciones. Como soporte a esas idas y venidas, Gonzalo ha trazado una consistente línea de batería. Firme en los contornos más veloces y muy medida en los más pesados. Funciona el solo de Álex Ménez. El puente, tranquilo pero con una inspirada Bioskes, puede que irrite a quienes busquen algo más de picante. Con eso y con todo otro pildorazo de metal del todo heterogéneo. Híbrido, rodeado de buenos detalles desde el apartado técnico y donde, si acaso, solo echo en falta un bajo con más presencia allí donde las revoluciones se van hasta la zona roja.
«Personality Disorder” arranca sobre un riff de los que entran a la primera. Quizá en ese sentido uno de los más redondos de todo el álbum. Luego ellos acometen unas estrofas tranquilas, con un punto onírico incluso, y por ahí se irá colando la cara más melancólica de la banda. Sensacional labor de la base rítmica al completo, ahora sí, tanto en esas partes más limpias como en las más rugosas que atacan después. No es el corte más agrio pero sí que puede ser la Beka Bioskes más indómita. Aunque ni mucho menos sea novedad, desde luego resulta digno de mención (y alabanza) el modo en que la frontwoman alterna entre registros. El solo de Ménez, bien acomodado sobre un metal con cierto tono atmosférico, pasa por ser uno de mis favoritos de este debut.
Será solo cosa mía, pero el prólogo de “To The Void” tiene un nosequé que me suele recordar a aquella “The Dark Eternal Night” de Dream Theater. No es que Kubika se calcen el hábito progresivo aquí, pero no deja de ser un corte de una personalidad muy marcada dentro del álbum. Beka está cantando altísimo en estos estribillos, estirando su registro más limpio hasta sus últimas consecuencias. El trazo ofrece ahora una construcción más clásica, más elemental, con el solo apostado en el corazón mismo de la composición. No diré que me desagrada pero sí puede ser la que menos poso me ha dejado de las ocho.
“Breathless”, composición más estirada del debut, vuelve a apostar por confrontar estrofas descosidas a estribillos limpios, con Beka Bioskes multiplicándose en voces. En esas partes más limpias vuelve a colarse aquél aire más melancólico de “Personality Disorder”, confrontado ahora a riffs gruesos y baterías acompasadas. De los ocho cortes puede ser este el que más brilla en cuanto a pura ejecución se refiere. En especial un Álex Ménez inspiradísimo en todo momento. Sus riffs primero, su solo después, brillan y enganchan. También el bajo de un Berni ahora más presente en la mezcla. Todo suma para que esta quinta entrega nos deje, en efecto, sin aliento. De lo más redondo y eficaz de todo el disco.
La más pequeña “Outbreak” viene para destapar a los Kubika más furiosos. Ruge Bioskes en el prólogo al tiempo que vuela Gonzalo tras baterías. Hay transiciones hábiles entre esas partes más furibundas y el groove tan acentuado de los estribillos. Un groove que pondrá a prueba el cuello de quienes se adentren en el peculiar metal alternativo del combo madrileño. Composición algo más breve que, no obstante, reserva un pequeño espacio para el solo de Ménez primero, para el retorcido epílogo después. Y aunque no puedo decir que me desagrade, sí siento que lo escueto de su duración no permite que alguna de sus ideas lleguen a desarrollarse por completo. Con eso y con todo, una buena muestra de hasta donde pueden llegar en términos de rabia e intensidad.
A la larga, el que Ménez traza durante el prólogo (y distintas secciones) de “Dark Passenger” puede ser otro de mis riffs favoritos de todo el redondo. Hay algo además en estas estrofas (ahora en limpio) de Beka Bioskes que me llama poderosamente la atención. También el toque más melodeath de los estribillos. Un corte que, obedeciendo a su título, ofrece una cara más oscura de estos Kubika. Siempre sin abandonar su característica forma de construir los temas, nunca exentos de técnica ni tampoco de pegada. Esa cara más técnica alumbra aquí una no poco hábil sección solista. Divida en dos partes, una más extraña y atemperada primero, otra más clásica y vibrante después, me resulta la más llamativa y una de las mejor construidas de de este “Disorders”. Y por amplio margen.
El cierre corresponde a esta “Dementia”, donde Gonzalo está trazando una línea de batería que ha llamado mi atención en cada re escucha. La receta es la habitual. Pero siento que Beka Bioskes está muy inspirada tras el micro. Los riffs de Ménez me funcionan. Y si bien quizá eche en falta una producción algo más ambiciosa, cuesta poco y menos esfuerzo dejarse llevar por estos estribillos limpios y las buenas melodías de guitarra en que se apoyan. El solo, colocado ahora en el mismo corazón del corte, precede a un llamativo juego entre registros de Bioskes. Todo cierra con un pequeño guiño electrónico que viene a rimar, en lejanía, con el propio arranque de este debut. Una última entrega con la que conecto en gran medida.
Me resulta un debut dignísimo. Trabajado desde los planos compositivo y ejecutivo, todo brilla de forma coherente y homogénea, aún cuando casi se podría decir que cada una de las ocho entregas va disponiendo su propia personalidad a lo largo del disco. Hay trazos más directos y otros más retorcidos, pero siempre (o en gran medida) sobre riffs hábiles y una contundente, a la par que diversa base rítmica. Beka Bioskes y aunque no sea novedad, se mueve en mil y un registros. Grita y brama con la misma intensidad con la que arrulla y acompaña, algo que no sorprenderá a quien ya conociera a la frontwoman tras su periplo con Eternal Psycho. Kubika tienen las cosas muy claras. ¿Las tienes tú?
Tercer largo para los bilbaínos Empire Of Disease, segundo tras su fichaje por el sello Xtreem Music, y que trae de nuevo a la actualidad a la banda formada por Gorka Díez (guitarra y samples), Pintxo Wayewta (voz), Iban Hernando (batería) y Xabier H. Zarraga (bajo). Este “While Everything Collapses” fue producido, grabado, mezclado y masterizado por el Vhäldemar Pedro J. Monge (Ancient Settlers, Rise To Fall, In Thousand Lakes…) en los Chromaticity Studios y viene adornado por el artwork de Miryamad. En la calle a partir del 19 de marzo.
No podría sonar más clásico el prólogo de “The Beast Inside Me”, ese deje entre sinfónico y cinemático. Lo que me agrada es el modo en que va dando paso al envite metálico del combo bilbaíno. Siempre con ese sonido tan orgánico, tan terrenal, en un trazo directo y un avanzar firme y con los alardes justos. Melodeath bien construido, siempre bajo el característico registro de Pintxo Wayewta. Me gustan los buenos detalles melódicos que entrega Gorka Díez a modo de engarces entre estribillos. La banda adopta luego un groove más marcado, antesala de un solo de guitarra a modo de broche final. Considero un buen arranque.
“Depravity” apura la cara más death del cuarteto en su prólogo. Todo el corte resulta atravesado por riffs contundentes y con gancho. Hay un bajo de Xabier H. Zarraga conformando al alimón con las baterías de Iban Hernando una base rítmica prolífica en cambios de ritmo. Aquí vuelven esos habituales engarces de Gorka Díez, siempre atinado en la construcción de melodías. Quizá no ofrezca grandes sorpresas en cuanto a estructuras se refiere. Death melódico directo y rabioso, a fin de cuentas. Pero deja tanto un buen sonido, no fallan en esto el Chromaticity Studio, en especial cuando todo se agria camino del epílogo. Muy servicial.
“No Risk, No Glory” presentó el álbum en sociedad apostando, de primeras, por la cara más contundente y pesada de los vascos. Muy firme Iban Hernando con el doble bombo en esos primeros compases. Es un corte a rezumar de groove, trufado de breakdowns muy marcados, cuidados cambios de ritmo y unas voces más oscuras y graves de lo habitual. Lo que me agrada es cómo este cambio de discurso se apoya en su sonido orgánico de siempre. Sin guiños ni trucos de salón. Solo metal oscuro, rotundo y sincero.
A esa pesadez habrán de contraponer el mayor brío de “The Art Of Manipulation”. La banda se arrima más que nunca al death metal para un corte que si bien puede adolecer de una selección riffera algo más hábil, nos devuelve a los Empire Of Disease más viscerales, con un Pintxo Wayewta desgañitándose a placer tras el micro. Aquí es Iban Hernando quien capta toda mi atención, habiendo compuesto una base rítmica tan firme en las partes más veloces como pintona en las más pesadas. Y si bien como digo hay riffs que quizá me parezcan algo por debajo de la media del disco, lo que sí me agrada es ese trazo tan retorcido que dibujan aquí. Puede que no sea la favorita de nadie tras una primera escucha pero lo será a la larga. Palabra.
“Torture Chamber”, a la sazón corte más extenso del álbum, sí llama mi atención en lo que a riffs se refiere. Recupera el groove y de nuevo lo hace de un modo muy natural. A la pesadez inicial contraponen unas primeras estrofas violentas y muy crudas. Baterías que vuelan, voces que se desgañitan y una producción capaz de cargar con cualquiera que sea el discurso que persiguen. Hay un groove que vira (tímidamente) hacia lo alternativo, al que siguen un metal descosido primero, un curioso y llamativo breakdown después que culmina en un epílogo llamativo por elegante. Sensacional labor de Gorka Díez.
“Hamunaptra” bucea en la cara más melodeath del cuarteto. Metal rabioso y contundente, para la que es, en primer término, la entrega más incendiaria de todo el largo. Con la escuela sueca en mente, imagina uno a At The Gates sonando de fondo al tiempo que componían esta sexta entrega, Empire Of Disease han conformado un corte que huele a cañonazo en directo desde el mismo prólogo. Vibrantes y endiablados, intuye uno será del agrado de los más clasicómanos. El resto siempre puede apreciar lo bien que casa la base rítmica de Iban Hernando y Xabier H. Zarraga o gozando de los muchos (y buenos) detalles melódicos que atraviesan la composición.
“While Everything Collapses”, corte más raquítico de los ocho, es otro directo a la mandíbula. Metal furibundo, de ritmos vivos y riffs muy clásicos, apuntalando una escritura menos recóndita y más lineal, dispuesta en favor de los Empire Of Disease más descosidos y vibrantes. Un buen solo de Gorka Díez ocupa el puente y esta penúltima entrega, finalmente, ofrece tan pocas sorpresas como distracciones. Directa y a la yugular, con un groove final realmente matador. A veces menos es más.
En contraposición a ese metal más directo, “More Than A Hundred” cierra desde un prólogo retorcido y casi laberíntico, al que suceden unas estrofas pesadas, repletas de un groove muy pesado, donde da la impresión que los chicos se han dejado su metal más arrastrado para este último corte. En corto es un metal arrastrado, de voces agónicas y mucho doble bombo. Un cierre que profundiza en su cara más mísera y desesperada.
“While Everything Collapses” recoge el guante del anterior “Shadows In The Abyss” (reseña), reincidiendo en su death melódico directo y orgánico. Un disco breve, sin más florituras que las necesarias, bien escrito y planteado, que si bien no me conquista en su totalidad, creo sigue mostrando a una banda en clara la línea ascendente.
“Five Friends Floating”. Aitor, Bjorn, Hugo, Iñigo y Josu. Quaoar están de vuelta tras una década en barbecho. En sus propias palabras, este es su trabajo “más personal y elaborado”. Un álbum cuya grabación arrancó allá por 2020 en los estudios Tio Pete & Beardstudios Estudios por Borja Muro, Javier Peña y José Lastra. Unas labores que no finalizaron hasta el pasado 2025. Todo el diseño artístico es obra de Pasquale Mattia Gelorini.
“Dreamers. Dreaming” no podría haberse llamado de otro modo. En efecto hay un destilado casi onírico de su habitual rock alternativo. Un brillo cercano a ciertos momentos de los Pain Of Salvation más recientes. Además, como si de una buena película se tratase, prefiere sugerir a mostrar y que sea el oyente quien interprete por sí mismo. Ya va dando pistas, además, de la buena producción de la que hace gala todo “Five Friends Floating”, dejando la impresión de que estas canciones han sido pensadas y repensadas una vez tras otra. Que nada ha sido dejado al azar.
Para cuando emerge “In My Head” apenas hemos hecho un raspón en la superficie del álbum. Iñigo, y en particular sus (privilegiadas) cuerdas vocales, parecen en tanto o mejor estado de forma que cuando registraran aquél “Dreamers. Dreaming” (precisamente) hace ahora más de una década. El filo, esto es, las guitarras, siguen brillando en la conocida colisión entre post grunge y alternativo que les había venido definiendo. Se va más allá de los ocho minutos y, sin embargo, cuando arranca da la impresión de no tener un segundo que perder. Las estrofas riman con el espíritu más leve del primer corte. Por contra, los estribillos nos propulsan hacia la versión más acerada y vibrante de la banda. ¿Lo que más me agrada? La forma en que han construido los diversos engarces entre unas y otros. Hay un vértigo casi progresivo a veces. La labor de Hugo y Josu en guitarras, es estupenda. Las voces de ese puente central. Los riffs tan rotundos de después, así como el modo en que crepita el bajo de Aitor. Un corte de esos que bien merecen una pasada, dos, tres o las que sean hasta poder desentrañar cada uno de sus entresijos. Quizá merecía otro final que no ese agonizante fade out. Temazo de todas formas.
Bjorn marca el paso para una “Irrelevance” donde parece surgir el lado más grunge de los bilbaínos. Menos intrincada, más directa, conecta con un rock muy orgánico, con Iñigo, de nuevo, haciendo lo que quiere, cuando quiere, como quiere y donde le da la gana con su línea de voz. A su lado convive otra buena gama riffera de la pareja Hugo y Josu. Un corte algo más terrenal en estrofas pero con un fluir muy particular en estribillos. Por ahí, casi un negativo de la anterior “In My Head”. Estupendo el solo que habrá de anteceder al epílogo. De esos que uno tanto echa de menos en estos tiempos que corren. Nunca se conducen por el camino recto. Pero es que incluso cuando lo hacen, queda cierta sensación de disconformidad con el estándar pre establecido. Y es esto lo que les hace especiales. Que esa ambición por transgredir no termine por construir cortes contra intuitivos o sin alma. Más bien al contrario.
La más pequeña “Oblivion” podría parecer, a priori, la más elemental de estas seis entregas. Y lo parece hasta que irrumpen las primeras estrofas. Ese tono de nuevo onírico, que arrulla sin adormecer, arrojando al oyente hacia los Quaoar más alternativos. Y de ahí, a la más enfocada hacia el puro derroche técnico. Toda la sección solista de ese tronco central, tanto en lo referente al trabajo de guitarra como a la base rítmica en que se apoya (ojo a la línea de batería de Bjorn) me parecen estupendas. También el epílogo, por escueto que este sea. Menos es más, que decía aquél.
El tema título “Five Friends Floating” puede ser lo más auto referencial que esta banda haya registrado jamás. Salta a la vista con solo echar un ojo al aspecto lírico. En lo musical, particularmente en su largo prólogo, se sitúa en un páramo indeterminado, a medio camino entre los Nirvana más tranquilos y los Porcupine Tree pre “In Absentia”. Desde ahí construyen un corte de una fortísima (e irresistible) personalidad. Dejando bien claro, y no sé cuántas veces van ya si hablamos de ellos, cuán libres se sienten al enfrentarse al temido papel en blanco. Inigo vuela altísimo en esta quinta entrega. Su desgarro en el epílogo pone la piel de gallina. Alrededor suyo, Hugo y Josu dan una lección en versatilidad. La producción y mezcla es de un equilibrio casi total. Nada falta ni sobra. El solo final, quebrado de forma casi dramática, se me antoja la guinda perfecta. Otra de mis favoritas y merecida carta de presentación del álbum al que da nombre.
Para el cierre queda “As Above, So Below (New House, pt. 1)”, construida desde el arranque más timorato, en cuanto a garra, de todo el álbum. Pero que el prólogo sea un pequeño oasis de calma no implica que este último corte le falte colmillo. Al contrario. Llegan en calma los primeros versos de Iñigo, de nuevo en ese tono cristalino y onírico que ha ido yendo y viniendo a lo largo del disco. Después esas primeras estrofas se acompañan de hábiles (y muy pintones) dibujos de guitarra. Ahí me agrada la construcción de esas estrofas primero, el modo en que las guitarras se doblan después. El nombre de Porcupine Tree vuelve a ratos a mi subconsciente. El bajo de Aitor ruge aquí como nunca. Es otra composición laberíntica donde, sin embargo, la banda da la sensación de estar del todo cómoda. Algo que, presumo, no debe de ser nada fácil. El epílogo, ahí donde aflora el feeling con ese deje más melancólico, y el modo en que Iñigo va interpretando esos últimos versos, es sencillamente magnífico. Me parece de lo mejor que hayan registrado los chicos jamás. Esperando ya esa pt. 2…
El disco no llega siquiera a los cuarenta minutos y, sin embargo, cuántas y cuan buenas ideas caben aquí dentro. Lo dejaron cuando pensaba que eran uno de los secretos mejor guardados de nuestro rock and roll y han vuelto dando razones a quienes creíamos en ellos. “Five Friends Floating” parece seguir allí mismo donde lo dejara su anterior obra, dando la impresión de que, para ellos, hay todo un mundo por explorar ahí fuera. El sentimiento bulle y late como nunca. De manera muy marcada, de hecho, en ese último epílogo. Obra desgarrada a la par que onírica, tan arrimada a la cotidianidad del ser humano como a sus sueños y anhelos. Equilibrada y concisa, cocinada a fuego lento y donde queda la sensación de que Quaoar se encuentran en mejor forma que nunca. Qué bueno que volvisteis.
“Red Hill” es el título del nuevo Ep de los getafenses Murmur, trabajo que viene a continuar donde lo dejara aquél “Pvtrefactio” (reseña) de 2022. Grabado, mezclado y masterizado por Víctor Saiz (Sun Of The Dying, Back To R’lyeh, Sechem…) en California Studios, el trabajo se compone de tres cortes que abarcan veintisiete minutos de música. Cuenta con arte de Azahara G. Martínez, quien toma inspiración de la obra fotográfica de Fred J. Segado. Ellos son Alexis González Lázaro (bajo), Kyle (batería), Fran e Igor Teterycz (guitarras) y Beatriz Benett (voz). El Ep vio la luz el pasado 6 de noviembre.
Desde la más pura calma emerge “Red Hill I – The Dead”. Y aún ahí, en ese tenue arranque, uno percibe el blackgaze que habrá de atravesar todo este primer corte, acentuado aún más si cabe por la irrupción de las primeras guitarras. Si algo tienen las composiciones que conforman este “Red Hill” es la calma, la naturalidad incluso, con la que la banda parece haber afrontado las distintas composiciones. Todo fluye de un modo muy natural. Sin requiebros de cara a la galería. Los cambios de ritmo, que los hay, se suceden de un modo muy formal. Ello no quita para que Benett esté especialmente agresiva a través de las primeras estrofas de este primer corte. Se suceden, como digo, buenos cambios de ritmo. Estos se apoyan en riffs que captan mi atención las más de las veces. Enérgicos algunos, desafiantes otros, adoptando aquí y allá pequeñas disonancias en pos, supone uno, de encontrar un sonido propio que les defina. Del puente que habrá de anteceder al epílogo emana una curiosa calma. Y finalmente uno piensa que parecen haber dado un paso de gigante desde aquél primer largo.
“Red Hill II – The Execution”, que “indaga en la relación directa de poder que ejercieron conjuntamente las altas esferas de la Iglesia y la dictadura franquista”, trae consigo riffs pétreos, que bien me podrían recordar a los belgas Amenra, al tiempo que constituye en primer término un acercamiento por parte de Murmur a los terrenos del sludge más atmosférico. Ahí cobra gran protagonismo el buen sonido y la cuidada producción que tiene este “Red Hill”. Composición tensa, por momentos agobiante, sólidamente apoyada en la fina base rítmica de Kyle y Alexis. Ese avanzar arrastrado deja paso a un puente apaciguado, anticipo de un tramo final con los chicos en su encarnación más agónica y desesperada. Estupenda.
“Red Hill III – The Calling”, en palabras de la propia banda, se trata del tema “más personal del álbum, una reflexión acerca del dolor y el odio”, y que representa el corte más extenso del Ep. Estupenda construcción del largo prólogo. Tejido, como es habitual, con sumo cuidado, sin prisas, y que a la larga supone el mayor acercamiento del Ep al post doom más contemporáneo. Después la banda recupera su cara más black, aquella que inundaba no pocos recodos de “Pvtrefactio”, y de forma elegante y precisa va construyendo un corte de esos que, reza el tópico, ganan una barbaridad con el paso de las escuchas. Atravesando los distintos cambios de ritmo, los distintos géneros me atrevería a decir, Kyle traza una inteligente línea de batería. Tan precisa y desprovista de alardes como la propia composición en sí. La mano sabia de Víctor Saiz en la mezcla constituye todo un ejercicio de equilibrio aquí. No resta pegada en las partes más angustiosas ni tampoco fuerza en las más descosidas. Y corona con un coro casi angelical, contrapunto a la rabia y desesperación que dominan gran parte de este “Red Hill”. Gran cierre.
Murmur emergieron como nombre a considerar dentro de la escena extrema, hace ahora tres años, y “Red Hill” no es más que la constatación, palpitante y vívida, de aquellas buenas sensaciones. Tres cortes con gran personalidad, tejidos con sumo cuidado, redondeados por unas buenas ejecuciones y una producción, de Víctor Saiz, que ya trabajara con ellos en el álbum debut, que obra muy a favor de estos tres cortes. Un Ep que, da la impresión, ha sido meditado y cuidado hasta el más mínimo detalle. Y, en consecuencia, resulta todo lo efectivo que pretende. Gran trabajo.
Que no hay quinto malo, dicen. “Lysergic Motel” trae de vuelta a Leather Boys tras los fastos de su XX aniversario. Leather Rose (voz y coros), Leather Skelter (batería y coros), Leather Sex (guitarra y coros), Leather Latin Lover (bajo y coros) y Leather Dirty Duke (guitarra y coros) conforman la actual alineación de los asturianos. El álbum se grabó en los Tutu Estudios entre 2025 y 2026 con Olaya Camilo a los mandos y posterior mezcla y masterización de Sergio Tutu. Finalmente, artwork y diseño corrieron a cargo de Javier Gómez Bobes y la foto de la banda fue obra de Titto Velusi.
“B.D.S.M.” ocurre en un suspiro. Ni dos minutos de la cara más desenfadada, más punk, incluso me atrevería a decir que más libre de la banda asturiana. Con un Leather Rose de lo más gritón y unos coros del Leather Choir pero que muy bien tirados. Toda una llamada a las armas.
Aunque “Haircut & Attitude” parece tener más enjundia. Porque crece en duración pero también porque carga con uno de los riffs que más y mejor me han funcionado de todo el largo. Fieles a ese hard hedonista que tanto han afilado durante más de veinte años. Un corte directo, creo que bien construido y de los que parecen invitar a desgañitarse en su traslación al directo. Que en eso siempre aciertan y esta vez, con toda la experiencia adquirida, no iba a ser menos. Tanto el puente como el duelo solista que sucede a continuación me parecen estupendos.
Leather Skelter marca el paso tras los parches en esta “Crush On You”. Compone una más que interesante línea de batería en otro corte vivo, agradable, bien construido, donde parece caber de todo. Ese rollo hard angelino de finales de los ochenta en coros, palmas, buenas melodías de guitarra bajo estribillos. Es uno de esos cortes que, reza el tópico, más peso van ganando con el correr de las escuchas, amén de uno de los más equilibrados en cuanto a producción y mezcla. Sergio Tutu, desde luego, conoce bien a la banda y sabe, de sobra, cómo exprimir lo mejor de cada uno. Altamente pegadiza.
“Sonic Love”, a la sazón composición más extensa de todo el álbum, se atreve con un tono más a lo The Cult para ofrecer otra de las muchas caras de estos Leather Boys. Otro riff con gancho y un Leather Rose dejando estrofas marca de la casa. El propio Sergio Tutu suma teclas aquí y el corte gana por ahí una cierta distinción. Me agradan esos solos a modo de engarce entre estribillos y estrofas. También la línea de bajo que Leather Latin Lover ha trazado aquí. Tal vez al puente se le podría haber sacado algo más de jugo. Sea como fuere otra de mis favoritas.
“Red Flag”, en palabras de la propia banda “la historia de un fan pagafantas que necesitaba espabilar”, rebaja algo el ritmo pero sin perder de vista su querencia por el hard rock de siempre. Quizá el corte más idiosincrático de los doce, lleno de estrofas amables (en lo tonal) y estribillos de fácil digestión y que, de nuevo, incitan al puño en alto y el grito desgañitado en sus futuros conciertos.
“Midlife Crisis”, la que tenemos muchos que seguimos defendiendo esta música cuando ya son más las canas que el sentido común, devuelve parte del nervio perdido. Bien adornada por ese piano de Tutu, tiene a la vez un riff directo y pegadizo así como alguna de las mejores voces que le he escuchado a Leather Rose en bastante tiempo. Apenas tres y medio en el reloj, estos Leather Boys post XX aniversario parece que no tengan un segundo que perder, coronados por otro estupendo solo durante previo al epílogo. Un epílogo cuyo rush final, con esos coros tan marcados y el acelerón de Leather Skelter, disfruto de lo lindo. Para qué mentir.
“Electrify”, dedicada por Leather Dirty Duke a su hija, cocina al alimón con Leather Sex algunos de los riffs y solos más redondos de este “Lysergic Motel”. Un corte que bien podría ser el hermano gemelo, si acaso el mellizo, de la anterior “Sonic Love”. Desde luego propone unas estrofas la mar de llamativas, casi me atrevería a decir que desconocidas en el ya amplio imaginario Leather. Ellos resultan desde luego mucho más reconocibles (y ruidosos) durante estribillos, con un Leather Rose en su salsa. Otra que considero entre los grandes aciertos de la nueva cosecha.
Es llamativo el modo en que el prólogo de “Aussie Girl” parece romper con la tónica general del álbum. Es apenas un guiño, muy cuidado eso sí, pues pronto ellos vuelven a su hard rock de siempre. Acompañados de nuevo por las teclas de Sergio Tutu y con un Leather Rose más vacilón que nunca. Me agrada el contraste entre lo “desnudo” de las estrofas y lo más rotundo de los estribillos. Un ejercicio de equilibrio tan clásico como bien traído, rematado por unos buenos coros primero y un gran solo de guitarra después. Creo que de lo mejor escrito y ejecutado de todo el álbum.
La fugaz “Backdoor Lady”, donde el solo corre a cargo de LeatherPigRocket y arranca con el bajo de Leather Latin Lover en solitario, bien podría llevar a pensar en los inevitables Motörhead. Leather Boys en su versión más punk, más desenfrenada, más libérrima. Un perdigonazo de esos que, a poco que te despistes, te lo pierdes.
“Fading Star”, de Leather Dirty Duke para su madre, viene para poner la nota melancólica, que no trágica, al álbum. Un Leather Rose más moderado, más amable, va componiendo unas primeras estrofas hasta llegar a esos estribillos directos al centro de toda emoción. Me gusta esa construcción en crescendo, tan clásica, tan funcional, así como los riffs en que se apoyan. También la línea de batería que un fino Leather Skelter ha pergeñado aquí. Sensacional epílogo. Otro corte redondo, de los que entra a la primera y que evidencia que no todo es jarana y jolgorio en los álbumes de estos chicos.
“Fairground Queen” nos devuelve a los Leather Boys más vivarachos y apunkarrados. Un corte marca de la casa, con un deje entre macarra y chulesco en el que parecen la mar de cómodos. Breve pero de lo más disfrutona.
El cierre es para esta “Acid Riders”, donde llama poderosamente la atención la voz filtrada de un Leather Rose que, a ratos, parece mutar en Dave Wyndorf. Lo mejor es el modo en que los estribillos reconducen hacia una versión mucho más reconocible de la banda. Un corte de contrastes, por tanto, con un fluir de lo más llamativo, y que cierra este quinto trabajo rimando más que nunca con el propio artwork que lo adorna. El solo, además, puede ser el más alucinado que les recuerdo. Y luego un epílogo que ofrece destellos sinfónicos. Que nunca dejen de sorprender.
Es un álbum que siento algo más conciso que aquél “Born In The Seventies” de 2020 (reseña), lo que redunda en un buen puñado de cortes directos a la par que memorables. Alterno entre canciones casi fugaces y composiciones mucho más trabajadas e incluso elegantes. Todo facturado entre buenos solos, una producción equilibrada y un nervio que para sí quisiera algún que otro jovenzuelo. Cuarenta y dos minutos de pura idiosincrasia Leather, tan hedonista y dicharachera como siempre, que tendrá su presentación oficial junto a Pölvora el próximo 21 de febrero en el Palacio de Santa Cecilia de su Avilés natal. Salvo causa de fuerza mayor allí nos vemos.
Bajo el nombre de «The Glow Before I Go» verá la luz el viernes 13 de marzo el nuevo disco de la formación metalcore asturiana Teksuo. El que será su quinto larga duración constará de 12 nuevas canciones y portada obra de Patricia López Amorós.
01 Thirst For Tears (VIDEO) 02 All You Wanted 03 Sailing To The Unknown 04 Sanctify My Ache 05 Monochrome 06 Where The Noise Can’t Reach 07 De Piedra 08 Shadows Die Twice 09 Erased By Mistake (VIDEO) 10 Dogma 11 Let (Me) Go 12 Nothing Stays
La presentación del nuevo álbum en casa tendrá lugar el sábado 21 de marzo en las instalaciones del ovetense Kuivi Almacenes a partir de las 21 horas. Compartirán escenario con una banda amiga como son As Life Burns y el combo punk rock mierense Maverick.
“Barlovento” es el quinto largo ya para los hard / heavies barceloneses Dais, la banda que forman David García en guitarra y coros, Agus Milton en baterías, Álvaro Vicente en bajo e Isabel Mañós en voces. Producido, grabado y mezclado por Fernando Redondo en el Koryland Studio, las pistas salidas de aquellas grabaciones serían posteriormente masterizadas por el cinco veces ganador del Grammy Alex Psadourakis y adornadas por la foto de Alfredo Geisse. En la calle vía The Fish Factory.
“Barlovento” propone a los Dais más cercanos al metal, profusos en el uso del doble bombo, con riffs formales y efectivos, acompañando a un registro, el de Isabel Mañós que no puedo decir que me conquiste. Pero es una composición extensa, ágil, de solos prolijos y abundantes. Dais parecen querer rendir tributo a las esencias mismas del género y el desempeño de mi tocayo colma en todo momento mis expectativas. Llama la atención ese puente más tranquilo por la forma en que David García lo rompe con otra grata exhibición solista. Extensa y, por lo general, llevada hacia la cara más potente de los barceloneses.
“El Mar y Tú” arranca en una clave mucho más hard. Un medio tiempo donde me agradan los riffs que García dispone sobre prólogo y primeras estrofas. También esos pequeños escorzos con los que acompaña a la voz de Mañós. Por alguna razón, el cambio de ritmo que introducen camino del epílogo me termina resultando algo torpe y atropellado. Éste, que concita una cierta calma ahora, es elegante, suponiendo una cierta nota de color en un corte que siento algo desequilibrado. Falto de cierta cohesión.
“Mar Interior” bien podría recordar a una banda tan querida entre nuestro acerbo popular como son Muro. Angus Milton, que también pondrá el piano aquí, comanda firme desde el doble bombo. Sin pausa, sin excusas, sobre una cuidada línea de bajo y unos riffs, como ya ocurriera en el corte que da nombre al disco, son más serviciales que brillantes. García se desquita con un buen duelo guitarrero en el puente. La composición apenas abandona ese pulso tan vibrante para un puente un tanto fugaz. Muy funcional a la hora de dejar latir a los Dais más enérgicos.
“Arrecife De Cristal”, con las teclas de Joan Valverde aportando un cierto aire Rainbow al conjunto, confronta riffs con gancho con unas estrofas atractivas por diversas. Bien armada desde el plano gramático, juega a enfrentar a los Dais más potentes con los más hard. Fruto de ese doble juego, siento que la banda, ayudada por los pequeños detalles del mencionado Joan Valverde está dando lo mejor de sí en esta cuarta entrega.
“Somos Eternos” arranca con Mañós apenas acompañada por la batería de Milton. A sus líneas se irán sumando el resto de elementos para un corte que de la balada muta en un heavy diverso desde el papel, atrevido incluso, hábil desde el plano puramente gramático. Son los Dais más libres en lo que a composición se refiere. Con pocas ataduras y, por ahí, sonando más atractivos. Curiosamente, el corte más rácano del trabajo, con poco más de cuatro minutos, y aquél donde encuentro más cómoda a Mañós.
De “Leviatán” vuelve a ser otro de esos cortes bipolares, que tanto parecen gustar al cuarteto. Juega a confrontar la chulería del prólogo con partes más desnudas, dejando entremedias otra composición ágil y dinámica. David García está ora ruidoso, ora elegante y finalmente casi jovial durante un epílogo que busca el optimismo en cierto modo. Curiosa. El cierre es para “Windward”, versión en el idioma de Shakespeare de “Barlovento”.
Y el disco, a grandes rasgos, tiene cosas que me agradan y otras con las que soy incapaz de conectar. Es un heavy clásico, en el que a ratos transpira su amor por el hard más clásico, coronado por una voz, la de Isabel Mañós, a la que me cuesta un mundo hacerme. Para muy fans de la escuela más clásica.