Reseña: The Soulbreaker Company «Sin» (Discos Macarras Records 2026)

Ocho años sin nuevo material de los rockeros clásicos vitorianos The Soulbreaker Company. Se dice pronto. Es esta, huelga decirlo, una vuelta de lo más esperada. Once los temas que componen este “Sins” y que vinieron al mundo en los célebres estudios Electrical Audio de la ciudad de Chicago (Estados Unidos), fundados por el tristemente desaparecido ingeniero Steve Albini. Recordemos que la banda está integrada por Illán Arribas (bajo), Ortiz Domingo (batería), Javier Arteaga (teclas, sintetizadores, pianos…), Daniel Triñanes y Asier Fernández (guitarras) y Jony Moreno (guitarra y voces). El álbum habría de ver la luz el próximo 28 de mayo en CD, vinilo y digital vía Discos Macarras Records.

Ant Row” y la batería de Ortiz Domingo procuran un inicio de álbum entre tenso y elegante. De guitarras que juegan a conjugar ruido y melodía, crudeza teñida de una cierta melancolía. Sentimiento este que se ve acrecentado toda vez Jony Moreno coloca su peculiar registro sobre las primeras estrofas. Es un arranque tendido, breve (no alcanza los tres y medio sobre el reloj) y que más que mostrar las cartas sobre las que se mueve su sonido, hace por guardarse alguno que otro de los vértices sobre los que pivota la propuesta de los vitorianos. Más una toma de contacto que una llamada de atención, puedo echar en falta un mayor despliegue técnico pero toda su elegancia está presente aquí. Y de qué forma.

In Rome”, desde luego, viene a aportar un poco más de colmillo. De vértigo incluso. Un rock directamente enraizado en los años setenta y que ofrece, ahora sí, algo más de músculo en lo que a técnica se refiere. Siempre de forma ordenada, sin gestos de cara a la galería, equilibrado y en favor más de la composición que no de egos individuales. Estira su registro Jony Moreno al tiempo que alterna con las cuidadas líneas que traza Javier Arteaga desde las teclas. Todo fluye hasta colisionar en un epílogo en el que no hubiera desdeñado un desarrollo un tanto más ambicioso. Con eso y con todo un corte que disfruto en gran medida.

Después llega “Abd Al-Rahman”, que fuera carta de presentación de este “Sins”, y surgen unos The Soulbreaker Company más ligeros, pero igualmente elegantes, distinguidos incluso. Me gusta esa línea de batería que va trazando Ortiz Domingo sobre las (delicadas) estrofas. El modo en que todo va fluyendo de modo tan natural. De nuevo sin prisas, sin estridencias, con un Jony Moreno fantástico al micro. Es el corte más extenso de los once, lo que no obra en favor de requiebros artificiales ni exageradas demostraciones ególatras. Al contrario. Esa construcción más extensa propicia un crecimiento ordenado, tendido, teñido de una cierta melancolía, y que las guitarras rompen (es un decir) en un solo rebosante de feeling. No sabría decir si es mi tema favorito del álbum pero ciertamente agradece uno esa sensación de que la banda ha echado el resto.

Jump The Fault Line” sorprende con ese inicio alucinado, tendente a la psicodelia, que después nos devuelve a unos The Soulbreaker Company un tanto más vibrantes. Más juguetones. El nombre de unos viejos conocidos de esta casa como son Zålomon Grass es alguno de los que acuden a mi subconsciente aquí. Ciertamente no iguales pero desde luego pareciera como que unos y otros beben de fuentes similares. Es un corte construido sobre riffs eficaces, que busca una mayor grandilocuencia en su tramo final, habiendo dejado entre medias voces más delicadas que gritonas, transiciones muy cuidadas y de nuevo ese aroma retro tan reconocible y disfrutón.

Beginning Of The End”, oferta menos extensa de todo “Sins”, busca un rock más ruidoso y hace valer una escucha, a poder ser atenta, con unos buenos auriculares pegados a las orejas. Interesante ese juego entre canales que propicia la producción aquí. Un corte de esos que parece dialogar consigo mismo, construido a base contrapuntos en su primer tercio, de una mayor intensidad en su tramo central y que desembocará en un epílogo más ordenado. Todo sobre las curiosas líneas que traza Javier Arteaga sobre las teclas. Me agrada aún con ese desarrollo tan exiguo.

En “Reaching The Dragon” también saben cómo alternar entre tonalidades. Cómo amalgamar esa calma del prólogo con (leves) desgarros que contribuyen a otra de esas construcciones a dos tiempos, casi colisionando su cara más leve con la más ruidosa, dejando para el puente un cierto aire a los King Crimson más leves y conduciéndose hasta el cierre sobre una nube de rock liviano, nada apresurado, de ese que ataca más el corazón que la cabeza. Fácilmente otra de mis favoritas.

Esa cierta calma viene a contrastar con la más ruidosa “On Jupiter”. A medio camino entre Cream o Led Zeppelin, la banda suena más rocosa aquí. Más nerviosa incluso, con Ortiz Domingo marcando el paso sobre otra estupenda línea de batería. Un corte lleno, trufado de contrastes, donde no falta (ni sobra) nada. Desde los tonos más altos de Jony Moreno, el gancho de esas guitarras de Daniel Triñanes y Asier Fernández, la bien engranada base rítmica de Illán Arribas y Ortiz Domingo o todas y cada una de las diabluras de Javier Arteaga sobre las teclas. Que levante la mano el primero que piense en otros viejos conocidos de H.M.B. como Green Desert Water al transitar por este séptimo corte del álbum. Estupenda. Si el destino es propicio y vuelven por la vieja Asturias, ojalá quepa en su setlist.

The Right To Hush My Sins”, al tiempo que nos introduce en el tramo final del álbum, nos devuelve una cierta calma durante el prólogo. Apenas un suspiro. Un pequeño descanso. Y es que pronto la composición toma derroteros más ruidosos, cargados de una melancolía muy bien traída, (fenomenal Jony Moreno aquí) y en donde la banda vuelve a trazar un corte que me agrada tanto por composición como por las distintas ejecuciones que lo atraviesan. Las guitarras que juegan bajo las voces en el epílogo, por decir uno.

La sorpresa llega con “Ten Thousand Years”. Aquí la banda, y toda vez cruzamos el umbral de su curioso prólogo, está moviéndose en un terreno más cercano en el tiempo. Hay una cierta oscuridad rodeando a esta novena entrega, que en sus primeras estrofas parece bordear el post-punk más iniciático, para después colisionar con su faceta más ruidosa y, por ahí, construir un corte de lo más llamativo. En cualquier caso y pese a lo rupturista del tono, tampoco siento que la banda se traicione aquí. Al contrario. Máxime cuando estalla ese solo del puente. Diferente, que no peor.

Javier Arteaga está brindando un prólogo de lo más delicado en esta “Road And Bread”. The Soulbreaker Company se envuelven en esta balada / medio tiempo en donde cabe toda sensibilidad, todo buen gusto que son capaces de cosechar. Me agrada además por el modo en que el corte va creciendo en intensidad de cara al tronco central. Con Jony Moreno dejando buenos tonos altos y el mencionado teclista dejando píldoras de su buen hacer a las teclas. Habría sido una estupenda despedida a este “Sin”…

… honor que recae, no obstante, en una “Be On The Run”, donde de nuevo un inicio tranquilo vendrá a chocar con el mayor ruido que proponen después. En ese prólogo hay un tono algo desgastado que me agrada en la misma medida en que lo hace la mayor intensidad que sucede a continuación. Como ya lo hicieran otro cortes dentro del disco (“Beginning Of The End” sin ir más lejos) aquí vuelven sobre otra de esas construcciones alternas en las que tan bien se manejan. Sobre las que parecen tan cómodos. Las voces de Jony Moreno primero y la soltura de las guitarras después arman un epílogo estupendo. Un gran cierre, si me preguntan.

Todo tan orgánico como preveía antes de darle un primer repaso al disco. Todo, después, igual de satisfactorio. Si acaso, mi única pega podría ser que algunos cortes se me quedan algo rácanos en lo que a reloj se refiere. Pero todo su buen hacer, su elegancia, ese toque retro (vintage que se dice ahora) vuelve a manifestarse en poco más de cuarenta minutos de unos The Soulbreaker Company en plena forma. Yendo desde la delicadeza al ruido y todo cuanto habita entre medias. Tejiendo temas llenos de detalles, de los que van ganando peso con las escuchas, que anidan en tu subconsciente y nos recuerdan un tiempo quien sabe si mejor. Estupendo trabajo.

Texto: David Naves

Reseña: Mala Reputación «Queda Entre Nosotros» (El Garaje Producciones 2026)

A veces la vida es cuestión de pequeños pasos. Mala Reputación, seis años después de su anterior Ep “La Belleza”, regresan con otro “mini” buscando mantener viva la llama a la par que abrazan nuevos rumbos. Kiko Martínez en batería y coros, Michi Candás en bajo, coros, y la pareja Daviz Rodríguez & Juan Santamaría en guitarras y coros vuelven con un “Queda Entre Nosotros” compuesto de cinco temas cocinados entre Pablo Senator y Daniel Sevillano en el OVNI Estudio de Bonielles.

Mírame” propicia un arranque vitalista, vibrante incluso, con buenas melodías de guitarra y el OVNI dejando patente, un trabajo más, que pocos estudios de este nivel en nuestra región (¿en nuestro país?) en lo que a rock se refiere. Todo sazonado por las ya clásicas letras intimistas, nada panfletarias, que vienen siendo santo y seña de la banda desde hace ya tiempo. Y es que “hasta las sombras más oscuras tiemblan con rayos de luz”. Pausan con un bien traído puente y rematan después con un epílogo con visos de himno. Si ellos así lo quieren, me parece un opener fantástico.

El Hilo” fue la encargada de adelantar al Ep y, muy especialmente en lo sentimental me parece la más redonda de las cinco. Un prólogo tranquilo, que bien podría recordar al de “Fuego”, quizá uno de los cortes más definitorios de su trayectoria. Aquí me agrada esa construcción tan natural, sin prisas, sin apreturas. El buen trabajo tras esas primeras estrofas, apoyadas en esa fina línea de bajo. Luego llega ese estribillo. Redondo, con gancho, con pegada, estupendo. Un corte que me agrada tanto en lo gramático como en lo puramente sensorial. No por nada el verso “y aunque todo el mundo tiemble decidimos no caer” lleva soldado a mi subconsciente desde hace semanas. Realmente fantástica.

Luego “Accidente” pone en primera línea a los Mala Reputación más directos, más abiertamente rockeros, no por nada se trata del corte más rácano de todo el Ep. Con eso y con todo, alberga un juego entre voces de lo más hábil, ese tono entre vitalista y melancólico en el que tan bien se manejan y algún solo, engarzando estrofas, de lo más pintón. Lo que sorprende aquí es ese nervio más alternativo que surge camino del epílogo, soldado a la cara más ruidosa de los asturianos. Entra a la primera y la disfruto como el que más.

Mi Capitán” parece recoger el testigo de su predecesora. Siguen aquí el testigo de ese rock más ruidoso, especialmente en su prólogo, y un tanto más liviano en sus primeras estrofas. Es un corte, no obstante, de pura idiosincrasia Mala Reputación. El más extenso de los cinco y, desde luego, aquí da toda la sensación de que se han tomado su tiempo a la hora de componer y trazar cada línea de guitarra, cada giro, cada recodo. Aún sin abandonar esa cualidad tan rockera, tan ruidosa incluso, el puente aquí vuelve sobre señas de identidad habituales. Esa cierta ligereza, la inconfundible voz de Daviz Rodríguez y esas guitarras tan cuidadas. Me enganchó ya de primeras y aún ha ido creciendo con el correr de las escuchas.

Y es verdad que con “Lluvia y Barro” no conecto en la misma manera en que lo hago con el resto del Ep. Pero aún así me agrada de nuevo esa construcción tan orgánica, tan tranquila, sin prisas ni compromisos. Es rock amable, de un sonido cristalino, con cuya letra eso sí conecto en menor medida que con el resto de presentes en el Ep. Claro que lo mismo me ocurrió en su día con un corte como “Océano y Lluvia” y, sin embargo, a día de hoy podría decir que pasa por ser uno de mis favoritos de entre la producción más reciente de la banda.

Y es que el de Mala Reputación es un rock de maceración lenta. Fiado en gran parte a lo sentimental pero sin caer tampoco en la lágrima fácil. Un rock a veces tan tendido y delicado como ruidoso y vibrante. Apenas (no llega) veinte minutos que vuelven a demostrar, pienso yo, que hoy por hoy son una de las formaciones más elegantes, distinguidas incluso, dentro de nuestro infatigable rock and roll. Sin panfletos, sin maniqueísmos, pero teniendo muy claro qué y cómo quieren contar las cosas. Su visión crítica del mundo que nos rodea, su modo también para, desde lo interior, hablarnos de lo universal. Si las cosas siguen el cauce previsto, será un placer verles en el próximo Unirock.

Texto: David Naves

Crónica: Voul + Al Final Solo Habrá Cenizas (Oviedo 9/5/2026)


Noche de Sludge” fue una de las propuestas en la extensa programación de la ovetense Lata de Zinc, que tuvo lugar el pasado sábado 9 de mayo. Un cartel sugerente con dos bandas del género: Al Final Solo Habrá Cenizas y Voul, que harían suyo el lema que figuraba en el mismo: “always sludge, always antifascist”.

Tal pareciera que todo estaba preparado para generar a la perfección un ambiente lúgubre y plomizo. Ya desde la calle, con un clima desapacible y que no invitaba mucho a salir de casa (como así lo atestiguó la escasa afluencia de público) y entrando en la sala, perfectamente preparada para la ocasión, con su habitual oscuridad e invasión de humo, intuíamos lo que iba a acontecer. El escenario, sobrio, una batería y un micrófono, dos banderas de Acción Antifascista cubriendo tímidamente los amplis dispuestos a derecha e izquierda y, como novedad, una luz láser verde que proyectaba finos rayos hacia la sala. Suficiente. Y sensación de soledad, nada más abrir la puerta. El ambiente parecía desalentador y un tanto depresivo. Pero nada más lejos de la realidad. Pasados unos minutos de las nueve de la noche, el escenario se llena con la presencia del dúo coruñés Al Final Sólo Habrá Cenizas, ante unas cuarenta personas, que se mantienen a lo largo de toda la velada. Edu (guitarra y voz) y Zalo (batería) realmente llenan, arrastran, llegan. Qué bien engrasada ha de estar la maquinaria en las bandas de solo dos componentes, para poder, ellos solos, transmitir su mensaje sonoro del mismo modo (o incluso mejor) que una banda con más músicos sobre las tablas. Y esta banda, ¡vaya que si lo estaba!

Como decía, humo, luces rojas, humedad, el underground en su máxima expresión y primera bofetada en la cara con “10000 Años”, de su última obra “Lodo”, a la cual le pegarían un buen repaso a lo largo de los intensos cuarenta minutos de su actuación. Una propuesta, la de los gallegos, que se mueve entre el slugde, el doom, sonidos más garajeros y mucha actitud. “Tumbas” y “XIII” llegaron a nuestro estómago como un martillazo y es que, si la voz rasgada de Edu y la suciedad de sus riffs se muestran brutales, no se queda atrás la contundencia de la pegada de Zalo, con su camiseta de Neurosis, clara influencia en el dúo gallego. Estaban sonando tronadores. Tras este inicio que nos dejó clavados en el suelo, degustando esos rasgueos y esa percusión endiablada, se presentan y nos dicen que van a tocar dos temas nuevos. Buena recepción del material inédito por parte del público que se van acercando más al escenario. De nuevo, el vertiginoso ritmo de la batería nos estaba dejando embobados.

Partes cadenciosas, que empiezan pesadas, arrastrándose para ser rotas por una batería que irrumpe sin piedad y diálogos entre ambos instrumentos para rematar con una pequeña parte cantada. Hubo un momento en que las luces de la sala se bajan, quedando casi a oscuras, mientras el humo no dejaba de estar presente. Y llega el final con un “Palestina Libre”, no sin los debidos agradecimientos a los responsables de la Lata de Zinc y a Voul. Rematan con una espléndida “Tierra Sangra Fuego” dejando dibujada una expresión de satisfacción en los presentes.

Pocos cambios y poco tiempo de espera para el regreso a los escenarios asturianos de la banda madrileña Voul, que allá por el mes de agosto del pasado año ya dejaban patente su gran desempeño sobre las tablas en el Stonefest (crónica). El ambiente seguía sumido en la neblina física y emocional que había dejado Al Final Sólo Habrá Cenizas. Edu Rodríguez, el hombre tras los parches, y que es la parte central de la banda, ya que también cumple la función de vocalista, hizo buen acopio de baquetas (las podría necesitar) y comparte con la parroquia su botella de whisky, tras el primer tema. “Fear” y “Pain Brigade” marcan el comienzo de otra actuación memorable y otra lección de percusión orgánica, sin artificios ni añadidos, solo pura rabia descargada sobre los parches. Como comentaba al principio, a pesar de que la atmósfera sonora podría parecer un tanto depresiva, no se reflejaba así en el rostro entusiasmado de los presentes.

Disfrutamos de las líneas del bajo en “The Ripper”, el ex Adrift, Dani, sabe lo que se trae entre manos y junto a la guitarra de Alberto completan el trío que va a sonar tan compacto como contundente. Turno para los agradecimientos y aplauso para el responsable de la sala, para continuar con una versión de los Bad Brains, dejando una impronta más hardcore punk. La Telecaster de Alberto se muestra más salvaje para ralentizarse en el siguiente tema, como su nombre indica, “Ralentiez”.

Directos y oscuros, con inspiración en las miserias cotidianas, creando una sensación de desesperanza, con pasajes siniestros y agónicos, concretados en la rabia con que aporrea Edu su batería, la música de Voul nos estaba dejando a los presentes absortos y profundamente impresionados, al borde de un abismo que nos esperaba, “The Abyss Awaits”. En este tema destaca, de nuevo, la conjunción de partes más lentas e hipnóticas, rotas por el protagonismo de la batería, en una suerte de desenfreno y descontrol. Agradece aquí Edu nuestra presencia y “que les den a los sionistas”, “Genocide” continúa con esa descarga que violenta a los parches en cada golpe, ante la mirada de admiración de aquellos que saben cómo se toca un instrumento de estas características.

Tras “Mi Ruina”, así presentada en castellano, dan por finalizada su intensa hora de actuación con el rápido “Fucked Up The System” que también es el cierre de su último trabajo “Fear”. Si a la crudeza, densidad y emocionalidad de Al Final Sólo Habrá Cenizas le unimos la rotundidad y pesada sonoridad de Voul, podríamos decir que ambas bandas cumplieron con creces aquello de dedicarle una noche al slugde. Solo podemos decir que valió la pena desperezarse para acudir a un evento de estas características. Agradeciendo a las bandas por su buen hacer y por su contribución a esta crónica, no queda más que despedirnos hasta la próxima.

Texto y Fotos: Erundina Artidiello

Crónica: State Of Crime & Science (Oviedo 9/5/2026)

El que quiere buscar pretextos para no ir a un concierto, esta vez lo tenía fácil: noche desapacible, una única banda en el cartel… Pero son eso; excusas. Pocas salas dan las facilidades que los Kuivi Almacenes de Oviedo ofrecen al público, y especialmente el parking propio a pocos pasos es todo un puntazo. Si además le sumamos que S.O.C.S. llevaban sin pisar los escenarios desde que en octubre el Seronda Rock avilesino sirviese de despedida al batería Iván Fernández, y que este concierto suponía la presentación de Mathias Monzón a los parches, pues no se me ocurría mejor plan. El uruguayo no es ya un desconocido en los ambientes rockeros de Asturias (tal vez algunos lo descubrieseis en las jam del Savoy) y desde febrero contribuye a que la banda se haya convertido, literalmente, en la más internacional de estos lares.

No pudieron empezar mejor: si aún no los conoces, “S.O.C.S.”, su tema homónimo, es un buen punto de partida para ver de que va esto. Un riff inicial que te puede llevar a pensar en AC/DC, pero que inmediatamente te traslada a sonidos próximos al post-rock-metal, con la voz de Osana llevándote hacía un delicioso universo melódico. Y es que la etiqueta de inclasificables les viene que ni pintada. Continúan con “Lost”, tema que se remonta a los inicios de la formación y que supuso su primera nominación a mejor canción rock en los Premios AMAS 2022, algo que ha terminado convirtiéndose en una tradición. Hasta cinco atesoran y todas pasaron por el setlist.

Last Days” sirve para presentar en sociedad al nuevo miembro. Se trata de uno de esos temas pegadizos que se quedan fácilmente en la mente del que lo escucha. Ligera bajada de intensidad para “Cursed Gift”, con pasajes que incluso pueden llevarte a atmósferas folk. “Through The Mirror” es otra de esas canciones potentes y pegadizas. El tándem MarcVíctor suena demoledor. “Self-Delusion” comienza con un ramalazo funky que deriva en una energía contagiosa en la que brilla especialmente la base rítmica. José y Mathias son sobrios en la puesta en escena, pero soberbios en su sonoridad.

Llega el momento de la habitual versión del “Losing My Religion” de R.E.M. algo que habla de la amplitud de influencias que converge en la banda. En este punto, la frontwoman bromea a cerca de que esta ya se la sabía el nuevo a las baquetas. Continúan con “The Rain”, otro de esos temas con regusto del pasado, y no solamente en lo musical, según cuenta Osana. Esta es otra de las canciones que les valió nominación a los AMAS, lo mismo que la siguiente, “The Hole” y no es para menos. En lo personal es otra de mis preferidas, con pasajes que incluso tienen sabor a los Metallica del álbum negro.

Entramos en la recta final y para ello cambio incluso de idioma. Todo apunta a que compositivamente se sienten más cómodos en el de Shakespeare, pero está muy bien que nos dejen estas pinceladas en el de Cervantes. El tempo de “Tanto Por Hacer” nos pone ante una balada que ablanda hasta al metalero más aguerrido. En cuanto a “Vortex”, es ya por derecho propio otro de sus temas bandera. Lo tiene todo (menos el esquivo premio).

Y llega la hora de cerrar el bolo. Una vez más es “Should I?” el reservado para ello, otro de aquellos temas con que se estrenaban en 2021. Un broche que no por esperado es menos festejado, dejando el clímax en todo lo alto. A la treintena larga de asistentes nos supo a poco la hora y cuarto de concierto, pero es un buen motivo para reencontrarnos con esta fantástica banda en el futuro. De momento habrá que conformarse con escucharlos enlatados.

Texto y Fotos: Tômi Röckdríguez

Crónica: Breakdown Fest (Oviedo 8/5/2026)

Y el metal extremo, en sus distintas formas, de nuevo se hizo carne en la capital del Principado. Regresó el Breakdown Fest y lo hizo con Estilo como epicentro, reuniendo en la remozada sala a los canarios The Zeronaut, los ciudarealeños Incordian, los vigueses Titano y los asturianos Sound of Silence. En un fin de semana sobre saturado de oferta, aún cuando se cayó alguna de las citas, el sarao que nos ocupa no lo tenía nada fácil…

Ni tampoco The Zeronaut cuando toman el escenario de la sala. Poca gente aún, algo que, de todas formas, lejos de arredrar a los de las islas, nos conminó a seguir bien de cerca su death melódico de corte clásico. Una forma de entender el melodeath que, de entrada, me recordaba a los catalanes Ravenblood (mi última visita a esta sala había sido precisamente para verles, lo que son las cosas) y un sonido donde, al comienzo, se echaba en falta una batería con más presencia. Inconvenientes que se irían arreglando con el trascurso del set y que, de todos modos, tampoco empañaron su descarga.

Pero ellos tienen buenos temas. “Dead Machines” cae como una losa sobre la sala. Víctor Nassar, bajista y voz, había ironizado con que querían “traer algo de sol pero no cabía en la maleta”. Aquí se mostraron sólidos, casi rocosos, añadiendo unas pizcas de pesadez a su metal extremo. El propio Nassar agradeció a la gente su presencia allí, “somos pocos pero dispuestos”, para después arremeter con la cara más vigorosa del cuarteto. “Under The Righteous’ Flag” entrega una visión algo más épica. Lástima que no pudiéramos oír esa segunda voz de Ruymán Santana. En cualquier caso, bien están esos solos que trama junto con Francisco González. “Ahora vamos a bajar un poco el tono”, adelantó Nassar. Y procedieron a descargar “Through The Night”, con un tiento más heavy en melodías con pasajes más tranquilos y, ahora sí, esa segunda voz de Santana.

Nos veía “muy peinaos” aún Nassar, de ahí que procedieran con “In The Throes Of Bliss”, que encerraba su cara más vibrante y nerviosa. No fue mucho el rato del que dispusieron, apenas media hora, pero a fe mía que lo aprovecharon. Sin olvidarse de los debidos agradecimientos, cuesta (como es lógico, por otro lado) ver a bandas de las islas por estos lares, procedieron con un tramo final donde destacaron los solos doblados de “Slowly We Rust” o esa pesadez final de “What Lies Below”. A buen seguro que más de una cabecita se quedó con su copla.

Le llegaba el turno entonces a los thrashers Incordian. La banda, que hubo de cancelar su paso por el Mosh Fest (crónica) hace ahora un año, tenía el viernes una ocasión que ni pintada para sacarse esa espinita. Y desde luego le pusieron ganas y empeño. Arribaron a Oviedo en formato cuarteto, lo que de todas formas no amilanó a los chicos. Y es que ya desde la inicial “Su Ley y Su Dios” ponen todo de su parte para que la gente se lo pase en grande. Tal es así que ya desde ese arranque se pudo ver algo de movimiento frente al escenario. “Gasolina y Llamas” propone después a unos Incordian rebosantes de pesadez y groove. Paco Sánchez al micro, no cesaba de moverse por todo el escenario, buscando siempre la conexión con la gente a cada momento.

Sería el propio frontman quien aparecería con una señal de tráfico por el escenario, pidiendo a los presentes que se movieran en círculos. Todo para una “De-Mente” que, sí, desató algún que otro circle pit en Estilo. Con sentidos deseos de fallecimiento para algún que otro genocida, que cada cual se haga su composición de lugar, “¿Dónde Está La Muerte?” destapa su cara más venenosa. Blast beats en baterías y mucho baile frente al escenario, Incordian no hacían prisioneros. Todo ese thrash incendiario y venenoso no oculta, no obstante, la cara más lúdica del eventual cuarteto. Y es que “vamos a hacer una romántica”, exclamó Paco Sánchez, y lo que resultó de ello fue “Peste”, esa pequeña broma perteneciente a su último largo “De-Mente” (reseña).

Y no, Diva Satanica no estaba allí para sumar sus voces en “La bestia Ya Despierta”. Lo que despertó, sin embargo, fueron las ganas de fiesta tanto de los presentes como del propio vocalista, quien no dudó en bajar a mezclarse con el público. Para la recta final quedan la tan fugaz como cómica “Muerte x Churro”, “Mugre Humana” (con Txeffy sumando voces en estribillos) o la muy bailonga “Thrashtornaos”. Si usted tiene un problema y se los encuentra, “¡cuidado con el cerdo!”. Tan contestatarios y protestones como divertidos y contundentes.

Titano, recentísima formación deathcore viguesa, asaltaba la capital asturiana con apenas una referencia bajo el brazo, el Ep “Apex”, y muchas ganas de derribar la sala hasta sus mismos cimientos. Se les puede echar en falta (o no) el escaso material con el que irrumpieron en el Breakdown Fest, pero de ningún modo el buen sonido del que gozaron y lo compactos que acertaron a sonar.

Porque ya desde que atruena esa Harley Benton de ocho cuerdas y nos inundan las diversas bombas de sonido, uno palidece ante la pegada de los gallegos. Triple M en voces mostró una gran habilidad a la hora de bailar entre registros agrios y oscuros. Haciendo buen uso del podio que colocó al frente del escenario y retando en todo momento al público. Fue la cara más visible de una banda por otro lado sobria en lo escénico. En cualquier caso, “Last Of The Brood” añadió algo más de nervio a su deathcore. Y, en consecuencia, la batería sufrió los rigores del directo. Un kit que a un tris estuvo de echar por tierra su descarga.

En cualquier caso los disfruté cuando exhibieron algo más de músculo técnico. También un pulso más melódico. Y aunque me costó reconocer la versión que introdujeron (“Disengage” de Suicide Silence según nos chivaron, nos hacemos mayores sin remisión), la gente a mi alrededor la recibió de muy buena gana, coreando incluso las melodías provenientes de la ocho cuerdas de Dyable. Precisamente él junto al batería Elvis Hernández se quedarían a solas sobre las tablas para darle un descanso a Triple M. Él y la banda al completo volvieron para intentar demostrar su mejor cara. Que fue el hecho… solo a medias. Al punto de que Titano acabaría por repetir el corte porque las cosas se hacen bien o no se hacen. Para el cierre quedaría, qué cosas, otra repetición, la del primer corte que habían tocado, “Deo Vashara”, dejando claro que son una banda joven, algo escasa aún de repertorio, pero con mimbres suficientes para armar mucho ruido en la escena deathcore estatal. Queda dicho.

El pasado viernes, Sound of Silence se tiraron desde un octavo y sin red. “A New Level Of Suffering” (reseña) veía la luz hace escasas fechas y la presentación del mismo resultaba, quizá, algo temprana. Dio igual. Tienen la lección tan aprendida, suenan tan sólidos y engrasados, que uno piensa cómo es que esta banda no ha alcanzado cotas mayores en su ya larga travesía por la escena estatal.

Y es que ya en “Life After Magma” queda patente que van a hacer lo que quieran con nuestras cabezas. Con nuestros cuellos. No hay concesión de ningún tipo. A degüello, Jorge Rodríguez marca el paso y la dupla Nague & Rubo empasta riffs y melodías sin perder agresividad ni tampoco clase. El tema que da título a ese último trabajo los devuelve a sus raíces más melodeath y, al final, a Nefta, voz del quinteto, le sobraban la sudadera y hasta los pantalones. En “Ritual Massacre” están sonando intensos como demonios. De un lado al otro de las tablas, Viti paseaba su bajo y también su gesto risueño mientras engranaba con las violentas andanadas de Jorge en baterías. “Uncertainty / Path To Hope”, Rubo con sus poses de toda la vida, y unos Sound of Silence que acertaron a sonar más melancólicos de cara al epílogo.

Hasta aquí llegaba la presentación del nuevo álbum. De ahí en adelante el set consistiría en un cumplido repaso a obras anteriores, con alguna que otra sorpresa. Hubo “Tensa Calma”, si bien Nefta hacía poco honor al título, correteando de un lado al otro del escenario, subiéndose al podio y no dejando una sola gota en el tintero como, por otra parte, viene siendo habitual en él. Hablaba antes de las poses habituales de Rubo. Otro de los gestos que acostumbran a repetirse es el de Nefta pasando por entre las piernas de Viti. Un clásico ya de la banda asturiana y que sucede en “Nunca Seré Feliz”. Sí que eran felices, no obstante, quienes se encontraban frente al escenario. Pienso que no era para menos.

Dmitry Stalingrado dio un pequeño descanso a Nague para “Felices Bajo Tierra”. “Abajo, arriba, abajo…” bromeaba Nefta antes del breakdown. Incluso hubo ronda de espontáneos aquí. Pelayo López primero, Gin (After Salem) después. Más que nunca: una fiesta. Esto se llama “Sacrificio…” (de una vida atormentada) exclamó Nefta. Y, con él y su banda, nos retrotraímos hasta el álbum de 2009 “El Funeral De Las 10 Almas”. Hubo wall of death aquí, con presencia del propio frontman (“espera que voy p’allá”) y en general mucho movimiento entre sus fieles. Para el tramo final fueron quedando viejas perlas del quinteto. A saber: “Un Nuevo Anochecer” o “Viendo Al Cielo Llorar”, pero mi favorita de este tramo final, qué le vamos a hacer si la cabra siempre tira al monte, es “Densa Niebla”, con un Nefta llevado en volandas, una vez más (y van…) y la banda confirmando que sigue tan enérgica, efectiva e incluso disfrutona como siempre. Todo clase y pegada.

Puede que el público no respondiera en el número que barruntamos algunos antes de llegar a la sala. Puede que la oferta del pasado fin de semana, como dije más arriba, fuese de todo punto desproporcionada, hipertrofiada… Pero ello no quita para que las cuatro bandas aquí presentes dieran lo mejor de sí para otro buen Breakdown Fest. Que no muera la idea, siga viva en el futuro y nosotros que lo veamos (y lo contemos). Por mi parte nada más. Agradecer a Nefta el trato y las facilidades dispuestos en favor de esta crónica, mandar un saludo tanto a bandas como a los habituales de siempre, de toda la vida, y ya saben: nos vemos en el siguiente.

Texto: David Naves
Fotos: Erundina Artidiello

Reseña: Megadeth «Megadeth» (BLKIIBLK Records 2026)

Una leyenda que se extingue. “Megadeth” es, según parece, la última parada en la trayectoria de la legendaria formación norteamericana. Es, al mismo tiempo, la primera para Teemu Mäntysaari (Wintersun), reemplazo del brasileño Kiko Loureiro (ex Angra) en guitarras. En baterías Dirk Verbeuren (The Project Hate MCMXCIX), al bajo James LoMenzo (ex Black Label Society) y, claro, a la voz y guitarra el ínclito Dave Mustaine. Chris Rakestraw junto a los propios Mäntysaari & Mustaine produjeron los once cortes que ocupan esta obra final. Adornado por el arte de Blake Armstrong, el álbum ha visto la luz vía BLKIIBLK Records, sello hermano de Frontiers.

Tipping Point” es un buen inicio. Seco y contundente. Y aunque no porte riffs extraordinarios, dispone buenos detalles en lo técnico, una producción sólida y un ritmo que recuerda a los mejores Megadeth. Aunque no logre deshacerme de la misma sensación que, en su día, me provocó “Spit Out the Bone” de Metallica: recuerda a sus mejores tiempos pero es, a ratos, tan auto consciente que roza la parodia. Tampoco me malinterpretéis: me parece un más que decente inicio de álbum. Al menos es capaz de decirme algo, cosa que otros cortes apertura recientes del viejo Dave ni alcanzaban.

I Don’t Care”, si logro deshacerme de esa letra tan infantil, me agrada por el modo en que, a grandes rasgos, me recuerda a una de las obras magnas del americano: “Peace Sells”. Dirk Verbeuren está más que ágil tras los parches. Es el mejor fichaje que ha hecho Mustaine en años y aquí pone de su parte para sacar adelante un corte vivaracho, de riffs más serviciales que ágiles, donde el nivel técnico en cuanto a solos vuelve a estar a buen a la altura. Y aunque ya digo que me cuesta creer que una letra como esta haya sido compuesta por un tipo que el próximo septiembre cumplirá los 65, también pienso que merecía algo más que esos poco más de tres minutos que marca en el reloj.

Hey, God?” sigue siendo pura idiosincrasia Megadeth. En lo bueno y en lo malo. El riff principal, sin que nadie se haya roto los cuernos en componerlo, tiene ese gancho y esa pegada tan clásica de la banda. Aquí y allá hay buenos adornos entre los versos. Verbeuren está de lo más disfrutón tras los parches. Desde luego uno de los baterías más sólidos que han acompañado a Dave desde la partida del tristemente desaparecido Nick Menza. Todo resulta una plegaria al modo Mustaine. Un diálogo entre este y su Dios, aparentemente ausente, que no obstante sabe sacar lo mejor de la banda en cuanto a despliegue técnico. Me agrada.

Y al menos “Let There Be Shred” hace por insuflar un poco más de nervio al asunto. Orgullosa y absolutamente auto referencial, me funciona de tanto en cuanto parece directamente extraída de las sesiones del indiscutible “Rust In Peace”. Aunque tenga que despegarme de su aspecto lírico, al que encuentro de nuevo un tanto naif, lo cierto es que musicalmente acierta a mantener alto el nivel en cuanto a despliegue técnico se refiere. Al menos mientras Verbeuren transita por las partes más veloces y no tanto en otras que he sentido algo más forzadas. Otro corte que salvo de la quema en cualquier caso.

Entonces llega “Puppet Parade”, Mustaine vira hacia su registro más hosco y empiezan mis problemas con este, aparentemente, último trabajo. No comulgo en gran medida con esas estrofas casi susurradas. Pero es que tampoco con unos estribillos mecánicos, sin atisbo alguno de alma. Y es una pena porque, al menos en lo puramente musical, su puente central sorprende con tonos algo más alternativos, que quizá recuerden al periplo noventero de la banda, aquél que entregara álbumes como el recordado por unos, odiado por otros “Youthanasia”. Pero a grandes rasgos (y aunque la sección solista vuelva a estar a la altura) me resulta un corte muy carente de chispa.

Another Bad Day” resulta llamativa, al menos, por ese fuerte poso melódico del prólogo. Y Dave vuelve a poner algo más de ímpetu en voces. No como para recordar al de sus mejores tiempos, tampoco es cuestión de exigirle tanto a estas alturas del cuento, pero sí que con un poco más de nervio e incluso pasión. Lo que no quita para que el corte en su conjunto, no deje de sentirse (otra vez) algo mecánico y sin alma. Como digo él hace un mayor esfuerzo tras el micro. Pero ni por estructura, ni por los solos que alberga en su tronco central resulta un corte capaz de capturar mi atención. ¿Me habré vuelto yo demasiado exigente con estas viejas glorias? ¿Por qué esto iba a ser mejor que, yo que sé, el nuevo de Exodus?. Aquél puede que tampoco sea el mejor trabajo de Gary Holt y compañía, pero al menos han probado a hacer cosas distintas. A llevar su thrash metal un par de pasos más allá. Todo lo contrario a lo que sucede aquí.

Made To Kill”, y su prólogo a mayor gloria del belga Dirk Verbeuren, puede ser lo más digno de esta segunda mitad del disco. De trazo sencillo que no simple, de ritmos vivos y riffs a un rato inteligentes, al otro de lo más serviciales, funciona del mismo modo como vehículo para enseñar la pericia técnica de la banda y también de testigo de que el viejo Dave, cuando le da la gana, aún es capaz de trazar cortes de metal candente, vigoroso incluso, al nivel de otros tantos músicos de su misma generación. No descarto que, con el paso de los meses, acaba siendo mi favorita de las diez (más una).

Obey The Call” borra pronto esa sonrisa. Mustaine vuelve a esos tonos casi anodinos de “Puppet Parade” y el corte, a grandes rasgos, vuelve a ser incapaz de capturar un mínimo de mi atención. Ni siquiera me parece que las melodías con las que el de La Mesa se acompaña en los distintos versos sean dignas de un álbum de Megadeth. Y suerte que, al menos, alguna de las distintas secciones solistas que trazan aquí poseen un mínimo de alma y nervio. Pero es que estamos hablando del que no deja de ser el álbum homónimo de la banda. El que se supone que es el último trabajo de una leyenda de esto. Con razón hay fans a quienes les resulta dolorosa la sola escucha del álbum. Y no les culpo.

Pero la que me duele especialmente es “Obey The Call”, que desaprovecha su elegante prólogo en pos de otro desarrollo mecánico, tenue, casi indolente, con Dave vocalizando con una desidia, una apatía impropias del hombre que una vez comandó la que fue, fácilmente, la banda más avanzada del género. Supongo que el tiempo a todos nos alcanza. Cuatro minutos largos que parecen diez y recuerdan a los peores momentos de unos Metallica post “Death Magnetic”. Ni siquiera ese epílogo acelerado y vistoso en lo solista logra sacarme del sopor.

I Am War”, que levante la mano quien este prólogo no le recuerda a Accept, al menos tiene ciertos riffs con gancho. Dave vuelve a cantar sin grandes pretensiones. Pero al menos se reviste de buenas melodías bajo estribillos y permite que LoMenzo gane ciertos enteros en la mezcla. Ese mayor empaque de la base rítmica opera en favor del corte en general. La banda suena más sólida ahora, si bien es otro corte que, desde el punto de vista gramático, no viene a ofrecer grandes sorpresas, engarzando con ese espíritu algo dejado de los últimos trabajos de Mustaine. Cumpliendo con el expediente, al menos.

The Last Note” es la despedida final. Un Dave más hosco y oscuro que de costumbre nos recibe en el prólogo. Nada de tristes baladas. Si va a decir adiós, que éste se rubrique con un corte para el recuerdo. Que es el caso… solo a ratos. Porque del mismo modo que me llaman la atención ciertas decisiones (el llamativo uso de guitarras acústicas ), me resulta de nuevo algo mecánica y falta de alma en estrofas. A ratos, también en estribillos. Elegía a mayor gloria del pelirrojo:

“The final curtain falls, a quiet end to it all”

Y tanto que sí.

Para el cierre queda una “Ride The Lightning” que muchos nos preguntamos si era realmente necesaria. Versión (o no, pues él mismo constaba en los créditos como bien sabréis a menos que hayáis aterrizado en este planeta antes de ayer) del clásico que daba nombre al segundo de Metallica, y aquella donde más salen a relucir las (actuales) carencias de Mustaine al micro. Intachable en lo musical, solo cabía esperar eso de una alineación como esta, pero que, pienso ahora, se queda a mil millas del original que Hetfield y compañía grabaran allá por 1984.

Si este es verdaderamente el adiós de la banda, ésta ha venido a firmar el que puede ser su trabajo más flojo (o desequilibrado) en años. Y fíjate que cuando el disco arranca con “Tipping Point” me las prometía felices. Una idea inicial que la apatía de Dave Mustaine, cierto conformismo en la construcción de las canciones, incluso algunas letras algo infantiloides mandaron al cuerno. Una pena. Dirk Verbeuren, que puede ser sin mucho esfuerzo uno de los mejores baterías vivos, deja apenas tres o cuatro detalles memorables a lo largo del álbum. De LoMenzo apenas hay noticias y suerte que entre el pelirrojo y Teemu Mäntysaari han dibujado algunos buenos riffs y mejores solos. Todo, en cualquier caso y ahora mismo lo siento así, muy por debajo de lo que muchos esperaban como elegía a una de las bandas más importantes no ya del thrash sino del heavy metal en general. No diré que me dan ganas de llorar, pero casi. Hasta siempre y gracias por todo.

Texto: David Naves

Reseña: Death By Dissonance «Exile Within» (Autoproducción 2026)

Death by Dissonance provienen de Alemania, concretamente de la ciudad de Luisburgo, y este “Exile Within” que hoy nos traen es el segundo largo de su aún corta trayectoria. Una banda que alcanza 2026 tras diversos cambios en sus filas, arrojando una formación integrada ahora por Jona Davis en voces, J.S. al bajo, Robin Wagner y Dean Zundel en guitarras y Johannes Rupp en baterías. Once temas producidos y mezclados por los propios Davis & Rupp y que vieron la luz, de manera independiente, el pasado mes de febrero.

La intro de corte industrial “Odyssee” nos da la bienvenida. En ella se vislumbra un cierto caos en la distancia, planteando la tensión correcta hasta la irrupción de “Pandemonium”, una de las cartas de presentación de este segundo largo y donde la banda alemana plantea un deathcore fuertemente arreglado, inicialmente acompasado, lejano a la clásica propuesta descosida y vibrante, con ambas voces jugando a alternarse durante las primeras estrofas. Buscando y encontrado buenos grooves, en gran parte sin abusar del breakdown cortado en seco, y planteando como digo un arranque de disco (hasta cierto punto) contrario a la norma.

Para quienes busquen un mayor vértigo, bien está el controlado frenesí de “Fremdkörper”. Rupp vuela en baterías al tiempo que compone unas líneas más que hábiles en un corte tan violento en sus partes más fulgurantes como pesado en las más arrastradas. De nuevo fuertemente arreglado, esos casi omnipresentes colchones sonoros otorgando el ya habitual poso atmosférico a la composición y una buena muestra, en definitiva, de la cara más violenta de estos Death By Dissonance. Aún en su mayor crudeza, aprecio los buenos detalles melódicos de Wagner y Zundel, si bien a ratos resulten un tanto sepultados en la mezcla final. Con eso y con todo, un corte con hechuras de encontrar en el directo su verdadera razón de ser.

Sacrificed”, situada en una encrucijada entre el deathcore rocoso de “Pandemonium” y el mayor vértigo de “Fremdkörper”, trae consigo alguna de las líneas de voz con más gancho de este segundo álbum. Rupp está de nuevo muy fino tras los parches. En especial durante esas partes más groovies, más rompe suelos, y que vienen a contrastar con las más enérgicas, en un clásico y habitual juego de intensidades. Puedo, eso sí, echar en falta un breakdown más marcado que ese que irrumpe previo al epílogo. Por el camino hay estrofas de voces siempre rotas, cuando no oscuras, aunque nunca del todo abisales. En cualquier caso, poco respiro el otorgado al oyente en este sentido.

Imposter”, que salvo la intro inicial “Odyssee” supone el corte más rácano de todo el largo, opta por un core más marcial, cortado al milímetro, de voces realmente agónicas en sus primeras estrofas, y que más adelante transita hacia la cara más violenta y frenética de los alemanes. En ese clásico juego rítmico está la mayor baza de una quinta entrega que quizá ofrezca pocas sorpresas en cuanto a escritura se refiere, esa estructura a modo de montaña rusa (de campana de Gauss si se me permiten el tecnicismo y la pedantería) pero deja por el camino otro buen juego vocal, riffs más que serviciales y un breakdown nada impostado. Me agrada.

Witchcraft” parece arrimarse a las fronteras del death metal más iracundo acompañando, eso sí, de esos cambios de ritmo tan habituales del género. Aquí gana peso la faceta puramente sinfónica del combo, en una onda que bien podría recordar a bandas como Worm Shepherd, Lorna Shore, Shadow of Intent… el caso es que, a la larga, me resulta una de sus entregas más redondas. O, dicho de otro modo, pasa por ser una con la que conecto en gran medida. Los buenos detalles melódicos que acompañan a esas estrofas, una producción que no hierra el tiro en las partes más crudas ni en tampoco las más recargadas. Pero, sobre todo, una escritura que le permite a cada parte individual brillar con luz propia, afianzando así el peso del conjunto. Como digo, una de mis favoritas.

Orpheus’ Gaze” ofrece ahora una pulsión más djent. Sin llegar a la particular muralla sónica de unos Meshuggah pero, desde luego, dando un paso o dos en ese sentido. Es un corte que, a pesar de ese pequeño viraje, no traiciona sus esencias. Alterna un arranque casi monolítico con un metal casi anfetamínico donde vuelve a brillar la dupla Wagner y Zundel. Si algo echo en falta aquí es un mayor desarrollo del curioso puente que plantean. Una buena idea que se queda en tierra de nadie por rácana y fugaz. No es un corte que desprecie, ni mucho menos, pero sí me deja la impresión de que se le podría haber sacado algo más de jugo.

Illusion Of Light” obedece a unas normas muy básicas con ese prólogo arrastrado, algo caótico en cuanto a guitarras y donde la banda, curiosamente, parece más cómoda que nunca. Tras ese arranque poco benévolo surgen de nuevo los Death By Dissonance más incendiarios, componiendo finalmente otro de esos cortes subibaja en los que también se manejan. Para el puente quedan las pocas voces limpias de todo el largo, así como un breakdown (ahora sí) un tanto más ambicioso y un final acomodado aunque servicial.

Las primeras guitarras que irrumpen en “Drowned” y aunque en realidad no tengan nada que ver, siempre me llevan a pensar en “Los” de sus paisanos Rammstein. Superado ese arranque, aquí aparece su vertiente más atmosférica, ofreciendo al oyente un cierto asidero, aún cuando la dupla vocal sigue con su habitual procesión de voces crudas, casi agónicas. Hay riffs pétreos aquí, confrontados a un mayor rigor melódico, lo que por pura colisión termina convergiendo en una de las entregas con más personalidad del largo. También, a buen seguro, una de las más divisoras.

Arrival” es, de inicio, puro deathcore sinfónico. Desatado y violento primero, más orgánico y desnudo después, procurando riffs más serviciales que inteligentes, funcionando (opinión muy subjetiva esta) mejor en estribillos que en estrofas. Cuando desborda la violencia, pienso en unos Bonecarver. Pero aunque ellos no lleguen a la velocidad (absurda) de unos Infant Annihilator, ni falta que hace, lo cierto es que este es uno de esos cortes que ha ido creciendo con el paso de las escuchas. Firme en el nervio y atractivo cuando encuentra una mayor pesadez. Equilibrado, ágil, me agrada.

Elysion” tiene un nosequé que a menudo me recuerda a mis paisanos de Unexpectance. Supone uno, claro, porque las fuentes de unos y otros no dejan de ser las mismas. En cualquier caso un corte final que confronta un metalcore más clásico con su habitual desgarro. Melódico en su punto justo, construyendo buenas líneas de voz y apoyado en una sólida base rítmica, pienso que despide el disco con buena nota.

Cincuenta minutos de música y mucho que recordar. En general encuentro buenos riffs, estructuras en constante cambio, mucho juego entre intensidades y unos apoyos sinfónicos de los que, por lo general, no se abusa. Disco autoproducido como es, uno puede perdonar una producción correcta pero nunca ambiciosa. También es cierto que se podría haber buscado una mayor diversidad en cuanto a voces. Una mayor presencia de registros limpios. Pero cuando todo centrifuga como debe, pienso que cortes como “Witchcraft”, “Drowned”, “Sacrificed” o “Fremdkörper” son más que ganadores. Ni indispensable ni desde luego aburrido, una obra para todo buen fan del deathcore que se precie.

Texto: David Naves

Crónica: Honara + Narwhale (Langreo 1/5/2026)

Narwhale & Honara repetían en la Sala Telva año (y unos meses) después de aquél cuatro de enero de 2025 (crónica). Una buena ocasión para medir la temperatura de unos, comprobar cómo ha sentado el cambio a la voz de los otros. Sí, los primeros siguen enfrascados en el estupendo “El Espacio Interior” aunque miran ya al futuro. Y los segundos estrenan voz en la figura de Lara, quien viene a tomar el testigo de Carmen García. Veamos cómo se dieron las descargas de unos y otros.

Pasan cinco de las nueve cuando “Los Anillos De Saturno” disparan a los Narwhale más tranquilos y atmosféricos. Es un inicio tendido, casi relajado, desde luego a la contra de lo que viene dictando el libro de estilo desde el albur de los tiempos. Pero en una banda como esta, y en especial cuando Aitor Lucena acompaña con sus coros a la voz principal de Javier Fernández, todo encaja. Entre Diego Aparicio y el propio Aitor traman buenos riffs y solos llamativos, acertando a teñir todo de una cualidad casi espacial.

Todo resuena por la Telva como en un ensalmo. Buen sonido del que disfrutó la banda el pasado viernes. En “Océanos De Tiempo”, también de aquél “El Espacio Interior” de 2022. Narwhale transitan con un deje más melancólico imbricado en su particular visión del rock / metal progresivo. Un poso algo más tristón que viene a confluir con esa mayor gravedad final, con el Rickenbacker de cinco cuerdas de Javier retumbando por cada rincón de la sala. A este punto no creo que nadie pueda poner en duda la pericia técnica, me atrevería a decir que incluso el buen gusto, con el que se manejan.

“Suenan guay” exclamaba alguien a mis espaldas. “Nebulosa Barnard 33” deja de entrada uno de mis riffs favoritos y también un mayor músculo progresivo. Largos desarrollos, composición concienzuda y no poca habilidad a la hora de llevarlo todo al directo. Siempre con el pulso firme de Víctor Puente tras baterías. Todo hasta confluir en esa estupenda turné solista entre Diego y Aitor. Y no, ni son la banda más activa arriba de las tablas ni tampoco el escenario de nuestra querida Telva da para mucho más. Pero resultan todo lo concisos y precisos que exige una propuesta como la suya.

La sorpresa entonces iba a llegar con la recuperación del corte que daba título a su álbum de 2019 “Heart Of the Corpse-Whale”, traducido ahora a nuestro idioma, y que dispuso ante nosotros a los Narwhale más tensos y oscuros. También a los más graves y rotundos, con ciertos dejes que por momentos me retrotraían a los primeros álbumes de las luminarias suecas Opeth. La banda vibra, y nosotros con ellos, en un tramo central algo desbocado, muy nervioso, que propulsó al cuarteto hacia su cara más hiriente. Víctor Puente está fantástico a través de la instrumental “Pantanos De Neptuno”, corte con el que el show va abrazando ya su recta final. Ésta invoca en “Los Rojos Vientos De Marte” la mejor cara del cuarteto asturiano. Con Javi llevándosela más que nunca a su terreno en voces y la banda al completo redondeando la que, pienso, es una de sus composiciones definitivas. Desde lo lírico hasta lo musical. Un gran cierre y unos versos que me gusta tener siempre presentes.

Este medio fue testigo de los primeros pasos de Honara, recién estrenado el estupendo “Resemblance”, y vuelve a serlo ahora que la nutrida formación asturiana estrena frontwoman. Lara renueva a la banda, pone voz al habitual maridaje entre rock progresivo y fino post-metal del sexteto y, lo mejor de todo, es que ya desde el comienzo parece plenamente integrada en la disciplina. En los rigores que exige una propuesta como esta.

En el juego entre las voces de la propia Lara y el bajista Antonio Alcaide reside uno de los muchos vértices sobre los que pivota todo su argumentario musical. No, como dije arriba, tampoco es un escenario este que dé para mucho aspaviento. Máxime con una alineación tan numerosa. Pero cuando inundan todo de un mayor rigor progresivo, a ratos pensaba en los ineludibles Tool, todos los engranajes funcionan. De todas maneras, es esta una banda que parece fiar más en la construcción de atmósferas que al desbarre solista más auto indulgente. Por ahí una de las líneas que les separan de sus compañeros de cartel, si bien no son pocas las que los unen.

Lara se presentó a ella misma y nos animó a pasar una buena noche. Alcaide introdujo “Sonar” y entre aires post-metálicos y un deje que, sí, me seguía recordando a la banda de Maynard James Keenan, ellos fueron transitando tranquilos pero seguros. Conscientes en todo momento, o tal parecía, del terreno que pisaban. Sin gestos de cara a la galería. Con una cierta organicidad incluso. Animaron a la gente a acercarse y en “Coil”, intro de teclas mediante, emergió su faceta más atmosférica. Todo sobre una cuidada línea de batería, con la banda alternando entre esa creación de capas y un post-metal elegante, tendido, rebosante de clase. El de Cult Of Luna era un nombre que iba y venía durante la descarga. ¿Lo mejor? Que si en Lara anidaba algún tipo de nerviosismo, que a buen seguro que sí, desde luego apenas se notó. Punto para ella.

Vipassana” son desde luego los Honara más graves y rotundos. Una solidez que magnificó el buen sonido del que disfrutaron. La Sala Telva no es el Movistar Arena (ni falta que hace) pero se agradece que cuiden detalles tan importantes como este. La banda encaró esta recta final decidida a dejar negro sobre blanco su cara más potente. Es algo que ponen de relieve toda vez atacan “The Cage”. Antes, habían quedado sendos agradecimientos a la sala, al técnico de sonido (estupendo trabajo), a sus compañeros de Narwhale… dice mucho de ellos, pienso yo, que se decidieran a cerrar con la que, siento, resulta una de sus composiciones más ambiciosas. Es un cierre que, desde luego, permite vislumbrar de qué es capaz una formación como esta. Solo esperamos que consigan afianzar el actual line up y que el obligado rodaje, el sábado se irían rumbo a tierras madrileñas, entregue los debidos frutos. Crecer y crecer, es así como va esto, por lo que espero que vuelvan a transcurrir otros dieciocho meses hasta que nuestros caminos se crucen de nuevo.

Descarga espejo de aquella que os contamos en enero del pasado año. Dos bandas pertenecientes a generaciones completamente distintas pero unidas por unos cuantos nexos comunes. Juventud y veteranía al servicio de dos de las propuestas más llamativas y personales que la vieja Asturias tiene para ofrecer ahora mismo. Vaya un abrazo para todos ellos, un saludo a los habituales de siempre y ya saben: nos vemos en el siguiente.

Texto: David Naves
Fotos: José Ángel Muñiz

Reseña: Electrikeel «Solve Et Coagula» (Demons Records 2026)

Segundo largo para las huestes thrash pamplonicas Electrikeel, el trío que forman Xabier Recalde en bajo y voz (Arkhos, ex-Evil Killer), Jon Laguna en baterías (ex-Grave Dust, ex-MDO) y Asier Bendoiro en guitarra y voces (ex-Grave Dust). “Solve et Coagula”, que sucede a aquél “Straight Outta Depths” de 2023, se compone de diez cortes grabados, mezclados y finalmente masterizados por el Legen Beltza Ekaitz Garmendia (Altarage, Wormed, Numen, Elizabeltz…). El arte que adorna la portada es obra de Raccooneyes Art, mientras que Ana EG cargó con los diseños del álbum. En la calle vía Demons Records desde el pasado mes de marzo.

Lo mejor de “To The Bitter End” es la inmediatez con la que te introduce en el mojo del álbum. Sin adornos. Solo thrash lacerante, vociferado con toda rabia y conducido sobre riffs más eficaces que vistosos. Ahí funcionan los pequeños escorzos melódicos que exuda la guitarra de Bendoiro. También esas partes más crudas y pesadas, ahí donde emerge, aportando un mayor grosor, el bajo de Recalde. No pasa por ser el corte más técnico del álbum pero es una buena llamada a las armas. Concisa y directa, rematada en su tercio final por un buen solo de guitarra. Desnudo de rítmica, tal y como sonaría en vivo.

Feel The Eel” recoge esa cualidad tan orgánica del primer corte, apostando ahora por un prólogo más pesado y rocoso. Ellos desatan luego su habitual thrash directo y febril, acunando riffs (ahora sí) que no sacrifican una cierta técnica. Es una construcción más abierta y dinámica, con ambas voces jugando a encontrarse sobre buenos cambios de ritmo. Me agrada ese metal lacerante que irrumpe camino del tronco central. El modo en que desarrollan esa pesadez. También cómo el solo arranca, de nuevo, sin el apoyo de una guitarra rítmica, ayudando a amplificar esa faceta tan puramente orgánica de su manera de entender el thrash metal.

En “Egomaniac Frenzy” encontramos alguno de los riffs con más gancho de todo el álbum. Sin perder esa vena tan puramente thrash, lo cierto es que este es un corte que puede resultar algo más fácil de digerir para una gran mayoría. Ya digo, aún cuando los chicos están pariendo metal debidamente flamígero y lacerante. Pero hay una cierta cualidad aquí que la debería convertir, de inmediato, en una fija en sus directos. Algo que el avance tan machacón de su (llamativo) tronco central no hace sino refrendar.

Otra que parece construida con el directo como principio y fin es “Flesh Dematerializer”. Ya desde uno de esos prólogos que parecen llamar al circle pit, Bendoiro está más que hábil a la hora de acometer los distintos riffs. Sin tener una construcción tan cerebral como pueda ser la de “Feel The Eel”, lo cierto es que este es uno de los temas que primero y mejor arraigó en mi subconsciente. Thrash siempre orgánico, cercenado sin ningún tipo de cortapisa y rematado por otro buen solo previo al epílogo. Contundente y sin complejos. Así sí.

Partiendo desde un prólogo de lo más elegante, el tema título “Solve et Coagula”, desata luego una de esas tormentas de thrash violento y cerril tan habitual en el trío, que se arrima aquí incluso a las lindes del black metal (pienso en bandas como Toxic Holocaust, Sabbat, primeros Sodom…), fundiendo rabia y descontento, mal café y técnica, no sin cierta pericia. Y aunque eche en falta un solo más ambicioso (en cuanto a desarrollo) que termine de apuntalar ese tramo final, no me cuesta entender los motivos por los cuales esta quinta entrega terminó por dar nombre al disco al segundo de los pamplonicas.

Me agrada ese aire tan Anthrax que emana del prólogo de “At The Brim Of Madness”. También el modo en que los riffs de Bendoiro se oscurecen después, buscando quizá una mayor enjundia a este sexto corte. El trío afianza aquí ese viraje hacia territorios más extremos que anticipara el tema título. Thrash violento, con la base rítmica de Recalde y Laguna empastada al milímetro. Es un corte que me agrada igualmente por esa construcción tan diversa, enfrentando (colisionando casi) ese nervio más black con un metal más pesado y machacón. Una producción que no escatima en pegada, esas voces siempre agrias, indómitas, y un mayor desarrollo que la media de cortes del álbum. Algo que opera en favor de ese buen solo de guitarra. Lástima de fade out final, eso sí.

Caballo Blanco” pasa por ser uno de los cortes más llamativos de esta nueva hornada. Arranca como un medio tiempo muy marcado por el black metal más orgánico para después perderse en una tormenta de thrash rabioso y directo, marca de la casa. Relativamente breve, no alcanza los cuatro minutos, y sin embargo dueña de uno de los solos menos contenidos de los muchos que Bendoiro ha reunido esta vez. Me agrada y me descoloca casi en la misma medida.

Así las cosas, “Outlaws From Outer Worlds” parece retornar hacia una versión mucho más canónica de Electrikeel. Esto es: mala baba y metal directo, todo a una, con la salvedad de que estamos ante el corte más extenso de los diez. Y desde luego da la sensación de que la banda se ha tomado muy en serio esta octava entrega. El trazo es diverso, ágil, lleno de buenos cambios de ritmo. Éstos se suceden apoyados en buenos riffs de Bendoiro, si bien a ratos echo en falta un bajo que apuntale a la base rítmica en mayor medida. Hay un estupendo solo de guitarra firmemente apoyado en su tronco central, un puente que dará la cara más progresiva del trío y un cierre muy funcional. Si no me engaña la chuleta es el corte más extenso de su (aún corta) discografía y me atrevería a afirmar que han salido más que airosos del envite.

Mysterious Ways”, aunque menos ambiciosa, resulta en un metal de lo más disfrutón. Con un arranque que parece fundir a Motörhead con los Dark Angel más cerriles, luego puede pasar algo inadvertida a estas alturas del disco. En esencia es un corte que sigue las grandes líneas maestras del trío con un Laguna desatado tras los parches. Entremedias emergen buenos (si bien algo tímidos) detalles melódicos, otro notable solo de guitarra y su clásico ataque a dos voces. Funcional.

Para el final queda la violentísima, aunque breve, “Death In Plastic”. Un pildorazo cercano al grind para cerrar, a full de mal café, este buen “Solve et Coagula”.

Rabia sin complejos. Electrikeel no se andan con miramientos. Mucho nervio y poco relajo en un segundo álbum que los emparenta con las formaciones más furibundas del género. Lo que está bien es esa producción angosta pero discernible, esa cualidad tan orgánica de su thrash metal (el álbum da la sensación en muchos momentos de haber sido grabado a puro directo), el trazo ambivalente de cortes como “Feel The Eel” o la mayor ambición que muestran en “Outlaws From Outer Worlds” o “At The Brim Of Madness”. Entremedias hay cortes que me dejan algo frío, otros que incluso me descolocan, pero con eso y con todo un más que interesante álbum de puro thrash metal.

Texto: David Naves