Solo dos miembros, configuración esta cada vez más habitual en el ecosistema rockero, son los que integran la formación post-hardcore/metal mexicana Oshira: Manuel Espinoza en baterías y Ashel en guitarra y voces. Estrenado el 24 de abril, el Ep “Vorágine” supone la primera referencia para ellos. Consta de seis temas que ellos mismos se encargarían de grabar y mezclar para que, posteriormente Brad Boatright se encargara de la consecuente masterización. Todo ello viene adornado por el arte de Ethan Lee McCarthy.
El “Umbral” que uno cruza al comienzo del Ep redunda en una pequeña introducción de desarrollo tranquilo, cierto poso atmosférico y un pequeño build-up final que desemboca en la ruidosa “Saber Desaparecer”. Las propias guitarras de Ashel se llevan por delante sus propias voces aquí. Todo está construido entre alternancias rítmicas y tonales, conjugando el mayor de los desgarros con pausas que atenazan primero y riffs que enganchan después. Un grito desesperado, inmisericorde, que camina a pachas entre screamo lacerante y post-metal atmosférico para una interesante dupla inicial.
Luego “Punto Ciego”, tras apostar en su arranque por una calma muy bien traída, transciende hacia los Oshira más lindantes con el post-metal. Los que, quizá, mejor encaje tienen con el tipo de música que acostumbro a escuchar. Me agrada la gama riffera por la que Ashel ha optado aquí. También el nervio que ofrece Espinoza tras baterías y un sonido global ahora más redondo y compacto. Algo que no hace sino mejorar el empacado final de un corte menos hiriente, más introspectivo, trazado con sumo cuidado y que, pienso, da la mejor cara del dúo como intérpretes.
“Sigilo” entonces nos retorna a los Oshira más ruidosos e hirientes. Pero lo hacen alternando con alguno de los riffs más redondos de todo el Ep. También con furibundas andanadas, doble bombo mediante, donde Espinoza proyecta al dúo hacia las lindes del metal extremo. Del hardcore más furibundo. Todo sin que los riffs de su compañero de fatigas pierdan nunca el foco. El puente le sirve al dúo para descender en busca del desgarro más hiriente, caminando pesado ya hasta el epílogo. Una cascada de sentimientos, con Ashel desgarrando su garganta hasta las últimas consecuencias. Al fin y al cabo “No hay más camino que un último brillo”.
Y no es que “Vorágine” sea un corte alegre. En ningún caso y menos aún si uno se atiene a su aspecto lírico. Pero sí es cierto que en su cuidado prólogo uno vislumbra una mayor luz. Luego la composición se arrima, de nuevo, a su cara más atmosférica. Sobre un paso casi marcial de Espinoza, la composición abrazará el caos controlado en una maraña de sentimientos y riffs nada indolentes. Es este otro de los cortes que más llama mi atención en lo que a guitarras se refiere. La cabra tira al monte, supongo. De igual modo me agrada esa estructura clásica, ese puente bien acomodado en su tramo central y la marcada melancolía que todo desprende camino del epílogo. Estupenda.
Finalmente “Fisura” viene para alternar riffs con nervio y violentas sacudidas de post-hardcore rabioso y desatado. Con un Ashel sonando más desesperado que nunca mientras procura riffs fronterizos y caóticos, el cierre del Ep no podría resonar más negativo por desesperanzado. El caos de su tronco central, la rabia con la que se siente cada golpe de Espinoza a la (sufrida) caja, se agiganta toda vez la composición se encamina hacia sonidos más oscuros, más caóticos. Un epílogo que bien parece el ocaso final de una vida toda vez las esperanzas y motivaciones han quedado extintas.
Mucha rabia y muy poca luz en el debut del dúo. Post-metal/hardcore rabioso, hiriente, a ratos descosido, cargado de sentimientos negativos, rabia, desasosiego… El sonido que desarrollan sorprende de primeras. Esa voz tan hundida en la mezcla en cortes como “Saber Desaparecer”. Pero cuando todo se iguala, “Punto Ciego” y “Sigilo” me parecen buenos cortes. Bien planteados y ejecutados sin ningún tipo de cortapisa, sin que el nervio o ese poso más atmosférico vaya en detrimento de los buenos riffs de Ashel, los firmes golpes de Espinoza. Un Ep echado en manos de la desesperanza. Acérquense a él con cuidado.
Ocho años sin nuevo material de los rockeros clásicos vitorianos The Soulbreaker Company. Se dice pronto. Es esta, huelga decirlo, una vuelta de lo más esperada. Once los temas que componen este “Sins” y que vinieron al mundo en los célebres estudios Electrical Audio de la ciudad de Chicago (Estados Unidos), fundados por el tristemente desaparecido ingeniero Steve Albini. Recordemos que la banda está integrada por Illán Arribas (bajo), Ortiz Domingo (batería), Javier Arteaga (teclas, sintetizadores, pianos…), Daniel Triñanes y Asier Fernández (guitarras) y Jony Moreno (guitarra y voces). El álbum habría de ver la luz el próximo 28 de mayo en CD, vinilo y digital vía Discos Macarras Records.
“Ant Row” y la batería de Ortiz Domingo procuran un inicio de álbum entre tenso y elegante. De guitarras que juegan a conjugar ruido y melodía, crudeza teñida de una cierta melancolía. Sentimiento este que se ve acrecentado toda vez Jony Moreno coloca su peculiar registro sobre las primeras estrofas. Es un arranque tendido, breve (no alcanza los tres y medio sobre el reloj) y que más que mostrar las cartas sobre las que se mueve su sonido, hace por guardarse alguno que otro de los vértices sobre los que pivota la propuesta de los vitorianos. Más una toma de contacto que una llamada de atención, puedo echar en falta un mayor despliegue técnico pero toda su elegancia está presente aquí. Y de qué forma.
“In Rome”, desde luego, viene a aportar un poco más de colmillo. De vértigo incluso. Un rock directamente enraizado en los años setenta y que ofrece, ahora sí, algo más de músculo en lo que a técnica se refiere. Siempre de forma ordenada, sin gestos de cara a la galería, equilibrado y en favor más de la composición que no de egos individuales. Estira su registro Jony Moreno al tiempo que alterna con las cuidadas líneas que traza Javier Arteaga desde las teclas. Todo fluye hasta colisionar en un epílogo en el que no hubiera desdeñado un desarrollo un tanto más ambicioso. Con eso y con todo un corte que disfruto en gran medida.
Después llega “Abd Al-Rahman”, que fuera carta de presentación de este “Sins”, y surgen unos The Soulbreaker Company más ligeros, pero igualmente elegantes, distinguidos incluso. Me gusta esa línea de batería que va trazando Ortiz Domingo sobre las (delicadas) estrofas. El modo en que todo va fluyendo de modo tan natural. De nuevo sin prisas, sin estridencias, con un Jony Moreno fantástico al micro. Es el corte más extenso de los once, lo que no obra en favor de requiebros artificiales ni exageradas demostraciones ególatras. Al contrario. Esa construcción más extensa propicia un crecimiento ordenado, tendido, teñido de una cierta melancolía, y que las guitarras rompen (es un decir) en un solo rebosante de feeling. No sabría decir si es mi tema favorito del álbum pero ciertamente agradece uno esa sensación de que la banda ha echado el resto.
“Jump The Fault Line” sorprende con ese inicio alucinado, tendente a la psicodelia, que después nos devuelve a unos The Soulbreaker Company un tanto más vibrantes. Más juguetones. El nombre de unos viejos conocidos de esta casa como son Zålomon Grass es alguno de los que acuden a mi subconsciente aquí. Ciertamente no iguales pero desde luego pareciera como que unos y otros beben de fuentes similares. Es un corte construido sobre riffs eficaces, que busca una mayor grandilocuencia en su tramo final, habiendo dejado entre medias voces más delicadas que gritonas, transiciones muy cuidadas y de nuevo ese aroma retro tan reconocible y disfrutón.
“Beginning Of The End”, oferta menos extensa de todo “Sins”, busca un rock más ruidoso y hace valer una escucha, a poder ser atenta, con unos buenos auriculares pegados a las orejas. Interesante ese juego entre canales que propicia la producción aquí. Un corte de esos que parece dialogar consigo mismo, construido a base contrapuntos en su primer tercio, de una mayor intensidad en su tramo central y que desembocará en un epílogo más ordenado. Todo sobre las curiosas líneas que traza Javier Arteaga sobre las teclas. Me agrada aún con ese desarrollo tan exiguo.
En “Reaching The Dragon” también saben cómo alternar entre tonalidades. Cómo amalgamar esa calma del prólogo con (leves) desgarros que contribuyen a otra de esas construcciones a dos tiempos, casi colisionando su cara más leve con la más ruidosa, dejando para el puente un cierto aire a los King Crimson más leves y conduciéndose hasta el cierre sobre una nube de rock liviano, nada apresurado, de ese que ataca más el corazón que la cabeza. Fácilmente otra de mis favoritas.
Esa cierta calma viene a contrastar con la más ruidosa “On Jupiter”. A medio camino entre Cream o Led Zeppelin, la banda suena más rocosa aquí. Más nerviosa incluso, con Ortiz Domingo marcando el paso sobre otra estupenda línea de batería. Un corte lleno, trufado de contrastes, donde no falta (ni sobra) nada. Desde los tonos más altos de Jony Moreno, el gancho de esas guitarras de Daniel Triñanes y Asier Fernández, la bien engranada base rítmica de Illán Arribas y Ortiz Domingo o todas y cada una de las diabluras de Javier Arteaga sobre las teclas. Que levante la mano el primero que piense en otros viejos conocidos de H.M.B. como Green Desert Water al transitar por este séptimo corte del álbum. Estupenda. Si el destino es propicio y vuelven por la vieja Asturias, ojalá quepa en su setlist.
“The Right To Hush My Sins”, al tiempo que nos introduce en el tramo final del álbum, nos devuelve una cierta calma durante el prólogo. Apenas un suspiro. Un pequeño descanso. Y es que pronto la composición toma derroteros más ruidosos, cargados de una melancolía muy bien traída, (fenomenal Jony Moreno aquí) y en donde la banda vuelve a trazar un corte que me agrada tanto por composición como por las distintas ejecuciones que lo atraviesan. Las guitarras que juegan bajo las voces en el epílogo, por decir uno.
La sorpresa llega con “Ten Thousand Years”. Aquí la banda, y toda vez cruzamos el umbral de su curioso prólogo, está moviéndose en un terreno más cercano en el tiempo. Hay una cierta oscuridad rodeando a esta novena entrega, que en sus primeras estrofas parece bordear el post-punk más iniciático, para después colisionar con su faceta más ruidosa y, por ahí, construir un corte de lo más llamativo. En cualquier caso y pese a lo rupturista del tono, tampoco siento que la banda se traicione aquí. Al contrario. Máxime cuando estalla ese solo del puente. Diferente, que no peor.
Javier Arteaga está brindando un prólogo de lo más delicado en esta “Road And Bread”. The Soulbreaker Company se envuelven en esta balada / medio tiempo en donde cabe toda sensibilidad, todo buen gusto que son capaces de cosechar. Me agrada además por el modo en que el corte va creciendo en intensidad de cara al tronco central. Con Jony Moreno dejando buenos tonos altos y el mencionado teclista dejando píldoras de su buen hacer a las teclas. Habría sido una estupenda despedida a este “Sin”…
… honor que recae, no obstante, en una “Be On The Run”, donde de nuevo un inicio tranquilo vendrá a chocar con el mayor ruido que proponen después. En ese prólogo hay un tono algo desgastado que me agrada en la misma medida en que lo hace la mayor intensidad que sucede a continuación. Como ya lo hicieran otro cortes dentro del disco (“Beginning Of The End” sin ir más lejos) aquí vuelven sobre otra de esas construcciones alternas en las que tan bien se manejan. Sobre las que parecen tan cómodos. Las voces de Jony Moreno primero y la soltura de las guitarras después arman un epílogo estupendo. Un gran cierre, si me preguntan.
Todo tan orgánico como preveía antes de darle un primer repaso al disco. Todo, después, igual de satisfactorio. Si acaso, mi única pega podría ser que algunos cortes se me quedan algo rácanos en lo que a reloj se refiere. Pero todo su buen hacer, su elegancia, ese toque retro (vintage que se dice ahora) vuelve a manifestarse en poco más de cuarenta minutos de unos The Soulbreaker Company en plena forma. Yendo desde la delicadeza al ruido y todo cuanto habita entre medias. Tejiendo temas llenos de detalles, de los que van ganando peso con las escuchas, que anidan en tu subconsciente y nos recuerdan un tiempo quien sabe si mejor. Estupendo trabajo.
Una leyenda que se extingue. “Megadeth” es, según parece, la última parada en la trayectoria de la legendaria formación norteamericana. Es, al mismo tiempo, la primera para Teemu Mäntysaari (Wintersun), reemplazo del brasileño Kiko Loureiro (ex Angra) en guitarras. En baterías Dirk Verbeuren (The Project Hate MCMXCIX), al bajo James LoMenzo (ex Black Label Society) y, claro, a la voz y guitarra el ínclito Dave Mustaine. Chris Rakestraw junto a los propios Mäntysaari & Mustaine produjeron los once cortes que ocupan esta obra final. Adornado por el arte de Blake Armstrong, el álbum ha visto la luz vía BLKIIBLK Records, sello hermano de Frontiers.
“Tipping Point” es un buen inicio. Seco y contundente. Y aunque no porte riffs extraordinarios, dispone buenos detalles en lo técnico, una producción sólida y un ritmo que recuerda a los mejores Megadeth. Aunque no logre deshacerme de la misma sensación que, en su día, me provocó “Spit Out the Bone” de Metallica: recuerda a sus mejores tiempos pero es, a ratos, tan auto consciente que roza la parodia. Tampoco me malinterpretéis: me parece un más que decente inicio de álbum. Al menos es capaz de decirme algo, cosa que otros cortes apertura recientes del viejo Dave ni alcanzaban.
“I Don’t Care”, si logro deshacerme de esa letra tan infantil, me agrada por el modo en que, a grandes rasgos, me recuerda a una de las obras magnas del americano: “Peace Sells”. Dirk Verbeuren está más que ágil tras los parches. Es el mejor fichaje que ha hecho Mustaine en años y aquí pone de su parte para sacar adelante un corte vivaracho, de riffs más serviciales que ágiles, donde el nivel técnico en cuanto a solos vuelve a estar a buen a la altura. Y aunque ya digo que me cuesta creer que una letra como esta haya sido compuesta por un tipo que el próximo septiembre cumplirá los 65, también pienso que merecía algo más que esos poco más de tres minutos que marca en el reloj.
“Hey, God?” sigue siendo pura idiosincrasia Megadeth. En lo bueno y en lo malo. El riff principal, sin que nadie se haya roto los cuernos en componerlo, tiene ese gancho y esa pegada tan clásica de la banda. Aquí y allá hay buenos adornos entre los versos. Verbeuren está de lo más disfrutón tras los parches. Desde luego uno de los baterías más sólidos que han acompañado a Dave desde la partida del tristemente desaparecido Nick Menza. Todo resulta una plegaria al modo Mustaine. Un diálogo entre este y su Dios, aparentemente ausente, que no obstante sabe sacar lo mejor de la banda en cuanto a despliegue técnico. Me agrada.
Y al menos “Let There Be Shred” hace por insuflar un poco más de nervio al asunto. Orgullosa y absolutamente auto referencial, me funciona de tanto en cuanto parece directamente extraída de las sesiones del indiscutible “Rust In Peace”. Aunque tenga que despegarme de su aspecto lírico, al que encuentro de nuevo un tanto naif, lo cierto es que musicalmente acierta a mantener alto el nivel en cuanto a despliegue técnico se refiere. Al menos mientras Verbeuren transita por las partes más veloces y no tanto en otras que he sentido algo más forzadas. Otro corte que salvo de la quema en cualquier caso.
Entonces llega “Puppet Parade”, Mustaine vira hacia su registro más hosco y empiezan mis problemas con este, aparentemente, último trabajo. No comulgo en gran medida con esas estrofas casi susurradas. Pero es que tampoco con unos estribillos mecánicos, sin atisbo alguno de alma. Y es una pena porque, al menos en lo puramente musical, su puente central sorprende con tonos algo más alternativos, que quizá recuerden al periplo noventero de la banda, aquél que entregara álbumes como el recordado por unos, odiado por otros “Youthanasia”. Pero a grandes rasgos (y aunque la sección solista vuelva a estar a la altura) me resulta un corte muy carente de chispa.
“Another Bad Day” resulta llamativa, al menos, por ese fuerte poso melódico del prólogo. Y Dave vuelve a poner algo más de ímpetu en voces. No como para recordar al de sus mejores tiempos, tampoco es cuestión de exigirle tanto a estas alturas del cuento, pero sí que con un poco más de nervio e incluso pasión. Lo que no quita para que el corte en su conjunto, no deje de sentirse (otra vez) algo mecánico y sin alma. Como digo él hace un mayor esfuerzo tras el micro. Pero ni por estructura, ni por los solos que alberga en su tronco central resulta un corte capaz de capturar mi atención. ¿Me habré vuelto yo demasiado exigente con estas viejas glorias? ¿Por qué esto iba a ser mejor que, yo que sé, el nuevo de Exodus?. Aquél puede que tampoco sea el mejor trabajo de Gary Holt y compañía, pero al menos han probado a hacer cosas distintas. A llevar su thrash metal un par de pasos más allá. Todo lo contrario a lo que sucede aquí.
“Made To Kill”, y su prólogo a mayor gloria del belga Dirk Verbeuren, puede ser lo más digno de esta segunda mitad del disco. De trazo sencillo que no simple, de ritmos vivos y riffs a un rato inteligentes, al otro de lo más serviciales, funciona del mismo modo como vehículo para enseñar la pericia técnica de la banda y también de testigo de que el viejo Dave, cuando le da la gana, aún es capaz de trazar cortes de metal candente, vigoroso incluso, al nivel de otros tantos músicos de su misma generación. No descarto que, con el paso de los meses, acaba siendo mi favorita de las diez (más una).
“Obey The Call” borra pronto esa sonrisa. Mustaine vuelve a esos tonos casi anodinos de “Puppet Parade” y el corte, a grandes rasgos, vuelve a ser incapaz de capturar un mínimo de mi atención. Ni siquiera me parece que las melodías con las que el de La Mesa se acompaña en los distintos versos sean dignas de un álbum de Megadeth. Y suerte que, al menos, alguna de las distintas secciones solistas que trazan aquí poseen un mínimo de alma y nervio. Pero es que estamos hablando del que no deja de ser el álbum homónimo de la banda. El que se supone que es el último trabajo de una leyenda de esto. Con razón hay fans a quienes les resulta dolorosa la sola escucha del álbum. Y no les culpo.
Pero la que me duele especialmente es “Obey The Call”, que desaprovecha su elegante prólogo en pos de otro desarrollo mecánico, tenue, casi indolente, con Dave vocalizando con una desidia, una apatía impropias del hombre que una vez comandó la que fue, fácilmente, la banda más avanzada del género. Supongo que el tiempo a todos nos alcanza. Cuatro minutos largos que parecen diez y recuerdan a los peores momentos de unos Metallica post “Death Magnetic”. Ni siquiera ese epílogo acelerado y vistoso en lo solista logra sacarme del sopor.
“I Am War”, que levante la mano quien este prólogo no le recuerda a Accept, al menos tiene ciertos riffs con gancho. Dave vuelve a cantar sin grandes pretensiones. Pero al menos se reviste de buenas melodías bajo estribillos y permite que LoMenzo gane ciertos enteros en la mezcla. Ese mayor empaque de la base rítmica opera en favor del corte en general. La banda suena más sólida ahora, si bien es otro corte que, desde el punto de vista gramático, no viene a ofrecer grandes sorpresas, engarzando con ese espíritu algo dejado de los últimos trabajos de Mustaine. Cumpliendo con el expediente, al menos.
“The Last Note” es la despedida final. Un Dave más hosco y oscuro que de costumbre nos recibe en el prólogo. Nada de tristes baladas. Si va a decir adiós, que éste se rubrique con un corte para el recuerdo. Que es el caso… solo a ratos. Porque del mismo modo que me llaman la atención ciertas decisiones (el llamativo uso de guitarras acústicas ), me resulta de nuevo algo mecánica y falta de alma en estrofas. A ratos, también en estribillos. Elegía a mayor gloria del pelirrojo:
“The final curtain falls, a quiet end to it all”
Y tanto que sí.
Para el cierre queda una “Ride The Lightning” que muchos nos preguntamos si era realmente necesaria. Versión (o no, pues él mismo constaba en los créditos como bien sabréis a menos que hayáis aterrizado en este planeta antes de ayer) del clásico que daba nombre al segundo de Metallica, y aquella donde más salen a relucir las (actuales) carencias de Mustaine al micro. Intachable en lo musical, solo cabía esperar eso de una alineación como esta, pero que, pienso ahora, se queda a mil millas del original que Hetfield y compañía grabaran allá por 1984.
Si este es verdaderamente el adiós de la banda, ésta ha venido a firmar el que puede ser su trabajo más flojo (o desequilibrado) en años. Y fíjate que cuando el disco arranca con “Tipping Point” me las prometía felices. Una idea inicial que la apatía de Dave Mustaine, cierto conformismo en la construcción de las canciones, incluso algunas letras algo infantiloides mandaron al cuerno. Una pena. Dirk Verbeuren, que puede ser sin mucho esfuerzo uno de los mejores baterías vivos, deja apenas tres o cuatro detalles memorables a lo largo del álbum. De LoMenzo apenas hay noticias y suerte que entre el pelirrojo y Teemu Mäntysaari han dibujado algunos buenos riffs y mejores solos. Todo, en cualquier caso y ahora mismo lo siento así, muy por debajo de lo que muchos esperaban como elegía a una de las bandas más importantes no ya del thrash sino del heavy metal en general. No diré que me dan ganas de llorar, pero casi. Hasta siempre y gracias por todo.
Death by Dissonance provienen de Alemania, concretamente de la ciudad de Luisburgo, y este “Exile Within” que hoy nos traen es el segundo largo de su aún corta trayectoria. Una banda que alcanza 2026 tras diversos cambios en sus filas, arrojando una formación integrada ahora por Jona Davis en voces, J.S. al bajo, Robin Wagner y Dean Zundel en guitarras y Johannes Rupp en baterías. Once temas producidos y mezclados por los propios Davis & Rupp y que vieron la luz, de manera independiente, el pasado mes de febrero.
La intro de corte industrial “Odyssee” nos da la bienvenida. En ella se vislumbra un cierto caos en la distancia, planteando la tensión correcta hasta la irrupción de “Pandemonium”, una de las cartas de presentación de este segundo largo y donde la banda alemana plantea un deathcore fuertemente arreglado, inicialmente acompasado, lejano a la clásica propuesta descosida y vibrante, con ambas voces jugando a alternarse durante las primeras estrofas. Buscando y encontrado buenos grooves, en gran parte sin abusar del breakdown cortado en seco, y planteando como digo un arranque de disco (hasta cierto punto) contrario a la norma.
Para quienes busquen un mayor vértigo, bien está el controlado frenesí de “Fremdkörper”. Rupp vuela en baterías al tiempo que compone unas líneas más que hábiles en un corte tan violento en sus partes más fulgurantes como pesado en las más arrastradas. De nuevo fuertemente arreglado, esos casi omnipresentes colchones sonoros otorgando el ya habitual poso atmosférico a la composición y una buena muestra, en definitiva, de la cara más violenta de estos Death By Dissonance. Aún en su mayor crudeza, aprecio los buenos detalles melódicos de Wagner y Zundel, si bien a ratos resulten un tanto sepultados en la mezcla final. Con eso y con todo, un corte con hechuras de encontrar en el directo su verdadera razón de ser.
“Sacrificed”, situada en una encrucijada entre el deathcore rocoso de “Pandemonium” y el mayor vértigo de “Fremdkörper”, trae consigo alguna de las líneas de voz con más gancho de este segundo álbum. Rupp está de nuevo muy fino tras los parches. En especial durante esas partes más groovies, más rompe suelos, y que vienen a contrastar con las más enérgicas, en un clásico y habitual juego de intensidades. Puedo, eso sí, echar en falta un breakdown más marcado que ese que irrumpe previo al epílogo. Por el camino hay estrofas de voces siempre rotas, cuando no oscuras, aunque nunca del todo abisales. En cualquier caso, poco respiro el otorgado al oyente en este sentido.
“Imposter”, que salvo la intro inicial “Odyssee” supone el corte más rácano de todo el largo, opta por un core más marcial, cortado al milímetro, de voces realmente agónicas en sus primeras estrofas, y que más adelante transita hacia la cara más violenta y frenética de los alemanes. En ese clásico juego rítmico está la mayor baza de una quinta entrega que quizá ofrezca pocas sorpresas en cuanto a escritura se refiere, esa estructura a modo de montaña rusa (de campana de Gauss si se me permiten el tecnicismo y la pedantería) pero deja por el camino otro buen juego vocal, riffs más que serviciales y un breakdown nada impostado. Me agrada.
“Witchcraft” parece arrimarse a las fronteras del death metal más iracundo acompañando, eso sí, de esos cambios de ritmo tan habituales del género. Aquí gana peso la faceta puramente sinfónica del combo, en una onda que bien podría recordar a bandas como Worm Shepherd, Lorna Shore, Shadow of Intent… el caso es que, a la larga, me resulta una de sus entregas más redondas. O, dicho de otro modo, pasa por ser una con la que conecto en gran medida. Los buenos detalles melódicos que acompañan a esas estrofas, una producción que no hierra el tiro en las partes más crudas ni en tampoco las más recargadas. Pero, sobre todo, una escritura que le permite a cada parte individual brillar con luz propia, afianzando así el peso del conjunto. Como digo, una de mis favoritas.
“Orpheus’ Gaze” ofrece ahora una pulsión más djent. Sin llegar a la particular muralla sónica de unos Meshuggah pero, desde luego, dando un paso o dos en ese sentido. Es un corte que, a pesar de ese pequeño viraje, no traiciona sus esencias. Alterna un arranque casi monolítico con un metal casi anfetamínico donde vuelve a brillar la dupla Wagner y Zundel. Si algo echo en falta aquí es un mayor desarrollo del curioso puente que plantean. Una buena idea que se queda en tierra de nadie por rácana y fugaz. No es un corte que desprecie, ni mucho menos, pero sí me deja la impresión de que se le podría haber sacado algo más de jugo.
“Illusion Of Light” obedece a unas normas muy básicas con ese prólogo arrastrado, algo caótico en cuanto a guitarras y donde la banda, curiosamente, parece más cómoda que nunca. Tras ese arranque poco benévolo surgen de nuevo los Death By Dissonance más incendiarios, componiendo finalmente otro de esos cortes subibaja en los que también se manejan. Para el puente quedan las pocas voces limpias de todo el largo, así como un breakdown (ahora sí) un tanto más ambicioso y un final acomodado aunque servicial.
Las primeras guitarras que irrumpen en “Drowned” y aunque en realidad no tengan nada que ver, siempre me llevan a pensar en “Los” de sus paisanos Rammstein. Superado ese arranque, aquí aparece su vertiente más atmosférica, ofreciendo al oyente un cierto asidero, aún cuando la dupla vocal sigue con su habitual procesión de voces crudas, casi agónicas. Hay riffs pétreos aquí, confrontados a un mayor rigor melódico, lo que por pura colisión termina convergiendo en una de las entregas con más personalidad del largo. También, a buen seguro, una de las más divisoras.
“Arrival” es, de inicio, puro deathcore sinfónico. Desatado y violento primero, más orgánico y desnudo después, procurando riffs más serviciales que inteligentes, funcionando (opinión muy subjetiva esta) mejor en estribillos que en estrofas. Cuando desborda la violencia, pienso en unos Bonecarver. Pero aunque ellos no lleguen a la velocidad (absurda) de unos Infant Annihilator, ni falta que hace, lo cierto es que este es uno de esos cortes que ha ido creciendo con el paso de las escuchas. Firme en el nervio y atractivo cuando encuentra una mayor pesadez. Equilibrado, ágil, me agrada.
“Elysion” tiene un nosequé que a menudo me recuerda a mis paisanos de Unexpectance. Supone uno, claro, porque las fuentes de unos y otros no dejan de ser las mismas. En cualquier caso un corte final que confronta un metalcore más clásico con su habitual desgarro. Melódico en su punto justo, construyendo buenas líneas de voz y apoyado en una sólida base rítmica, pienso que despide el disco con buena nota.
Cincuenta minutos de música y mucho que recordar. En general encuentro buenos riffs, estructuras en constante cambio, mucho juego entre intensidades y unos apoyos sinfónicos de los que, por lo general, no se abusa. Disco autoproducido como es, uno puede perdonar una producción correcta pero nunca ambiciosa. También es cierto que se podría haber buscado una mayor diversidad en cuanto a voces. Una mayor presencia de registros limpios. Pero cuando todo centrifuga como debe, pienso que cortes como “Witchcraft”, “Drowned”, “Sacrificed” o “Fremdkörper” son más que ganadores. Ni indispensable ni desde luego aburrido, una obra para todo buen fan del deathcore que se precie.
La leyenda británica Deep Purple lanzará al mercado el 3 de julio a través de su sello habitual Earmusic un nuevo disco de estudio bajo el título «SPLAT!«.
01 The Only Horse In Town 02 Sacred Land 03 Ghost In The Machine 04 Mercury Rising 05 Echoes Of The Colosseum 06 SPLAT! 07 Midnight Revelations 08 Neon Horizon 09 The Last Stand 10 Final Curtain Call
De nuevo con la producción de Bob Ezrin, el disco promete recuperar el sonido más potente y directo del grupo. En palabras de Ian Gillan, este nuevo álbum conecta con la energía y dinámica de clásicos como “Highway Star” o “Smoke On The Water”, reivindicando el espíritu de los años 70. El álbum vira a una obra conceptual concebida por Gillan que plantea el fin de la humanidad no como destrucción, sino como transformación. El lanzamiento llegará acompañado de una extensa gira mundial con 86 conciertos en 28 países, que incluye 6 paradas en nuestros escenarios (Gredos, Pamplona, Málaga, Jerez, Barcelona y Madrid). Entradas disponibles a través del siguiente enlace: https://www.getrock.es/conciertos/deep-purple
Segundo largo para las huestes thrash pamplonicas Electrikeel, el trío que forman Xabier Recalde en bajo y voz (Arkhos, ex-Evil Killer), Jon Laguna en baterías (ex-Grave Dust, ex-MDO) y Asier Bendoiro en guitarra y voces (ex-Grave Dust). “Solve et Coagula”, que sucede a aquél “Straight Outta Depths” de 2023, se compone de diez cortes grabados, mezclados y finalmente masterizados por el Legen BeltzaEkaitz Garmendia (Altarage, Wormed, Numen, Elizabeltz…). El arte que adorna la portada es obra de Raccooneyes Art, mientras que Ana EG cargó con los diseños del álbum. En la calle vía Demons Records desde el pasado mes de marzo.
Lo mejor de “To The Bitter End” es la inmediatez con la que te introduce en el mojo del álbum. Sin adornos. Solo thrash lacerante, vociferado con toda rabia y conducido sobre riffs más eficaces que vistosos. Ahí funcionan los pequeños escorzos melódicos que exuda la guitarra de Bendoiro. También esas partes más crudas y pesadas, ahí donde emerge, aportando un mayor grosor, el bajo de Recalde. No pasa por ser el corte más técnico del álbum pero es una buena llamada a las armas. Concisa y directa, rematada en su tercio final por un buen solo de guitarra. Desnudo de rítmica, tal y como sonaría en vivo.
“Feel The Eel” recoge esa cualidad tan orgánica del primer corte, apostando ahora por un prólogo más pesado y rocoso. Ellos desatan luego su habitual thrash directo y febril, acunando riffs (ahora sí) que no sacrifican una cierta técnica. Es una construcción más abierta y dinámica, con ambas voces jugando a encontrarse sobre buenos cambios de ritmo. Me agrada ese metal lacerante que irrumpe camino del tronco central. El modo en que desarrollan esa pesadez. También cómo el solo arranca, de nuevo, sin el apoyo de una guitarra rítmica, ayudando a amplificar esa faceta tan puramente orgánica de su manera de entender el thrash metal.
En “Egomaniac Frenzy” encontramos alguno de los riffs con más gancho de todo el álbum. Sin perder esa vena tan puramente thrash, lo cierto es que este es un corte que puede resultar algo más fácil de digerir para una gran mayoría. Ya digo, aún cuando los chicos están pariendo metal debidamente flamígero y lacerante. Pero hay una cierta cualidad aquí que la debería convertir, de inmediato, en una fija en sus directos. Algo que el avance tan machacón de su (llamativo) tronco central no hace sino refrendar.
Otra que parece construida con el directo como principio y fin es “Flesh Dematerializer”. Ya desde uno de esos prólogos que parecen llamar al circle pit, Bendoiro está más que hábil a la hora de acometer los distintos riffs. Sin tener una construcción tan cerebral como pueda ser la de “Feel The Eel”, lo cierto es que este es uno de los temas que primero y mejor arraigó en mi subconsciente. Thrash siempre orgánico, cercenado sin ningún tipo de cortapisa y rematado por otro buen solo previo al epílogo. Contundente y sin complejos. Así sí.
Partiendo desde un prólogo de lo más elegante, el tema título “Solve et Coagula”, desata luego una de esas tormentas de thrash violento y cerril tan habitual en el trío, que se arrima aquí incluso a las lindes del black metal (pienso en bandas como Toxic Holocaust, Sabbat, primeros Sodom…), fundiendo rabia y descontento, mal café y técnica, no sin cierta pericia. Y aunque eche en falta un solo más ambicioso (en cuanto a desarrollo) que termine de apuntalar ese tramo final, no me cuesta entender los motivos por los cuales esta quinta entrega terminó por dar nombre al disco al segundo de los pamplonicas.
Me agrada ese aire tan Anthrax que emana del prólogo de “At The Brim Of Madness”. También el modo en que los riffs de Bendoiro se oscurecen después, buscando quizá una mayor enjundia a este sexto corte. El trío afianza aquí ese viraje hacia territorios más extremos que anticipara el tema título. Thrash violento, con la base rítmica de Recalde y Laguna empastada al milímetro. Es un corte que me agrada igualmente por esa construcción tan diversa, enfrentando (colisionando casi) ese nervio más black con un metal más pesado y machacón. Una producción que no escatima en pegada, esas voces siempre agrias, indómitas, y un mayor desarrollo que la media de cortes del álbum. Algo que opera en favor de ese buen solo de guitarra. Lástima de fade out final, eso sí.
“Caballo Blanco” pasa por ser uno de los cortes más llamativos de esta nueva hornada. Arranca como un medio tiempo muy marcado por el black metal más orgánico para después perderse en una tormenta de thrash rabioso y directo, marca de la casa. Relativamente breve, no alcanza los cuatro minutos, y sin embargo dueña de uno de los solos menos contenidos de los muchos que Bendoiro ha reunido esta vez. Me agrada y me descoloca casi en la misma medida.
Así las cosas, “Outlaws From Outer Worlds” parece retornar hacia una versión mucho más canónica de Electrikeel. Esto es: mala baba y metal directo, todo a una, con la salvedad de que estamos ante el corte más extenso de los diez. Y desde luego da la sensación de que la banda se ha tomado muy en serio esta octava entrega. El trazo es diverso, ágil, lleno de buenos cambios de ritmo. Éstos se suceden apoyados en buenos riffs de Bendoiro, si bien a ratos echo en falta un bajo que apuntale a la base rítmica en mayor medida. Hay un estupendo solo de guitarra firmemente apoyado en su tronco central, un puente que dará la cara más progresiva del trío y un cierre muy funcional. Si no me engaña la chuleta es el corte más extenso de su (aún corta) discografía y me atrevería a afirmar que han salido más que airosos del envite.
“Mysterious Ways”, aunque menos ambiciosa, resulta en un metal de lo más disfrutón. Con un arranque que parece fundir a Motörhead con los Dark Angel más cerriles, luego puede pasar algo inadvertida a estas alturas del disco. En esencia es un corte que sigue las grandes líneas maestras del trío con un Laguna desatado tras los parches. Entremedias emergen buenos (si bien algo tímidos) detalles melódicos, otro notable solo de guitarra y su clásico ataque a dos voces. Funcional.
Para el final queda la violentísima, aunque breve, “Death In Plastic”. Un pildorazo cercano al grind para cerrar, a full de mal café, este buen “Solve et Coagula”.
Rabia sin complejos. Electrikeel no se andan con miramientos. Mucho nervio y poco relajo en un segundo álbum que los emparenta con las formaciones más furibundas del género. Lo que está bien es esa producción angosta pero discernible, esa cualidad tan orgánica de su thrash metal (el álbum da la sensación en muchos momentos de haber sido grabado a puro directo), el trazo ambivalente de cortes como “Feel The Eel” o la mayor ambición que muestran en “Outlaws From Outer Worlds” o “At The Brim Of Madness”. Entremedias hay cortes que me dejan algo frío, otros que incluso me descolocan, pero con eso y con todo un más que interesante álbum de puro thrash metal.
De nuevo a través del sello norteamericano Small Stone Records verá la luz el 19 de junio «Eerie Meadows» el tercer álbum de estudio para los ovetenses Green Desert Water. Compuesto por 8 temas la formación compuesta por Kike Sanchís (guitarra y voz), Juan Arias (bajo) y Dani Bárcena (batería) nos presenta un trabajo grabado y mezclado por Sergio Tutu en Tutu Estudios, coproducido por Diego Martínez y Sergio Tutu y finalmente masterizado por Chris Goosman en Baseline Audio Labs (Michigan).
Con portada y artwork obra de Ossobuko Studio, el álbum cuenta con diseño adicional por Alexander Von Weiding y coros de Álvaro Bárcena. Apenas 37 minutos de duración para un disco que explora desde la inicial de «Northern Lights» hasta el cierre «Meteora» temas como la pérdida, el poder primigenio y la supervivencia espiritual. Dueños de un estilo propio el nuevo trabajo trae consigo un paso adelante en su característica fusión de psicodelia intensa y melodías arraigadas en los 70’s, expresando de forma fluida la fuerza del grunge y las vibras más boogies. «The Blacksmith» es su primer sencillo promocional y puede escucharse a continuación:
El lanzamiento en CD y formato digital contará con una edición limitada de 200 copias en vinilo azul de 180 gr. con salpicaduras naranjas y verdes disponible ya la reserva a través del bandcamp del sello.
Un nuevo comienzo para la iguana. Jero Ramiro abandonaba la disciplina de la banda el pasado mes de enero, dando pie a que el peruano Charlie Parra del Riego, quien ya girara con el cuarteto por tierras americanas, fuera finalmente quien pasara a ocuparse de las seis cuerdas. Junto al de Lima siguen el bajista de toda la vida Niko del Hierro, la voz de Tete Novoa y la batería de Arnau Martí. El álbum se grabó en los New Life Studios de su Madrid, con los ArwenJosé Garrido y Daniel Melián a cargo de la producción. Asimismo, éste último corrió también con las tareas de mezcla. Enrique Soriano sería el encargado finalmente de masterizar los diez cortes en Crossfade Mastering (Valencia). En la calle desde el 24 de abril vía Maldito Records.
El caso es que el disco no pierde el tiempo y va directo al grano. “Inteligencia artificial (IA)”, sí, unos Saratoga en estado puro, ofrece una buena muestra de la cara más melódica de la banda. Novoa arremete con su ya clásico registro y completa unas estrofas, pienso, bien pensadas y construidas. Un estribillo marca de la casa, una producción más que correcta y buenos cambios de ritmo en los engarces entre coro y estrofas. Parra despacha un buen primer solo y, en resumen, resulta un primer corte que no creo sorprenda ni tampoco decepcione.
“A Toda Velocidad” se arrima sin remedio a la cara más power de la banda. Esa que ha ido y viniendo especialmente en trabajos más recientes con Novoa al frente. Parra exhibe músculo solista ya desde el prólogo mientras Martí y del Hierro aportan la contundencia debida. Firmes, sólidos, sin florituras, más serviciales que vistosos. Un corte para que Novoa deslice sus bien conocidos tonos altos y la banda, en conjunto, facture uno de esos cortes con visos a funcionar como un verdadero tiro en directo. El frenético solo de Parra, a tono con el corte que lo alberga, puede ser fácilmente uno de mis favoritos de todo el largo.
“Silencio” pone de relieve entonces a los Saratoga más pesados, casi oscuros, en una onda que me viene recordando al (pienso que) algo infravalorado “El Clan De La Lucha”. Novoa está definitivamente más grave al abordar estas estrofas. Hay riffs de Parra que se ennegrecen en consecuencia. Y, al final, uno solo echa en falta un desarrollo algo mayor que apuntale alguna de las buenas ideas que la banda ofrece aquí. Con eso y con todo, me agradan las melodías que el propio Parra acomoda bajo muchos de los versos. O cómo del Hierro se guarda un pequeño escorzo antes del solo de guitarra, quien sale una vez más que airoso con un buen desarrollo técnico.
“Alma De Cristal” viene a entroncar con la larga tradición de baladas / medios tiempos de la banda madrileña. Del arranque elegante, muy hard rockero, a esas primeras estrofas apenas a guitarra acústica y voz. Una voz, la de Tete Novoa, que ofrece aquí una de sus interpretaciones más redondas, realizada sobre un aspecto lírico de lo más reconocible. En primera instancia es un corte más funcional que vistoso. Casi académico en ese crescendo que va dibujando, pero donde me cuesta conectar con el solo que dibuja Parra. Para el cierre quedan pequeños detalles sinfónicos, un piano muy bien metido y esos coros casi gospel del mismo epílogo. No puedo decir que la desprecie en su totalidad. Tampoco que me entusiasme.
Y da igual porque “Vientos De Libertad” vuelve a traer a los Saratoga más clásicos. Una de esas composiciones donde la banda deja la sensación de sentirse más que cómoda. Novoa rasga en estrofas y sube hasta tonos imposibles estribillos. De nuevo clásico pero muy funcional. El bajo de del Hierro gana no poco peso aquí. Junto con Martí ofrece una base rítmica, consistente, y es que gustos de cada cual al margen, rara vez fallan en esto. Tampoco lo hace Parra con otro solo donde vuelve a ofrecer su mejor cara. Una lírica, diría más que ninguna otra de todo el largo, que no podría resultar más auto reivindicativa. Pura idiosincrasia Saratoga, desde luego.
“Alma Perdida” ofrece un buen prólogo al que siguen hábiles melodías por parte de Parra. Por eso me sorprende que los riffs que trama después sean serviciales, casi utilitarios, mientras Novoa conjuga esa interpretación algo más oscura a lo “Silencio” para desembocar en un buen estribillo. Y digo bueno por el modo en que el de Pinto no necesita de tonos imposibles, más bien al contrario. Un Novoa más contenido, más terrenal y quizá otro de los cortes que podrían funcionar de cara al directo. Estupendo epílogo con Parra adornando los tonos, ahora sí, más altos de Novoa. Me agrada, me funciona.
Parra se mostrará de nuevo efusivo en el prólogo de “Basta Ya De Horror”. El corte juega a alternar el poso más clásico de las estrofas con el mayor nervio de los estribillos. Todo bajo una letra antibelicista, reivindicativa al modo Saratoga, que si bien no me atrapa, entronca con la más pura tradición del cuarteto. En cualquier caso resulta un corte muy fiel al ya extenso legado de los madrileños. Buenos cambios de ritmo, un Parra más que hábil (estupendo ese solo del tramo central) y Novoa doblando voces aquí y allá. Me convence solo a ratos.
“Todo Acabó”, marcada desde el prólogo por una llamativa labor de Martí tras baterías, es otro de los cortes más sorprendentes del álbum. Sin llegar a desprenderse del sonido más clásico de la banda logra sonar algo más oscura al tiempo que desliza un mayor nervio en lo técnico. Y aunque todo esto venga aparejado a un aspecto lírico que no me agrade del todo, no deja de resultar una canción que oxigena y amplifica el rango sonoro del álbum.
Niko del Hierro toma las labores vocales en “Te Vistes De León”, otra de las que viene a entroncar con el espíritu más sucio y a la vez clásico. La más breve de las diez, muestra de nuevo a un Parra más que hábil a las seis cuerdas. Todo se acompaña de un aspecto lírico que, no quisiera yo decir que está dedicado a las cuitas del bajista para con Jero Ramiro, pero desde luego la sensación que ofrece es esa. La más breve de las diez y la que, presumo, hará correr más “ríos de tinta” que diría aquél.
Regresa Novoa al micro para la final “Somos Fuego”, que me resulta un cierre más que hábil. Lo primero porque tiene, a mi juicio, uno de los mejores estribillos del disco. También por lo hábil que está del Hierro a la hora de acompañar a Martí en base rítmica. Parra traza un muy buen solo antes de un puente de corte casi atmosférico, con un gran trabajo de Novoa en voces. Fue el primer corte que escuché perteneciente a este nuevo disco y también el que más ha crecido desde entonces. Tal vez porque, por algún motivo, me recuerda a “Buscando El Perdón”, una de mis favoritísimas dentro del basto catálogo de los madrileños. Gran cierre.
No siento ahora mismo que el disco sea un diez pero desde luego que, tras la traumática salida de Jero Ramiro de la disciplina de la banda, servidor contaba con enfrentar un desastre y, siento ahora mismo, “En Estado Puro” dista mucho de la catástrofe, por mucho que haya ideas y propuestas con las que aún me cueste conectar. Aprecio no obstante esa cierta suciedad que irrumpe a veces, lo integrado que parece ya Charlie Parra del Riego, por ahí quedan unos cuantos solos de mérito, amén del desempeño de un Tete Novoa que sigue a gran nivel. Es un frontman que, me consta, despierta tanto filias como fobias, pero a fuerza de ser justos, aquí vuelve a parecer en su salsa. En el agudo más alto pero también en los tonos más oscuros. Niko del Hierro, puro oficio, deja una gran labor a las cuatro cuerdas, amén de uno de los cortes más llamativos (aunque sea por motivos extra musicales) de todo el largo y, junto con Arnau Martí, construye una más que eficiente base rítmica. Heavy metal de toda la vida, con sus trazas de power & hard de siempre y una banda que, treinta años de carrera, se dice pronto, no piensa levantar el pie del acelerador. Ni tan mal, oiga.
Regreso al largo de los asturianos Sound Of Silence. Y un disco que trae como novedad el salto lírico del español al inglés, con todo lo que ello supone. Es el primer trabajo, además, para Nague (guitarras) y Viti (bajo). Junto a ellos siguen el también AneumaJorge Rodríguez (batería), Rubo (guitarras) y Nefta (voz), quien además graba, mezcla y masteriza estas ocho nuevas composiciones en sus Breakdown Studios de Gijón. “A New Level Of Suffering” vio la luz el pasado 21 de abril.
“Empty Abyss” emerge lenta y elegante. Un piano que se eleva, uso arreglos que afinan un pulso casi cinemático. Introducción breve, sinfónica, que habrá de dar pie a una inmisericorde y contundente “Life After Magma”. Un pildorazo de apenas dos minutos con Jorge Rodríguez marcando el paso a un death rabioso aunque no exento de una cierto poso melódico. Metal extremo, que reconduce después de que la banda entregara su cara más lindante con el black metal en el anterior Ep “Primvs Capite”.
“A New Level Of Suffering” afianza esa vuelta al melodeath, y lo hace con recetas que son bien conocidas entre los fans del quinteto: baterías fulgurantes, riffs con un fuerte poso melódico y un Nefta que, aún en su casi perpetuo desgarro, sabe moverse hábil entre registros. Todo suena potente pero discernible. Los Breakdown Studios siguen creciendo y esta banda con ellos. Es un corte que me agrada por construcción, por la cantidad de requiebros que dibuja, así como por una base rítmica poderosa y bien empastada. Luego llega el puente, con el buen solo primero y ese avanzar más pesado después. Marca de la casa. De ahí al cierre adoptan ese metal incendiario del comienzo, si acaso con una pizca más de melodía pero también de desgarro. Estupenda.
Esa alternancia entre registros de Nefta se amplifica en una “Sorrowful Above The Earth” que, de nuevo, vuelve a poner de relieve a los S.O.S. más feroces. Jorge Rodríguez comanda con pulso firme desde baterías. Alterna ritmos vivos con blast beats incesantes, mientras Nague y Rubo acometen verdaderas diabluras desde las guitarras. Es la receta clásica del combo, lo que no quita para que sorprenda la fuerza con que aún afrontan sus composiciones. De igual manera me agrada la construcción de estribillos, lo diversos que resultan en cuanto a ritmos. Luego hay secciones solistas interesantes a modo de engarces y un trazo que solo se despegará de esos ritmos siempre tan vibrantes camino del epílogo. Siento a la banda en plena forma aquí.
“Agonizing Souls” viene para ofrecer la cara más pesada, casi machacona, de estos Sound Of Silence. Un corte un poco a la contra del álbum, que apuesta por un paso, a cierto punto, casi marcial. Nague y Rubo están no poco finos a la hora de construir las distintas melodías, mientras que un Nefta más rotundo que de costumbre, acierta a jugar entre registros camino de estribillos. Me agrada por el modo en que oxigena a este quinto disco, y que se reserva un metal más directo para el puente. Casi el negativo de otros cortes dentro de este nuevo nivel de sufrimiento.
“Ritual Massacre”, claro, responde ahora regresando a la cara más salvaje y violenta de los asturianos. Ni tres minutos donde el quinteto se desfoga con una composición directa, sin ambages ni complejos, con Nefta poniendo todo el picante posible. A ratos en voces tan agudas que no resultarían raras comparaciones con gente como Dani Filth (Cradle Of Filth) o Joe Stamps (Ba’al, Hecate Enthroned). Sacrificada en gran medida a esa visión más fulgurante, con un Jorge Rodríguez desbocado tras baterías y muy pocos miramientos en general, apenas se permite un ligero impás previo al epílogo. No deja títere con cabeza que diría un clásico.
Qué elegante el prólogo de “The Cosmos Devourer”. Pueden ser estos los Sound Of Silence que más arraigados parecen en aquél viraje hacia posiciones más black que marcó su anterior Ep “Primvs Capite”. Un corte que, asimismo, me agrada por lo diverso de su composición. Por las libertades que acierta a tomarse con respecto a otros cortes del tracklist. Todo ello sin tampoco hacer concesiones de ningún tipo, pero acertando a diversificar una propuesta, si bien ahora algo moderada, igualmente extrema y nada vacilante. Estupendo el solo que adorna el puente y eficaz esa conducción apesadumbrada que conduce hasta el cierre. Puede ser fácilmente la que más ha ido creciendo con las distintas escuchas.
A medio camino entre los Sound Of Silence más académicos y los más cercanos al black metal se sitúa el cierre “Uncertainty / Path To Hope”, que puede ser fácilmente el corte más elegante de los ocho. Hay un gran trabajo de Nague y Rubo en cuanto a melodías. Especialmente en todo su primer tercio, ahí donde la banda se conduce sin prisas, sin abandonar tampoco su habitual metal conciso y febril, pero conduciéndose ahora con una mayor pausa. Para el puente queda incluso ese poso más melancólico que inunda no pocos cortes a lo largo de su ya dilatada trayectoria, mientras que el cierre acierta a fundir un deje más intimista (si se quiere) con una mayor rabia. Todo engrana finalmente para dejar un ante epílogo redondo, que me agrada en gran medida, y un cierre de aires casi oníricos. Magnífica.
Va a hacer veinte años de su primera referencia como banda, el largo “La Casa De Los Lamentos”, pero el pie sigue en la tabla. Al tiempo que las líricas adoptan ahora el inglés como eje transmisor de las canciones, éstas vuelven hacia unas influencias más cercanas al melodeath del que venían haciendo gala hasta el mencionado Ep de 2022. Cada vez menos metalcore, no esta ya una banda que sienta la necesidad de injertar breakdwons cada dos minutos, Sound Of Silence abrazan más que nunca el metal extremo, con todo cuanto ello supone. Hay buenos riffs, diversidad en lo compositivo, que alterna cortes directos y furibundos con otros más retorcidos, más recargados incluso, dejando siempre un sonido potente pero nítido. Todo está puesto al servicio de apenas media hora de metal rabioso y contundente, pero también elegante y casi hasta distinguido. Véanse los minutos finales. Ni aflojan ni pinta a que vayan a hacerlo de aquí a un tiempo. Y yo que me alegro.