Reseña: Killdozer «Merciless Violence» (The Fish Factory 2026)

Facu y David en guitarras, Leo en baterías, Gonzalo al bajo y Ángel en voces conforman Killdozer, quinteto sevillano de rugiente thrash metal, y que acaba de editar vía The Fish Factory su segundo largo “Merciless Violence”, producido por la propia formación sevillana y con Leo Peña (Jotunstudio) encargado de grabación, mezcla y master.

怒る (Okoru)”, con colaboración a las teclas de Valeria Gassol, ofrece una pequeña dosis de calma antes de que los chicos desaten la tormenta. Sin obviar un (pienso que indisimulado) deje a unos Slayer del “South Of Heaven”, todo desemboca en un tema título, “Merciless Violence”, que desde luego viene a hacer honor a su nombre. Violencia despiadada la que proponen aquí, con un registro, el de Ángel, lindante con el metal extremo. Directos y sin ataduras, bordeando el speed metal más cerril y acelerando camino de estribillos. Me funcionan esos engarces entre las distintas partes. Riffs concisos, sin complicaciones pero con gancho. Es después que la banda equilibra ese nervio con un avanzar más pesado, más thrash, para desembocar en un buen primer solo de guitarra. Receta clásica, qué duda cabe, pero de lo más funcional.

Apostada en ese thrash más pesado, destilando un groove más marcado, “For Your Nation” hace por extraer la cara más técnica del quinteto. Tanto en esa pesadez inicial como en esas andanadas más violentas de las primeras estrofas, con ese aire a los primeros Dark Angel. Brama Ángel al micro, pero si alguien brilla sobremanera aquí es Leo Losada. En la velocidad y también en los cambios de ritmo, me parece que está trazando una línea de batería no poco hábil. La producción de su tocayo es todo lo orgánica y sucia que cabe esperar de un álbum de thrash como este. Incluso caben pequeños dibujos de Gonzalo desde el bajo. Directa e intrincada a la vez, culminada en una sección solista de lo más pintona. Pesadez del prólogo al margen, son casi seis minutos de agresión sin descanso. Bien trazada y, pienso, mejor ejecutada si cabe.

Después llega “Concrete”, corte más extenso de los ocho, y que parte desde un prólogo, reposado y tranquilo, que no le anda muy lejos a los ídem de unos Metallica post “Death Magnetic”. La banda opta ahora por una mayor calma, con el bajo de Gonzalo altísimo en la mezcla. Tras ese metal más apaciguado, surgen por igual el Ángel más grave y los Killdozer más directos y rotundos. Incansable Leo tras baterías y una buena construcción de esas primeras estrofas. Por contra, pueden no ser estos los estribillos con más gancho de todo “Merciless Violence”. Lo que no les falta, en cualquier caso, es la obligada carga de agresividad y, sí, violencia. De ahí en adelante me agrada cómo conjugan una vena más próxima al speed metal con su habitual thrash zapatillero. La sección solista, nada comedida y que parece conducirse sobre un cierto caos, en cierto modo me recuerda al tristemente desaparecido Jeff Hanneman. No da nombre al disco pero, desde luego, pasa por ser la composición más ambiciosa del mismo.

No Salvation”, en cierto modo, resulta más terrenal, algo más ordenada. David y Facu están trazando riffs con gancho en esas tempranas estrofas, que vendrán a contrastar con otros más veloces en estribillos. Un clásico juego entre nervio y pesadez, bien equilibrado y con toda la pinta de funcionar como un tiro en directo. Otro solo, lejano de cualquier viso de cordura, acoge su tronco central. La sorpresa llegará en el epílogo: el cambio de idioma, el contraste entre voces y ese groove nada disimulado. Llamativo, cuanto menos.

Call Of The Void”, que “怒る (Okoru)” al margen pasa por el tema más rácano de los ocho, propone, claro, a los Killdozer más directos. Más intensos que rabiosos en estrofas, llevados siempre por la firme batería de Leo Losada. El trazo, con el (estupendo) solo colocado en el corazón mismo de la composición, de nuevo puede pecar recurrente, máxime tratándose de un álbum de thrash metal. No esconde, de todos modos, la eficacia de sus riffs ni ese registro en voces (a ratos) un tanto más limpio. Puro nervio sevillano.

No cambia mucho el cuento para esta postrera “The Black Cell”, pero ayuda el que venga apoyada en una gama riffera con tanto gancho y pegada. Hay voces muy encabronadas aquí, eficaces cambios de ritmo y partes a puro blast beat. Un corte apenas por encima de los cuatro minutos pero capaz rebelarse como una composición diversa aún en ese discurso tan directo y frontal. El buen solo que ocupa su tronco central, me resulta la guinda perfecta. Me gusta la forma que le dan a esas exhibiciones solistas, máxime en unos tiempos, lo he dicho muchas veces, en que parece premiarse el solo breve y contenido. Killdozer, en esto como en otras tantas cosas, parecen jugar a la contra.

La final “Hell On Wheels” cierra desde un prólogo tranquilo, calmado, que bien podría recordar a los Pantera más bajos de revoluciones. Luego y toda vez la distorsión lo inunda todo, esta octava entrega se descubre como otro de esos cortes atractivos desde el papel. Diverso en cuanto a ritmos, tejido entre riffs que fluctúan entre el groove y la pesadez para desembocar en un mayor nervio. Todo ayuda a construir otro corte llamativo, que lo mismo me recuerda a Anthrax en esas partes con el bajo altísmo en la mezcla que a unos Exodus (eras Rob Dukes). Una despedida en la que queda la impresión de que la banda ha disfrutado como nunca.

En uno de los discos de thrash estatal más cerriles que han alcanzado estas líneas, y a día de hoy ya son unos cuantos, Killdozer han hecho y no poco por plasmar toda su sapiencia técnica. Está presente en muchos de los riffs sobre los que construyen las canciones. También en unos cuantos solos. Por contra, cierto es que hay temas de trazo algo predecible. Pero cuando se atreven a buscarle las cosquillas al género, aciertan con cortes como “Concrete” o “For Your Nation”. Voces rabiosas, el pequeño guiño crossover de “No Salvation” o esa dupla inicial tan resultona. Un álbum tan sutil como calmar un incendio derramando barriles de keroseno.

Texto: David Naves

Reseña: Balsa De Piedra «Vanitas» (The Fish Factory 2026)

Gótico sureño el que hoy nos llega de la mano de The Fish Factory. El quinteto sevillano Balsa de Piedra concita hoy nuestra atención con un segundo largo al que otorgan el nombre de “Vanitas”. La banda se compone de la dupla Moisés Hidalgo & Ángel M. Ramírez en guitarras, la base rítmica del bajista Raúl Schilperoort y el batería Manuel Juscar (al mando también de los sintes) y la voz de Juan Ríos (quien también corre con la maquetación y el arte). Esta segunda obra vino al mundo de la mano de Leo Peña en el Jotun Studio y cuenta con las colaboraciones de Cristina Serrano (voces en “Ad Astra”) y Miguel Palou (violín en “Finis Gloriae Mundis”).

Me gusta todo cuanto tiene de orgánico la introducción “Omnia Vanitas”. Breve, concisa incluso, apoyada en unas guitarras que, de inmediato, nos sumergen en el tono general de la grabación. “Soma” arranca después, y lo hace con una cierta calma. Es el corte más largo de los diez, procurando una escritura que parte desde ese quejumbroso bajo del prólogo hacia una composición de lo más diversa. Aquí me engancha el riff, con ese inequívoco deje a lo Black Sabbath, amén de un aspecto vocal adherido a esas fuertes influencias góticas del quinteto. Una mayor grandilocuencia acoge a los estribillos. Asimismo, me agrada el solo que sigue por cuanto éste tiene de atmosférico dentro de la grabación. Un corte lleno de contrastes, tejido sin prisas, bien armado. El aspecto lírico puede despistar a más de uno. En mi caso, y no descarto vaya a ser el único, me recuerda al segundo largo de mis paisanos Narwhale, salvando cuantas diferencias hay en lo musical entre unos y otros. El buen solo que antecede al epílogo apuntala la que, pienso, es una más que llamativa dupla inicial.

In Vino Veritas” toma entonces un rumbo más vivaracho, recogiendo un sonido algo más Type O Negative y mostrando por el camino una construcción más tradicional. Un corte con corpus de single, donde la banda transita un camino más acomodado, de mayor enganche con el común de los mortales, apoyado en una producción diáfana, bien equilibrada y con un Juan Ríos ahora en tonos más altos. Quizá no alcance a desprender aquella sensualidad arrebatada (a veces humorística, a otras totalmente autoconsciente) del tristemente desaparecido Peter Steele pero un corte que me engancha en cualquier caso.

La caverna” me engancha ya desde el mismo prólogo. Es un arranque pleno de atmósfera, tenso, que destapará luego, como ya hiciera “Soma”, la cara más doom de los sevillanos. De nuevo creo que el riff en que apoyan este metal más pesado tiene enjundia suficiente. Quizá no encuentre el mismo peso en aquél que conforma los estribillos. En cualquier caso, me agrada mucho su aspecto lírico aquí…

Arde la piedra por la tiranía de la gravedad. Carne y cadenas es la geografía de la soledad

… así como unos arreglos que le otorgan una personalidad muy especial a esta cuarta entrega. Hay ideas aquí que bien podrían tener cabida en álbumes de gente como Paradise Lost o My Dying Bride, convenientemente tamizadas por la particular personalidad de la banda. En el tramo final, por contra, todo parece recoger un aire más cercano a unos Héroes del Silencio, con ese ritmo más vivaracho y, muy especialmente, esa interpretación de Juan Ríos, no muy lejana del ínclito Enrique Bunbury. El broche final, por contra, llevará a Balsa de Piedra hacia su vertiente más nerviosa y trotona. Ni que decir tiene que otra de mis favoritas.

El prólogo de “Estatua de Sal” busca ahora un tiento más melódico en guitarras. De nuevo un corte vivaracho, con un pie dentro del gótico y otro en el doom más casual. Me gustan mucho estas primeras estrofas. La desnudez inicial, los buenos riffs que enseñan después. Por ahí vuelve a sobrevolar esa influencia tan Héroes. El estribillo creo puede ser uno de los más efectivos de todos cuantos la banda introduce en “Vanitas”. Después de todo, ha sido otra de las cartas de presentación de este segundo largo. Engancha sin tampoco resultar manido. Con eso y con todo, echo en falta un solo que termine de apuntillar ese paso al epílogo. O tal vez no. Y es que al fin y al cabo: “… no hay nada tan bello como una ruina”.

Alter Ego” es otro de esos cortes que vienen a amplificar el rango sonoro del álbum. Tiene un arranque taimado, casi lindante con el post-punk más al uso, que más adelante dará paso a unos estribillos con Juan Ríos muy seguro en los tonos más altos. Brilla en todo momento el bajo de Raúl Schilperoort. Tanto en la pura demostración técnica como a la hora de acompañar las partes más calmadas. También mientras ofrece apoyo a la estupenda sección solista del tramo final. Entre medias una letra intimista (“vagabundo dentro de las fronteras de la piel”) y uno de los cortes que más llama mi atención en lo que a producción se refiere. Para nada un single al uso y, sin embargo y en un gesto que, creo, dice mucho de ellos, fue una de las cartas de presentación de este segundo largo.

Un segundo esfuerzo al que da nombre esta “Vanitas”, que amenaza con una mayor oscuridad durante el prólogo, procurando que supure la cara más doom del quinteto. Apenas un pequeño guiño antes de que aparezcan los Balsa de Piedra más vivarachos. En esas partes más vivas, el de Candlemass puede ser un nombre recurrente. Pero el corte aún acogerá después un mayor nervio, con un esforzado Manuel Juscar tras baterías. Una de las canciones más diversas en cuanto a escritura se refiere, que rima con el doom más casual sin que ello signifique perder colmillo. Aún cuando me agrada, sí siento que alguna que otra idea que irrumpe aquí bien merecía algo más de desarrollo.

“Ad Astra”, con colaboración de Cristina Serrano en voces, vuelve a fluctuar entre el gothic y un cierto aire post-punk para conformar un corte sobrado de gancho. Armado con buenos estribillos, Juan Ríos está de lo más elegante aquí, la banda no teme irse a una duración mayor, algo que permite a la composición desperezarse y respirar. Por contra, sigo pensando que los coros del puente, algo atenuados en la mezcla final, merecían algo más de punch. Por contra, me agrada en buena medida el solo que surge a continuación. No me desagrada en ningún caso pero bien es cierto que congenio en mayor medida con otros cortes dentro del disco.

Años de Dolor” es un interesante juego entre la balada y el medio tiempo, de construcción clásica, muy funcional, donde lo mismo uno encuentra ecos (lejanos) de Sôber que a Juan Ríos en una de sus interpretaciones más efervescentes. En contraste surgen guitarras leves, con Raúl Schilperoort brillando una vez más desde el bajo. Puede que queden “años de dolor hasta alcanzar el reino que se nos prometió”, pero qué duda cabe que ese vagar por el “desierto de la desolación” se hace más llevadero con cortes como este. Ojo al cambio de tono final.

El cierre es para “Finis Gloriae Mundis”. Un corte de inicio tenso, destacado por el violín de Miguel Palou, y donde la banda juega ahora sobre una batería electrónica (si mis oídos no me engañan) para construir, finalmente una última entrega profundamente llamativa. Oscura a su manera, de voces que a veces son poco más que un susurro, mientras Juan Ríos ofrece su interpretación más flamenca (de nuevo, salvando las distancias) de todo “Vanitas”. El solo de su tramo final, y que a ciertos rasgos me recuerda al inalcanzable Guthrie Govan, no podría funcionar mejor. Estupendo cierre, si me preguntan.

Un buen segundo disco el de los sevillanos. No son muchos los álbumes de gothic rock/metal que nos llegan pero, siempre que lo hacen, parecen albergar no poca calidad. Balsa de Piedra han ofrecido un segundo largo repleto de buenas composiciones, grabado (aparentemente) con no poco mimo y donde el leit motiv principal parece el de construir buenas canciones por encima de cualquier otra consideración. El solo hecho de que algo como “Alter Ego” fuese elegido como uno de los adelantos creo que habla y no precisamente mal acerca de esto. Cabe destacar además el libreto tan elegante que acompaña al CD, en esto no acostumbra a fallar la buena gente de The Fish Factory, remate perfecto al ramillete de buenas canciones que el quinteto ha sacado adelante.

Texto: David Naves

Reseña: Oshira «Vorágine»

Solo dos miembros, configuración esta cada vez más habitual en el ecosistema rockero, son los que integran la formación post-hardcore/metal mexicana Oshira: Manuel Espinoza en baterías y Ashel en guitarra y voces. Estrenado el 24 de abril, el Ep “Vorágine” supone la primera referencia para ellos. Consta de seis temas que ellos mismos se encargarían de grabar y mezclar para que, posteriormente Brad Boatright se encargara de la consecuente masterización. Todo ello viene adornado por el arte de Ethan Lee McCarthy.

El “Umbral” que uno cruza al comienzo del Ep redunda en una pequeña introducción de desarrollo tranquilo, cierto poso atmosférico y un pequeño build-up final que desemboca en la ruidosa “Saber Desaparecer”. Las propias guitarras de Ashel se llevan por delante sus propias voces aquí. Todo está construido entre alternancias rítmicas y tonales, conjugando el mayor de los desgarros con pausas que atenazan primero y riffs que enganchan después. Un grito desesperado, inmisericorde, que camina a pachas entre screamo lacerante y post-metal atmosférico para una interesante dupla inicial.

Luego “Punto Ciego”, tras apostar en su arranque por una calma muy bien traída, transciende hacia los Oshira más lindantes con el post-metal. Los que, quizá, mejor encaje tienen con el tipo de música que acostumbro a escuchar. Me agrada la gama riffera por la que Ashel ha optado aquí. También el nervio que ofrece Espinoza tras baterías y un sonido global ahora más redondo y compacto. Algo que no hace sino mejorar el empacado final de un corte menos hiriente, más introspectivo, trazado con sumo cuidado y que, pienso, da la mejor cara del dúo como intérpretes.

Sigilo” entonces nos retorna a los Oshira más ruidosos e hirientes. Pero lo hacen alternando con alguno de los riffs más redondos de todo el Ep. También con furibundas andanadas, doble bombo mediante, donde Espinoza proyecta al dúo hacia las lindes del metal extremo. Del hardcore más furibundo. Todo sin que los riffs de su compañero de fatigas pierdan nunca el foco. El puente le sirve al dúo para descender en busca del desgarro más hiriente, caminando pesado ya hasta el epílogo. Una cascada de sentimientos, con Ashel desgarrando su garganta hasta las últimas consecuencias. Al fin y al cabo “No hay más camino que un último brillo”.

Y no es que “Vorágine” sea un corte alegre. En ningún caso y menos aún si uno se atiene a su aspecto lírico. Pero sí es cierto que en su cuidado prólogo uno vislumbra una mayor luz. Luego la composición se arrima, de nuevo, a su cara más atmosférica. Sobre un paso casi marcial de Espinoza, la composición abrazará el caos controlado en una maraña de sentimientos y riffs nada indolentes. Es este otro de los cortes que más llama mi atención en lo que a guitarras se refiere. La cabra tira al monte, supongo. De igual modo me agrada esa estructura clásica, ese puente bien acomodado en su tramo central y la marcada melancolía que todo desprende camino del epílogo. Estupenda.

Finalmente “Fisura” viene para alternar riffs con nervio y violentas sacudidas de post-hardcore rabioso y desatado. Con un Ashel sonando más desesperado que nunca mientras procura riffs fronterizos y caóticos, el cierre del Ep no podría resonar más negativo por desesperanzado. El caos de su tronco central, la rabia con la que se siente cada golpe de Espinoza a la (sufrida) caja, se agiganta toda vez la composición se encamina hacia sonidos más oscuros, más caóticos. Un epílogo que bien parece el ocaso final de una vida toda vez las esperanzas y motivaciones han quedado extintas.

Mucha rabia y muy poca luz en el debut del dúo. Post-metal/hardcore rabioso, hiriente, a ratos descosido, cargado de sentimientos negativos, rabia, desasosiego… El sonido que desarrollan sorprende de primeras. Esa voz tan hundida en la mezcla en cortes como “Saber Desaparecer”. Pero cuando todo se iguala, “Punto Ciego” y “Sigilo” me parecen buenos cortes. Bien planteados y ejecutados sin ningún tipo de cortapisa, sin que el nervio o ese poso más atmosférico vaya en detrimento de los buenos riffs de Ashel, los firmes golpes de Espinoza. Un Ep echado en manos de la desesperanza. Acérquense a él con cuidado.

Texto: David Naves

Reseña: El Altar Del Holocausto «Ecos» (Autoproducción 2026)

Desaparecer, renovarse, regresar, trascender. “Ecos” promete nuevos rumbos en la trayectoria de los salmantinos El Altar Del Holocausto, la formación que integran Reaper Model en batería y percusión, Sky Bite al bajo, sintetizadores y efectos más la dupla Weasel Joe y Reverb Myles en guitarras. Este nuevo trabajo lo integran seis cortes grabados y masterizados en los Metropol Estudios (Madrid). Todo el aspecto artístico del álbum ha sido trazado por el propio Reaper Model.

Volta” envuelve al oyente en uno de esos inicios clásicos en el cuarteto. Aquí se manifiesta, y lo hace pronto, esa faceta melódica en la que tan bien se han manejado siempre. Ruido y melodía, una marcada melancolía y un prólogo, en líneas generales, que parece continuar donde lo dejara aquél “T R I N I D A D” de 2021. ¿O no? La composición, pienso que de un modo muy natural y nada mecánico, va acogiendo una mayor gravedad. Conduciendo hacia terrenos más oscuros, profundos, a los que impregnarán de una cierta luz más adelante. La calma de su tronco central alude directamente al centro de nuestras emociones. Cálido, tendido, reposando en su encarnación más pura antes de eclosionar camino del epílogo. Puede no ser, en lo que a estructura se refiere, el corte más avanzado de los seis. En cualquier caso me agrada como apertura, máxime con esos solos tan cuidados del tramo último.

Luego “Ecos”, que fuera carta de presentación de esta nueva andadura, creo concita todo lo que les ha llevado a ser nombre de referencia del género en nuestro país: la elegancia desbordada del prólogo, con esa intersección entre líneas tan idiosincrática. Un corte donde los cambios de intensidad se suceden cual directos a la mandíbula. Ni son sutiles ni lo pretenden. Profundizan en la cara más atmosférica del cuarteto, teñidos siempre de esa cierta melancolía sin resultar (pienso ahora) nada melosos o engolados. Me agrada la levedad que impregna todo el puente central, pero sobre todo, el modo en que este contrasta con el solo que nos llevará hasta el cierre, y que en esa cierta contención con la que se conduce, puede pasar por uno de mis favoritos de todo el largo.

Shídài” provoca entonces el gran punto de ruptura. Un Altar del Holocausto de una gravedad casi desconocida, intenso y vibrante, con Reaper Model marcando ritmo con firmeza desde baterías. Pese a todo, un corte que no elude el habitual compromiso de la banda con esas tonalidades más nostálgicas, más leves, pero que aquí no obstante se conducen enmarañadas en un pequeño caos controlado. Un corte que supura una mayor oscuridad, que se verá luego contrapuesta a uno de esos engarces tranquilos en los que tan bien se manejan. Y es que donde todo arrancó con ruido, ahora surgen parajes tranquilos, guitarras prístinas. Rock casi traslúcido. Un cierto descanso antes de que otro buen solo vuelva a quebrar ese descanso. Furia controlada, conducida hasta el epílogo en un hábil ejercicio de equilibrio entre luz y oscuridad. Estupenda.

El Reaper Model más enérgico insufla un mayor colmillo a esta “Sterna”. Aquí los chicos regresan a esa cara más vibrante y aguerrida, concitando un acercamiento al metal más ruidoso, que deriva aquí sin remisión hacia terrenos más alternativos (si cabe), convirtiendo a esta cuarta entrega en la más llamativa de las seis. Y tampoco es que oculten sus habituales señas de identidad. Esos parajes remansados, apaciguados incluso. Pero cuando la furia regresa, esta lo hace desatada y sin cadenas, llevando el al oyente hacia su versión más encorajinada del cuarteto. Me agradan los riffs de esas partes más iracundas, siento que podrían funcionar como un tiro en directo. Las partes más calmas, así como esas guitarras del epílogo, sirven para apreciar el buen sonido que los Metropol Estudios han extraído de los chicos. Me parece un temazo, francamente.

Con “Vórtice” estamos ante el corte más extenso del nuevo álbum. Otro que, de nuevo, vuelve a acoger durante el prólogo sonoridades algo desconocidas en la carrera del cuarteto. Diría que tienen incluso un cierto aire grunge de no estar, como están, contrapuestas a sus guitarras limpias de siempre. Luego desatan un groove llevado por riffs graves, rocosos, donde irrumpirá un cierto caos en melodías, lo que les propulsa hacia nuevos horizontes sin, por ello, perder su característico sonido. Una vez más, y son unas cuantas a lo largo de “Ecos”, un fino ejercicio de equilibrio entre intensidad, ruido y melancolía. El tronco central se entrega a un post-rock liviano, de nuevo casi cristalino, que se conducirá entre parajes tranquilos, casi oníricos, de una belleza incontestable. De nuevo surge la buena producción de la que gozan estos temas. En esa calma de ensueño pero también en el músculo con el que despiden esta penúltima entrega. Huelga decirlo pero una de esas composiciones que, particularmente con unos buenos auriculares y la atención puesta en cada detalle, en cada guiño, ganan una barbaridad con el paso de las escuchas. Palabra.

Recuerdo”, la calma después de la tormenta, explora entonces su cara más nostálgica. Una última entrega en la que todo resulta, en cierto modo, acomodado, tranquilo, luminoso incluso, donde hasta la batería de Reaper Model no deja de desprender una cierta levedad. Una despedida desde la calma y el sosiego, no exenta de introspección, y aunque no venga al caso (de aquí a unos meses), ideal para sobrellevar estos rigores veraniegos que nos asolan.

Han cambiado las túnicas por el traje pero la propuesta sigue igual de firme que siempre. Huérfanos de todo su anterior imaginario religioso, el post-rock (o post-metal, tanto da) del cuarteto sigue gozando de buena salud. En lo compositivo y también en lo emocional, con momentos en los que, ya digo que a pesar de las altas temperaturas de los últimos días, son capaces de erizarme la piel. El sonido que han extraído de ellos los Metropol Estudios tiene gran parte de culpa, pero también la forma en que conjugan intensidad y nostalgia, luz y oscuridad, en unas señas de identidad muy propias tanto del género como de la banda que nos ocupa. Una música que, un disco más, vuelve a transmitir toda una riada de sensaciones sin hacer uso de una sola palabra. Finalmente, tan extrañamente magnéticos como nos tenían acostumbrados. Qué bueno que volvisteis.

Texto: David Naves

Reseña: The Soulbreaker Company «Sin» (Discos Macarras Records 2026)

Ocho años sin nuevo material de los rockeros clásicos vitorianos The Soulbreaker Company. Se dice pronto. Es esta, huelga decirlo, una vuelta de lo más esperada. Once los temas que componen este “Sins” y que vinieron al mundo en los célebres estudios Electrical Audio de la ciudad de Chicago (Estados Unidos), fundados por el tristemente desaparecido ingeniero Steve Albini. Recordemos que la banda está integrada por Illán Arribas (bajo), Ortiz Domingo (batería), Javier Arteaga (teclas, sintetizadores, pianos…), Daniel Triñanes y Asier Fernández (guitarras) y Jony Moreno (guitarra y voces). El álbum habría de ver la luz el próximo 28 de mayo en CD, vinilo y digital vía Discos Macarras Records.

Ant Row” y la batería de Ortiz Domingo procuran un inicio de álbum entre tenso y elegante. De guitarras que juegan a conjugar ruido y melodía, crudeza teñida de una cierta melancolía. Sentimiento este que se ve acrecentado toda vez Jony Moreno coloca su peculiar registro sobre las primeras estrofas. Es un arranque tendido, breve (no alcanza los tres y medio sobre el reloj) y que más que mostrar las cartas sobre las que se mueve su sonido, hace por guardarse alguno que otro de los vértices sobre los que pivota la propuesta de los vitorianos. Más una toma de contacto que una llamada de atención, puedo echar en falta un mayor despliegue técnico pero toda su elegancia está presente aquí. Y de qué forma.

In Rome”, desde luego, viene a aportar un poco más de colmillo. De vértigo incluso. Un rock directamente enraizado en los años setenta y que ofrece, ahora sí, algo más de músculo en lo que a técnica se refiere. Siempre de forma ordenada, sin gestos de cara a la galería, equilibrado y en favor más de la composición que no de egos individuales. Estira su registro Jony Moreno al tiempo que alterna con las cuidadas líneas que traza Javier Arteaga desde las teclas. Todo fluye hasta colisionar en un epílogo en el que no hubiera desdeñado un desarrollo un tanto más ambicioso. Con eso y con todo un corte que disfruto en gran medida.

Después llega “Abd Al-Rahman”, que fuera carta de presentación de este “Sins”, y surgen unos The Soulbreaker Company más ligeros, pero igualmente elegantes, distinguidos incluso. Me gusta esa línea de batería que va trazando Ortiz Domingo sobre las (delicadas) estrofas. El modo en que todo va fluyendo de modo tan natural. De nuevo sin prisas, sin estridencias, con un Jony Moreno fantástico al micro. Es el corte más extenso de los once, lo que no obra en favor de requiebros artificiales ni exageradas demostraciones ególatras. Al contrario. Esa construcción más extensa propicia un crecimiento ordenado, tendido, teñido de una cierta melancolía, y que las guitarras rompen (es un decir) en un solo rebosante de feeling. No sabría decir si es mi tema favorito del álbum pero ciertamente agradece uno esa sensación de que la banda ha echado el resto.

Jump The Fault Line” sorprende con ese inicio alucinado, tendente a la psicodelia, que después nos devuelve a unos The Soulbreaker Company un tanto más vibrantes. Más juguetones. El nombre de unos viejos conocidos de esta casa como son Zålomon Grass es alguno de los que acuden a mi subconsciente aquí. Ciertamente no iguales pero desde luego pareciera como que unos y otros beben de fuentes similares. Es un corte construido sobre riffs eficaces, que busca una mayor grandilocuencia en su tramo final, habiendo dejado entre medias voces más delicadas que gritonas, transiciones muy cuidadas y de nuevo ese aroma retro tan reconocible y disfrutón.

Beginning Of The End”, oferta menos extensa de todo “Sins”, busca un rock más ruidoso y hace valer una escucha, a poder ser atenta, con unos buenos auriculares pegados a las orejas. Interesante ese juego entre canales que propicia la producción aquí. Un corte de esos que parece dialogar consigo mismo, construido a base contrapuntos en su primer tercio, de una mayor intensidad en su tramo central y que desembocará en un epílogo más ordenado. Todo sobre las curiosas líneas que traza Javier Arteaga sobre las teclas. Me agrada aún con ese desarrollo tan exiguo.

En “Reaching The Dragon” también saben cómo alternar entre tonalidades. Cómo amalgamar esa calma del prólogo con (leves) desgarros que contribuyen a otra de esas construcciones a dos tiempos, casi colisionando su cara más leve con la más ruidosa, dejando para el puente un cierto aire a los King Crimson más leves y conduciéndose hasta el cierre sobre una nube de rock liviano, nada apresurado, de ese que ataca más el corazón que la cabeza. Fácilmente otra de mis favoritas.

Esa cierta calma viene a contrastar con la más ruidosa “On Jupiter”. A medio camino entre Cream o Led Zeppelin, la banda suena más rocosa aquí. Más nerviosa incluso, con Ortiz Domingo marcando el paso sobre otra estupenda línea de batería. Un corte lleno, trufado de contrastes, donde no falta (ni sobra) nada. Desde los tonos más altos de Jony Moreno, el gancho de esas guitarras de Daniel Triñanes y Asier Fernández, la bien engranada base rítmica de Illán Arribas y Ortiz Domingo o todas y cada una de las diabluras de Javier Arteaga sobre las teclas. Que levante la mano el primero que piense en otros viejos conocidos de H.M.B. como Green Desert Water al transitar por este séptimo corte del álbum. Estupenda. Si el destino es propicio y vuelven por la vieja Asturias, ojalá quepa en su setlist.

The Right To Hush My Sins”, al tiempo que nos introduce en el tramo final del álbum, nos devuelve una cierta calma durante el prólogo. Apenas un suspiro. Un pequeño descanso. Y es que pronto la composición toma derroteros más ruidosos, cargados de una melancolía muy bien traída, (fenomenal Jony Moreno aquí) y en donde la banda vuelve a trazar un corte que me agrada tanto por composición como por las distintas ejecuciones que lo atraviesan. Las guitarras que juegan bajo las voces en el epílogo, por decir uno.

La sorpresa llega con “Ten Thousand Years”. Aquí la banda, y toda vez cruzamos el umbral de su curioso prólogo, está moviéndose en un terreno más cercano en el tiempo. Hay una cierta oscuridad rodeando a esta novena entrega, que en sus primeras estrofas parece bordear el post-punk más iniciático, para después colisionar con su faceta más ruidosa y, por ahí, construir un corte de lo más llamativo. En cualquier caso y pese a lo rupturista del tono, tampoco siento que la banda se traicione aquí. Al contrario. Máxime cuando estalla ese solo del puente. Diferente, que no peor.

Javier Arteaga está brindando un prólogo de lo más delicado en esta “Road And Bread”. The Soulbreaker Company se envuelven en esta balada / medio tiempo en donde cabe toda sensibilidad, todo buen gusto que son capaces de cosechar. Me agrada además por el modo en que el corte va creciendo en intensidad de cara al tronco central. Con Jony Moreno dejando buenos tonos altos y el mencionado teclista dejando píldoras de su buen hacer a las teclas. Habría sido una estupenda despedida a este “Sin”…

… honor que recae, no obstante, en una “Be On The Run”, donde de nuevo un inicio tranquilo vendrá a chocar con el mayor ruido que proponen después. En ese prólogo hay un tono algo desgastado que me agrada en la misma medida en que lo hace la mayor intensidad que sucede a continuación. Como ya lo hicieran otro cortes dentro del disco (“Beginning Of The End” sin ir más lejos) aquí vuelven sobre otra de esas construcciones alternas en las que tan bien se manejan. Sobre las que parecen tan cómodos. Las voces de Jony Moreno primero y la soltura de las guitarras después arman un epílogo estupendo. Un gran cierre, si me preguntan.

Todo tan orgánico como preveía antes de darle un primer repaso al disco. Todo, después, igual de satisfactorio. Si acaso, mi única pega podría ser que algunos cortes se me quedan algo rácanos en lo que a reloj se refiere. Pero todo su buen hacer, su elegancia, ese toque retro (vintage que se dice ahora) vuelve a manifestarse en poco más de cuarenta minutos de unos The Soulbreaker Company en plena forma. Yendo desde la delicadeza al ruido y todo cuanto habita entre medias. Tejiendo temas llenos de detalles, de los que van ganando peso con las escuchas, que anidan en tu subconsciente y nos recuerdan un tiempo quien sabe si mejor. Estupendo trabajo.

Texto: David Naves

Reseña: Unreal Overflows «Slaves Of The Human Future World» (Great Dane Records)

Casi veinte años han pasado desde aquél “Architecture Of Incomprehension” con el que debutaran los gallegos de Cangas Unreal Overflows. Tiempo en el que la banda ha tres álbumes: “False Welfare” en 2012, “Latent” ya en 2018 y finalmente este “Slaves Of The Inhuman Future World” que hoy nos ocupa en 2025. Ya con Zoilo Santiago Loira (guitarras, voz, bajo, baterías) y Diego Bea Besada (guitarras) como únicos integrantes. El propio dúo se ha encargado de producir, grabar, mezclar y masterizar estos nueve temas a caballo entre Zoilo Unreal Studio y Beabesada Estudios. Great Dane Records puso el disco en circulación en formatos CD (digipack) y digital.

Ni epopeyas sinfónicas ni más artificio que el que emana de las guitarras de Zoilo. “Echoes From The Past” entrega un prólogo elegante para después descoser su propuesta y alternar la cara más flamígera del actual dúo con la más melódico. En el contraste entre ambas intensidades radica gran parte del encanto de este primer corte. Buenos cambios de ritmo, a veces quizá algo bruscos, pero siempre apoyados por las buenas melodías de ambos guitarras. Un puente que desliza hacia su cara más progresiva y un epílogo cuyas voces filtradas me llevan inevitablemente a pensar en los primeros Cynic. Un buen primer corte.

Baterías vibrantes comandan el arranque de “Digital Slavery”. Hay buenos riffs aquí y en general una versión algo más desenfadada de U.F.. Sea como fuere, ellos no olvidan ni los buenos detalles en lo técnico ni tampoco unas estrofas, tan retorcidas como arrastradas, en la más pura tradición de la banda. Más concisa conforme atraviesa su tronco central, emerge ahí su cara más atmosférica. También buenos detalles de Zoilo con el bajo. Se nota esa pulsión por tratar de llevar su música hasta los confines del género. Asirse con fuerza a ellos y exprimir todo cuanto llevan dentro como músicos. Siempre sin imposturas ni artificios y del modo más orgánico posible.

Las melodías que dan inicio a “Tearing The Layers Of Reality” pueden pasar por las que más gancho disponen de todas cuantas encuentro a lo largo del álbum. Aquí vuelve la cara más descosida del dúo para un death metal melódico iniciático y quintaesencial. Un corte de esos que parece aludir más al corazón que a la cabeza, que entra a la primera y que, pese a su naturaleza más rotunda, no se olvida de los buenos detalles, técnicos y melódicos, sin los que esta banda no sería la que es. Muy disfrutona.

Así las cosas, “Beyond The Code” retorna a contornos más técnicos y retorcidos. En un disco que alude al sonido más primigenio de la banda, esta cuarta entrega se echa en brazos de una escritura retorcida y diría que ambiciosa. Por ahí, Zoilo y Diego darán su mejor versión como compositores. Pero es que además, las estrofas vienen soportadas por una serie de melodías tan precisas como gancheras. Y aunque eche en falta un bajo algo más grave durante las partes más pesadas, o una batería con algo más de peso, sigo pensando que pasa por ser uno de los mejores aportes de este nuevo trabajo.

Visage Of Betrayal”, entrega más extensa de las nueve, se construye desde un prólogo arrastrado y rotundo. Zoilo está dejando voces realmente agrias aquí. Y el dúo compone en esta primera parte una estructura menos retorcida y más lineal que en el resto del álbum. Los cambios de ritmo se suceden con naturalidad. Las estrofas de nuevo se apoyan en interesantes melodías de guitarra y el juego entre canales, de manera muy marcada cuando oyes el disco con auriculares, no podría tener mejor equilibrio. Los atemperados cambios de ritmo que ocurren en esta primera parte contrastan con los más rotundos de su parte final. Por ahí un corte que viene a mostrar dos caras muy marcadas del dúo: la más acomodada primero. La más furibunda después. Por ponerle un pero, ese desangelado fade out final. En cualquier caso otra de mis favoritas.

Averse To Creation” es otro prólogo estimulante por retorcido. Hay tensión en ese tech death preciso y a la vez rocoso. Después se suceden estrofas con algo más de brío y una estupenda línea de batería. El puente central, siempre con Zoilo declamando con su gravedad habitual, contrasta con los habituales requiebros santo y seña de Unreal Overflows. Camino del epílogo surgen interesantes juegos vocales, seguidos de las siempre acendradas melodías de ambos guitarras. Se puede acusar al dúo de construir un metal muy de nicho, pero no de no saber llevar su metal técnico hasta las últimas consecuencias.

De prólogo trotón, desenfadado incluso, “Against Our Will” pronto diverge hacia posiciones más cercanas al resto del álbum. Y lo hacen adoptando ahora ritmos más apaciguados y serpenteantes. Si algo me gusta aquí es ese pequeño solo de guitarra, la desnudez que le rodea, así como la violencia con que la composición reacciona a continuación. Puede ser el corte que más escuchas exigió de todo el trabajo. También uno de los que más me engancha a día de hoy. Una clásica estructura en constante diálogo consigo misma, tan sólida como autorreferencial.

El bajo de Zoilo comanda el prólogo de “Consumed By Himself”, corte que puede acusar cierta repetición de patrones a estas alturas del álbum. No sin que quepan buenas melodías y riffs bastante apañados, pero sí que tal vez dejando cierta sensación de déjà vu. Unreal Overflows lucha contra ello alternando la mayor quietud del comienzo con su cara más directa y efervescente. Clásicos cambios de ritmo y unas baterías brillando a la hora de ensamblar los distintos ritmos que se suceden. Con eso y con todo ya digo que un corte que, a día de hoy, me pasa un tanto inadvertido.

El cierre es para “Longing For Silence”, que enfrenta el clasicismo de algunos de sus riffs con un metal trotón y eficaz. En sus partes más técnicas, todo parece entregarse a la buena labor de ambos guitarristas. Procurando mantener el interés a base de alternar buenos riffs con mejores melodías. Nada que no hayamos escuchado a lo largo y ancho del álbum, pero con una concisión y una seguridad, pienso, por encima de la media del disco. La banda culmina así este “Slaves Of The Inhuman Future World” inmersa en su metal retorcido pero orgánico de siempre. Sin más artificios que los que emanan de sus guitarras.

… y que en estos tiempos de inteligencias artificiales, discos sobreproducidos (dentro incluso de las fronteras del género) tiene algo de declaración de intenciones. Fijar la mirada en el pasado para asegurar el futuro. Muchos y muy buenos riffs, aún mejores melodías y su clásico juego con las estructuras. Pienso que el álbum se hace fuerte en su tronco central. “Visage Of Betrayal” o “Averse To Creation” pueden contarse entre las mejores composiciones que hayan hecho nunca. Y aunque aquí y allá haya ideas con las que no conecto en igual medida, difícilmente mi nota descendería de un notable. Mientras que el futuro que tenemos a las puertas nos aterra, el presente ha entregado un más que conciso y eficaz álbum de buen technical melodic death metal. Bienvenido sea.

Texto: David Naves

Reseña: Megadeth «Megadeth» (BLKIIBLK Records 2026)

Una leyenda que se extingue. “Megadeth” es, según parece, la última parada en la trayectoria de la legendaria formación norteamericana. Es, al mismo tiempo, la primera para Teemu Mäntysaari (Wintersun), reemplazo del brasileño Kiko Loureiro (ex Angra) en guitarras. En baterías Dirk Verbeuren (The Project Hate MCMXCIX), al bajo James LoMenzo (ex Black Label Society) y, claro, a la voz y guitarra el ínclito Dave Mustaine. Chris Rakestraw junto a los propios Mäntysaari & Mustaine produjeron los once cortes que ocupan esta obra final. Adornado por el arte de Blake Armstrong, el álbum ha visto la luz vía BLKIIBLK Records, sello hermano de Frontiers.

Tipping Point” es un buen inicio. Seco y contundente. Y aunque no porte riffs extraordinarios, dispone buenos detalles en lo técnico, una producción sólida y un ritmo que recuerda a los mejores Megadeth. Aunque no logre deshacerme de la misma sensación que, en su día, me provocó “Spit Out the Bone” de Metallica: recuerda a sus mejores tiempos pero es, a ratos, tan auto consciente que roza la parodia. Tampoco me malinterpretéis: me parece un más que decente inicio de álbum. Al menos es capaz de decirme algo, cosa que otros cortes apertura recientes del viejo Dave ni alcanzaban.

I Don’t Care”, si logro deshacerme de esa letra tan infantil, me agrada por el modo en que, a grandes rasgos, me recuerda a una de las obras magnas del americano: “Peace Sells”. Dirk Verbeuren está más que ágil tras los parches. Es el mejor fichaje que ha hecho Mustaine en años y aquí pone de su parte para sacar adelante un corte vivaracho, de riffs más serviciales que ágiles, donde el nivel técnico en cuanto a solos vuelve a estar a buen a la altura. Y aunque ya digo que me cuesta creer que una letra como esta haya sido compuesta por un tipo que el próximo septiembre cumplirá los 65, también pienso que merecía algo más que esos poco más de tres minutos que marca en el reloj.

Hey, God?” sigue siendo pura idiosincrasia Megadeth. En lo bueno y en lo malo. El riff principal, sin que nadie se haya roto los cuernos en componerlo, tiene ese gancho y esa pegada tan clásica de la banda. Aquí y allá hay buenos adornos entre los versos. Verbeuren está de lo más disfrutón tras los parches. Desde luego uno de los baterías más sólidos que han acompañado a Dave desde la partida del tristemente desaparecido Nick Menza. Todo resulta una plegaria al modo Mustaine. Un diálogo entre este y su Dios, aparentemente ausente, que no obstante sabe sacar lo mejor de la banda en cuanto a despliegue técnico. Me agrada.

Y al menos “Let There Be Shred” hace por insuflar un poco más de nervio al asunto. Orgullosa y absolutamente auto referencial, me funciona de tanto en cuanto parece directamente extraída de las sesiones del indiscutible “Rust In Peace”. Aunque tenga que despegarme de su aspecto lírico, al que encuentro de nuevo un tanto naif, lo cierto es que musicalmente acierta a mantener alto el nivel en cuanto a despliegue técnico se refiere. Al menos mientras Verbeuren transita por las partes más veloces y no tanto en otras que he sentido algo más forzadas. Otro corte que salvo de la quema en cualquier caso.

Entonces llega “Puppet Parade”, Mustaine vira hacia su registro más hosco y empiezan mis problemas con este, aparentemente, último trabajo. No comulgo en gran medida con esas estrofas casi susurradas. Pero es que tampoco con unos estribillos mecánicos, sin atisbo alguno de alma. Y es una pena porque, al menos en lo puramente musical, su puente central sorprende con tonos algo más alternativos, que quizá recuerden al periplo noventero de la banda, aquél que entregara álbumes como el recordado por unos, odiado por otros “Youthanasia”. Pero a grandes rasgos (y aunque la sección solista vuelva a estar a la altura) me resulta un corte muy carente de chispa.

Another Bad Day” resulta llamativa, al menos, por ese fuerte poso melódico del prólogo. Y Dave vuelve a poner algo más de ímpetu en voces. No como para recordar al de sus mejores tiempos, tampoco es cuestión de exigirle tanto a estas alturas del cuento, pero sí que con un poco más de nervio e incluso pasión. Lo que no quita para que el corte en su conjunto, no deje de sentirse (otra vez) algo mecánico y sin alma. Como digo él hace un mayor esfuerzo tras el micro. Pero ni por estructura, ni por los solos que alberga en su tronco central resulta un corte capaz de capturar mi atención. ¿Me habré vuelto yo demasiado exigente con estas viejas glorias? ¿Por qué esto iba a ser mejor que, yo que sé, el nuevo de Exodus?. Aquél puede que tampoco sea el mejor trabajo de Gary Holt y compañía, pero al menos han probado a hacer cosas distintas. A llevar su thrash metal un par de pasos más allá. Todo lo contrario a lo que sucede aquí.

Made To Kill”, y su prólogo a mayor gloria del belga Dirk Verbeuren, puede ser lo más digno de esta segunda mitad del disco. De trazo sencillo que no simple, de ritmos vivos y riffs a un rato inteligentes, al otro de lo más serviciales, funciona del mismo modo como vehículo para enseñar la pericia técnica de la banda y también de testigo de que el viejo Dave, cuando le da la gana, aún es capaz de trazar cortes de metal candente, vigoroso incluso, al nivel de otros tantos músicos de su misma generación. No descarto que, con el paso de los meses, acaba siendo mi favorita de las diez (más una).

Obey The Call” borra pronto esa sonrisa. Mustaine vuelve a esos tonos casi anodinos de “Puppet Parade” y el corte, a grandes rasgos, vuelve a ser incapaz de capturar un mínimo de mi atención. Ni siquiera me parece que las melodías con las que el de La Mesa se acompaña en los distintos versos sean dignas de un álbum de Megadeth. Y suerte que, al menos, alguna de las distintas secciones solistas que trazan aquí poseen un mínimo de alma y nervio. Pero es que estamos hablando del que no deja de ser el álbum homónimo de la banda. El que se supone que es el último trabajo de una leyenda de esto. Con razón hay fans a quienes les resulta dolorosa la sola escucha del álbum. Y no les culpo.

Pero la que me duele especialmente es “Obey The Call”, que desaprovecha su elegante prólogo en pos de otro desarrollo mecánico, tenue, casi indolente, con Dave vocalizando con una desidia, una apatía impropias del hombre que una vez comandó la que fue, fácilmente, la banda más avanzada del género. Supongo que el tiempo a todos nos alcanza. Cuatro minutos largos que parecen diez y recuerdan a los peores momentos de unos Metallica post “Death Magnetic”. Ni siquiera ese epílogo acelerado y vistoso en lo solista logra sacarme del sopor.

I Am War”, que levante la mano quien este prólogo no le recuerda a Accept, al menos tiene ciertos riffs con gancho. Dave vuelve a cantar sin grandes pretensiones. Pero al menos se reviste de buenas melodías bajo estribillos y permite que LoMenzo gane ciertos enteros en la mezcla. Ese mayor empaque de la base rítmica opera en favor del corte en general. La banda suena más sólida ahora, si bien es otro corte que, desde el punto de vista gramático, no viene a ofrecer grandes sorpresas, engarzando con ese espíritu algo dejado de los últimos trabajos de Mustaine. Cumpliendo con el expediente, al menos.

The Last Note” es la despedida final. Un Dave más hosco y oscuro que de costumbre nos recibe en el prólogo. Nada de tristes baladas. Si va a decir adiós, que éste se rubrique con un corte para el recuerdo. Que es el caso… solo a ratos. Porque del mismo modo que me llaman la atención ciertas decisiones (el llamativo uso de guitarras acústicas ), me resulta de nuevo algo mecánica y falta de alma en estrofas. A ratos, también en estribillos. Elegía a mayor gloria del pelirrojo:

“The final curtain falls, a quiet end to it all”

Y tanto que sí.

Para el cierre queda una “Ride The Lightning” que muchos nos preguntamos si era realmente necesaria. Versión (o no, pues él mismo constaba en los créditos como bien sabréis a menos que hayáis aterrizado en este planeta antes de ayer) del clásico que daba nombre al segundo de Metallica, y aquella donde más salen a relucir las (actuales) carencias de Mustaine al micro. Intachable en lo musical, solo cabía esperar eso de una alineación como esta, pero que, pienso ahora, se queda a mil millas del original que Hetfield y compañía grabaran allá por 1984.

Si este es verdaderamente el adiós de la banda, ésta ha venido a firmar el que puede ser su trabajo más flojo (o desequilibrado) en años. Y fíjate que cuando el disco arranca con “Tipping Point” me las prometía felices. Una idea inicial que la apatía de Dave Mustaine, cierto conformismo en la construcción de las canciones, incluso algunas letras algo infantiloides mandaron al cuerno. Una pena. Dirk Verbeuren, que puede ser sin mucho esfuerzo uno de los mejores baterías vivos, deja apenas tres o cuatro detalles memorables a lo largo del álbum. De LoMenzo apenas hay noticias y suerte que entre el pelirrojo y Teemu Mäntysaari han dibujado algunos buenos riffs y mejores solos. Todo, en cualquier caso y ahora mismo lo siento así, muy por debajo de lo que muchos esperaban como elegía a una de las bandas más importantes no ya del thrash sino del heavy metal en general. No diré que me dan ganas de llorar, pero casi. Hasta siempre y gracias por todo.

Texto: David Naves

Reseña: Adgar «Máscaras Y Demonios» (Maldito Records 2026)

Son nada menos que dieciocho años los trascurridos desde su anterior largo “Tiempos De Cambio”, que viera la luz allá por 2008, y que por fin encuentra su continuación en este “Máscaras y Demonios”. Javi Ochoantesana y Tuko (guitarras), Diego Saiz (bajo) y los más recientes fichajes Javier Murga (batería) y la colaboración de Dani G. (voces) integran a día de hoy la alineación del quinteto. Este cuarto largo consta de diez cortes producidos, grabados, mezclados y finalmente masterizados por el propio Dani G. en sus Estudios Dynamita. Vio la luz el pasado quince de abril vía Maldito Records.

La “Obertura Del Mesías” pone todo el peso sinfónico para revestir esas guitarras del prólogo. Es una intro mayestática, grandilocuente, acomodado anticipo de esta “30 Monedas De Plata” donde los cántabros vendrán a poner toda la carne en el asador. Power metal avasallador, de incesantes dobles bombos y fuerte carga sinfónica. Y un Dani G. que, claro, recuerda sobremanera al que grabara buenos álbumes con Darksun. Al margen del registro del también frontman de November, hay algo en esta dupla inicial que me recuerda a la buena gente de Vhäldemar. En especial toda vez irrumpe la frenética y muy cuidada sección solista. “30 Monedas De Plata”, finalmente, puede no ofrecer grandes sorpresas en lo que a estructura y composición se refiere pero muestra a una banda en plena forma.

Tan Cerca Tan Lejos”, a su vez, recuerda a los Stratovarius más vibrantes. Siempre con el buen sonido de los Estudios Dynamita y con Dani G. componiendo una más que interesante línea de voz. No cesa Murga en percutir desde el doble bombo mientras Tuko y Ochoantesana trazan riffs más serviciales que distinguidos. Me agradan esos engarces entre estrofas, dinámicos, vistosos. Es power metal incesante, en vibraciones altas, que nos retrotrae a principios / mediados de la primera década de los 2000, orgulloso en el despliegue técnico y sin complejos. Que no teme dibujar solos bien apostados, extensos y cuidados. Y que, a pesar de toda esa carga sinfónica que despliegan, acierta a sonar orgánico, potente.

Barco De Papel”, que pasa por ser otro de los cortes más rácanos de todo el álbum, se desliza ahora hacia una senda más heavy, más clásica, que a ratos bien podría recordar a ciertos momentos de los gallegos Ankhara. A grandes rasgos queda la sensación de que “Máscaras y Demonios” se toma un pequeño descanso aquí. Todo ello sin que Murga afloje con el doble bombo ni Ochoantesana con los solos de guitarra, ahora de un marcado corte neoclásico. Funcional. Al fin y al cabo ofrece todos los rigores y alguna de las habituales faltas de los singles adelanto.

Algún Día”, y el tan inequívoco como inevitable deje a Helloween que ofrece ya desde el prólogo, tal vez sean los Adgar más redondos de todo el CD. Afilados, directos, de buenas estrofas y mejores estribillos. Power metal quintaesencial, auto referencial en cuanto a líricas, y donde mayor peso adquiere la buena producción de la que gozan estas canciones. De la decena, quizá la que más me recuerda a los Adgar de siempre. Orgulloso power metal, guerrero y vigoroso, entre las calabazas ya mentadas y un aspecto lírico que parece salido de los Avalanch del “Llanto De Un Héroe”. No hubiera despreciado una sección solista algo más amplia. Con eso y con todo, fácilmente una de las entregas más firmes de este nuevo trabajo.

La Huida”, por fin, se atreve a cambiarle el paso al disco. Ofrece, ya de entrada, un aire más hard / heavy, pasando por ser, pienso ahora mismo, el corte con más gancho de todos los aquí reunidos. Desde los riffs que traman Tuko y Ochoantesana a esa línea de voz al más puro estilo Dünedain, pienso en un corte como “A Un Paso Del Cielo”, todo casa para ofrecer a los Adgar más accesibles y también pegadizos.

Así las cosas, “Puños De Acero” vuelve al power más clásico y académico. A bordo de otras de esas líricas auto referenciales, reivindicativos al modo tan habitual dentro del género, Adgar componen un corte agradable, distendido incluso, con Murga marcando firme el ritmo tras baterías y Tuko & Ochoantesana dibujando otra buena sección solista antes del epílogo. No es la que más me ha calado en las distintas escuchas al disco pero agradará a quienes busquen power metal bien construido y ejecutado.

Ahondando aún más si cabe en esa vigorosa forma de entender el power metal, aquí por momentos casi fulgurante, “Las Oscuras Golondrinas” propone a los Adgar más zapatilleros. Velocidad, doble bombo y voces, agudísimas ahora, del bueno de Dani G.. Sin muchas sorpresas en cuanto a estructura, apostando por una escritura tan clásica como funcional. Válida más por el extra de picante que le aporta al disco que por cualquier otra cosa.

Pero sin salirse de esos preceptos firmes, casi férreos, es cierto que “Entre La Espada y La Pared” entrega un (leve) deje más chulesco que le sienta pero que muy bien a esta parte final del álbum. Con todo el aire de ser un tema que podría dar buenos réditos en vivo, Dani G. vuelve a ofrecer aquí su no poco amplia gama de registros. Un corte con pegada, bien adornado desde las guitarras de Tuko y Ochoantesana. Tanto en riffs como en esos duelos solistas previos al epílogo. Metal conciso y batallador, otra de las que siento mejor logradas de entre las diez (aún cuando me chirríe alguna de las (no) rimas).

El cierre es para la pequeña “Punto y Final”, junto con “La Huida” lo más diferente de todo el álbum. Unos Adgar en una clave algo más oscura, dentro de lo que cabe, y una serie de ideas que bien daban para algo más que esos escasos 3:24 que marca en el reloj. A ratos veloz, a otros más machacona y finalmente grandilocuente en esos estribillos, ampulosos y recargados, marca de la casa. No la desprecio pero tampoco puedo decir que me enganche.

No voy a negar que, “Entre La Espada y La Pared” al margen, el disco se me desinfla en su parte final. Y es una pena porque en lo que sería su hipotética cara A ofrece píldoras de fino y potente power metal. Tan orgullosamente clásico como despreocupadamente vigoroso y contundente. Dejando traslucir sus influencias, ejecutando buenos riffs y mejores solos. Con un Dani G. desbocado en voces y Murga infatigable tras baterías. Power elemental para devolver al primer plano de la actualidad a los cántabros de la mejor manera posible.

Texto: David Naves

Reseña: Teksuo «The Glow Before I Go» (Autoproducción 2026)

Años siendo punta de lanza de nuestro metalcore, llega por fin el turno de hincar el diente al nuevo trabajo de los asturianos Teksuo. “The Glow Before I Go”, que así se llama esta quinta obra, fue producido, grabado, mezclado y finalmente masterizado por el vocalista Diego. Junto a él se encuentran Luis (batería), Constan (bajo), Rafa (guitarra rítmica) y David (guitarra solista). Todo se completa con el arte de Patricia López Amorós y Noelia Amieva, amén de las fotos de esta última. Desde el pasado trece de marzo en la calle.

El arranque propuesto por “Thirst For Tears” no podría resultar más elegante. Ni tampoco más fiel a la ya larga tradición de la banda. Diego dispone su registro más leve para los Teksuo más atmosféricos. Un primer corte en gran medida tranquilo, rodeado por pequeñas islas de rabia tan iracunda como fugaz. Me agrada ese puente central. También el solo igualmente tranquilo que lo ocupa. El buen sonido que atraviesa la composición, tanto en los momentos más cinemáticos como en los más crudos, termina por redondear la que, pienso, es una estupenda carta de presentación.

Casi continuando donde lo dejara la anterior, “All You Wanted” recoge el testigo de los Teksuo más vibrantes e intensos. Hay estrofas realmente crudas aquí y unos estribillos trazados con engañosa ambivalencia. Bajo ellos Rafa y David han colocado buenos riffs y melodías. La producción echa mano, sin abusar, de elementos externos. Apenas pequeños escorzos que apuntalan los cambios de ritmo que desarrollan. Un metalcore con un gancho de mil demonios en coros, de esos que anidan en tu cabeza durante días y animan a cantar voz en grito en sus directos.

Sailing To The Unknown” sorprende con los tonos casi alternativos del prólogo. David entrega buenos solos superado ese arranque tan clásico. Luego la composición toma una de esas rutas ambivalentes, intrincadas, tan habituales del quinteto. Un corte en gran medida tranquilo, atravesado eso sí por alguno de los breakdowns más afilados, crudos y cortantes que les recuerdo. Todo sin llegar a lo casi sísmico de unos Lorna Shore, pero funcionando como perfecto contrapunto a la mayor calma que domina, en gran parte, la composición. Todo un cruce de caminos del que salen más que airosos.

Sanctify My Ache” apostará en primer término por la contundencia, entendida al modo Teksuo, y contrapondrá después estribillos limpios, casi cristalinos, con Diego dejando voces realmente altas con su habitual buen tino para las melodías. Hay algo en sus partes más aseadas que me recuerda a Vessel de Sleep Token. Algunos de los riffs en que se apoyan esa voces incluso. Es un corte que va virando hacia la versión más cruda de la banda. Siempre sin abusar del recurso, comedidos aún en su brutalidad, alcanzando puede que el cliché pero nunca la caricatura. Servidor tal vez le habría metido tijera a todo cuanto acontece tras el (estupendo) solo de David, pero con eso y con todo un corte que disfruto de muy buena gana.

Monochrome” es en gran medida un medio tiempo cuidado, delicado tanto desde el aspecto puramente instrumental como el lírico, con unas letras teñidas de melancolía y una cierta rabia nada impostadas. Diego baila a placer entre registros y la base rítmica de Constan y Luis soporta cada giro de guión con precisión y clase. “De Piedra” al margen, el corte más cuidado en lo emocional de los doce que componen este “The Glow Before I Go”.

Luego estalla “Where The Noise Can’t Reach” y de repente Diego nos regala unos primeros versos de los que entran a la primera y perduran en tu subconsciente durante días. Arrimándose (tímidamente) al rock alternativo de unos Coheed & Cambria, hay voces aquí que me recuerdan, y no poco, al bueno de Claudio Sánchez, estos son los Teksuo más amables y cercanos. Me agrada el marcado deje atmosférico y también esos tonos casi rayanos con el pop más casual que le siguen. Un cuidado paseo por la cara más blanda de los asturianos, rematado por un solo de David que, aunque sea por pura justicia, creo que bien merecía algo más de espacio.

De Piedra”, primer corte en nuestro idioma del combo asturiano, es a su vez la entrega más extensa del álbum. Tiene gracia que Diego declame aquello de “Perdí mi voz…” mientras canta con ese buen gusto, esa clase y esa sensibilidad. Pero más allá de lo anecdótico, esta es una balada de las grandes. Trazada con sumo cuidad, que camina por la absoluta calma y termina sin embargo en tonos cercanos a bandas como Vola o Textures. Piel de gallina, alguna lagrimilla incluso cuando David remata con ese solo de la parte final. Realmente estupenda.

Y como rebelándose contra esa calma, “Shadows Die Twice” despliega un metalcore crudo, descosido, rotundo y de una pesadez nada condescendiente. Siempre dejando que su cara más melódica impregne estribillos pero disponiendo al mismo tiempo guitarras y voces realmente agrias. Hay mucho riff rompecuellos aquí. De esos que invitan a bajar hasta el mismo suelo, y donde Diego canta ahora con todo el mal café imaginable. Si no son los Teksuo más despiadados, poco faltará. De superar la criba y terminar en sus setlists, preveo hostias como panes.

Cómo engaña ese prólogo de “Erased By Mistake”, que puede ser lo más cerca que Teksuo han estado del tan denostado nü-metal. Luego Luis reconduce con brío tras baterías y la banda transita hacia otra de esas escrituras ambivalentes, entregando aquí alguno de los momentos más desquiciados de todo el álbum. Estribillos agudísimos y un muy cuidado solo de David. Otro de los cortes que ha ido ganando un gran peso específico con el paso de las escuchas.

Mi problema con “Dogma”, si es que lo hay, es tan solo que no conecto con él del mismo modo en que lo hago con el otro tema en español del disco. Otro corte tranquilo, apoyado en baterías y ambientes electrónicos, con David disponiendo buenas líneas de guitarra aquí y allá. Pero al final, sea por lo escaso de su desarrollo, por mi propio estado de ánimo o cualquier otro motivo, lo cierto es que transito por ella nunca con desidia pero sí que a veces con una pequeña indiferencia.

Let (Me) Go” es otro medio tiempo cuidado, conciso, con la propia producción del álbum brillando igualmente en los entornos más cálidos como en los más quebradizos. Me agrada por esos matices atmosféricos, por lo sencillo pero funcional de su trazo, la clase de Diego tras el micro y el arrullo (también el tono) de las guitarras. Un corte que, de nuevo, sabe aludir a las fibras más sensibles y emocionales del oyente. Giro final al margen.

El cierre no podría resultar más satisfactorio. “Nothing Stays”, sin abandonar sus habituales colisiones tonales, deja cuidadas líneas vocales, de nuevo pequeños escarceos con el nü-metal más leve y algún que otro breakdown muy bien tirado. Me gusta cómo el solo de David rompe la tónica de ese agrio puente central. También la sensibilidad acústica con que afrontan la parte final de la composición. Un último corte que ni mucho menos es solo un corte más. Gran broche.

Si tuviera que definir este nuevo álbum de Teksuo con una sola palabra, esa sería “equilibrio”. Son muchas las influencias e ideas que manejan, pero todo resulta natural, orgánico incluso, de un modo en que los riffs que ayudan a construir esos trazos tan (a veces) discontinuos nunca opacan el protagonismo de las voces o la base rítmica. O viceversa. Metalcore, escarceos con el alternativo más mainstream o el (eternamente vilipendiado) nü-metal de los noventa, todo centrifuga en favor de unas canciones a veces con gancho, otras con pegada y alguna incluso con un profundo vértigo emocional. Entre todas construyen un trabajo, valga el tópico, donde la banda asturiana parece haber alcanzado la tan ansiada madurez musical. Gran disco.

Texto: David Naves