Reseña: Medussa «Mueran Las Ideas» (Coedición 2026)

Mueran Las Ideas”. Potente título para el que es el nuevo trabajo de los instrumentales cántabros Medussa: Juan Gutiérrez y Fernando Navarro en guitarras, Javi Arias en baterías y Pablo Vázquez al bajo. Juntos producen seis cortes que vinieron al mundo en el Ovni Estudio (Bonielles, Asturias). De la grabación se hizo cargo Sergio Firu mientras que mezcla y master corrieron a cargo de Pablo Senator. Con diseño de Mutta y fotos de Carlos Navarro Solís. Colaboran en la edición, ahí es nada, los sellos Conspiración De Iguales, Discos Macarras Records, Four Skulls, Muerte Matar Records, Primitive Noise Producciones, Producciones Tudancas, Quebranta Records y Vinilako. En la calle desde el pasado 18 de abril.

Casi más que arrancar, “Palabras” se tiende sobre el oyente. Un inicio reposado, santo y seña del género, desprovisto de pompa y grandilocuencia alguna. Superado ese arranque, se dan cita unas guitarras que bien podrían recordar a Tool. Pero cuando todo transige hacia un post-rock / metal más académico, ahí donde sale a relucir el buen sonido del Ovni, la banda emerge segura, confiada, concisa. Funciona la construcción de capas, también por el modo en que logran construir riffs con gancho. Con cierta pegada incluso. Buenas melodías y mejores crescendos en contraste con pasajes más limpios y desnudos, con Pablo Vázquez dando lustre desde las cuatro cuerdas. El corte toma luego un giro casi dramático. Por ahí surge (me resulta casi inevitable) un deje que me recuerda a los japoneses Mono. También la cara más amable de este cuarteto cántabro, en clara colisión con la mayor gravedad final. El juego entre canales de la producción (recomiendo al menos una atenta escucha con auriculares) opera de lujo en este tramo final. Un gran inicio de disco.

Ideas” continúa y expande ese mayor nervio. Hablando de nombres ineludibles, Toundra puede ser uno de los que mejor encaje tenga en este segundo corte. Todo resulta atravesado por buenas melodías y riffs que crujen sin desentonar. De nuevo sobre esas buenas líneas de bajo de Pablo Vázquez, Medussa construyen sobre ideas ya conocidas pero sin perder el tiento. Hay, de nuevo, pequeñas islas de rock remansado, casi intimista, y un sonido tan cristalino que uno se pregunta por qué hay gente que se va a grabar sus discos a yoquesé dónde, cuando al lado de casa somos capaces de sacar adelante producciones de este nivel. En cualquier caso, ojo al gancho que destilan esos riffs del tramo final o la pegada de ese epílogo. Es un rock que puede carecer de aspecto lírico alguno pero no por ello pierde (ni mucho menos) su capacidad de generar sensaciones en el oyente a poco que éste muestre un mínimo de atención, de interés.

Reconozco que siempre me cuesta subirme al arranque de esta “Certeza”. Un sentimiento extraño al echar a andar ese prólogo (y continuación) mansos y tranquilos. Es cuando entran esas guitarras claras, limpias, casi prístinas, que mi piel se eriza e incluso siento (o veces) un ligero estremecimiento. Es un viaje, hasta aquí, por los Medussa más calmos, con sonoridades tranquilas, alternativas a destellos, que se ennegrecen rumbo al tronco central de la composición. Aquí me resulta interesante el modo en que el trazo juega con las expectativas. Cómo el corte busca una explosión que no encontrará hasta superado su ecuador. Ahí me agrada la manera en que Javi Arias marca el paso tras baterías, lo orgánica que resulta su manera de entender el rock instrumental (post-rock, post-metal, llamadlo como queráis) aún cuando la intensidad sube varios enteros y, finalmente, ese aire más alternativo del epílogo. Un corte que siempre recibo con el gesto torcido pero que, de algún modo, se las arregla para atraparme.

Cadenas”, fue carta de presentación y pasa por ser además el corte más rácano (por duración) de los seis. Arrima más que nunca a la banda a las lindes del metal, insufla un cierto deje a los Pelican de Chicago y sirve, entre otras muchas cosas, para que Javi Arias despliegue una de sus líneas de batería más llamativas. Los poco más de cuatro minutos que marca en el reloj no quitan para que los cántabros hayan trazado un corte lleno de recovecos, buenos cambios de ritmo así como riffs firmes y concisos. Menos melódica (aunque tiene sus momentos) y más rocosa. Menos introspectiva, más pasional (si se quiere) y con una cierta sensación a que ha sido trazada con el directo como fin último. En ningún caso la desprecio pero sí que aquí dentro anidan cortes con los que conecto (incluso empatizo) en mayor medida.

Véase una “Insidia” que, de primeras, parece recoger y aumentar esa mayor gravedad que anidaba en el corte previo. Aquí de primeras me llama la atención esa cualidad tan rocosa del prólogo y los buenos detalles que Pablo Vázquez va dejando desde el bajo. Cómo sirve (casi) de contrapunto a las guitarras de Juan Gutiérrez y Fernando Navarro. Por momentos casi rozando el doom, uno podría pensar en unos primerizos El Altar del Holocausto, todo parece apostado sobre la cara más metálica del cuarteto cántabro. Lo que me agrada aquí es esa cualidad más atmosférica que desarrollan camino del puente. Ahí surgen voces graves, oscuras, que vendrán a ahondar aún más si cabe este dramático giro hacia el post más oscuro. El largo epilogo, no obstante, se consagra a unos Medussa que, sin perder una cierta gravedad, desde luego abrazan una mayor luminosidad en su música. Estupenda.

El corte final “Verdad”, amén de pasar por el más extenso de los seis, nos devuelve a parajes más tranquilos, a aguas más remansadas, para en un post-rock que bien podría recordar a mis paisanos de Azure, enseñar alguna de las melodías más orgullosamente memorables de este hábil “Mueran Las Ideas”. Reconozco lo sumamente placentero que me resulta transitar por todo este tramo inicial. Volver sobre esos tranquilos pasajes fijando atención en cada detalle. En cada línea presente en la mezcla. En la forma en que se conjugan las guitarras de Juan y Fernando. Lo bien que engranan esa redonda base rítmica. Luego la mayor gravedad que los encamina al tronco central me saca de ese ensimismamiento (si lo hubiere) con riffs directos, crujientes, de los que entran a la primera y anidan en tu subconsciente durante horas. Luego el corte emprende un diálogo consigo mismo, transitando por partes más juguetonas (esa que arranca sobre el 4:18 ¡me recuerda a The Edge!) otras casi bailables (pues anda que no tienen groove esas baterías de Arias) y finalmente abrazar una marcada melancolía camino del epílogo. Todo un viaje.

Qué bien han sabido conjugar todas sus influencias y plasmarlas en un álbum que, en ningún momento, corre el riesgo de resultar aburrido. Cabe mucho discurso en estas seis entregas y, mis sensaciones tras las distintas escuchas del largo, son las de estar ante un trabajo dotado de un dinamismo que debería hacerlo muy apetecible para todo fan del género. En la frontera entre el rock y el metal, construyendo cortes hábiles y orgánicos, donde todo opera en favor de las canciones y no de egos individuales. Nuestra escena instrumental sigue, pienso yo, en muy buena forma.

Texto: David Naves

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