Ep debut para los occult stoner doom de El Bierzo Belzebitch, el dúo que forman Migui Albatross en voces y Pablo Mouzo en guitarras, a quienes hay que sumar las colaboraciones de Isidro Femenía al bajo y Lior Izhaki en baterías. Voces y guitarras de este “Serpent Moon” se grabaron a caballo entre Ponferrada y Santiago de Compostela. De mezcla y master se se encargaría Hans Horn en Tartu (Estonia), mientras que el diseño gráfico recaería en Beatriz Álvarez. En circulación vía Quebranta Records desde el pasado 27 de junio.
Ruidos e imprecaciones de toda naturaleza dan la bienvenida en “My Dear Lucifer”. Mouzo los rompe con un riff directo y sin miramientos. A él añade buenas melodías de guitarra y para cuando llega la voz de Migui Albatross, Electric Wizard es un nombre que se repite, una y otra vez, en mi subconsciente. Lo que me agrada es la producción tan equilibrada que tiene el Ep: sucia y grasienta pero siempre dentro de lo discernible, sin mayores aditamentos más allá del fuzz de las guitarras o el reverb en la voz de Migui. Es el corte más rácano en cuanto a duración del álbum, lo que viene a redundar en un solo algo comprimido durante el puente. En cualquier caso un buen arranque de doom alucinado y rasposo.
“Satanic Vision” propone ideas similares, si bien las guitarras de Mouzo adquieren ahora una mayor gravedad ahora. Crepita el bajo de Femenía durante estrofas y la banda persiste en un doom de aires stoner muy marcados. El riff de las estrofas puede no ser el más lúcido de todo el Ep. Pero cuando la composición alcanza estribillos y Migui Albatross sube hasta tonos razonablemente altos, uno tiene la sensación de estar ante los mejores Belzebitch. Crece en duración esta segunda entrega y, en consecuencia, también el solo que antecede al epílogo. En él oigo ecos de la tan alargada como ineludible figura de Tony Iommi. Un deje que se magnifica toda vez irrumpe un riff durante el epílogo que parece escapado del “Masters Of Reality”. Quizá mi favorita de las cuatro.
No se despega de ese aroma tan Sabbath una “The Serpent Whisper” donde Mouzo parece haber echado el resto. El riff que implementa aquí tiene un gancho de mil demonios. Pero lo que más me agrada es una composición que aporta una dimensión mayor a la música de los bercianos. Con un estupendo solo de guitarra durante el puente y donde la banda, siempre a caballo entre el doom y el stoner, parece explorar texturas algo más cercanas a la psicodelia. De resultas puede ser este el corte de mayor personalidad de este “Serpent Moon”.
Se percibe una mayor oscuridad conforme arranca “Black Magic And Weed Bongs”, tema final de este primer Ep del dúo. Es la versión más clásica y seminal de su conocido doom metal, con Mouzo volviendo a rimar con el insigne fundador de Black Sabbath. Ruge Femenía bajo esas guitarras, mientras que Migui Albatross deja buenas líneas de voz, siempre acordes al género. El dúo no especula. Tampoco ofrece nada nuevo. Pero el corte resulta igualmente disfrutable en su parte final. Ahí donde abrazan entornos más alucinados y vuelven a converger, aunque sea de forma tímida, hacia territorios más psych. Un buen cierre.
De una rotundidad innegable, a “Serpent Moon” en particular y Belzebitch en general se les puede achacar la ingente cantidad de formaciones que, a día de hoy, practican un sonido parecido o similar al suyo. Pero en términos absolutos, y entendiendo el orgulloso trabajo de género que es, lo cierto es que he pasado buenos ratos con estos poco más de veinte minutos de doom rocoso y alucinado. El Ep, al final, no deja de ser un debut. Ya habrá tiempo de cargar las tintas más adelante. De momento lo que toca es darle al play y dejarse llevar por el particular ritual sónico de los bercianos.
Teníamos relativamente recientes a los chicos de Salduie, aquella soleada tarde del mes de junio en el zamorano Z! Live Rock Fest (crónica), pero su venida en solitario a Gijón y la promesa de un set completo de parte de los maños, bien merecían la pena. La gijonesa sala Acapulco iba a ser la encargada de acogerles en la jornada del sábado, con Heavy Metal Brigade al quite de sus evoluciones.
Dos telones a ambos lados del escenario nos dan la bienvenida. Un mar de leds toman la parte trasera del mismo junto con un par de podios. Delante, una llamativa osamenta adorna el pie (en este caso) de gaita de David Serrano. Todo dispuesto pero la nutrida formación folk se hizo de rogar. Y es que no es hasta apenas pasadas las diez que atruena la intro y emergen desde el backstage, afrontando “Dvatir”, corte que da nombre a su más reciente Ep (reseña). Lo que me llama la atención desde este comienzo es el buen sonido que despliegan. Algo nada fácil, intuye uno, dados los diversos elementos que nutren sus composiciones: gaitas, flautas, guitarra, base rítmica y las voces de Nehemías Sebastián (limpio) y Diego Bernia (rasgado). Otro hecho que vino a marcar la descarga serían los pocos descansos que se permitieron. Apenas unas pequeñas proclamas precedían a cada corte, que sí teníamos “sed de sangre romana” preguntó Sebastián, y ellos se fueron raudos a ofrecer su cara más potente con “Tvrma Sallvitana”, retrotrayendo a aquél “Belos” de 2016.
Ya habían pasado por Asturias anteriormente, aquél Karma Festde 2023 (crónica), pero era esta la primera vez que pisaban Gijón, como bien se encargó Sebastián de recordarnos. Les iba a llegar el turno entonces para demostrar su lado más versátil en “Caraunios”, del álbum “Ambaxtos” de 2021 (reseña). Sebastián con la flauta, Víctor Felipe con el bouzouki irlandés, David Serrano con las gaitas y esa particular conjunción que nace del choque entre los registros del propio Sebastián y Diego Bernia. Quizá uno esperase una mejor entrada. Cierto no obstante que la propia fisionomía de la sala engaña a veces. En cualquier caso los chicos no se amilanaron, dando lo mejor de sí y sonando de manera más que aceptable pese a lo complicado, por diverso, de la propuesta.
“La Profecía De Clunia” nos devolvía entonces a “Dvatir”. Con Sebastián echando mano de la gaita primero y cantando en tonos altísimos después. El frontman de la voz limpia de Salduie no cejó de animar ni moverse de un lado del escenario a lo largo de todo el set. Aguantando el envite con una suficiencia que habla muy bien del estado de forma con el que se presentó en Gijón. Un corte que, en esta traslación al directo, amplificó en gran medida la cara más épica del sexteto. Así las cosas, como todo buen concierto de folk metal que se precie, no iba a faltar la alusión a las bebidas espirituosas (que diría un clásico) que iba a proponer Bernia. “A Brindar” pues, aunque fuese de manera simbólica en el mayor de los casos. Se podría decir que eran los Salduie más desenfadados, también los que buscaron un mayor contacto con la gente.
Acapulco se iría animando, bien con gritos, bien con bailes, mientras se sucedían los temas. En cualquier caso, y contra lo que pueda pensarse de una banda como esta, lo cierto es que su sonido fue bastante orgánico. En “Carus De Sekaiza” dividieron al público en dos facciones, consiguiendo con ello un wall of death al modo Salduie. Tras la pequeña batalla, iba a llegar una cierta calma al set. Felipe cambiaría su preciosa guitarra blanquinegra por el bouzouki y entre “Caelia” y “Ambaxtos”, iluminada esta última por los flashes de nuestros móviles, aprovecharían para ganar un cierto y merecido respiro. La labor de Sergio Serrano (batería) y Daniel Galbán (bajo) puede pasar algo desapercibida. Lo cierto es que suyo fue el pegamento que unió al set en todo momento, seguros y, sobre todo, versátiles. Tras el pequeño impasse regresó la electricidad en una “El Canto De Las Madres” donde Sebastián dejó una de las mejores líneas de voz de la noche.
Diego Bernia, que se había ido a camerinos antes de que sus compañeros arremetieran con “Imbolc”, emergió después con un llamativo atuendo, máscara inclusive, poniendo la nota de color a estas alturas del set. Aún cuando lo suyo es folk metal directo y vibrante, a ratos sorprenden los breakdowns que introducen. Y aunque no sean Lorna Shore (ni falta que hace), el de “Netón” pudo ser fácilmente el más agrio y marcado de la jornada. Pero si hay un corte que quizá destaque de todo el set, ese es “El Agua Del Tejo”. Puede ser una apreciación puramente subjetiva, pero en su versión en vivo sentí que, con él, Salduie han encontrado uno de esos temas destinados a permanecer en sus setlists durante años. Tremenda respuesta de la gente aquí. No faltan una pequeña performance, Sebastián dándole de beber a Bernia, ni siquiera el cuerno de David Serrano. Fácilmente mi momento favorito de la noche.
Para el cierre quedaban tres que nunca fallan: “Descarnatio”, con Felipe llamando al moshpit y Galbán bajando a perderse entre la gente. Sebastián no se quiso olvidar de los habituales agradecimientos y la banda enfrentó otro de sus grandes himnos, “Numancia”, pura idiosincrasia Salduie, para después cerrar con la siempre festiva “Hidromiel”, con Acapulco a sus pies (literalmente hablando) y Bernia dándose su particular baño de masas. Vinieron y convencieron.
Y es que a todos nos gustan los festivales pero la temporada de salas sirve para ver de verdad el estado de forma de una banda. Y Salduie se fueron de Gijón con nota. Un gran sonido, aún en las siempre problemáticas primeras filas, unos cuantos buenos temas, mucha conexión con la gente y hora y media (minuto arriba, minuto abajo) en la que dieron su mejor versión. Ahora mismo, lo sentimos así, una banda que parece llamada a hacer grandes cosas.
La maquinaria danesa no se detiene. Instalados desde hace años en el continuo gira-disco-gira, Volbeat vuelven ahora con un “God Of Angels Trust” que hace el número nueve en su trayectoria desde que debutaran hace ahora veinte años con “The Strength / The Sound / The Songs”. Aquí siguen el batería Jon Larsen junto al carismático guitarra y voz Michael Poulsen y el (ya no tan) nuevo bajista Kaspar Boye Larsen, a bordo de la formación nórdica desde 2016. Pero el trío no está sólo en este nuevo envite. Flemming C. Lund (The Arcane Order) ha tomado parte como guitarra solista en un puñado de temas, Mia Maja vuelve para colaborar en coros y Martin PagaardWolff realiza pequeños aportes también en guitarras. Con el propio Poulsen ejerciendo como productor junto al PyramazeJacob Hansen (Amorphis, Xandria, Temperance, Arch Enemy…), quien de nuevo tomó las riendas de la grabación, mezcla y master de esta nueva entrega. Editado en formatos físico y digital por la gente de Vertigo Records el pasado seis de junio.
“Devils Are Awake” va directa al grano. Ni intros ni zarandajas más allá del propio prólogo tan orgánico como fugaz. Michael Poulsen pronto entrega sus primeras estrofas, disponiendo ese timbre tan carismático y reconocible. Con mucho una de las voces de mayor personalidad del actual panorama europeo. Hay buenos riffs, sencillos pero con gancho. Una producción, sí, que coloca la voz del propio Poulsen muy en primer plano. La banda y su productor Jacob Hansen saben bien de las debilidades y también las fortalezas del sonido Volbeat. Por eso me gustan esos riffs más oscuros en que se apoyan los estribillos. También la cierta melancolía que se desprende de ellos. A modo de broche, Flemming C. Lund dispone un buen solo en el tramo final. Un arranque a puro Volbeat. Conciso y con los adornos justos.
By A Monster’s Hand” trae al frente un riff que siempre me recuerda a los Metallica post «St. Anger«. El propio modo en que Poulsen ataca las primeras estrofas tiene algo del mejor James Hetfield. Aún así, Volbeat son lo suficientemente inteligentes para impregnar su aura particular aquí y allá, procurando que, influencias al margen (y la de los cuatro jinetes es alargada a lo largo y ancho de su trayectoria) sea su personalidad y no otra la que termine por configurar sus composiciones. Aquí además hay un buen cambio de ritmo, que C. Lund reviste con solos más funcionales que vistosos.
El bajo al comienzo de “Acid Rain” parece rimar con el de Lemmy Kilmister. Pero este es otro de esos cortes encuadrados en la larga tradición de temas hard rockeros (y algo melosos) del trío nórdico. Poulsen, claro, está fantástico en estas tesituras más amables y el corte se pega que da gusto. Es su fórmula de siempre, ya has escuchado esta canción otras veces. Y, sin embargo, toda vez penetra en tus oídos, no hay vuelta atrás. Toda una trayectoria cimentada en base a cortes como este. Tan sencillo y predecible como irresistible.
“Demonic Depression” viene a contrarrestar la cierta pomposidad de “Acid Rain” trayendo de vuelta a los Volbeat más nervudos. Y aunque en cortes así eche en falta a un Poulsen en tesituras algo más graves, bien está el modo en que la producción de Hansen acentúa el registro del de Ringsted. Otro gran estribillo, verdadera especialidad de la casa, pero sobre todo un Jon Larsen firme tanto con el doble bombo como con las baquetas. Manías de oyente, puede ser esta la versión del trío con la que más empatizo, si bien habría dispuesto algo más de espacio al solo de Flemming C. Lund.
Tras “In The Barn Of The Goat Giving Birth To Satan’s Spawn In A Dying World Of Doom”, que casi parece más el título de un tema de Nile, irrumpen ahora unos Volbeat en una onda completamente distinta al resto del álbum. Guitarras acústicas y un marcado aire western inunda prólogo y primeras estrofas. Luego la composición reconduce hacia la versión más rotunda (y habitual) de los daneses, con Poulsen en tonos bastante altos para lo que nos tiene acostumbrados. Hay momentos que me pueden recordar (vagamente) a los Monster Magnet post “Dopes To Infinity” y una cierta sensación de se lo han pasado en grande componiendo y grabando este quinto corte.
“Time Will Heal”, que hace semanas fue el primer corte que escuché de este “God Of Angels Trust” nos devuelve a esos Volbeat más melancólicos y apaciguados de “Acid Rain”, rivalizando con aquella por el título de entrega más amable del disco. Siempre sin perder esas guitarras marca de la casa pero, siento, dejando algunos riffs un tanto planos. A veces de hecho, poco más que serviciales. Y da igual porque el carisma de Poulsen arrampla con todo.
Y, de nuevo, el disco vuelve a virar el timón. “Better Be Fueled Than Tamed” aporta altas dosis de nervio, de intensidad incluso. Está en los setlists más recientes del combo danés, algo que puede sonar a pura declaración de intenciones, aunque pienso que le hace falta una duración algo más ambiciosa para terminar de ser del todo redonda. Posee varios de los riffs más llamativos de este nuevo trabajo, de nuevo un cierto aroma a Metallica impregnando el puente. Pero el solo, de nuevo, vuelve a quedarse a medio cocer por el poco espacio del que dispone. Incluso diría que todo el epílogo me resulta algo atropellado. Sin que me desagrade, siento que podría haber sido uno de los cortes más redondos del largo y termina quedando en tierra de nadie.
Esa sensación de tema a medio cocer de “Better Be Fueled Than Tamed” se afianza toda vez el tracklist alcanza “At The End Of The Sirens”, de hecho el corte más extenso de los diez, que entrega alguno de los riffs más redondos de esta nueva entrega. Hay una cierta oscuridad en ellos y quizá por eso que me llamen tanto la atención. El conocido y comentado carisma de Poulsen impregna de clase las estrofas. Pero es el estribillo aquí lo que realmente me funciona. Su construcción tan intuitiva. También esos riffs más pesados que irrumpen después. Caben incluso concisos detalles de Kaspar Boye Larsen al bajo. A día de juntar estas líneas no forma parte de los setlists más recientes que he visto por ahí y me parece fatal.
“Lonely Fields” vive de confrontar a esos Volbeat más amables con una serie de riffs casi monolíticos para, por ahí, construir un corte mestizo, lleno de contrastes y donde la producción de Hansen & Poulsen habrá de cobrar un mayor protagonismo. No recuerdo ya en qué red social leí comentarios acerca del parecido de esta penúltima entrega con los irlandeses U2. No lo termino de ver (o escuchar). Lo que sí veo (o escucho) es un indisimulado guiño al tema principal de la banda sonora de “Halloween” que el neoyorquino John Carpenter compusiera para su (seminal) película del mismo nombre. Un corte llamativo por diferente.
El cierre corresponde a “Enlighten The Disorder (By A Monster’s Hand Part 2)”, con Volbeat ahora en su encarnación más heavy, cimentada por riffs de nuevo más funcionales que vistosos, pero una producción inteligente a la hora de jugar con las afinaciones y un trazo más diverso de lo que intuí en primeras escuchas. Sin abandonar el sonido clásico de la banda, ni tampoco forzar los límites como la anterior “Lonely Fields”, lo cierto es que es un corte que me sorprendió en una primera pasada y me enganchó en las sucesivas.
Volbeat cargan con el sambenito de que todas (o buena parte) de sus composiciones se parecen. Un prejuicio contra el que “God Of Angels Trust” parece luchar de forma denodada. El registro de Poulsen impone mucho carácter a Volbeat. Pero la banda, ahora más que nunca, deja un tanto de lado a Metallica para ofrecer un álbum, seguramente no el más redondo de su trayectoria, pero donde parece vislumbrarse el camino que el trío puede tomar de cara a futuras entregas. Mientras ese viraje se confirma (o no), el carisma de “Acid Rain”, el nervio de “Better Be Fueled Than Tamed”, incluso la personalidad de “In The Barn Of The Goat Giving Birth To Satan’s Spawn In A Dying World Of Doom” o el cierto riesgo de “Lonely Fields” bien vendrán para mantener el actual estatus de privilegio del trío. Al tiempo.
“Dvatir” de los zaragozanos Salduie recopila en formato Ep varios singles que la banda ha venido editando desde su último largo “Ambaxtos”, editado allá por 2021 y que ya pasara por esta página. Ellos son David Serrano (gaitas, flauta, dulzaina…), Daniel Galbán (bajo), Diego Bernia y Nehemías Sebastián (voces), Sergio Serrano (batería) y Victor Felipe (guitarras, bouzouki irlandés, mandolina). Los temas fueron producidos, grabados, mezclados y masterizados en los Theocide Studios de su ciudad natal con Teocida a los mandos. En la calle vía Theocide Records desde el 3 de abril.
Desde un prólogo muy apegado a la tierra, al bosque, a la naturaleza, en “Una Plegaria A Trebaruna” construyen una intro que transita hacia lo cinemático entre cierto regusto épico y coros elegantes. “Dvatir” donde los chicos cuentan con la colaboración de Xana Lavey (Celtian), acrecienta ese nervio épico de la intro, se arma de guitarras potentes y construye estrofas marca de la casa: alternas en voces, pródigas en arreglos y de lo más efectivas. Aquí y allá hay alguna rima que quizá me chirríe más de la cuenta. Pero disquisiciones personales al margen, esto es Salduie mostrando (a ratos) su vertiente más heavy, alternada con el registro más leve de Nehemías Sebastián. Diversa, agradable, junto con la intro una más que interesante puerta de entrada al Ep en particular y al peculiar universo de la banda en general.
“El Canto De Las Madres”, con la Against MyselfElizabeth Amoedo ayudando en voces, reincide en la gravedad de esas guitarras, construyendo de nuevo unas estrofas llenas de contrapuntos en lo lírico. Voces rasgadas, agudos y dejes más folkies colisionan aquí. Y lo hacen sin que la producción se resienta lo más mínimo. Teocida, varios trabajos ya registrando a los maños, sabe muy bien de las fortalezas de los chicos. Por ahí me agrada el modo en que power metal, folk e influencias más oscuras se conjugan en completo equilibrio. Ahí cobra especial importancia la labor de Sergio Serrano, tejiendo una línea de batería a la vez firme y diversa, perfecto cimiento del corte al que da sustento. Los juegos entre voces e instrumentos de viento, los arreglos orquestales, incluso esa mayor crudeza previa al puente… todo parece estar donde debe. Una de esas composiciones que bien merece más de una escucha (y de dos y tres) para vislumbrar cada pequeño detalle como se merece. De lo mejor de este pequeño Ep.
“Lugnasad” donde encontramos a Estefanía Aledo (Mind Driller), plantea unas primeras estrofas donde las distintas voces limpias se van contraponiendo a la pesadez, la gravedad incluso, que emana de la guitarra de Víctor Felipe. Éstas se enfangarán más adelante mientras acogen un juego de voces aún más amplio si cabe. De nuevo un folk metal que atrae por la libertad que la banda se ha dado a la hora de componer los temas. Hay detalles más contemporáneos, ese breakdown tan marcado, que quizá repelan a los más puristas. Salduie se ponen pocos límites y, por ahí, emergen con una propuesta que acaba por resultar cada vez más personal. El puente previo al epílogo, consagrado a su vertiente más folkie, es estupendo.
“El Agua Del Tejo” parte de un prólogo elegante, de una cierta melancolía incluso, para que luego Diego Bernia deje alguna de las voces más graves de todo el Ep. Aquí irrumpe un estribillo, a coro, de esos que amarran a la primera. Los Salduie más rotundos acompañando a los más épicos en un corte profuso tanto en doble bombo, como en voces y arreglos. Verdaderas señas de identidad de los zaragozanos, para una canción de esas que invitan al movimiento cervical, sin que falten pequeños puentes (de nuevo) con un cierto toque cinemático, otro afilado breakdown y un epílogo que vuelve sobre estribillos. Quizá la más memorable, literalmente hablando, de entre las seis.
“La Profecía De Clunia”, con la mexicana Anna Fiori poniendo de su parte con un registro ciertamente torrencial, reincide en esos Salduie compactos y aguerridos, mostrando su cara más metálica y contundente. Pero aún así, ellos no olvidan otro de esos trazos atractivos por diversos. Sin alcanzar el caos de propuestas más oscuras, pero sin tampoco caer en escrituras predecibles y/o evidentes. A ello suman arreglos sinfónicos que vienen a aportar una mayor grandilocuencia, amén de gaitas, un amplisimo rango vocal y el que puede ser el breakdown más marcado de todo el trabajo. Estupendo cierre.
“Dvatir” viene a dar razones a quienes argumentan que Salduie son, a día de hoy, una de las formaciones más sólidas dentro de nuestro folk metal. Tanto el equilibrio como la contundencia de la mezcla deja entrever la buena conexión que hay entre banda y productor. Y los temas respiran no solo gracias a ese equilibrio sino también a unos trazos atrevidos, muy poco lineales, que ponen en ristre su mejor cara como compositores. Sin olvidar estribillos con gancho, con especial atención a los de “El Agua Del Tejo”, conforman un pequeño trabajo en cuanto a duración pero que, sin embargo, tiene muchas cosas que decir. El próximo 27 de septiembre estarán descargando en la Sala Acapulco de Gijón. Avisados quedáis.
Nuevo Ep para los black death radicados en A Coruña AkoúΦenom. Ellos son Prgich en baterías, Korgüll en bajo y voces, Garmr en guitarra y DraGon en voz y guitarra. En este 2025 se cumplirán diez años de su primera referencia como banda: el Ep “Flesh Sublimation”. Tras él vendrían sendos splits junto a La Hija del Carroñero y Kursk en 2016 y 2020 respectivamente. Ya en 2023 vería la luz “Death·Chaos·Void”, su primer largo. Finalmente, el pasado 4 de julio editan vía Unorthodox Emanations (subsello de Avantgarde Music) “Connections To The Erebus”, Ep de cuatro temas grabados en Cumbre Estudios y posteriormente mezclados y masterizados por el Aversio HumanitatisSimon Da Silva (Cancer, Eternal Storm, Wormed, Iku-Turso, Pestilength…) en el madrileño The Empty Hall Studio. El trabajo cuenta con arte del propio Prgich.
Explota “Absurd Of The Arkhe” y pronto el nombre de Teitanblood acude a mi subconsciente. Ahorran en adornos los gallegos para traer al frente un metal tan frío como osco. Firmes las baterías de Prgich en estos primeros compases, que apenas palidecerán conforme se manifiesten las primeras estrofas. En una composición que se irá más allá de los diez minutos mientras hibrida black & death metal, me agrada el toque melódico que imprimen a las mencionadas estrofas. O la forma en que alternan ritmos aquí y allá, conformando un corte que, lejos de volver sobre sí mismo, avanza a pasos fríos y despiadados. Da fe de ello el puente, con ese deje más marcial, así como el buen solo que implementan después. “Absurd Of The Arkhe” habrá de abrazar finalmente un trazo mucho más pesado y agónico. Bordeando las fronteras del doom más descarnado, ampliando su margen de maniobra y desembocando en ese epílogo nuevamente vicioso y fulgurante. La sola presencia de esta primera entrega justifica al Ep en su totalidad.
“Extrema Unción”, donde el cuarteto abandona ahora el inglés para sus líricas, no pone las miras tan altas como su predecesora, lo que no quita para que AkoúΦenom apuesten aquí por unos pulsos algo más atmosféricos. Me agrada la forma en que juegan a hilvanar velocidad y pesadez, precisión y desenfreno (esos solos casi desquiciados), en otra composición con el caos como principio y final. Más oscuras aún si cabe las voces que ofrecen aquí. Cabe destacar el buen sonido que desarrollan estas grabaciones, con el punto justo de suciedad y desgarro. Alcanzados los dos minutos de composición, ésta se vuelve algo más orgánica y tendida. Que no apacible. Las voces, en pura agonía, conducen por un verdadero valle de sombras. Me gusta el solo que implementan después. El de Triumvir Foul puede ser un nombre que me ronde la cabeza toda vez encarama hacia su epílogo, con los gallegos en su versión más nerviosa y lacerante. Lo que sorprende aquí es ese tramo final y la forma en que rima con un black depresivo y angustioso (deudor de gente como Sterbend, Nyktalgia, Abyssic Hate…) y que, como la cabra tira al monte, pienso merecía algo más de desarrollo…
… si bien el arranque de esta “Abismo” parece seguir cerca de donde lo dejase aquella. El corte quizá más libre de todo el trabajo. Instrumental salvo por esas voces que irrumpen durante su tramo central. Más atmosférica que disonante, apenas un pequeño escorzo de cuatro minutos…
… antes de que “Limbo” dibuje una calma apenas inédita a lo largo de todo el Ep. Instrumental al piano y de gran contraste con el trío de temas previos. En cierto modo elegante, pero también tensa y un tanto misteriosa, en una onda que me suele recordar a la última etapa de los polacos Profanum. Curiosísimo cierre.
Es llamativo cómo el Ep transcurre desde el lacerante caos inicial a la calma tensa de “Limbo”. Entre medias cabe un metal extremo en gran medida desprovisto de adornos, también de asideros, en donde la banda parece haber cuidado con sumo cuidado la parcela gramática. Son cortes que me llaman más la atención por su trazo que por la colección de riffs que atesoran. Curiosamente, aprecio en mayor medida el caos que son capaces de desatar algunos de los solos que introducen aquí. Luego el par de cortes finales vienen a amplificar ese rango de acción. La primera con ese cariz más atmosférico, la segunda con su tranquilidad y su calma. Tensa, sí, pero calma en cualquier caso. Un Ep que es casi como un viaje. Un inevitable descenso hasta su particular limbo, pero bien producido y rebosante de buenas ideas. De lo mejor que nuestro metal extremo tiene para ofrecer a día de hoy.
Segunda jornada del StoneFest, que bajo los mismos rigores climáticos, iba a juntar a las bandas Repugnance, Ikarass, Asagraum, Totengott y Firtan. Vuelta pues a la sala de Kuivi Almacenesprestos a dar cumplida cuenta de tan suculento menú, más focalizado en el metal extremo, diverso y arriesgado, pero que congregó a un buen número de fans en las entrañas del remozado recinto ovetense.
Los legendarios death grinders mierenses Repugnance serían los encargados de calentar el ambiente. Clásicos donde los haya, su primer referencia de la que tengo conocimiento (la demo “Perpetual Penitence”) data nada menos que de 1991. Se dice bien y pronto. Ellos pusieron al frente su pasado más recóndito con una presencia y un buen hacer a la altura de su leyenda.
Pablo Deodato comanda desde baterías y Miguel Distorsión enfrenta los temas con la pasión de un colegial. En un minucioso repaso a su trayectoria, cupieron riffs de un corte más rockero. Puro rot n’ roll mierense para empezar el sábado con el mejor pie, con los propios Wizard Master, que habían tocado el día antes, sin perder ripio desde su puesto de merch. Se conjugaron voces, se tramaron algunos bailes. Y no faltó la de “vamos a tocar una lenta” para después proceder con su cara más distorsionada y violenta. Así sí.
Los durangueses Ikarass serían a la larga los grandes tapados del día. Con solo un disco en su haber, aquél “Relapse Into Desolation” de 2020, trajeron su post-metal a la Amenra para deleite de propios y extraños. Sucede a veces que uno acude al directo dispuesto a dejarse sorprender y la banda cumple con creces esas expectativas. Ya ese arranque atmosférico en crescendo ofrece visos de su clase. Enfrascados siempre en la búsqueda de atmósferas cargadas de post-metal tenso y desgarrado.
De su música emanó una tristeza que, golpe a golpe, les acercaba al doom más atmosférico. No fue poca la gente que se arrimó a verles. Ellos siguieron vagando por territorios inhóspitos, enfrentando pasajes limpios, casi cristalinos, a una aspereza que rayaba en la desesperanza. Ahí tiene gran parte de culpa el particular registro de Imanol M. Aginako al micro. Siempre a puro desgarro, frontman que se dejó la piel y la garganta sobre el escenario del StoneFest. Su música se apoyó en buena medida sobre lo emocional. Por ahí entiendo que a algún profano se les hicieran cuesta arriba. Yo no puedo más que reconocer que disfruté de su descenso hacia los abismos del alma.
Ayudó en buena medida el buen sonido del que gozaron. Una constante durante todo el fin de semana y debe ser puesta en valor. Las luces, o a ratos la ausencia de estas, amplificaba todo cuanto su descarga tuvo de sensorial. Me consta que más de uno y de dos se quedaron con su nombre y bien ganado se lo tienen.
El cartel iba a dar entonces un giro dramático con la venida de las neerlandesas Asagraum. Su black metal al modo clásico incendió la sala de Almacenes Kuivi. Al cuarteto se le puede acusar de cierto hieratismo, roto por la propiaObscura, alma mater de la formación, cuando presentaba los temas con sus cuernos apuntando al cielo.
Corpse paint mediante, su puesta en escena no pudo ser más clásica y elemental. El comienzo de set, feroz y descarnado, me llevó a pensar en bandas como Endstille, primeros 1349, Gorgoroth… Ellas enfrentaron su black metal con total convicción, con A. Morthaemer dejándose la piel tras el kit de batería, ya fuera con blast beats incesantes o un firme uso del doble pedal. Enorme labor la suya.
A ratos resultaba llamativo su black metal a plena luz de los focos. O cómo el calor imperante en la sala peleaba contra el frío que emanaba del escenario. Riff tras riff fueron componiendo un set que, a ratos, pudo pecar de cierta linealidad. Fue ahí donde Obscura conjugó un medio tiempo mientras ofrecía su voz más limpia. Oxigenó la descarga y les dio algo de resuello antes de un epílogo de nuevo violentísimo. Para el cierre quedó un cierto regusto a los Darkthrone del “Hate Them”, uno de mis álbumes favoritos del célebre dúo nórdico, y que disfruté de lo lindo.
Totengott contrapondrían entonces su habitual doom / thrash al avezado black metal de las neerlandesas. El trío, enfrascado aún en la gira presentación de su tercer largo “Beyond The Veil”, ofreció igualmente buenas dosis de intensidad y mal café. Ese que siempre deriva de “Marrow Of The Soul”, aguerrido arranque de set con un José Mora a tumba abierta tras baterías.
“The Architect” amplificaba entonces su rango de acción. Son unos Totengott más atmosféricos, pero cuando llega el turno de ofrecer una pizca más de mordiente, estamos viendo una más que óptima versión del trío. Nacho arengó desde el escenario y el público supo responder en consecuencia. Es lo que tiene jugar en casa. Son muchas las veces que les hemos visto, pero no deja de sorprender cómo nunca dudan en enfrentar alguno de sus temas más extensos, en este caso “The Abyss”, que daba título a su segundo largo, y que para quien escribe siempre tendrá un significado muy especial.
Con “Beyond The Veil” dejaban fluir su vena más thrash, con un Chou Saavedra que había cambiado su guitarra, y que enfrentó esta línea vocal con especial vehemencia. Nacho había sacado de backstage sus habituales “trofeos”. Calaveras animales que alguno que otro entre el público hizo suyas. Antes del cierre hubo bromas de Chou con la calefacción. Mucho era el calor que nos atenazaba en la sala. Por supuesto, no se quiso olvidar de los agradecimientos. Pero para cuando arremeten con “The Golden Crest”, estamos viendo al Saavedra más activo que recordamos. Siempre cumplen y el sábado no fue la excepción.
Ni mucho menos contaba con poder ver a una banda como Firtan al lado de casa. Los alemanes, una de las formaciones más prometedoras del nuevo black metal alemán, llegaban al StoneFest con el impulso del fenomenal “Ethos” de 2024. Es algo que, pienso, conviene poner en valor. Citas como esta no abundan dentro de nuestro territorio. Contad con que haremos todo lo que podamos (y un poco más de lo que podamos, si es que eso es posible, que diría el inefable Mariano Rajoy) porque eventos alternativos como este proliferen en la Asturias de los macrofestivales horteras.
De Firtan lo primero que llama la atención es su puesta en escena. Esos ropajes roídos, el make up ennegrecido que portan. Y claro, la presencia de Klara Bachmair al violín. Figura de no poca relevancia en la banda, como se puede ver ya desde la inicial “Hrenga”. Su desempeño amplificaba el carácter un tanto espacial de ese inicio. En “Wermut Hoch Am Firmament”, no obstante, iban a concitar su cara más desenfrenada, caótica incluso, con C.S. dejando alguno de los solos más desquiciados de todo el fin de semana. Phillip Thienger comentó entonces que era su primera vez en España, y al alimón con su banda procedió a enfrentar un black metal de cariz más melódico. Aquí lució de nuevo Klara Bachmair durante un puente tranquilo, que nos condujo hacia terrenos casi oníricos.
Firtan fueron tramando un set atractivo por diverso. Como muestra un botón: de la gravedad inicial de “Arkanum” a la inusitada violencia de “Faðir”, con el Thienger más visceral de la noche. Bañados en luz verde, sonaban intensos, compactos y realmente redondos. Y aunque quizá por el cansancio acumulado de ambas jornadas, disfrutase en mayor medida de sus cara más atmosférica, lo cierto es que cuando pusieron toda la carne en el asador sorprendieron con black metal hiriente y visceral. Por ahí tal vez que se fueran a bambalinas y dejaran a Bachmair y su violín a solas sobre el escenario. Uno de los momentos más especiales de todo el festival. Sin olvidarse de los debidos agradecimientos, se despidieron haciendo gala de su cara más grandilocuente y también desesperada en un final memorable. Bolazo, si me preguntan.
A grandes rasgos, todo esto dio de sí la jornada del sábado. Una propuesta valiente, un ramillete de bandas nada habituales por la región y una organización de diez. Poco más podemos pedir. Si acaso que el calor no os atenace del mismo modo en futuras ediciones. Por ello queríamos mandar un sentido agradecimiento a la organización del StoneFest, a los técnicos de sonido, a las diferentes bandas y a la mucha gente con la que departimos en algún momento a lo largo del fin de semana. Ya saben: nos vemos en el siguiente.
Nueva edición, por partida doble, del histórico StoneFest. Regresó uno de nuestros festivales alternativos por antonomasia. Y lo hizo estrenando nueva sede, Kuivi Almacenes, para llenar un viernes de stoner y sludge, más un sábado más centrado en el metal extremo. Un plato bien diverso para gusto de casi todos, y que viene un poco a quitar razones a quienes llevan tiempo quejándose de que a esta región ya solo vengan las cuatro, cinco, seis bandas de siempre. Phoenix Cvlt, Bifäz, Voul, Mars Red Sky y Wizard Master eran los elegidos para la primera jornada y allá que nos fuimos, prestos a dar cumplida cuenta de todo cuanto aconteciera.
Llegamos a tiempo para recoger nuestras acreditaciones, acceder a la sala y ser recibidos por las sonoridades oscuras y la temática religiosa de los asturianos Phoenix Cvlt. El trío, con Aitor Lucena (Narwhale, ALMS) en guitarra y voces, procuró una apertura al festival entre lo vibrante y lo alucinado. Se leyeron versículos, se descerrajó una buena suerte de riffs y se optó por una versatilidad, un atrevimiento en las estructuras, que fue, en definitiva, el mejor anticipo a lo que estaba por venir.
No fue mucho el rato del que dispusieron. Quizá de ahí el modo en que enlazaron un corte tras otro. Y qué llamativo resulta cuando Lucena abandona su guitarra y arremete con la travesera, adoptando así el trío un aire aún si cabe más alucinado, con un bajo distorsionado hasta sus últimas consecuencias. El de los sevillanos Orthodox fue un nombre que acudió a mi subconsciente en varios momentos de la descarga. “Sacrificio”, del pequeño Ep “La Profecía” cerró el breve set dejando, pienso yo, un buen sabor de boca. Muy atentos al material que está por venir de los de La Felguera.
Los cántabros Omar (batería, voces) y Carlos (guitarra, voces), es decir, Bifäz, vendrían entonces a darle una vuelta de tuerca más al cartel. Se presentaban en el StoneFest con apenas un Ep en su haber, aquél “Extinción” de 2024, prestos a inundar la sala de su conocida amalgama de sludge y stoner. Aquí me agradó el arranque tan espacial que propusieron. Hábil escondite de la intensidad que desplegarían más adelante. Y es que si por algo destacó el dúo fue por el modo en que supieron alternar ritmos arrastrados con otros más trotones, siempre sin perder esa cualidad tan riff oriented de su música. Carlos, a veces sentado, otras de pie, hizo buen uso de un buen número de pedales y efectos, amplificando sobremanera el rango sonoro del dúo.
Recayeron las labores de sonido en el Blues&DeckerDiego Reyes y Kuivi Almacenes respondió a la altura de lo que se esperaba. Bifäz prosiguieron entregando voces agrias y mucha diversidad en cuanto a texturas, algo que sorprende tratándose de solo dos músicos sobre las tablas. Y ya que estamos con los parecidos, no logro deshacerme de lo mucho que me recordaban a los primeros High On Fire en las partes más veloces. Mucho ruido y mucha mala baba, cerrando un set tampoco demasiado extenso en una vertiente mucho más atmosférica, que en cualquier caso no obvia un cierto nervio. Nos agradaron.
Le iba llegar el turno entonces a Voul: Alberto en guitarras, El Adrift Dani al bajo y Edu, ex de los míticos sludge madrileños Moho, en baterías. Trío sin mayor intención que la de derrumbar Kuivi Almacenes hasta los cimientos. Mucha, muchísima la intensidad que emana del escenario ya desde los primeros compases de “Fear”. Y sí, a ratos me recordaban a los propios Moho. También a Eyehategod, si bien diría que no alcanzaron a sonar tan desesperanzados. Y sí que tendieron ritmos y riffs hacia el hardcore.
Decir que Edu se dejó el alma en cada golpe sería hacer escasa justicia a la vehemencia que empleó a lo largo de todo el set. Sin desfallecer un ápice, arremetió contra su kit de batería como si en el empeño le fuera la vida misma. Según nos dijo, alrededor de dieciocho años llevaba sin tocar en Oviedo. Se dice pronto. En el set hubo momentos de cierta alternancia. Ahí me gustó el equilibrio entre calma y nervio que propusieron, con una muy fina labor de Alberto, inequívoca pose con su Telecaster, en ambos registros.
A lomos de esa batería descosida, acometen un sludge feroz y violento ahora. Puede que el wall of death propuesto por Edu resultase infructuoso (“ha salido regular esto”), pero cuando ellos se concentran en su faceta instrumental, realmente estamos ante una banda de un nivel altísimo. Como altísimas fueron las pulsaciones en la final “Fucked Up System”, minuto y pico de pura agresión sonora. Tremendos.
Así las cosas, el festival iba a virar de la intensidad y la rabia de Voul hacia el tendido stoner de aires psicodélicos de los franceses Mars Red Sky. Los de Burdeos, enfrascados aún en la gira de presentación de aquél “Dawn Of The Dusk” de 2023, vendrían a poner la calma allí donde antes habitó el nervio.
De entrada llama la atención su puesta en escena. Esa batería naranja, situada tan al frente del escenario. El gong tras ella. Su sonido se avino a un stoner clásico, comandado en voces por el casi etéreo registro de Julien Pras. Su aparente fragilidad contrastó con su buen hacer a las seis cuerdas, con especial acento en la creación de riffs a menudo elegantes y siempre eficaces. MatGaz tras la llamativa batería no vino a dejarse la piel del modo en que Edu lo había hecho con anterioridad, pero de justos es decir que trazó, seguramente, muchos de los licks más llamativos de toda la jornada.
A ratos, y particularmente cuando el trío suma sus voces, alcanzaron a sonar más contundentes. Siempre sin perder de vista esa manera tan cuidada y personal de entender el género. A ratos más psicodélicos, sorprende no obstante el uso de algún que otro apoyo externo. Pequeños detalles que quizá resten en lo orgánico pero que vinieron a sumar en lo alucinatorio. Las últimas líneas de voz de Julien Pras, muchas veces impasible, aparentemente algo tímido, vinieron a sumar a ese cariz casi etéreo de finales del set. Curiosos, me agradaron.
Para el cierre quedaba una propuesta más homogénea. Los romanos Wizard Master y su stoner elemental, casi canónico, ofreció quizá sorpresas a su paso por el StoneFest. Lo que no quita para que el agitar de cuellos y melenas en primeras filas fuese prácticamente una constante a lo largo de la descarga. De entrada llaman la atención los chalecos que lucen. “We don’t believe in anything” (“no creemos en nada”) proclama Mano Sinistra, voz y guitarra de los italianos. A tenor de lo oído en la sala de Kuivi Almacenes, sí hay algo en lo que creen.
Y es que el cuarteto ofreció una lección de como facturar stoner rock, con trazas doom, sin abandonar ese regusto a los primerísimos Black Sabbath tantas veces inherente al género. Telúricos, orgánicos, armados con buenas dosis de fuzz, derrochando grosor y siempre bajo ese peculiar registro de Mano Sinistra. Quizá lo extenso de sus temas, también el empacho de riffs que nuestros cuerpos habían acumulado durante la jornada, contribuyeran a que nos resultaran algo lineales. Otros, en relativa proporción, supongo que disfrutarían con tan férrea adhesión a los preceptos del stoner rock.
Hubo algún que otro percance con el bombo de la batería, solucionado al vuelo y sin que la descarga se detuviera en ningún momento. Ni un segundo que perder, no obstante tampoco quisieron olvidarse de los habituales agradecimientos. Para el cierre y mi sorpresa, dejan algún riff de un cariz más sureño, también una cierta calma, justo cuando coincidíamos en que el set corría el riesgo de retorcerse sobre sí mismo más de la cuenta. Fue por tanto un buen final, con una más que aceptable afluencia de público para un viernes de vuelta a la rutina, con los muchos gastos que esta acarrea de modo inevitable. A nosotros ya solo nos quedaba redactar esta crónica y velar armas ante la segunda jornada. Esa, como suele decirse, es otra historia.
Decimoséptimo largo ya para la calabaza germana, el segundo desde que Helloween debutara esta suerte de formación all star con Michael Kiske (voz) y Kai Hansen (voz y guitarra) retornando a la que fue su casa. Mi compañera Tumayentrevistó a Markus Grosskopf (bajo) hace escasas fechas por lo que era de recibo, ahora, darle un tiento a este flamante “Giants & Monsters”. Michael Weikath y Sascha Gerstner (guitarras), Andi Deris (voz) y Dani Löble (batería) completan la nutrida alineación. Dennis Ward y Charlie Bauerfeind se harían cargo de las distintas tareas de grabación y mezcla, mientras que Sascha Bühren y Emil Pohjalainen harían lo propio con la masterización. Diez cortes para cincuenta minutos de música adornados por el fino arte de Eliran Kantor. En la calle a través del sello Reigning Phoenix Music desde finales de agosto.
Nada de intros cinemáticas ni pompa engolada. “Giants On The Run” ofrece desde el comienzo la mejor cara de esta constelación de músicos. ¿Por qué? Por la construcción de esas estrofas, por cómo después su estribillo reconduce hacia los Helloween más canónicos, con Deris llevando la voz cantante. Sorprende su elección como opener si uno se atiene a lo llamativo de su construcción. Ahí caben desde breakdowns a cierto coqueteo con el metal progresivo, voces graves y una hábil sección solista. El epílogo, tal vez por llevar la voz de Hansen, pero también por el tratamiento de los diferentes coros, no podría recordarme más a Gamma Ray. Por ahí, y sin que la producción me enamore del todo, siento que el álbum no podría empezar con mejor pie.
“Savior Of The World” se conduce ahora hacia un power metal mucho más clásico y elemental. Ese donde el siempre cálido timbre de Michael Kiske engarza con total precisión. Es una canción que Helloween han entregado decenas de veces. Quizá por ahí que quepan pocas quejas al respecto, más allá de cierta predecibilidad inherente al género. Además Dani Löble está no solo rápido sino que bastante hábil a la hora de componer su línea de batería y, por ahí, todo deja la impresión de que podría funcionar como un tiro en vivo. La producción juega con los canales durante la primera fase del solo. Justo antes de que éste emprenda el vuelo y deje paso al epílogo. De esas que te las sabes a la primera y no salen de tu cabeza durante días.
Lo mejor que puedo decir de “A Little Is A Little Too Much” es que cumple con creces su papel como single adelanto. Sencilla, valga la redundancia, con una melodía pegadiza y memorable, un buen tratamiento en cuanto a voces se refiere y ese sencillo pero eficaz estribillo, el cual parece construido con el directo como fin último. A día de juntar estas líneas, es el adelanto del álbum con menos reproducciones en Spotify, si bien en lo personal siento que está por encima de “This Is Tokyo”. Más adelante explico por qué.
Me gusta la forma en que “We Can Be Gods” recupera algo más de nervio y mala leche. De clasicismo incluso, con ese inconfundible agudo durante el prólogo. Kiske de nuevo a placer, muy cómodo, en estas estrofas. Y basta escuchar los distintos riffs que la pueblan para darse cuenta de que esta es una composición con el sello personal e intransferible de Kai Hansen. El disco va conformando así el puzzle en el que han de ir encajando las distintas personalidades que integran estos súper poblados Helloween. Quizá el solo me suene algo recurrente a estas alturas de la película. Inequívocamente ágil, especialmente cuando emergen buenos duelos entre ellos, pero que aún con eso me provoca cierto déjà vu.
“Into The Sun” echa el freno y pone la calma. Balada / medio tiempo bellamente arreglada, interpretada con todo mimo y que, sin tampoco reinventar la rueda, amplifica el rango sonoro del álbum con cierta finura. Una buena sección solista y un final pomposo pero bien equilibrado en lo que a mezcla se refiere para un corte ni memorable ni fallido.
“This Is Tokyo”, lo pensé en las primeras escuchas y me reafirmo ahora, me resulta el más endeble de los tres adelantos. De entrada porque los coros del prólogo, por alguna razón, me suenan torpes. Descuidados incluso. Y si bien pienso que su construcción no es desdeñable, me parece que recoge alguno de los malos vicios que a veces tienen este tipo de cortes pensados para la masa. Pero es que aun con eso, creo que el estribillo adolece de un mayor gancho y trata de buscarlo inundando la mezcla de coros que no van a ningún lado. Si la salvo de la quema es, desde luego, por ese deje tan Accept que acompaña al solo. Y nada más.
Por contra, “Universe (Gravity For Hearts)” y si logro abstraerme del ahogado y extraño sonido de la caja (especialmente en estrofas), me parece uno de los mayores logros de este “Giants & Monsters”. Los Helloween más trotones confrontados a una escritura que me atrapa por diversa y ágil, con un Kiske en su salsa. Sascha Gerstner carga con la composición aquí, pero en muchos de los riffs y melodías uno siente el inequívoco aroma a los Helloween de siempre. Hay cuidados puentes entre estrofas, confrontados a secciones más oscuras, con el bajo de Grosskopf muy en primer plano y, en general, una cualidad de nuevo poco predecible, seguida de buenos desarrollos solistas. Es la banda en su encarnación más coral, produciendo power metal de calidad y con el único pero de la batería que comenté al comienzo1.
Me gusta esa cualidad más atmosférica que emana de “Hand Of God”, no tanto cómo una duración algo rácana opera en contra de las buenas ideas que la integran. De nuevo compuesta por el ex Freedom CallSascha Gerstner, porta estrofas más que interesantes, amén de un tono algo disociado del resto del disco. Me gustan las melodías que acompañan a estribillos. Tan clásicas, tan funcionales. Por contra, a la sección solista creo que se le podría haber sacado algo más de jugo. Al final es uno de los cortes que me pasa más inadvertido.
Hay que reconocerle a esta calabaza que pocas bandas se manejan tan bien como ellos en cortes de sencillo y directo happy metal. “Under The Moonlight” se adhiere con orgullo a esa larga tradición de hard / heavy maleable y desenfadado, con un Kiske como niño con juguetes nuevos. Muy breve, apenas por encima de los tres minutos, pero de lo más funcional. Habría sido mi elección como single por delante de “This Is Tokyo” sin dudarlo un instante.
De la cabeza de Kai Hansen ha salido el cierre “Majestic”. Composición adherida a la bien conocida tradición de cortes extensos que el Gamma Ray ha entregado durante todos estos años, y donde se dan cita alguno de mis riffs favoritos de todo el álbum. Estupendas esas primeras estrofas, de construcción ágil y diversa, con Michael Kiske enfrentando los distintos versos con una pasión a la altura de su leyenda. Sin llegar a ser una “Heading For Tomorrow”, una “Halloween”, cierra el disco con grandes solos y potentes estribillos, pero también puentes tranquilos y la sensación de que a esta formación le queda aún mucha guerra por dar.
A día de hoy siento que “Helloween” era, en términos absolutos, mejor que este “Giants & Monsters”. Entre buenos momentos de gran power metal, este nuevo largo de la calabza ofrece cortes algo endebles y ejecuciones un pelín predecibles. Pero cuando el disco brilla, véase sin ir más lejos esa final “Majestic”, destierra cualquier duda. Si bien pienso que el disco roza el notable, me queda la sensación de que a semejante constelación de músicos, de leyendas del género, se les debería exigir siempre algo más.
1y que en un principio achaqué a un mero fallo del formato. Error del que salí toda vez escuché de nuevo la canción en diferentes plataformas de streaming, con el defecto persistiendo en todas ellas. Hay cosas que cuesta comprender y más en una producción como esta.
Nuevo trabajo y es el quinto ya para las huestes death metaleras burgalesas de Mass Burial, la banda de los Nasty SurgeonsRaúl Weaver (guitarra y voz) y Fabíán Hernández (bajo) junto a Jorge Azofra (batería) y Adrián Ojer (guitarra). “May Darkness Come” se compone de un total de once cortes mezclados y masterizados por el propio Weaver en los Undead Studios. Con portada de Juanjo Castellano (Æolian, Unbounded Terror, Avulsed, Barbarian Swords…), el álbum fue lanzado por Dealer Records Gamonal en colaboración con Ruido Noise Records.
De inicio alberga pocas sorpresas. “May Darkness Come” es puro death metal a la manera clásica. Con la batería de Azofra refulgiendo junto a unos simples pero muy eficaces riffs de guitarra. Me enganchan más los que la banda sitúa bajo las primeras estrofas. Ese groove tan bien medido y el no menos elemental ‘tupa tupa’ d-beatero que introduce más adelante. Un primer aporte que, sin inventar nada, ni pretenderlo tampoco, funciona a las mil maravillas.
Más directa aún es una “Dead Mountain” que constriñe la estructura del tema previo para, en poco más de tres minutos, destapar la versión más descarnada de los burgaleses. Se alterna esta con un death metal que gana en pesadez conforme fluyen las estrofas. Hay cambios de ritmo que me agradan por cómo no comprometen el remate final con florituras de cara a la galería. Todo parece fluir de modo más o menos natural y por ahí me agrada esta segunda entrega y el modo en que la remata el buen solo final.
Pequeños arreglos durante el prólogo hacen por aumentar la oscuridad de una “Dreams Of Blood” que muestra ahora a unos Mass Burial más pesados y melódicos. Luego llegan las estrofas y todo vira hacia un death metal que bien podría recordar a los primeros Entombed. Siempre con el hosco registro de Weaver al frente y trazando un death metal clásico y de nuevo muy eficaz. Vuela Azofra tras los parches camino de un epílogo hábil a la hora de aportar un poso más melódico. Ahí y por pura colisión surge uno de los cortes más interesantes de todo el largo.
“The Apostate” retorna entonces a lugares comunes en el ideario de los burgaleses. Esto es: death metal rápido sin caer en lo frenético, dotado de una oscuridad sin imposturas. De riffs sencillos pero pegadizos, con Azofra marcando un ritmo casi marcial. Al solo que ocupa su tronco central quizá le falte algo más de desarrollo. De presencia incluso. La producción del álbum es deliberadamente sucia, de nuevo al modo clásico, y por ahí puede que uno encuentre cierta división de opiniones. En cualquier caso la composición echa el freno en un tramo final pesado y rotundo.
“The Shadowless” añade algo más de picante a la mezcla. Puede ser de los once el que más me recuerde a la otra banda de Weaver. Ritmos vivos y buenos detalles de un inquieto Azofra tras los parches no descuidan la inclusión de buenos riffs, así como de un solo en su puente central que, en cierto modo, no podría resultar más elegante. Aún cuando me agrada el mayor nervio que adquiere en su tramo final, no puedo evitar pensar que bien merecía una duración algo más ambiciosa.
La igualmente breve “The Slaughter” cuenta no obstante con otro de mis riffs favoritos de todo el largo. Luego de ese prólogo irrumpen unas estrofas que, línea de voz al margen, me retrotraen a los primeros discos de Avulsed. Death metal sin complicaciones, oscuro pero sin imposturas artificiales. Orgánico y dotado de pequeños cambios de ritmo que lustren la propia composición. Ni siquiera echo en falta un mayor brillo en lo técnico, pues la banda dispone un solo final perfectamente enraizado en el propio espíritu de la composición. Ni tan siquiera tres minutos y medio y, sin embargo, una de mis favoritas de todo el tracklist.
El tranquilo prólogo de “House Of Horrors” viene a romper con todo lo establecido hasta ahora dentro de “May Darkness Come”. Y de hecho sus primeras estrofas amagan con conducir a Mass Burial a sonidos más propios del metal gótico. Guiño que se difumina casi de inmediato con la banda transitando feroz hacia su habitual death metal sobrio y sin manierismos. Weaver prosigue con su registro oscuro, casi enfangado, mientras Azofra y Hernández firman una de las bases rítmicas más vivas de todo el largo. La composición conmuta estrofas nerviosas con otras que vuelven a rozar el d-beat y por ahí los de Burgos parecen dar su mejor versión. El reverberante solo final remata una de las entregas más infecciosas de este nuevo álbum. Ni que decir tiene que la que más ha calado en mi subconsciente hasta ahora.
“Let The Dead Be Dead” da otro giro de timón para que la banda recupere su versión más galopante y descarnada. Weaver no varía un ápice su registro pero, por alguna razón, encuentro esta línea de voz algo por debajo de otras tantas del disco. Aún cuando alguno de los riffs en que se apoya van sobrados de gancho. La composición acomoda el solo en su tronco central y éste resulta tan vistoso como ágil. Algo descompensada pero igualmente disfrutona.
Otro corte de arranque reposado es este “Inquisition”. Y de hecho Mass Burial levantan el pie del acelerador aquí para que fluya una versión más melódica del cuarteto. Las primeras estrofas acogen una pesadez casi desconocida a lo largo del disco. Un grosor que irá virando, con toda naturalidad, hacia su habitual death de ritmos vivos y riffs nerviosos hasta llegar a los blast beats que anteceden al epilogo. Este se adorna de un apenas correcto solo de guitarra pero, en conjunto, siento que es otra del vagón de ganadoras.
Tras el sugerente título “Vengeance From The Grave” se esconde otro arranque de death metal taimado y rocoso. Apenas un pequeño inciso toda vez las estrofas acojan el trotar ya clásico del cuarteto. Azofra está más pasional que nunca aquí y la composición, aun cuando del todo clásica, arroja igualmente buenos detalles técnicos (esos breves pero furibundos solos de guitarra) y marcados descensos hacia una pesadez y una gravedad perfectamente integradas. Estupenda.
Siento que a la final “Bound To Obscurity” le pesa lo exiguo de su duración. Propone una serie de ideas (estupendo ese arranque lento) que su cierta falta de ambición lleva a no desarrollar del todo. Y es una pena porque le habrían otorgado otro signo diferente a este cierre. Un broche en el que Mass Burial vendrán a conducirse por alguna de las sendas que el disco ha transitado una y otra vez. Esa cierta repetición de patrones puede llevar a un cierto cansancio por reiteración. Ello no quita para que tanto el solo final como la base en que se apoya aguante la comparación con cualquiera del resto del trabajo sin mayor esfuerzo.
En cualquier caso un disco que, acogido a la cara más primigenia del género y dotándose de una cierta oscuridad, entrega once cortes donde encuentro más aciertos que errores. De hecho, me atrevería a decir que estos últimos obedecen más a manías de quien escribe que no a cualquier déficit que pudieran tener como banda. De ahí que a ratos eche en falta una mayor diversidad. No es menos cierto que entonces esto quizás dejaría de ser un disco de death metal propiamente dicho. En cualquier caso, “Vengeance From The Grave”, “The Slaughter” o “House Of Horrors” me parecen razones más que suficientes para detenerse en el nuevo trabajo de Mass Burial. Estáis tardando.