Motocultor Festival 2026: Carhaix se prepara para una nueva celebración
Cada verano, la pequeña localidad de Carhaix, en la región francesa de Bretaña, se convierte en uno de los principales puntos de encuentro para los aficionados al metal de toda Europa. El Motocultor Festival regresa una vez más con una propuesta que mantiene intacta su esencia a juzgar por pasadas ediciones, la de reunir durante varios días a algunas de las bandas más destacadas del panorama internacional junto a nuevas formaciones que buscan hacerse un hueco en la escena. Lejos de apostar únicamente por los grandes nombres como la inmensa mayoría de festivales con este tipo de formato, ellos han sabido construir una identidad propia gracias a una programación variada en la que conviven estilos tan diversos como el heavy metal, thrash, death, black, folk, doom, hardcore o en tan odiado y amado a partes iguales, metalcore. Esa diversidad es precisamente uno de los aspectos que más valoramos desde Heavy Metal Brigade y por ello decidimos apostar por el evento francés, ya que vemos una oportunidad única para descubrir nuevos artistas sin renunciar a disfrutar de referentes consolidados.
La edición de 2026 volverá a reunir un cartel de primer nivel, con artistas capaces de atraer tanto a seguidores veteranos como a un público que se acerca por primera vez al festival, como es nuestro caso. La presencia de bandas internacionales y el cuidado por ofrecer una programación equilibrada hacen que cada jornada presente opciones para todos los gustos dentro del amplio universo del metal. Las bandas emergentes comparten escenario con grupos de reconocido prestigio y eso supone una oportunidad única para muchos artistas que encuentran en este festival una plataforma de gran visibilidad ante un público especialmente receptivo a descubrir nuevos proyectos.
Encabezando la programación aparecen auténticos pesos pesados como Judas Priest, una de las bandas más importantes de la historia del heavy metal, cuya presencia supone siempre un acontecimiento para varias generaciones de aficionados. Junto a ellos estarán Within Temptation, referentes indiscutibles del metal sinfónico; Arch Enemy, con su inconfundible mezcla de agresividad y melodía presentando su nueva cantante; los australianos Airbourne, garantía de un directo explosivo; los estadounidenses Godsmack, que regresan a los escenarios europeos; y nombres tan respetados como Emperor, PrimusoBloodbath, que aportan una enorme diversidad al festival.
Sin embargo, uno de los mayores atractivos del Motocultor sigue siendo su capacidad para apostar por bandas que atraviesan un momento especialmente dulce. Entre ellas destaca Slaughter To Prevail, convertida en uno de los nombres más comentados del deathcore gracias a una propuesta demoledora y una presencia escénica que llena recintos en todo el mundo. También llama la atención el ascenso de Kim Dracula, cuya mezcla de metal moderno, industrial, trap y elementos teatrales ha despertado un enorme interés entre el público más joven.
Destacar también 200 Stab Wounds, Sanguisugabogg, Gaerea, Fit For An AutopsyoChelsea Grin, grupos que en los últimos años han experimentado un crecimiento notable. Entre las propuestas que merecen una atención especial aparecen nombres como Castle Rat, cuyo imaginario de fantasía medieval y doom clásico está despertando un gran interés; Hellripper, una de las sensaciones del blackened speed metal; o Master Boot Record, una propuesta difícil de encasillar que combina sonidos electrónicos inspirados en la informática con riffs de metal de forma sorprendentemente efectiva. El festival tampoco olvida a las bandas de culto ni a las propuestas más experimentales. Amenra,Alcest,Leprous,CoroneroSoen son directos que no estamos dispuestos a perdernos.
La expectación generada en torno al evento hace prever cuatro jornadas de intensa actividad tanto sobre los escenarios como en el propio recinto. La edición de este año se presenta, de nuevo, como una oportunidad para tomar el pulso a la actualidad del género en un entorno que favorece tanto el descubrimiento como la consolidación de las grandes bandas que ya consiguen tener su logo plasmado en el cartel. Carhaix volverá a ser, durante unos días, uno de esos lugares donde la escena se observa en directo, sin filtros. La edición del 2025 nos ha dejado los dientes largos y estamos deseando contaros de primera mano, ¿qué se siente en el Motocultor Festival?
“Mueran Las Ideas”. Potente título para el que es el nuevo trabajo de los instrumentales cántabros Medussa: Juan Gutiérrez y Fernando Navarro en guitarras, Javi Arias en baterías y Pablo Vázquez al bajo. Juntos producen seis cortes que vinieron al mundo en el Ovni Estudio (Bonielles, Asturias). De la grabación se hizo cargo Sergio Firu mientras que mezcla y master corrieron a cargo de Pablo Senator. Con diseño de Mutta y fotos de Carlos Navarro Solís. Colaboran en la edición, ahí es nada, los sellos Conspiración De Iguales, Discos Macarras Records, Four Skulls, Muerte Matar Records, Primitive Noise Producciones, Producciones Tudancas, Quebranta Records y Vinilako. En la calle desde el pasado 18 de abril.
Casi más que arrancar, “Palabras” se tiende sobre el oyente. Un inicio reposado, santo y seña del género, desprovisto de pompa y grandilocuencia alguna. Superado ese arranque, se dan cita unas guitarras que bien podrían recordar a Tool. Pero cuando todo transige hacia un post-rock / metal más académico, ahí donde sale a relucir el buen sonido del Ovni, la banda emerge segura, confiada, concisa. Funciona la construcción de capas, también por el modo en que logran construir riffs con gancho. Con cierta pegada incluso. Buenas melodías y mejores crescendos en contraste con pasajes más limpios y desnudos, con Pablo Vázquez dando lustre desde las cuatro cuerdas. El corte toma luego un giro casi dramático. Por ahí surge (me resulta casi inevitable) un deje que me recuerda a los japoneses Mono. También la cara más amable de este cuarteto cántabro, en clara colisión con la mayor gravedad final. El juego entre canales de la producción (recomiendo al menos una atenta escucha con auriculares) opera de lujo en este tramo final. Un gran inicio de disco.
“Ideas” continúa y expande ese mayor nervio. Hablando de nombres ineludibles, Toundra puede ser uno de los que mejor encaje tenga en este segundo corte. Todo resulta atravesado por buenas melodías y riffs que crujen sin desentonar. De nuevo sobre esas buenas líneas de bajo de Pablo Vázquez, Medussa construyen sobre ideas ya conocidas pero sin perder el tiento. Hay, de nuevo, pequeñas islas de rock remansado, casi intimista, y un sonido tan cristalino que uno se pregunta por qué hay gente que se va a grabar sus discos a yoquesé dónde, cuando al lado de casa somos capaces de sacar adelante producciones de este nivel. En cualquier caso, ojo al gancho que destilan esos riffs del tramo final o la pegada de ese epílogo. Es un rock que puede carecer de aspecto lírico alguno pero no por ello pierde (ni mucho menos) su capacidad de generar sensaciones en el oyente a poco que éste muestre un mínimo de atención, de interés.
Reconozco que siempre me cuesta subirme al arranque de esta “Certeza”. Un sentimiento extraño al echar a andar ese prólogo (y continuación) mansos y tranquilos. Es cuando entran esas guitarras claras, limpias, casi prístinas, que mi piel se eriza e incluso siento (o veces) un ligero estremecimiento. Es un viaje, hasta aquí, por los Medussa más calmos, con sonoridades tranquilas, alternativas a destellos, que se ennegrecen rumbo al tronco central de la composición. Aquí me resulta interesante el modo en que el trazo juega con las expectativas. Cómo el corte busca una explosión que no encontrará hasta superado su ecuador. Ahí me agrada la manera en que Javi Arias marca el paso tras baterías, lo orgánica que resulta su manera de entender el rock instrumental (post-rock, post-metal, llamadlo como queráis) aún cuando la intensidad sube varios enteros y, finalmente, ese aire más alternativo del epílogo. Un corte que siempre recibo con el gesto torcido pero que, de algún modo, se las arregla para atraparme.
“Cadenas”, fue carta de presentación y pasa por ser además el corte más rácano (por duración) de los seis. Arrima más que nunca a la banda a las lindes del metal, insufla un cierto deje a los Pelican de Chicago y sirve, entre otras muchas cosas, para que Javi Arias despliegue una de sus líneas de batería más llamativas. Los poco más de cuatro minutos que marca en el reloj no quitan para que los cántabros hayan trazado un corte lleno de recovecos, buenos cambios de ritmo así como riffs firmes y concisos. Menos melódica (aunque tiene sus momentos) y más rocosa. Menos introspectiva, más pasional (si se quiere) y con una cierta sensación a que ha sido trazada con el directo como fin último. En ningún caso la desprecio pero sí que aquí dentro anidan cortes con los que conecto (incluso empatizo) en mayor medida.
Véase una “Insidia” que, de primeras, parece recoger y aumentar esa mayor gravedad que anidaba en el corte previo. Aquí de primeras me llama la atención esa cualidad tan rocosa del prólogo y los buenos detalles que Pablo Vázquez va dejando desde el bajo. Cómo sirve (casi) de contrapunto a las guitarras de Juan Gutiérrez y Fernando Navarro. Por momentos casi rozando el doom, uno podría pensar en unos primerizos El Altar del Holocausto, todo parece apostado sobre la cara más metálica del cuarteto cántabro. Lo que me agrada aquí es esa cualidad más atmosférica que desarrollan camino del puente. Ahí surgen voces graves, oscuras, que vendrán a ahondar aún más si cabe este dramático giro hacia el post más oscuro. El largo epilogo, no obstante, se consagra a unos Medussa que, sin perder una cierta gravedad, desde luego abrazan una mayor luminosidad en su música. Estupenda.
El corte final “Verdad”, amén de pasar por el más extenso de los seis, nos devuelve a parajes más tranquilos, a aguas más remansadas, para en un post-rock que bien podría recordar a mis paisanos de Azure, enseñar alguna de las melodías más orgullosamente memorables de este hábil “Mueran Las Ideas”. Reconozco lo sumamente placentero que me resulta transitar por todo este tramo inicial. Volver sobre esos tranquilos pasajes fijando atención en cada detalle. En cada línea presente en la mezcla. En la forma en que se conjugan las guitarras de Juan y Fernando. Lo bien que engranan esa redonda base rítmica. Luego la mayor gravedad que los encamina al tronco central me saca de ese ensimismamiento (si lo hubiere) con riffs directos, crujientes, de los que entran a la primera y anidan en tu subconsciente durante horas. Luego el corte emprende un diálogo consigo mismo, transitando por partes más juguetonas (esa que arranca sobre el 4:18 ¡me recuerda a The Edge!) otras casi bailables (pues anda que no tienen groove esas baterías de Arias) y finalmente abrazar una marcada melancolía camino del epílogo. Todo un viaje.
Qué bien han sabido conjugar todas sus influencias y plasmarlas en un álbum que, en ningún momento, corre el riesgo de resultar aburrido. Cabe mucho discurso en estas seis entregas y, mis sensaciones tras las distintas escuchas del largo, son las de estar ante un trabajo dotado de un dinamismo que debería hacerlo muy apetecible para todo fan del género. En la frontera entre el rock y el metal, construyendo cortes hábiles y orgánicos, donde todo opera en favor de las canciones y no de egos individuales. Nuestra escena instrumental sigue, pienso yo, en muy buena forma.
Exsilyum nace de la reunión entre Solarys Rey y Akyles Guerrero. Juntos nos traen un álbum debut de “metal existencial” compuesto por doce temas grabados, editados y masterizados por Leo Peña en el Jotun Studio.
La entrada al álbum no puede resultar más curiosa: tiene corpus de intro, claro, pero torna después en una composición de auténtico peso. Tras la narración del prólogo, “Aut Omnia, Aut Nihil” se atiene a un metal de corte moderno, con Solarys hábil a la hora de bailar entre tonos, pero con su voz (a ratos) llevándose por delante el resto de elementos presentes en la mezcla. La construcción de estas estrofas me recuerda, más de una vez, a los aún reivindicables Stravaganzza. Estribillos elegantes y un armazón que va del metal sinfónico más recargado a casi la desnudez total. Echando como echo en falta un solo más prominente en ese tramo final, resulta un arranque de lo más prometedor.
“Herencia De Silencio” es más picante, vibra con una mayor fuerza. Y siento que la producción, en líneas generales, gana varios enteros aquí. La línea de voz de Solarys, y que me recuerda en más de un momento a Mónica Naranjo, tiene algo de juguetona. Ella está, claro, muy hábil al micro. Y lo mismo su registro se asemeja al de la cantante de Figueres que acoge, salvando las distancias, tonos casi flamencos. Es un metal enjuto, de guitarras crujientes, bien construido, de los que parecen tener el directo como principio y fin, cuya carga sinfónica nunca opaca al resto de líneas. Directa y aún así menos sencilla de lo que aparenta.
“Conflicto” pasa por ser uno de los cortes más extensos del debut. Trae aparejado, además, la colaboración del actual vocalista de AvalanchJosé Pardial, quien a veces a la par, otras en solitario, doblará voces con Solarys para un metal que fluctúa finalmente entre el melódico y el sinfónico. Hay riffs más serviciales que picantes, una producción bien equilibrada y otra de esas construcciones llenas de buenos detalles. Aún con esa duración nada contenida, siento que buenas ideas, como ese puente tan desnudo que irrumpe en su tramo central, bien merecían algo más de desarrollo. Con eso y con todo, una tercera entrega que se eleva en su tramo final gracias, ahora sí, al buen solo que lo ocupa. Grandes voces y un metal de lo más elegante.
“La Espera” parece ahondar en una mayor oscuridad durante su prólogo. Es un arranque un tanto cinemático, con la voz filtrada de Solarys sobre una reverberante línea de piano. Después hay riffs rocosos, una voz casi omnipresente, y una letra que busca una cierta universalidad en su modo de entender los sentimientos inherentes a todo ser humano. No es el corte que más me llama la atención en lo que a trazo se refiere. Pero la buena labor de producción, esos riffs tan frontales, el solo tan vistoso y hábil que sucede al puente, así como ese cierre llamativo por grandilocuente terminan por construir una de los ofertas más llamativas de este debut.
“Mentira” amenaza, ya desde el prólogo, con conducirse hacia un metal más mecánico, que sin llegar al vértigo electrónico de unos Electric Callboy, sí que merodea sin miedo por el metal industrial más formal, con ese inconfundible patrón bombo – caja, y Solarys elevando su voz al cielo en estribillos. Es extraña elección como carta de presentación, de tanto en cuanto no parece representar del todo al disco que la acoge, pero es otra de esas que, no dudo, les funcionaría en sus directos.
“Y Ahora Qué” gira bruscamente el timón. Con colaboración del músico, compositor y multiinstrumentista afincado en SevillaAnthony Castle, supone una balada en su estado más puro. Apenas una línea de piano acompañado de la Solarys más distinguida y teatral. Me agrada la forma en que va dese la delicadeza hasta la ruptura. De los tonos más leves a los más afectados con total naturalidad. Un oasis en pleno corazón del disco.
Con “Fuego Bajo La Piel” estamos ante el corte más rácano de todo “Aut Omnia, Aut Nihil”. Una duración más reducida que se traduce en un viraje, creo que no falto de habilidad, hacia terrenos más melódicos. Medio tiempo acompasado, bien construido en lo puramente musical, pero donde detecto unos estribillos algo atropellados. Acompañada de una buena sección solista previa al epílogo, es cierto que me ha pasado algo desapercibida tras las distintas escuchas del disco.
El piano vuelve a comandar un prólogo. En este caso, el de esta “El Amor También Se Rompe”, donde a mi subconsciente retornan aquellos Stravaganzza de Leo Jiménez y Pepe Herrero. Un tanto más ambiciosa desde el plano puramente técnico, puede ser el de estas estrofas mi riff favorito de todo el largo, opta en cambio por unos estribillos más acomodados en lo musical pero donde Solarys está realmente fantástica. Un corte que irá ganando colmillo en su parte central, entregándose a un metal más vivaracho y contundente, roto después por otro buen solo de guitarra primero, por la calma de ese pequeño puente después. Francamente estupenda. Fue uno del par de adelantos y puedo entender muchos de los motivos.
Con “Clarividencia” regresamos al terreno de las baladas, pero nada o muy poco tiene esta que ver con la anterior “Y Ahora Qué”. Da la bienvenida la Solarys más tenue, dibujando con poco más que su voz y unos leves arreglos un largo prólogo. Bonito, no exento de una cierta tensión, y que se irá elevando de un modo muy natural, sin prisas, sin aspavientos, hasta que la batería busque otros rumbos a la composición. De construcción eminentemente clásica, ni esconde sus influencias ni busca ser aquello que no es. Fiel y leal a un modo de entender este tipo de composiciones y, por ahí, a buen seguro recolecta de tantas fobias como filias.
“Absentia”, aún cuando arranca desde la más pura calma, enseña después alguna de las guitarras más gordas de todo el largo. Una afinación no lejos de bandas que merodean el djent como puedan ser Vola, Periphery, Monuments… para un corte que apenas deja de jugar con la expectativa del oyente, a un tiempo el más avanzado por trazo y uno de los más recargados en estribillos. Puede que Solarys no esté tan efusiva como en cortes precedentes. Más comedida, sí, pero al mismo tiempo bien integrada en el espíritu de esta décima entrega. Interesante por el modo en que amplía el rango tonal del álbum.
Por tono y construcción, no cuesta encontrar paralelismos entre el prólogo de esta “Ríndeme” y la anterior “Clarividencia”. Balada de voz sobre piano en primer término, producción mediante, acoge después un tono más épico y sinfónico. Hay momentos que me podrían recordar a los primerísimos Within Temptation, una Solarys que vuelve a dar lo mejor de sí (de nuevo merodea el espíritu de Mónica Naranjo por estas estrofas) y tramo final aliñado por otro buen solo de guitarra. Fácilmente mi balada favorita de las presentes en este debut.
El cierre “Caer” magnifica esa cierta épica que se colaba por el corte anterior. Es un medio tiempo de aires casi paganos, casi desnudo de guitarras en estrofas. Cuando estas acompañan a Solarys en estribillos, de nuevo junto a esa carga sinfónica tan bien equilibrada, lo harán con cierta timidez primero, con más fuerza después, construyendo por ahí un corte hábil, el más extenso de los doce, con la depresión como trasfondo. Solarys acomete unas voces cada vez más teatrales en este final, bailando arriba y abajo con su registro para trazar una de sus mejores líneas de voz. Potente, epílogo, remate y broche por todo lo alto al debut del dúo.
Un primero disco que tiene de todo para satisfacer a los fans del sinfónico, también del melódico, y que en su (casi) una hora de duración picotea aquí y allá buscando construir canciones con personalidad, ricas en influencias y producidas (salvo algún detalle puntual) con todo mimo.
Solarys ha trazado grandes líneas de voz. Y aunque sea un disco más de canciones que de riffs, cierto que hay unos cuantos que han logrado captar mi atención. A ratos echo en falta una mayor presencia solista, pero la dupla Ángel Gómez & Álvaro Ruiz suma con los distintos solos que han dibujado a lo largo del disco. Tonos que van del sinfónico más en boga a tontear con el industrial más leve o el djent más casual. Todo sin perder el foco ni la personalidad en unas canciones, las más de las veces, bien construidas y mejor arregladas. No las tenía todas conmigo en una primera escucha (algo distraída) pero este es un trabajo de esos que ganan peso siempre que regresas a ellos. Trufado de detalles y buenas ideas y que habrá que ver si se queda en este mero ejercicio de estilo o, por el contrario, tiene continuidad en un futuro. Aquí somos todo oídos.
Las actuaciones en sala escasean en estas fechas dominadas por festivales al aire libre, pero quienes disfrutamos del formato íntimo —ese en el que la cercanía con los músicos multiplica la experiencia— tuvimos la suerte de vivir, el pasado 20 de junio, una noche memorable en la gijonesa sala Bola 8. Allí recibimos la segunda visita a Asturias de los leoneses Black Bomber, que presentaban su tercer álbum de estudio, «Heading To Hell» (reseña), del que ya dimos buena cuenta en esta página. Una velada cargada de sorpresas que comenzaron ya en los aledaños de la sala al ver la cantidad de gente congregada, venida de distintas partes de Asturias (Pravia, Puerto de Vega, Oviedo…) e incluso de León. Un preludio perfecto para una noche de reencuentros y camaradería.
La segunda sorpresa, esta vez menos amable, llegó cuando Pedro, guitarrista de la banda, me confesó que su bajista había abandonado el grupo esa misma mañana, justo antes de cargar la furgoneta. Un golpe duro para una formación que bebe directamente de la escuela de Motörhead, y que me hizo temer que el concierto pudiera resentirse. Con esa inquietud crucé las puertas de la sala.
A las 21:45 horas, Pedro Megatherion (guitarra y voces), Isi Gallego (batería), Javi LesPaul (guitarra) y Migui Albatross (voz) tomaron el pequeño escenario. Lo primero que hicieron fue explicar la ausencia del bajista y prometer que la suplirían con una dosis extra de actitud. Y vaya si cumplieron.
Abrieron con “Without Control”, tema que inauguró su discografía en el EP Baptized In Beer (2015), enlazándolo con “Unlucky Man” y “Raise Your Finger Up”, ambos de su primer LP Vol. 1. Desde el primer minuto quedó claro que el sonido era sorprendentemente sólido pese a la falta de bajo, un desafío que resolvieron con solvencia.
Migui anunció que era momento de visitar su último trabajo, comenzando por la homónima “Heading to Hell”, durante la cual Javi se lanzó por primera vez al foso para ejecutar un solo entre el público, que lo recibió con fervor. La sala, a estas alturas, era un auténtico horno, y solo estábamos empezando.
Sin descanso, atacaron “Rot In Jail”, un tema donde la sombra de Lemmy es especialmente evidente, para después regresar a su anterior álbum con “Blacklisted”. La voz rasgada de Migui encajaba a la perfección con el sonido crudo de las guitarras y la batería demoledora de Isi. Con “Rock ’N’ Today, Hangover Tomorrow” volvieron a su último disco, provocando los coros más multitudinarios de la noche. Un tema diseñado para el directo, con un estribillo pegajoso que invita a cantar.
Siguen recorriendo su discografía con “The Arsonist” y “My Fuckin’ Motorbike”, dos piezas de su primer LP que permitieron a quienes no conocíamos en profundidad su trayectoria apreciar su evolución musical: del rock más directo de sus inicios a un sonido más pulido y contundente. “You’re Wrong” dejó uno de los solos más potentes de la noche, con Javi nuevamente entre el público y Pedro y Migui recorriendo el escenario sin descanso. La complicidad entre ellos era evidente, y su disfrute contagioso.
El fantasma de la falta de bajista volvió a aparecer varias veces a lo largo de la actuación, más como desahogo emocional —sin duda les supuso un palo doloroso— que como queja técnica pues el sonido era demoledor. En un momento dado, incluso hicieron un “casting improvisado” preguntando si había algún bajista entre el público. Juanjo (Edén) subió al escenario para brindar con ellos, aunque sin llegar a tocar.
Tras este pequeño respiro tocaba incendiar de nuevo la sala con la muy apropiada “Burn Your Church”, que enlazaron sin respiro con “Outlaw”. El público intuía que el final se acercaba y comenzaron los tímidos gritos de “¡Otres tres!”, a lo que Migui respondió afirmando que todavía les quedaban algunas balas más en el cargador.
Sonaron “Beware Of Me” y “Whisky Priest”, uno de los temas más adictivos de su último trabajo gracias a su riff pegajoso, quizá el único momento donde la ausencia del bajo fue más notable. Siguen con la rápida “Lords Of War”, con la dupla de guitarras echando el resto y supliendo con nota la carencia mencionada.
La traca final comenzó con “Rock’n’Roll Overdose”, coreada y bailada pese al calor sofocante, y culminó con su himno “Black Bomber”, con Migui entre el público compartiendo el micrófono con los asistentes.
Pero no podía ser el final. Todos, músicos y público, estábamos con ganas de más y, tras la insistencia del famoso cántico “¡Otres tres!” y pese a afirmar que no sabían ningún tema más, se arrancaron con una improvisada versión de “Ace Of Spades” un homenaje inevitable a su mayor influencia que puso el broche de oro a una magnífica actuación.
En definitiva, una gran noche de rock’n’roll sin concesiones de esas que cualquier amante del género —y especialmente de Motörhead— sabría apreciar. En mi caso, superó con creces mis expectativas. Si tienes ocasión de ver a Black Bomber, no lo dudes: su directo es pura energía.
Agradecer a la sala Bola 8 las facilidades brindadas, a la banda su cercanía tanto antes como después del concierto, y enviar un saludo especial a los muchos amigos y conocidos que allí nos congregamos. Que nunca nos falten noches como esta. Nos vemos en la siguiente; hasta entonces, salud y rock and roll.
Tercera entrega para una de las bandas más en forma del hard rock estatal. Green Desert Water, tras entregar el fenomenal “Black Harvest” en 2021, regresan ahora con un “Eerie Meadows” destinado a llevar un paso más allá a Dani Bárcena (batería, percusión) Juan Arias (bajo) y Kike Sanchís (guitarra, voz). De nuevo bajo el abrigo de Small Stone Records, los ocho cortes que ocupan este nuevo trabajo se grabaron y mezclaron en los Tutu Estudios de Corvera (Asturias) con producción de Sergio Tutu y Diego Martínez. Masterizado posteriormente por Chris Goosman en los Baseline Audio Labs de Ann Arbor (Michigan, Estados Unidos), viene adornado por el arte de Ossobuko Studio y cuenta con coros de Álvaro Bárcena.
Inicio reposado el de esta “Northern Lights”. Una pausada introducción al álbum, de aires stoner y sonido cristalino. Huelga decir, toda vez que las guitarras más graves irrumpen aquí, que el trabajo en los Tutu Estudios ha dado buenos frutos. Muy melódico Sanchís en ese prólogo. Es el corte más extenso de los ocho y realmente da esa sensación de que la banda ha querido mimar cada detalle. Me agrada la forma en que, sin prisas, los chicos van dibujando ese largo crescendo inicial. Sin prisas ni apreturas. Pero también la pegada que la banda consigue toda vez Sanchís engrana los riffs más graves y sus tonos más altos tras el micro. Un primer corte, en definitiva, tan refrescante en ese aire tan alucinado de su primera parte como fiel a la más auténtica tradición G.D.W. en su enrabietada parte final. Gran arranque.
Luego en el álbum irrumpen cortes más sencillos. Uno es este “The Blacksmith”, apoyado en una estupenda línea de batería de Bárcena. El riff sobre el que desarrollan este hard rocos y pesado, tienen ese gancho (inconfundible) que Sanchís ha venido cultivando desde aquél “Solar Plexus” de 2018. Qué buenos esos coros que le acompañan en estribillos. Crepita en todo momento el bajo de Arias. Una presencia la suya que se hará especialmente significativa a través del solo de guitarra de ese tramo final. Corte marca de la casa.
“Eerie Meadows” recoge su herencia más Black Sabbath. Aquella que se dejaba sentir a lo largo y ancho de su anterior largo “Black Harvest”. Sanchís muestra otro de esos riffs directos al cuello. Pesado y con gancho, acompaña al vocalista durante esas estrofas tendidas, dueñas de una cierta tensión, y con el asturiano trazando una de las mejores líneas de voz que le recuerdo. Desde el aspecto puramente guitarrero, puede ser uno de los cortes que más llaman mi atención. Tanto los que adornan estrofas primero como estribillos después, me agradan y me enganchan. Luego llega ese cambio de ritmo del epílogo. Sobre él acomoda Sanchís el solo, en otro rasgo de pura idiosincrasia G.D.W.. Ha dado nombre al disco y, desde luego, puedo entender los motivos.
El prólogo “Woodcutter” tiene algo que siempre me recuerda a aquella “Too Many Wizards” del anterior trabajo. Lo bueno es que esas similitudes desaparecen toda vez el corte transita hacia sus primeras estrofas e irrumpe ese aire más alucinado. Sin bordear la psicodelia pero con Sanchís ahora en tonos más conservadores. Contrastan con con esos solos a modo de engarce entre estrofas Son sucios y a la vez vistosos, Un corte que se irá volviendo más alucinatorio camino del tronco central, para una vez allí desembocar en un estribillo luminoso, casi un contrapunto de ese hard arrastrado y lisérgico. Estupenda labor de Arias y Bárcena durante ese tramo final. No desfallecen.
“Holy Ground” procede con una calma muy bien trazada. Entre sonidos que me recuerdan al rock alternativo de los 90 y el inequívoco modo de componer del trío, todo el largo prólogo es un baño en guitarras cristalinas y pasajes tranquilos. Luego irrumpe una mayor gravedad. Otro riff marca de la casa Sanchís, y esta quinta entrega ofrece la mejor cara de los chicos. Y un poco más de brío en un cambio de ritmo de lo más natural. Me gusta el peso que se le otorga a los coros durante estas estrofas. También la estupenda labor de Arias y Bárcena con la base rítmica. Luego Sanchís se desquita con uno de los solos más cuidados y ambiciosos de todo el álbum. Otra de mis favoritas.
“Wolfhound” recupera parte del brío perdido y lo confronta con esos dejes más tranquilos y alucinados. Estrofas sumamente cuidadas estas, que contrastan con ese estribillo de aires casi grungeros. Un corte que, a grandes rasgos, me suele recordar a los barceloneses Saturna, oxigena el álbum en cierto modo y que, si bien llega a buen término, puede ser el que más inadvertido ha pasado de los ocho.
Y también es que “Bos Primigenius” puede no ser la más ambiciosa de esta nueva colección de canciones. Pero tiene uno de esos riffs que entran a la primera y estás tarareando durante horas. Es la receta clásica de la banda: un corte rápido y efectivo, que parece tener el directo entre ceja y ceja, pero que no por ello deja de hacer gala del buen nivel técnico que manejan.
El cierre es para “Meteora”, con la banda hilvanando esa faceta más técnica sin olvidar sus dejes más oscuros y alucinados. De resultas de toda esa colisión sonora surge otro de los cortes mejor trazados de este tercer largo. Todo me funciona: desde la fina línea de batería de Bárcena hasta esas cuidadas voces de Sanchís. Acaricia en la misma medida en que ruge y se eleva. Perpetra otra de sus grandes interpretaciones aquí, sin olvidar los buenos riffs u otro estupendo solo final. Un broche de oro a este “Eeerie Meadows”.
Tal y como esperábamos es un disco de una pureza absoluta. En esto no iban a fallar y no lo han hecho. El que es, para unos pocos, el secreto mejor guardado de nuestra escena, confirma su status de culto con un tercer largo fantástico. Con sus recetas de siempre pero equilibrado como nunca. Dueño de buenos riffs, mejores solos y una base rítmica de igual brillo y presencia. Entre el hard pesado, guiños stoner, escarceos lisérgicos y un brío muy clásico, “Eerie Meadows” debería suponer el aldabonazo definitivo para el trío asturiano. Cierto que sería de necios omitir que se trata de una de nuestras bandas fetiche. Pero realmente siento que han trazado un muy buen disco. Esperemos que su esfuerzo no venga a caer en saco roto.
Facu y David en guitarras, Leo en baterías, Gonzalo al bajo y Ángel en voces conforman Killdozer, quinteto sevillano de rugiente thrash metal, y que acaba de editar vía The Fish Factory su segundo largo “Merciless Violence”, producido por la propia formación sevillana y con Leo Peña (Jotunstudio) encargado de grabación, mezcla y master.
“怒る (Okoru)”, con colaboración a las teclas de Valeria Gassol, ofrece una pequeña dosis de calma antes de que los chicos desaten la tormenta. Sin obviar un (pienso que indisimulado) deje a unos Slayer del “South Of Heaven”, todo desemboca en un tema título, “Merciless Violence”, que desde luego viene a hacer honor a su nombre. Violencia despiadada la que proponen aquí, con un registro, el de Ángel, lindante con el metal extremo. Directos y sin ataduras, bordeando el speed metal más cerril y acelerando camino de estribillos. Me funcionan esos engarces entre las distintas partes. Riffs concisos, sin complicaciones pero con gancho. Es después que la banda equilibra ese nervio con un avanzar más pesado, más thrash, para desembocar en un buen primer solo de guitarra. Receta clásica, qué duda cabe, pero de lo más funcional.
Apostada en ese thrash más pesado, destilando un groove más marcado, “For Your Nation” hace por extraer la cara más técnica del quinteto. Tanto en esa pesadez inicial como en esas andanadas más violentas de las primeras estrofas, con ese aire a los primeros Dark Angel. Brama Ángel al micro, pero si alguien brilla sobremanera aquí es Leo Losada. En la velocidad y también en los cambios de ritmo, me parece que está trazando una línea de batería no poco hábil. La producción de su tocayo es todo lo orgánica y sucia que cabe esperar de un álbum de thrash como este. Incluso caben pequeños dibujos de Gonzalo desde el bajo. Directa e intrincada a la vez, culminada en una sección solista de lo más pintona. Pesadez del prólogo al margen, son casi seis minutos de agresión sin descanso. Bien trazada y, pienso, mejor ejecutada si cabe.
Después llega “Concrete”, corte más extenso de los ocho, y que parte desde un prólogo, reposado y tranquilo, que no le anda muy lejos a los ídem de unos Metallica post “Death Magnetic”. La banda opta ahora por una mayor calma, con el bajo de Gonzalo altísimo en la mezcla. Tras ese metal más apaciguado, surgen por igual el Ángel más grave y los Killdozer más directos y rotundos. Incansable Leo tras baterías y una buena construcción de esas primeras estrofas. Por contra, pueden no ser estos los estribillos con más gancho de todo “Merciless Violence”. Lo que no les falta, en cualquier caso, es la obligada carga de agresividad y, sí, violencia. De ahí en adelante me agrada cómo conjugan una vena más próxima al speed metal con su habitual thrash zapatillero. La sección solista, nada comedida y que parece conducirse sobre un cierto caos, en cierto modo me recuerda al tristemente desaparecido Jeff Hanneman. No da nombre al disco pero, desde luego, pasa por ser la composición más ambiciosa del mismo.
“No Salvation”, en cierto modo, resulta más terrenal, algo más ordenada. David y Facu están trazando riffs con gancho en esas tempranas estrofas, que vendrán a contrastar con otros más veloces en estribillos. Un clásico juego entre nervio y pesadez, bien equilibrado y con toda la pinta de funcionar como un tiro en directo. Otro solo, lejano de cualquier viso de cordura, acoge su tronco central. La sorpresa llegará en el epílogo: el cambio de idioma, el contraste entre voces y ese groove nada disimulado. Llamativo, cuanto menos.
“Call Of The Void”, que “怒る (Okoru)” al margen pasa por el tema más rácano de los ocho, propone, claro, a los Killdozer más directos. Más intensos que rabiosos en estrofas, llevados siempre por la firme batería de Leo Losada. El trazo, con el (estupendo) solo colocado en el corazón mismo de la composición, de nuevo puede pecar recurrente, máxime tratándose de un álbum de thrash metal. No esconde, de todos modos, la eficacia de sus riffs ni ese registro en voces (a ratos) un tanto más limpio. Puro nervio sevillano.
No cambia mucho el cuento para esta postrera “The Black Cell”, pero ayuda el que venga apoyada en una gama riffera con tanto gancho y pegada. Hay voces muy encabronadas aquí, eficaces cambios de ritmo y partes a puro blast beat. Un corte apenas por encima de los cuatro minutos pero capaz rebelarse como una composición diversa aún en ese discurso tan directo y frontal. El buen solo que ocupa su tronco central, me resulta la guinda perfecta. Me gusta la forma que le dan a esas exhibiciones solistas, máxime en unos tiempos, lo he dicho muchas veces, en que parece premiarse el solo breve y contenido. Killdozer, en esto como en otras tantas cosas, parecen jugar a la contra.
La final “Hell On Wheels” cierra desde un prólogo tranquilo, calmado, que bien podría recordar a los Pantera más bajos de revoluciones. Luego y toda vez la distorsión lo inunda todo, esta octava entrega se descubre como otro de esos cortes atractivos desde el papel. Diverso en cuanto a ritmos, tejido entre riffs que fluctúan entre el groove y la pesadez para desembocar en un mayor nervio. Todo ayuda a construir otro corte llamativo, que lo mismo me recuerda a Anthrax en esas partes con el bajo altísmo en la mezcla que a unos Exodus (eras Rob Dukes). Una despedida en la que queda la impresión de que la banda ha disfrutado como nunca.
En uno de los discos de thrash estatal más cerriles que han alcanzado estas líneas, y a día de hoy ya son unos cuantos, Killdozer han hecho y no poco por plasmar toda su sapiencia técnica. Está presente en muchos de los riffs sobre los que construyen las canciones. También en unos cuantos solos. Por contra, cierto es que hay temas de trazo algo predecible. Pero cuando se atreven a buscarle las cosquillas al género, aciertan con cortes como “Concrete” o “For Your Nation”. Voces rabiosas, el pequeño guiño crossover de “No Salvation” o esa dupla inicial tan resultona. Un álbum tan sutil como calmar un incendio derramando barriles de keroseno.
Segunda jornada del Z! Live, la más apegada a los sonidos más clásicos, y que contó con nombres tan importantes como Su Ta Gar, Blaze Bayley, Saxon o Coroner.
Nosotros llegamos para cuando los vallisoletanos Xeria están en los últimos compases del set. La banda, a la que habíamos visto hacía apenas una semana como teloneros de Argion (crónica), trajo su metal sinfónico a Zamora y, por lo que pudimos ver, supo conectar con los más madrugadores. Una muy voluntariosa Marina Sweet al micro acertó a despertar al público, allanando el camino a una jornada que se preveía larga e intensa.
Y que continuó con los londinenses Kardinal X. Heavy metal con trazas de Grave Digger, Accept o Iron Maiden y esa voz tan a lo Blaze Bayley del risueño Nick Majluf. Ellos venían presentando su último álbum “Redemption” y parecieron ser del agrado de los más clasicómanos. Divertidos, a ratos me recordaban a mis paisanos de Bestia Negra. El buen oído de Shaun Dunne para los solos atrajo mi atención, pero todo terminó de encajar cuando Majluf soltó unos versos del “Siempre Estás Allí” de nuestros Barón Rojo. Guiño que, huelga decir, encandiló al público. Agradaron.
Burning Witches toman entonces el Silver Stage cara a ofrecernos otra ración de heavy metal. El quinteto de origen suizo venía con el interesante “Inquisition” (2025) bajo el brazo y no perdió la oportunidad de agradar en el Z! Live. Una banda que parece haber encontrado una cierta estabilidad con su actual line-up y que, a tenor de lo visto, enardeció a buena parte del público.
Tuvo gran culpa una muy voluntariosa Laura Guldemond al micro. Y no porque se calzase aquellos cuernos en los primeros estertores del set, aunque también. Al final, todo suma. El registro de la neerlandesa casa y de qué forma con ese heavy metal tan orgánico. Y temas como “Evil Witch” o “Black Widow”, de aquél debut homónimo de 2017, les funcionaron. Reconozco que las disfruté en mayor medida durante sus momentos más trotones. En cualquier caso, creo que dieron buen nivel el pasado día 12.
Luego Su Ta Gar se iban a dar un atracón de nostalgia en el Copper Stage. Los de Éibar trajeron su thrash de tintes heavies (o viceversa) y su compromiso intactos. No son muchas las ocasiones en las que se puede uno cruzar con ellos (recuerdo aquél Derrame Rock de ¡2002!) pero, como diría El Drogas, siempre es “un gusto”. Porque el caso es que siempre atruenan. Una banda no tan reconocida como merecería, dueña de un directo potente, crudo a ratos, y que supo hacerse fuerte frente al calor reinante.
El escenario escupía fuego mientras ellos daban cumplido repaso a su extensa trayectoria, picoteando entre álbumes como “Jainko Hilen Uhartean” (2006) o “Itsasoz Beteriko Mugetan” (2003) o yéndose directamente hasta el debut, cuya portada adornaba el escenario, “Jaiotze Basatia” (1991). Es precisamente ahí, con “Begira”, que Aitor Gorosabel está dejando uno de los mejores solos del set. No faltaron agradecimientos a la organización, algo de fuego pirotécnico y la certeza de que siempre es un gusto encontrárselos. Después de todo, y como reconoció el propio Aitor, resulta de lo más “emocionante” alcanzar “cuarenta años de trayectoria cantando en euskera”. Que sean muchos más y nosotros los veamos.
Llegaba el turno de recibir al bueno de Blaze Bayley, quien para servidor ya casi es uno más de la familia. Después de todo, era esta la tercera vez que cruzábamos nuestros caminos en un lapso de apenas dos años. Con la entrada de Tom Atkinson en guitarras y Luke Appleton pasando ahora al bajo, el de Birmingham dio cumplido repaso a su etapa en Iron Maiden, siguiendo parecido guión al de su paso por Gijón en 2024 (crónica).
Casi parece un sueño que hayan pasado treinta años desde que el bueno de Bayley cantase para la doncella. Todo arranca, de modo sorprendente, guiñando el ojo al “Doctor, Doctor” de UFO, para después reconvenir hacia “Lord Of The Flies”. Armado con su característico micrófono, con el paso del tiempo Blaze Bayley se ha ido confirmando como un verdadero currante del heavy metal. Siempre cumple y en Zamora no iba a ser menos. Todo me funciona, en técnica incluso, pero no es hasta “Sign Of The Cross” que captan mi total atención. Fue de las mejor recibidas del set y desde luego la más coreada. Aunque con “Born As A Stranger” nos recordó que el material propio también le funciona.
“The Clansman” resultó otra de mis favoritas. Y a tenor de cómo gritaba la gente a mi alrededor, también del público. Mucha camiseta de la Doncella se dejó ver el viernes por Zamora. Ellos y los demás gritamos hasta las últimas consecuencias en cortes más facilones como “Man On The Edge” o “Futureal”. Un atracón de nostalgia que cierra el bonachón vocalista tras su habitual mensaje motivacional y el siempre pegadizo “The Angel And The Gambler”. Siempre cumplidor.
H.E.A.T.y no se me enfade nadie, son unos auténticos personajes. Cuando “The Heat Is On” de Glenn Frey suena por PA, uno incluso se pregunta hasta qué punto se toman en serio a sí mismos. Pero a nada que “Disaster” procura esa salida en tromba de los chicos, nuestras retinas están fijas en la hiperactividad de un Kenny Leckremo avasallador.
Cuidada puesta en escena, con batería y teclados sobre una plataforma y ese trasunto de HAL 9000 vigilando cual ojo eléctrico desde el electrónico. “Rock Your Body” puede ser uno de sus temas más idiosincráticos, al tiempo que “Dangerous Ground” ofrece la cara más vibrante de la banda. Pero es “Hollywood” la que amalgama uno de sus mejores estribillos junto a un gran solo de Dave Dalone.
Era mi segundo encuentro con ellos y, mediado el set, ya pensaba en que esta banda lo tiene todo para cubrir el hueco de los grandes nombres del pasado. Presencia escénica, uno de los frontman más infatigables de toda la escena hard rock pero sobre todo composiciones funcionales y muy muy pegadizas. En esas estaba cuando aprovechan para guiñar al “War Pigs” de Black Sabbath y recordar al tristemente desaparecido Ozzy Osbourne. Luego “Back To The Rythm” puede ser otra de mis favoritas. El público disfrutó de lo lindo y a mí me quedó la sensación de que, ahora mismo, tienen el mundo a sus pies.
El tiempo parece haberse detenido cuando Byff Byford y sus Saxon toman el Silver Stage. Una banda que apareció por Zamora en plena forma, como demuestra esa salida en tromba de “Hell, Fire & Damnation”. La formación británica, desde 2023 con todo un Brian Tatler (Diamond Head) a bordo, enardeció a un público entusiasta, que supo llevar en volandas a los de Barnsley. “Power & Glory” deja un riff estupendo. Fue ya aquí que comenzó la lluvia de chalecos desde el público. El primero de todos sería exhibido por el propio Byford. A la vejez, riffazos de puro y añejo heavy metal. El propio Tatler está dejando un gran solo en “Dogs Of War”. Y mientras que los distintos discos de la banda iban pasando por el electrónico, Byford se calzaba el chaleco y luego Tatler sentaba cátedra desde su Flying V. Todo iba sobre ruedas (de acero).
“Sacrifice” es la cara más heavy de los británicos, valga la redundancia y en “Solid Ball Of Rock” Byford salta y agita el cuello como si no fueran 75 los años que cumplió el pasado mes de enero. Al final se calzarían los chalecos que les fueron tirando desde el público. La sintonía entre unos y otros parecía total. Máxime cuando Saxon la emprenden con la inmortal “Heavy Metal Thunder”, historia viva de la banda en particular y del género en su totalidad. Con “Dallas 1PM” recordamos el magnicidio de Dallas (mostrado de forma explícita en el electrónico) y “Strong Arm Of The Law” ofreció la cara más grave del quinteto.
Tras una pequeña deliberación con el público, éste terminó por elegir “Broken Heroes” en detrimento de “The Eagle Has Landed”. Puede que la banda no escape a las garras de la I.A.. Poco importa cuando arremete con “Motorcycle Man” y Tatlet dibuja otro fantástico solo de guitarra. “Never Surrender”, a la vista está, es pura idiosincrasia Saxon. Pero cuando un avión sobrevuela el recinto y atruena “Strangers In The Night”, todo casa para plantar un gesto de honda satisfacción en nuestros rostros. El rus final del set es, no cabía otra, de verdadera antología. Por lo que contiene pero también por el modo de transmitirlo. A saber: “Wheels Of Steel”, la nota épica que deja “Crusader” y una “Denim And Leather” que no podría describir mejor al género. Finalmente “Princess Of The Night” echa el cierre, con el curioso juego meta referencial que supone con respecto a los titanes Metallica, máxime ahora que Brian Tatler se ha sumado a la banda. No pasan los años por esta gente. El heavy metal es el verdadero secreto de la eterna juventud.
Después iba llegar el turno de recibir a las leyendas suizas del thrash metal técnico Coroner. Nombre de verdadero culto en la escena mundial, la banda no hizo prisioneros de ningún tipo a su paso por el Copper Stage. Ya desde esa “Consequence”, que refiere a su primer álbum en más de treinta años “Dissonance Theory”, sorprende la ruidera que son capaces de montar entre los cuatro. También el buen sonido, en líneas generales, pese al volumen altísimo al que se desarrolló su descarga.
Ni de lejos la banda más activa de cuantas pasaron por Zamora, pero a fe mía que una de las que mejor supo hilvanar la técnica que envuelve sus temas con una traslación al directo salvaje y rotunda. “Sacrificial Lamb”, también de aquél trabajo del pasado octubre, dio fe de ello. Pero cuando vuelven a aquél “Mental Vortex” de 1991 y rescatan “Divine Step (Conspectu Mortis)”, dibujan desarrollos de técnica exquisita y los combinan con un nervio más propio de tiernos mozalbetes, estamos ante otra de las grandes descargas del fin de semana. Me consta que lo contra intuitivo que, a ratos, resulta su thrash metal, echó para atrás a más de uno. Pero cuando miran hacia la década de los 80 y rescatan “Masked Jackal” (“nuestro primer videoclip”) sus fans más acérrimos se relamen frente al Copper Stage.
Mucha, muchísima la cera que repartieron. Con un gran despliegue de Diego Rapacchietti tras los parches, Coroner hicieron honor a su leyenda y supieron llenar ese hueco entre el thrash más avant-garde y la técnica más exquisita. Todo sin desperdiciar absolutamente nada en lo que a pegada se refiere. Fantásticos.
Para el cierre quedaba el folk metal de aires celtas que propusieron los madrileños Ekyrian. Propuesta la suya que casaba con la sacrosanta orden de divertir el cierre. A eso vinieron y eso fue lo que hicieron. Gozando además de buen sonido, no era fácil con una alineación tan numerosa. Pero los madrileños, un poco como Dragony en la víspera, fueron todo pundonor y fiesta.
Un cierre animoso y agradable a otra jornada verdaderamente maratoniana. Quedaba la del sábado.
Fue el pasado 28 de noviembre del 2025 cuando los legendarios GBHactuaban por primera vez en Asturias, en los Locales Mercurio de Mieres. Un concierto rememorando la esencia punk y underground de los 80. Tocaron solo ante un centenar de personas que abarrotaron el pequeño recinto y que debió de dejarles a los británicos un muy buen sabor de boca, ya que, casi siete meses después deciden completar su pequeña gira por España, recalando de nuevo en escenarios asturianos, en este caso, en la ovetense sala Gong.
No repiten, eso sí, con sus compañeros españoles de gira, los valencianos Deaf Devils (como ya lo hicieran en Mieres, en su primera cita asturiana). En esta ocasión, los acompañarían los locales Infección. Era jueves y, como comentaba, no había pasado mucho tiempo desde su anterior visita, sin embargo, los incondicionales no fallaron, registrándose una entrada, digamos, que aceptable, teniendo en cuenta estas circunstancias.
Y es que contar con la presencia de una de las leyendas pioneras del hardcore punk británico, volvió a ser motivador para los amantes del género. Algunos, provistos de sus vinilos, consiguieron que fuesen firmados por la banda. Con una afluencia de público aún floja, comienzan los Infección, a las nueve y media de la noche. Nos preguntan de mano si no vamos a trabajar mañana, se presentan y al lío. La formación luarquesa celebraba su quinceavo aniversario sobre las tablas, dando un repaso a su, no obstante, escueta discografía.
Arrancan con “No Nos Callarán” de su homónimo álbum del 2017, seguida de “No Te Dejes Atrapar” de su último trabajo “Desdichados”. La dupla Deiviz (bajo y voz) y Geni (guitarra, voz) funcionaba a la perfección, confiriendo un mayor dinamismo a los temas, turnándose en las voces, acompañados de Jose, a la otra guitarra, y Manu a la batería. Para “Hipocresía” el ambiente ya estaba empezando a caldearse. Los ventiladores de la sala se agradecieron bastante. El hardcore punk directo, divertido y reivindicativo de Infección se concreta en el siguiente tema, que arranca movimiento entre la gente.
Para presentar “Mi propio Dios” recuerdan la visita del Papa de estos días y también mencionan a Pirri, de Escuela de Odio, deseando compartir escenario con ellos, antes de “Otro Fascista”. Nos preguntan después si en Oviedo tenemos vecinos repunantes y suenan, entonces, unas líneas de bajo saturadas y crudas marcando el inicio de “Mata A Tu Vecino”, dejando patente su peculiar humor. Y empiezan a despedirse, aunque aún sonarían tres temas más. Cuando creíamos que cerraban definitivamente con “Desdichados”, rematan con una versión de Parálisis Permanente, “Un Día En Texas”. Tres cuartos de hora que cundieron mucho.
Unos diez minutos después, Colin Abrahall, voz y miembro fundador de GBH, toma el micro para iniciar la actuación de la banda, pillando desprevenido al público e incluso a Ross Lomas, el bajista, que no se había colocado aún en su espacio. Un comienzo ya sin miramientos para desgranar más de una veintena de temas sacados de sus discos más míticos: “City Baby Attacked By Rats”, “City Baby’s Revenge” y “Leather, Bristles, Studs And Acne”, fundamentalmente, vamos, todo un revival de la época de los 80. Sorprendente fue también la ausencia del otro miembro fundador, Colin “Jock” Blyth, quien tuvo que ser sustituido por otro guitarrista para la ocasión, por encontrarse enfermo. Como decía, inicio contundente y rapidísimo con “Diplomatic Immunity” y “Drugs Party In 526”, seguidas de la inconfundible “Sick Boy”, celebrada por la concurrencia que, ya estaba más centrada y disfrutando de lo lindo. Retrocedemos a 1981 con “Slit Your Own Throat” y “Am I Dead Yet?”, piezas potentes que marcan el sello personal de GBH en su forma de interpretar el punk.
Aquí Abrahall se detiene para saludar y para presentar una versión muy original del “War Pigs” de Black Sabbath, en honor a su paisano Ozzy. Con “Maniac” de su disco debut, comienzan los primeros movimientos entre el respetable. Pieza pegadiza y movida, al igual que las siguientes “Gunned Down”, y “I Am The Hunted”. Otra breve parada para preguntar cómo estamos. Colin se desprende de su habitual chupa de cuero y continúa la descarga que nos transporta a la época dorada del punk británico. Dos espontáneos no dudan en subir la escalerilla que lleva al escenario de la Gong, para abrazar a un resignado Ross Lomas y acercarse, luego, al fabuloso batería Scott Preece, con el que se hacen varias fotos en plena actuación. Nadie se inmutó. Después de más de 40 años sobre los escenarios, los de Birmingham a buen seguro que han tenido que lidiar con situaciones más comprometidas. Sin parar caen “Heavy Discipline”, otra versión, la de los Slaughter And The Dogs: “Boston Babies”, provocando movimiento en las primeras filas y “Bellend Bop”, tocada a gran velocidad. Aprovechan para interpretar un tema de más reciente factura, “I Never Asked For Any Of This”, de su último disco y con el que demostraron que no han perdido un ápice de frescura.
Buen trabajo a la guitarra y aún más destacable el de la batería, en cortes como “Generals”. Pequeña pausa para saludar a los Infección y traca final que bordan con dos temas míticos: “Give Me Fire” y “City Baby’s Revenge”. Aunque se despidieron, nos preguntaron si queríamos escuchar alguna más, con la lógica respuesta positiva de los asistentes, siendo el momento de “Time Bomb”, la canción que abría su primer disco, con ese sonido cañero de la guitarra y que sonó de manera muy intensa, para despedirse con su versión del “Bomber”, de los Motörhead, para la que el manager de los GBH, se colgó el bajo de Ross y así interpretar ese conocido tema, poniendo el punto final a una colección de clásicos inmortales dentro de la música punk de todos los tiempos.
Gran velada nos ofrecieron ambas bandas. Ambas gozaron, también, de un buen sonido, aunque el ambiente distó un tanto de aquel más underground de su primera visita. GBH, dejaron patente que aún tienen cuerda para rato y que son una institución en el género y les agradecemos que hubiesen decidido repetir visita. Por muchas más así. Un saludo a todos y hasta la siguiente.
Y el templo del metal reabrió sus puertas. Un año más Zamora acogió una de las citas más interesantes de toda la temporada de festivales, reuniendo a un puñado de primeras espadas en un cartel de lo más heterogéneo y atractivo. Buen tiempo y mejor compañía para cruzar el Negrón y entregarnos a tres días de buen tiempo y mejor música. Cita ineludible ya para esta casa, todo arrancó, bajo un sol de justicia allá por el jueves 11 de junio, con la ya clásica división entre stages (Silver a un lado, Copper al otro) y nombres como Bury Tomorrow, Opeth o Emperor ejerciendo de principales reclamos.
Pero antes de que llegara el turno de los Mikael Åkerfeldt, Ihsahn y compañía, a Headon les cayó en gracia la siempre poco agradecida tarea de abrir el evento. Los de Andy Martínez, a lomos de un sonido cada vez más contemporáneo, lidiaron como mejor pudieron con ese papel siempre complicado. Un heavy metal imbricado de rasgos metalcore y mucho groove en cortes de nuevo cuño como la inicial “Memento” o la postrera “Un Nuevo Sol”, para después cerrar, eso sí, con una sorprendente versión / deconstrucción del “Fiesta Pagana” de Mägo de Oz. Un cierre que torció el gesto a más de uno.
Luego los valencianos de Noah Histeria vendrían a poner la nota técnica de la jornada. Era el día de Opeth, después de todo. Ellos engranaron su peculiar modo de entender el rock progresivo sin dejar indiferente a nadie. Un rock orgullosamente heterogéneo, que amalgama desde riffs cercanos al djent a dejes más atmosféricos sin olvidarse de algún pequeño ramalazo a la Tool o incluso un pequeño poso flamenco. Todo bajo la peculiar voz de Doc y su llamativa presencia escénica para uno de los sets más atrevidos de la primera jornada.
El contraste para con los chicos de Serious Black no iba a ser pequeño. Super banda nacida precisamente en España y fundada por Mario Lochert (ex Visions of Atlantis) y Roland Grapow (ex Helloween), arribaban a Zamora presentando aún su “Rise Of Akhenaton” de 2024. Con dos guitarras y sin bajista, el suyo resultó un heavy metal de lo más agradable para la media tarde. Bajo un sol que apretaba lo suyo, Nikola Mijić se desvivió por meterse a la gente en el bolsillo. La gente conectó enseguida con su power melódico. Sería el propio Mijić quien nos comunicara que el bueno de Lochert se había quedado en tierras alemanas debido a un ataque al corazón. Cortes como “Rock With Us Tonight” entraron cual cuchillo en mantequilla y disculpamos el aroma tan Edguy de otros como “Mr. Nightmist”. “Senso Della Vita” puso el guiño transalpino y, al final, todos coreamos el nombre de Mario, a quien desde aquí mandamos nuestros mejores deseos.
Los belgas Evil Invaders le añadirían entonces algo más de picante al cartel. Speed metal hiriente, a mil por hora, descerrajado sobre una audiencia ávida de sensaciones fuertes, que supo vibrar con los de Leopoldsburg como si les fuera todo en el empeño. Como si no quedasen dos días y medio aún por delante. Sin nuevo material desde aquél “Shattering Reflection” de 2022 pero con el ánimo intacto, Joe comandó a los suyos con pulso firme y sin dejarse absolutamente nada. Concisos, precisos, ellos defendían desde las tablas que lo suyo era puro thrash metal. Quién soy yo para llevarles la contraria. Baile de etiquetas al margen, me atrevería a decir que fueron la gran sorpresa de la primera jornada. Verdaderos underdogs, se atrevieron incluso con una versión del “Witching Hour” de Venom. A buen seguro se llevaron unos cuantos nuevos fans debajo del brazo.
Bury Tomorrow vendrían entonces desde Southampton para darle un bocado de metalcore al Z! Live. Lo bueno es que Daniel Winter-Bates apareció por Zamora con su voz, de mil registros, aparentemente intacta. Arrimados a ese metalcore a medio camino entre Parkway Drive o While She Sleeps, pondrían Zamora patas arriba. Muy intensos arriba de las tablas pero risueños, buscando en todo momento el calor del público mientras engrasaban su metalcore intenso y vibrante. Reconozco que no practican el tipo de metal que más acostumbro a escuchar. También que la gente, en especial la más joven, los disfrutó de lo lindo. Máxime cuando tuvo la oportunidad de llevar en volandas, literalmente, al bueno de Winter-Bates. Gran directo.
Llegaba el turno de los padres del black sinfónico. Aún apretaba el sol cuando Emperor tomaban el Copper Stage. Un enorme telón de fondo y dos kits de batería frente a él. “Into The Infinity Of Thoughts” atruena nuestros tímpanos ante la siempre curiosa presencia escénica de un confiado Ihsahn. Siempre al frente tras sus ya inconfundibles gafas de pasta y apoyado por un Trym Torson en plena forma tras los parches. Historia viva del género, prescinden del corpse paint de muchos de sus coetáneos apoyados en teclas por todo un Jørgen Munkeby de los Shining noruegos.
Ihsahn alterna voz rasgada y limpia en “In The Wordless Chamber” y el sonido gana en pegada para magnificar la pegada de “With Strength I Burn”. Hubo vítores aquí para la formación noruega, síntoma éste de lo bien que se estaba dando el set. Acompañaba un ocaso que iba, poco a poco, tiñendo de oscuridad el zurdo de los escenarios. El de “The Loss And Curse Of Reverence” resultó un black metal casi centrífugo, veloz y salvaje, aupado por las teclas de Munkeby y el poso más sinfónico. Y aunque desde luego no la banda más activa arriba de las tablas, Tony “Secthdamon” Ingebrigtsen al margen, sorprende la vitalidad de estos veteranos.
Luego llegó el turno de cambiar el telón, dejar sonar el “Ave Satani” que el grandísimo Jerry Goldsmith compusiera para el clásico de Richard Donner “La Profecía” y recibir a Mortiis al bajo y un Faust que ocuparía el set colocado a la derecha del escenario. Así, con la formación clásica sobre las tablas, encaran la parte final del set. Esa ocupada en recordar el seminal Ep homónimo de 1993. Este tramo final, “I Am The Black Wizards” mediante, fue fácilmente uno de mis momentos favoritos de todo el festival. Y fíjate que no fueron pocos durante los tres días. En el negocio de la música a veces todo parece posible, pero jamás me imaginé, a estas alturas, viviendo algo así. Y puede que Ihsahn sufriera con su registro limpio en este tramo final. Pero a fe mía que supieron hacer honor a su leyenda. Se fueron, de nuevo con la formación actual, tras “Ye Entrancemperium”, dejando la difícil papeleta a la organización de encontrar una rima similar de cara a la edición de 2027.
La de Opeth era una espinita que llevaba toda una vida queriendo sacarme. La banda del ínclito Mikael Åkerfeldt, auténtico baluarte del metal extremo progresivo, concitó sumo interés a su paso por el Silver Stage. Y la formación pergeñó un setlist a la altura de su leyenda. Presentando una de las escenografías más cuidadas del primer día, con su nombre proyectado en el fondo electrónico, era su primer concierto en tres meses. Åkerfeldt irrumpe en escena sombrero mediante. Y todo lo demás, como suele decirse, es historia.
Una historia que comienza por el principio del final. O lo que es lo mismo, el primero de cuantos parágrafos contiene su último álbum de estudio “The Last Will And Testament”. Decir que Opeth clavan este primer corte es quedarse muy corto. Todo engrana tal y como deseábamos. Hasta el guitarra Fredrik Åkesson brilla en coros. Pero cuando la banda vuelve la vista veinte años atrás y rescata “The Grand Conjuration”, Zamora es un clamor con ellos. Puede que los tonos más graves de Åkerfeldt no tengan la contundencia de antaño. Pero la interpretación es todo lo cuidada y fina que uno espera. A un nivel que, en este mismo recinto, solo recuerdo a unos tales Dream Theater en la pasada edición.
Por supuesto, no sería un concierto de Opeth sin ellas, no faltaron las celebérrimas chanzas de Åkerfeldt. Ni tampoco el saludo a sus casi vecinos de Emperor, quienes contó el vocalista, ayudaron a la banda sueca en sus primeros pasos en la música. Vaya pues desde aquí mi agradecimiento también a Ihsahn y los suyos. Todo encauza hasta el nuevo disco con “§7”. Con su sorna habitual y por aquello del tiempo parados “en casa, jugando al Wolfenstein”, reconoció el vocalista que andaban nerviosos. Desde luego que, si era el caso, tampoco se apreció demasiado.
Con “The Devil’s Orchard”, del denostado “Heritage” de 2011, emergería su cara más setentera. Y yendo aún más atrás, la traslación al vivo de “To Rid The Disease” explora a los Opeth más etéreos y espaciales. El bajista Martín Méndez, de origen uruguayo él, tomó entonces el micro y lanzó unas palabras en nuestro idioma. Todo para introducir el parágrafo número 3 del último álbum, con un gran solo de Åkesson y, aumento de tensión mediante, allanar el camino de cara a una tremenda reinterpretación de “Godhead’s Lament”, con el público coreando el solo incluso.
El sonido que envolvía al set, huelga decirlo, era el de las grandes citas. Me atrevería a decir que de los más redondos del fin de semana. Aquella cara más atmosférica vuelve mientras encaran el prólogo de “The Drapery Falls”, con Åkerfeldt esta vez a cargo del solo. Que en esto no falla el sueco, así cambie veinte veces de guitarra a lo largo de la noche. Presentaciones, apodos mediante, y cierre con “Deliverance”, convertida ya en verdadero himno de la banda y cuyo epílogo, amén de magnificarse en su traslación al vivo, pienso forma parte ya del hipotético panteón del metal progresivo en particular y la buena música en general. Puede que aún no tengan el poso de unos Dream Theater o el arrastre de bandas más clásicas como Accept o Saxon. Pero vinieron a gran nivel, a pesar del tiempo en el dique seco, y dejaron a este humilde fan con una sonrisa para lo que restaba de festival.
Claro que a la jornada del jueves aún le quedaba guerra que dar. Rascaba algo de frío cuando los renovados Delalma hacían suyo el Copper Stage. La banda comandada por Manuel Seoane, y que ahora lideran en voces Ronnie Romero y José Andrëa, mostró otra de las escenografías más cuidadas del primer día. El arco de la parte central, sus habituales luceros, y esas canciones a caballo entre el hard y el heavy metal que les hacen tan peculiares.
Pero como no todo sale siempre tal y como uno espera, a la banda y en especial al propio Seoane le tocó lidiar con algún que otro problema de sonido en el inicio del set. Algo que deslució en gran parte a un buen opener como es “Compaña”. Ronnie Romero, aún no se acostumbra uno a oírle cantar en nuestro idioma, estuvo tan fino al micro como siempre. Él se iría del escenario y su lugar lo ocuparía entonces José Andrëa para que “Néboa” se hiciese carne en Zamora. El vocalista de origen boliviano pronto mostró ese deje tan particular al cantar y que le hace realmente único. Lo que contrasta es la voz del chileno Romero cuando encara la estupenda “Mañana Vuelve A Oscurecer” de aquél debut homónimo de 2023 con Ramón Lage al frente.
Con Andrëa de vuelta en las tablas, la banda y una bailarina en llamas encaran “La Ira Del Mirlo”, con el ex Mägo de Oz ofreciendo su mejor versión de la noche. El HeadonAndy Martínez quiso unirse a la fiesta de los mirlos y sumó esfuerzos junto con Romero para “Delalma A Través”, donde Seaone está dibujando uno de sus mejores solos de la jornada. “Con mucho respeto para Ramón (Lage)” afrontaría José Andrëa “El Mirlo”. Para el cierre quedaron dos que dieron no poco rédito: “Cosas Por Decir” y, sobre todo, “Cárcel De Cristal”, verdadero himno de la banda a estas alturas. Un set de menos a más para una banda que, si encuentra un cierto grado de estabilidad, puede dar muchas alegrías a los fans del hard / heavy en nuestra lengua. Marquen mis palabras.
Para el cierre quedaba una de las ofertas más dicharacheras del día: los austríacos Dragony, ya con Maria Nesh como miembro de pleno derecho. Los vieneses venían presentando su “Hic Svnt Dracones” de 2024 y pusieron todo de su parte para cerrar la primera jornada con una buena ración de power metal alegre y juguetón. Casualidades de la vida, era la segunda de las bandas del día con algún ex miembro de Visions Of Atlantis a bordo. El mundo del power es un pañuelo.
Un broche donde sorprende el baile entre registros de la propia Maria Nesh. Había momentos en que, por su forma tan lúdica de entender el género, me recordaban a bandas como Battle Beast o, por extensión, Beast In Black. Con pareja en voces y un sonido que funciona muy bien a la hora de procurar sano y ligero divertimento en jornadas maratonianas como estas. A nosotros nos llegó el turno de recoger bártulos y buscar el obligado descanso. Quedaban aún dos días por delante.