Crónica: La Mar De Ruido (Viernes 11/8/2023)

La temporada de festivales bulle en todo su esplendor y por supuesto que Avilés y su La Mar De Ruido no querían a ser menos. Congregaba la cita en el Parque del Muelle a Wolffather, Ana Curra, Ñu y Winchester en una tarde que se tiró una moneda al aire en lo climático y, afortunadamente, salió cara.

Con todas las reservas que nos puedan producir las bandas tributo, lo cierto es que los chicos de Wolffather supieron cómo desenvolverse ante un público, sospechamos que bien nutrido de buenos amigos, que supo brindar su calor al cuarteto. En su set tuvo especial peso aquél divertido debut homónimo con el que Wolfmother iniciaran sus andaduras allá por 2005.

Con un buen sonido, algo que sería ya una constante durante toda la jornada, y el más que interesante registro de una Paula Lozano un tanto hierática, nos hicieron pasar un buen rato mientras desgranaban cortes tan recordados como “Dimension”, “Woman” o “Joker & The Thief”. Un buen calentamiento.

Ana Curra subía al escenario con su banda a eso de las 22:15 y ya desde un primer momento pudimos ser testigos del cariño que aún se le tiene por estas tierras a la madrileña. El tipo de música que despliega la denominada “reina del punk” puede no encajar del todo con nuestra línea editorial, pero la ex Parálisis Permanente demostró en el Parque del Muelle tener las tablas de veterana, sesenta y cuatro años la contemplan, y el ímpetu de una colegiala, haciéndoselo pasar en grande a propios y extraños.

Beneficiada la banda por la llegada de la noche y frente a una audiencia que no dejaba de corear un estribillo tras otro, quizás con “Quiero Ser Santa” a la cabeza, la de la capital aún se guardaba un as en la manga en forma de Ángel Antonio Berdiales “Berdi”, ex integrante de los rockeros asturianos de culto Kashmir, que se subiría al escenario para un par de temas. El baño de masas con el que la madrileña cerró la velada fue el mejor testamento de una noche que los acólitos de la ex Alaska y Los Pegamoides a buen seguro recordarán con cariño.

Le llegaba el turno entonces al ínclito José Carlos Molina y sus infatigables Ñu. Y es que cincuenta son los años que contemplan a una banda que se ha visto ahora renovada con la entrada de la ex Debler y Last Days Of Eden Sara Ember al violín y que en la localidad asturiana vino a demostrar estar en plena forma… si bien es verdad que el set que desarrollaron se nos antoja algo corto.

Vimos a un Molina, de hecho, más cauto en sus declaraciones que en pasadas giras. ¿Se habrá apaciguado el hombre tras tantos años de derrochar malas pulgas? Lo cierto es que poco importan sus discursos cuando se dispone ante ti un set lleno de clásicos a la altura como “La Granja Del Loco” o “Manicomio”.

Con un excelso Manolo Arias que por sí mismo justifica el pago de una entrada, el evento era gratuito de todos modos, confirmándose una vez más como uno de los mejores guitarras de hard rock y/o heavy metal que tenemos en nuestro país. Dentro de ese nuevo talante mostrado por Molina, agradecería éste la presencia de un público al que, según sus palabras, “simplemente le gusta la música”.

Solos diversos, clásicos como “La Bailarina”, “La Danza De Las Mil Tierras”, con Molina diciendo tras una pequeño circunloquio (tan habitual en él) que en realidad era una excusa para sentarse. Quiso también el de la capital guiñar a su disco en solitario con “El Calor Nublado” que habríamos aceptado de mejor grado dentro de un set más amplio. En cualquier caso, bien está “El Tren” para recordarnos a algunos el gran fervor que aún tiene el público astur por las huestes cornutas del inclasificable genio madrileño. Por muchos años.

Le llegaba el turno entonces a Ger Gilsanz, Kike García y Pablo Pravia, o lo que es lo mismo, el trío de rock clásico y fundacional Winchester, que vinieron a poner el cierre a una jornada animada y concurrida. Temíamos espantá en cuanto a público pero lo cierto es que el Parque del Muelle aún quedaba gente con ganas de rock and roll allá por la 1:28 cuando la banda se subió a las tablas.

Una vez allí demostraron la misma clase que siempre. Nadie va a descubrir a Gilsanz a estas alturas. El carisma que se le escapa a chorro tras las gafas de sol, su voz tiene personalidad y la alta gama de riffs que es capaz de desplegar llama la atención del más pintado. Y lo mejor es que cuenta con una banda a la altura. Banda que, de hecho, comparte con él las tareas vocales a lo largo y ancho de la hora larga de show que nos regalaron. Encajaron como un guante en el festival y fueron un más que interesante cierre.

Texto: David Naves
Fotos: José Ángel Muñíz

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