El evento estaba, como siempre, marcado a fuego en el calendario. Un año más, el Disneylandia del metal europeo, el abusón de los festivales del viejo continente, el Hellfest Open Air, suponía una cita ineludible para servidor, así como para los miles de “festivaliers” que de nuevo agotaron todos los abonos en solo unos minutos, meses antes de su celebración y sin conocer ni una banda de las que actuarían en el festival. Ni el cambio de fechas de esta edición (una semana más tarde de lo habitual, entendemos que para asegurar la disponibilidad de los cabezas de cartel) nos hicieron dudar ni un minuto acerca de nuestra asistencia. La confianza y fe depositadas en la organización tras su sobresaliente desempeño edición tras edición, hace que no necesitemos ya razones para planteárnoslo: si Hellfest ocurre, allí intentaremos estar para vivirlo en primera persona.

Para muchos, Hellfest es la experiencia de una vida, y no cabe duda de que desde la organización se preocupan de que así sea: un line-up espectacular (de nuevo a nivel top europeo), una logística cuidada para asegurar que un evento de semejante tamaño transcurre sin grandes incidencias, una estética preciosista, sobrecogedora y sorprendente, y sobre todo un innegable interés y voluntad de mejorar y crecer año tras año por parte de la organización. Los que llevamos desde hace más de una década asistiendo a Hellfest, hemos sido testigos de la evolución: cómo se ha transformado de un festival notable, instalado en la zona alta de la oferta europea, a la referencia absoluta a nivel mundial en cuanto a calidad, cantidad y medios.
Como siempre, contamos con un cartel para todos los gustos, un mosaico sonoro que cubre todo el espectro rock – metal – punk y sus derivados en seis escenarios temáticos, cuatro días de música y un total de más de 160 bandas de todos los tamaños y filosofías. Desde el mainstream absoluto de Foo Fighters o Metallica hasta el oscuro culto de bandas como Wormrot o Nakkeknaekker. Desde las melodías irish punk de Dropkick Murphys hasta el ruidismo jazz de los noruegos Shining. Desde la pesadez de High On Fire hasta las virguerías neoclásicas de Yngwie Malmsteen. Muchos géneros encontraron su hueco este año en el line-up: Industrial, black metal, psychobilly, hardcore, heavy metal, pop rock, hip hop, hard rock, grindcore… Echar un vistazo al cartel es inevitablemente encontrar un buen puñado de grupos que todo oyente medianamente abierto de miras pueda disfrutar en mayor o menor medida.

Aparte de la sobresaliente oferta musical, Hellfest ofrece todo la necesario para que la experiencia sea inmejorable: el mayor “metal market” de merchandising del mundo, una extensa y variada oferta gastronómica, bares y hostelería diversa para asegurarse que no falten refrigerios para su público, tiendas de instrumentos musicales, comercios de ropa, stands promocionales de diverso tipo… ¡hasta una barbería o un salón de tatuajes! El concepto “feria rock” en su más amplio sentido cobra vida en Hellfest. Divertimento y felicidad durante cuatro días para todo hijo de vecino que guste mínimamente de la cultura rock y sus derivados.
En la parte menos luminosa de esta edición, hay que comentar que, especialmente en la jornada de sábado (encabezada por Metallica) la sensación de sobreaforo y de “petazo” en ciertas zonas del recinto era más que evidente. Algunas partes de este, como el pequeño acceso al escenario Valley desde la zona “forestal” del festival y que a la postre supondría varios atascos durante el mismo, la acumulación de gente en la zona de catering en el escenario Valley, así como las enormes colas formadas en los “meaderos” y para acceder al merchandising oficial, hacen ver que de cara a 2025 las cabezas pensantes tienen que replantearse la distribución y dimensiones del mapeado en ciertos puntos del mismo. Esperemos que tomen nota.
Sin más dilación, entramos a analizar lo que buenamente dio de sí para servidor la parte musical de Hellfest, que al fin y al cabo es a lo que vinimos. Como imagináis, los solapes de bandas son una constante en este festival y la necesidad de tomar decisiones dolorosas y el posterior “picoteo” de escenarios en función del momento e inspiración es inevitable, por lo que en este texto hemos cubierto lo que buenamente pudimos ver más que lo que realmente hubiéramos querido. Sea como sea… ¡Se abren las puertas del infierno!
Desde los primeros compases del festival, el ambiente era de celebración. El respetable no tenía miedo a las altas temperaturas ya que pocos minutos después de la apertura de puertas el recinto estival ya lucía un aspecto estupendo. Comenzamos la jornada con Asinhell, una gran oportunidad para ver como Michael Poulsen de Volbeat se desenvuelve en su “vuelta a las raíces” con este proyecto de death metal old school junto a Marc Grewe de Morgoth. Un inicio sólido, con un sonido más que aceptable, tal vez con más actitud y ganas que pulcritud, pero que supuso un buen primer mordisco al pastel musical que nos esperaba para los próximos días. Nada mal para empezar.

No quisimos tampoco perder la oportunidad de ver un buen rato a los singapurenses Wormrot, banda de culto del grindcore que dieron buena cuenta de su slot con un set visceral, caótico y salvaje que no dejó indiferente a nadie. Seguimos la jornada con el death metal clásico de los legendarios Immolation, que no decepcionaron a los que teníamos hambre de metal extremo desde el comienzo del festival. A estas alturas ya habíamos pisado tres escenarios distintos y era hora de visitar el Valley para presenciar el show que los británicos Green Lung tenían preparados. Había mucha anticipación y curiosidad por ver como se desenvolvían sobre las tablas, y su show fue una masterclass de heavy metal clásico con espíritu stoner doom (¿o stoner doom con espíritu heavy metal clásico?), con mucho material de su último disco “This Heathen Land” y en el cual pudimos disfrutar una banda en estado de gracia. De lo mejor del festival. Habrá que seguirles de cerca en el futuro.

Mientras que Babymetal ponían el main stage a bailar con su fusión de metal con melodías de carácter y color J-Pop, la noruega Sylvaine nos ofrecía en el Temple Stage un delicado show a medio camino entre el shoegaze y el black metal que hizo las delicias de los seguidores de bandas como Alcest. Muchos no sabían qué esperar del concierto y quedaron francamente sorprendidos con lo onírico de su propuesta. Seguidamente, Dave Mustaine y sus Megadeth ofrecieron lo que ya viene a ser un set “estándar” del cuarteto: intachable a nivel musical, pero muy limitado por las capacidades vocales de MegaDave. Buen set, con casi todos los clásicos esperados para un concierto de festival (aunque esta vez no hubo sitio para “Hangar 18”), buena actitud y sonido notable, mermados por un Mustaine que cada día sufre más defendiendo su propio repertorio.

A continuación, uno de los shows imprescindibles de la jornada para un servidor: los noruegos Shining interpretaban su seminal álbum “Blackjazz” al completo en el que suponía probablemente el concierto más avantgarde y experimental de todo el festival. Mientras que los que somos entusiastas de su propuesta disfrutamos cada minuto del repertorio, su cruce de industrial, jazz, noise y metal extremo también agotó mentalmente a unos cuantos curiosos que tuvieron a bien probar suerte con otras propuestas. Su loca versión del “21st Century Schizoid Man” de King Crimson para cerrar su set, probablemente uno de los momentos mas extremos de todo Hellfest 2024.

De vuelta al Valley, All Them Witches tuvieron que capear algunos problemas técnicos en un show en el que empezamos a notar los primeros síntomas de congestión en dicho escenario, que a la larga se quedaría pequeño (especialmente sus accesos) varias veces durante el festival. Centraron su set en su cara más psicodélica y bluesie, y tal vez les faltó algo más de ritmo para lo que requería el escenario y el momento. Ojalá los pillemos en el futuro en otras condiciones. A su vez, los germanos Sodom ponían patas arriba el Altar Stage con su thrash metal cien por cien europeo. Los de Tom AngelRipper hicieron lo suyo: llegar, echar un vistazo, patear culos en base a trallazos metaleros a la cabeza e irse con la satisfacción del trabajo bien hecho. No los veía en directo desde 2016, y no cabe duda de que la maniobra de reconvertirse de trío a cuarteto en 2019 les ayudó a potenciar sus virtudes y minimizar sus carencias. Rejuvenecidos. También a su vez, Avenged Sevenfold ejercían de cabeza de cartel de la jornada presentando el que probablemente sea el álbum más interesante y arriesgado de la banda en muchos años. Otra vez será. Como comentábamos, las benditas e inevitables coincidencias del Hellfest.

Mientras que los himnos de Dropkick Murphys hacían correr la cerveza en cantidades industriales para cerrar el escenario principal, las últimas fuerzas que nos quedaban las dedicamos a ver unos cuantos compases de Cradle of Filth, que estaban sonando francamente bien. Seguro que sus simpatizantes quedaron más que satisfechos. Para nosotros era tiempo de descanso ya que aún nos esperaban tres jornadas más de música en Clisson.
Texto: José Mora
Fotos: Jaime García