Motocultor Festival 2026: Intensidad, cercanía y polvo en la Bretaña francesa.
Acudimos por primera vez desde Heavy Metal Brigade a este festival bretón que se caracteriza por su esencia íntima, sin masificaciones ni grandes artificios, pero con un cartel digno de eventos mayores. En esta decimoséptima edición, con una asistencia acumulada de 61.000 metaleros, Carhaix-Plouguer nos recibió con una climatología extrema (que puso a prueba el aguante de más de uno) y con la posibilidad de contemplar el eclipse solar en un contexto de lo más peculiar: la warm up celebrada el miércoles previo al inicio del festival en una de las plazas centrales de un casco histórico que merece la pena recorrer, con un público de lo más heterogéneo y tributos a Queen y Metallica como banda sonora. Una tarde única que ya forma parte de nuestros mejores recuerdos del Motocultor 2026.

Jueves: Toma de contacto y sorpresas
Llegamos al Site de Kérampuilh con mucha expectación por lo que encontraríamos dentro del recinto. Nos recibe un espacio abierto, con diferentes puestos informativos y un pequeño mercado, que servía como espacio divisorio entre una zona con dos carpas de estética circense y la explanada que alberga los dos escenarios principales, colocados en serie y de tamaño idéntico. Al fondo de estos, el acceso a la zona VIP. Unearth ya sonaba sobre uno de los main. Al refugio de la sombra, logramos disfrutar de una parte de este directo potente, con melodías de guitarra muy trabajadas y un buen despliegue de melenas sincronizadas al viento. Los pioneros del metalcore de Massachusetts consiguieron movilizar a un considerable grupo de atrevidos que desafiaban las temperaturas y al sol de justicia; el ambiente se percibía ya efervescente y esto no había hecho más que empezar.
Guiados por un riff de guitarra pegadizo que escuchamos durante el roadtrip hasta Carhaix, pasamos a una de las carpas para ver a la banda que sería una de las grandes sorpresas de esta edición. Me la juego a decir con seguridad que así fue también para todos los colegas de medios que me acompañaron. Los australianos Battlesnake, incatalogables en forma y estilo, aparecieron en el escenario ataviados con túnicas dignas de dioses greco-romanos recién salidos de una fiesta disco de los setenta. Su derroche de energía y actitud nos dibujó a todos una sonrisa en la cara casi de forma automática. Sonido rotundo, redondo y contundente, temas que evolucionan del heavy metal clásico al thrash, con guiños al hard rock setentero incluidos. De Sam Rhea brotaban voces que por momentos transmitían una agresividad casi diabólica, histriónica… dignas de un villano de cómic, en otros momentos pasaban a ser totalmente narrativas o melódicas; siempre impecables. Saben desenvolverse con perfecta teatralidad, comicidad y soltura en el escenario y, aprovechando todas las posibilidades que este les ofrece, consiguen contagiar de su caos extático al público al instante. De lo más fresco que hemos disfrutado en directo en tiempo. Si, como nosotros, no los conocías, hazte el favor de ponerlos en tu radar para no perder la oportunidad de verlos.

Con el subidón todavía en el cuerpo y canturreando compulsivamente el riff de “Nightmare King”, nos acercamos a la segunda carpa para un cambio drástico: el cantautor Brieg Guerveno y su interesante propuesta de rock progresivo/folk, en idioma bretón y formato de banda completa. Dejamos atrás el frenesí y las risas para pasar a una atmósfera más introvertida y solemne. Tanto fieles seguidores locales y curiosos disfrutamos de un setlist que incorporó temas de su álbum más reciente y trabajos previos más cercanos a la sonoridad del metal. Una propuesta muy personal que nos sirvió como primera ventana para asomarnos a la cultura de esta región.
Continuando con el objetivo principal de huir de los abrasadores rayos del sol nos desplazamos en masa a la otra carpa para disfrutar de la intensidad de la banda francesa de metal extremo Pilori. Su descarga de violencia sonora funcionó como una bofetada de realidad que despertó los primeros grandes circle pits y walls of death del festival.

Tras un descanso para reponernos, llega el turno de uno de los cabezas de cartel de la primera jornada: Godsmak. Era un histórico y esperado debut en festivales europeos veraniegos. Los estadounidenses llenan estadios al otro lado del charco, y aquí, ante un aforo menor, se percibía como un evento exclusivo y emocionante. No faltó la mítica batalla de baterías entre Shanon Larkin y Sully Erna, que además, justo antes de que empezasen a sonar las primeras notas de “Voodoo”, sacó a relucir al escenario la vieja y humilde guitarra de 8 dólares con la que compusieron temas de su primer álbum, All Wound Up, allá por 1997. Como no podía ser de otra manera, “I Stand Alone” y los coros constantes del público cerraron el bolo de una forma épica. Sin duda sus himnos atemporales y su sonido nítido y denso constituyeron uno de los momentos más potentes de la jornada.

Dejamos el Dave Mustage para mezclarnos entre una multitud de fieles apelotonados a la espera del servicio litúrgico de Amenra. No es sorpresa de nadie que los belgas son unos maestros a la hora de generar una atmósfera sobrecogedora e hipnótica, que a veces se encoge para hacerse íntima, vulnerable, casi inaudible, para después expandirse con una intensidad desgarradora y agónica. En cuestión de minutos, y gracias también a su puesta en escena basada en contraluces extremos, habían convertido la carpa en una suerte de refugio emocional que invitaba a los asistentes a una vivencia catártica. Fue realmente una experiencia muy similar a la de una sala, a pesar de tratarse de un evento open air, gracias a la cobertura sobre el escenario. Conciertos como este lo agradecen enormemente. Colin H. Van Eeckhout mostró su cara un poco más de lo habitual mientras temas como “De Evenmens” o «A Solitary Reign” nos mantuvieron en trance.

Si Amenra nos metieron en una burbuja en la que el tiempo se paró, Primus la pinchó para llevarnos, sin pedir permiso, a un viaje experimental y bizarro, en el que la batería de John Hoffman servía como motor y nexo de unión entre las armonías percusivas y disonantes que se generaban entre cuerdas y voz. Ver a Les Claypool y su despliegue de virtuosismo al bajo y contrabajo eléctrico (ataviado con su máscara de cerdo) es algo que hay que hacer alguna vez en la vida. Agradecemos enormemente al Motocultor habernos ofrecido la oportunidad de tachar este hito de la lista tras casi una década de ausencia de esta banda californiana en los escenarios europeos. Mención especial para el alarde de voz de Mark Osegueda, cantante de Death Angel, que apareció sobre escenario para un improvisado cover homenaje a Dio y su emblemático tema Holy Diver a la Primus.

Terminamos la primera jornada con el crossover thrash de Municipal Waste. Los de Virginia supieron ganarse al público con el último empujón de adrenalina de la jornada, generando un mar incesante y frenético de crowd surfers incluso antes de que temas que funcionan a modo de grito de guerra, como “The Art Of Partying” y “Born To Party”, sonasen. La cerveza bretona y la dureza del clima del día ya hacían mella.

Viernes: Misticismo folk e iconos
A diferencia del jueves, que empezó sin contemplaciones ni calentamiento, el viernes arrancó de una forma más calmada. Llegamos para ver el oasis místico de Stille Volk, una de las bandas pioneras y más respetadas del neofolk y folk pagano francés. Merece la pena ver su despliegue de instrumentos típicos de la época medieval, como la zanfona, el laúd o la gaita, que acompañados de voces cavernosas y solemnes nos transportaron siglos atrás. Una rara avis dentro de un festival de metal y música extrema, pero que un público de mentalidad abierta como el del Motocultor supo encajar a la perfección.

Tocó el turno de IOTUNN, que desde los primeros acordes de temas como “Twilight” o “Kinship Elegiac”, desplegó un sonido impecable, nítido y demoledor. Las complejas y pesadas líneas de guitarra de los hermanos Jesper y Jens Nicolai Gräs tejieron un muro sónico hipnótico que nos invitó a un viaje abisal mientras que el alarde de voz y presencia de Jón Aldará nos dejaron boquiabiertos.

Cambiamos de escenario para ver la propuesta de la banda francesa Hrafngrimir, que ofreció un despliegue de dark pagan folk con el que nos trasladamos a una liturgia nórdica. Una puesta en escena magnética, que se sintió más como un ritual que como un concierto, acompañada de percusiones que inducían a un trance rítmico. El juego de voces de Mattjö y Christine nos caló hasta la médula y nos puso el vello de punta. Habían dejado el listón muy alto y al público conmovido.

Textures llegaron para devolver la agresividad a la jornada. La banda neerlandesa, pionera en el sonido djent, llegó al Motocultor con su esperado nuevo álbum bajo el brazo, aunque la locura colectiva estalló de verdad cuando rescataron sus grandes clásicos. La emotividad masiva de “Awake” desató intensos mosh pits en el centro de la pista. Precisión y fuerza bruta a partes iguales nos movieron completamente a otra faceta del festival.

Los eurovisivos Lord of the Lost aparecieron sobre el escenario para romper los esquemas del metal extremo con su propuesta excesiva y ecléctica: destellos, luces y una actitud descarada convivieron con pasajes de metal industrial fusionados sin complejos con pegadizos estribillos completamente pop. El mosh pit se transformó en una pista de baile y obtuvimos exactamente lo que esperábamos.

Llega el turno de Soen. Los suecos vinieron para poner un contrapunto a la agresividad y mostrarnos que es posible hacer un alarde de elegancia, potencia y técnica sin caer en el virtuosismo estéril. Con un setlist un poco más corto de lo que una banda de metal progresivo necesitaría, sobre el escenario sonaron sobre todo temas de sus últimos trabajos, entre los cuales se coló alguna joya de etapas previas como “Fraccions” o “Lotus”, ante las que caímos rendidos irremediablemente.

Paradise Lost izaron la bandera del metal gótico y el death/doom británico. Desde el minuto uno el ambiente se percibía vibrante y las voces del público no dejaron de corear las canciones de principio a fin. El setlist, gracias a un bloque de tiempo generoso, pudo hacer un recorrido por prácticamente la totalidad de su extensa carrera. La explosión llegó de la mano de los clásicos “As I Die” y “Embers Fire”, con los que la banda demostró de forma rotunda su estatus de leyendas vivas.

Como en todo festival de gran formato, llega el ineludible momento de los dolorosos solapes que nos obligan a priorizar y descartar o a desarrollar nuestras capacidades de teletransportación para disfrutar de al menos una parte de cada bolo. Elegimos esta segunda opción para lo que quedaba de la noche.
Empezar con el huracán que Slaughter to Prevail despierta en cada directo. La experiencia sobrecogedora de Alex Terrible rugiendo mientras las guitarras clavan cada breakdown rítmico con precisión quirúrgica es algo digno de ver y sentir. Brutalidad en su máxima expresión y pits destructivos que hicieron temblar los cimientos del recinto. Tampoco esperábamos menos. Antes del masivo wall of death nos deslizamos ágiles entre el público para llegar al delirio electrónico extremo de Master Boot Record, que ya tenían a miles de personas hipnotizadas con su propuesta vanguardista inspirada en la informática clásica: sintetizadores, chiptune, monitores de tubo parpadeantes y pantallas con cascadas de código binario contrastaban con una guitarra y una batería muy orgánicas. La pista se había convertido en una amalgama de saltos y bailes improvisados como consecuencia de un público que no sabía si hacer un mosh pit o desempolvar los pasos de tiempos pasados en discotecas de electrónica. Posiblemente hayan generado uno de los momentos más curiosos de esta edición.

Antes de que el show terminase, nos desplazamos para coger posiciones y mentalizarnos para el cambio absoluto de atmósfera que llegaría con los franceses Alcest. Pudimos apreciar parte del montaje de la sublime escenografía que les acompaña en esta gira: telas que caían desde lo alto, plantas secas delimitando las posiciones de los músicos, garzas que proyectaban su silueta sobre una luna, todo ello envuelto en una luces que convertían el escenario en una estampa mágica salida de la portada de su último álbum. Una vez más pudimos dejarnos seducir por la atmósfera onírica y melancólica a la que el blackgaze es capaz de transportarnos como casi ningún otro género. Pulcritud y emotividad absolutas convirtieron el directo de esta banda en una réplica perfecta del estudio mejorada por un extra de pegada orgánica.

Después de la imprescindible “Sapphire”, nos obligamos a salir de la ensoñación en la que estábamos para acercarnos al bolo de Darkened Nocturn Slaughtercult, que nos llevaron de golpe de la delicadeza y la luz a una tenebrosidad y frialdad máximas. La perturbadora y magnética presencia de Onielar, una suerte de demacrada sacerdotisa pagana, resulta fascinante en un género históricamente dominado por hombres. El cansancio no impidió que el público se rindiese a la imponencia y crudeza que los alemanes destilaron.

Texto: Sara Nogueras
Fotografía: Cristina Trespando