Crónica: The Screamin’ Cheetah Wheelies (Gijón 8/10/2026)

Se cumplen tres décadas de “Magnolia”, obra cumbre en la trayectoria de los sureños de Nashville The Screamin’ Cheetah Wheelies y la banda ha querido celebrarlo con un extenso tour en su honor. Tour que tuvo parada en el gijonés Teatro Albéniz con el equipo de Heavy Metal Brigade presente y sin perder ripio de sus evoluciones.

Puntuales como si su lugar de origen fuese el mismísimo Birmingham, todo parte desde un inicio reposado, tranquilo, con la banda entrando poco a poco en calor. También un público que parecía velar armas ante las más de dos horas de set que le aguardaban. Al frente, con la banda delegando en él toda interacción con la gente, está un Mike Farris, 58 años le contemplan, por el que parece no correr el tiempo. Los ojos siempre ocultos tras las gafas de sol, el estadounidense irrumpió por Gijón en un estado de forma que ya quisieran muchos de su generación. Fino con la armónica, cumplidor cuando se colgaba su Fender blanquinegra y dueño de una voz verdaderamente portentosa. Además el sonido acompañaba ya desde esta “Backwoods Travelin’”, incluso en las siempre esquivas primeras filas, por lo que nos las prometíamos muy felices.

“Hello From Venus” ya deja una sección solista, con cierto e inevitable aroma a Lynyrd Skynyrd, de lo más efusiva. Tal es así que pareció sacar a la gente de su letargo. El recuerdo a su álbum de 1996 ocuparía toda esta primera parte del set. La banda iba de arranques tranquilos a cierres desbocados, con la dupla guitarrera Rick White & Bob Watkins disfrutando a las seis cuerdas y Mike Farris entre el arrullo más calmado y el rugido más descomunal. Por ahí me sorprendió la mayor gravedad con que atacaron “Father Speaks” y la forma en que, más adelante, ofrecieron un rock algo más alucinado, con Farris torrencial al micro primero y pidiendo silencio después. No tengo un contador de decibelios pero me atrevería a decir que la primera gran ovación de la noche se produciría justo aquí.

“I Dreamed” nos brindó la cara más idiosincrática del quinteto, estupendos de nuevo White & Watkins aquí, mientras que “You Are” ofrece un deje algo más blues. White, todo el show sentado en su taburete, dibujó un gran solo aquí y nosotros, tal y como nos pidió el propio Farris, brindamos una gran ovación al veterano guitarrista. Así las cosas, retornan a un rock sureño más elemental, soldado al libro de estilo del género, pero con un Farris cuya voz adoptaba, a ratos, un deje mucho más soul. Sorprendía no ya su presencia escénica y su derroche físico, que también, sino la amplitud de registros que iba mostrando. Un libro de instrucciones, en carne y hueso, de todo lo que ha de ser un gran frontman de rock and roll.

Llegaría entonces un pequeño descanso. El vocalista anunció que se iban a un break de quince minutos prestos a encarar la segunda parte del set. Así fue. De nuevo con puntualidad rigurosa, de nuevo tomaron posiciones para encarar ese largo tramo final. Farris toma el micro y cuenta una pequeña historia sobre su Nashville natal, esa que dio vida, en apenas diez minutos, a “This Is The Time”, de aquél debut homónimo de 1993. Farris la arrancó a capella mientras el teatro Albéniz unía sus voces a él. Fue uno de los momentos álgidos de la noche, sin duda alguna.

Lo que me agradó y sorprendió a la vez fue el modo en que acudieron a su cara más soul por un lado, más bailable por otro, en el disfrutón tramo final. Farris seguía con su voz intacta, retorciéndose sobre el escenario, dando saltos, buscando siempre la complicidad del público. Dos horas largas de set pero el americano no cejó en el empeño ni un momento. De hecho uno de sus mayores derroches, en lo técnico y también en lo físico, llega precisamente en este tramo final, síntoma del gran momento de forma por el que atraviesa. Insisto, ya quisieran muchos a su edad. Luego encararon los bises, con el recinto entregado y un esforzado Terry Thomas tras baterías. Sobrio pero impecable durante toda la noche, pieza fundamental pero en la sombra de la formación americana. Rubrican así un cierre de verdadera antología, solo a la altura de los buenos, buenos de verdad, no había más que mirar las caras de los asistentes toda vez se hizo la luz en el Teatro. Quizá me atreva a pecar, por una vez, de poco elegante, pero de veras que lo siento (amargamente) por quienes pudieron haber ido a verles y no les dio la gana.

No es que veamos esto como una competición pero realmente creemos que fue uno de los mejores shows en lo que llevamos de año. Por extensión, por esa colisión de técnica y feeling pero, muy especialmente, por el derroche de un Farris incontestable. Por nuestra parte y como siempre, nada más que agradecer a la promotora por las facilidades dispuestas en favor de esta crónica, un saludo a la concurrencia del antes, durante y después y ya saben: nos vemos en el siguiente.

Texto: David Naves
Fotos: José Ángel Muñiz

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