Que venga a nosotros lo nuevo de Timeless Rage. Los sinfónicos germanos, aka Klaus Buchfink (baterías), Michael Benk (guitarra, coros), Anna Keil (teclados, coros), Christian Pirch (guitarra, coros) y las recientes incorporaciones Daniel Wengle (bajo, coros) y Nicolaj Ruhnow (voz), nos entregan un segundo largo mezclado y masterizado por Markus Teske (Mob Rules, Vanden Plas, Threshold, Symphony X…) en el Bazement Studio y que ha visto la luz vía Metalapolis Records.

Por las manos de Markus Teske han pasado bandas de no poco renombre. Es algo que notas nada más arranca la inicial “My Kingdom Come”, tirada más hacia la vertiente power que la sinfónica (aunque algo hay) del combo alemán. Es un corte directo, ya digo que sin mucha pompa, que ni reinventa la rueda ni pierde ocasión de tramar buenas estrofas y estribillos. Me gusta ese paso más lento que va y viene, un ambiente que bien me podría recordar a los propios Symphony X, sin llegar al (a veces) torrencial derroche técnico de aquellos. El solo me devuelve esa sensación, especialmente en el arranque. La banda construye una buena sección solista. Acomodada, elegante, eficaz. Es un primer corte ordenado, quizá a ratos un tanto previsible, pero finiquitado tras un estupendo epílogo. Esto no pinta nada mal.
Nicolaj Ruhnow, que pasó por los británicos Tokyo Blade, llegando a grabar un álbum con ellos (“Thousand Men Strong” de 2011), plantea tonos altos en contraste con el tono más oscuro que la banda desarrolla en esta “The Seed Of Fear”. Por ahí ciertas comparaciones con Kamelot, Avantasia, incluso Edguy parecen inevitables. Es una composición que viene a extraer algo más de músculo en lo que a técnica se refiere, tamizada por esos aires más medio orientales (¿Alguien dijo Orphaned Land?) y rodeada ahora de un mayor punch sinfónico. Me agrada ese doble juego entre voces. La más limpia, la más rasgada, que si bien ya hace tiempo dejó de resultar novedosa, sí pienso que está bastante bien integrada en el (ágil) corpus de esta segunda entrega.
La más breve “The Devil’s Masquerade” se adhiere a un power metal clásico, sencillo y directo. Bien adornado en cuanto a producción y donde Ruhnow está dejando versos en una onda que no me podría recordar más a ese tal Michael Kiske. Hay un puente que desata, de nuevo, a esos Timeless Rage más graves y oscuros, bien cuadrado en términos de producción y al que sigue, de nuevo, ese power trotón y elemental del tercio inicial. Nada nuevo ni sorprendente, clásico single adelanto, pero funcional cuanto menos.
“Conquistadores”, no busquen semejanza alguna con los orgullosos piratas alemanes Running Wild, alterna un heavy de nuevo algo más oscuro con andanadas de puro metal sinfónico, elegante y bien arreglado, para un corte al que tampoco le falta mordiente. Hay aquí una deriva hacia pasajes casi progresivos, siempre sin salirse del redil del género pero que, desde luego, otorgan otro aire a esta cuarta propuesta. En contraste, el puente central vendrá a desatar un tono entre lo épico y lo teatral. Es un corte entretenido por diverso, de esos que ganan peso específico con cada escucha y, a fe mía, uno de los más divertidos de este “My Kingdom Come”.
“Moonbite Serenade” le sirve a estos alemanes para mostrar algo más de colmillo. De intensidad. Composición más extensa del álbum, ahonda en ese power tan teatral que ya mostraran en “Conquistadores” para, por ahí, construir un heavy / power metal que, de nuevo, parece no querer conformarse con abrazar un único discurso. Lo mejor es lo bien que está Ruhnow en la creación de estrofas. Elegante, hábil, sabiendo moverse en tonos altos pero sin abusar de agudos sin sentido ni perderse tampoco en voces melosas e impostadas. En una era de producciones sencillas, predecibles, profusas en bombo / caja y estribillos más cerca del pop que de Accept o Iron Maiden, refresca (al menos) encontrarse composiciones como esta. Y aunque pienso que aún se le podría exigir algo más (hay cierta alergia al solo de guitarra en estos chicos), bien están esos detalles, otra vez, entre épicos y teatrales que anteceden al epílogo.
Cuenta la nota de prensa que “A Vampire’s Legacy” fluctúa en influencias entre Paradise Lost y Stratovarius. Puede ser. El caso es que Ruhnow de nuevo está brillando en estribillos pero el corte, en líneas generales, creo que palidece frente a otros dentro de este segundo largo. Todo su habitual discurso está presente y de qué forma aquí. Pero encuentro predecibles ciertos riffs en que se apoyan las estrofas y ese tono gótico, apesadumbrado por el que la nota refiere a la susodicha banda británica no siento que llegue a materializarse del todo. No es que me aburra pero desde luego tampoco me engancha.
“Regrets” supone entonces un pequeño descanso dentro del fuerte flujo sinfónico del disco. Breve en duración y pequeña en ambición, que no exenta de cierta distinción y con un Ruhnow ahora sí algo engolado, supone un pequeño impás que sirve como puente hacia “The Enemy Is You”. Aquí la banda recupera la forma, echa toda la carne en el asador en lo que a peso sinfónico se refiere y adopta un power vivaracho y clásico, con un gancho de mil demonios. Brilla (por fin) Klaus Buchfink tras baterías mientras la producción juega a enfrentar el aspecto puramente metálico, esas guitarras ahora más afiladas, con todo el aparato sinfónico. De nuevo esos interesantes duelos vocales, contornos algo más nervudos y un cierre por donde se colará, incluso, un aire más circense. Una dupla de lo más atractiva.
“We All Shall Fall” parte de un prólogo que me recuerda a unos Iron Maiden del “Brave New World”. Sentimiento este que se desvanece toda vez sucede ese arranque e irrumpen los Timeless Rage más metálicos de todo el largo. En consecuencia, hay voces más encorajinadas, pero también una presencia sinfónica que, a ratos, me chirría como lo hacen muchos recodos del (por otro lado) algo infravalorado “S&M” de unos tales Metallica. Con eso y con todo tampoco es un corte que desprecie.
“The Pale Death” echa por tierra ese deje casi misterioso del prólogo para conducir hacia un power sinfónico que, seamos francos, tampoco aporta gran cosa al discurso previo. Funciona, si acaso, para que Ruhnow disponga tonos más propios de un Tobias Sammet y el disco supere, al menos, los tres cuartos de hora. Y no niego que Anna Keil haya trazado buenos detalles desde el piano o que el doble juego vocal les vuelva a funcionar. Pero en resumidas cuentas siempre me deja una sensación un tanto agridulce…
… que de todos modos tampoco empaña, al menos en mi caso, todo cuanto la banda ha hecho bien previamente. Primero por lo equilibrado de su sonido, segundo porque parecen ser más que conscientes de sus puntos fuertes tanto como de sus debilidades y finalmente porque entre los diez cortes cabe un discurso lo suficientemente rico como para agradar a cualquier fan del sinfónico que se precie, en especial si quiere huir (sin mirar atrás) de bandas como Beast In Black, Battle Beast, incluso Sabaton, y abrazar un metal más clásico, no tan pagado de sí mismo, pero que salvo algún momento concreto entrega todo aquello que promete. Que no es poco.
Texto: David Naves