Sábado: El despliegue ecléctico
Con temperaturas algo más bajas pero el polvo en suspensión cada vez más presente, arrancó la que se podría describir como la jornada más heterogénea del festival. Fueron los surcoreanos Hollow Jan quienes nos despertaron a base de voces desgarradoras y pasajes instrumentales emotivos y melancólicos. Esta peculiar fusión entre una voz típica del screamo con una parte instrumental más cercana al post-rock nos dejó sorprendidos y complacidos. El contraste de texturas creó un ambiente que se sentía vulnerable y furioso a partes iguales, y sumado a una puesta en escena que se sale de lo que estamos acostumbrados a ver en este tipo de eventos (camiseta blanca inmaculada como uniforme), nos mantuvieron atónitos durante todo el bolo. Una de estas bandas que si no fuese porque un festival de estas características nos ofrece la posibilidad, probablemente no habríamos descubierto nunca.

Orden Ogan aparecen sobre el main y dan un giro rotundo a la jornada hacia el power metal melódico. Guitarras potentes y muy nítidas, junto a un muro de voces aderezadas con coros pregrabados, consiguieron una atmósfera épica que se ganó a aquellos asistentes con una mentalidad menos purista y crítica hacia los backing tracks.

De la grandilocuencia de los alemanes, pasamos a la crudeza y densidad de los suecos Grave. Estas leyendas del death metal clásico no pudieron acudir con su formación original al completo, pero igualmente tocaron un setlist de la vieja escuela: “Soulless” nos obligó a levantar el puño mientras “Into the Grave” despertó el circle pit más intenso de todo el show.

Llega el turno de Leprous y el despliegue de técnica y flexibilidad vocal de Einar Solberg, capaz de manejarse en un registro vocal agudo como pocos en directo. Los de Noruega consiguieron montarnos sobre una montaña rusa emocional gracias a la teatralidad que despliegan en el escenario. Demostraron con temas como “The Sky is Red”, que nos dejó en trance, que virtuosismo y emotividad pueden ir perfectamente de la mano.

Slift nos sacó de esa majestuosidad y nos sumergió en un viaje lisérgico. La energía que este trío francés consigue en el directo te sacude irremediablemente y te arrastra a un agujero negro de fuzz y psicodelia pesada. La compenetración sobre las tablas entre los integrantes se percibe de manera muy clara en gestos como una batería que sale de la habitual última fila para ocupar la misma línea que cuerdas y voces. El tema “Ummon” demostró que es un himno, y la banda que ya está absolutamente consolidada a pesar de que, para muchos, todavía fueron un descubrimiento.

Tras unas cuantas respiraciones profundas para aterrizar y volver a sentir los pies sobre el suelo polvoriento del Site de Kérampuilh, decidimos descubrir por qué una banda de covers como Frog Leap ocupaban espacio en el cartel. Lo que en un principio se podría interpretar como algo de relleno o un slot perdido, se convirtió en un oasis de diversión ligera ya pasado el ecuador de un evento con más de 100 bandas. Tantas horas de música en directo e intensidad acaban pasando factura a nuestra capacidad de procesar y analizar lo que estamos viendo, y este proyecto de versiones metaleras de canciones mainstream famosas convirtió la carpa en una escena digna de una boda a altas horas de la madrugada. El descanso mental que no sabíamos que necesitábamos antes de la celebración por excelencia de esta edición: Perturbator. Con la noche encima, miles de almas (ya más zombies que humanas) nos congregamos ante la explanada del escenario principal para entrar en un estado de trance solemne y masivo. Las ráfagas de luces estroboscópicas y juegos geométricos de luces LED se entremezclaban con majestuosas imágenes de estatuas clásicas y una intensidad de sonido abrumadora. El dúo de batería y sintetizador (o guitarra convertida casi en uno a base de pedales) consiguió un sonido pesado, violento, casi futurista, pero a la vez orgánico. No tenemos claro por qué la electrónica oscura suele agradar tanto a los oyentes de metal extremo, pero ha quedado clarísimo que este proyecto francés ocupa un lugar de honor dentro del género. El sábado terminaba de la forma más magnética y visualmente impactante posible.
Domingo: Leyendas y bandas emergentes
Última jornada y el cansancio y la nostalgia ante algo que sientes que está a punto de acabar se mezclaban a partes iguales, aunque Motocultor todavía nos tenía preparados muchos platos fuertes. Heavy/Hitter fueron los responsables de ponernos en marcha a golpe de breakdowns y tempos asfixiantes. Un pogo en ebullición constante ante un setlist que, si bien no resulta ser el más dinámico, aportó una brutalidad honesta y efectiva. Salimos antes del final para ver algunos de los últimos temas de Heretoir, que por algún contratiempo no pudo hacer su show completo. Poco tiempo pero suficiente para constatar que los alemanes tienen su espacio bien merecido dentro de la escena blackgaze.

Red Sun Atacama trajeron de vuelta el paisaje desértico al domingo. La adrenalina que destilan sobre las tablas, y el carisma de su guitarrista y vocalista, generaron una atmósfera frenética perfecta para terminar de despertarnos. Posiblemente uno de los secretos a voces mejor guardados del panorama del stoner rock y fuzz psicodélico actual en Francia.

El día nos tenía preparado un cambio drástico de registro con la llegada de Fit For An Autopsy a la explanada principal, que para ese entonces ya se había convertido en una densa nube de polvo. Cualquier gesto que desde el escenario se hiciese para motivar un circle pit o un wall of death desencadenaba un movimiento automatizado para cubrirse boca y nariz con cualquier tela cercana en una gran parte del público. Temas como «Black Mammoth« y «The Sea of Tragic Beasts« de los de Nueva Jersey fueron las piezas perfectas para desatar el caos y completar la estampa post apocalíptica. La combinación de brutalidad típica del deathcore y pasajes melódicos de tintes progresivos y atmosféricos, junto con un setlist muy depurado para la ocasión, hizo que los 45 minutos de los que disponían nos supiesen a poco.

Al relevo llegaron Signs Of The Swarm para ofrecernos la cara más ruda y violenta del deathcore moderno: baterías con ritmos casi inhumanos, riffs de guitarras con afinaciones bajísimas y las inconfundibles e insanas texturas vocales porcinas de Simonich provocaron un aluvión de cuerpos sobre el foso.

Nos alejamos del apocalipsis para adentrarnos en el mundo de fantasía medieval de Castle Rat, que hizo las delicias de los amantes del doom metal. Una carpa abarrotada para ver e inmortalizar, móviles en mano, la performance teatral perfectamente coreografiada. Riffs pesados y potentes, cotas de malla, máscaras, luchas de espadas y el magnetismo de la “Rat Queen” Riley Pinkerton provocaron una marea de cabezas convulsas y miradas atónitas a partes iguales. Un directo singular que merece la pena ver, con el único “pero” de que no sorprende a quienes lo hayan disfrutado anteriormente.

Abandonamos la mazmorra para introducirnos en un aquelarre con Witch Club Satan. Las noruegas son unas expertas en generar incomodidad: desde el primitivismo y crudeza de su sonido black metal, pasando por sus speeches cargados de proclamas políticas feministas, hasta su puesta en escena inquietante pero cuidada hasta el último detalle, casi vanguardista, en la que todo está dirigido a descolocar al público. Y lo consiguen, tanto con curiosos como con fieles del género en su versión más tradicional.

Avanza la tarde y llega otro momento de doloroso solape: el torrente de energía de Airbourne y el viaje introspectivo de Monkeys on Mars. Tomamos posiciones para ver salir al escenario al torbellino australiano, que no inventa nada pero convence a todos. Dosis en vena de rock and roll puro y frenético y un frontman con una actitud prácticamente demente, hacen de sus directos una experiencia física a la que es imposible no caer rendido. Después de su single de regreso “Gutsy” conseguimos abandonar el caos frenético en el que se había convertido la pista y, con una sonrisa dibujada en la cara, dirigirnos hacia la carpa que estaba dando cabida a la fantasía psicodélico-espacial del supergrupo franco-suizo.

Ni un solo crowd surfer ni moshpit, en su lugar miles de cabezas se balanceaban lentamente y al unísono. El proyecto Monkeys on Mars (Monkey3 + Mars Red Sky al completo) se traduce en un descomunal despliegue de doble batería, bajo, guitarra y voz con un teclado en el centro del escenario. Un éxtasis visual y sonoro en el que la atención y los ojos viajan constantemente de una melodía a otra, de un músico a otro, y vuelta a empezar. La rotundidad y riqueza de sonido fue única.
Deafheaven arrancó sin concesiones para devolvernos al mundo real en cuestión de segundos. Un muro de sonido bello y claustrofóbico inundó el recinto consiguiendo una abrumadora respuesta del público. Un directo de los de San Francisco es un acierto asegurado, y en esta ocasión no fue menos. La personal expresión corporal y vocal de George Clarke y las dinámicas de volumen e intensidad juegan con tus emociones y te atrapan. Con un sonido pulidísimo y un setlist que hizo un recorrido por su discografía constataron que se puede dejar huella sin necesidad de un impacto directo. Temas como “Dream House”, encargado de dar el cierre, son ya un himno definitivo dentro del blackgaze.

De una banda con una trayectoria que apenas supera la quincena, pasamos a otra que casi alcanza las cuatro: las leyendas vivas Judas Priest. Aunque las dimensiones del Dave Mustage no permitieron que los representantes por antonomasia del heavy metal clásico pudiesen desplegar su show completo, gigantescas pantallas y juegos de luces acompañaron la secuencia de legados sonoros que movilizaron al público en masa una vez subsanado el desajuste de volumen que opacó los primeros temas.
Poco antes del final decidimos deslizarnos entre el extasiado público para escuchar una pequeña parte de la propuesta de los alemanes Coltaine. Densidad, melancolía y sensualidad a raudales bajo una densa y mística niebla artificial aislaban a la carpa y público del bullicio exterior.
Haciendo acopio de las últimas energías, y al borde del colapso sensorial, nos movemos para situarnos delante del escenario del que sería nuestro último bolo mientras a lo lejos los parisinos Shaârghot hacían vibrar el suelo de una manera descomunal. Arch Enemy se presentaron frente a un público especialmente expectante ante el debut en sociedad de la nueva vocalista de la banda, Lauren Hart. Su presencia y capacidad técnica pulverizaron de inmediato cualquier atisbo de duda. La conexión con la audiencia fue indiscutible desde el inicio, pero el clímax absoluto llegó de la mano de la icónica «Nemesis«, que desató los mosh pits más salvajes de la madrugada antes de cerrar de forma magistral con el outro de «Fields of Desolation«.

Impresiones y experiencia personal
Nuestra primera impresión del festival ha sentado un muy buen precedente por diferentes motivos: las magníficas carpas (de las que otros eventos podrían tomar nota) que ofrecen sombra, una calidad de sonido impecable, buena ventilación y una experiencia muy similar a la de una sala; el terreno inclinado frente a los escenarios principales que te asegura una buena vista desde prácticamente cualquier punto; la ausencia de masificación que permite desplazarse por el recinto sin agobios ni colas eternas para llenar el vaso o ir a un baño (siempre limpio y con papel); numerosos puntos de agua y zonas de sombra en el recinto para afrontar la ola de calor; la posibilidad de ver los directos en las primeras filas sin grandes dificultades; la cercanía y extroversión del público bretón en general, así como del personal del evento, que hace casi imposible no entablar varias conversaciones con desconocidos a lo largo del día; un ambiente en el que los conciertos se viven con intensidad, pero también de forma respetuosa; la carpa de Macumba entre el recinto y la acampada general, que se convierte cada noche en un after sin complejos… y así podríamos seguir extendiéndonos indefinidamente.
La acampada que nos correspondía como media, a los pies del Château de Kerampuilh y compartida con asistentes VIP y de movilidad reducida, estaba ubicada en una explanada desprovista de sombra que, en el contexto de una canícula, convirtió los toldos en un bien muy preciado con el que evitar hornearse en el interior de las tiendas. Las instalaciones de baños y duchas, que estaban siempre disponibles con una espera mínima y limpios, podrían haber proporcionado una experiencia cómoda del primer al último día del evento si hubiesen contado con mantenimiento.
De la misma forma tuvimos acceso a la zona VIP dentro del recinto, que nos dió la principal ventaja de un bar con sombra y sillones para los momentos en los que necesitábamos un respiro. La estructura de varios niveles ubicada lateralmente a los escenarios principales, colocados en tándem, permitía tener una vista lejana pero más tranquila para aquellos que huyen del gentío.
Ya para concluir, Motocultor se presenta como una alternativa fuerte a eventos masificados, que te permite vivir una experiencia alejada de la sensación de haber entrado en una instalación pensada para hacerte sacar la tarjeta a cada paso con la música como excusa. Con una calidad de bandas sobresaliente y una cantidad más que suficiente, un sonido a la altura y un espacio pensado única y exclusivamente para disfrutar de los conciertos, sin decoraciones de ensueño ni espectáculos más allá de los que suceden sobre los escenarios y entre el público, este festival francés nos ha dejado un número de bolos disfrutados mayor de la que podemos digerir, una gran resaca emocional y una mochila cargada de buenos recuerdos que esperamos seguir llenando en próximas ediciones.
Texto: Sara Nogueras
Fotografías: Cristina Trespando