SonicBlast 2026: Pintar el verano a golpe de amplificador (Parte 1)
Como decíamos en nuestro avance hay festivales a los que uno va a escuchar música. Hay otros a los que va a vivir una experiencia. Y después está SonicBlast Fest. Intentar explicar qué hace diferente a este festival es, en cierto modo, como intentar explicar un cuadro a alguien que no lo ha visto. Puedes hablar de sus colores, de sus formas, de la luz que lo atraviesa, pero siempre faltará algo. Porque SonicBlast no se entiende únicamente desde sus escenarios ni desde sus bandas. Se entiende caminando descalzo hacia la playa, desayunando en la acampada rodeado de amigos después de una noche de conciertos, cruzándose con desconocidos que al cabo de unas horas ya parecen amigos, bajando al pueblo a comer, regresando al recinto cuando el sol empieza a dar un pequeño respiro y dejando que los amplificadores vuelvan a hacer temblar el aire. Regresando a la analogía del cuadro, y para intentar crear una descripción lo más exacta posible de lo vivido y disfrutado, el particular lienzo de este 2026 comenzó a tomar forma el miércoles.

Salimos desde Pontevedra con esa mezcla de cansancio acumulado típico del verano, expectación y ganas de carretera que precede a cualquier gran aventura. Todavía no sabíamos exactamente qué colores iba a tener nuestro lienzo de los próximos días, pero sí que llevábamos los pinceles preparados. Y mucha cerveza. A medida que los kilómetros quedaban atrás, el viaje se convertía en la primera pincelada ante tanto blanco que queríamos llenar de color. Porque SonicBlast empieza mucho antes de entrar en el recinto. Empieza en el camino, en las conversaciones del coche, en la música que acompaña el trayecto y en esa sensación de estar dejando atrás la rutina para entrar durante unos días en otro universo. Y entonces aparece ante nuestros ojos. El primer golpe de vista ya rompe con muchas de las imágenes preconcebidas que uno puede tener de un festival de este género. Aquí el paisaje no es un simple decorado. Forma parte de la experiencia. El Atlántico está ahí, prácticamente al alcance de la mano, recordándote que entre una descarga de fuzz y otra existe una playa donde refrescarse, descansar o simplemente contemplar el horizonte. Uno de los grandes reclamos para los miembros de las bandas que tocarán en el festival. La acampada gratuita es otra de esas pinceladas que parecen pequeñas hasta que uno se da cuenta de lo que significan. Tener un lugar donde instalarse, con facilidades y con el festival convertido prácticamente en una prolongación natural del propio campamento, hace que todo resulte más sencillo. No existe esa sensación de estar entrando y saliendo constantemente de un recinto aislado del mundo. SonicBlast respira alrededor de todo. Esa es quizá una de sus grandes virtudes: no parece construido contra su entorno, sino integrado en él.
Miércoles: la primera capa de pintura
La warm-up del miércoles sirve para mojar el pincel por primera vez. Todavía quedan días por delante, pero la maquinaria ya está en marcha. Las primeras bandas empiezan a llenar de sonido el ambiente y el público comienza a reconocerse. Algunos llegan con la experiencia de años anteriores; otros pisan el evento por primera vez. Todos terminan formando parte de la misma escena. Este día tiene algo de boceto. Ya empiezan a aparecer las formas y la primera llegó con Wizard Master. El volumen aumenta, las conversaciones se mezclan con las guitarras y la noche empieza a adquirir esa tonalidad propia de los festivales que saben crear una identidad. Con Spin The Skull, la cosa empezaba a ganar volumen. Ya no éramos simples recién llegados. El ambiente comenzaba a transformarse y la música conseguía que el cansancio de la carretera pasara a un segundo plano. Hay algo maravilloso en esa primera noche de festival, para alguien como yo todavía tienes por delante todos los descubrimientos. Cada banda puede ser una sorpresa. Cada riff puede convertirse en un recuerdo. Cada concierto añade una capa más a una experiencia que todavía no sabes cómo va a terminar. La última pincelada de la warm-up, para servidor, correspondió a Capela Mortuária y estaba llena de tonos oscuros y frescos. Una banda que entiende el thrash como algo físico, directo y sin necesidad de pedir permiso. Sus canciones, cantadas en portugués, tienen esa cualidad de sonar todavía más cercanas cuando salen disparadas desde un escenario. El público respondió de la única manera posible; moviéndose, empujando, saltando y dejando claro que aquella noche todavía quedaba mucha energía por gastar. No para los miembros del campamento, yo incluído, donde permanecería cuatro noches. Todavía quedaba Bongzilla pero nosotros necesitábamos dormir y sabíamos que nos esperaba de nuevo al día siguiente.

Jueves: El lienzo empieza a cobrar vida
Con el primer día completo llega la sensación de que aquello ya no es una escapada, sino una pequeña vida paralela. La mañana tiene su propio ritmo. El calor, la playa, las conversaciones, el paseo hasta el pueblo, la comida, las primeras cervezas y esa eterna discusión sobre qué banda no se puede perder hacen que el festival se extienda mucho más allá de sus horarios oficiales. Comer en el pueblo es también parte del cuadro. Hay algo especialmente bonito en poder salir del recinto, sentarse a comer y encontrarse con la vida cotidiana de la localidad, donde miramos a los locales con curiosidad, al igual que ellos observan a los desconocidos; para después regresar al universo del festival. Comienza la música en directo con Elephant Tree, que tuvieron que adelantar su actuación por los cambios provocados en el horario. La banda británica se presentó finalmente como trío, después de que su guitarrista/cantante Jack no pudiera viajar, circunstancia que obligó a replantear su concierto. Precisamente por eso hubo algo especialmente humano en aquella actuación mezcla de stoner/sludge melódico, que no necesitaba grandes artificios. Era una música para dejar que el cuerpo se acomodase, para empezar a entrar de nuevo en el festival después del descanso y para recordar que los organizadores saben colocar bandas con personalidad incluso en los primeros compases del día, incluso con cambios de última hora. Una primera capa de pintura, todavía suave, con mucho espacio alrededor por rellenar.

Entonces aparecen en escena Trash Talk y tiran el bote de pintura. Se acabaron los trazos sutiles. El hardcore californiano entró en el cuadro como un puñetazo. La banda, que hacía su debut portugués, convirtió el espacio frente al escenario en una auténtica zona de caos, controlado eso siempre. Circle pits, cuerpos volando y un Lee Spielman dispuesto a meterse literalmente dentro del público. Esto ya no era contemplar una obra, era meterse dentro de ella. Demostraron que el festival podía pasar del viaje psicodélico al incendio en cuestión de minutos. El público dejó de ser espectador y pasó a formar parte del espectáculo.

Después llegó Midnight, en sus maletas trajeron el espíritu del heavy metal más macarra, directo y desvergonzado. De paso nos demostró que el demonio sabe divertirse. Lo hicieron además a plena luz del día, una contradicción perfecta para una banda cuyo propio nombre parece pedir oscuridad. No la necesitaban. Necesitaban público y lo tenían. Su concierto estuvo lleno de interacción, bromas y una energía desbordada. El cantante y bajista llegó incluso a repartir cervezas entre las primeras filas y a invitar a la gente a ocupar la zona del foso. Empezaron fuerte y pronto llegó el inevitable momento de comunión colectiva con «Satanic Royalty», antes de que «You Can’t Stop Steel» disparase todavía más la adrenalina. No todo tiene que ser solemne. Era imposible no sonreír. A veces una gran banda consiste simplemente en salir ahí fuera, tocar como si el mundo se fuese a acabar y conseguir que cientos de personas canten juntas.

Cuando parecía que ya habíamos gastado toda la energía del día, Frankie And The Witch Fingers cambiaron completamente la paleta. Psicodelia, garage, funk, rock y una electricidad casi hipnótica. Era su tercera visita a SonicBlast y se notaba que ya existía una relación especial con el festival. No necesitaban demasiado tiempo para hacerse con el escenario. Los riffs empezaron a multiplicarse, el ritmo se volvió más sinuoso y aquella masa de público que hacía unos minutos parecía estar preparada para una batalla comenzó a moverse de otra manera. El festival volvía a demostrar su capacidad para cambiar de piel, es una de las cosas que más fascinan de este evento. Una banda no tiene por qué parecerse a la siguiente, lo que importa es que ambas tengan algo que decir.

Entonces cayó la noche y el lienzo cambió. Parecía complicado pintar con luz la oscuridad, pero con Deafheaven nada es imposible. Aparecieron en el escenario principal y durante aproximadamente una hora y cuarto hicieron algo que no resulta sencillo, convertir una multitud en una sola masa hipnótica. Su música vive precisamente en ese territorio donde la belleza y la violencia se encuentran. Pasajes expansivos que parecen abrir el cielo para, segundos después, volver a cerrarlo a base de guitarras, batería y gritos llenos de agonía. Pero hubo algo más, la actitud y la entrega. La sensación de que no habían venido simplemente a cumplir con un horario y hacer ver a los más escépticos que abrirse a otros estilos funciona dentro del SonicBlast. Entendieron por qué su inclusión en el cartel tenía tanto sentido. George Clarke se convirtió en una especie de director de orquesta desquiciado, manejando las emociones del público mientras los músicos construían detrás de él una pared de sonido. Había una tormenta de colores. «Sunbather» y «Dream House» sus temas más celebrados por el público.

Después de la intensidad de los americanos llegó Chat Pile y con el la pintura adquirió una textura completamente diferente. El noise rock de los tambien estadounidenses no busca precisamente la comodidad. Es áspero, incómodo, pesado, extraño. Una música que parece diseñada para hacer que el suelo tiemble ligeramente bajo los pies sin saber muy bien donde puedes caer. Al frente, Raygun Busch. Una presencia imposible de ignorar. Su interacción con el público aportó una dimensión casi teatral al concierto, mezclando la brutalidad sonora con comentarios y curiosidades cinematográficas que terminaron convirtiendo el espectáculo en algo difícil de clasificar. Pero debajo de todo aquello seguía existiendo una masa sonora aplastante. Chat Pile parecían utilizar cemento para llenar nuestra particular obra.

En cuanto nos movimos para ver la propuesta de Snapped Ankles a nuestra mente acudió la pregunta, ¿y ahora qué demonios está pasando? A estas alturas, cualquier intento de mantener una lógica convencional en la jornada ya era inútil. Desde Londres llegó una propuesta cuyos miembros parecían haber escapado de un bosque después de ingerir grandes cantidades de droga de diseño, demasiada música electrónica, post-punk y ritmos tribales. Vestidos como criaturas de un extraño universo postapocalíptico, con sus característicos atuendos iluminados, convirtieron el segundo escenario en una pista de baile completamente desquiciada. Probablemente haya festivales donde Snapped Ankles parecerían una anomalía, pese a la sorpresa inicial aquí no. Todo en SonicBlast tiene sentido. El cuadro ya es tan grande que admite incluso aquello que, en principio, no debería encajar, y sin embargo, encaja.

Cuando parecía que ya no quedaba espacio para añadir otra pincelada, apareció Bongzilla. Tocaba comprobar qué sucedía cuando la banda regresaba al festival para una actuación completa. Son ese tipo de grupo que no necesita demasiadas explicaciones. Sus riffs avanzan como una apisonadora lenta, densa y obstinada. El sludge se convierte en una masa física y el escenario parece hacerse pequeño. Era el final perfecto para un día que había recorrido prácticamente todos los extremos posibles. Un viaje que no debería tener sentido sobre el papel, pero que dentro del recinto portugués, lo tenía absolutamente todo. El festival no estaba intentando decirnos qué clase de música debíamos escuchar. Nos estaba diciendo: «¡escucha! Después decide».

El jueves había empezado con un lienzo todavía relativamente limpio y terminó convertido en una explosión de colores, texturas y formas imposibles de contener. Mientras caminábamos de vuelta hacia la acampada, con los oídos todavía vibrando y el cuerpo empezando a reclamar su parte del descanso, había una certeza. Todavía quedaban dos días.
Texto: Alexis Montans
Fotos: Jaime García