Crónica: Wacken Open Air 2026

La pasada edición del festival teutón Wacken Open Air cerró su 35º aniversario confirmando que siendo la meca del metal mundial. La llamada de la tierra prometida funcionó a pleno rendimiento, se colgó el cartel de entradas agotadas días antes de arrancar y unas 85.000 almas acudieron sedientas de decibelios para celebrar esta edición tan especial por todo lo alto. Tras años de auténticos calvarios de barro y nubarrones negros, el cielo dio una tregua que dejó las escasas gotas de lluvia sufridas en algo meramente anecdótico. Jornadas de sol radiante y cielos despejados para que la música se pudiera disfrutar con total comodidad y la zona de acampada volviera a ser una fiesta sin incidentes. La nota discordante saltó en los controles de seguridad, con la prohibición de entrar portando parches antifascistas y banderas LGTBQ+. Una decisión errónea que obligó a la organización a emitir un comunicado directo de disculpa y justificación dejando claro su rechazo absoluto a la extrema derecha y apoyo total a la diversidad en la escena.

La inmensidad del cartel de esta edición justifica de por sí un viaje condensado y cronológico por lo más representativo de cada jornada. En la etapa inaugural las niponas Lovebites abrieron fuego en el Faster Stage derrochando un power metal de una velocidad y técnica insultantes. Sus intrincados solos de guitarra y una base rítmica demoledora sorprendieron a los escépticos en estas primeras horas de festival. Demostraron sobre las tablas que el metal japonés no pide permiso, regresa para reclamar su trono por derecho propio.

Cabe reseñar una de las gestas más insólitas y meritorias del metal estatal en Wacken, y es que Alien Rockin’ Explosion, banda residente desde su debut en la “holy land” en el año 2017 festejaron su 10º aniversario con una actuación en uno de los escenarios icónicos del festival, el Wackinger ubicado en la villa vikinga del festival.

El concierto de The Gathering en el Louder Stage fue una de las citas con mayor carga emocional de esta edición. Fecha exclusiva en Alemania y volver a ver en acción a la carismática Anneke van Giersbergen para celebrar el 30º aniversario de “Mandylion”, disco que revolucionó el metal atmosférico y gótico en los noventa, fue generosa recompensa gracias a una interpretación vocal impecable, cálida y magnética que erizó la piel de miles de seguidores que no fallaron a la cita con uno de los regresos más esperados.

La sorpresa de la jornada para un servidor llegaría de la mano de la banda local Velvet Rush que en tiempo récord van camino de convertirse en una de las realidades más frescas y estimulantes del hard rock europeo de raíz setentera. Pinceladas de rock psicodélico y el alma soul que desprende su vocalista Sandra Lian demostraron el por qué de su fichaje por el gigante discográfico Frontiers Music Srl.

El colofón a esta primera jornada lo pondría la leyenda australiana Rose Tattoo. Saltaron al escenario derrochando actitud macarra y ese rock and roll directo a la mandíbula marca de la casa. Con Angry Anderson como punto focal, liderando una descarga cargada de sudor, distorsión y nostalgia. Inmersos en su gira de despedida, la auténtica vieja escuela demostró que el cuero y las cicatrices nunca pasan de moda.

Segundo día con Def Leppard como protagonistas y en la que brilló con luz propia la descarga de Uli Jon Roth. El gurú de la guitarra celebró por todo lo alto los 50 años de «Virgin Killer» de Scorpions. A través de una mística e hipnótica interpretación que nos transportó de lleno a la era dorada del hard rock setentero se hizo acompañar por invitados especiales como Mille Petrozza (Kreator), Nathan James (Inglorious), Vassilios «Lucky» Maniatopoulos (Rage) y Roland Grapow (Masterplan / Helloween). Ofreció una intachable lección de elegancia y raíces imperecederas arropado por un nuevo apartado artístico visual desde las pantallas gigantes del escenario.

La mejor versión en mucho tiempo del genio sueco de las seis cuerdas ofreció una clase magistral de virtuosismo neoclásico a velocidad de vértigo. Entre ráfagas de arpegios imposibles y sus característicos malabarismos con su inseparable Stratocaster. Malmsteen aunó opiniones enfrentadas en un espectáculo de egocentrismo técnico ya que ofreció canciones sensiblemente retocadas, omitiendo muchas de las partes cantadas y que, guste o no, son historia viva del heavy metal.

El que para muchos era el verdadero cabeza de cartel del día llevaba el sello del monumental y esperado regreso de Jon Oliva y sus huestes al festival. Un concierto aniversario que fue una auténtica montaña rusa de heavy metal teatral y operístico. Himnos atemporales grabados a fuego que desataron la locura colectiva y nos recordaron su estatus de leyenda absoluta. La reunión del núcleo histórico de Savatage formado por Al Pitrelli y Chris Caffery, sublimes a las guitarras y un gran Zak Stevens a las voces, desataron un auténtico torbellino de nostalgia y épica, coronándose como el concierto definitivo del día.

Con la caida de la noche llegaba el turno de los reyes del deathpunk noruego. Turbonegro tiñeron el festival de fiesta, provocación y purpurina en el Louder Stage. La gran representación presente de su «Turbojugend» se entregó por completo a un set irreverente, plagado de guitarrazos sucios y estribillos adictivos. Una celebración hedonista que puso la nota macarra, más divertida y descarada de todo el festival.

El descubrimiento del día llevaría el nombre de Wytch Hazel, la formación británica comandada por Colin Hendra tomó por asalto el Wasteland Stage con su mística apuesta visual, luciendo túnicas, ropajes de corte templario y su personal hard rock eclesiástico o proto heavy metal medieval. Ofrecieron una de las mayores delicatessen underground del festival para los amantes de los sonidos revisionistas.

Esta segunda jornada se cerraría con la alianza más oscura y unánimemente aplaudida de esta edición. Un ritual de black metal absolutamente demoledor e irrepetible con Adam «Nergal» Darski y los islandeses Misthyrming uniendo fuerzas para revivir íntegramente «Sventevith«, el disco debut de Behemoth. Una tormenta de blasfemia primigenia y crudeza sónica que clausuró la noche dejando el “suelo santo” completamente calcinado y así conmemorar el 30º aniversario de una obra fundacional.

Pasado el ecuador de esta entrega Wacken vestía sus mejores galas para recibir a Judas Priest. El día comenzaba de manera inmejorable con los británicos Paradise Lost en lo que supuso otra muesca de auténtica clase en la dilatada trayectoria de los padres del metal gótico. Los de Halifax asaltaron el Faster Stage derrochando esa densa bruma de melancolía y pesadez que manejan como nadie. La formación liderada por Nick Holmes y Greg Mackintosh siempre ha considerado Wacken como uno de sus feudos europeos predilectos y el público alemán, fiel devoto de sus atmósferas tristes y riffs monumentales, los recibió una vez más con fervor absoluto bajo un cielo que esta vez sí respetó su show.

El idilio de In Flames con el festival alemán abarca décadas. Desde sus primeras apariciones en los 90 hasta coronarse ante decenas de miles de personas, la banda liderada por Anders Fridén siempre ha considerado Wacken como su segunda casa. El público germano ha sido testigo de su mutación estilística, abrazando tanto sus raíces death metaleras como su aclamado metal alternativo actual. Ante un foso que lució un lleno absoluto dejaron patente la arrolladora química de su alineación actual. El tándem formado por Björn Gelotte y Chris Broderick (ex-Megadeth) a las guitarras ofreció un recital de armonías dobladas y como ya es tradición, su momento cumbre llegó con el moshpit masivo de «Only for the Weak«, adornado por un espectacular derroche visual con la estética de su álbum “Foregone” como protagonista.

Como auténtica lección de historia se podría calificar el paso de Rob Halford y los suyos por esta edición del Wacken Open Air. Plato fuerte del Harder Stage la noche del viernes 31 de julio los británicos desplegaron un show monumental enmarcado en su nueva gira mundial «Faithkeepers«. A través de un viaje cronológico impecable, que satisfizo los paladares más exigentes, abarcando desde el rescate de composiciones setenteras, himnos de su era gloriosa en los ochenta y fogonazos de su material más contemporáneo. A sus A sus 74 años el “metal god” demostró un estado físico y vocal digno de admiración. Si bien economiza movimientos en el escenario y se apoya en el pie del micro en momentos de mayor exigencia, su rendimiento fue simplemente impecable. No faltaron a la cita sus emblemáticos agudos, limpios, lacerantes y desgarradores en temas como «The Ripper» y «Victim of Changes«. Defendió con dignidad encomiable “Painkiller” y derrochó carisma con constantes cambios de vestuario para dejar claro que sigue siendo un referente tambien en lo escénico.

Coronaba la jornada el concierto despedida de los escenarios de una leyenda pirata germana. Running Wild ofrecía un último asalto tras casi 50 años de trayectoria. Su líder indiscutible Rolf Kasparek ha decidido abandonar de forma definitiva las giras aunque seguirá componiendo y publicando álbumes de estudio en el futuro. Voto a brios, particular epitafio el suyo. Sin ninguna novedad en el repertorio que llevarnos al oído ofrecieron un setlist de antología, plagado de resurrecciones inesperadas y estrenos inéditos en directo. Parco en movimientos Kasparek defendió con casta sus característicos fraseos vocales y clavó unos riffs marca de la casa y sello de identidad del speed metal germano. Sin adornos recargados, el último viaje del buque insignia de la armada pirata teutona defendió su legado con gallardía y la aprobación de 85.000 entregados tripulantes.

La jornada final de esta edición fue un fin de fiesta monumental marcado por descargas de adrenalina, comuniones colectivas y retornos muy esperados. Así abrimos la velada con Nevermore, liderados por los miembros históricos Jeff Loomis (guitarra) y Van Williams (batería). La banda sonó como una apisonadora de precisión matemática y es que el turco Berzan Önen asumió la difícil tarea vocal con un respeto reverencial y una solvencia técnica impecable acallando cualquier duda en la defensa de un repertorio enfocado en la era dorada de la banda de Seattle, logrando arrancar lágrimas de nostalgia entre las primeras filas.

Los australianos Airbourne saltaron al Faster Stage con una única misión, demoler el escenario a base de puro hard rock de la vieja escuela. Joel O’Keeffe demostró que es una fuerza de la naturaleza indomable, salta, corre, se da un baño de masas entre el público a lomos de su roadie de confianza mientras vuela la cerveza y el sudor empapa sin remisión el ambiente. Guitarrazos directos al pecho para una banda cruda, sucia y endiabladamente compenetrada que no da tregua en su aspiración al título de hijos bastardos de AC/DC.

La cuarta parada de Angelus Apatrida en Wacken supuso una nueva consagración internacional para los albaceteños. Líderes con puño de hierro del thrash metal patrio, ver cómo asaltaron el Headbangers Stage en esta última jornada fueron motivo de orgullo absoluto para la muchas veces maltratada escena estatal. Salieron a reventar cuellos, derrochando carisma y agitando a un foso hambriento que respondió a través de moshpits y un wall of death devastador.

De la intensidad viajamos en busca de la clase que atesoran el eterno Johnny Gioeli y sus Hardline. Suyas fueron las mayores dosis de elegancia melódica del festival, dueños de un hard rock de alta escuela que para sí quisieran muchas bandas y vocalistas. Simpatía y carisma que se ganaron a la audiencia unida a una apuesta siempre ganadora para los nostálgicos como es la interpretación de los himnos que contiene su obra cumbre “Double Eclipse”. Destacada la cercanía mostrada por Gioeli, interactuando directamente con fotógrafos y fans desde el amplio foso de seguridad, rompiendo la frialdad del lejano escenario.

Si bien Sabaton coronaban el cartel de una edición que daba sus últimos estertores, Powerwolf aprovechó el jugar en casa para llevarse la mayor recompensa. A través de una monumental, teatral y multitudinaria «Misa del Metal» el reverendo Attila Dorn sentó cátedra con una gran demostración de potencia vocal operística. Flanqueado por los hermanos Greywolf a las guitarras y un showman del calibre de Falk Maria Schlegel desde los teclados aprovecharon para meterse al público en el zurrón apoyados en una de las producciones visuales más espectaculares de todo el festival. Un decorado imponente que recordaba las ruinas de una catedral gótica asolada por gigantescas llamaradas que iluminaban la última noche en Wacken.

Con las fuerzas justas cerramos esta edición degustando la pegada densa, pantanosa y cargada de groove de Corrosion Of Conformity. Los de Carolina del Norte despacharon un muro sónico granítico encabezados por un Pepper Keenan sobrio a la guitarra y voz. Ofrecieron un menú con el stoner/doom como plato principal, aderezado por la distorsión para ejercer de contrapeso a la velocidad del power metal de los escenarios principales. Un concierto de la vieja escuela, sin artificios ni proyecciones visuales donde cobra más valor la congregación de unos fieles que lograron uno de los moshpits más densos, polvorientos y salvajes de la jornada sabadeña.

Tras unos años de barrizales caóticos y lodo hasta las rodillas, esta edición al fin permitió disfrutar del festival con una comodidad inusual, equilibrando en lo meramente sonoro bandas que copan grandes estadios con el underground más selecto. El espíritu de hermanad, la cada vez más cercana perfección audiovisual y disfrutar de nuevos titanes que deben recoger el testigo de los típicos nombres que copan las primeras líneas de los carteles son el mayor aliciente para regresar al festival de los festivales. ¡Rain or shine! Nos volveremos a ver Wacken.

Texto y Fotos: José Ángel Muñiz

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