Siete años después de su último paso por nuestros escenarios el trio tejano ZZ Top regresaba a la piel de toro con energías y una formación totalmente renovadas. El pistoletazo de salida a las 6 fechas programadas tenía lugar en Pamplona con el combo australiano Wolfmother como banda invitada.

El trio liderado por Andrew Stockdale se sumaba a la fiesta inmerso en los fastos conmemorativos del 20º aniversario de la publicación de su ópera prima. Poseedor de una sólida trayectoria Stockdale se ha labrado un merecido reconocimiento como abanderado del revival del hard rock y el stoner del siglo XXI. Si bien a Wolfmother le quedó grande aquella etiqueta recién editado su álbum debut como heredero del incuestionable trono que aún ostenta Led Zeppelin, si que se ha labrado con el paso del tiempo una incuestionable reputación gracias a su gran desempeño en la réplica, modernización y homenaje al sonido pesado, psicodélico y distorsionado que dominó la primera mitad de los años 70.
Precisos con el horario establecido arrancaron unos escasos 55 minutos de tiempo con “Dimension”, tema inicial del mentado primer disco. La puesta en escena fiel al formato original del estilo, ausencia total de efectos especiales, pantallas gigantes o trucos visuales. Una presentación minimalista de puro rock n’ roll, un espectáculo directo y nostálgico ante una audiencia menor de la que una banda de su calado merece.

Ataviados con camisetas de ZZ Top el combo que completan el bajo hiper distorsionado de James Wassenaar y un dinámico Christian Condon a la batería desglosó casi en su totalidad la grabación homenajeada, rozando el clímax con su público a través de himnos generacionales como una temprana “Woman” interpretada en tercer lugar y un cierre por todo lo alto con “Joker & The Thief”.
Por primera vez en su historia con España los tejanos se presentaban sin su clásica formación. Tristemente Dusty Hill nos dejaba en el 2021 pasando a la alineación titular Elwood Francis otrora técnico de guitarras de la banda y para nuestra sorpresa Frank Beard no era de la partida, tomando el relevo a la batería Michael Monahan.
Como si de un combate de boxeo se tratara el trio es presentado a través de los altavoces del escenario para dar paso a los primeros acordes de “Got Me Under Pressure”. Bajo una iluminación espectacular daba inicio la parada navarra del “The Big One! Tour”. Billy Gibbons se muestra solvente a la voz y formidable a la guitarra, Francis por su parte se presenta armado con un extravagante bajo de 17 cuerdas y esa particular imagen que por momentos nos llega a recordar a una caricatura del propio Gibbons. Nada que ver con su desempeño musical, y es que 30 años como técnico para la banda le han llevado al aporte de una interpretación más que fiel del repertorio.
Los nombres han cambiado pero la liturgia se mantiene con coreografías estudiadas al milímetro dentro de una interpretación pulcra y fiel a un repertorio que apenas sorprendió salvo una reducida versión de “My Head’s In Mississippi” y la inclusión de la recién estrenada “Brown Paper Bag” bajo el paraguas de Billy Gibbons en solitario.

El recinto se vuelve un karaoke para himnos atemporales como “Gimme All Your Lovin” y “Sharp Dressed Man” mientras se suceden los cambios de guitarra, de bajo y Gibbons nos da una demostración de habilidad al slide mientras califica a Francis como “el gringo peligroso”. En apenas 60 minutos ya tomaban rumbo a camerinos dejando a una parroquia cercana a las 5.000 personas expectante ante la traca final que se avecinaba.
Cambio de imagen para un poker de bises que no abandonan las directrices que los zeta han mantenido en su trayectoria. Innegociables gafas de sol y atuendos llenos de tachuelas y lentejuelas, ahora con el rojo como color predominante. La banda que cerrará toda enciclopedia que se escriba sobre el rock ponía colofón a su paso por el Navarra Arena con “La Grange”.
Un cierre de puro boogie-rock festivo al que todos nos unimos cuando el emblemático «haw-haw-haw-haw» retumbó en nuestros oídos. Era el delirio esperado para una homilía tejana inolvidable. Una despedida que destiló clase y sudor, un broche de oro perfecto que dejó oídos saturados, cuerpos agitados y la certeza absoluta de que el viejo y buen rock and roll no muere, solo se transforma.
Texto: José Ángel Muñiz