SonicBlast 2026: Pintar el verano a golpe de amplificador – Parte 2
Hay cuadros que uno termina de pintar de una sola vez y hay otros que necesitan días. El nuestro empezó en la carretera, entre Pontevedra y el Atlántico portugués, con una primera pincelada de Wizard Master, Spin the Skull y Capela Mortuária en la warm-up del miércoles. Después llegó el jueves y el lienzo empezó a desbordarse: Elephant Tree, Trash Talk, Midnight, Frankie and the Witch Fingers, Deafheaven, Chat Pile, Snapped Ankles y, finalmente, Bongzilla, dibujaron una jornada en la que SonicBlast dejó claro que sus fronteras musicales son mucho más amplias de lo que cualquier etiqueta podría sugerir. Si aquella primera parte fue el momento en que descubrimos que estábamos ante algo diferente, lo que vino después fue la confirmación. Porque todavía quedaban dos días y cuando creíamos que el lienzo ya estaba suficientemente cargado de colores, el festival volvió a ofrecernos el pincel.
Viernes: Pinceladas que vienen de muy lejos
Después de dos días de festival, el cuerpo empieza a conocer la rutina. La tienda. La playa. El camino hacia el recinto. Las primeras conversaciones con el café o una cerveza los más valientes. La inevitable pregunta de cada mañana, ¿qué toca hoy? Los primeros trazos del viernes llegaron con Jesus The Snake. Había que volver a poner en marcha la maquinaria después de otra noche larga y su propuesta fue una manera perfecta de empezar a cargar de nuevo el ambiente. El festival todavía tenía esa luz de las primeras horas, cuando el público va llegando poco a poco y los escenarios comienzan a recuperar el pulso. A estas alturas, SonicBlast ya se había convertido en nuestro pequeño mundo. Cada nueva banda era una pincelada más sobre un lienzo que empezaba a resultar familiar.

Después llegó Voivod. Con ellos entró en el cuadro una dimensión completamente diferente. La historia de una formación con 44 años de carrera. Hay bandas que forman parte de un cartel y hay bandas que son leyenda. Los canadiendes pretenecen claramente al segundo grupo. Su mezcla de thrash, progresivo e incluso punk, siempre con una sólida base de ciencia ficción, lleva décadas demostrando que nunca necesitaron caminar por el sendero más sencillo. Su música parece escrita desde un planeta propio, un lugar en el que las estructuras se deforman, las guitarras parecen máquinas extraterrestres y cada canción puede abrir una puerta hacia otro lugar. Verlos encima del escenario era también contemplar cómo varias generaciones pueden convivir. Una nueva pincelada, sí. Pero una trazada con tinta antigua. De esas que recuerdan que el underground también tiene memoria.

El cuadro comenzó a oscurecerse con la salida de Conan al escenario principal. Si hay bandas capaces de convertir el concepto de pesadez en algo casi tangible, ellos son una de ellas. Su sonido no entra simplemente por los oídos. Se instala en el cuerpo. Se acumula tema tras tema. Pesa cuando nuestros ojos contemplan los visuales. Los riffs avanzan lentamente, como si cada uno necesitara arrastrar toneladas de tierra detrás de sí. El doom se convierte en una experiencia física y el escenario en una especie de maquinaria destinada a triturar todo lo que encuentra a su paso. Hay algo hipnótico en esa lentitud buscada de manera deliberada. Se siente tal como mirar una tormenta aproximándose. Sabes perfectamente que viene y simplemente esperas a que llegue.

Con Kylesa, el lienzo volvió a moverse. La banda de Savannah regresaba con su particular mezcla de sludge, psicodelia, metal y experimentación. Su presencia aportaba otra textura completamente diferente a la jornada. Después de la densidad vivida anteriormente, Kylesa demostraron que el peso no tiene por qué significar inmovilidad. Su música puede ser pesada y, al mismo tiempo, dinámica. Puede arrastrarte y hacerte avanzar. Puede tener barro en las botas y electricidad en las manos. Otra pincelada con otro cambio de dirección. Asistimos de nuevo a una demostración de que este festival parece disfrutar especialmente cuando consigue que el público pase de un extremo al contrario sin apenas tiempo para reaccionar.

Entonces llegó el momento que muchos llevábamos esperando. Con Turbonegro la pintura se sale del marco. Hay conciertos que funcionan y los hay que sorprenden. Después están aquellos que, por alguna razón, terminan convirtiéndose en uno de los recuerdos más grandes del festival. Hablar de Turbonegro no es hablar únicamente de una banda. Es hacerlo de una actitud, una estética y una manera de entender el rock and roll que lleva décadas negándose a pedir permiso. Cuando aparecieron sobre el escenario, SonicBlast pareció cambiar de escala, siempre rodeados de diferentes Turbojugend llegadas de distintas partes de la geografía europera. La banda noruega no necesitó demasiado tiempo para demostrar por qué su nombre sigue teniendo ese peso. El punk, el glam, el hard rock y ese sentido del espectáculo tan descaradamente suyo se mezclaron en un concierto que tenía algo de celebración colectiva. Entonces apareció el público, porque un concierto de Turbonegro no puede entenderse únicamente mirando hacia el escenario. Hay que mirar alrededor. A las camisetas, a los sombreros de marinero, a las caras de la gente y a esos personajes que habían venido expresamente por ellos y a quienes quizá no esperaban que fueran a convertirse en uno de los grandes momentos de la jornada. Irreverencia, diversión y exceso con canciones que funcionan, canciones que se cantan y que hacen que un recinto entero deje de ser un conjunto de individuos para convertirse en una sola voz.

La magia de Turbonegro es que pueden parecer una caricatura de sí mismos. Jugar con la provocación, con el humor y con una estética imposible de confundir. Pero cuando las guitarras empiezan a sonar, todo eso deja de ser una pose. Asistimos a un concierto que no pretende cambiarte la vida. Pretende que durante un rato la vivas más intensamente. Porque este festival también tiene ese punto de libertad. No todo tiene que ser trascendental, a veces basta con subir el volumen, sonreír y cantar hasta quedarse sin voz. Fueron el brochazo de color más descarado del viernes, de esos que hacen que el cuadro gane personalidad. Cuando terminaron quedó esa sensación extraña que dejan los grandes conciertos, la de haber asistido a algo que, incluso si intentaras explicarlo después, probablemente sonaría exagerado.

Todavía quedaba una banda para cerrar nuestra jornada. Para terminar el viernes apareció Deathchant. Tocaba volver a sumergirse en una atmósfera más oscura y pesada. Nunca existe una única manera de terminar una noche. Puedes acabarla saltando, hipnotizado o exhausto. También puedes acabarla delante de un escenario, dejando que los últimos riffs se mezclen con el cansancio acumulado de tres días. Deathchant fueron esa última capa. El color que se aplica cuando el artista ya sabe que la jornada está llegando a su final, pero todavía no quiere soltar el pincel. Terminó nuestro viernes, con el cuerpo pidiendo descanso, los oídos todavía llenos de música y la cabeza intentando ordenar todo lo que acababa de ocurrir. Qué difícil iba a ser marcharse de aquí, menos mal que todavía quedaba el sábado. La última jornada y oportunidad de cargar el pincel. Antes de recogerlo definitivamente, todavía quedaban algunos de los colores más intensos por descubrir.
Sábado: La última pincelada
Llegó ese día extraño de cualquier festival en el que uno intenta engañarse pensando que todavía queda muchísimo tiempo. Es el día en el que empiezas a despedirte incluso cuando todavía estás dentro. Después de todo lo vivido desde aquel miércoles en el que salimos de Pontevedra, el festival ya no era un lugar al que habíamos llegado. Era un lugar que, de alguna manera, habíamos habitado. Hasta la manera de regresar a la tienda después de una noche interminable era ya conocida. Por eso el sábado tenía algo diferente. No queríamos descubrir SonicBlast. Queríamos exprimirlo. El lienzo estaba casi terminado, pero todavía quedaban colores. La primera pincelada del sábado llegó con Margarita Witch Cult. Incluso después de cuatro días de festival, SonicBlast encontraba la manera de hacer que pareciera que todo volvía a empezar. La banda británica trajo consigo esa mezcla de fuzz, psicodelia, doom y stoner que encajaba perfectamente con el paisaje que ya nos rodeaba. Guitarras gruesas, atmósferas densas y esa sensación de que el sonido podía ser otra forma de calor. El festival no parecía tener intención alguna de bajar el ritmo y nosotros tampoco.
El contraste fue inmediato cuando apareció en escena Necrot. Si antes habíamos comenzado a cargar el lienzo de tonos cálidos, de repente los americanos llegaron con el pincel empapado en negro a golpe de death metal. Crudo, directo y sin concesiones. La banda californiana no necesitaba adornos. Su música tenía esa capacidad de hacer que el escenario pareciese más pequeño y el sonido mucho más grande. A esas alturas ya sabíamos que el evento podía llevarnos de la psicodelia al hardcore, del doom al post-metal, del punk a la electrónica. Necrot recordaron que también había espacio para la violencia más pura del metal extremo. Añadida otra textura, otra capa directa a nuestro particular cuadro.

Entonces llegaron 1000 Mods. Hay bandas que, independientemente del lugar donde las veas, tienen la capacidad de generar una sensación de familiaridad. Con 1000 Mods ocurre algo así. Sus riffs parecen conocer el camino. El stoner se convierte en carretera, en polvo, en amplificadores calientes y en esa sensación de dejarse llevar sin necesidad de preguntar hacia dónde y por eso funcionaron tan bien en aquel sábado. Después de tantos estilos, tantos cambios y tantos extremos, había algo reconfortante en volver a uno de los territorios que habían ayudado a construir buena parte del ADN del festival. El público respondió, sobre todo con la famosa despedida al ritmo de «Vidage«.

Con Teen Mortgage descubrimos que dos personas pueden hacer mucho ruido. Una batería, una guitarra y la suficiente energía como para hacer olvidar que llevábamos varios días acumulando conciertos. Su propuesta, entre el garage, el punk y el puro ruido, tenía esa virtud que solo poseen algunas bandas, la de hacer que parezca que no necesitas nada más. Fuera una gran maquinaria o visuales, adiós a la producción gigantesca. Solo dos músicos conectados y un público dispuesto a dejarse llevar. Esta vez fue una pincelada rápida, nerviosa, casi dibujada a mano alzada.

Quizá había llegado el momento de detenerse un instante. Tras varios conciertos basados en la fuerza inmediata, Elder ofrecieron otra manera de ocupar el espacio. Su música necesita tiempo, dejar que las canciones respiren, que los riffs crezcan y que las melodías encuentren su sitio. De alguna manera, escucharles en aquel momento concreto del festival producía una sensación casi cinematográfica. Era como si alguien hubiera decidido apartar el pincel del lienzo durante unos minutos y observar todo lo que había sido pintado hasta entonces. Personalmente me ha parecido la banda con más calidad del festival. Están un nivel por encima del resto en cuanto a profesionalidad y tener todo medido al milímetro. Mientras Elder construían sus paisajes sonoros, uno podía entender que SonicBlast no se había convertido en una sucesión de conciertos. Había terminado siendo una experiencia completa y con más sentido de lo que parecía ofrecer el running order.

El último nombre. La última actuación. La última oportunidad de quedarse un poco más, al menos para servidor. Adult. Su propuesta electrónica y post-punk suponía además una forma perfecta de terminar una aventura que había recorrido tantos caminos musicales. Después de guitarras, amplificadores, riffs, blast beats, pogos y muros de sonido, el festival cerraba con pulsaciones, sintetizadores y una oscuridad diferente. No era el final que uno esperaría de un festival construido alrededor de la música pesada, pero precisamente por eso era el final perfecto para mí. SonicBlast nunca había querido ser previsible. Cuando terminaron, el pincel quedó suspendido en el aire. Ya no quedaba nada más que pintar.
Entonces ocurre algo curioso. Durante los días anteriores estás demasiado ocupado viviendo para darte cuenta de lo que está pasando. Solo cuando llega el final puedes mirar hacia atrás. Entonces aparecen todas las pinceladas a la vez que las palabras brotan de un teclado, intentando darle orden a los recuerdos en tu cabeza, y sobre todo sentido. La lista de bandas es solo una parte del cuadro, porque hay colores que es imposible plasmar en una obra de arte. Por eso os invitamos a descubrir el azul del Atlántico al despertarse. El naranja del sol cayendo sobre el recinto. El marrón del polvo pegado a las zapatillas. El negro que acompaña la oscuridad de la madrugada. El cálido blanco que reflejan las luces de las tiendas. La sensación de compartir colores con miles de personas que, aunque hayan llegado desde lugares diferentes y escuchen música diferente, están allí por la misma razón: SonicBlast. No es únicamente un festival de música pesada, es lo que sucede cuando la organización entiende que un evento puede ser mucho más que unos escenarios y una serie de horarios. Cada uno de los elementos parece colocado en su sitio para construir algo que resulta sorprendentemente difícil de encontrar en otros festivales. Cuando finalmente toca recoger la tienda, guardar las cosas y volver a la carretera, aparece una sensación inevitable. La de haber dejado algo atrás, pero también la de habernos llevado mucho más de lo que trajimos. Al descubrir un lugar capaz de hacerte sentir así, lo que quieres es volver a coger el pincel. ¿Nos vemos en 2027?
Texto: Alexis Montans
Fotos: Jaime García