Crónica: Komodor (Avilés 23/10/2026)

Era viernes y los bretones Komodor venían a la Factoría. Una ocasión que ni pintada para descubrir ese high energy rock teñido de psicodelia que el quinteto practica con orgullo. Una banda que llegaba a la cita en defensa de “Time & Space”, su último álbum, publicado allá por finales de enero. Y los chicos se dejaron la piel a conciencia.

Es algo que trasluce ya desde los primeros acordes. La energía que derrochan desde el escenario, en especial unos muy inquietos Goudzou (bajo y voz) & Barnet (guitarra y voz), quienes no cejaron en el empeño de buscar la complicidad del público ni un momento. “Soul Tricker” fue un opener radiante, contrapuesto a otros arranques más atemperados que hemos visto últimamente. Ahí banda y recinto demostraron cuán divertido puede ser el rock and roll cuando combina actitud y ganas junto a un sonido que no escatima en brillo ni pegada. El ataque a tres guitarras de los franceses expandió su sonido, si bien los compañeros de los mencionados músicos mantenían un perfil mucho más bajo arriba de las tablas. El propio Goudzou ejerce de voz principal en “Hard To Deal”, risueño a un tiempo, hiperactivo al otro. Puro nervio.

Sentí además que bajo ese derroche físico que demostraban se filtraban buenos detalles en lo técnico. El suyo es un rock a menudo vivaracho, preñado de pequeños pildorazos infecciosos, a ratos incluso bailables, que ya digo no esconden riffs eficaces amén de solos con feeling y cierta gracia. Por ahí “Raise Your Hands” acertó a conectar con la gente. Una de esas composiciones que parecen tener el directo como fin último, y que dio en buena medida el gancho de una banda como esta. Después de que Goudzou deslizara sus voces más agudas, Komodor afrontaron la más liviana “Mamacita”, que calmó los ánimos en la Factoría al tiempo que les permitió coger algo de aire. Poco, pues pronto volvieron a ese rock de altas revoluciones y despreocupada jarana. Aquél buen nivel técnico al que aludí antes volvió a quedar patente con el buen solo que Barnet despachó en “Moundrag”, rebosante de clase, así como con el riff de una “Believe It” que pudo ser fácilmente uno de mis favoritos de todo el set.

Mientras el sonido seguía manteniendo una buena nota, sacando el mejor de los brillos al quinteto, “Washing Machine Man” dejó patente su cara más abiertamente lúdica. Hasta se permitieron un pequeño baile a lo Judas Priest. “Nasty Habits” procura uno de esos gestos que una audiencia entregada siempre agradece, y es que Goudzou primero y Barnet después bajaron a mezclarse con el público, haciéndole más partícipe aún si cabe de la algarabía reinante arriba de las tablas. Se lo estaban pasando bien. Nos lo hacían pasar mejor. Por supuesto que hubo cencerro. Ya sabéis aquello que dicen: no hay buen concierto de rock and roll sin su cencerro, mientras que Goudzou mandó sus no del todo cariñosos recuerdos a Netanyahu, Putin y compañía. Que el mal fario les lleve y que la fiesta no opacara en ningún caso el pequeño guiño reivindicativo. Fue el preludio a una lacerante aunque festiva “Madness”, donde el propio bajista nos conminó a gritar tan lacónico estribillo hasta el límite de nuestras gargantas. El menudo músico bretón fue un verdadero ciclón a su paso por la Factoría. Enfundado en un llamativo mono oscuro, fue punto focal de la banda durante no pocos momentos de la descarga. Tanto él como Barnet llevaron la manija del show a su antojo. Cantando, tocando, bailando, asegurándose de plantar buenos recuerdos en todos los presentes.

El tramo último del set, que arranca con “Ravish Holy Land”, fue puro vitriolo. Los chicos, lejos de regular sus fuerzas, ya sabemos cómo de duras son las giras como esta, encadenando fecha tras fecha sin apenas descanso, se vació a conciencia. Ellos buscaban una gloria que, al igual que los miembros cercenados a La novia, les pertenecía. Aquí llegó una versión del clásico de MC5 “Ramblin’ Rose” en la que Barnet invitó a las tablas a Alejandro, integrante de unos Zernías a quienes vimos en la última edición de La Mar de Ruido (crónica) a que se aupara al escenario y disfrutara del momento guitarra en mano. Otra de esas anécdotas que nos brinda la música en directo y que a buen seguro guardará para siempre. Pero la fiesta había de tocar a su fin y lo hizo con Goudzou arrojando al suelo su precioso bajo, inundando de un sonido chillón y aberrante las paredes del recinto. Un cierre en el que se me hizo inevitable no pensar en Lemmy Kilmister y aquél gesto tan suyo de cerrar sus descargas con un chirrido tan característico como ensordecedor. Si conciertos como el del viernes son norma para los bretones, Komodor lo tienen todo dispuesto para acceder a salas de mucho más aforo que nuestra queridísima Factoría.

Si bien el tipo de rock que hacen, esa amalgama de high energy y boogie se le puede atragantar a más de uno, nos consta, lo cierto es que el derroche físico fue innegable. Tienen cortes con un gancho terrible pero, al mismo tiempo, caben momentos en que supura un buen nivel técnico bajo su trotar impetuoso y vehemente. La Factoría volvió a lucir un gran aspecto y nosotros no podríamos estar más contentos de vivirlo primero y contarlo después. Por ahí no cabe más que agradecer a quienes pusieron de su parte para que esta crónica saliese adelante, mandar un saludo a la concurrencia habitual y ya saben: nos vemos en el siguiente.

Texto: David Naves
Fotos: José Ángel Muñiz

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